Durante varios días, cada vez que Regina entraba en la oficina de Emma se encontraba con la mirada de Rose y Ashley clavada en su espalda como dardos, hasta el punto de que notaba un cosquilleo en la nuca que conseguía ponerla nerviosa, algo bastante raro en ella.
También ella se sentía observada por todo el personal de la editorial, e incluso un día en el ascensor, un redactor ya entrado en los cuarenta le guiñó un ojo y le dijo que contara con él para cualquier cosa que pudiera necesitar. Ella le respondió que ya contaba con un buen equipo y siguió su camino.
Cuando Rubí entró en la oficina un día de la semana siguiente y dijo:
—Siéntate que tengo que contarte una cosa… —Emma supo que iba por fin a enterarse de lo que su instinto le advertía que estaba ocurriendo.
—Estoy sentada.
—Pero agarrate bien por que te vas a caer de espaldas. Regina es una rival formidable, ha conseguido darle la vuelta a la tortilla.
—¿Qué quieres decir ?
—Que de alguna forma se ha enterado de las cosas que le sembramos y lo ha vuelto en tu contra.
—No puede probar que he sido yo quien ha puesto allí todo eso, de hecho tú lo recuperaste sin que ella ni siquiera lo viera, ¿no?
—Sí, lo recuperé sin que lo viera, pero de alguna forma se ha enterado y ha esparcido otro rumor.
Rubí calló por un momento pensando en cómo decirlo de forma suave.
—Suéltalo. Por tu cara ya sé que no me va a gustar, así que solo dilo.
—Bueno, por la redacción se dice que necesita todas esas cosas para follarte a ti. Solo a ti.
—¿Para follarme a mí?
—Cálmate, no des tú también tres cuartos al pregonero. Debes ser consciente de que este oficina es ahora el punto de mira de toda la redacción, y Ashley es muy buena periodista y te es fiel hasta la muerte, pero no se resiste a un cotilleo y para ella esto no es más que una noticia jugosa que nada tiene que ver con el trabajo.
—Cuéntame los detalles. ¿Qué se dice?
—Que Regina y tú se lo montan aquí en la oficina cada vez que se reunen para asuntos de la revista.
—¿Aquí en la oficina? No me lo puedo creer. ¿Cómo puede la gente creerse eso?. Si es de dominio público que no nos podemos tragar la una a la otra.
Rubí se echó a reír suavemente.
—Se dice que ha sido idea de August. Y parece ser que todo el que se quiera tirar a alguien del personal ha ido a August a explicarle cómo mejoraría su trabajo si pudiera «colaborar más estrechamente» con esa persona. Y el pobre no sabe de qué va y les ha dicho que hagan lo que sea necesario para mejorar el rendimiento, así que en breve nos vamos a encontrar a gente follando hasta en los armarios.
—Joder … Ahora entiendo que un redactor de la tercera planta la semana pasada me guiñara un ojo en el ascensor y se ofreciera para cualquier cosa que pudiera necesitar.
Rubí se puso seria de repente.
—¿Qué ocurre? ¿Hay más?
—Es que no solo va diciendo que follan en la oficina, sino que eres una especie de ninfómana insaciable y la obligas a hacerlo varias veces seguidas y no te es suficiente con el dildo, además que debe recurrir al estimulante porque no la enciendes.
—¡Será cabrona! —dijo cogiendo el teléfono dispuesta a llamarla inmediatamente a su oficina para decirle lo que pensaba. Rubí le detuvo la mano sobre el auricular.
—¿Qué vas a hacer ? ¿Dejarte llevar por la indignación y montar un espectáculo en la oficina?. En un cuarto de hora sabrá hasta el botones del edificio de enfrente que han tenido una «riña de enamoradas».
—¿Enamoradas? ¿Enamorarme yo de semejante tipeja? ¿Cómo puede pensar alguien que yo caiga tan bajo? No voy a dejar pasar esto, Rubí, voy a decirle a la cara a la señora Mills lo que pienso de ella y de sus rumores.
