Palabra de Mills.


Emma estaba a punto de salir cuando August la llamó a su oficina. Era extraño, su jefe solía respetar tanto como ella misma la hora de salida, de modo que se preparó mentalmente para algo, al menos, inusual.

Al llegar se sorprendió de no encontrar allí a Regina, últimamente solía llamarlas a ambas a la vez cuando tenía que notificarles cualquier cosa. Y la cara de August tampoco auguraba nada bueno.

—Siéntate, Emma, tengo que hablar contigo.

—¿Qué ocurre? ¿Es sobre Mixtrum?

—Sí.

—¿Y no esperamos a Regina?

—Esto quiero decírtelo a ti primero y luego tú decides si la llamamos. Creo que te lo debo.

—Habla, me estás preocupando.

—Los accionistas quieren cambios en la revista.

—¿Qué tipo de cambios? Ahora se vende bastante bien.

—Sí, lo sé, pero piensan que se vendería mejor si se eliminaran los artículos científicos y serios.

Emma apretó los dientes.

—O sea, los que escribo yo. August asintió.

—¿Es cosa de Regina? ¿Ha movido los hilos en las altas esferas para que me quiten de en medio?

—No, que yo sepa.

—Si eliminamos los artículos serios, Mixtrum se convertirá en una revista como muchas otras.

—Lo sé, y he intentado convencerles, pero Emma, son ellos los que ponen el dinero y podrían eliminarla y retirarla del mercado. Lo más que he conseguido es que te dejen publicar tus artículos en un suplemento aparte que se vendería junto con la revista original con un pequeño incremento de precio. Pero Mixtrum se podrá comprar también sin el suplemento.

—Y si este no se vende yo seré eliminada de la publicación, ¿no?

—No tiene por qué ser así. Busca algunos artículos nuevos de tipo más ligero, y pon tu granito de arena también en el nuevo formato.

—Para las recetas de cocina y los consultorios sentimentales ya está Regina, que al parecer es lo único que interesa.

—No seas drástica, las cosas nos son blancas o negras. Está el gris, y el verde, y el rojo.

—Ya… Lo intentaré.

—Necesito el nuevo formato para el lunes.

—El lunes. Estamos a viernes.

—Lo sé. Acaban de comunicármelo, no he podido avisarte con más tiempo. Lo siento.

—Esto es una caza de brujas, August, lo sabes tan bien como yo.

—Puedes conseguirlo. No sería la primera vez que trabajas duro el fin de semana.

—Esta vez no estoy segura de querer hacerlo. Además en mi casa no tengo las herramientas informáticas necesarias para editar los artículos, podría escribirlos, pero luego tendría que darles aquí el formato necesario.

—Puedes quedarte aquí y editarlos directamente. Quédate hoy o ven el domingo a terminarlos. No tienes por qué quedarte solo con el suplemento, Emma.

—Está bien, lo intentaré.

—¿Quieres que llame a Regina para decírselo?

—Todavía no. Espera a que tenga las cosas claras y algo concreto que ofrecer. Se lo diremos el lunes. Todavía no estoy segura de que no tenga algo que ver con esto.

—No lo creo. Pero lo que sí quiero que sepas es que no es cosa mía.

—Eso lo sé, August. Gracias.

—Puedes hacerlo, eres la mejor.

Emma asintió y se marchó. Al llegar a su oficina, ya Rubí la esperaba con la chaqueta puesta.

—¿Nos vamos?

—No, yo no. Hay que hacer algunos cambios antes del lunes y me quedaré un rato más.

—No puedo quedarme hoy a echarte una mano, ya sabes que Belle va a presentarme por fin a su hermano.

—Pues claro que no te vas a quedar. Puedo apañármelas sola.

—¿Seguro?

—Seguro. Anda, vete ya o llegarás tarde, y no es buena cosa ser impuntual en una ocasión semejante.

—Bien, como seguramente no apareceré por casa en todo el fin de semana, nos vemos el lunes.

—Hasta el lunes.

