El primer capítulo de Mixtrum se empezó a vender con moderación. Emma estaba satisfecha con los resultados, que aunque no fueron espectaculares, para un primer número de una revista desconocida estaban bastante bien.
Regina, por su parte, no aparentaba trabajar más que la semana anterior a pesar de que le correspondía a ella lanzar el siguiente número de Mixtrum y Emma se relamía satisfecha como un gato pensando en el estrepitoso fracaso que iba a suponer el lanzamiento de su ejemplar. Ella creía firmemente en el trabajo duro y bien organizado, y que ante la falta de este era imposible alcanzar ningún éxito.
August había decidido no intervenir en los sucesivos números y delegar en ellas la decisión sobre los contenidos, alegando que no iba a actuar como mediador entre dos personas adultas y que debían aprender a solucionar sus diferencias.
Aquel día, Emma, como era habitual había llegado al trabajo con sus buenos veinte minutos de adelanto. Normalmente solía ser la primera en hacerlo pero nada más entrar en la antesala vio luz en su oficina.
Intrigada abrió la puerta y vio a una Rubí apesadumbrada y con la cara y los ojos hinchados y enrojecidos a causa del llanto. Había pasado la noche en casa de Belle, y cuando esto ocurría solía llegar justa de tiempo, no con tanta antelación.
Colgó bolso y abrigo en el armario sin decir palabra, quedándose con su habitual indumentaria de trabajo: pantalón negro, camisa blanca y su saco perfectamente abotonado. Se acercó a su amiga y apoyándose en una esquina de la mesa le preguntó:
—¿Qué ocurre, Rubí? ¿Cómo aquí tan temprano?
—Necesitaba pensar. Creo que voy a romper con Belle. Emma hacía tiempo que se temía algo parecido.
—¿Y eso? —preguntó. Indudablemente, su amiga necesitaba desahogarse y hablar.
Rubí levantó hacia ella unos ojos tristes y velados de lágrimas.
—Porque se avergüenza de mí; de lo nuestro.
—No creo que eso sea así, Rubí.
—Sí que lo es. El sábado próximo es su cumpleaños. Estaba preparando algo especial para las dos, pero me ha dicho que sus padres están organizándole una fiesta. Sé que nada que yo haga puede anteponerse a su familia, así que decidí olvidar mis planes y le pedí que me invitase en calidad de amiga... solo amiga. Pero me ha dicho que no, que no se atreve a que conozca a su familia por si adivinan algo. Eso significa que nunca va a hacer público lo nuestro... y yo no estoy dispuesta a esconderme más, Emma. Le dije que si me quería, me llamara, pero solo si estaba dispuesta a luchar por nosotras, a confesarle nuestra relación a su familia y que si no, se olvidara de mí. Estoy aquí desde las cinco de la madrugada y no he tenido noticias suyas, de modo que se acabó. No quiero seguir escondiéndome como una criminal.
Emma se levantó y se acercó a su amiga. La abrazó con fuerza y Rubí enterró la cara en su saco a la altura de los pechos fuertemente comprimidos por un sujetador deportivo, y lloró en silencio. Emma le acarició el pelo con ternura. Ella sabía lo que sentía, no con una pareja, pero conocía perfectamente la traición de una persona a la que quería.
La besó en el pelo una y otra vez, consciente de cuánto relajaba eso a su amiga.
—Ánimo, cariño —le dijo—. Todo va a ir bien. Lo superaremos juntas, como hemos hecho otras veces.
Ninguna de las dos se percató de que la puerta se abría y Regina se quedaba clavada en el umbral.
—¡Ay, Emma! ¿Por qué algunas personas no aceptan una sexualidad diferente? ¿Por qué tenemos que escondernos como si fuéramos criminales solo por el hecho de amar a alguien del mismo sexo?
—No lo sé, Rubí, no lo sé.
Regina dio un paso atrás y cerró cuidadosamente la puerta sin que ninguna de las dos hubiera imaginado que había estado allí y había presenciado su íntima escena.
