La promesa que fue nuestra.

Hikari Yagami

-¡Taichi! -Grité desde la cocina, esperando a que mi hermano bajara. Fue desesperante el tener que rogarle durante dos días completos a que me acompañara hasta los acantilados que se encontraban a las afueras del pueblo. Solté un bufido, resignada a que él tardaría horas en salir arreglado de su habitación. Al parecer a Taichi no le había caído muy bien el frío del pueblo, quizás era demasiada nieve para él, y junto con la increíble soledad que había en esta temporada por el poco turismo, se sentía peor que desdichado.

Caminé hasta el otro de la mesa y tomé mi suéter, plasmado de pequeños pingüinos, del respaldo de la silla y me lo puse. Miré mi celular, esperando algún mensaje que me mantuviera ocupada, pero al parecer la gente aprovechaba las vacaciones para dormir hasta tarde. No como yo, que aprovechaba el enorme tiempo para salir casi de madrugada a ver el amanecer de un acantilado.

Escuché los pasos de mi hermano venir desde las escaleras; tomé la mochila y empaqué los emparedados, los termos llenos de café y chocolate caliente, y los pastelillos que tanto amábamos los dos.

-Estoy listo. -Solté una pequeña carcajada. Él sí que daba a notar que odiaba el frío. Llevaba puesto guantes, un gorro, lo que parecía ser tres suéteres y pantalones deportivos. Seguramente dos. Hizo una mueca de incomodidad y miró hacia otro lado. -Vámonos, quiero que esto termine rápido.

-¿Para poder seguir viendo tus reality shows? -Bromee y llevé la mochila hacia mi espalda. -Vamos, no he visto el amanecer desde aquellos acantilados que vimos al llegar, y comienzo a aburrirme de hacer monos de nueve una y otra vez.

-Sabes, aquel show americano de la chica del trasero gigante con sus hermanas y su padre-madre extraño, no está tan mal. -Sonrió mientras se daba la vuelta y caminaba hacia el pasillo que conectaba con la salida trasera. -Deberías de darle una oportunidad.

-Cuando me dijiste que lo viera contigo... Terminó siendo un asco.

-Sí. Tienes razón.

Nuestra madre aún seguía dormida en la casa, así que terminamos saliendo de la manera más "sileciosa" posible. Si eso incluía un quejido de mi hermano al caerse por el suelo resbaloso y mis carcajadas que seguro despertaron a nuestros casi escasos vecinos. Corrimos antes de que pudieran detenernos con preguntas y argumentos sobre a dónde nos dirigíamos. A paso lento, seguí a mi hermano en todo momento, él se notaba demasiado malhumorado esa mañana desde que que despertó, así que preferí mirar las pocas cabañas que nos rodeaban. Tomé mi termo y dí un pequeño sorbo al café que había preparado especialmente para mi.

-Oye,...

-Dime. -Voltee a verlo de reojo mientras bebía.

-¿Qué es eso que comes?

-Vomito. -Di otro pequeño sorbo. -Hecho de especias, huevo y sandía.

-Suena delicioso. -Hice un gesto de horror y negué.

Y seguimos caminando así. A las cinco y media de la mañana, con un cielo oscurecido y miles de estrellas alumbrando a nuestro alrededor. Habían pocos momentos de tranquilidad entre los dos. Peleábamos incontables veces, bromeábamos hasta crear enormes carcajadas y nunca parábamos de sonreírnos. Pero habían momentos especiales entre nosotros, en donde no parábamos de admirarnos. Dirán que la relación que tenemos como hermanos siempre ha sido extraña; que es raro el que dos hermanos tan diferentes se lleven de una manera increíble, pero si eso es ser extraño, entonces amo serlo. Siempre que veo a mi hermano no puedo evitar sonreír, de pensar en la suerte que tengo en tenerle como parte de mi familia. Me miró con una sonrisa contagiosa, y como si las estrellas se hubieran posado sobre sus ojos, no paraban de brillar.

-Hermano. -Hablé en medio del silencio. El respondiéndome con un simple uh-hm, regresó un poco su mirada. -¿No te agrada cómo se ven las estrellas en este lugar? -Miré hacia el cielo por unos segundos, dándome cuenta que no había parado de sonreír desde hacía rato. -Digo, en Odaiba es imposible ver el cielo de esta manera. -Corrí hasta su lado aferrando mi mochila a mis manos.

-Bueno, en el Digimundo podemos ver un cielo parecido a este, no lo olvides. -Sonrió con cierta melancolía. Siempre que pensaba en Agumon tendía a hacer el mismo gesto de todos. Incluso en ese aspecto le conocía bien. Pasó su brazo por mis hombros y me apegó a él. -Aunque pienso que de cierta manera, que el cielo de aquí es mucho más bonito que el de allá.

-¿Tú crees? -Pregunté incrédula. Eso viniendo de mi hermano no era común. Siempre adulaba el Digimundo como el lugar más idóneo de todo el mundo.

-Bueno, siempre me ha parecido un poco más infinito. -La lógica de mi hermano era no ser lógico.