Rubí se fue y Emma se quedó sola. Se recostó en el sillón preparándose para asimilar lo que August acababa de decirle. No sabía qué hacer, estaba muy tentada de mandarlo todo a la mierda. No quería dirigir una revista en la que no creía, una revista al estilo de Regina Mills. Aunque tal vez si aceptaba publicar sus artículos en un anexo serviría para que los accionistas y August comprendieran que había un público que se interesaba por otros temas fuera de las recetas de cocina y los consultorios sentimentales. ¿Pero a quién quería engañar? El anexo no iba a generar beneficios suficientes para cubrir sus costes y la iban a eliminar de la publicación. Y eso sí que no iba a consentirlo, si la iban a echar y había muchas posibilidades de ello, ella se iría antes: el lunes August en vez de una nueva revista iba a tener sobre su mesa una carta de dimisión. Y Regina una publicación toda suya para hacer con ella lo que quisiera.

Abrió el correo electrónico y le mandó un e-mail:

«Has ganado. Mixtrum es toda tuya. Que la disfrutes, señora Mills.» Le dio a enviar. Regina lo leería cuando llegara el lunes por la mañana. Abrió un documento de texto y comenzó a escribir su carta de dimisión. Estaba a la mitad cuando dos sonoros golpes en la puerta de la oficina le hicieron levantar la cabeza.

—Adelante.

Regina entró en la oficina con ímpetu.

—¿Qué coño significa ese e-mail?

—Creía que ya te habías ido.

—No eres la única que prolonga la jornada cuando se le acumula el trabajo. Explícame —dijo sentándose en el borde del escritorio.

—Significa que me voy de Mixtrum y creo que también de la editorial.

Regina frunció el ceño.

—¿Te has buscado algo mejor?

—Eso no es asunto tuyo.

—Sí que lo es. Ya que me dejas en la estacada tengo derecho a saber por qué.

Emma posó las manos sobre el escritorio.

—Yo no te dejo en la estacada, te estoy dando lo que siempre has querido: dirigir Mixtrum.

—Eso no es verdad. Eres tú la que siempre deseó ser la única directora.

—¿No irás a decirme que te gusta compartir la dirección conmigo?

—Pues claro que sí. Sería muy aburrido hacerlo sola.

—No me lo creo.

—Mira, Querida… No es por alardear, pero tengo dinero suficiente como para crear no una, sino diez revistas a mi medida, si quisiera. Pero no sería lo mismo. Levantarme de la cama y preguntarme qué me deparará el día cuando entre en este oficina, da un aliciente especial a mi vida. Es muy divertido trabajar contigo, señorita Swan.

Emma suspiró ruidosamente.

—¡Por Dios que no me lo puedo creer! ¿Entonces tú no tienes nada que ver con esto?

Regina frunció el ceño.

—¿Con qué?

—August me ha dicho que los accionistas quieren suprimir mis artículos de la publicación. Quieren que los edite en un anexo que se pagaría aparte y que en su lugar se incluirán artículos del tipo de los que tú escribes.

—Comprendo. La señorita insufrible se siente ofendida y lo manda todo al carajo. ¿No es eso?

—No me siento ofendida, pero no voy a dirigir una revista de recetas de cocina y consultorios sentimentales.

—Ya lo estás haciendo.

—Pero porque además hay otro tipo de artículos.

—No tienes que renunciar a ellos. Sigue escribiéndolos y publícalos en el anexo. Y además puedes buscar algunos que sean algo intermedio entre lo que haces ahora y lo que escribo yo. Yo también soy capaz de escribir sobre temas científicos o hacer entrevistas.

—Ya lo sé, pero no lo haces.

—Porque eso te lo dejo a ti, pero te empeñas en escribir sobre las profundidades marinas o la capa de ozono. ¡Joder, Emma! Hay miles de artículos que pueden interesar a la gente —a gente que no son científicos

— aparte de las recetas de cocina. Yo puedo darte ideas, si me lo permites, claro.

—Deja de ser una puta prepotente, Mills. No quiero dirigir «tu revista». Regina le agarró las manos.

—No es mi revista, Emma, es nuestra revista, joder, de las dos. La hemos levantado de la nada, si no a fuerza de sudor y lágrimas, sí de broncas, zancadillas y jugarretas, Y eso tiene mucho más valor, Querida. No abandones, no seas una puta cobarde que se larga con el rabo entre las piernas como una niña caprichosa en cuanto no consigue lo que quiere. Saca los ovarios que sé que tienes e inténtalo. Siempre tienes tiempo de renunciar si no funciona. Demuéstrales lo que vales, Emma, demuéstrales a August y a los accionistas que eres capaz de reciclarte, de aceptar cambios. Demuéstrales que eres capaz de hacer cualquier cosa que te propongas. Venga, nena… Di que sí.

