Disfruten . . .


Regina Mills se convirtió en la empleada más puntual que Emma había tenido en su vida. Justo a las ocho en punto, ni un minuto antes ni uno después, llamaba a la oficina de Emma, asomaba la cabeza y después de murmurar un jovial Buenos días, se marchaba a su propio lugar de trabajo. August la había asignado una mesa en una oficina compartido con un redactor y una fotógrafa que raramente lo usaba, por lo que cuando no tenía gran cosa que hacer no dudaba en pasarse por la antesala de la oficina de Emma para intentar integrarse en el equipo del que formaba parte.

Durante las dos semanas que duraron los trámites necesarios para la publicación del primer ejemplar de Mixtrum, había conseguido entablar con las chicas una relación cordial, aunque estaba segura de que nunca conseguiría atraerlas a su bando si las cosas con Emma se ponían feas. Rose, Ashley y sobre todo Rubí le eran incondicionales y no entendía por qué. Emma era una jefa dura y exigente, poco dada a alabar el trabajo bien hecho ni a confraternizar, pero en el mismo momento en que ella intentaba insinuar algo contra ella, las tres se cerraban en banda y respondían con un «Emma es como es, solo hay que entenderla». Y fin de la conversación.

No obstante, Regina había conseguido llevarse bastante bien con ellas, aunque procuraba no abusar del tiempo que pasaba en la antesala para que Emma no tuviese que llamarles la atención. En lo que respectaba a ellas dos, se habían limitado a ignorarse como si no existieran. La única vez que habían mantenido contacto fue el primer día que Regina, descubriendo que las chicas no salían fuera a desayunar, se había presentado con unas tartas de manzana para acompañar el café de la máquina que habitualmente tomaban, eso sí, tomándose el riguroso descanso de media hora establecido para el desayuno.

Había instado a Rubí a que llamara a Emma por el teléfono interno para que se reuniera con ellas, pero esta se había limitado a tenderle el auricular para que lo hiciera ella misma.

—Tú los has traído, a ti te corresponde invitarla.

Regina pulsó la tecla del oficina y cuando respondió, le dijo que había comprado tartas para desayunar y si le apetecía uno, pero ella le dijo que nunca comía dulces por que engordaban, y les deseó buen provecho.

Ella se había encogido de hombros y se comió el sobrante después de que las chicas la rechazaran.

Durante ese tiempo Emma se había dedicado a recopilar algunas ideas para el primer ejemplar de Mixtrum; quería estar preparada par a cuando se diera el pistoletazo de salida. Bajo ningún concepto iba a permitir que fuera Regina quien dirigiese el primer ejemplar. La revista tenía que llevar su sello, y eso solo podría conseguirlo si era ella quien lanzaba el primer número. Ya tenía una idea clara de lo que quería, incluso tenía pensado el reportaje de portada. Y del resto del contenido una idea bastante aproximada. Esperaba sinceramente que Regina no vetase por sistema todo lo que presentase, aunque se temía lo peor, pensó maliciosa, por que desde luego ella pensaba vetar todos y cada uno de los contenidos de ella.

Se pertrechó con su habitual taza de té, su cuaderno de anillas y empezó a tomar notas y hacer recopilación de ideas par a los futuros reportajes que darían lugar a la revista. Se inspiraba mejor con un simple bolígrafo y una hoja de papel. El ordenador lo utilizaría al final, para escribirlos.

Estaba también compaginando algunos últimos trabajos como jefe de redacción en espera de sumergir se en la dirección de Mixtrum de forma definitiva.

Escuchó voces en la antesala y miró el reloj. Las once, y como todos los días Regina se había asignado la tarea de traer el desayuno para todos los miembros del equipo. A veces era una caja de galletas, otras porciones de tarta o bollos. Siempre algo diferente y dulce. La primera vez la había invitado a unirse al grupo, pero ella no confraternizaba con el enemigo, y le había dicho que nunca tomaba dulces por que engordaban. No era cierto, su metabolismo le permitía comer de todo sin problemas y disfrutaba de la comida, pero no en el trabajo. Y menos si la comida la había llevado Regina.

