La noche del sábado, Regina la pasó inquieta e irritada. Zelena, consciente de los sentimientos de su hermana, respetó su malhumor, su mutismo y se limitó a tratar de distraerla con una conversación banal durante la cena, que casi se convirtió en un monólogo. Cuando terminaron de comer, Regina se disculpó.

—Me temo que esta noche no soy una compañía muy divertida. Creo que me voy a ir a la habitación a leer un rato.

—¿Estás segura? Estoy dispuesta a seguir parloteando para tratar de distraerte todo el tiempo que haga falta.

Regina trató de forzar una sonrisa.

—Lo sé y te lo agradezco, pero me temo que tus esfuerzos están resultando inútiles. Lo intentaré con un libro.

—Como quieras. Yo voy entonces a salir a dar una vuelta por el lugar y llamaré a Robín para charlar un rato con él.

—Dale saludos de mi parte.

Regina se retiró a la habitación que compartía con su hermana, cogió un libro que sabía no iba a leer, y trató de concentrarse en él. Esfuerzo inútil. Primero se colaron en su mente las imágenes de Emma y Lily sentadas en el sofá de su hermana charlando amigablemente. Luego llegaron otras que quizás se estuvieran produciendo en aquel momento, de ambas compartiendo una película al amparo de la oscuridad de un cine. Y luego las más terribles, las que su mente trataba de evitar a toda costa y su subconsciente le traía una y otra vez: Emma y Lily en una cama, besándose, abrazándose, tocándose. Emma riendo feliz con la melena rubia y revuelta sobre la almohada. Emma con la mirada encendida de pasión. Emma mordiendo el cuello de su amiga. Emma gritando de placer al llegar al orgasmo. Ese orgasmo que ella quería proporcionarle.

Nunca en su vida había experimentado algo así, unos celos tan desgarradores, un deseo tan intenso. Un deseo que temía que jamás podría satisfacer. Como bien le había dicho a su hermana, estaba segura de que ella sería la última persona sobre la tierra a la que Emma admitiría en su cama.

Una parte de su mente le decía que tal vez se estaba equivocando, que tal vez se limitaran a ir al cine, a tomar una copa y después cada una se marcharía a su casa. Pero sus entrañas le decían que no, que no se equivocaba. Que Emma y Lily iban a pasar la noche juntas.

Se levantó, fue al baño y se miró al espejo; la cara descompuesta que le devolvió el reflejo le hizo enfrentar a la mujer desconocida que estaba creciendo dentro de ella.

«¿Qué estás haciendo conmigo, señorita Swan?», pensó.

Luego volvió a la habitación. Abrió el minibar y sacó una botellita de whisky y una de ron que había en él, consciente de que esa noche iba a necesitar una pequeña ayuda para dormir.

A pesar de todo, pasó la noche en un desvelo agotador, lleno de sueños entre cortados donde las imágenes de Lily y Emma se mezclaban con otras en las que ella y no su amiga era quien acariciaba, quien besaba… Que era su cuello el que Emma mordía una y otra vez.

La mañana la encontró agotada, pero ansiosa por levantarse para empezar el día y conjurar los fantasmas de la noche.

Zelena, consciente de las ojeras y del mal aspecto de su hermana aquella mañana, se abstuvo de hacer ningún comentario. Se limitó coger el volante y seguir su ruta.


La semana siguiente en la redacción, Emma se encontró con problemas inesperados que tuvo que ir solucionando poco a poco, y se dio cuenta de cuánto la aliviaba en otras ocasiones coger el teléfono y compartirlos con Regina. Ella casi nunca aportaba una ayuda eficaz, pero el solo hecho de discutirlos con ella le hacía tener las ideas más claras sobre lo que debía hacer.

Un par de veces se sorprendió con el teléfono en la mano y el número del móvil de Regina en la pantalla, a punto de llamarla. Pero luego pensaba en el terrible ego de Regina regodeándose de que no pudiera hacer nada sin ella, lo cual no era cierto. Solo se había acostumbrado a que discutir con ella afianzara sus ideas y su postura, pero eso no lo entendería nunca la señora Mills, de modo que apagaba el móvil sin realizar la llamada.

Y lo que más extraño le resultaba era el terrible silencio que reinaba en la antesala a la hora del desayuno. Sin duda, Regina tenía que resultarle muy divertida a las chicas, puesto que su ausencia provocaba un desayuno silencioso, algo de lo que nunca había sido consciente antes.

El viernes a última hora de la tarde, cuando estaban recogiendo para marcharse, le preguntó a Rubí:

—¿Sabes cuándo se incorpora Regina?

—En esta semana, pero no sé exactamente el día. ¿Por qué?