—No soy tu nena.

—De acuerdo, no lo eres, y nunca he pensado que lo fueras. Eres una idiota del carajo y lo vas a seguir siendo. ¡Sentémonos aquí, Joder! Y reestructuremos Mixtrum entre las dos. Peleémonos un poco, pongámonos de acuerdo otro poco y el lunes echemos sobre la mesa de August un proyecto que no pueda rechazar. Si te empeñas renunciaré a «Regina responde».

Emma frunció el ceño.

—¿Lo harías?

Regina asintió muy seria.

—Lo haría. A mí tampoco es que me guste, pero vende ejemplares. Y bueno, tengo que confesártelo… solo lo ideé para tocarte los ovarios.

Regina apretó con más fuerza sus manos, que no había soltado.

—¿Sí?

—De acuerdo. Trabajemos en ello y presentemos un nuevo proyecto. Si August lo rechaza presentaré mi carta de dimisión y será irrevocable. Podrás hacer con Mixtrum lo que quieras.

—¿Empezamos ahora mismo?

—Es viernes por la tarde. ¿No tienes planes?

—Ninguno que no pueda cancelar. ¿Y tú?

—No, yo tampoco.

—Bien, voy a mi oficina por mi ordenador y enseguida vuelvo. Ponte cómoda, compañera.

Emma sonrió. Era la primera vez que la llamaba así.

Regina salió y regresó pocos minutos después con su ordenador portátil y la chaqueta en el brazo. La colgó en el perchero donde Emma tenía el bolso y plantó el ordenador sobre la mesa.

—Lo primero es quitarte el disfraz de señorita estirada. Para sacar algo bueno tienes que estar cómoda. Hace calor, quítate esa chaqueta.

—Lo soporto. Para mí la máxima comodidad pasa por los pies, me encanta estar descalza.

—Pues quítate también los zapatos y desabróchate ese cuello de la blusa. ¿No te ahoga?

Emma sonrió.

—A veces.

—Yo no puedo soportar nada en el cuello. Aquí estoy solo yo, la redacción está vacía, ya no queda nadie. Ponte todo lo cómoda que quieras. Yo también lo haré.

Se desabrochó otro botón de la blusa y también se quitó los zapatos. Cogió una silla y la colocó junto a Emma, al otro lado del escritorio y abrió un nuevo documento de texto en su ordenador.

—Empecemos.

—¿Por dónde?

—Pues por hacer una lista de temas que puedan tener interés para mucha gente. Hay muchos, Emma, aunque tú te empeñes en ignorarlos. Hay uno que se me está ocurriendo que podría funcionar. Y creo que te gustaría.

—¿Cuál?

—Llevar nuestro antagonismo hasta el público —dijo recordando lo que les había dicho Robín sobre los hoteles—. Cuando estuve de viaje con mi hermana buscando hoteles rurales para ampliar la cadena de mi familia, mi cuñado dijo que nosotras íbamos buscando puntos favorables en ellos, pero que para que el informe fuera completo deberíamos encontrar alguien que hiciera lo contrario, buscar lo malo. Y la primera persona que se me ocurrió para hacerlo fuiste tú.

—¿Yo? ¿Cuándo fue eso?

—El mes pasado, cuando me tome vacaciones.

—¿Fuiste a buscar hoteles con tu hermana?

—Sí.

—¿No te fuiste con Elsa?

—No. Y Elsa y yo ya no nos vemos, lo hemos dejado.

—Vaya… ¿Debo decirte que lo siento aunque sea por educación? No pareces muy afectada.

—No lo estoy. Y no debes decir nada.

—Mejor, porque no lo siento. Elsa no te pegaba.

—Nunca fue nada serio. Y tampoco Lily te pegaba a ti.

—Tampoco ha sido nada serio. Una cita de una noche y nada más.

—¿No vas a volver a verla?

—No, no lo creo. Tengo que confesarte que me aburrí mucho.

—¿Entonces la idea de los hoteles te parece bien? Nos alojaríamos en un hotel y yo describiría lo positivo y tú lo negativo. Y lo discutiríamos en la revista.

—¿Estás hablando de ir juntas?

—O por separado, como tú quieras.

—Bueno, ya veremos. No lo descarto, podría funcionar. Sigamos.

Durante horas trabajaron como nunca antes lo habían hecho. Pasadas las nueve de la noche el estómago de Emma dio un rugido, lo que provocó una carcajada en Regina.

