Se que quieren a las dos juntas, pero todo tiene su ritmo, sin embargo comenzaremos a ver un acercamiento entre ellas.
Cuando Regina entró en la redacción la mañana siguiente, iba decidida a aclarar las cosas. Aunque por primera vez en su vida no sabía cómo hacerlo. También, por primera vez en su vida, se sentía desconcertada por una mujer. ¿Quién era realmente Emma Swan? ¿O Emma White, o como diablos se llamase? ¿La mujer de acero de la oficina, la sofisticada de la fiesta, la sencilla mujer descalza y sexy de su casa, o una mezcla de todas ellas?. Tenía que reconocer que la tenía intrigada. Ella, que siempre se vanagloriaba de saberlo casi todo, con esta no acababa de acertar.
Entró en su oficina y lo primero que hizo fue dirigirse a Jenny dispuesta a aclarar el enredo.
—Jenny, tengo que hablar contigo de un asunto. Parece que ha habido un malentendido.
Su compañera la miro socarronamente.
—¿Qué tipo de malentendido?
—Respecto a Emma y yo. Creo que interpretaste erróneamente lo que te dije sobre nosotras. Cuando hablé de colaborar estrechamente no me refería a nada sexual, sino a trabajo.
—Comprendo… te han leído la cartilla, ¿eh? La jefa se ha enterado de que lo suyo es de dominio público y te ha tirado de las orejas.
—No, no es eso. En serio, todo ha sido un error.
—De acuerdo, ya me lo has dicho. Has cumplido.
—Que no, Jenny. Entre Emma y yo no hay nada, mujer. ¿Crees que estoy loca?. Hay que tener mucho estómago para follarse a una mujer como esa.
—Ya… pero para eso está el estimulante. Y además lo haces por orden del jefe, por el bien de la publicación.
Regina suspiró recordando a la preciosa mujer que la había recibido la tarde anterior y su reacción ante ella. Mierda, tenía que quitarse esa imagen de la cabeza o iba a tener un problema cada vez que se reunieran para trabajar.
—Jenny…
—Vale, vale… No hay nada entre la señorita Swan y tú. No te la follas como una mala bestia en la oficina; tu aire de agotamiento cada vez que tienes que trabajar con ella es solo fruto del estrés verbal producido por los artículos. Tú lo dices y yo me la creo.
Regina comprendió que iba a ser inútil. Nadie se lo creería, era una historia demasiado jugosa para que la soltaran una vez que le habían hincado el diente.
—De acuerdo. Solo intenta que no se extienda demasiado, ayúdame a parar los rumores o cada vez que entre en ese maldita oficina voy a ser analizada con lupa.
—Cuenta conmigo.
A la hora del desayuno, Regina se reunió con las chicas. Ahora que ya sabía de qué iba el tema, segura que iba a divertirse. Rose le ofreció unas magdalenas de arándano en cuanto apareció.
—Gracias, Rose. ¿Sabes? Creo que desde que como las magdalenas me noto con mas energía.
—¿En serio? Pues me alegro.
—Yo también. Trabajar con tu jefa resulta agotador. Bueno, ¿Qué les voy a decir a ustedes? Trabaján con ella hace más tiempo que yo.
—No es lo mismo. — Respondió Ashley que estaba sentada frente a su ordenador.
—¿Cómo que no?
—Por que tú trabajas a «otro nivel».
—¿Otro nivel, Ashley? ¿Te refieres a que somos codirectoras Emma y yo?
—No, no me refiero a eso. Y me entiendes perfectamente, no te hagas la tonta. Por supuesto que de aquí no va a salir ni una palabra, pero trabajamos aquí fuera y bueno… se oyen cosas.
Regina sonrió.
—De modo que se oyen cosas… ¿Qué cosas exactamente?
Rubí se mordió el labio para no soltar la carcajada. Realmente Ashley era increíble, sería capaz de jurar que las había visto enrollarse por que hasta ella misma se creía sus fantasías cuando se trataba de un chisme.
—Ya sabes… gemidos, susurros. Nada significativo si no sabes lo que ocurre, pero cuando lo sabes, atas cabos.
—Claro, claro… ¿Y si te digo que no hay nada de lo que piensan? ¿Que Emma y yo solo trabajamos, que los susurros y suspiros son solo imaginaciones suyas?
—No cuadra, Regina.
—De acuerdo —dijo encogiéndose de hombros—, dejaré de intentar lo. Dame más magdalenas, anda, dentro de un momento tengo que enfrentarme al dragón.