Regresó a su oficina y, mirando el reloj, marcó la extensión de la oficina de Emma. Esta se separó de Rubí y respondió al teléfono.
—¿Sí, Mills?
—Quería que supieras que estoy en el edificio, en mi puesto de trabajo, puntual como todos los días. Pero estoy bastante ocupada con el número de mi revista para acercarme a tu oficina a informarte de ello. Espero que te conformes con una llamada.
—Vaya… ¿Te has decidido a trabajar por fin?. Regina ignoró el comentario sarcástico y le pidió:
—Me gustaría que nos reuniéramos a lo largo de la mañana para que vieras los contenidos que estoy preparando, y les dieras el visto bueno.
—Puedes acercarte después del descanso del desayuno, si te parece bien.
—Perfecto. Y espero que tú seas tan tolerante con mis artículos como yo lo fui con los tuyos.
—No cuentes con ello, Mills. No aceptaré ningún tipo de chantaje.
—Hasta luego.
Regina colgó y murmuró para sí.
—De mí no acepta nada pero de otras sí, ya veremos, Querida, lo que estás dispuesta a aceptar sabiendo lo que sé.
Cuando Regina se reunió con las chicas en la antesala, portando como siempre una bandeja de cafés y una caja de bizcochos espolvoreados de azúcar, su mirada se dirigió a Rubí sin poder evitarlo. Ella se había recompuesto y nada en su aspecto delataba lo ocurrido unas horas antes en la oficina.
—Aquí tienen, chicas, un buen desayuno para endulzar el día.
—Nos estás mal acostumbrando, Regina —dijo Ashley.
—Nada de eso. Me encanta mimarlas. Y esta es la única forma en que me permite hacerlo el dragón que se esconde en esa gruta — dijo señalando con la cabeza a la oficina de Emma.
—Emma no es ningún dragón, ya te lo hemos dicho otras veces. Si trabajas como ella quiere, es muy razonable.
Regina sacudió la cabeza.
—Será con ustedes, porque lo que es conmigo... aunque ahora que la conozco mejor, creo entender el por qué de su comportamiento hacia mí.
—«Yo puedo follar con mujeres sin discreción», pensó sin llegar a decirlo en voz alta.
Desayunaron en silencio y una vez terminaron Regina comentó:
—¿Les importaría a ustedes esto? Tengo que reunirme con Emma para presentarle los contenidos de mi revista y no quiero llegar ni un minuto tarde. Mi cabeza depende de ello.
Las chicas no pudieron evitar una breve risa. A ninguna dejaba de hacerle gracia la lucha sin cuartel a la que se habían lanzado las dos codirectoras de la revista y que resultaba muy divertida vista desde fuera.
—Pues mal día... —dijo Rose—. Hoy está más seria de lo habitual.
—En fin... —dijo Regina alisándose con cuidado la blusa negra de lino que llevaba por encima de una falda marrón claro—. Allá vamos. Recen, chicas, si quieren que les traiga el desayuno mañana.
Golpeó con suavidad la puerta, cosa que nunca había hecho antes, y esperó a escuchar la invitación.
Emma estaba sentada erguida y formal en su sillón. Sobre la mesa había un único montón de papeles mecanografiados, que Regina supuso sería su aportación al contenido de su revista.
Regina señaló su reloj que marcaba las once y media en punto.
—Soy puntual, como ves.
—Déjate de tonterías, Mills. ¿Qué traes?
—Bien, al grano entonces. Supongo que puedo sentarme.
—Por supuesto.
Regina se sentó relajada en el asiento que había frente a Emma y abrió la carpeta que llevaba en la mano.
—Bueno... He pensado seguir manteniendo el apartado de recetas de cocina.
Emma muy seria, asintió.
—Esperaba que lo hicieras. ¿Qué más?
—También quiero incluir de una forma fija una entrevista a algún personaje importante.
—Eso ya lo tengo yo.
—No de la misma forma que yo lo planteo. Tú te vas a limitar a fotógrafos, según me pareció entender, y a hacer entrevistas formales. Yo pienso aprovechar mi estatus social para acceder de forma informal a personajes a los que tú, como simple periodista, jamás podrías acercar te.