—¿Tienes un dragón ahí dentro?

—Tengo un agujero negro capaz de tragarse un dragón, más bien.

—Si quieres lo dejamos.

—¿Ahora que estábamos empezando a ponernos de acuerdo? Yo voto por pedir algo de comer y que nos lo traigan, y terminar.

—De acuerdo.

—¿Pizza?

—Pizza está bien.

—¿Alguna en especial?

—Sin cebolla. El resto me da igual.

Regina cogió su móvil y buscó en él un número. Llamó para hacer un pedido, mientras Emma echaba un vistazo a la lista de artículos que habían confeccionado juntas y de la cual solo había tachado una pequeña parte. Tenía que reconocer que eran mucho mejor trabajando juntas que enfrentándose la una a la otra. Pero Regina tenía razón: renunciar a sus discusiones restaría una buena parte de diversión al trabajo. Regina colocó el móvil sobre la mesa, y antes de que la apantalla se apagara, Emma pudo ver la foto de Roland como fondo de pantalla.

—No te imaginaba llevando la foto de tu sobrino como fondo de pantalla.

—Hay muchas cosas de mí que no te imaginas. No soy la mujer que piensas. Al principio de conocerme me etiquetaste como la tipa insustancial y mujeriega que muestran las revistas, pero esa no soy yo.

Emma guardó silencio admitiendo sus palabras.

—Tengo que confesar que también yo te juzgué según la primera impresión que me diste en la oficina de August y que tampoco eres así. De modo que estamos en paz.

—Sí, supongo que sí.

Emma alargó la mano hacia el teclado para seguir con el trabajo, pero Regina se la agarró impidiéndoselo.

—Descansemos un rato, la pizza solo tardará quince o veinte minutos, según me han dicho. Despejemos un poco la mesa y continuaremos después de comer. No me gusta trabajar a intervalos de tiempo pequeños, funciono mejor cuando sé que no tendré que dejarlo en un buen rato.

—De acuerdo.

Emma se quitó la chaqueta que se había desabrochado.

—Me quitaré esto, no sea que se manche. Me cuesta mucho dinero que me las hagan a medida.

—¿Y querrías decirme por qué usas esa ropa que tan poco te favorece y que supongo que tan incómoda resulta?

—Me escondo tras ella, Regina —admitió—. Cuando empecé a trabajar nadie me tomaba en serio. Querían darme reportajes de moda, de peluquería… ese tipo de cosas. También me insinuaron que pasara por alguna cama para conseguir buenos artículos.

—¿Y lo hiciste?

Ella clavó en sus ojos una mirada dura.

—¿Tú que crees?. Regina sonrió.

—No, no lo hiciste.

—También hubo quien me ofreció trabajo por pertenecer a la familia White, de modo que decidí «matar » a Emma White definitivamente. —Tome el apellido de mi abuela materna, me presenté aquí a buscar trabajo para un puesto de redactora con mi actual caracterización y lo conseguí entre varias candidatas. Y aquí sigo.

—Pero no de redactora.

—No, estuve haciendo ese trabajo un año, luego pasé a jefe de edición y luego August empezó a planear la publicación de Mixtrum y aquí estoy.

—Estamos.

—¿Y tú cómo te metiste en esto?

—Me metieron. Me encanta estudiar; tengo que confesar que si pudiera dedicar mi vida a hacerlo sería feliz. Después de estudiar periodismo me dediqué a hacer cursos de perfeccionamiento y diversos masters.

Emma frunció el ceño.

—¿Llevas años y años haciendo cursos de perfeccionamiento? Por que no eres ninguna jovencita, Regina.

—Tengo treinta y seis recién cumplidos. Y no soy ninguna jovencita, pero periodismo es la tercera carrera que estudio.

—Sé que también hiciste derecho con Lily. ¿Cuál es la tercera?