Terminaron de desayunar en silencio y luego Regina cogió el teléfono de la mesa de Rubí y marcó la extensión de Emma.
—¿Sí, Rubí?
—Soy yo. ¿Me puedes dedicar un momento?
—Claro.
Colgó el auricular y guiñando un ojo con picardía, entró en la oficina ante la sonrisita de Ashley y Rose.
Emma estaba sentada tras la mesa, como solía estar, con el pelo recogido en su habitual coleta, el saco abotonado y la blusa blanca también cerrada hasta el cuello. No pudo evitar que la vista le bajara un poco más para preguntar se dónde demonios escondía unos pechos como los que había entrevisto la tarde anterior.
«Calma, Regina» —se dijo mentalmente—. «La de las tetas es otra mujer. Esta es tu compañera de dirección y no tiene tetas, ni culo ni unas piernas fabulosas. Esta solo tiene mala leche y estaría encantada de cortarte los ovarios si le das la oportunidad.»
—¿Querías algo? —preguntó Emma al ver que se quedaba parada en mitad de la oficina.
—Estoy… mirando la oficina —respondió girando la cabeza de un lado a otro.
—¿Para…? ¡No estarás pensando en mudarte aquí!
—No, no. ¡No soy ninguna suicida! Tú y yo solo podemos trabajar juntas si nos vemos pocas veces. Si compartiéramos oficina habría un baño de sangre. Suponiendo que tú tengas sangre, claro.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Bien, Mills, ¿vas a decirme de una vez a qué has venido?
—A decirte que llevo toda la mañana intentando aclarar el malentendido de nuestra supuesta relación.
—La gente no piensa que tengamos una relación, solo que follamos.
—Vale, pues el malentendido de los supuestos acostones apoteósicos que echamos en la oficina.
—¿Apoteósicos? ¿No te estás atribuyendo un mérito excesivo como amante?
Regina sonrió.
—Es lo que circula por ahí, pero no sería mérito mío sino de todo el equipo que me diste, según dicen.
—¿Humilde?
—No, solo realista. Aunque nunca se me ha quejado ninguna mujer de que la dejara insatisfecha.
—Que tú supieras. ¿Que vas a saber tú de ser una buena amante?
—Ay, Querida, eso depende mucho de la dama.
—¿De la dama?
—Sí. Si realmente es una dama, me tomo mi tiempo y punto.
—¿Y si no lo es?
—Si es una fiera o una ninfómana como dicen que eres tú, entonces las posibilidades son muchas. Con el tiempo y los bártulos necesarios puedo llegar a ser muy buena… y muy creativa.
Emma soltó una carcajada, al parecer estaba de buen humor esa mañana.
—No tienes madre.
—Siempre intento dejar a mi madre fuera de mis aventuras sexuales. Y ahora hablemos del tema que me ha traído aquí. Emma, nadie se cree que no estamos liadas aunque lo jure sobre la Biblia. Llevo toda la mañana intentando deshacer el malentendido inútilmente. Todos piensan que ha llegado a tus oídos que todos lo saben y me estás obligando a desmentir lo. Y he pensado que lo mejor es asumir el refrán de que si no puedes vencerlos, únete a ellos.
Emma abrió mucho los ojos.
—No estarás tratando de decirme que follemos. Si piensas eso es que estás como una cabra, Mills. Además, te devoraría al primer mordisco.
—¿Entonces es cierto lo que dicen? ¿Eres una ninfómana de las de verdad?
—No me refería al sexo. Te devoraría a mordiscos antes de que te aceraras a mí. No sueñes con ponerme una mano encima, señora Mills. Ni muerta echaría un acoston contigo. Lo que pasó anoche en mi casa no fue una invitación, no te confundas.
—Pues claro que no vamos a follar, joder. ¿Crees que estoy loca?. Aunque anoche no necesitara el estimulante para mojarme, ahora mismo repelerías al mismísimo Casanova, señorita Swan —dijo lanzándole una mirada despectiva y tratando de controlar la humedad que estaba empezando a sentir con la conversación.
—Entonces aclárate.
—No vamos a follar, solo lo vamos a fingir. Si todos están convencidos de que lo hacemos simplemente dejamos que lo crean, es más, démosles un poco de morbo. Tus chicas dicen que oyen gemidos y suspiros cuando estamos juntas en la oficina.
—¿Gemidos y suspiros?. ¡Por Dios! Te lo estás inventando, Mills.