—Pues cítala en otro sitio y le sueltas lo que quieras, pero aquí solo darías pie a que los rumores continúen, agrandados además.
—De acuerdo.
Respiró hondo varias veces y cogió de nuevo el auricular.
—Mills.
—No he terminado el artículo, dijimos que era para mañana.
—No te llamo por el artículo. Tú y yo tenemos que tener una conversación.
—Ah… Pues me paso por tu oficina después del desayuno.
—¡No te pases por mi oficina ni loca! Quiero verte fuera de aquí.
—Bueno, si lo prefieres vamos a desayunar fuera.
—No. Esta tarde. Y para lo que tengo que decirte no me vale una cafetería ni un sitio público. Elige en tu casa o en la mía.
Regina levantó una ceja divertida y asombrada.
—¿Me estás pidiendo una cita, Querida?
—Te estoy pidiendo un carajo. —Su voz era tan fría y amenazadora que Regina se irguió en el asiento.
—Bueno, a mí me da lo mismo. En la tuya si lo prefieres.
—A las siete. Y no te traigas el dildo, no te va a hacer falta.
Colgó bruscamente y Regina se quedó mirando fijamente el auricular.
¿Había dicho dildo? ¿Tenía tintes sexuales la cita al fin y al cabo? Vio las miradas de Edward y Jenny clavadas en ella y se encogió de hombros.
—Está muy rara —dijo y los otros asintieron. Luego intentó concentrarse en el trabajo sin conseguirlo.
Cuando aquella tarde Emma y Rubí llegaron a su casa, esta última se preparó para salir de compras y dejar a su amiga que se las viera con Regina a solas. Emma no se cambió de ropa como solía, sino que solamente se desabrochó la chaqueta y se descalzó, colocando los pies sobre la mesa del centro para relajarse un poco.
—¿Vas a recibirla así?
—Pues claro, ¿cómo si no?
—Pues con ropa normal, como vistes siempre. Ya no estás en el trabajo.
—¿Pretendes que saque a Emma White?
—No, solo que te arregles un poquito más.
—Me siento más cómoda hablando con ella vestida de Señorita Swan.
—¿Y no te gustaría demostrarle que no necesitaría estimulantes sexuales para excitarse estando contigo? ¿Que tienes un cuerpo precioso y que simplemente lo escondes cuando vas a trabajar ?
—Ya conoce esa faceta mía, sabe qué cuerpo tengo.
—No, ella cree que es otro disfraz. Ropa interior trucada y esas cosas. Hoy preséntate como lo que eres en realidad. Como Emma, una mujer muy cabreada por lo que se va diciendo de ella, sin ese maquillaje que usas para endurecer tus facciones, sin el sujetador camiseta con que aplanas tus pechos, sin la coleta que esconde tu pelo. Haz que se le endurezcan los pezones con solo mirarte y que esa imagen tuya le acuda a la cabeza cada vez que repita por ahí que necesita estimulantes para follar contigo.
—No me apetece mostrarle mis encantos a Regina Mills.
—¿Prefieres que todo el mundo le tenga lástima por tener que acostarse contigo?
—No, eso tampoco.
—Entonces… Ella jugó contigo con la carta, intentó hacerte parecer ante todo el mundo colada por ella, ahora pretende hacerse la victima porque «tiene» que follarte. Aunque sea solo por un momento, haz que desee hacerlo. Y luego mándala al diablo.
—¿Sabes? Creo que me estás convenciendo.
—Pues adelante. Pasa al dormitorio y cámbiate de ropa.
Emma dio un salto del sofá. Realmente necesitaba ya librarse de la opresión que suponía la ropa de trabajo. Se metió en la ducha y se enjabonó con un gel de vainilla cuyo aroma permanecía en la piel durante mucho tiempo.
Luego simplemente se vistió cómoda, con la ropa que solía usar para estar por casa. Y esperó.
