Este es el capitulo que les debía, la tan dichosa cena jajaja


—De modo que vas a salir con ella —dijo Rubí mientras veía a Emma sacar del armario un conjunto de ropa tras otro, contemplar lo largamente y volver lo a colgar. En un principio, y cuando su amiga le dijo que tenía planes para la noche del sábado, se había extrañado. Desde que ella y Belle habían dejado de verse, los fines de semana salían juntas y Emma se había mostrado un poco remisa a decirle con quién iba a salir. Pero Rubí era muy insistente, y al fin había conseguido que le dijera la verdad, aquella misma tarde.

—No voy a salir con ella. Por eso no quería decírtelo, sabía que no lo ibas a entender.

Rubí soltó una carcajada.

—¿Qué hay que entender en que vas a salir a cenar con Regina?

—Que no voy a salir, solo voy a cenar con ella.

—¿En un restaurante?

—Supongo. No creo que me lleve al parque a sentarnos. La señora Mills puede permitirse algo mejor.

—Entonces vas a salir. Si fueras solo a cenar la traerías aquí y la sentaríamos en la mesa de la cocina, entre las dos. Y tú te pondrías los vaqueros viejos de siempre y una camiseta cualquiera, y no estarías revolviendo el armario desde hace media hora sin decidirte por nada.

Emma suspiró ruidosamente. Rubí era muy obtusa a veces. Le había explicado con detalles lo de la entrevista de Regina a su padre y la petición que ella la había hecho a cambio de no publicarla, y que ella no había tenido más remedio que aceptar. Que no se trataba de ninguna cita, pero seguía mirándola socarronamente mientras desechaba un conjunto de ropa tras otro.

—¿Me permites que te aconseje?

—No. Por que como estás empeñada en que esto es una velada «romántica», vas a decir me que me ponga algo sexy, y no es mi intención.

—Entonces ponte unos vaqueros y cualquier cosa encima.

—Tampoco, joder. No sé dónde va a llevarme Regina, no puedo avergonzar la y avergonzar me a mí misma llevando una ropa inapropiada.

—Pues llámala y pregúntaselo.

—¿Y admitir que me estoy quebrando la cabeza pensando en qué ponerme? Ni hablar. El ego de la señora Mills ya es demasiado grande para aumentárselo más.

Rubí se levantó del borde de la cama de su amiga donde se había sentado y se acercó al armario. Cogió un vestido malva con un escote cuadrado y discreto y un corte que realzaba el cuerpo de Emma a pesar de no ser demasiado ajustado, un pantalón negro de corte clásico, y que Emma ignoraba que le hacía un culo fabuloso y los extendió sobre la cama. Luego abrió uno de los cajones y sacó una camiseta turquesa ajustada y amarrada al cuello con una tira de pequeñas cuentas de bisutería de un tono más oscuro que le dejaba al descubierto la mayor parte de la espalda y un top que apenas le cubría el ombligo de un tono burdeos con un escote que sin ser excesivo daba mucho juego a la imaginación. Rubí escogió las prendas sin que a Emma le diera la impresión de que iba especialmente sexy. Pero lo iría con cada una de ellas.

—Cualquiera de estas cosas es lo suficientemente adecuada para no desentonar en ningún sitio donde Regina te lleve. Y no dan la impresión de que te la quieres tirar.

—Sí. Creo que tienes razón. ¿El vestido? Aunque quizás sea un poco corto…

—Regina ya te ha visto las piernas hasta la mismísima ingle.

—Sí, y se mojo como una adolescente virginal.

—Este vestido te cubre hasta la mitad del muslo. Estoy segura de que no va a pasar nada de eso. Vamos, termina de arreglarte o incumplirás tu norma número uno de ser puntual.

Emma miró el reloj y se dio cuenta de que había perdido mucho tiempo con la elección de ropa. Se maquilló muy discretamente, y se planchó la melena, alisándola completamente y dejándola suelta sobre la espalda. Cogió una chaqueta ligera color roja y se plantó ante Rubí.

