Emma llegó a su casa y se preparó un largo baño, de esos que se disfrutan sin prisas. Tenía la piel sensible, los pezones irritados y enrojecidos, el sexo dolorido… pero jamás se había sentido mejor en toda su vida. Regina Mills sabía lo que hacía en cuestiones de sexo. Y ocurriera lo que ocurriera y viviera lo que viviera en el futuro, sabía que nunca iba a olvidar lo que había pasado en aquella oficina.
No sabía qué iba a hacer al día siguiente, si podría volver a mirar a Regina a la cara… Ni siquiera sabía si podría volver a llamarla Mills o si se convertiría en Regina para ella. Tampoco sabía ni le importaba qué la había llevado a arrojarse en sus brazos, si había sido el vino, la decepción que había sufrido con Lily, el hecho de que ella hubiera evitado que siguiera adelante con su carta de dimisión. Lo único que sabía era que el listón en cuestión de sexo había subido muchos puntos y a cualquier mujer con que estuviera en el futuro iba a serle muy difícil, si no imposible, superarla.
Cerró los ojos y disfrutó del baño. Luego se secó y se acostó desnuda, apreciando la sensualidad de las sábanas contra su cuerpo. Tardó en dormirse, todavía sentía la adrenalina de lo vivido. Cuando al fin sus ojos se cerraron, soñó con ella. Regina se introdujo subrepticiamente en sus sueños y permaneció allí la mayor parte de la noche. Al despertarse no recordaba exactamente qué había soñado, solo que ella había estado allí.
Se puso una bata sobre la piel desnuda, cubierta apenas con unas braguitas y se preparó un desayuno copioso. Echó de menos a Rubí, le hubiera gustado hablar con ella de lo sucedido la noche anterior. Rubí siempre conseguía poner sus ideas en su sitio cuando estaba confusa. Y estaba muy confusa, se dijo mientras bebía lentamente su café. Era consciente de que tenía que llamar a Regina, pero no sabía qué iba a decirle. No sabía si quería verla para seguir trabajando juntas o poner distancia durante el fin de semana.
El móvil vibró y pegó un respingo. Era Rubí, seguramente deseosa de contarle su experiencia con el hermano de Belle.
—Hola, Rubí.
—Hola. ¿No te he despertado, verdad?
—No, no, ya estoy desayunando. ¿Qué tal fue todo anoche?
—Bastante bien. Will es un hombre encantador. Me ha caído muy bien y no me ha tratado como a un bicho raro.
—Por esa regla de tres también debería mirar a su hermana como un bicho raro.
—Tú me entiendes.
—Sí, mujer, claro.
—Dice que cuando Belle hable con sus padres, él irá después para minimizar un poco el impacto.
—Estupendo.
—¿Y tú, te tuviste que quedar mucho rato anoche en la redacción?
—Sí, me quedé bastante.
—¿Pudiste terminar?
—No, todavía no.
—¿Quieres que vaya y te eche una mano? Belle lo entenderá.
—No, no te preocupes. Tengo que solucionar esto yo sola.
—Emma, ¿qué ocurre? ¿Es Mixtrum? No la van a dejar de publicar, ¿verdad?
—No, pero hay que hacer cambios y presentarlos antes del lunes. Estoy en ello. Estamos en ello Regina y yo.
—¿Regina y tú trabajando juntas?
—Es complicado. Te lo cuento mañana cuando vengas.
—Emma, ¿qué te pasa? ¡Estás rarísima!
—Dímelo a mí.
—Voy para allá inmediatamente.
—No, Rubí… no es necesario.
—¡Cómo que no!
—Vale… te lo digo por teléfono. Hay un problema con Mixtrum, quieren sacar mis artículos de ella y publicarlos en un anexo aparte. August me ha pedido que prepare un nuevo diseño para el lunes.
—¿Crees que Regina tiene algo que ver?
—No, ella me está ayudando con el nuevo formato. Evitó que presentara mi carta de dimisión y se quedó conmigo anoche.
—¿Están trabajando juntas?
—Sí.
—¿De buen rollo?
—Sí.
—Bueno, yo siempre pensé que era buena gente, a pesar de sus diferencias.
—Rubí… tengo un problema con Regina que no sé cómo resolver.
