-¿Por qué… no me matas?
Los ojos azules del rubio eran como el mar, tan profundos y sin brillo, tan perdidos, tan distantes que no podía parar de verlos. Casi como si flotara a la deriva, como si olas invisibles lo arrastraran a las profundidades de algo que no conocía, pero tampoco le desagradaba. La piel pálida creaba un contraste casi majestuoso con las marcas de colores profundos provocadas por los golpes de aquel viejo "maestro", oh esas marcas, esos labios resecos que escupían todos los días las mismas palabras como un rezo, esos cables conectados en la espalda a través de agujas por la piel ajena. ¿Qué era morir cuando tenías al ser perfecto frente a tus ojos? Colgado, casi crucificado entre cables y máquinas que enloquecían ante la información vaciada por el elegido de la Keyblade. Todo lo que hacía Vanitas era sentarse frente a este hermoso ser y observarlo por horas, tan frágil y solo, separado de sus seres queridos para ser el conejillo del maestro. Pobre y triste canario, tan vacío y enamorado de la muerte, día tras día le hacía la misma pregunta y jamás había contestado, hasta ahora.
-Porque espero el día en el que vueles –susurró hipnotizado como siempre.
Ventus abrió los ojos para ver la silueta del hombre que lo visitaba a diario, sus ojos estaban secos ante las lágrimas derramadas y ya no le permitían ver más que siluetas borrosas y fantasmales. ¿Qué creía que era? ¿Una especie de ángel? Las comisuras de sus labios se levantaron de forma casi imperceptible, no era la ocasión, no era el momento, pero ahí estaban ambos en una especie de ritual romántico que no comprendían. El rubio sabía que él era lo último que vería y extrañamente no le molestaba, no podía distinguir muy bien la figura negra, pero sí podía ver unas esferas de color dorado que seguían cada uno de sus movimientos, le intimidaba, pero al mismo tiempo esperaba verlo cada día. ¿Qué era esa necesidad? Quizás era el hecho de que era al único humano que veía a diario, nadie más podía visitarlo y lo sabía.
-¿Sabes dónde están los demás? –Preguntó bajo, pero tan alto como su garganta se lo permitía.
-No, sé que cada uno de tus amigos están en habitaciones diferentes, pero no los he visto. No necesito saber más –mintió, pues sí los veía a través de un vidrio, de todas formas no quería entablar conversación con nadie más. ¿Para qué?
Ventus cerró sus ojos una vez más, deseaba no abrirlos más, pero ese era un privilegio que no podía darse por el simple hecho de que no tenía con qué matarse. Las manos atadas, su cuerpo suspendido y los cables en su espalda, ¿qué podía hacer?- ¿Me cumples… un último deseo?
-El que quieras, canario.
Ah, no era un ángel, pensaba en un canario. Al menos eso le agradaba más que un ser que no existía.- Déjame volar.
Ven se refería a que lo matara, ya no deseaba seguir viviendo entre esas máquinas del demonio que sustraían sangre y tejidos a cambio de alguna sustancia transparente que calmaba un poco su dolor, pero Vanitas no pensaba así. El de cabellos tan negros como la noche sonrió ante la idea de poder tocar al canario y enjaularlo para él, pero no ahora, no en ese lugar. Extendió sus brazos hacia el rubio y sonrió de la forma más tétrica que su rostro le permitía.- Vamos, canta sólo para mí.
Sonrió con los ojos cerrados, todavía podía recordar el aroma del chico, su voz apagada y recrear aquella escena como si estuviese viendo una película en su cabeza era tan exquisito como el mismo momento lo fue. Suspiró pesado, era momento de poner en marcha su plan de reconquista. Sabía dónde dirigirse y cómo llegar, Naminé no era el descubrimiento de los perros de Shinhra, era descubrimiento de los Keyblade Master y por lo tanto estaba bajo su cuidado. Lo que no sabía el maestro es que Vanitas no se la entregaría a nadie, porque sólo él sabía dónde estaba la mayor parte del tiempo y no era en la Mansión.