Regina había caído bien entre las chicas, era amable y encantadora con ellas, le salía de forma natural, y Emma no entendía cómo la mayoría de mujeres u hombres revoloteaban a su alrededor como polillas sin dar se cuenta del tipo de mujer que era, vacía e insustancial. Solo veían en ella su cuerpo sensual, sus oscuros ojos cálidos y su sonrisa encantadora que sabía manejar a su antojo.

Sabía que ella estaba intentando usar todo su encanto para llevarlas a su terreno en la lucha sin cuartel que se iba a desencadenar entre ellas en cuanto se empezara a publicar el primer número de Mixtrum, y sin embargo Emma no se sentía amenazada, confiaba ciegamente en su equipo y sabía que podía esperar lealtad de sus chicas.

Por otra parte, sabía que Regina no estaba haciendo nada par a preparar el primer número, ningún bosquejo preliminar, lo que le confirmaba lo que ya sabía. Que era una inútil y se limitaría a improvisar lo mejor que pudiera a última hora, lo cual significaba que estaría fuera de la revista y de su vida antes de lo que pensaba.

El sonido del teléfono interior sonó en ese momento y atendió la llamada.

—Emma —le dijo August al otro lado —. El primer número debe salir la próxima semana. Me gustaría verlas a ti y a Regina en mi oficina lo antes posible. ¿Puedes localizarla?

—Sí, no te preocupes, para localizar a Regina solo hay que seguir el rastro de risas femeninas. En seguida estaremos ahí.

Sacó una carpeta que tenía guardada bajo llave y esperó a que fueran las once y media para salir.

Rubí estaba sentada a su mesa, Rose y Ashley habían acercado sus respectivas sillas mientras que Regina se apoyaba de forma relajada en una esquina de la misma. Vestía una falda gris claro y una blusa azul marino.

Todos levantaron la vista al escuchar abrirse la puerta. Regina paralizó por un momento el acto de llevarse a la boca el vaso de café que tenía en la mano.

—Se acabó el desayuno, Mills. August quiere vernos ahora mismo en su oficina.

Regina miró tranquilamente el reloj que llevaba en la muñeca.

—Faltan dos minutos. Justo los que necesito para terminar el café.

Seguro que August lo entenderá, él es de los que se alimentan, no vive del aire.

—Yo no vivo del aire, simplemente no como cosas que engordan. Regina la recorrió con una mirada burlona de arriba a abajo.

—Y a ti te sobran kilos por todos lados, ya lo veo. ¿Cuánto pesas, cuarenta? ¿Cuarenta y cinco?

Emma ignoró el comentario y se dirigió a la puerta.

—Ya estás avisada, te espero en el oficina de August. No voy a llegar tarde por tu culpa.

Regina apuró el café y tiró el vaso de plástico a la papelera.

—Bueno, chicas, me voy. Recen por mí.

Emma le lanzó una mirada furiosa y salió del oficina. Regina la alcanzó.

—¿Te relajas alguna vez?

—Eso no es asunto tuyo.

—Claro que lo es, preferiría no trabajar con una histérica.

—Y yo preferiría no trabajar contigo, pero es lo que hay. August quiere vernos por que el primer número tiene que salir la próxima semana. Si necesitas pasar por tu oficina para recoger algo...

Regina se encogió de hombros

—No...

—¿No tienes ningún esquema, ni borrador que presentarle?

—Tengo algunas ideas... pero están en mi cabeza. No necesito ningún papel para eso.

Emma sonrió satisfecha y no pudo evitar pensar : «Te voy a merendar en dos bocados, Mills».

Una vez acomodados en el oficina, August les comento:

—Bueno, el primer ejemplar debe estar listo para salir esta semana.

¿Han decidido ya quién de ustedes va a ser la primera?

—Yo quiero el primer número —se apresuró a decir Emma. Regina jugueteaba distraídamente con su reloj y no dijo nada.

—Regina... ¿Estás de acuerdo? —preguntó August.

Regina alzó las manos en un gesto de resignación.

—Realmente no hace la diferencia.