—¿Quieres hablar de ello?
—Anoche… no solo trabajamos juntas. Echamos el polvo del siglo sobre la mesa de mi escritorio.
—¿Y el problema es…?
—Que no sé qué hacer ahora. No hemos terminado el trabajo, deberíamos quedar para hacerlo, pero no sé si es buena idea. Quedé que la llamaría para decirle si prefería acabarlo yo sola o para que viniera a ayudarme.
—La respuesta es muy sencilla. ¿Qué quieres hacer ? No lo que crees que debes hacer, ni lo más conveniente, sino lo que de verdad quieres.
Emma lanzó una breve carcajada. No podía mentirle a Rubí, nunca lo había hecho, y las pocas veces que lo había intentado su amiga la había descubierto en cuestión de segundos.
—Lo que de verdad quiero poco tiene que ver con el trabajo. Pero no es buena idea… lo de anoche no debe volver a repetirse.
—¿Por que es una niña de papá que vive del cuento, una inútil que no sirve más que para pasearse del brazo de mujeres despampanantes?
—No, de hecho no debe repetirse porque no es nada de eso.
—Vaya, al fin reconoces que te equivocaste con ella.
—Ambas reconocimos anoche que nos equivocamos la una con la otra. Estamos en paz. No, el problema es que fue tan jodidamente bueno que si se repite podría hacerme adicta. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un polvo, ni me había excitado tanto con que solo me tocaran un mechón de cabello. Fui yo la que se lanzó sobre ella como una fiera hambrienta, Rubí. Y la respuesta de Regina fue inmediata. Creo que si se repite se me pude ir de las manos.
—¿Sientes algo por ella?
—¡No, no! Solo follamos, no hubo sentimientos por medio. Pero lo hicimos de una forma… Creo que podría acostumbrarme y no es bueno para el trabajo. Cuando follas habitualmente con alguien, tarde o temprano acaba y entonces hay que poner distancia. Si es alguien con quien trabajas, luego es imposible volver a la situación anterior. No, lo de ayer no debe volver a repetirse. Mixtrum es importante para mí y si logro salvar este nuevo bache… No, no quiero joderlo por un par de polvos, por muy apoteósicos que sean.
—De acuerdo, lo del sexo lo tienes claro. Y respecto al trabajo, ¿quieres acabarlo con ella o sola?
—Quisiera acabarlo con ella. Fue agradable trabajar juntas por una vez, y sin que sirva de precedente, claro. Pero no sé si se lo va a tomar como una invitación para algo más. Y si le digo que no, puede pensar que estoy enfadada por lo que pasó, y no es así.
—Bueno, hay una solución para eso. Llámala, dile que vaya a casa, y yo estaré allí también para echar una mano. Trabajaremos las tres y así le dejarás claro que es solo cuestión de trabajo. Y que lo de ayer no fue tan importante.
—Es una buena solución, pero no quiero joderte un fin de semana con Belle.
—Yo he renunciado a muchos fines de semana con ella por culpa de su familia. Ahora tú me necesitas y ahí estaré.
—Bien; la llamaré y quedaré con ella después de almorzar. Así disfrutas de la mañana. O de lo que queda de ella.
—Estaré ahí sobre la cuatro.
—De acuerdo.
Cuando sonó el móvil Regina dio un respingo, aunque llevaba toda la mañana esperando la llamada. Pero no estaba segura de que se fuera a producir, a pesar de que Emma le había prometido telefonearla.
—Hola, Emma. Buenos días.
—Buenos días. Espero no haberte despertado.
—No, hace ya mucho rato que me levanté.
Por un segundo ambas se quedaron calladas, sin saber qué decir. Emma se decidió a hablar.
—Ayer dijiste que no tenías planes para hoy, y si es así me gustaría que me ayudaras a terminar el nuevo formato de Mixtrum.
Regina dejó escapar el suspiro de alivio que llevaba conteniendo desde que sonó el teléfono.
—Estaré encantada.
—Estupendo. ¿Te parece si quedamos esta tarde, en mi casa?
—Sí, muy bien.
—Sobre las cinco. Terminaremos el diseño y yo mañana escribiré algunos artículos y me acercaré por la redacción para dar formato a los textos. En casa no tengo el programa necesario para hacerlo.