—¿Voy bien para una cena de colegas?

—Vas perfecta para una cena de colegas. El móvil le sonó en aquel momento.

—Estoy aquí —dijo Regina.

—Ya bajo. Me voy —añadió dirigiéndose a Rubí—. Hubiera preferido ir en mi coche, pero Regina insistió en ir juntas, así que… hasta luego.

—Diviértete.

—Rubí, esto es lo que es…

—Pero eso no significa que no puedas divertirte, ¿no? Olvida por un rato que es una «enemiga» en el trabajo, ahora no están en la redacción. Ahora solamente es un mujer atractiva y simpática que te invita a cenar.

—Hasta luego.

Bajó en el ascensor y cuando salió al portal no divisó el coche de Regina. Miró a ambos lados de la calle y vio que descendía de un taxi y le hacía señas. Se dirigió hacia ella. Regina llevaba un vestido tejido de lino con un trenzado en el cuello, y en las mangas corta, de color negro, su cabello con la suave brisa de la tarde se lo agitaba levemente dándole un aspecto travieso. Le sostuvo la puerta para que entrase.

Emma subió al taxi y Regina se acomodó junto a ella. Dio una dirección de las afueras al taxista.

—Creía que íbamos a ir en tu coche. Si no, hubiera cogido el mío.

—Una buena cena no está completa si no va acompañada de un buen vino, y no estoy dispuesta a pagar una multa ni a perder puntos en el carnet de conducir. Puedo costear un taxi, no te preocupes. ¿Aunque tal vez hubieras preferido que le pidiera la limusina a mi padre?

—¡Por Dios, no, qué exageración! El taxi está bien. Pero si piensas emborracharme, lo llevas mal.

—¿Tampoco bebes alcohol?

—Fuera del trabajo, sí lo bebo, pero no es fácil que se me suba a la cabeza, lo aguanto bien. De adolescente solía hacer competiciones con mis hermanos y siempre ganaba yo.

—¿Y cómo lo llevaban ellos?

—Neal muy mal, por que es muy machista y muy competitivo. Leo se lo tomaba a broma y decía que algún día conseguiría ganarme.

—¿Y lo consiguió?

—A partir de los veinte dejamos de hacer competiciones estúpidas.

—Seguro que sus hígados se los agradeció.

—Seguro que sí. ¿Y tú, aguantas bien el alcohol?

—Me gusta disfrutar de una bebida, y si te pasas, ya no la disfrutas. Además, aunque no te lo creas, tengo mucho sentido del ridículo y siendo mi padre quien es, si me emborrachara hasta caer redonda, al día siguiente mi foto aparecería en todas las portadas de las revistas del corazón. Ya sabes cómo son los periodistas… ¡No me fío de ellos!

Emma soltó una carcajada. Regina la miró complacida, era la primera vez que la escuchaba reír de esa manera. Sus rasgos se suavizaron sin que ella ni siquiera lo notara.

—Te voy a confesar una cosa… ¡yo tampoco!

—Entonces estamos de acuerdo. Esta noche mantengamos lejos a los periodistas.

—Me parece bien. ¿Y puedo saber dónde me llevas?

—A un restaurante griego que me han recomendado. Algo a medio camino entre la comida vegetariana que tú tomas y lo suficiente para no morir de hambre.

—¿Quién te ha dicho que yo sea vegetariana?

—Tú. ¿No lo eres?

—No. Me gusta comer de todo, solo que en la oficina no.

—Bueno, la próxima vez te llevaré a un restaurante donde haya mejor comida.

Emma la miró con el ceño levemente fruncido.

—¿Piensas que lo de hoy se va a repetir?

—¿Quién sabe? Todavía podemos hacer nos muchos favores la una a la otra, o hacer nuevas apuestas. ¿Si hace un mes te hubieran dicho que hoy estarías aquí para cenar conmigo te lo habrías creído?

—No, la verdad es que no.