Abrió los ojos y observó como Naminé salía del portal creado por el Keyblade Master hacia la habitación blanca, la chica sin expresión observó su entorno y comprendió que era hora de utilizar sus poderes. El hombre bajó los pies de la mesa y se levantó del asiento blanco como el resto de la habitación para acercarse a la chica.- Es hora de volver a ver a la Princesa, espero que recuerdes nuestro contrato y no olvides quién te mantiene con vida.
-Esta no es vida, pero la vida es sueño y los sueños, sueños son –recitó sin ninguna expresión visible, pero no esperó a ver la reacción de Vanitas. Tomó los lápices y las hojas que había dejado en la mesa un tiempo atrás y comenzó a dibujar.- Entra, en unos segundos estarás en ese lugar.
Vanitas no respondió, no era necesario pues de cierta forma tenía razón, sin embargo así estaba bien. Naminé nunca encontraría a Kairi y Van podría seguir usándola como siempre, así debía ser. Apenas entró susurró unas palabras antes de que la puerta de su contenedor se cerrara.- Axel viene, haz lo tuyo. -No logró ver el rostro de la chica, pero eso no importaba. Ella no podía sentir emociones, ¿estaría triste? ¿Quizás feliz de verlo? ¿Le recordaría a Xion? Una sonrisa simple se formó en sus labios, amaba las interrogantes en la vida de otros, de cualquier manera su vida pronto estaría completa. No liberó a Ventus para dejarlo tanto tiempo libre, ese canario debía cantar tantas canciones de amor por los años perdidos entre ellos.
Despertó en la misma ciudad de siempre, de cualquier modo no había mucho que hacer más que observar y esperar a que los perros llegaran, mientras se ocuparía de un tema muy importante. Riku. ¿Dónde se había metido ese idiota? No le había encargado a los hermanos para que los perdiera de vista, esperaba que al menos supiera dónde estaban. Observó el gran reloj de la torre y comenzó a caminar en dirección a la escuela, sabía que debían estar ahí, al menos si tenían los mismos horarios que el Twilight Town real.
-¡Sora, espérame! –gritó una voz conocida.
Ahí los vio, la escena más extraña y retorcida que hubiese podido ver a esas horas de la tarde, en ese momento entendió que Riku se había ganado la buena e inmejorable posición de mejor amigo de Sora, así podría estar cerca de su hermano y de los gemelos. Lo que hiciera su hermano menor no le importaba, podían irse tomados de la mano a casa si quisieran, Van estaba detrás de otra persona. Fue así como lo encontró, no era difícil, sólo necesitaba encontrar unos resplandecientes cabellos dorados, no entendía como la gente pensaba que su Ventus y Roxas eran iguales si ni siquiera brillaba tanto como su canario. Lo observó desde un callejón, el rubio caminó al lado de su gemelo y vio la oportunidad de hacerse notar a su manera. Con paciencia y sutileza.
Giró para buscar algo que llamara la atención del menor sin que al otro le importara, el maullido de un gato le hizo pensar que sería una buena idea. Lo tomó entre sus manos y lo lanzó cerca de la entrada al callejón, como supuso Ventus fue atraído al felino sin su gemelo, a Roxas no le gustaban mucho los animales y lo sabía por las cortas conversaciones que habían tenido en el pasado. El rubio se acuclilló y acarició al gato que maullaba hambriento, pero una sombra de ojos dorados captó su atención. Sabía quién era, sabía que lo había estado buscando. Un leve rubor carmesí se apoderó de sus mejillas, se levantó pero Van vio la intención del menor y levantó la mano en señal de que se detuviera, no era el momento ni el lugar para un reencuentro, pero sí para que volviera a pensar en él.
-¡Ven, ¿qué ocurre?! –Lo llamó Roxas de forma que sacó al gemelo mayor de sus pensamientos, este observó al menor y cuando volvió a posar la vista en el callejón no lo volvió a ver. Lo que importaba es que Vanitas estaba en la ciudad y no sabía cómo reaccionar a su presencia.
-Estoy bien… -pensó en algo para distraer a su hermano- ¿puedo llevar el gatito a casa?
Sabía la respuesta, a Aerith le encantaban los animales y por supuesto le dejaría tener un gato, todo lo que necesitaba era mantener al de ojos dorados lejos de los demás, pero cerca de él. ¿Qué tan difícil podía ser eso?
