Este capítulo sera corto, pero el próximo tendrá lo que han estado esperando ...
Espero les guste, nos vemos en el siguiente :D
El miércoles Emma llegó a la oficina un poco antes de lo habitual, incluso. Quería comprobar que Regina llegaba puntual, como había prometido. Estaba segura de que no iría directo a su oficina y anunciaría que estaba allí por teléfono, sino que se pasaría por la de ella para hacerlo en persona. Y supo exactamente el momento en que Regina apareció en la antesala, por que el silencio cesó. Un alegre parloteo femenino la hizo mirar el reloj de pulsera que solía llevar para trabajar.
—Puntual, señora Mills —murmuró para sí.
Después de apenas unos segundos, un discreto golpe en la puerta le arrancó una sonrisa involuntaria y un jovial:
—Pasa.
La puerta se abrió y la imagen de Regina vestida con una falda negra, que le hacia resaltar ese trasero y una blusa blanca con las mangas ligeramente remangadas, única concesión al tiempo algo más cálido que estaba haciendo, la impactó con fuerza. Rubí tenía razón, era tremendamente atractiva, de una forma muy diferente a Lily. En Regina nada parecía controlado, sino más bien al contrario, como a punto de saltar por los aires. No sabía si siempre había sido así o solo la veía ahora que la conocía mejor. Tragó saliva para disimular el efecto que había causado en ella y fingió indiferencia. Estaba más bronceada que cuando se fue y Emma se preguntó si había estado en la costa, tendida desnuda en la arena con su belleza rubia al lado. Parecía como revitalizada.
—Buenos días, Querida—la saludó con una amplia sonrisa.
—Llegas un minuto y medio tarde, Mills. Ella estalló en una sonora carcajada.
—Veo que sigues tan insoportable como siempre. Te aseguro que he cruzado el umbral de la antesala a las ocho en punto, pero no podía dejar de saludar a las chicas. Te prometo que esta tarde saldré un minuto y medio después de mi hora para recuperar el tiempo perdido.
Se sentó en el brazo del sillón que había frente a la mesa y observó atentamente a la mujer que la había estado robando el sueño durante todo el viaje, buscando alguna huella tanto física como emocional de su salida con Lily. No la encontró. Emma era la de siempre, con su pulcra coleta apretada en la nuca, su camisa blanca abotonada hasta el cuello y su expresión habitual de «voy a apretarte los botones a conciencia ahora que estás aquí». Se relajó y se dispuso a disfrutar de su trabajo. Lo pasado, pasado.
—¿Cómo ha ido todo por aquí? ¿Alguna novedad?
—Todo perfectamente, como te dije anoche. ¿Has traído algo de trabajo para publicar?
—Tengo algunas ideas, me pondré con ellas enseguida. Sé que vamos cortas de tiempo para el ejemplar de la próxima semana, así que en cinco minutos estaré en mi escritorio a toda marcha.
—Más te vale.
—Solo quería saludarte.
—¡Qué detalle!
—Y decirte que he traído unos dulces muy buenos para el desayuno. Quizás como algo excepcional quieras unirte hoy a nosotras. Y no me digas que no comes dulces, por que sé que no es verdad. El día de mi cumpleaños te zampaste un trozo enorme de tarta de chocolate.
—El día de tu cumpleaños, tu amiguita le hizo un desaire tremendo a tu sobrino, y traté de enmendarlo. Y de acuerdo, como algo excepcional y puesto que has venido cargada con los dulces, me uniré a ustedes en el desayuno. Pero no te acostumbres, será solo hoy.
—A las diez y media en punto, Querida. En la antesala.
—Allí estaré, Mills.
Regina se levantó y se dirigió a la puerta, contenta de haber vuelto al trabajo.
Aquella tarde, cuando llegó a su casa, Regina se dijo que no iba a seguir posponiendo el asunto de Elsa por más tiempo. Se puso cómoda y cogió el teléfono.
—Holaaaa —le saludó alegre la voz de la chica al otro lado—. ¡Qué sorpresa! Últimamente soy yo la que llama siempre.
—Bueno, hoy te llamo yo.
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos quedar esta noche? O cuando mejor te venga, si tienes otros planes.
—Esta noche está bien. ¿Tu casa o la mía?
Regina iba a decir que prefería un sitio público, pero se lo pensó mejor. Ciertas cosas había que decirlas en privado, y aunque no temía una escena por parte de Elsa, nunca se podía estar segura. Elsa tenía derecho a que terminaran con ella en la intimidad.
—Yo me acerco a tu casa. ¿A qué hora te viene bien?