—Entonces… ¡Quién sabe si habrá una próxima vez!

—Te gusta hacer todo esto, no?

—Sí, ¿No te gusta hacer ese tipo de locuras?

—No sé si me gusta. No me las puedo permitir normalmente.

Emma recordó a su pesar el simulacro de sexo en la oficina y no tuvo dudas de que las locuras de Regina producían un subidón. Afortunadamente el taxi se detuvo ante la puerta de un restaurante de aspecto discreto y su mente se distrajo.

Bajaron del taxi y entraron. Regina dio su nombre al maître e inmediatamente las llevaron hasta una mesa situada en un rincón algo apartado.

La decoración del restaurante no era ni especialmente elegante ni sofisticada, sino más bien sencilla, pero tenía algo que Emma apreció inmediatamente. Había pocas mesas y la distancia entre ellas era lo suficientemente grande como para mantener una conversación sin que la oyeran los comensales de la mesa de al lado.

Un camarero se les acercó con las cartas. Emma le echó una ojeada y levantó la vista hasta Regina, que observaba atentamente la suya.

—Entonces tú no has comido aquí nunca.

—No. Pero me lo ha recomendado alguien en cuyo gusto culinario confío.

—¿Y ese alguien te ha recomendado algún plato que preparen especialmente bien?

—No.

—Yo es que de comida griega conozco solo lo típico. Moussaka, queso feta y el famoso yogur.

Regina rió.

—¿Joroñaquejoroña?

Emma volvió a reír a carcajadas.

—¿Sabes qué significa?

Ella asintió.

—Literalmente, años y años. Es decir, que es una receta muy antigua.

—Habrá que tomar lo entonces.

—¿Has decidido ya qué vas a tomar ?

—Estoy dudando, la verdad.

—¿Eres de las que piden lo que ya conoce o te gusta probar cosas nuevas?

—Depende… La moussaka me gusta mucho y seguramente en un restaurante como este la prepararán exquisita, pero también me atrae probar algo diferente. Y de entre todo lo que no conozco de la carta, no sé por qué decidirme.

Regina llamó al camarero con un gesto discreto de la mano.

—¿Sería posible que nos preparasen un menú degustación para dos con los platos más típicos de la cocina griega?

—No tenemos menús degustación en la carta.

—Lo sé, pero la señorita no conoce la comida griega y me gustaría que empezara a apreciar la. Tal vez la lleve a Grecia más adelante.

—No sé si en la cocina querrán prepararlo. Como ve, el restaurante está bastante lleno.

—Dígale al cocinero que es una noche muy especial para nosotras… La cara del camarero se suavizó y dijo:

—Lo intentaré, señora.

—Y traiga un buen vino griego con el que brindar. El hombre se alejó en dirección a la cocina. Emma sacudió la cabeza mientras decía.

—Creo que ese hombre espera que a los postres saques un anillo de algún lado y me pidas en matrimonio.

—Siempre llevo uno para emergencias.

—¡No estarás hablando en serio!

—Claro que no. Nada más lejos de mis planes que el matrimonio. Solo de pensarlo me da urticaria. Pero no le he dicho ninguna mentira al camarero, aunque se lo haya tomado de forma equivocada. Esta es una noche especial para nosotras.

—Creía que era una cena entre colegas.

—Pero llevamos juntas —miró el reloj que llevaba en la muñeca— más de una hora y no nos hemos peleado. Si eso no es especial…

—Tienes razón.

El camarero se acercó con una botella de vino que descorchó mientras decía.

—En la cocina han aceptado, señora, y me preguntan si la degustación la quieren ligera o abundante.

—Ligera.

—Abundante —dijeron a la vez.

—Dejémoslo en un término medio —añadió Regina—. Que nos queden ganas para el postre.

—¿También una degustación de postres?

—Sí, por favor.

Cuando se marchó, dejando servidas las dos copas de vino, Regina levantó la suya y propuso un brindis.

—Por nosotras.

Emma chocó su copa contra la de ella.