—¿No tienes el programa para trabajar en casa?
—No suelo trabajar en mi tiempo libre.
—Bien, yo sí lo tengo. Te lo llevaré y lo instalas y así no tienes que desplazarte a la redacción mañana.
—Gracias.
—De nada.
Volvió a hacerse un breve silencio en la línea.
—Regina, respecto a lo que pasó anoche… Ella contuvo de nuevo la respiración.
—¿Sí?
—Creo que deberíamos olvidarlo. No darle más importancia de la que tiene. Solo fue un polvo.
—Por supuesto. Nunca pensé que fuera otra cosa.
—Somos adultas, con una vida sexual sana y activa. Y estas cosas pasan, aunque no sea muy aconsejable que sucedan entre personas que trabajan juntas.
—Me alegra que pienses así tú también. No somos adolescentes que se suben a las nubes por un polvo, por muy bueno que fuera. Lo que pasó no va a afectar al trabajo. Esta tarde vamos a terminar de diseñar juntas el ejemplar de la próxima semana y el lunes volveremos a pelearnos por cada página a publicar, como lo hemos hecho siempre. Yo volveré a ser la señora Mills y tú serás otra vez la señorita insufrible de la coleta apretada.
—De acuerdo. Y Regina… no me arrepiento.
—Yo tampoco, Querida.
—Hasta luego, entonces.
—Hasta luego. Colgó.
«Somos adultos con una vida sexual sana y activa», pensó. «Yo la tenía, hasta que pusiste tu boca en mi cuello, Querida. Desde entonces la mayor actividad tiene lugar a solas en mi cama, con tu imagen en mi mente. Creo que no me masturbaba tanto desde que tenía quince años. Y tú… creo que hace mucho tiempo que no te dabas un buen revolcón. Y si piensas que voy a dejar que se quede en un polvo, estás muy equivocada señorita Swan. Jugaré todo lo sucio que haga falta para que seas mía, no te quepa duda. Y no me voy a conformar solo con sexo».
Aquella tarde, a las cinco en punto, Regina llamaba al timbre de Emma. Llevaba ropa informal, unos vaqueros y una blusa que marcaba ligeramente sus curvas, sin que se le ajustara demasiado.
También Emma salió a abrirle la puerta vestida con vaqueros y una recatada blusa blanca de manga corta y escote a un par de centímetros del cuello. Sin embargo, no llevaba el odioso sujetador que le aplastaba el pecho y el cabello le caía sobre la espalda, suelto y libre. Y descalza.
—Buenas tardes, Emma.
—Hola, Regina. Puntual.
—No podía arr esgarme a que no me dejaras entrar. Me juego mucho en esto.
—Tú no te juegas nada.
—Claro que sí, la diversión en el trabajo. ¿Te parece poco? Ya te dije que me resultaría muy aburrido dirigir Mixtrum sola.
—De todas formas no puedo dejar que te vayas, aunque hubieras llegado tarde. Traes un programa que necesito.
Regina metió la mano en un bolsillo y sacó un usb.
—Aquí está.
—Pasa. Rubí está preparando café. ¿Te apetece?
—Sí, me vendría bien una taza.
La precedió hasta una habitación amueblada como sala de estar y oficina. En una mesa situada en una esquina había instalado un ordenador con una enorme pantalla y su correspondiente impresora. Un cómodo sillón giratorio colocado delante daba la espalda a la puerta.
Al otro extremo de la habitación, una mesa cuadrada y un pequeño sofá tapizado igual que el sillón le daban un toque menos frío a la oficina.
Rubí apareció en aquel momento con una bandeja cargada con un servicio de café y galletas de chocolate.
—Hola, Regina. Hoy la merienda es cosa nuestra —dijo colocándola sobre la mesa.
—Estupendo.
Mientras tomaban el café y las galletas, pusieron en antecedentes a Rubí sobre lo que habían estado trabajando la noche anterior. Después, las tres se acercaron hasta el ordenador y estuvieron puliendo la lista de posibles temas. A Rubí le encantó la idea de hablar sobre un hotel, si no cada semana al menos de forma quincenal, y explotar de cara al público la diferencia de opiniones que tenían Emma y Regina sobre cualquier tema.