—En realidad, la primera. Gestión y administración de empresas. Esa para complacer a mi padre. Luego derecho, también por el bien de la empresa familiar y periodismo por vocación. Y ninguna la he aprobado con ayuda de mi padre, como pareces pensar. Por eso tuve serias dudas desde el principio sobre Mixtrum; la revista tal como tú la planteabas no iba a funcionar. Ya sabes, los estudios de mercado y todo eso. No hay público para ese tipo de publicaciones si lo que quieres es ganar dinero, y habiendo accionistas por medio, lo que les interesa es ganar cuanto más mejor. Y volviendo a tu pregunta, hubo un momento en que mi padre me dijo que ya estaba bien de estudiar y que debía empezar a «ganarme el pan». No es que lo necesite, tengo mi propio dinero porque al cumplir los veintiuno recibimos una generosa cantidad tanto mi hermana como yo, que sabiamente invertida ha ido generando beneficios suficientes para mantener mi tren de vida con relativa holgura. No dependo económicamente de mi padre desde hace mucho tiempo. Pero él cree seriamente en el trabajo, se ha hecho a sí mismo y considera que una persona no madura hasta que se enfrenta diariamente al mundo laboral. Y decidí darle el gusto.

—Y te metió aquí.

—No es tan simple.

—¿No?

—Su intención es que trabaje en el negocio familiar, pero como tenía sus dudas de que yo pudiera cumplir una rutina de trabajo quiso que probara en otro sitio «para ir me adiestrando» antes de ocupar el lugar que me está esperando en la dirección de la cadena de hoteles, como mi hermana. Fui yo la que pidió trabajar en una publicación.

—¿Y por qué Mixtrum?

—Porque estaba a punto de lanzarse al mercado, era algo que todavía no había empezado… y por que mi padre es el accionista mayoritario del periódico.

Emma frunció el ceño.

—Entonces… ¿lo de quitar mis artículos de la revista y esconderlos en un anexo es cosa suya?

Regina se encogió de hombros.

—Podría ser. Quizá quiera dejarme la dirección a mí sola. Emma endureció la mirada.

—¿Y tú estás ayudándome para llevarle la contraria a tu padre?

Regina se puso seria y la miró fijamente a los ojos, esos ojos que podían lanzar chispas cuando se enfadaba y que ahora le pedían una respuesta sincera.

—No, no lo estoy haciendo por eso. Te estoy ayudando por que Mixtrum es «nuestra», no mía, y por que pienso que eres una periodista estupenda, mucho mejor que yo. Pero yo tengo más visión de mercado que tú. Somos un equipo y no me apetece dirigirla sola.

La mirada de Regina se había clavado en la de ella con intensidad antes de pronunciar la última frase. Emma sintió que se le aceleraba el corazón. Carraspeó y dijo.

—¿Por que te divierte pelearte conmigo?

—Entre otros motivos.

—¿Qué motivos?

—Cosas mías.

El móvil de Regina se agitó sobe la mesa antes de empezar a sonar. Ella comprobó la llamada.

—Nuestra cena. Bajo un momento a recogerla a la puerta —dijo levantándose.

Emma la vio salir de la oficina. A lo largo del día Regina había ido perdiendo algo del aspecto pulcro que presentaba por las mañanas. Mientras trabajaban, ella misma se había ido pasando las manos por el cabello despeinándose ligeramente. Un mechón le caía sobe la frente y otro, de punta, sobresalía a un costado de la cabeza.

De pronto se dio cuenta de que ya no soportaba más la rigidez de su propio peinado, y se quitó las horquillas, masajeando el cuero cabelludo para aliviar la opresión. Uno de los mejores momentos del día era cuando llegaba a casa, se deshacía la coleta y se desprendía de los zapatos. Esos hacía ya rato que reposaban fuera de sus pies junto a una pata de la mesa de la oficina. Sacudió la melena haciendo que tomase su propia forma, y se dispuso a disfrutar de la pizza y el vino que Regina había pedido para acompañarla.

Despejó la mesa mientras ella subía, colocó el portátil de ella sobre el archivador y desplazó las sillas hasta la esquina que había dejado libre. Salió a la antesala y cogió dos vasos de los que tenía Rubí para los desayunos y sacando unos cleenex de su propio bolso, los dobló como si fueran servilletas. Y sintió una especie de cosquilleo por dentro mientras preparaba la mesa para la cena.

Regina empujó con su pie la puerta de la oficina. En una mano llevaba la pizza y en la otra la botella de vino. Se detuvo al ver a Emma colocando las servilletas con la cabeza baja y el pelo cayéndole sobre los hombros. Con el cabello suelto, la expresión de su cara se suavizaba hasta perder el rictus de rudeza que la caracterizaba.

«Cálmate, Regina», pensó. «No lo estropees. Esta noche amistad, compañerismo y trabajar juntas codo con codo. No la jodas».