-Eres un idiota. -Solté una carcajada y le di un buen piquete en el estomago. Seguí riendo, disfrutando del pequeño momento con él. Corrí lo más rápido que pude, como si así pudiera detener el crecimiento de mi hermano mayor. Como si así pudiera alejarlo de convertirse en un adulto. Como si aquello pudiera darme una pequeña eternidad con él.

Taichi Yagami.

A decir verdad comenzaba a sentirme más tranquilo después de más de dos semanas en el pueblo. Metí mis manos en los bolsillos de mis pantalones y tomé una bocanada de aire frio, miré los arboles que nos daban paso hacia un camino que había sido cubierto de nieve después de haber sido, seguramente, limpiado miles de veces.

La verdad es que nuestra madre se encontraba bastante preocupada; semanas anteriores de habernos mudado a este pueblo, había tenido problemas con algunos chicos de la escuela y conmigo mismo. Las peleas comenzaron a aumentar a gran escala, y no paraba de contener el estrés. Si era cierto que mamá había escogido este trabajo porque el lugar era hermoso y ayudaría en la economía de la casa, pero pensó más allá, y quiso que yo le acompañara para tranquilizar mis sentimientos y dejar a un lado todo aquello que me hizo enloquecer.

Quizás en su momento pensé que era la peor idea del mundo, pero en estos momentos sabía que todo eso había funcionado. Mis ideas se deshicieron como polvo al escuchar a Hikari gritar y correr hacia el acantilado cubierto de nueve que había a pocos metros de nosotros, lo miré unos segundos antes de que comenzara a comprender que habíamos llegado, tallé mis ojos con mis manos cubiertas por los guantes.

A decir verdad, pensé que sería un poco más impresionante. El lugar era grande y se extendía por un gran área de tierra. El borde del acantilado estaba marcado con una pequeña cerca de madera y habían pinos altísimos decorando el lugar. Caminé hasta el borde y miré hacia abajo. Había un pequeño bosque de pinos, y a lo lejos una pequeña cabaña con una chimenea encendida. Desearía estar con la persona que tiene esa chimenea.

- ¡Taichi! -Gritó Hikari desde detrás de mi. Al voltear a verle, vi el enorme escenario que ya había hecho, estaba realmente emocionada. Se le notaba. Ladee mi cabeza al ver dos pequeñas bancas que había colocado, seguido de haber remido un montón de nieve de un pedazo de tierra.

-¿De dónde has sacado esos bancos?

-Los traje ayer. -Sonrió y corrió hacia uno de los pinos que se encontraba a la distancia y comenzó a remover nieve. Regresé la mirada hacia las mochilas y caminé hacia ellas para sacar el termo del que ella venía tomando antes. -¡Taichi! Te dije que no tomaras de mi termo.

-Tengo frio. -Di un gran trago y miré como se acercaba con una pequeña mesa blanca. -¿A qué horas viniste a dejar eso? ¿No pensaste que alguien habría podido robarlas? -Dejé el termo en uno de los bancos y caminé hacia ella para ayudare a armarla.

-Bueno, quise que esta mañana fuera completamente perfecta, a demás, estoy segura de que si te hubiera dicho algo sobre cargar mesas y bancos me habrías dicho que preferirías ver el amanecer por televisión.

La miré con repudio. Tenía razón. Solté un suspiro de resignación y comenzamos a armar lo que sería nuestro pequeño campamento.

-Tengo la impresión de que en verano este lugar se llena de parrilladas, ¿no lo crees? -Dijo Hikari mientras subía los termos y sacaba una pequeña caja llena de pastelillos a la mesa. Podría comenzar a devorarlos sino fuera porque sé que ella me plantaría un buen golpe si no espero a sus momentos perfectos.

-No lo dudo. Sería bueno tener una semana de campamento con los chicos, ¿no crees? -Le sonreí mientras me dejaba caer en uno de los bancos.

-Suena buen. -Se sentó a mi lado y tomó uno de los pastelillos. Di un largo bostezo antes de tomar uno y recargué mi rostro en mi mejilla. Nos quedamos mirando el cielo, esperando que el cielo comenzara a teñirse de sus colores.

Hikari Yagami.

-Mira, se me ha ocurrido una idea. -Taichi tomó la mochila que llevaba consigo y comenzó a buscar en ella. Sacó un pequeño cuaderno y una pluma. Escribió una pequeña nota en una de las hojas al azar.

-¿Qué escribes? ¿De qué se trata? -Me alcé un poco para ver, pero se volteaba hasta que no pudiera hacerlo. -¡Taichi!

-Sé que moriré de frío todos los días. -Sonrió. -Pero estoy creciendo, y he comenzado a notar que el convertirme en un horrible anciano me ha hecho amargarme. -Siguió escribiendo y cuando terminó arrancó la hoja y comenzó a doblarla. -Así que pensé, por qué no hacer alguna especie de pequeña promesa con mi horrible hermana para que cada día pudiéramos hacer algo juntos, que el pueblo tenga algo de significado y que no fuera tan aburrido. A demás, me servirá para seguir alejando el estrés de mi.

-¿El futbol no era para eso? -Bromee. -Es buena idea, pero ¿planeas contaminar la zona tirando bolas de papel?