—No te va a resultar tan fácil, Regina. Solo chin-chin. Regina torció ligeramente la boca.

Chin-chin entonces.

El camarero se acercó con una fuente que colocó entre ambas. Emma se sirvió una cantidad moderada de cada uno de los distintos entrantes que había en ella y comenzó a comer con apetito. Regina hizo lo propio y la contempló complacida. Había temido ver la probar apenas la comida, siempre había pensado que Emma era melindrosa e incapaz de disfrutar de un buen plato.

—¿Qué miras? —dijo ella bebiendo un sorbo de vino.

—Nada… es que pensaba que te iba a tener que obligar a comer. No sé por qué tenía la impresión de que eras medio anoréxica o algo así.

—El que un día te dije que no como dulces, significa que no lo hago de forma habitual, no que no coma. Pero si los tomara todos los días para desayunar, me pondría como una foca. Tengo la tendencia de la familia de mi madre de acumular grasa en el trasero.

—Te aseguro por lo que he podido comprobar en un par de ocasiones que tu trasero no tiene un gramo de grasa.

—Por que como de forma saludable y por que salgo a correr media hora cada día. Pero hoy, Mil… Regina, voy a hacer los honores a esta comida exquisita.

—Celebro que te guste. Yo también la estoy disfrutando.

Después de los entrantes, el camarero les llevó una segunda bandeja con porciones de primeros y segundos platos, mucho más abundante.

—Creo que esta semana voy a tener que correr una hora en vez de media —dijo Emma sirviéndose generosamente. La botella de vino estaba llegando a su fin y Regina encargó otra.

—No vas a tumbarme —dijo Emma con un brillo travieso en los ojos.

—No pretendo hacer lo. No estoy compitiendo contigo esta noche, Emma.

—¿Qué estás haciendo entonces?

—Cenando.

—¿Y por qué? ¿Por qué de entre todas las cosas que podías pedirme en compensación por no haber publicado la entrevista de mi padre, has elegido llevarme a cenar ?

«Buena pregunta», pensó Regina, puesto que ni ella misma lo sabía. Pero su mente pensó rápido.

—Por que quiero pedirte un favor.

—Para eso no tenías que haber me traído a cenar; podías haber lo pedido directamente. Ya sabes, favor por favor. Es lo que suele hacer la gente.

—Yo no soy la gente. Y me gusta hacer las cosas a mi manera.

—¿Y cuál es ese favor ?

—¿Por qué no esperamos a los postres… o mejor a estar de camino a casa?

—¿Temes que me levante de la mesa a medio cenar ? ¿Tan terrible es lo que me vas a pedir ?

—No, no es para tanto. Pero es un asunto de trabajo, y tengo por norma no hablar de trabajo mientras como.

—De acuerdo. Cenemos.

Regina volvió a llenar la copa de Emma y ya a ella no le cupo duda de que pretendía, si no emborracharla, al menos aturdir la con el vino para conseguir lo que fuese que quería pedir le. Al saber que aquella cena tenía un motivo de trabajo se relajó del todo y disfrutó de cada bocado y de cada sorbo del magnífico vino griego que les habían servido.

Ya cuando levantaba la mirada y la veía observándola no se le pasaba por la cabeza que hubiera en ello ninguna intención de índole sexual ni de interés personal, algo que por un momento había temido cuando le propuso la cena. Estaba convencida de que si la miraba era para comprobar si estaba lo suficientemente achispada para aceptar su petición. Y Emma pensó que si no era algo demasiado descabellado lo haría. Por la cena, y también, ¿por qué no?, por la compañía. Como bien decía Rubí, Regina era una mujer muy atractiva y también muy simpática, aunque se dejaría matar antes que admitirlo ante nadie. Ni siquiera ante ella misma sin cuatro o cinco copas de vino encima. Por primera vez aquella noche se había fijado en el color de sus ojos, ojos que no dejaban de contemplar la, y que si no supiera su intención, la estarían poniendo muy nerviosa.

