La nueva Mixtrum

El lunes llegó y Emma entró en la redacción con un proyecto bien documentado en la cartera y tres artículos ya escritos y listos para publicar. También una carta de dimisión como plan B, si el proyecto era rechazado.

Como siempre, había llegado un poco antes de las ocho y preparada mentalmente para afrontar lo que se le viniera encima, fuera lo que fuera.

Al entrar en la oficina, por un momento las imágenes de lo sucedido el viernes anterior llenaron su mente y su cuerpo respondió involuntariamente, pero enseguida se repuso. Sabía que de no hacerlo, le iba a resultar muy difícil seguir trabajando allí y, sinceramente, esperaba continuar en Mixtrum durante mucho tiempo. Regina y ella habían trabajado duro el fin de semana para conseguirlo.

La noche del sábado las tres habían compartido una amigable cena y una charla agradable. Quizá porque se encontraban en su casa, o por que Rubí estaba presente, por primera vez se había podido comportar con Regina como ella misma, abiertamente, sin fingir que era una persona que no era, sin dureza, sin estar en guardia. A lo largo del fin de semana habían ido cayendo todas sus defensas, el muro que había construido a su alrededor para protegerse del mundo, y había vuelto a ser Emma, ni White ni Swan. Simplemente Emma, una mujer a la que solo Rubí conocía bien. Y a la que Regina Mills estaba empezando a vislumbrar.

Pero eso había sido durante el fin de semana. En cuanto entró en su oficina se volvió a poner la coraza. Se había vuelto a colocar el uniforme de chica dura y se había hecho la coleta más apretada y tirante que nunca. Y esperó a que Regina llegara.

Ella no la avisó cuando llegó a la redacción, pero Emma no tuvo duda de que había sido puntual, y a las ocho y cinco la llamó al teléfono de su mesa.

—Buenos días, Emma.

La voz de ella también sonó impersonal.

—Buenos días, Mills.

Estuvo tentada de decir Regina, casi se le escapó, pero se contuvo a tiempo. Tenía que volver a ser Mills si no quería que la situación se le escapase de las manos. Quizás fuese Regina fuera del trabajo, pero allí debía ser Mills.

—En media hora me pasaré por la oficina de August para presentar el nuevo proyecto. Me gustaría que me acompañaras.

Regina ocultó una sonrisa de satisfacción y dijo, consciente de que Edward escuchaba la conversación:

—¿Tienes miedo de August, Querida? ¿Necesitas que te proteja?

—No necesito protección de nadie, pero estos cambios no son solo míos, por primera vez tenemos un proyecto común y quiero que lo presentemos juntas. Creo que funcionará mejor si convencemos a August de que estamos colaborando de verdad.

—De acuerdo, señorita Swan. Allí estaré a las ocho y media en punto; ni un minuto antes ni uno después. Defenderemos Mixtrum en un frente común.

—Deja de hacerte la payasa y ponte a trabajar de una vez.

—¡A la orden!

Emma colgó. Todo volvía a estar como siempre.


A las ocho y media Regina y ella entraban en la oficina de August. Si este se extrañó de verlas aparecer juntas, no dijo nada. Comprobó cuidadosamente el nuevo proyecto tanto de la revista como del anexo que escribiría exclusivamente Emma, y sonrió satisfecho.

—Sabía que lo lograrías.

—No lo he hecho sola, ha sido cosa de las dos.

—Me alegro de que al fin hayan comprendido que si no trabajan juntas en vez de una contra la otra, esto no va a funcionar.

—Ya. Bueno, más vale tarde que nunca.

—Creo que uno de los artículos con más peso es el de los hoteles. ¿De quién ha sido la idea?

—De Regina. Pero a mí también me gustó inmediatamente.

—Supongo que eres consciente de que tienes que ir con mucho cuidado con lo negativo que dices en el artículo.

—Por supuesto, no te vas a enfrentar a una demanda, te lo prometo.

