Regina se levantó temprano el domingo siguiente a su cumpleaños. Quería escribir algunos artículos para entregárselos a Emma antes de emprender el viaje con su hermana. Tenía que reconocer que le apetecía hacer lo, hacía mucho tiempo, desde que Zelena se casó, que no habían hecho nada juntas. Y siempre se habían llevado bien pese a ser muy diferentes. Habían salido juntas a menudo, la noche en que Zelena y Robín se conocieron en una discoteca, ambas hermanas habían estado juntas, y fue Regina quien rompió el hielo al ver el interés de su hermana en aquel joven que la observaba desde una mesa.

Y a Robín lo quería entrañablemente, como a un hermano, y antes de que naciera Roland habían compartido algún que otro viaje de fin de semana los tres.

Y pensando en Zelena, no terminaba de ver muy claro su propósito de la noche anterior, la extraña mezcla de personas que había elegido para invitar a su fiesta, de entre sus muchas amistades. A quien menos esperaba era a Rubí, Emma, Ashley y Rose. Y tampoco entendía la presencia de Lily, a la que hacía tiempo que no veía. Pero estaba segura de que Zelena no había invitado a ninguno de ellos al azar.

La velada se le había hecho extraña, pero al menos había servido para algo, y ese algo era tener la seguridad de que debía cortar con Elsa del todo. Su presencia constante a su lado no había hecho más que irritarla y en varios momentos de la noche había estado a punto de decir le que la dejara atender a sus otros invitados y no la acosara con su actitud, pero ese era un asunto que debía resolver en privado, no en una fiesta.

Al final de la velada, cuando ella insinuó una celebración de cumpleaños en la cama, estuvo tentada por un momento de aceptar, pero se dio cuenta de que no la apetecía pasar la noche con ella, y excusándose en el trabajo que tenía que entregar, rehusó la invitación.

Se levantó temprano, se preparó un suculento desayuno y se puso a trabajar. Alrededor de las doce y media, el teléfono le cortó la concentración.

—¿Diga?

—Hola, Regina, soy Lily.

—Ah, hola. ¿Qué haces levantada tan temprano?

—¿Y tú, vieja zorra?

—Trabajar.

—Veo que te han metido en vereda, aunque no me extraña con semejantes mujeres a tu alrededor.

—Mi padre se empeñó, ya sabes. Pero me ha hecho un favor, porque he descubierto que prefiero mil veces el periodismo a la abogacía.

—Está bien tener las cosas claras. Y bueno, te estarás preguntando a qué viene esta llamada.

—La verdad es que sí, hace tiempo que no nos llamábamos ni quedábamos.

—Es que ayer con las prisas se me olvidó pedir le a Emma su número de teléfono, y me gustaría que me lo dieras.

Regina sintió como si le pegaran un puñetazo en el estómago.

—¿Quieres el número de Emma? ¿Precisamente el suyo?

—Sí.

—¿Para qué?

—Pues para quedar con ella, claro está.

—No creo que a Emma le interese salir contigo, Lily. Ni a ti con ella, te lo aseguro.

—¿Y por qué no?

—Pues por que es una borde y una estúpida, por eso.

—Anoche no me lo pareció, al contrario, fue muy simpática y agradable.

Regina bufó.

—Pues no lo es, Lily. Es una insoportable y prepotente.

—Bueno, amiga, a lo mejor lo es en el trabajo, ya me contó que tienen algunos problemas con el tema de la dirección conjunta.

Regina apretó los dientes con fuerza.

—¿Te habló de eso?

—Solo de pasada. Ayer no era día para hablar de trabajo.

—¿Y de qué era día, me lo puedes decir ?

—Pues no sé, para hablar de temas más agradables, Regina. ¿Qué te pasa? ¿Estás de mal humor ? ¿Quizás el bomboncito que tenías al lado no quiso terminar la noche contigo?

Regina reconoció que le estaba hablando con bastante brusquedad.

—No, no se trata de eso. Es que, bueno es domingo y tengo que trabajar. Y me he tenido que levantar temprano.

—Y la culpable es Emma, claro.

—En efecto. Tengo que salir de viaje a mediados de semana y le tengo que dejar entregados unos cuantos artículos para que los publique en mi ausencia.

—¿Vacaciones?

—Digamos que asuntos personales.

—Comprendo.

«Y una mierda comprendes, pero no te interesa.»

—Bueno, si me das el teléfono, te dejo trabajar.

—No puedo darte el número de Emma sin su permiso, Lily.

—¿No? Por Dios, solo es un número, no te estoy pidiendo ni su dirección ni su filiación política.

—No, lo siento. Lo más que puedo hacer es preguntar le el lunes cuando la vea, y si me dice que sí, te llamo.

—Joder , que no te va a comer, seguro que a ella también le apetece quedar conmigo. Pasamos un buen rato de charla.

—No, Lily.

—Bueno, de acuerdo. Tú sabrás cómo están las cosas entre ustedes. Te llamo el lunes. No te olvides de preguntar le.

—No lo haré.

Regina colgó con brusquedad. ¿Cómo coño se le ocurría a Lily querer quedar con Emma, si no pegaban ni con cola?