Y en efecto, Regina apenas apartaba la mirada de ella. Le parecía casi imposible que la mujer que estaba comiendo frente a ella fuera la que encontraba cada día en la redacción. Tampoco la que la citó en su casa vestida para hacer la pasar un rato incómodo, ni la Emma de la fiesta a la que habían acudido para promocionar Mixtrum. Esta era una mujer diferente y empezó a pensar que se encontraba ante la auténtica Emma, con su llamativa melena rubia que se movía a la vez que ella y sin la menor expresión de dureza en su cara. Sería a causa del vino; quizás debería achispar la más a menudo, por que aunque ella tenía razón y no estaba borracha, era evidente que el brillo de sus ojos no era natural.

Cuando terminaron con la última bandeja llena de postres, se sentían tan llenas que rechazaron cualquier otra cosa que les ofrecieron.

—¿Pido un taxi o prefieres caminar un poco hasta encontrar uno?

—Prefiero dar un paseo, la verdad. He comido tanto que necesito bajar la comida antes de llegar a casa. Además, la noche está muy agradable.

Echaron a andar una junto a la otra. Apenas transcurridos unos minutos, Emma no pudo contener más la impaciencia y le peguntó:

—¿Vas a decirme de una vez de qué se trata?

Ella sonrió. Sabía que apenas salieran a la calle ella iba a abordar el tema. Y aunque no era ese el motivo de la cena, este había sido solo un impulso, decidió aprovechar para hablar le del viaje con Zelena.

—¿Crees que podrías apañártelas sin mí un par de semanas? Emma se paró en seco.

—¿Tienes dudas sobre eso, Mills?

—Regina…

—Bueno, cuando tocas temas de trabajo, olvido llamarte Regina. Pues claro que puedo.

—Necesito tomar quince días libres. Tengo un asunto familiar que resolver.

—Puedes tomarte los días que quieras, y no me tienes que explicar el motivo. Es lo que siempre he querido, dirigir Mixtrum yo sola, aunque sea por quince días.

—Te dejaría escritos artículos suficientes para que los publiques en mi ausencia.

—¿Entonces ahí está la trampa? ¿No la voy a dirigir yo sola?

—Ahora que está funcionando bien, no creo que sea conveniente cambiar nada del formato.

—¿Y qué vamos a hacer con «Regina responde»? A eso me niego.

Ella soltó una sonora carcajada.

—Puedo imaginármelo. A la pregunta: «¿Qué puedo hacer para gustar le a mi vecino?» Tú le responderías: «No tienes que gustar le al vecino. Que se esfuerce él en gustarte a ti.»

—Pues sí, respondería eso, sí

—Puedo dejarte respondidas cartas de semanas anteriores, o puedes pedir le a Ashley que se ocupe.

—Ashley estaría encantada, la verdad, pero prefiero que lo hagas tú.

—Bueno, entonces, ¿no hay problema en que me vaya?

—No.

—Gracias.

—Pero insisto en que no tenías que invitarme a cenar para eso. Regina se encogió de hombros.

—De todas formas, no me arrepiento. Ha sido un rato muy agradable. Al menos para mí.

—La comida estaba deliciosa —admitió Emma. Un taxi se acercaba.

—¿Lo tomamos? Quizás no encontremos otro en un buen rato.

—De acuerdo.

Subieron al taxi y en poco rato estaban ante la puerta de Emma. Antes de bajarse, ella se giró levemente y le dijo:

—No hace falta que te bajes.

—Pues claro que sí.

Salió detrás de ella y antes de entrar en el portal Emma la miró y le dijo:

—¿Sabes una cosa, Mills? No eres tan engreída como pareces. Regina sonrió.

—Ni tú tan insoportable

—Pero si esperas que lo admita mañana , te has jodido.

—Lo mismo digo, Querida.

Emma entró y Regina se dirigió de nuevo al taxi.


Que les ha parecido?.

De aquí nos vemos hasta el sábado :D