—Pegúntale a Rubí, ella lo ha oído igual que yo. Bueno, pues les damos un poco de acción. Luego dentro de un par de días tenemos una bronca fenomenal y ponemos fin al romance. Y seguimos trabajando como si nada hubiera pasado.
—¿Y qué tiene que ver mi oficina en todo eso?
—Estoy buscando el mejor sitio para hacer lo. El escenario.
—¿El escenario?
—Mira, Emma, tus chicas acaban de darme alimentos energéticos para estimular hasta un elefante. Cuando he entrado me han mirado como si fuera la salvación y estoy segura de que están ahí fuera con las orejas puestas esperando escuchar un suspiro o un gemido. Vamos a «descontrolarnos» hoy. Hagamos que nos escuchen.
—Ni de joda, Mills.
—Venga, Emma, diviértete; hagámos les creer lo que quieren creer. Sepamos nosotras algo que ellos no saben. Por Dios que sería enormemente divertido. Luego, o mañana o pasado hasta me dejo que me des una bofetada o algo en público para «romper ».
—¿Una bofetada en público? Eso me encantaría.
—Decidido entonces. Veamos… ¿El sillón? No… ¿De pie contra el archivador que probablemente haría mucho ruido? ¿O quizás sobre el escritorio? ¿Tú que prefieres, Querida?
Emma siguió la mirada de ella y decidió que sería divertido fingir que se la follaba.
—De acuerdo, pero con una condición. Que la bofetada y la ruptura sean hoy mismo y que nunca, ¿me entiendes? «Nunca» volvamos a hablar sobre ello.
—Me parece bien. Elige, ¿sillón, archivador o escritorio?
—Escritorio.
Regina sonrió y le guiñó un ojo.
—Yo habría escogido lo mismo.
Regina dio unos pasos y se acercó a ella. Se colocó a su espalda y empezó a hurgar en la apretada coleta que contenía su cabello. Emma se sobresaltó y dijo en un tono más alto de lo normal:
—¿Qué haces, Regina? Deja de…
La mano de Regina le cubrió la boca para evitar que siguiera hablando y lo hizo de forma que pareció que era su boca la que contuvo la protesta posándose sobre la de ella. Agachó la cabeza susurrándole al oído:
—Muy bien, Querida, sígueme el juego…
Ella se liberó de la mano que cubría su boca y dijo bajito también susurrando:
—No me deshagas la coleta, luego me será imposible dejar la como estaba sin el fijador que uso habitualmente.
—Es la idea. Luego, cuando alguien te vea sabrá que te has desmelenado.
El susurro de la voz de Regina en su oído y el jugueteo de sus manos deshaciéndo la coleta hizo que Emma sintiera un escalofrío por todo el cuerpo. Apretó los dientes y trató de controlarlo. A Regina no le pasó desapercibido y su cuerpo también reaccionó haciendo más intensa la humedad que desde hacía rato sentia en sus bragas. Se dejó llevar y cerrando los ojos se demoró soltando el cabello de Emma y esparciéndolo sobre sus hombros. Luego rodeó la silla y haciendo un barrido leve con la mano dejó caer al suelo con estrépito el portalápices de metal que había en una esquina del escritorio. Emma la interrogó con la mirada.
—Has elegido la mesa… No se puede hacer una buena tortilla sin espacio, Querida.
—De acuerdo. Ven aquí, señora Mills. Si jugamos, jugamos las dos.
Regina abrió mucho los ojos. En los de Emma brillaba una chispa divertida que nunca había visto antes.
—Agáchate.
Se agachó delante de ella y las manos de Emma se alzaron hasta su cabello bien ordenado y lo revolvióo con fuerza dejando en su cabeza un caos desgreñado.
Después, colocó las manos a ambos lados de la blusa y tiró con fuerza saltando algunos botones. Las manos de Regina la detuvieron justo en la cintura.
—Ah, ah… hasta aquí, Querida. No tengo blusas de repuesto y no puedo pasarme el día con las tetas al aire por la redacción.
Emma no pudo evitar mirar a esos suaves y delicados senos y tuvo que contener las ganas de posar sus manos sobre ellos. Cerró los ojos con fuerza. Sin duda llevaba demasiado tiempo sin echar un polvo. El vibrador que tenía guardado en la mesilla de noche no tenía esos senos que acariciar.
—Ahora gime —le susurró Regina desde muy cerca. Abrió los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Que gimas…
La voz de Regina, aunque cargada de sensualidad, rompió el hechizo.