Haciendo un esfuerzo por superar su malhumor se puso de nuevo a trabajar.


Aquella mañana en cambio, Emma se levantó tarde. Los domingos le gustaba remolonear un poco en la cama, prepararse el desayuno con calma y tomar lo todavía en pijama. Todo lo que no se podía permitir un día de trabajo normal.

Estaba terminando el café cuando una Rubí, también somnolienta, se le unió.

—Buenos días.

—Buenas.

—¿Queda café?

—Claro, sírvete.

Mientras compartían un suculento desayuno la conversación derivó hacia la fiesta de la noche anterior.

—Parece decente la familia de Regina, ¿verdad?. Emma asintió.

—La familia sí, pero la amiguita… menuda imbécil.

—Es muy guapa, preciosa, diría yo.

—Eso no te lo discuto. Una preciosidad, pero imbécil. No sé qué puede ver Regina en esa mujer. «Toma Regina, está exquisito» «Regina… Regina… Regina…» —dijo imitando a la perfección el tono afectado y coqueto—. Porfavor, no sabía decir otra cosa. Te aseguro que la señora Mills ha bajado varios puntos en mi consideración ahora que sé con la clase de mujer con la que está saliendo.

Rubí soltó una carcajada.

—Estás hablando conmigo, puedes llamar la Regina.

—Pues eso… Regina es tan superficial. Reconozco que he llegado a pensar que me había equivocado con ella, pero no es así.

—No creo que tenga nada serio con ella.

—Ni con ella ni con ninguna otra. Es de ese tipo de personas que creen que con tener dinero es suficiente para que las mujeres bailen a su alrededor.

—No creo que las mujeres revoloteen alrededor de Regina solo por su dinero. Es muy atractiva.

Emma miró divertida a su amiga.

—Ahora resulta que a ti te gusta.

—Hey!. Tengo derecho a mirar, y como he dicho fea no es. ¡No irás a decirme que Regina no te parece atractiva! Olvidando lo mal que se llevan, y que es del tipo de mujer que bla, bla, bla…

Emma arrugó el ceño levemente.

—No es para tanto… es un poco bajita para mi gusto.

—Entonces te gusta Lily.

—No especialmente. Está guapa, la verdad, pero… un poco sosa.

—Sí, opino lo mismo.

En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Emma se levantó y fue a abrir, intrigada porque no era frecuente recibir visitas un domingo por la mañana.

Belle estaba en el umbral.

—Hola, Emma. ¿Está Rubí?

—Sí, pasa.

Belle entró un poco recelosa hasta el comedor.

—Hola, Rubí. ¿Podríamos hablar un momento?. Emma se disculpó.

—Yo voy a darme una ducha, si me lo permiten —dijo desapareciendo de la cocina.

—Siéntate. ¿Quieres un café?

—No, gracias, ya he tomado uno.

—Entonces tú dirás.

Belle la miró a los ojos y dijo bajito:

—Te he echado de menos. Rubí asintió a su vez.

—Yo también a ti.

—He hablado con mi hermano. Se lo he dicho.

—¿Qué le has dicho exactamente?

—Que soy lesbiana… y que he tenido una relación contigo que se jodió por que yo no era capaz de confesárselo a la familia.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—Más o menos bien. Se ha extrañado mucho. Ya sabes, estas cosas pasan, pero no en mi familia. Pero le he explicado cómo me siento y al final ha comprendido. Me ha prometido ayudarme a contárselo a nuestros padres. Y a apoyarme… apoyarnos si todavía quieres estar conmigo.

—¡Claro que quiero! —dijo Rubí levantándose de la silla y abrazándola—. Yo te quiero muchísimo, Belle. Estos meses han sido muy duros para mí.

Se besaron.

—Ya acabó, Rubí. Ahora todo va a ser diferente, te lo prometo. Esta asintió.

—No sabes cuánto he deseado oírte decir eso.

—¿Te… te vienes a casa a pasar el día conmigo?

—Pues claro. En cuanto Emma salga de la ducha y se lo cuente.

—Sírveme entonces ese café. Me hace falta —dijo Belle sentándose en la silla que acababa de dejar Emma.


El lunes se presentó cargada de trabajo. Emma tendría que ocuparse de todo durante un par de semanas, en dos días Regina se marcharía y ella disfrutaría del placer de dirigir Mixtrum sola. Esperaba que los artículos que le presentara fueran aceptables y no tuvieran que enfrentarse a causa de ellos, ya tenía suficiente trabajo si estaban de acuerdo. Aunque la noche anterior Regina no parecía demasiada cooperadora, sino más bien irritada con ella. Quizás había cometido un error al aceptar la invitación de Zelena y a Regina no le había gustado que fuera. Ya nada podía hacer por evitarlo, aunque a ella también le hubiera gustado no asistir, no haber conocido a Regina en la intimidad de su familia ni de su relación con Elsa. Que siguiera siendo la señora Mills, alguien con quien discutía temas de trabajo, y no entrever a la mujer que había detrás.