—Lo tenemos controlado. Haremos que el artículo se convierta en un reclamo de publicidad a pesar de las críticas, la gente sentirá curiosidad por saber quién de las dos tiene razón.

—Bien. Haré que les paguen el alojamiento de una noche, una cena y un desayuno. ¿Tendrán suficiente para recabar la información necesaria?

—Sí, será suficiente.

—¿Lo harán entre semana o en fin de semana? ¿Irán juntas o por separado?

—Mejor por separado, pienso que una de las dos debe permanecer en la redacción para ocuparse de todo — se apresuró a aclarar Emma

—Rubí y el resto de tu equipo es perfectamente capaz de hacerlo por un día.

—Lo sé, pero a pesar de todo creo que es mejor ir cada una por su lado y en días diferentes.

—Bien, como quieras. ¿Por dónde van a empezar ? ¿Tienen ya algún hotel pensado para el primer ejemplar ?

—Que decida Emma. Lo que sí te puedo decir es que si en algún momento incluimos uno de los hoteles de mi padre, la revista se ahorrará los gastos y la publicidad calmará al principal accionista de Mixtrum. Pero el proyecto es de Emma, si quiere excluir los hoteles de mi familia, yo aceptaré su decisión.

—Regina tiene razón. ¿Tú qué opinas?

Emma lo pensó un momento. Sabía que solo un mes antes se habría negado en redondo y habría creído que todo era un movimiento solapado para hacerle publicidad a la empresa familiar; pero ahora estaba segura de que Regina solo trataba de hacerle ganar puntos en las altas esferas.

—De acuerdo. Es más, creo que deberíamos empezar por uno de ellos para ver la aceptación del público. Probaríamos sin coste económico para la redacción.

—Bien. ¿Qué días irían?

—Mejor a principios de semana, puesto que tenemos que entregar todo los viernes.

—¿Lunes y martes?

—Sí, me parece bien.

—Regina los lunes y yo los martes; así estaré aquí si hay algún problema con la edición.

—Tú mandas, Querida.

—Y por esta vez elige el hotel tú, que los conoces mejor. Los demás los decidiremos juntas.

—De acuerdo. Saldré esta tarde —dijo mirándola burlona—. Y espero que mañana me permitas llegar más tarde de las ocho. Si tengo que apreciar un desayuno a muchos kilómetros de aquí, me resultará imposible llegar puntual. Ojala pudiera teletransportarme.

—Solo los martes, Mills. No vayas a acostumbrarte.

—Bueno, chicas, pues manos a la obra.

Se levantaron y salieron del oficina. Mientras caminaban, Regina extendió la mano y le pidió:

—Dámela.

—¿El qué?

—La carta de dimisión que sé que tienes escondida en alguna parte.

—¿Cómo…?

—Dámela.

Emma hurgó entre los papeles y se la tendió.

—Tengo el borrador en el ordenador, puedo volver a imprimirla cuando quiera.

—Ya lo sé; es simbólico —. Dijo ella rasgándola en dos pedazos, y luego en cuatro.

—Listo. Y ahora a trabajar, que tengo que salir de viaje esta tarde. Haré las reservas y te mandaré la tuya por e-mail.

—De acuerdo. Y recuerda, Mills, que no vas de viaje de placer sino a trabajar. Deja a tus amiguitas aquí.

—Tú también a Lily.

—Por supuesto. En ningún momento he pensado en llevármela. Se separaron, dirigiéndose cada una a su oficina.


Regina se fue a media tarde. Tenía doscientos cincuenta kilómetros hasta el hotel que había escogido. Uno que no tuviera problemas a la hora de hacer una reserva con tan poco tiempo de antelación. Y con algún que otro tipo de reclamaciones habituales para que tanto Emma como ella pudieran realizar un primer artículo presentando la nueva sección.

