Hoy sabremos un poco más de Emma y su mala leche jajaja


Después de cómo Emma la había tratado en la oficina el día anterior, Regina no sentía ni pizca de mala conciencia por lo que estaba a punto de hacer. Cuando la puerta corredera que cerraba la verja de la impresionante mansión de David White se abrió para ella, se sentía muy satisfecha de sí misma por haber conseguido una entrevista con apenas unas horas de antelación. Había tenido que usar su apellido y sus contactos, pero el escritor había accedido a recibir la.

Antes de que se acercara a la puerta de la casa, esta se abrió y una mujer uniformada de mediana edad apareció en el umbral.

—Soy Regina Mills. El señor White me está esperando.

—Pase por aquí, por favor.

La mujer la precedió a través de un amplio vestíbulo con las paredes llenas de cuadros y objetos que evidentemente habían sido comprados en distintos lugares del mundo. Una especie de museo recargado y pintoresco, que a pesar de todo no causaba mal efecto. Los objetos estaban colocados con buen gusto, y aunque eran muy distintos, parecían complementarse unos con otros. El señor White debía ser o bien un gran viajero o un importante cliente de anticuarios y tiendas de recuerdos, evidentemente caras. Al recibidor siguió un largo corredor estrecho y oscuro, decorado con algunas fotografías familiares, pero por mucho que se esforzó por mirar mientras caminaba entre ellos, no vio ni rastro de la niña que Emma había debido ser.

Al fin la mujer se detuvo ante una puerta y la abrió cediéndole el paso. Regina no conocía en persona a David White, tan solo por las fotos de las contraportadas de sus libros, pero estas no le hacían justicia. Era alto y delgado, y sus rasgos faciales se parecían definitivamente a los de su hija, tanto el porte como la barbilla erguida y la mirada fría y penetrante eran idénticos.

Regina le tendió la mano, que David estrechó con fuerza.

—Soy Regina Mills. Le agradezco mucho que me haya concedido la entrevista con tan poco tiempo de antelación.

—No ha sido ningún problema, tenía la tarde libre hoy. Siéntese, por favor. ¿Le apetece un café?

—Por mí no se moleste.

—No es molestia. Yo sí tomaré uno, soy muy cafetero y cuando me entrevistan me siento más cómodo con una taza delante.

—En ese caso, le acompaño.

Descolgó el teléfono y encargo café. Regina mientras preparó la grabadora.

—¿Le importa si lo grabo? No soy una buena taquígrafa.

—Adelante.

Con solo una ojeada Regina supo que al hombre que tenía delante le encantaba hablar de sí mismo. Aunque la primera pregunta la hizo el padre de Emma.

—Me ha dicho que es la codirectora de Mixtrum. ¿Puede aclararme por qué quiere entrevistarme exactamente?

—¿Conoce la revista?

—Sí, intento mantenerme al día de todas las publicaciones del mercado. No es el tipo de revista que yo compraría, pero me parece lo suficientemente seria como para permitir que publique sobre mí.

Regina sintió que el engreimiento de aquel hombre empezaba a molestarla.

Mixtrum es una buena publicación. Aunque tiene algunas secciones más ligeras y de entretenimiento, cada número publica buenos artículos de temas muy variados, sobre ciencia, tecnología y otros muchos.

—Lo sé.

—Y el motivo por el que quiero publicar una entrevista suya es que me parece uno de los escritores más representativos de esta época.

David asintió complacido.

—Bien. Pues empiece a preguntar.

Regina empezó por lo obvio.

—¿Hace muchos años que se dedica al periodismo?

—Toda la vida. Tuve la suerte de empezar a trabajar muy pronto, en cuanto terminé la carrera. Conseguí un puesto de ayudante de redactor y en muy poco tiempo ascendí a cargos más importantes.

El orgullo latente en sus palabras hizo que Regina no tuviera dudas de que lo había conseguido cortando muchas cabezas a su paso.

—Pero la culminación definitiva de su carrera fue sin duda haber conseguido un importante premio periodístico ya en su madurez.

David White apretó ligeramente los labios antes de responder.

—Un premio siempre es bienvenido, pero para mí solo significó el reconocimiento a muchos años de profesión.

—Si no estoy mal informada, el tema del reportaje ganador se sale un poco de su trayectoria habitual.

White clavó en Regina una mirada cargada de dureza.

—Un buen periodista no puede encasillarse, debe estar abierto a cualquier tema que le pueda ayudar a consolidarse en su profesión. Usted también es del gremio, supongo que comparte mi opinión.