Colocó la pizza sobre la mesa y con mano experta abrió la botella de vino. Vertió un poco en cada vaso mientras Emma abrió la caja de pizza y el olor se extendió por todo el despacho.

Regina cogió un vaso y lo alzó para brindar.

—¡Por Mixtrum!

Emma chocó el suyo y bebió un sorbo. No era una experta, pero sabía apreciar un buen vino cuando lo tomaba.

De repente se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.

«Y no solo de comida», se dijo. Porque la presencia de Regina, ahora que habían dejado de trabajar, la estaba haciendo desear cosas que no debía. Y sentir cosas que hacía tiempo no sentía. Nada ni remotamente parecido a su salida con Lily unas semanas atrás. Pero no era una buena idea. No con ella.

Se esforzó en comer y en distraer su atención.

—Está muy buena la pizza —dijo—. Y el vino.

—Cuando estuve en Roma tomé este vino en una pizzería y no he parado hasta encontrar un lugar donde lo sirvieran también aquí. Toma otro poco —dijo Regina sirviéndole más.

—No olvides que estamos trabajando y tenemos que terminar esto.

—Lo terminaremos, no te preocupes, pero más relajadas.

—Yo me siento muy relajada, la verdad. No pensé que pudiera trabajar contigo de esta forma.

Regina la miró a los ojos con intensidad.

—Es solo cuestión de un poco de buena voluntad, Emma. Y de no ver un enemigo en quien no lo es. Una competidora, una antagonista en el trabajo quizás, pero también una compañera o una amiga fuera de él.

Emma siguió comiendo y tomando su vino a pequeños sorbos. Regina quizás tuviera razón, no había motivo para que no fueran amigas fuera del trabajo. Se encontraba realmente a gusto aquella noche trabajando codo con codo con ella. Su sonrisa, en vez de irónica, hoy le parecía franca y sincera, sus ojos brillaban y su voz era cálida y amistosa. Más cálida a cada sorbo de vino que tomaba.

—Regina, ¿puedo hacerte una pregunta un poco personal?

—Claro.

—Si de verdad tienes dinero para comprar esta y diez revistas más, ¿por qué sigues trabajando aquí?

Ella se encogió de hombros.

—¿Quieres la verdad?

—Sí, por supuesto.

—La culpa es tuya. Desde el primer momento en que te vi supusiste un reto… y a mí me gustan los retos. Me ofendiste el primer día cuando dijiste que yo era una mujeriega y una inútil, que mi padre me había comprado el título y el trabajo. Ese día me juré que haría que te tragaras tus palabras y que te echaría de Mixtrum.

—Y hoy que al fin tienes la oportunidad de hacerlo estás aquí a las diez y media de la noche de un viernes ayudándome para que no me vaya. ¿Por qué?

—Porque ya no quiero que te vayas.

—¿Y el reto?

Ella le lanzó una sonrisa enigmática.

—Sigues siendo un reto, señorita Swan. Eso no va a cambiar —dijo mirándola con una intensidad que la hizo arder por dentro. Bebió otro sorbo de vino aunque su sentido común le decía que no lo hiciera, que dejara el vaso sobre la mesa, se terminara la pizza y se marchara a su casa y continuaran el trabajo al día siguiente. Pero no lo hizo; aquella noche no quería hacer caso a su sentido común. En lugar de eso se dejó envolver más por la mirada de Regina, que continuaba hablándole con tono bajito e íntimo.

—¿Quieres saber cuál es mi segundo reto contigo? Ella asintió con la cabeza.

—Pues conseguir que vengas al trabajo vestida de persona y dejes respirar ese precioso cabello que tienes.

Alargó una mano y acarició un mechón que caía sobre el hombro.

—Que dejes de aplastar esos pechos gloriosos que la naturaleza te ha dado…

Le lanzó una mirada a los pechos casi planos, ocultos bajo la tela rígida de la camisa blanca. Alargó un dedo y deslizó unos centímetros la tela hacia el hombro hasta mostrar el borde ancho de la tiranta del sujetador tipo camiseta que llevaba puesto.

—Es un pecado que te pongas eso.

—Lo uso solo para trabajar.

—Aunque sea para trabajar. Aquí ya has demostrado de sobra tu valía y tu profesionalidad. Nadie te va a negar el reconocimiento que te mereces porque dejes salir a la mujer que hay en ti, Emma.