Se alojó en él y pidió que le dieran una habitación estándar, no una de las suites donde habitualmente alojaban a los miembros de la familia. Aun así, la habitación era espaciosa, con un amplio ventanal y contaba con un cuarto de baño moderno y completo. Ahí Emma no iba a tener nada que objetar.

Bajó a cenar, pidió varios platos de la carta y comprobó que eran aceptables, aunque no valían el precio que había que pagar por ellos.

Después, dio un paseo por las instalaciones y entró en un bar a tomar una copa en una mesa apartada, y luego regresó al hotel.

Mientras se desvestía pensó en cuánto le gustaría que Emma la acompañase en los viajes. Para conocerla mejor, porque cuanto más la trataba fuera del ámbito de trabajo y más a fondo la conocía, más le gustaba. Había descubierto a una mujer fuerte, inteligente e incluso divertida. Capaz de disfrutar de una comida o unas cervezas y de un rato de charla distendida. Quizás algún día quisiera acompañarla y disfrutar con ella de un viaje, aunque fuese de trabajo.

Pensar en Emma la excitó, y sin saber cómo, se encontró marcando su número y pulsando un botón para grabar la conversación.

La voz de ella extrañada, respondió inmediatamente.

—¿Sí, Regina?

—Buenas noches, señorita Swan.

—¿Ocurre algo? —preguntó consciente de que jamás la había llamado al móvil y mucho menos fuera de las horas de trabajo.

—No, solo quería hablar contigo.

—¿Conmigo? ¿Sabes qué hora es?. Ella miró el reloj.

—Las once y cuarto de la noche.

—¿Y se puede saber qué quieres?

—¿Te he atrapado en un mal momento?

—Me has atrapado en un momento «fuera de las horas de trabajo».

—Yo, en cambio, estoy trabajando en estos momentos. Estoy aburrida y puesto que no me dejaste traer a ninguna amiguita para distraerme, he estado pensando en alguien a quien darle lata un rato… y la única persona que se me ocurre eres tú.

—¿Me has llamado para darme la lata?

—Básicamente, sí.

—Joder, Mills, eso es fuerte.

—El aburrimiento es muy malo, Querida.

—¿Pues sabes una cosa? Estaré en mi derecho si mañana te llamo yo con la misma intención.

—Sí, estarás en tu derecho de hacerlo.

«Hazlo», pensó.

—Por que el trato es que tú también te vengas sola.

—Mills… yo no mezclo el trabajo con…

Se interrumpió al recordar el viernes anterior y se mordió la lengua.

—Continúa… ¿No mezclas el trabajo con…?

—Nada, olvídalo.

Regina rió bajito y Emma supo que ambas pensaban en lo mismo.

—¿Y durante cuánto tiempo piensas darme la lata?

—Pensaba hacerlo durante un rato. ¿Por qué? ¿Acaso estás acompañada?

—Eso no es asunto tuyo. Yo hoy no estoy trabajando.

Regina trató de aguzar el oído por si escuchaba alguna voz, sintiendo el aguijón de los celos pincharla despiadada. Pero no se escuchaba nada más que el murmullo lejano de la televisión.

—Bueno, no te entretendré demasiado. Solo quería decirte que cuando vengas mañana pidas la wifi y tendrás para empezar a poner pegas.

—¿Por qué? ¿Qué le pasa a la wifi?

—No voy a hacer tu trabajo, señorita Swan. Descubrelo.

—Oye, Regina, ¿quién está siendo insufrible ahora?

—Supongo que yo. Y ahora entiendo por qué te gusta tanto. Estoy disfrutando demasiado.

—¡Que te jodan, Mills!

—Ojalá, Querida, pero hoy tú me lo has negado. Tendré que jugar sola…

La mente de Emma formó inmediatamente la imagen de Regina tocándose en la soledad de la habitación y se excitó hasta el punto de sentir húmeda la ropa interior.

—Pues adelante, no te prives. Y déjame a mí ver la tele.

—Hasta mañana, Emma.