—Tu estatus social...
—Sí, Querida. Tienes que reconocer que el apellido Swan jamás abrirá las mismas puertas que el apellido Mills.
—Pues bien, señora Mills, puedo asegurarte que el apellido Swan abre exactamente las puertas que yo quiero abrir. Puedes quedarte con tus millonarios y entrevistar los en el gimnasio o en algún club lujoso. No es ese el sello que yo quiero imprimir a mi revista.
—Ya... Tú quieres darle un sello científico. Allá tú si te quieres suicidar profesionalmente.
—El tipo de revista que tú quieres no se diferencia en absoluto de las muchas que ya hay en el mercado.
—Pues te equivocas, la mía va a tener un sello personal que ninguna otra tiene. Yo voy a mostrar a las personas desde el punto de vista de una amiga, no de una periodista.
—Pues claro, porque tú no eres periodista, y por mucho que te empeñes en mostrar tu título no tienes ni remota idea de cómo hacer una entrevista como Dios manda.
—Ay, Querida, Dios tiene muchas cosas en las que ocuparse para andar por ahí diseñando entrevistas. Lo que me interesa saber es si le pones veto a alguna de mis ideas.
—En absoluto. Tal como dices tú, si estás empeñada en suicidarte yo te sostendré gustosamente la cuerda para que te ahorques con ella. ¿Algo más, o se te han agotado las ideas?
—Había pensado algún reportaje sobre viajes, lugares especiales y cosas así.
—Ya. Para hacer publicidad a los hoteles de tu familia.
—No siempre. Pero claro, si hablamos de viajes, alguna vez les tendrá que tocar.
—Por supuesto. Pero cuida de no abusar, la publicidad en esta revista hay que pagarla. Y vetaré todo lo relacionado con sus cadenas de hoteles que considere inapropiado.
—No tengo la menor duda. Y para terminar había pensado incluir un consultorio sentimental.
—¿Un qué? Mira, Mills, por eso sí que no paso. No pienso poner mi nombre en una revista que incluya una bazofia de esas.
—No vas a poner tu nombre, yo voy a poner el mío. El consultorio se va a llamar «Regina responde».
—¿Tú vas a responder a las consultas? ¿Y qué demonios sabes tú de sentimientos?
—Probablemente más que tú... señorita estirada. Dime, ¿te has enamorado alguna vez? ¿Has perdido la cabeza en brazos de un amor?
—Eso no te importa en absoluto, Mills.
—Pues claro que no. No tendrías esa pinta de amargada ni serías adicta al trabajo si lo hubieras experimentado aunque solo hubiera sido una vez.
—¿Y tú? ¿Lo has experimentado tú? —dijo Emma perdiendo los nervios por primera vez desde que la conocía. Regina supo que había ganado un tanto, descubriendo otro punto flaco de la señorita Swan.
—Pues claro que me he enamorado. Y como todo el mundo he ganado, he perdido, he sufrido y he gozado. Como ves estoy más que capacitada para responder cualquier pregunta. Pero yo le quiero dar un aire distinto al consultorio. Quiero que escriban mujeres que tengan dudas sobre cómo seducir a un hombre o en su caso mujeres; qué les gusta, qué deben hacer o no hacer... cómo deben vestirse o maquillarse.
Emma bufó.
—Acaso tú Mills a la que le gustan las rubias tetonas sabe como atraer un hombre?. Las mujeres saben perfectamente qué hacer o cómo vestirse, no te necesitan para eso.
Regina sin decir palabra, recorrió el cuerpo de Emma lentamente con la mirada, esbozando una mueca de incredulidad.
—Créame señorita Swan que no me gusten los hombres no significa que no sepa como tenerlos de rodillas ante mí y con respecto a que las mujeres saben perfectamente como vestir, tú eres un claro ejemplo.
—¿Estás decidida hacerlo, verdad?
—Sí.
Regina se incorporó en el sillón y se inclinó hacia adelante, acortando así un poco la distancia que las separaba.