Ella parpadeo. Debería responderle con una grosería, darle una de sus respuestas bruscas y desagradables. Debería apartarse y darle una bofetada por decirle aquellas cosas… pero no lo hizo. En lugar de eso alargó las manos hasta su cara y agarrándola con fuerza la acercó hasta la suya con brusquedad. Antes de que se diera cuenta, Regina se había apoderado de su boca con ansiedad y ella respondía a su beso con una pasión y un deseo que ni siquiera sabía que sentía. Sus lenguas se encontraron, se retorcieron una contra otra, sus bocas giraron para tener mejor acceso a la de la otra. Regina hundió las manos en su cabello y le agarró la cabeza para evitar que se separara y siguió besándola separándose solo cuando necesitaba respirar unos segundos.

Sin saber muy bien cómo, Emma se encontró de pie y apretada entre el cuerpo de Regina y el borde del escritorio. Regina apartó una mano de su cabeza y agarrando con fuerza el borde del sujetador lo rasgó haciendo saltar a su vez varios botones de la rígida camisa. De un manotazo apartó lo que quedaba de la pizza y tiró la botella vacía de vino al suelo y sentándola en el borde enterró la cara entre aquellos pechos que la estaban volviendo loca desde que los entrevió por primera vez. Emma hundió también las manos en el cabello de ella y le dirigió la cabeza hacia uno de los pezones. Regina lo agarró con la boca y empezó a succionarlo.

—Más fuerte —gimió ella y esas dos palabras la hicieron enloquecer. Chupó, lamió, mordió, desplazando la cabeza de un pecho al otro. Como pudo, Emma deslizó las manos bajo la cabeza de Regina y tiró con fuerza de los botones de su blusa arrancando en esta ocasión todos y cada uno de ellos, los tocaba pellizcándole y retorciéndole los pezones a su vez.

Emma le abrió los pantalones y comenzaba a quitarselos mientras que Regina le seguía besándo los pechos.

Con manos expertas abrió los pantalones de Emma y de una sacudida se los quitó, tirándolos al suelo, la observo detenidamente con la mirada brillante, la respiración entrecortada, los pechos temblorosos asomando entre los bordes de la camisa.

Arrancó con furia las bragas de algodón que ella llevaba puestas y se excitó aún más al comprobar que su cabello rubio era natual. Había estado con muchas mujeres, pero no recordaba haberse sentido tan excitada en su vida.

Tampoco Emma entendía qué le estaba pasando. Una pequeña parte de su cerebro le decía que debía parar aquello, pero otra le decía que preferiría morirse antes que dar marcha atrás. La agarró por los hombros y la acercó a ella, besándola con furia de nuevo y susurró sobre su boca:

—Vamos, Mills… Demuéstrale lo que sabes hacer a la mujer que hay en mí.

Regina no pudo aguantar más. La penetró con tres dedos de un solo empujón haciéndola lanzar un gemido estremecedor. La empujó hacia atrás sobre la mesa para entrar más profundamente y tener acceso a sus pechos. Emma abrió aún mas sus piernas facilitándole el acceso y arqueaba la espalda y las caderas saliéndole al encuentro en cada embestida. Se mordió los labios hasta hacerse sangre para no gritar.

Regina pensó que si seguían a ese ritmo no iba a tardar en correrse. Redujo el ritmo. Emma la apremió.

—No pares, Regina, por Dios, ahora no.

—Déjame darte algo que nunca te ha dado nadie antes.

En aquel momento Emma estalló en un orgasmo abrasador, mucho más intenso de lo que había experimentado jamás. Apretó las manos contra el borde del escritorio y se dejó llevar. Apenas estaban cesando las sacudidas cuando Regina incrementó el ritmo de nuevo, se limitó a seguir empujando manteniendo un ritmo rápido a veces, lento después hasta hacerla enloquecer.

—Ya he llegado —susurró—. Es tu turno.

—No, Querida… Hoy mi prioridad eres tú..

Siguió empujando hasta que sintió crecer de nuevo la tensión en Emma y se permitió ir más rápido.

Alargó las manos y le pellizcó los pezones hasta que se corrió por segunda vez. En esa ocasión los ojos de Emma se desorbitaron y sus gemidos alcanzaron un tono de voz que se hubiera escuchado desde fuera de la oficina si hubiera habido alguien allí. Regina cerró los ojos y trató de aguantar un poco más.

«No es suficiente», pensó. «Tengo que hacerla gritar; tengo que hacerle sentir algo que no haya sentido antes».