—Sí, por supuesto. Pero después no ha vuelto a escribir sobre ciencia y tecnología.

—Sí lo he hecho, solo que no he conseguido ningún premio. Nuestra labor a menudo permanece en la sombra, sin el menor atisbo de reconocimiento.

—¿Cambió en algo su vida el premio?

—Sirvió para abrir me las puertas a la publicación de mi primera novela de ficción. En la portada se leía con letra destacada que había sido el ganador del premio, y aunque la novela era algo completamente diferente, ya sabe cómo funciona esto. Basta que hayas ganado algo para que un libro se venda como rosquillas.

—Y desde entonces el éxito le sonríe…

—Así es.

—Entonces podría decirse que hay un antes y un después.

—Sí, podría decirse. Pero lo hubiera conseguido de todos modos, aunque tal vez me hubiera llevado más tiempo.

—Sin duda. ¿Cuántos libros ha publicado desde entonces?

—En total, cuatro.

—¿Y sigue compaginando el periodismo con la literatura de ficción?

—En realidad, no. Los libros son mucho más rentables económicamente. En la actualidad es mi hijo Neal quien ha tomado el relevo periodístico de la familia. Se dedica al periodismo de investigación. Y es muy bueno.

—Sí, he oído hablar de él.

Regina decidió arriesgar un poco.

—¿Es el único miembro de su familia que ha seguido sus pasos?

—Mi otro hijo, Leo, es profesor de periodismo en la Uinviersidad. No se dedica al periodismo propiamente dicho.

Regina siguió indagando.

—¿No tiene más hijos?

—Mi hija Emma hace años que decidió por voluntad propia dejar de pertenecer a la familia White, de modo que no, no tengo más hijos que se dediquen al periodismo.

—Pero…

David se inclinó levemente y presionó la tecla de apagado de la grabación. Y mirando fijamente a Regina la advirtió:

—Señora Mills, sabe perfectamente quién es mi hija y a qué se dedica. Si ha venido aquí buscando una historia jugosa, puede marcharse por donde ha venido. Quien le ha concedido una entrevista es David White, el escritor. A mi familia déjela en paz. Ya le he dicho que tengo dos hijos y a qué se dedican. Si quiere publicar eso, me parece bien. Si añade una sola coma, se encontrará con una bonita demanda. Aparte de que dudo mucho que ella le permita publicarla.

—¿Sabe que Emma es la codirectora de Mixtrum?

—Por supuesto. Sé todo lo que hay que saber.

—De acuerdo, continuemos entonces.

Durante media hora más, Regina escuchó a David White hablar de sí mismo, de sus libros, de sus logros y de su éxito, mientras bebía una taza de café tras otra.

Cuando se despidieron, llevaba una idea muy clara del tipo de persona que era el padre de Emma, y no le gustaba lo más mínimo.

Llegó a su casa y se puso inmediatamente a transcribir el contenido de la grabación. Trabajó en ello toda la noche, ignorando las llamadas de Elsa y de su hermana para cenar juntas. Si no terminaba el trabajo antes del amanecer no aparecería en el siguiente número de Mixtrum y Emma habría ganado aquella batalla. Y era importante, muy importante para ella, que la guerra con Emma volviera al punto en que estaba al principio. Por su propia salud mental.


Cuando llegó a la redacción a la mañana siguiente, después de una ducha apresurada y otra taza de café, y sabiendo de antemano cual sería la reacción de Emma frente a la entrevista, le envió una copia por el correo interno a August y otra a ella. Sabía que August sería su aliado, no podía dejar sin publicar un artículo de la calidad que le ofrecía. Sin duda era una de las mejores cosas que había escrito nunca. Había conseguido mostrar al hombre de éxito, al escritor de fama reconocida sin dejar traslucir la aversión que sentía por él.

La reacción de Emma no se hizo esperar. El teléfono de su mesa comenzó a sonar de inmediato, seguro que ni siquiera le había dado tiempo a leer la entrevista entera.

—La entrevista a David White tiene mi veto.

—¿Por qué? ¿Tampoco tiene la calidad suficiente?

—Es posible que la calidad literaria la tenga pero el tema no lo voy a autorizar, te pongas como te pongas.

—Voy a tu oficina y lo hablamos.

—No hay nada que hablar.

—No tienes la última palabra en esto, señorita Swan.

—Yo creo que sí. August dijo que deberíamos aprobar ambas lo que se publicase, y te aseguro de que no me vas a convencer de esto, Mills.

—Como ya me lo imaginaba, le he enviado una copia a August. Que él decida.

—Eso es jugar sucio.