Media hora más tarde, Regina llamó a la puerta, puntual al minuto. Emma salió a abrir descalza, vistiendo un pantalón vaquero muy desgastado, cortado casi a la altura de la ingle y una camiseta blanca de tirantes finos, muy ajustada y el cabello recogido en una trenza floja de la que se escapaban algunos mechones cayéndole a un lado de la cara y sobre el pecho.
Regina tuvo que volver a enfocar la vista para asimilar lo que estaba viendo.
—Llegas puntual, Mills.
—Vaya, por un momento he estado a punto de preguntar si estaba Emma.
—Estoy. No tengo por costumbre dar plantón cuando quedo con alguien. Pasa.
Se dio la vuelta y la precedió conduciéndola a un salón claro y luminoso, amueblado con sencillez y comodidad. Regina no pudo evitar fijar la vista en el trasero apenas cubierto que se balanceaba delante de ella con ese movimiento cadencioso y sensual que producía el andar descalzo. Ella se volvió.
—Soy consciente de que no estoy vestida para recibir visitas, pero cuando llego a casa lo único que me apetece es ponerme cómoda. Y después de todo tú no eres una visita de cumplido. Ni esto es un asunto de trabajo.
—¿Qué es entonces?
—Hay un tema que tenemos que aclarar.
—Y no es de trabajo…
—No, no lo es.
—¿Tiene que ver con algo que dijiste sobre el dildo?
—En efecto. Mírame bien, Mills —dijo dándose media vuelta muy despacio para que pudiera verla desde todos los ángulos posibles.
Regina no se hizo rogar y recreó la mirada por todo su cuerpo: las piernas largas y torneadas, el trasero firme, la cintura estrecha y los pechos redondeados y evidentemente sin sujetador que asomaban ligeramente por encima del borde de la camiseta. Una Emma completamente distinta de la que veía a diario.
Cuando se volvió de nuevo hacia ella le preguntó con tono desafiante:
—¿Crees que necesitas algún estimulante sexual?
Regina sintió que se le secaba la boca y que la pregunta tenía trampa.
—Si necesito, ¿qué?
—Si necesitas el estimulante para follarme.
La cruda frase de Emma unida a la visión y al análisis de su cuerpo que acababa de hacer, hizo que sintiera mojada su bragas y el endurecimiento de sus pezones. Respiró hondo intentando calmarse.
—¿Me has hecho venir para... follar ?
—No, Mills, no te confundas, solo te estoy preguntando si necesitarías el estimulante para hacerlo. —Una rápida mirada hacia los pezones de Regina la hizo sonreír satisfecha—. Ya veo que no. De todas formas me gustaría que me respondieras, quiero oír lo de tu boca.
—¿A qué juegas, Emma? No entiendo nada.
—Responde.
—No, no necesito ni un estimulante para follar contigo. Eres lo suficientemente atractiva para ponerme, obviamente cuando no vas disfrazada de espantapájaros, claro.
—Es evidente que sí.
Clavó en Regina unos ojos duros.
—Es lo que quería saber.
—Joder, Emma, no entiendo nada. ¿A qué viene esto?
—No te hagas la inocente. Todo esto viene del rumor que has esparcido por toda la redacción de que necesitas estimulante para acostarte conmigo.
—¿Que yo he esparcido un rumor sobre…? ¿Estás loca o qué?
—Y además que soy una ninfómana, que cada vez que nos reunimos en la oficina follamos, y que se requieren demasiados «bártulos» para satisfacerme… y con el beneplácito de August además.
—Ay, joder … que ya me estoy imaginando qué ha pasado. Hace unos días Jenny me dijo algo sobre mis gustos... y yo le dije que solo tenía gusto para joderte, me refiero a esta guerra que nos traemos, también que August nos obligaba a trabajar muy estrechamente y que eras muy exigente, que nunca estabas satisfecha… Pero yo me refería al trabajo, no sé por qué se ha imaginado otra cosa. Le ha dado la vuelta a todo lo que dije. Y lo que no entiendo es lo del dildo. Yo en ningún momento he dicho nada sobre eso.