Emma la miró frunciendo el ceño. No se esperaba esa respuesta, que se rindiera sin luchar. ¿Estaría tramando algo? Decidió que no, que simplemente no tenía nada preparado y se relajó.

—De acuerdo, este ejemplar es tuyo, Emma. ¿Qué tienes pensado?

—¿Tengo que decirlo delante de ella?

—Por supuesto, recuerda que tiene que aprobar todo lo que publiques; la revista lleva también su nombre. Y me gustaría que también Regina aportara algo a este ejemplar tuyo, y tú a los suyos, claro. Esto debe ser una colaboración, no una guerra.

—Que explique ella lo que tenga pensado y ya veré yo luego. Seguro que la señorita trabajadora incansable tiene un abultado dossier de cosas preparadas.

—No lo dudes, Mills.

Emma abrió la carpeta y sacó un puñado de folios pulcramente mecanografiados y grapados en varios montones.

—He pensado crear una sección fija de fotografía, y en esta ocasión que sea la portada. Dedicar cada semana un artículo sobre un fotógrafo conocido, o que haga algo diferente con la fotografía; mostrar su obra, quizás una entrevista y al final un apartado en que fotógrafos noveles o aficionados puedan mostrar sus obras y que el invitado de la semana se las comente. Si los aficionados tienen la ocasión de mostrar su trabajo, hay un sector de público bastante amplio que se hará cliente habitual de Mixtrum. El primer artículo podría llamar se «La fotografía contemporánea al alcance de todos».

—Me parece una buena idea —dijo August—. ¿Regina?

—Podría ser

—Esa sección sería fija entonces, para atraer clientes.

—En tu revista, Querida, no en la mía. Deja claro desde el principio que esa sección será quincenal.

—Por supuesto. No pensarías que iba a dejar que te aprovecharas de mi idea.

—Tampoco es tan genial. Si esto es lo máximo que puedes ofrecer... Emma le lanzó destellos asesinos con los ojos.

—¿Y tú? ¿Qué puedes ofrecer tú, si ni siquiera tienes una idea?

—Claro que tengo ideas.

—¿Como cuáles?

—Las verás en su momento. Todavía necesitan un poco de desarrollo.

—¿Qué desarrollo? Querrás decir de trabajo.

—Llámalo como quieras.

—¿Qué más tienes? —intervino August.

—Un artículo sobre una investigación que se está llevando en la Universidad de New York sobre el aprovechamiento de la energía que se pierde en las fábricas.

Regina tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír. A Emma no le pasó desapercibida la mueca.

—¿Piensas ponerle veto? —preguntó irritada.

—No.

—También tengo previsto incluir un artículo con buenas fotos a color sobre uno de los deportes que se están poniendo más de moda en Bostón.

—No te imagino practicando deportes.

—No estoy diciendo que yo los practique, solo que se está poniendo de moda.

—¿Y eso lo dice...?

—Mucha gente.

—Ya...

—¿Lo rechazas?

—No.

—En ese caso, sigamos. También me gustaría publicar algunos relatos de gente desconocida.

—Bien. ¿Algo más?

—No, yo he terminado —dijo Emma—. Creo que con eso es suficiente.

—A mí me gustaría incluir algo de mi cosecha —puntualizó Regina.

—Me alegra que te hayas decidido a participar —dijo August más animado—. ¿Qué propones?

—Recetas de cocina.

—¿Quieres meter recetas de cocina en mi revista?

—Nuestra revista.

—No, Mills, esta es «mi» revista, «mi» ejemplar. En el tuyo, si quieres puedes incluir recetas de cocina e incluso tratados de cómo quitar las manchas a los trapos de limpiar el polvo. Probablemente mi asistenta te la compraría.

—Dudo mucho que en tu casa haya polvo. ¿Cómo osaría una mota aparecer en tu sanctasanctórum? Pero insisto en lo de las recetas de cocina, Querida.

—No me llames Querida, mi nombre es Emma.

—Y el mío Regina, no Mills.

—No.

—¿No me llamo Regina?

—No a las recetas de cocina.