—¿Cómo podemos salir ahí fuera en este estado y sin haber lanzado un solo gemido? ¿Sabrás hacerlo, no?. No irás a decirme que no has follado nunca…
—Por supuesto que he follado, pero no soy escandalosa. Sé guardar las formas.
Regina sonrió con picardía.
—Entonces no has follado, Querida. No de verdad. Búscate a alguien que te haga gritar y entonces hablamos.
Regina se levantó y apoyando sus manos contra la mesa empezó a moverse dando fuertes empujones que hicieron vibrar el escritorio con un sonido rítmico y continuo a la vez que lanzaba fuertes suspiros capaces de traspasar las puertas de la oficina. Se estaba metiendo tanto en su papel que cuando saliera de allí iba a tener que meterse en el baño para solucionar su problema, si no quería pasarse la mañana con esa calentura, pensó mientas empujaba la mesa una y otra vez.
De reojo se fijó en los dedos de Emma aferrados al borde de la mesa con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Y estaba segura de que no se había dado cuenta de que su respiración se había vuelto agitada.
Después de un buen rato, lanzó un hondo suspiro y dejó de empujar. Se volvió hacia Emma y la miró. Los ojos brillantes de la mujer le dijeron que no se había equivocado.
Decidió dar un paso más.
—Bueno, ahora solo falta un detalle. Emma pareció volver a la realidad.
—¿Qué detalle? Yo creo que ha sido muy completo. ¿Cuánto tiempo te has llevado empujando la mesa? ¿Veinte minutos?
—No sé… he calculado más o menos el tiempo habitual, Querida. Pero si tú dices que han sido veinte minutos, pues será. ¿Nunca te han echado una follada tan larga?
—No, me temo que no han llegado a tanto.
—Entonces has estado con las personas equivocadas.
—En su mayoría hombres, una que otra mujer.
—Pues deberías escoger mejor a tus amantes. Ni te hacen gemir, ni se toman su tiempo. La próxima vez asegúrate de buscar a la persona adecuada — dijo dándose cuenta de que su respiración también era algo agitada—. Ahora el detalle final. ¿Me dejas que te dé un chupetón en el cuello?
Emma apretó los dedos con más fuerza contra la mesa.
—¡Ni lo sueñes, Mills!. No voy a aparecer ahí fuera con un chupetón tuyo en el cuello.
Regina suspiró.
—Bueno, entonces seré yo quien lo haga.
Se abrió más la blusa para dejar el cuello al descubierto.
—Muerde.
—¿Pretendes que yo…?
—No hay follada salvaje sin un buen mordisco. Vamos, Querida, solo tienes que acercar la boca a mi cuello y dar un chupetón de esos que dejan marca para varios días.
—No.
—¿No quieres o no sabes? Mira, es muy fácil… Ella acercó su propia mano a la boca y succionó.
—¿Ves? No hay ninguna implicación sexual en esto, Emma, solo tienes que succionar.
—No.
—Colabora, mujer. No puedo chuparme el cuello yo sola.
—Pues tendrás que pasar sin el mordisco.
—Antes dijiste que íbamos a jugar las dos. Hasta ahora lo único que has hecho es despeinarme y arruinar una de mis blusas favoritas. No has lanzado ni un solo gemido. Venga… puedes morder todo lo fuerte que quieras y demostrar cuánto me odias, clava los dientes si te apetece.
Emma aún dudaba.
—¿Qué pasa? Nunca le has dado un chupetón a una mujer, ¿no?
—Claro que sí, pero no a mujeres que me caen mal.
—No me lo creo.
—Está bien. Vamos allá.
Emma se levantó del sillón y se acercó hasta Regina. El olor de un perfume caro la envolvió. Aplicó su boca al costado de su cuello cuidando que fuera por encima de la blusa para que se viera bien y succionó. Se separó rápidamente.
—¿Ya está? ¿Eso es todo lo que sabes hacer ? ¿No pensarás dejar marca con eso? —Sonrió burlona.
—¿No dejará marca?
—Claro que no. Tienes que dejar la boca puesta ahí más tiempo y chupar con fuerza. Vamos, repítelo.
Emma suspiró con fuerza y resignación.
—Vamos, otra vez —dijo con desgana, para calmar los latidos del corazón que se le habían desbocado con el breve contacto.
Volvió a aplicar la boca al cuello de Regina y succionó con fuerza, moviendo los labios a la vez. Cerró los ojos y perdió la noción del tiempo que estuvo así.
Cuando se separó, su corazón iba a mil por hora y notó cierta humedad en sus bragas, algo que hacía mucho que no le sucedía.