—Bueno, puestos a aclarar cosas… Lo del dildo es cosa mía. Me enfadé tanto cuando publicaste la carta firmada por Em. White que te puse en el cajón de tu escritorio unas cosas...
— Exactamente que cosas? — dijo Regina alzando una ceja.
—Bueno...un dildo de 25cm, unas pinzas para pezones y... un estimulante sexual... para que creyeran que eres una enferma sexual.
Regina se echó a reír a carcajadas
—De modo que así empezó todo…
—¿No estas enfadada?
—No… me parece divertido.
—Aunque me pregunto de donde has sacado todo eso; vaya señorita Swan no la conocía tan picarona.
—Calla Mills, que solo lo compre por comprar, no tiene nada que ver conmigo.
—Ajá, por algo supiste que cosas adquirir... — Regina se le quedo mirando con una pequeña sonrisa perversa.
—Si muy lejos de la realidad no estaba el rumor que lance — Respondió sarcásticamente Emma
—No te voy a negar que algunas cosas me atraen, es más si quieres aprovechamos todo eso para que no hayas gastado tu dinero en vano...
—Ya basta de tonterías Mills, ni en tus sueños mas perversos follare contigo.
—Nunca digas de esta agua no beberé.
—Bueno, volvamos al asunto, entonces estamos a mano, no te enfadas?
—En realidad me has hecho un favor, las mujeres de la redacción han hecho causa común para ayudarme contigo, incluidas las de tu equipo. Aunque hay que reconocer, señorita Swan que eres una enemiga de armas tomar. Tendré que tener cuidado contigo en el futuro.
—Simplemente me defiendo. Fue muy bajo por tu parte publicar esa carta, sobre todo por que es mentira. No me siento atraída por ti. Menos mal que nadie asoció esa carta conmigo.
—No todo era mentira, tu relación con Rubí si es verdad. Yo las vi.
—¿Que nos viste? ¿Qué coño viste? Rubí y yo somos amigas desde hace muchos años, y sí, ella es lesbiana y hace mucho que salió del armario, pero no tiene una relación conmigo. Si crees haber visto algo, debe ser fruto de tu imaginación perversa.
—Me estas diciendo que no eres lesbiana — comentó Regina un poco desanimada.
—No me gustan las etiquetas, cuando me siento atraída por alguien, me siento atraída por esa persona, así de simple.
—Tranquila Francis Underwood, que ya hasta acá siento la manipulación.
—Que te crees, acaso piensas que soy el tipo de mujer que no es capaz de enfrentarse a su sexualidad y prefiere vivir una mentira?
—Quizás por tu familia.
—Rompí con mi familia hace mucho tiempo, y no por mi sexualidad.
—¿Por qué entonces?
—No es asunto tuyo, Mills.
—Está bien, no eres un palo de escoba… tampoco eres una muñeca de salón llamada Emma White. ¿Quién coño eres?
—Una mujer. Una mujer a la que tú no vas a conocer. Para ti seguiré siendo un palo de escoba con la que tendras que lidiar cada día para sacar adelante Mixtrum. Como hasta ahora. Y mañana quiero que dediques toda tu energía a desmentir ese rumor que corre por la oficina.
—De acuerdo. ¿Y no me vas a invitar ni siquiera a un café?
—No te he hecho venir para invitarte a café.
—Ya. Solo me has hecho venir para hacer que me excitara.
—Exacto.
—Y me mandas a casa así.
—Señora Mills, ese es un problema que tendrá que resolver a solas.
Regina no pudo evitar sonreír.
—Hasta mañana entonces, señorita Swan.
—Hasta mañana. Sé puntual —dijo abriéndole la puerta.
—Maldita arpía… —dijo sonriendo a su pesar mientras entraba en el auto.
Gracias por los comentarios de antemano, en unos cuantos capítulos tendremos varios acercamientos entre ellas, no quiero que sea rápido (la verdad me divierten las peleas jajaja), en fin si más interrupciones, disfruten la lectura.
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