Disclaimer: todos los personajes pertenecen a J. K. Rowling
"Este fic participa del Reto Semi-anual "Más allá del epílogo" del foro Hogwarts a través de los años".

Variables:

Enero: Callejón Diagon
Febrero: Sé quién era esta mañana cuando me levanté, pero creo que he debido cambiar varias veces desde entonces.-Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll.
Marzo: Pasión.
Abril: Varita de Sauco.


VII
Un poco más

—Deja de hacerte el misterioso y cuéntanos tu idea —exclamó enfadado Hopkins.

—¿Cuál es el lugar más seguro del mundo mágico? —la expresión de los otros se iluminó—, creo que están usando duendes para las protecciones, así que necesitaremos uno para desactivarlas.

—Los duendes no tratan con magos —replicó disgustado Rogers—, y no tenemos nada que ofrecerles para que acepten un trato.

Los demás aurores miraron al jefe, sabiendo que tenía razón, pero de momento era la única oportunidad que tenían. Debían aprovecharla. No queriendo perder más tiempo del necesario, se encaminaron a Gringotts para hablar con alguno de los duendes. Al llegar al mostrador, Neville habló con el duende en turno y le explicó que necesitaba solicitar un servicio. El duende lo miró con una mueca, pero lo llevó a una oficina lateral donde pudiera hablar con otro duende.

Tras explicarle al duende la situación, los aurores le dijeron que necesitaban ayuda para poder derrumbar las protecciones.

—Lo haremos, pero hagamos un trato —comentó el duende al terminar de escuchar.

Neville miró al duende con sorpresa, pero se recobró enseguida.

—¿Qué propones?

—El mago tiene algo nuestro y si nos lo devuelven, puedo dejarlos entrar.

—¿Cómo es que aún no han ido a recuperarlo? Si las protecciones fueron hechas por ustedes, no debería haber mucho problema —replicó Hopkins con sospecha.

—Teníamos un trato, nosotros hacíamos las barreras y ellos nos daban lo que era nuestro. Pero es obvio que no podemos confiar en los de su raza. Hemos mandado a algunos duendes, pero no han vuelto.

Los tres aurores se miraron entre ellos y asintieron. No sabían que era lo que este mago les había robado, pero seguramente era algo de lo que podrían prescindir si lograban salvar la vida de todos aquellos niños.

—De acuerdo —respondieron al unísono.

Sin embargo, el duende les explicó que en cuanto las protecciones cayeran, el mago sería avisado y era muy probable que no lograran atraparlo antes de que desapareciese. Necesitaban pensar en algún plan para que no pudiera huir y poner una barrera anti aparición no parecía factible, era probable que sus conocimientos en las artes oscuras lograran derribarlas.
Asegurándole al duende que volverían a contactar con él una vez solucionado ese problema, regresaron al cuartel de aurores.

—Creo que es hora de visitar a nuestros colegas inefables —soltó Rogers tras escuchar lo sucedido y se dirigió a los elevadores.

En cuanto entraron al Departamento de Misterios, Rogers habló con el jefe de los Inefables explicándole la situación. Él sabía que ahí abajo experimentaban con cosas poco convencionales y seguramente tendrían algo que pudiera servir. El jefe de los Inefables le pidió a los aurores que esperaran y desapareció por el pasillo. Momentos después, estaba de regreso con otro hombre. El inefable se acercó al grupo de aurores y lanzó un hechizo para que nadie escuchara lo que dijeran. Sacó de su túnica lo que parecía una granada muggle y les explicó su funcionamiento. Según lo que les explicaron los Inefables, una vez que le quitaran el seguro, todo lo que estuviera dentro de las protecciones caería inconsciente. Les advirtió que el efecto no duraría más de una hora y que si ellos entraban para quitarles el seguro, tendría el mismo efecto que en los demás. No había ninguna manera para protegerse del hechizo. Los cuatro aurores miraron al inefable con sorpresa.

—El único problema es que si quitamos las protecciones para entrar, no vamos a poder contener el efecto —comentó Hopkins pensativo ante el asentimiento del Inefable.

—Necesitamos entrar sin desactivar las protecciones —replicó Neville.

Los demás lo miraron con confusión, pero por la sonrisa que tenía, sabían que tenía un plan. Se apresuraron en dejar atrás el Departamento de Misterios y regresar a la oficina de aurores.

—Sabemos que las protecciones no detectan a los elfos domésticos —comentó en cuanto cerraron la puerta—, además, sabemos que tienen elfos a su servicio, así que no será sospechoso. Solo tenemos que hacer que quite el seguro de la granada y podremos quitar las protecciones, encontrándonos a todas las personas que se encontraban en el interior, inconscientes.

—Es un buen plan pero… —quiso protestar Cauldwell.

—Ya sé que puede ser poco ético —empezó Neville, pero Hopkins lo interrumpió.

—Es la forma más fácil y efectiva para salvar a los estudiantes.

Al atardecer, se reunieron con el duende justo donde terminaban las protecciones. Rogers le había comentado al duende que, en cuanto entrara el elfo doméstico, esperarían un par de minutos y después desactivaría las protecciones. Le aseguró que, mientras ellos hacían lo suyos, él era libre de buscar lo que fuera de su propiedad. Lo remarcó muy bien para asegurarse de no ser traicionado.

El elfo, perteneciente a la familia Longbottom, se estrujaba las manos nervioso por ser encomendado para una tarea tan importante. Neville no estaba seguro de que el plan funcionara, pero debían intentarlo antes de encontrarse con otros cuerpos.

A la señal de Rogers, todo comenzó. El elfo tomó la granada y con un suave pop desapareció. Los aurores empezaron a contar mentalmente los segundos que pasaron. Cuando pasó el tiempo acordado, el jefe asintió hacia el duende y esté dejó caer la barrera que les impedía pasar. Los cuatro aurores levantaron sus varitas y con los latidos acelerados, avanzaron.

En cuanto llegaron a la mansión, abatieron la puerta y entraron. Vieron los cuerpos de varios magos tirados en el suelo y no perdieron el tiempo en inmovilizarlos y quitarles las varitas. Siguieron avanzando por las habitaciones descubriendo a varias personas más hasta que llegaron al ático. Este había sido convertido en una especie de prisión, varias jaulas estaban dispuestas a lo largo de la estancia y en ellas se encontraban los estudiantes. Uno de los chicos, estaba recostado en una camilla en una esquina y se acercaron a revisar. El niño se encontraba atado y se notaba que había sido sometido a varios hechizos. A los pies de la camilla, encontraron el cuerpo de un joven. Al parecer, era el que estaba experimentando con los chicos. ¿Era posible que ese chico estuviera detrás de todo? No estaban muy convencidos. El joven soltó un quejido sobresaltando a los aurores.

—¡Desmaius! —gritó Cauldwell.

Los demás aurores lo miraron y él se avergonzó por haberse dejado llevar por el pánico. No perdieron tiempo en inmovilizarlo también y sacaron los trasladores que habían solicitado al Departamento de Transporte Mágico. Los estudiantes fueron llevados inmediatamente al hospital, mientras a los magos les pusieron supresores de magia para evitar que escaparan y fueron trasladados como prisioneros al Ministerio de Magia.