El cuello de Regina mostraba una zona rojiza que en poco tiempo se volvería amoratada.
—Ahora hay una bonita marca sobre tu cuello, Regina.
—No me cabe la menor duda, Querida. Esta vez has hecho bien los deberes.
Emma se separó más de ella apartando la vista. Se volvió a sentar detrás del escritorio y extendió las manos hacia Regina.
—Mis horquillas —pidió.
Ella le entregó el manojo de horquillas que había ido guardando en el bolsillo de la blusa y ella empezó muy seria a recogerse el pelo detrás de la nuca con movimientos mecánicos. Indudablemente tenía mucha práctica, pero el resultado no fue el habitual, teniendo en cuenta que no disponía de fijador. Todo el mundo se daría cuenta de que se había deshecho el peinado.
—¿Qué tal?
—Pasable. Has conseguido el efecto que pretendíamos.
—Que tú pretendías —dijo seca. Estaba enfadada consigo misma por el efecto que la falsa sesión de sexo había tenido sobre ella. La había hecho recordar el tiempo que hacía que no echaba un polvo. Y no se perdonaba el haber se excitado con Regina Mills.
Esta intuyó que era mejor no replicar y se dedicó también a pasarse las manos por el cabello tratando de acomodarlo como estaba antes.
—¿Qué tal mi cabello?
—Un desastre —masculló.
—Bueno, si quieres puedes darme la bofetada ahora. Veo que te mueres de ganas.
—Sí, creo que es lo mejor, terminar este desagradable asunto cuanto antes. Y Regina… nunca, nunca vamos a hablar sobre esto.
—De acuerdo, jefa. Ahora yo salgo ahí, me pavoneo un poco y tú finges estar enterándote. Sales, me das una buena bofetada y aquí se acabó todo. ¿Te parece?
Emma asintió. No le iba a costar ningún esfuerzo darle una buena bofetada, Estaba furiosa, aunque no con Regina.
Antes de salir Regina se agachó y recogió el portalápices que había tirado y lo volvió a colocar sobre la esquina del escritorio. Luego, acomodándose la blusa lo mejor que pudo y asegurándose de que el chupetón era bien visible, salió de la oficina.
Tres pares de ojos la miraban y como si fuera un imán, se posaron en su cuello. Los de Ashley y Rose, asombrados; incrédulos los de Rubí. Se dejó caer en una silla.
—¡Uf, chicas! Hoy ha sido brutal. Cualquier día va a matarme ahí dentro. Espero haberla dejado lo bastante calmada como para que puedan trabajar con ella el resto del día. Gracias por las magdalenas, Ashley.
Cuando ella iba a decirle que no necesitaba agradecerle nada, la puerta de la oficina se abrió y una Emma con los ojos brillantes de furia y el cabello mal colocado apareció en el umbral. A grandes pasos se dirigió a Regina y le dio dos sonoras bofetadas a derecha e izquierda.
—La próxima vez que abras la boca, Mills, asegúrate de que la tecla del teléfono interno está desconectada —dijo dirigiendo hacia ella un dedo amenazante—. Ni se te ocurra volver a acercarte a mí como no sea para trabajar, y me importa un carajo lo que diga August. Se acabó. ¿Me entiendes? No voy a dejarme convencer de nuevo para follar contigo, tendrás que buscarte a otra para satisfacer tus necesidades Y si August insiste, te lo follas a él!.
Se giró levemente y se dirigió a Ashley.
—Y ustedes calladitas. Ni media palabra sobre lo que acaba de ocurrir aquí.
—Claro… Claro, Emma.
Dio media vuelta y se encerró en la oficina dando un portazo. En la antesala reinaba un silencio sepulcral. Las mejillas enrojecidas de Regina demostraban la fuerza de los golpes. Rose reaccionó y se acercó a ella.
—¿Quieres un poco de hielo?
—No… gracias. No es necesario. Creo que lo mejor es que me vaya. Si vuelve a aparecer dudo que salga viva de la redacción hoy.
—¿Pero qué ha pasado ahí dentro?
—No preguntes.
Y dando media vuelta se marchó desesperada por encerrarse en el baño y darse una ayuda para calmar la fuerte excitación que sentía. Los golpes de Emma, la expresión enfurecida de sus ojos la habían excitado aún más, si eso era posible, hasta un punto que no recordaba desde la adolescencia.
A que no esperaban este tipo de solución para calmar los rumores jajaja
En fin veamos que nos depara el siguiente capítulo :D