—Porque me dejó los artículos justos para la edición de la semana pasada y la de esta, y si no llega a tiempo para hacer algunos más, para el próximo número tendré que improvisar.

—Bueno, es tu oportunidad, ¿no? Estarás contenta.

—Estoy cabreada. No me gusta que me dejen tirada. Espero que la señora Mills se haya hartado de follar ya y vuelva con las pilas cargadas y dispuesta a trabajar duro.

—¿Se ha ido a follar? —preguntó Rubí divertida ante el comentario agrio de su amiga.

—Al parecer, sí. Lily la llamó el sábado pasado y parece ser que interrumpió algo. O al menos le dijo que «estaban desayunando».

—¿Crees que se ha ido con Elsa? Emma se encogió de hombros.

—Probablemente. O con cualquier otra, ¿qué más da? Regina es una mujeriega y lo será siempre. Para ella follar siempre estará antes que el deber. En caso contrario no se hubiera ido en estos momentos en que tanto trabajo hay, ahora que Mixtrum empieza a funcionar mejor.

—Y hablando de follar … ¿Vas a quedar con Lily de nuevo este fin de semana?

—No me ha llamado, pero aunque lo haga, no, no voy a quedar con ella.

Rubí no le había preguntado a Emma por el sábado anterior cuando se habían visto el domingo por la noche. Esperaba que fuera su amiga quien hiciera algún comentario, pero ante el mutismo de Emma, decidió indagar.

—¿No fue bien la cosa?

—No. Me fui a la cama con ella y fue el peor polvo de mi vida. Ahora no sería capaz ni de sentarme a tomar un café con Lily.

—¿Tan mal amante es?

—No, no es eso, tengo que reconocer que se esforzó. Quizás el problema estuvo en mí. No estoy acostumbrada a follar con gente a la que apenas conozco. «Además de que mi mente traicionera no dejaba de pensar en Regina»

Rubí se echó a reír.

— Vale, definitivamente mejor dejamos el tema.

—Anda, vamos, tenemos el fin de semana por delante y seguro que estás deseando irte a casa de Belle.

—Solo esta noche y el sábado, el domingo tiene comida familiar.

—¿Todavía siguen así las cosas?

—No, las cosas van avanzando. Su hermano está de viaje y cuando vuelva vamos a quedar con él para que me conozca, y luego Belle hablará con sus padres y después llegará él para aliviar las cosas. Poco a poco.

—Me alegro.

—¿Y tú, qué planes tienes para el fin de semana?

—Escribiré algunos artículos por si la señora Mills sigue abducida bajo las faldas de alguna de sus amiguitas también esta semana. Y veré películas en la tele.

—Si quieres el domingo podemos hacernos alguna excursión.

—Me parece un buen plan. Necesito un poco de naturaleza.


El martes siguiente, cuando volvían hacia NY, Regina y Zelena comentaban el resultado de su viaje.

Llevaban una lista de posibles hoteles para comprar, para presentar a su padre. Luego tendrían que tratar de negociar con los dueños una posible venta. El viaje había sido bastante satisfactorio. Aunque Robín les había planteado por teléfono un punto de vista que no habían contemplado antes. Les había dicho que ambas iban buscando «cosas positivas» en los hoteles, y eso es lo que habían encontrado. Que necesitaban también un «abogado del diablo» que buscase lo negativo en los mismos para poder valorar. Que quizás deberían pedir a alguien quisquilloso que se alojara en ellos para poder presentar un informe más completo. La única persona que se le vino a Regina a la cabeza capaz de interpretar ese papel, fue Emma, pero lo rechazó de inmediato. Ella nunca aceptaría colaborar con ella en nada.

Había disfrutado del viaje con su hermana, eso no podía negarlo, pero también había echado de menos la redacción y el trabajo. Y el punto negro, por supuesto, lo había puesto la salida de Lily con Emma, de la cual no sabía nada, ni si se había repetido el fin de semana siguiente.

Cuando llegó a su casa, después de varias horas de viaje, se dio una ducha larga y reconfortante y decidió llamar a Emma a su casa para decirle que se incorporaría al trabajo al día siguiente.


Esta estaba preparando la cena con Rubí cuando sonó el móvil. Miró el número.

—Vaya… La señora perdida y hallada —dijo antes de contestar —. Hola, Mills.

La respuesta áspera le sonó a Regina como música celestial después de dos semanas sin oír su voz

—Señorita Swan.

—¿Ya estás de vuelta? ¿O llamas para decir que estás de puta madre de vacaciones y renuncias?

Ella soltó una sonora carcajada. Ya estaba en casa. ¡Dios, cómo había echado de menos sus peleas verbales!