—¿Alguna vez hemos jugado limpio tú y yo?

—Esto es más sucio de lo habitual.

—No vas a ser tú quien diga siempre la última palabra. Además, no tienes otra cosa que poner para rellenar la revista de esta semana, ni tiempo para improvisar.

—Eres una hija de puta arrogante y engreída. ¿De qué te quieres vengar?

—¿De qué te querías vengar tú anteayer cuando rechazaste todos mis artículos? Vamos, Emma, compórtate como una profesional y deja tus asuntos personales al margen. No sé qué demonios tienes contra tu padre, pero sea lo que sea, no permitas que interfiera en el trabajo. Mixtrum está por encima de tus rencillas familiares.

Emma no respondió, sino que colgó violentamente el auricular y se sentó furiosa en el sillón. Volvió a abrir el correo de Regina que había cerrado violentamente nada más ver quién era el personaje entrevistado. Trató de leer lo objetivamente y tuvo que reconocer que era una buena entrevista, que se merecía un lugar de honor en la publicación. De hecho, era lo mejor que había leído de Regina. Si no se tratara de su padre, estaría encantada de publicar la.

Pero desde su revista no iba a contribuir a ensalzar el fraude que era David White. Y Regina podía pensar que era un asunto personal, pero no lo era.


Aquella tarde, después de terminar de elaborar el sumario de la revista previsto para la siguiente semana, llamó a August para preguntar le sobre la entrevista. Este le dijo que el artículo era bueno, pero que se mantendría al margen dejando que fueran ellas las que decidieran qué hacer.

Llamó al teléfono de Regina dispuesta a convencerla como fuera para que desistiera de publicarlo, aunque tuviera que contarle la verdad.

Fue Jenny quien respondió comentándole que Regina se había marchado a su casa y que no volvería aquella tarde.

Cuando terminó la jornada laboral le dijo a Rubí que se marchara sola a casa, que tenía un asunto que resolver y se dirigió a la dirección de Regina que había conseguido en administración. Hubiera podido llamarla, pero lo que iba a contarle era demasiado personal para ni siquiera darle una pista por teléfono.

Subió despacio los dos tramos de escaleras, ignorando el lujoso ascensor, y llamó a la única puerta del rellano.

Regina dormitaba en el sofá tras la larga noche de trabajo, mientras la televisión emitía una película de acción. El timbre de la puerta la sobresaltó y se sintió irritada ante la interrupción. Le había dicho al portero unos días antes que no le permitiera subir a Elsa sin antes avisarla.

Se levantó de mala gana y fue a abrir. Se quedó paralizada cuando vio a Emma en el umbral. Todavía llevaba la ropa de trabajo y una expresión decidida en el rostro.

—¿Puedo pasar? Hay algo que quiero decirte.

—Claro.

La precedió hasta un salón amplio con un gran ventanal que dejaba ver una vista espectacular de la ciudad.

—Siéntate. ¿Te apetece tomar algo?

—No, no se trata de una visita social.

Emma se acomodó en un extremo del gran sofá rinconero y Regina se sentó a una prudencial distancia.

—Vienes a convencerme para que no publique la entrevista de tu padre.

—No exactamente. Vengo a decirte por qué no deseo publicar nada suyo en una revista que yo dirijo en parte. La entrevista la has escrito tú y por lo tanto la decisión es tuya. Pero esta mañana me tachaste de ser poco profesional, y creo que antes de juzgarme, deberías saber mis motivos.

—Soy toda oídos.

—Solo te voy a pedir una cosa, y es que lo que te voy a contar se quede en la más estricta confidencialidad. Sé que a pesar de todas nuestras jugarretas, puedo confiar en ti para esto.

—Te aseguro que puedes.

—Bien. Mi nombre es Emma Mary White. El Swan es el segundo apellido de mi madre.

Como suele pasar en algunas familias, cuando vives una profesión desde la infancia, la mayor parte de los hijos suele seguir la tradición familiar. Ese es el caso de mi hermano Neal, e incluso Leo, el más pequeño que se sintió atraído por la enseñanza, es catedrático de periodismo en la universidad. Pero en mi caso no fue la tradición familiar lo que me llevó a estudiar periodismo. La escritura me apasiona, comunicarme con los demás a través de las palabras, expresar mi opinión es algo que por mi carácter me resulta difícil hacer mediante el lenguaje hablado, pero las palabras fluyen a través de mí sin ningún esfuerzo. Bueno, me estoy enrollando demasiado, no quiero hacerte perder más tiempo del necesario. El caso es que estudié periodismo con mis cinco sentidos, disfrutando con ello. Quería ser la mejor, no solo de mi promoción, sino de mi familia. Debo decir que mi padre es bastante machista y aunque se sintió halagado cuando elegí mi carrera, no pensaba que mis calificaciones sobrepasarían con mucho las de mis hermanos e incluso las suyas propias en su época de estudiante. Me gradué con honores y dediqué un gran esfuerzo a mi tesis doctoral.