Emma se sentía lacia y desmadejada sobre la superficie de la mesa. Pero Regina siguió moviéndose dentro de ella. La pausa para Emma esta vez fue de apenas unos pocos minutos; en seguida ella aumentó el ritmo esta vez con una fuerza e intensidad apremiantes. Alargó la mano y le masajeó el clítoris con rapidez, y cuando Emma alcanzó el tercer orgasmo y gritó y se retorció sobre la mesa se permitió dejarse ir ella también en uno de los orgasmos más brutales que había tenido nunca.

Apoyó las manos sobre el borde de la mesa para no dejarse caer y trató de recobrar el aliento. Cuando abrió los ojos vio a Emma recostada sobre la mesa con la vista perdida en el techo.

Regina clavó la mirada en ella, tan condenadamente atractiva con el cabello revuelto

—¿Siempre follas así, señora Mills?

—La verdad es que no… no siempre. Solo cuando la ocasión y la compañía lo merecen.

—¿Eso es un cumplido?

—Lo es.

Emma asintió. No sabía qué decir. Tampoco sabía qué hacer. Regina le tendió la mano para ayudarla a incorporarse, pero le costó trabajo, le temblaban las piernas y se sentía desmadejada. Trató de bromear.

—Creo… que no me apetece seguir trabajando.

—Tampoco a mí. Ya lo terminaremos en otro momento del fin de semana. Voy al baño a limpiarme —dijo —. Prométeme que cuando vuelva todavía estarás aquí, Emma.

—No podría ir muy lejos aunque quisiera. Las piernas todavía no me sostienen.

Regina salió de la oficina y ella trató de acomodarse la ropa que había acabado hecha jirones. Las bragas desgarradas, la camisa sin botones, el sujetador rasgado en dos por la parte delantera. No había mucho que pudiera hacer salvo ponerse los pantalones, anudar la camisa a la cintura y abrochar la chaqueta sobre ella para cubrirse los pechos. Desistió de volver a recogerse el cabello, y también de tratar de averiguar qué le había pasado. Nunca se había comportado así con nadie, ni tampoco había sentido un deseo tan feroz por nadie. Probablemente aquello había sido una pésima idea, pero en aquel momento su cuerpo gritaba eufórico y se encontraba incapaz de arrepentirse de lo ocurrido. Ya lo analizaría en otro momento.

Regina entró en la oficina con un aspecto medianamente presentable. Se había peinado con los dedos y se puso también la chaqueta sobre la blusa abierta. Después se paró frente a la mesa y mirando fijamente a Emma le preguntó:

—¿Vas a darme un bofetón?. Emma negó con la cabeza.

—No creo que te lo merezcas. Esto ha sido cosa de las dos, Regina. Probablemente haya sido una malísima idea, pero lo hecho, hecho está. Ya veremos mañana cómo lo solucionamos. Ahora, creo que lo mejor es que nos vayamos a casa.

—¿Cada una a la suya? —preguntó esperanzada.

—Sí, cada una a la suya. Ya he tenido suficiente por esta noche; estoy muy cansada y necesito dormir. Pensaré en esto mañana.

—Espero al menos que mañana no me digas que te arrepientes.

—No creo que nunca me arrepienta de lo que acaba de pasar. Ha sido… glorioso.

Regina se acercó titubeante y le acarició la mejilla.

—También para mí. No soy una adolescente inexperta, pero lo que acabo de vivir esta noche… no lo había vivido nunca antes.

Se inclinó y le rozó los labios muy suavemente, separándose de inmediato, diciéndose que no debía tentar su suerte. Luego se puso a recoger la oficina. La caja de pizza y la botella tiradas en el suelo, los papeles desparramados y arrugados encima de la mesa, los botones de ambas también desperdigados por la habitación. Entre las dos borraron las huellas de lo que había sucedido y apagando los ordenadores y la luz, bajaron juntas en el ascensor y se separaron en el garaje.

—Buenas noches, Regina.

—Buenas noches. Llámame si quieres que sigamos trabajando mañana, estaré en casa. Y si prefieres terminarlo tú sola, lo entenderé. Aunque me gustaría hacerlo juntas.

—Te llamo mañana, decida lo que decida.

—Gracias.

Regina la vio alejarse con el paso algo menos seguro de lo habitual. Despeinada. Preciosa.

—Tú eres mi reto, señorita Swan. Voy por ti.