—Vamos a ver, Emma, piénsalo un poco. Yo no soy una mujer cualquiera.
«No, no lo eres», pensó. «Eres la hija de perra más grande que he conocido en mi vida».
—Soy Regina Mills, una conocida socialité, como dijiste el primer día que nos conocimos con tan extraordinario sentido del tacto. El hecho de que yo responda personalmente a un consultorio va a inducir a muchísimas mujeres a comprar la revista.
—Ya será menos.
—Eso lo dirán las ventas.
—De acuerdo. No lo vetaré, con una condición.
—¿Cuál?
—Que en realidad seas tú quien responda, y no lo haga otra persona en tu nombre. Si descubro que recurres a eso, me encargaré personalmente de desenmascarar te en el siguiente número de mi revista.
—Yo contestaré personalmente.
—¿Aunque sean como tú dices «muchísimas» las mujeres que escriban?
—A lo mejor tienes razón tú y son menos. Pero sí, aunque sean muchísimas.
—De acuerdo.
—Y ahora, tu aportación.
Emma cogió el pequeño y pulcro montón de folios que reposaba sobre la mesa y se lo alargó a Regina.
—Yo quiero incluir en tu revista una sección en la que investigar fraudes.
Regina parpadeó perpleja.
—¿Fraudes? ¿Qué tipo de fraudes?
—De todo tipo. Desde fraudes económicos a hacienda por parte de empresas, a fraudes a inversores por parte de bancos, e incluso hasta fraudes de gente que dice ser lo que no es y saber hacer lo que no sabe.
—¿Quieres hacer periodismo de investigación en una revista de corte lúdico?
—Tú incluiste recetas de cocina en una revista de corte serio.
—Entiendo. Y supongo que lo de gente que dice ser lo que no es y todo eso va por mí, ¿no? Quieres investigar mi título de periodismo.
—Es posible. Como bien dices de los hoteles de tu padre, puede que alguna vez te toque.
—Pues adelante. No tengo inconveniente en ser la primera en ser investigada. Pero hazlo bien, porque no aceptaré nada que no sea estrictamente la verdad, y esa, Querida, la sé yo mejor que nadie.
—Jamás incluiría una mentira en un artículo. ¿Por quién me tomas?
—De acuerdo entonces. Nos vemos el viernes para revisar los borradores finales.
—Procura que sea antes de la hora de cierre.
—¿Tienes planes para el fin de semana?
—Por supuesto, Mills. ¿Qué te crees?. Regina sonrió y salió de la oficina.
Cuando llegó a su oficina la encontró vacía. Decidió aprovechar y llamar a casa de su hermana. Respondió su cuñado.
—Hola, cuñada. ¿Cómo te va la vida laboral?
—Divertida. No es tan mala como pensaba.
—Eso está bien. ¿Quieres que llame a Zelena?
—No hace falta, luego le dices . ¿Puedo pedirles un favor ?
—Claro.
—No sé si mi hermana te ha contado que debo codirigir la revista con una tipa insoportable que se ha empeñado en hacerme fracasar y echarme de la publicación.
—Algo me ha dicho, pero no demasiado.
—Pues ya te contaré más el fin de semana cuando vaya por allí, pero el caso es que voy a incluir un consultorio sentimental para fastidiarla y tengo que pedirles un favor al respecto.
—Oye, soy psiquiatra, pero no pretenderás que responda yo.
—No, no... No se trata de eso. Al consultorio voy a responder yo. Lo que quiero es que Zelena y tú se pongan en contacto con todas su amistades y conocidos, para que a la vez llamen a sus amigas y todas manden cartas a la redacción. Emma no cree que la sección vaya a tener éxito y se ha burlado de mí a conciencia. Quiero que el correo se colapse y se tenga que tragar sus palabras.
—O sea, que lo que tienen esa señora y tú es una guerra en toda regla.
—A muerte.
—¿Y qué deben escribir ?
—Lo que sea... preguntar consejos sobre cómo tratar o gustar a hombres o mujeres, sobre cómo actuar en determinadas situaciones... Lo que sea. Yo filtraré un poco y publicaré los casos más interesantes, pero prometo responder a todas.