-El papel no contamina, y no. -Terminó y me lo enseño. -Serán aviones de papel. No bolas. -Solté una carcajada enorme. No sabía si por haber sido algo tan tierno o que tirar una bola era básicamente lo mismo que tirar un avión. -¡No te rías! -Puso un gesto de desilusión. -Mira, he escrito algo que no quiero contar a nadie nunca, pero que necesito contar. ¿Quieres saber qué escribí?

-Dime.

-No. -Sonrió y negó con su cabeza. -Es un secreto sobre ti. Que tu crees que no sé, pero que yo sé. En fin. -Se levantó de su banco y caminó hacia el borde. ¿Quieres entrar a la promesa?

-Sólo si dices de qué secreto hablas. -Me crucé de brazos y le vi desde el banco.

-No, si no ya no podré tirar este precioso avión con turbinas de máxima potencia y con capacidad para dos mil personas. -Rodee mis ojos. -Pero mira, la promesa va, en que cada mañana, vendremos tu y yo aquí a contarle algo al bosque. Un secreto, una anécdota, un sueño, quizás una esperanza. Lo escribiremos en un papel, y se lo entregamos.

-¿Entonces por qué no una simple bola de papel?

-Te diré la razón. -Se quedó pensativo unos segundos. -Imagina que fuera un sueño. ¿Te gustaría que tu sueño cayera de manera precipitosa por un barranco? ¡Claro que no! Pero con un avión... -Tomó el avión y lo lanzó, haciendo que este planeara con el viento que lo ayudaba a mantenerse en el aire. -seguirá un camino. Y el viento, y el cielo, y las estrellas y el amanecer de cada mañana podrán leerlo y darle una buena dirección.

-Eso es demasiado poético para ti, Taichi. -Sonreí, encantada por todo aquello. Mi hermano me sorprendía tantas veces, pero había algunas en las que llegaba a maravillarme. Me levanté, tomando el cuaderno de mi hermano y la pluma. Pensé por unos segundos y escribí. "La verdad, Sr. Bosque de pinos, estrellas, amanecer, viento y cielo, que quiero a Takeru como a nadie. Pero no tanto como a mi hermano". Arranqué la hoja y formé el avión, usando el cuadernillo como apoyo. -Bien.

-¿Qué fue lo que escribiste?

-Sólo mis confidentes de la naturaleza lo sabrán. -Sonreí al caminar hasta donde estaba mi hermano y dejé que el avión fuera llevado por el viento.

Taichi deslizó su brazo por mis hombros, y me apegó a él. Nos quedamos así unos segundos, disfrutando del calor mutuo y del silencio. Vi como el avión que había lanzado comenzaba a caer. Sentí la cabeza de mi hermano sobre la mía, un beso suyo y se separó de mi. El cielo comenzó a brillar, y nos miramos mutuamente con una enorme sonrisa. Corrimos hasta nuestros asientos y cada uno tomó un termo de café y un pan. Y reímos, quién diría que aquel momento tan improvisado se sentiría como si el primer beso de alguno acaba de ocurrir. De esas veces en que el pecho te presiona, pero de una manera en la que no duele, sino que no te impide dejar de sonreír.

Deslicé mi mano hasta donde estaba la de él, e hice que dejara su pan sobre la mesa. Entrelacé mis dedos a los suyos y sonreí. El sol comenzaba a asomar sus pequeños rayos de luz, y solo escuchábamos el viento y nuestras respiraciones. Di un largo suspiro, enamorada de la escena, de la música ambiental en mi cabeza, del pequeño momento que amaría toda mi vida.

-Hi. -Me llamó mi hermano, y voltee a verle. Me miraba de una manera, en la que estaba segura nadie le había visto. Habían rostros de mi hermano que solo yo podía ver, y que nadie podría robarme nunca. Que me los adueñaba completamente. -Quiero que sepas una cosa.

-Dímelo. -No sabía si había vuelto a sonreír o nunca había parado de hacerlo.

-Escúchame bien. -Miró hacia el frente, observando el horizonte. -Eres la persona más importante para mi. Que quizás me haya enamorado o me vaya a enamorar de muchas chicas, pero nunca dejarás de ser la primera persona a la que amé y amaré locamente.

-Lo eres de la misma manera para mi.

-Y quizás seas la peor cocinera de galletas del mundo... -Mi risa fue inevitable. -pero eres la mujer más hermosa de todas. -Mi cabeza cayó bajó lentamente, quizás tratando de ocultar lo linda que me sentía en el momento en el que el lo dijo. -Y cada galleta y pastelillo quemado crudo o con cascaras de huevo, valen la pena. Por eso... Hi, quiero que la mujer más hermosa de todas nunca se olvide de mi, y pase el resto de su vida a mi lado. Quizás sí... sea un completo idiota que no tiene ni idea de qué realmente hacer con su vida... pero algo de lo que realmente estoy seguro, es que te quiero. Te quiero de la manera en que nadie más podría hacerlo.

Sonreí. No entendiendo muy bien por qué me sentía así. Pero le sonreí.

-Te quiero. -Apreté con fuerza su mano. -También te quiero.