Trabajé muy duro, por mi propia satisfacción y por la de mi padre. Quería que se sintiera orgulloso de mí, no quería ver las trabas que intentaba ponerme ni cómo me pretendía desanimar. Yo confiaba en él, le permitía aconsejarme y dirigir mi tesis. Y apenas una semana antes de entregarla, él la presentó como obra suya al certamen de periodismo. Y ganó. Yo, con apenas una semana, no pude más que hacer una basura con mi tesis, lo que bajó considerablemente mi nota media. Me enfrenté a él, le recriminé lo que había hecho, ¿y sabes qué me dijo? Que con el cuerpo y la belleza que la naturaleza me había dado no tenía más que vestirme adecuadamente y agitar un poco las pestañas para conseguir una nota incluso mejor que la que hubiera obtenido con mi trabajo.

Había hablado de un tirón, soltando lo que probablemente llevaba guardado mucho tiempo y Regina supo que había sido objeto de una confidencia que muy pocas personas conocían.

—¿Y nadie de tu familia hizo nada al respecto?

—Mi hermano Neal es una sombra de mi padre y Leo estaba en la universidad estudiando, no se enteró de la verdad hasta mucho tiempo después. Mi padre aceptó los honores del premio y generosamente y en compensación me consiguió una columna de belleza en el dominical del periódico donde trabajaba, la cual rechacé. Hice las maletas, me marché de casa y durante un año y medio trabajé de chica para todo en una editorial de mala muerte. Empleé el poco dinero que ganaba en eliminar el apellido White de mi documentación y en sobrevivir, y después cambié mi look y reaparecí en el mundo editorial como Emma Swan. Nadie sabe mi parentesco con la familia White. Poco a poco fui consiguiendo el puesto que tengo ahora, a base de mucho trabajo y mucha mala leche. Nadie me ha regalado nada, Regina. Y mientras yo pueda evitarlo, la revista que dirijo no va a hacer le publicidad gratuita a David White. Ahora ya sabes mis motivos, la decisión está en tus manos.

—No sé qué decir, Emma.

—No tienes que decir nada, solo consúltalo con la almohada y actúa según tu criterio. Como profesional del periodismo aceptaré lo que decidas. Tienes razón en una cosa: es poco profesional dejar que mis asuntos personales interfieran en el trabajo.

—No hay nada que consultar, no voy a publicar esa entrevista. Pero me temo que tendrás que aceptar la «mierda» de artículos que te presenté el otro día; no hay tiempo para preparar otra cosa.

Emma respiró hondo.

—No son tan malos, solo estaba enojada.

—¿Puedo preguntar por qué?

—No, no puedes. Asuntos personales.

—De acuerdo. Te los mandaré por correo electrónico a tiempo para que los incluyas en el sumario.

—Gracias, Mills.

—No me las des… voy a pedirte algo a cambio. Ella sonrió.

—Eso está bien. No me gusta deberle nada a nadie. ¿Qué quieres? ¿La portada durante un tiempo?

—No, no te va a resultar tan sencillo.

—Dime entonces.

—Que dejes de llamarme Mills, al menos cuando estemos a solas. Y una cena.

—¿Quieres que te prepare una cena?

—No, quiero que salgas conmigo a cenar y que durante ese rato seas simplemente Emma,no Emma White, ni la señorita Swan, solo Emma, la auténtica. Que te relajes y disfrutes de una buena comida, de una charla amigable sin que tengas que estar en guardia y que dejes de verme como una enemiga. Solo dos colegas disfrutando de un buen rato. Podemos irnos todo lo lejos que quieras para que nadie nos vea si no quieres aparecer en público conmigo. Y solo por una velada, al día siguiente volveremos a pelearnos. ¿Qué dices?

—Bueno, no me va a resultar fácil, pero de acuerdo.

Regina sonrió.

—¿Te parece bien el sábado de la próxima semana?

—Me parece bien.

—Y por si te sirve de algo, David White no me gusta. Ya desde antes de que me contaras hoy todo esto.

—Hasta mañana, Mil… Regina.

—Hasta mañana, Emma


Les dije que la mala leche de Emma tenia cierta justificación...