—¿A las ocho?
—De acuerdo. Hasta luego.
Regina colgó y miró la hora. Eran las seis y media, tenía tiempo para darse una ducha tranquilamente y conducir sin prisas hasta las afueras, donde vivía Elsa.
Faltaban seis minutos para la hora cuando pulsó el timbre del portal. No se había arreglado para la cita, se había limitado a ponerse el primer vestido que se encontró. La puerta se abrió sin que mediara entre ellas una palabra, Elsa era demasiado confiada, pensó. Subió rapidamente los dos pisos ignorando el ascensor y en cuanto se acercó a la puerta del piso, esta se abrió.
Elsa la esperaba sonriente y Regina sintió cierto remordimiento de conciencia al pensar que le iba a estropear la fiesta.
—Hummmm, qué guapa estás. ¿Has estado tomando el sol?
—He ido con mi hermana a buscar hoteles para que mi padre amplíe su negocio. He estado por el campo.
—Ah… No sabía que habías salido de viaje.
—Fue un poco de improviso.
Elsa la miró fijamente y preguntó:
—¿Preparo cena? ¿O pedimos algo?
—No, por mí no prepares nada. No voy a quedarme mucho rato.
—No has venido simplemente a verme, ¿verdad?
—No. Tengo que hablar contigo.
—Bien, siéntate entonces. ¿O lo que vienes a decirme es tan corto que ni siquiera merece la pena tomar asiento?
—No es muy largo, pero me sentaré.
—¿Una copa?
—No, gracias.
—Bien, pues tú dirás.
—Voy a ir al grano, Elsa. Quiero que dejemos de vernos.
—¿Y eso por qué? Ya me has dejado claro que follar es lo único que haces conmigo, y que no soy la única. Y he aceptado tus condiciones. ¿Por qué quieres dejarlo?
—En parte porque pienso que a pesar de lo que dices, tú sigues pensando que hay algo más entre nosotras, y que los dos años de follar te da algún tipo de derecho, y no es así. El día de mi cumpleaños te comportaste como si fueras mi dueña y señora, algo que me molestó mucho. No pude atender al resto de mis invitados porque estuviste colgada de mi brazo marcando territorio toda la noche, y por educación no te dije esto allí mismo, delante de todos. Pero creo que ha llegado el momento de ponerle fin.
—Tienes otra a la vista, ¿no?
—Ya te dije que me veo con otras mujeres, además de ti.
—Pero hay una especial… Una que va a tomar el puesto de «amiga con derecho a roce» que voy a dejar yo. Y estaba en tu fiesta, por eso te molestó mi actitud.
—No es eso. No hay nadie esperando tu puesto; es simplemente que creo que debemos dejarlo. La atracción que sentía por ti ha desaparecido, eso es todo.
—Y no te faltan mujeres con las que echar un polvo, ¿no, Regina? Está bien, como quieras. ¿Piensas compensarme de alguna forma?
—¿Compensarte? No entiendo.
—Pues claro que entiendes. No pensarás que estaba contigo solo por lo buena que eres en la cama, ¿verdad? No niego que lo seas, he disfrutado mucho contigo, pero también está mi carrera. Ir del brazo de Regina Mills me aporta unas ventajas que perderé de ahora en adelante.
—¿Estás hablando de dinero?
—Estoy hablando de «compensación». Dinero, alguna joya… O mejor aún, una recomendación para alguna agencia de publicidad. Quizá la que lleva los hoteles de tu padre.
Regina lanzó un hondo suspiro.
—De acuerdo. No intervengo en los asuntos de mi padre, y como el dinero me parece algo muy sórdido, tendrás tu joya. Acorde a los servicios prestados, no lo dudes. Y ahora, ya no queda nada más que decirnos. Adiós, Elsa.
—Adiós, Regina. Un placer haberte conocido. Ella sacudió la cabeza.
—Lo mismo digo.
Se levantó y salió de la casa sintiendo un regusto amargo en la boca del estómago. ¿Alguna vez una mujer se acercaría a ella por sí misma? ¿Sin que mediara el dinero, la publicidad o las influencias? ¿Alguna la había visto como una mujer, como la mujer que era?
Asqueada entró en el coche y condujo hasta la ciudad. Se detuvo en una joyería del centro y compró unos carísimos pendientes, mucho más caros de lo que Elsa se merecía. Dio la dirección de la chica para que se los enviaran y rehusó incluir ninguna tarjeta en ellos. Ya se habían dicho más que suficiente. Después decidió autoinvitarse a cenar en casa de su hermana.