Cuando sintió el alboroto que habitualmente se producía en la antesala a la hora del desayuno se preparó para recibirla después como solía, para que le entregase el tabrajo que el viernes anterior le había prometido. Esperaba que cumpliera su palabra y que no se hubiera enredado con la rubia escultural hasta el punto de no escribir los artículos, o al menos parte de ellos, que tenía que presentarle. Aunque si ese era el caso, ella los supliría con lo que le pareciera bien y la señora Mills tendría que aguantarse.

Al finalizar el desayuno, Regina llamó su puerta.

—Pasa, Mills.

—Aquí te traigo lo que te prometí —dijo alargándole un pendrive con la información y sentándose frente a ella. En esta ocasión no había llegado a cerrar la puerta de la oficina, pero tampoco la dejó abierta del todo como solía hacer después de su supuesta «ruptura». Emma pinchó el dispositivo en su ordenador y empezó a leer el contenido, pero antes no pudo evitar echar un vistazo al cuello de Regina en busca de una nueva marca, que no encontró.

—Bien, Mills, veo que has hecho los deberes.

—¿Acaso esperabas lo contrario?

—No lo esperaba, lo temía. Tu amiguita estaba muy cariñosa la otra noche y podía haberte distraído más de la cuenta apartándote del deber.

—¿Y arriesgarme a que me pusieras trabas para irme el miércoles? No, el deber es el deber. Es algo que mi padre y tú se encargan de recordarme a menudo.

—Comprendo, te vas con ella y por eso ha colaborado, ¿no? —dijo con un tono de voz un poco más seco que el anterior.

—Me voy por motivos personales. Punto.

—Por supuesto, no es algo que me interese. Esto es lo que me importa, y está terminado —dijo señalando el ordenador —. Cómo ocupes el resto de tu tiempo, es cosa tuya.

—Entonces… ¿te parecen bien los artículos? ¿Quieres que haga alguna modificación?

—No es necesario, los publicaré tal cual están.

—Bien, pasemos a otro tema. Hay un asunto personal que quisiera comentarte.

—¿Personal?

—Sí, un poco. ¿Te acuerdas de mi amiga Lily?

—¿La guapa?

Regina se sintió irritada ante el comentario. De Emma no esperaba algo semejante.

—La que estuvo toda la noche metiéndote cuello —dijo seca.

—Sí. ¿Qué pasa con ella?

—Me ha pedido que le dé tu teléfono.

—¿Y se lo has dado?

—No he querido hacer lo sin tu autorización. Imagino que no querrás salir con ella.

Emma se sintió también molesta por la presunción.

—¿Y por qué te lo has imaginado?

—Pues porque es el tipo de mujer del que me acusaste ser a mí el primer día que nos conocimos, por eso.

—No recuerdo bien mis palabras. ¿Podrías refrescarme la memoria?

—Yo tampoco recuerdo las palabras exactas, pero más o menos dijiste que era una «mujeriega» y una inútil al que su padre le tenía que comprar un puesto de trabajo.

—¿Y Lily es todo eso?

—Sí, lo es. Aprovecha su físico para llevarse a la cama a las mujeres, y respecto al trabajo, su madre también es abogada y le ha dado un despacho en su bufete, pero que yo sepa Lily lo único que hace allí es follarse tanto a las secretarias como a las clientes.

—Ajá. Bien, un dato positivo a tener en cuenta. Regina sintió revolvérsele la bilis.

—¿Cómo que un dato positivo a tener en cuenta?

—Si como dices, lo único que hace es follar, debe hacer lo muy bien. Regina respiró hondo y apoyando ambas manos en el borde del escritorio de Emma, le preguntó echando fuego por los ojos:

—¿Entonces piensas salir con ella? ¿Quieres que le pase tu teléfono?

—Sí, ¿por qué no?

—¿A pesar de todo lo que te he dicho?

Regina estaba realmente enfadada, Emma nunca la había visto así.

—A lo mejor por todo lo que me has dicho.

—Bien, como quieras. Veo que me he equivocado contigo. Pensé que eras diferente, pero ya veo que lo único que quieres es que te lleven a la cama, como cualquier otra.

Ante el enfado de Regina, Emma no sabía si enfadarse o reírse, lo que sí tenía muy claro era que iba a salir con Lily aunque solo fuera para fastidiar a la señora Mills.

—La llamaré ahora mismo y le pasaré tu número.

—Gracias.

Regina se dirigió hacia la puerta de la oficina, pero antes de que saliera Emma la llamó:

—Mills…

Se volvió, con expresión ceñuda.

—¿Sí?

—¿Tú no eres todo eso que dije el primer día… todo eso que es Lily?

—Creo que ya me conoces lo suficiente como para juzgar por ti misma.

—Entonces, puedes explicarme por qué te estás follando a esa mujer, guapísima eso sí, pero tonta de remate y que solo sabe decir : «¿Quieres otro canapé, Regina?»

Ella giró sobre sus talones sin replicar y salió bruscamente de la oficina dando un portazo a sus espaldas. Las tres chicas que escuchaban con la boca abierta, volvieron inmediatamente a sus asuntos mientras Regina cruzaba como una tromba la antesala en dirección a su propio puesto de trabajo.