—Escucha, solo estoy tratando de salvar te el culo, señorita. No todo el mundo practica deportes ni tiene talento literario para escribir y muy, muy poca gente tiene una fábrica a la que sacar partido a la energía sobrante. Pero todo el mundo come, y hay gente que hasta disfruta de ello. Salvo tú, que dudo mucho que disfrutes con nada.

—Pues claro que sí, con mi trabajo.

—¿Aprovechando la energía sobrante en las fábricas?

—Mills... —dijo apretando con fuerza los dientes y conteniéndose a duras penas.

—¿Sí, Querida?

—Por favor, ¿quieren comportarse como dos adultas? Emma, creo que Regina tiene razón. Un toque algo más ligero e informal vendría bien. Una sección de cocina podría suavizar un poco el contenido, además de atraer a un sector de público más amplio. Ten en cuenta que un buen porcentaje de revistas las compran las amas de casa. ¿Qué tienes pensado, Regina?

—Una serie de artículos con recetas fáciles para gente que trabaja, tiene poco tiempo para cocinar y le gusta comer bien, con ingredientes normales que cualquiera puede tener en casa, y que permitan improvisar en un momento dado.

—¿Comida sana? —preguntó Emma.

—Comida nada más, a veces sana y a veces simplemente deliciosa.

—Ya lo veo, Emma... —añadió August—. Pero por supuesto la decisión es tuya.

Esta apretó los dientes.

—De acuerdo, pero con la condición de que yo también podré incluir cada semana un artículo en la publicación de ella, a mi gusto.

—Me parece justo —dijo Regina divertida.

—Pues pónganse manos a la obra, recuerden que antes de que se publique las dos se tienen que reunir para dar el visto bueno al resultado final. Preferiría que trabajen codo con codo, pero como veo que es imposible, al menos de momento, háganlo a su manera.

—Prefiero que nos reunamos al final y vetaré lo que no me guste —dijo Regina.

Emma la fulminó con la mirada. Nada más salir del oficina le dijo furiosa:

—Lo has hecho a propósito para joderme, ¿verdad? No te importan una mierda las recetas de cocina.

—En absoluto. Solo quiero dejar mi sello en tu revista.

—¿Con recetas de cocina? ¿Sabes siquiera lo que es una sartén?

—¿Lo sabes tú? Tienes pinta de no haber comido en tu vida, y mucho menos cocinado. De hecho tienes pinta de tener muchas carencias en tu vida, Querida.

—Me encanta mi vida, Mills, o al menos me encantaba hasta que tú apareciste en ella. Y si quieres dejar tu sello en mi revista prepárate para que yo deje el mío en la tuya.

—Es la guerra entonces... y ya sabes, en el amor y en la guerra todo vale.

Emma empezó a desplegar actividad en cuanto llegó a su oficina. Encargó a Rubí que buscar a entre los fotógrafos más renombrados del momento y se reservó la tarea de decidir entre ellos el más idóneo para el primer número. A Ashley le encargó el reportaje sobre los deportes, a Rose la organización de la sección literaria y se reservó para ella el artículo sobre el aprovechamiento de energía en las fábricas y la elección de los relatos que se publicarían.

Estaba contenta, actividad por fin. No era de las personas que pueden mantenerse inactivas, y el periodo de espera se le había hecho muy largo.


El ritmo de la sección se volvió frenético. Emma era muy exigente, las chicas sabían que no le podían presentar un trabajo que no estuviera bien documentado ni poco consistente.

Se reunían todos los días a primera hora para poner en común lo que tenían, decidir, corregir, y fijar los textos definitivos, y poco a poco el primer ejemplar de Mixtrum fue tomando forma. De Regina y sus recetas no se sabía nada. Emma no la había invitado a participar en las reuniones matutinas y ella tampoco había mostrado el menor interés.

El viernes debían entregar el borrador definitivo par a la impresión y el jueves a mediodía todavía Emma esperaba su aportación. Su falta de profesionalidad la estaba llevando a un grado de irritación incluso superior al que sentía hacia Regina habitualmente. Era una persona a quien le gustaba tenerlo todo controlado, en el trabajo al menos, y no dejaba nada para última hora.