—Yo conozco a mucha gente, Regina.
—No importa. La señorita estirada quiere que responda a todas y lo voy a hacer aunque me tenga que pasar toda la semana escribiendo, pero ella se va a tragar todas las respuestas.
—Jajaja, qué divertido. Oye, ¿y esa señorita cómo es?
—Insoportable.
—Pero insoportable como, joven, vieja, alta, baja, rubia, morena...
—Simplemente insoportable. En el resto no me he fijado.
—Vale, pues pondré en marcha la bola de nieve, pero el fin de semana tienes que venir y contarme más, ¿eh?
—Prometido, Robín. Un beso.
—Otro para ti, cuñada.
Durante toda la semana Emma y Rubí compartieron casa y trayectos en coche. Belle no había dado señales de vida y Rubí se había resignado a dar por terminada la relación.
Emma fue en todo momento un apoyo y un consuelo para su amiga, como siempre lo habían sido la una para la otra. Rubí era la única persona que conocía a la Emma real, el por qué de su carácter y de su actitud ante la vida. También a ella le había tocado tirar de su amiga cuando su familia la traicionó y Emma renunció a ellos, con excepción de su hermano Leo. Se cambió el apellido White, muy conocido en el mundo literario y adoptó el Swan de su abuela, decidida a abrirse camino sola y sin ayuda en el difícil mundo del periodismo.
El jueves por la tarde, Rose entró en la oficina de Emma con el artículo sobre fraude que esta iba a presentar a Regina al día siguiente. Para empezar, no había querido meterse en nada muy serio y se había limitado a investigar una inmobiliaria con fama de no devolver las fianzas a los inquilinos después de abandonar los pisos de alquiler, mediante una cláusula muy ambigua.
—Espero que la señora Mills no ponga objeciones al artículo —dijo cogiéndolo de la mano de Rose y disponiéndose a releerlo una vez más.
—Emma, respecto a Regina, creo que hay una cosa que deberías saber. Hay un auténtico revuelo en la redacción...
Esta levantó la vista de los documentos que leía con aire de exasperación.
—¿Qué ha hecho ahora?
—No, no ha hecho nada, son las cartas del consultorio.
—¿Qué pasa con ellas? ¿Se las está escribiendo alguien?
—No, las está contestando ella... pero son muchas. La sección está teniendo un éxito abrumador. No sé cómo ha conseguido que la noticia se extienda antes incluso de que se publique un ejemplar, pero va a tener que dedicar a la sección unas cuantas páginas. Pensé que debías saberlo antes de reunirte con ella.
—¿Varias páginas? ¿A un consultorio sentimental? Por Dios, ¿no sabe que debe filtrar las cartas, que no las puede publicar todas?
—Hay cuatrocientas ochenta.
—¡¿Cuatrocientas ochenta cartas?!
—Sí, hasta el día de hoy. Si llega alguna más ha dicho que las dejen para el próximo ejemplar.
—No me lo puedo creer. ¿No será la misma carta fotocopiada una y otra vez?
—No, yo misma les he echado un vistazo hace un rato. Nombres diferentes, direcciones diferentes y textos diferentes.
—Joder... Gracias, Rose, por informarme. Habría quedado como una idiota cuando se presente aquí mañana si no lo hubiera sabido.
—De nada, Emma. Aunque nos invite a desayunar todos los días, tú sabes con quién están nuestras lealtades.
—Lo sé.
Rose se marchó y Emma se quedó pensando en cómo habría conseguido que llegaran tantas cartas antes incluso de que se publicara el primer número. Juego sucio, por supuesto. Tenía que andarse con cuidado con Regina Mills.
Cuando el viernes a mediodía Regina se presentó en su oficina con los borradores de los artículos para su aprobación, Emma la felicitó por el éxito de la sección «Regina responde».
La sonrisa de oreja a oreja con que Regina recibió la felicitación se vio ligeramente ensombrecida por no haberla podido pillar por sorpresa, y Emma lo sabía. Lo consideró un empate.
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