JOHN ANTES DE SHERLOCK
Al día siguiente, lo primero que salió por la boca de Hamish fue la continuación de la historia. John dejó caer la cabeza como signo de rendición, sabiendo que ese día tenía que llegar. Tomó pues a Hamish en brazos y lo sentó en el sofá junto a Sherlock. Él tomó asiento en su butaca, llenó sus pulmones y comenzó.
—Poneos cómodos —sonrió John acariciándole el cabello a Hamish.
—Se te olvida algo —protestó Sherlock con los labios en posición descarada.
John le besó suspirando de placer familiar y empezó, descansando la espalda en el respaldo.
Todo ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo era muy pequeño. Tanto, que acababa de nacer.
Por aquel entonces, la vida era diferente, así que no sería justo culpar a mi padre y a mi madre de lo sucedido. La sexualidad era un tema del que la gente no hablaba y algunas situaciones eran confusas. Como la mía.
Verás —dijo mirando a Hamish directamente—, yo nací con pene y vagina que necesitaban operarse para poder hacer pis y cosas de mayores. Pero por aquellos tiempos los médicos no veían mi vida así como algo posible y me quitaron el pene. —Hamish asintió con fuerza y John continuó.
Con vagina fui creciendo hasta tener tu edad. Entonces empecé a rechazar los vestidos y a llamarme a mí mismo niño. Yo, que tenía el nombre de Joan, pedí a mis padres que me llamaran John. Fue una suerte tener unos padres tan comprensivos que no me negaron mi deseo. Mi miedo se difuminó, al menos momentáneamente. Después se lo contamos a tu tía Harry, que ya tenía su propia lucha personal por aquel entonces.
—¿A ella le gustan las chicas, verdad, papá? —Sherlock le pasó una mano por el cabello sin decir palabra, sólo mordiéndose la lengua de orgullo paterno.
—Qué hijo más listo tengo —sonrió John— pero voy a seguir, que no acabamos. —Hamish se posó en el regazo de su padre y siguió escuchando.
Así, con el apoyo de tus abuelos y tu tía, seguí creciendo.
Llamándome John y vistiendo ropa considerada de chico, pues la ropa se ha vuelto algo unisex con los tiempos, mis padres me preguntaron si quería ir al colegio o estudiar en casa, temerosos de las burlas o el acoso que pudiera sufrir. Yo no sabía porqué mis padres estaban tan nerviosos y quería conocer a otros niños y niñas, pero el verles en tal estado me hizo decidirme por quedarme y estudiar en casa.
Por eso, crecí con los niños del barrio en parques y fiestas, pero ellos iban al colegio y yo no, como tu tía Harry.
Ella era mayor y antes sí había ido al colegio. Sin embargo, cuando entró al instituto, empezó a tener visitas al director por comportamientos inadecuados. Salva decir que esos comportamientos no eran más que darse besos con alguna chica en los lavabos o en público, nada extraño si de un chico y una chica se hubiese tratado o si hubiera sido hoy día, pero uno no elige en qué época nacer.
La tía Harry comenzó a estudiar en casa conmigo y así fue hasta que entró en la universidad. Yo seguí en casa hasta que tuve edad suficiente para hacer lo mismo, sólo que sin tantos sobresaltos en la etapa universitaria. Después vino el ejército y volví a tener miedo.
Me aterrorizaba más la idea de que descubrieran mi secreto que morir en la guerra, imagina el alcance de mi temor. Yo, cuyo cuerpo era característico de lo que llaman hombre, con pectorales y vello, también en el rostro, veía venir desde la burla a la agresión en esa nueva etapa.
Por suerte para mí, aunque no para Afganistán, la guerra requería toda nuestra atención.
John miró a Hamish. El niño estaba dormido en el regazo de su padre. Quizá había sido demasiado largo o demasiado técnico. Siguió la mano que acariciaba su pelo hasta llegar a Sherlock. Su marido le miraba con devoción y un brillo de ojos que no se apagaba ni en la noche más oscura.
—Lleva dormido desde hace un buen rato —susurró el detective. John sonrió. Le encantaba verlo dormir sin temores.
—Llévalo a su cuarto, si no es molestia —pidió el doctor a Sherlock.
—¿Terminarás la historia mañana?
—En cuanto vuelvas.