Decidió darle un tirón de orejas y la llamó a la oficina, pero nadie respondió al teléfono. Salió a la antesala y le dijo a Rubí que la localizara y la enviara a su oficina inmediatamente. Un rato después esta entró y moviendo la cabeza murmuró:

—No está en la redacción, Emma. Hace un buen rato que nadie la ha visto. El reportero que comparte oficina con ella, dice que cogió su saco y se marchó alegando una gestión de trabajo.

—Hija de perra irresponsable. Si regresa dile que si mañana a las ocho en punto no tengo sobre mi mesa las recetas, que se olvide de incluir nada en mis números ni ahora ni nunca.

Regina no apareció en toda la tarde. Media hora antes de la salida, Emma furiosa decidió pasar por su oficina y dejarle una nota de advertencia sobre la mesa, pero en el mismo momento en que lo estaba haciendo le sonó el móvil.

—Dime, Rubí.

—Regina te está esperando en tu oficina.

—¿Por fin apareció? Voy par a allá. ¿Le has dicho algo?

—No, jefa, te he reservado el placer.

—Se va a enterar, aquí no se puede desaparecer así como así. Esto no es un juego.

A paso rápido recorrió el trozo de pasillo que la separaba de su oficina, cruzó como una tromba la antesala ante la mirada divertida de sus ayudantes y entró.

—¿Quién te crees que eres para desaparecer de la redacción durante horas? Aquí no estás en la empresa de papá, eres solo una empleada más.

—Estaba trabajando.

—Trabajándote a alguna de tus amigas, querrás decir.

—No, encargándome de mi artículo.

—¿Ya lo has escrito? ¿Lo traes?

—Todavía no.

—Ya me parecía a mí... pedazo de irresponsable. ¿No sabes que mañana tenemos que entregar el borrador para la impresión? ¿Qué demonios estás esperando?

—Lo escribiré en un santiamén cuando te decidas.

Se agachó y colocó sobre la mesa una nevera portátil de lona negra, la abrió y sacó de ella seis pequeños tuppers que colocó uno al lado del otro sobre la mesa.

—Pastel de espinacas y salmón —dijo abriendo uno de ellos—, rollo de tortilla y jamón, berenjena gratinada con queso ligth, esta es la receta sana

—puntualizó mirándola con sorna. Luego siguió destapando tuppers. Revuelto de setas, risotto con pollo y verdur as y manzana asada con helado. El helado se le pone por encima justo en el momento de comerlo, no lo he traído par a evitar que se derritiera, pero supongo que eso ser ás capaz de hacer lo por ti misma. Hay que publicar cuatro de ellas, pruébalas y elige.

—¿De dónde has sacado todo esto?

La expresión perpleja de Emma la hizo comprender que había ganado un tanto y sonrió satisfecha.

—Dos son recetas de una tía, otra de una amiga y el resto de la cocinera de mi madre.

—¿Has puesto a trabajar a la gente par a preparar las recetas? Regina se encogió de hombros.

—No esperabas que lo hiciera yo... —dijo recordando la tarde tan divertida que había pasado entre fogones. La cocina era su hobby y las recetas eran suyas, pero Emma Swan nunca lo iba a saber.

—¿A qué esperas para probarlas? Entre todas ellas no superan el número de calorías de una comida para una persona normal. No vas a reventar los botones de esa bonita chaqueta que llevas puesta.

—¿Qué le pasa a mi chaqueta?

—Pues que es preciosa... el diseño te habrá costado un ojo de la cara.

—Pues sí que es de diseño. Exclusivo.

—No lo dudo; ninguna otra mujer querría ponerse algo tan feo y tan poco favorecedor.

—No vengo aquí a alegrarle la vista a nadie, sino a trabajar.

—Una cosa no va reñida con la otra, Querida. Miró el reloj.

—Bueno, ahí te dejo eso, te lo llevas a casa y te lo comes de cena. Es la hora de marcharse y me esperan. Dime mañana a primera hora por cuáles te has decidido y te escribiré las recetas en un santiamén.

—Antes de que te vayas quiero tu número de móvil.

Regina sonrió de oreja a oreja y sus ojos brillaron con malicia.

—Vaya... te estás ablandando. ¿A caso te he ganado por medio del estómago?