—No tendrás esa suerte. Me temo que lo que voy a decirte es que me incorporo mañana al trabajo. Que si tienes que esconder algo debajo de la alfombra, lo hagas antes.

—¿Estás insinuando que aquí todo está manga por hombro y ha dejado de funcionar por que no estabas TÚ?

—Dímelo tú.

—Pues para que lo sepas, Mills, aquí todo ha ido a las mil maravillas desde que te fuiste. Incluso mejor que antes.

—Eso ya lo veré mañana.

Regina no pudo evitar hacer una pregunta que se había jurado no formular.

—¿Y aparte del trabajo, qué tal todo?

—Muy bien.

—¿Te llamó Lily? Por que estaba bien pesada…

—Sí, quedé con ella una noche.

—¿Y… todo bien?

—Sí, me lo pasé genial. Es una tipa muy agradable.

Rubí picaba lechuga para la ensalada y tuvo que reprimir una carcajada.

—Bien. Me alegro.

—¿Y tus «asuntos personales»? ¿Se solucionaron con el viaje?

—Podría decirse que sí.

—Pues también me alegro. Bueno, Mills, no tengo toda la noche. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

—Recuerda. A las ocho en punto.

—Como un clavo.

—¿Con que te lo pasaste genial, eh?

—Regina no tiene por qué saberlo. Bueno, mañana vuelta a la normalidad. Se acabó la tranquilidad en la antesala, y el poder hacer y deshacer a mi antojo. Lo bueno dura poco.

—Pues no te veo deprimida precisamente. Más bien pareces contenta.

—No me queda otra. Sigo el refrán de «a mal tiempo, buena cara».

—Ya…


Cuando colgó sin haber obtenido la respuesta que buscaba, Regina decidió llamar a Lily. Seguro que ella le contaba hasta lo que no quería saber. Pero necesitaba respuestas, no podía seguir dándole vueltas a la cabeza imaginando algo que tal vez no había sucedido. Y si había sucedido, quería saber a qué atenerse. De todas formas ya había sufrido por ello.

Marcó el número, pero primero se sirvió un whisky generoso. A veces ayudaba.

—Hola, Lily.

—Regina, mujer, ¿ya estás de vuelta?

—Sí, he llegado hace un rato.

—¿El viaje bien?

—Sí, muy bien. ¿Y tú qué tal?

—Bien, bien, pero oye, tenías razón. Emma es un poco rara.

—Ya te lo dije.

—¿Es frígida?

Regina sintió un momentáneo alivio.

—Ni idea.

—Es que después de la copa le insinué que viniera a mi casa a tomar la última, ya sabes… tanteando el terreno. Y me soltó de sopetón que si lo que quería era echar un polvo, lo dijera claramente. Y nos fuimos a un hotel.

Sintió la bilis subirle por la garganta.

—¿Entonces? ¿Se fueron? ¿Follaron?

—Digamos que follé yo. Es un témpano. Me acarició los senos con la misma pasión con que limpiaría los cristales.

Regina respiró hondo. No quería detalles, pero ahora no podía dar marcha atrás. Y Lily estaba disparada.

—No podía excitarla de ninguna manera, ya no sabía qué hacer. Ni siquiera conseguí que los pezones se le pusieran duros.

Regina cerró los ojos imaginando los pezones de Emma y lo que le gustaría hacerles.

—Y cuando me mordió el cuello…

Regina cerró los ojos con fuerza. El cuello dolía.

—¿Eso hizo?

—Sí, pero, joder … En la vida me habían dado un chupetón más desvaído.

Sonrió.

—Sí, no es muy buena en eso… imagino. Supongo que será falta de práctica.

—Y al final… no conseguí que se corriera. Ya era una cuestión de orgullo para mí, pero que va. Fingió un orgasmo y se largó en apenas un cuarto de hora.

—¿Estás segura de que lo fingió?

—Pues claro. Ya soy mayorcita para que me la peguen con eso. Si ni siquiera es buena fingiendo, fue la peor representación que me han hecho nunca.

Regina asintió. No se imaginaba a Emma fingiendo nada.

—¿Entonces no has vuelto a quedar con ella?

—No, no la he llamado más. Ni creo que ella aceptara.

—Bueno, no puedes decir que no te avisé. La próxima vez hazme más caso.

—Desde luego.

—Te voy a dejar, estoy cansada del viaje.

—Buenas noches, entonces. Hasta la próxima. A ver si quedamos un día.

—Vale. Ya nos llamamos.

Regina cortó la llamada. No sabía cómo se sentía. Si no había disfrutado era casi como si no hubiera sucedido, ¿verdad?

«Si un día llegas a estar en mi cama te vas a correr de verdad, señorita Swan. Vas a gritar como una loca, y los pezones se te van a poner como piedras. Palabra de Mills.»