—¿Van a ir juntas? —preguntó con aire de inocencia. Sería fantástico que aquellas dos empezaran a tratarse un poco más fuera del trabajo. Desde un extremo de la mesa las observaba con ojo crítico. Indudablemente algo había cambiado entre ellas desde la tarde anterior. Emma había perdido la rigidez que siempre mostraba cuando estaba cerca de Regina, era ella misma. Y Regina… Ella la había perdido hacía ya tiempo, de eso sí se había percatado, y se la comía con los ojos cuando Emma no la miraba.
—No, será mejor que vayamos separadas. Así cada una asumirá su papel con más libertad —se apresuró a explicar Emma. No era buena idea irse de viaje con Regina Mills después de lo que había pasado.
—¿Y luego van a escribir un artículo cada una o en común?
—No sé… todavía no lo he decidido.
—Podrían hacerlo en forma de diálogo. Una expresa una opinión y la otra la rebate. Resultaría algo innovador.
—Sí, podría funcionar.
—Pero deberan tener mucho cuidado, sobre todo tú, Emma. Los dueños de los hoteles podrían sentirse ofendidos y demandarte por difamación o mala publicidad, o algo así.
—No te preocupes, Rubí. Soy abogada y sé perfectamente lo que podemos o no publicar. No voy a correr ningún riesgo —la tranquilizó Regina.
—Bien, espero que August lo apruebe. Creo que va a ser muy divertido hacer ese artículo contigo, Mills.
—Opino lo mismo, Querida.
Regina instaló el programa con el que trabajaban habitualmente en la redacción, y Emma seleccionó el resto de artículos a presentar el lunes. Sin darse cuenta, se les había pasado la tarde en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando ya estaban terminando, Rubí salió de la habitación. Casi inmediatamente, a Emma le entró un mensaje de WhatsApp en el móvil. Lo miró, apartándose un poco de Regina.
Era de Rubí.
«¿La invitamos a cenar? Creo que se lo ha ganado.»
«¿Crees que es buena idea?»
«Es una compañera de trabajo que ha venido a echar una mano. No le busques tres pies al gato. A menos que no te apetezca tenerla cerca, pero te he visto muy relajada esta tarde.»
«De acuerdo, invítala.»
«¿Yo? No, creo que te corresponde a ti hacerlo.»
«Vale.»
Emma apagó el móvil. Durante diez minutos observó como ella terminaba la instalación y probaba el funcionamiento del programa.
—Bueno, esto ya está listo.
—Muchas gracias, Regina. Te debo una.
—Bueno, ya me lo cobraré de alguna manera. Seguro que hay algún favor que tú puedas hacer por mí en alguna ocasión.
—Para empezar … Rubí y yo vamos a preparar la cena. Quizás te apetecería quedarte y compartirla con nosotras.
Regina frunció el ceño levemente.
—¿Me estás invitando a cenar, señorita Swan?
—Sí, creo que eso es lo que estoy haciendo. Si no tienes ningún otro plan y te apetece, claro.
—Acepto encantada. No tengo planes, no sabía cuánto nos iba a llevar terminar el trabajo; pero aunque los tuviera los cancelaría encantada. Me mata la curiosidad por saber qué eres capaz de hacer con una sartén.
—¡Idiota! —dijo ella riendo—. No soy ningún chef, pero cocino de forma aceptable.
—Eso lo tendrás que demostrar. Rubí entró en la habitación.
—Regina se queda a cenar con nosotras, Rubí.
—Estupendo. Si puedo ayudarlas…
—¿Sabes cocinar?
—Me defiendo. A una ensalada y unos filetes, llego.
—A la cocina entonces. Rubí, abre unas cervezas mientras cocinamos —dijo mirando a Regina—. Lo siento, no tengo vino.
—La cerveza irá perfectamente.
Las tres entraron en la cocina, y se demoraron preparando la cena en un ambiente de camaradería nunca vivido antes. Entre bromas y sorbo y sorbo de cerveza bebida directamente de las botellas, Regina y Emma más parecían dos amigas que las rivales que habían sido hasta ese momento. Y esperaba sinceramente que su amiga no se cerrase en banda y se negara a ver lo que estaba empezando a pasar entre ellas.