Emma le lanzó una mirada furiosa.

—Quiero tenerte localizada durante las horas de trabajo. Esto de desaparecer de la redacción sin permiso no se va a volver a repetir.

Regina agarró una hoja de papel del bloc de notas y apuntó un número.

—No me llames esta noche, estaré ocupada.

—Solo pienso llamarte en horas de trabajo, Mills, cuando no estés disponible en la redacción.

—Hasta mañana. Que disfrutes del festín. El helado de vainilla es el que mejor le va. Y no olvides devolverme los tuppers, no son míos. Y dicho esto se marchó. Minutos después entró Rubí.

—¿Qué ha pasado? Parecía satisfecha.

Miró los tuppers alineados y mostrando el contenido.

—¿Qué significa todo esto?

Emma sonrió como solo se permitía hacerlo en presencia de Rubí y de muy contadas personas.

—Que alguien nos ha preparado la cena. ¿Vienes a casa o has quedado con Belle?

—No, esta noche Belle cena en casa de su hermano.

—Pues vayámonos nosotras también. Abriremos un buen vino para acompañar todo esto. Recogieron sus respectivas mesas de trabajo, y metieron los tuppers cuidadosamente en la nevera. Después entraron en el ascensor. Emma apretó el botón de recepción en lugar del que llevaba directamente al garaje.

—Quiero hablar con el conserje —dijo a modo de explicación.

Se acercó al mostrador y le comentó al hombre de mediana edad que se encontraba tras él:

—Sam, cuando Regina Mills se ausente de la redacción en horas de trabajo, haga el favor de informarme. ¿Sabe a quién me refiero?

—Sí, esa señora que acaba de salir del ascensor.

Emma giró la cabeza. Regina salía en aquel momento con el saco echado al brazo y su bolso en la mano.

—Sí, la misma.

La vio avanzar con paso elástico y decidida hacia una rubia escultural de larga melena que esperaba con cara de hastío. Al verla cambió su expresión por una sonrisa forzada y le salió al paso moviéndose con sensualidad. Aquello hizo a Emma sentirse muy bien. «Una puta para una imbécil», pensó.

Aquella noche las dos amigas disfrutaron de una cena que no se tuvieron que molestar en preparar, con una botella de buen vino. Brindaron por Mixtrum y por el comienzo de una etapa profesional muy prometedora.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, cuando Regina abrió la puerta de la oficina de Emma, esta le dijo:

—Las recetas son aceptables. Escribe las que quieras, todas pueden servir.

—¿Las disfrutaste, Querida?

—Las probé. Fue Rubí quien dio buena cuenta de ellas.

—¿Se las pasaste a Rubí?

—Ella vive conmigo. Compartimos piso desde hace tiempo. ¿No lo sabías?

—No, no tenía ni idea.

—Somos amigas desde la facultad.

—¿Y tratas a tu amiga con el mismo látigo de negrer a que al resto del personal?

—En el trabajo no tengo amigos, solo empleados. Y ahora vete a tu oficina y empieza a escribir esas recetas si quieres que salgan en esta edición. Las quiero en mi mesa antes de la hora del desayuno.

—Faltaría más.

—Pareces de muy buen humor esta mañana. Quizás deberías decirle a tu amiga que te visite más a menudo.

—¿A Elsa? No, ella no tiene nada que ver con mi buen humor. Es la satisfacción del trabajo cumplido.

—Déjate de tonterías y ponte a trabajar de una vez. Aquí están los borradores con el resto de artículos de la revista. Échales un vistazo e intenta no encontrarles nada que objetar. Por tu culpa vamos justos de tiempo para la entrega.

—Se hará lo que se pueda.

Se marchó a su oficina con el fajo de papeles. Escribió las seis recetas para que ella decidiera e ignoró el resto de documentos. Estaba segura de que no encontraría nada que vetar, Emma habría pulido hasta la última coma. A la hora del desayuno se los llevó a la oficina.

El borrador de Mixtrum se entregó a tiempo y por la tarde tenían en las manos el primer ejemplar de prueba. El comienzo de una nueva etapa profesional estaba en marcha.


Veamos que tal va ...