—Que duermas bien, Mills. Y no te retrases más de lo necesario.

Regina apagó al móvil y le dio al botón de reproducir la conversación, mientras introducía la mano por debajo de las sábanas y empezaba acariciarse, acunada por la voz irritada de Emma.

Emma también colgó. Se quedó mirando el móvil pensando en si lo que Regina había dicho sería cierto, si iba a masturbarse. Algo le dijo que sí, y despidiéndose de Rubí sin terminar de ver la película, se fue a su habitación para calmar ella también la repentina excitación que se había apoderado de su cuerpo. La idea de hacerlo, mientras también Regina lo estaba haciendo a muchos kilómetros de distancia le produjo un morbo increíble. Por primera vez en su vida se masturbó pensando en una mujer determinada, en Regina Mills, en sus manos, en su boca y en su cuerpo que tres noches atrás la había llevado a un orgasmo estremecedor y esa noche había conseguido excitarla con una simple insinuación, hasta el punto de no poder esperar a que terminase la película. Hasta el punto de querer compartirlo con ella en la distancia.


Regina llegó a media mañana, antes de lo que Emma había imaginado. Se presentó inmediatamente en el oficina de ella para anunciarle su presencia en la redacción.

Presentaba un aspecto fresco y descansado, a pesar de llevar ya muchos kilómetros encima a aquella hora de la mañana.

—Buenos días, Emma.

—Buenos días, Regina. ¿Qué tal el viaje?

—Bien. Traigo buen material para el artículo. A ver qué tal te va a ti.

—Saldré esta tarde, después de comer. Y seguro que encuentro puntos suficientes para rebatir los tuyos.

—No lo dudo. El hotel es muy agradable, aunque les he advertido de tu llegada y les he dicho que te den la peor habitación que tengan.

—¿Has sido capaz?

—Solo bromeaba. No te he mencionado para nada, tendrás que apañarte tú solita.

—Estupendo. Ponte a trabajar para que cuando yo llegue mañana podamos empezar el artículo.

—De acuerdo. Que tengas buen viaje.

—Gracias.

Se dio media vuelta para salir, pero la voz de Emma la detuvo.

—Ah, Mills… No hagas muchos planes para esta noche, no sea que yo también me aburra y decida fastidiarte un rato por teléfono.

Ella lanzó una carcajada.

—No dudo que lo harás, Querida. Lo soportaré.


También Emma disfrutó de una agradable cena en el hotel aquella noche. Después se dirigió al mostrador de recepción a solicitar la wifi, tal como le había recomendado Regina, y comprobó que le pedían una cantidad desorbitada de dinero por el acceso a internet. Aun así, la pidió y después de mucho rato consiguió una conexión lenta y bastante deficiente. Lo anotó en su lista para su puesta en común del día siguiente. Ya tenía un par de puntos negativos respecto a la comida. A la habitación no podía ponerle ninguna pega.

Se metió en la cama y se puso a leer un rato. A las once y cuarto en punto, llamó a Regina.

—Buenas noches, Mills. ¿Interrumpo?

—Sí, Querida, pero no lo que esperas. Estoy cenando en casa de mi hermana. Como estaba segura de que llamarías, no he hecho otro tipo de planes.

—¿Tan previsible soy?

—No, pero me advertiste ayer. Emma lanzó una carcajada.

—Saluda por ahí de mi parte.

Regina apartó el móvil de su oído por un momento.

—Emma les manda saludos. Zelena levantó una ceja, divertida.

—Devuélveselos de nuestra parte.

—Lo he escuchado —dijo Emma.

—Bien, entonces ya sabes que aquí te aprecian. Supongo que porque no te tienen que aguantar todo el tiempo.

—Eso será. Pero te aguantan a ti, así que deben ser masoquistas. Bueno, puesto que ya te he fastidiado un poco, yo vuelvo a mi libro.

—Que lo disfrutes, Querida.

—Hasta mañana, Mills.

Regina colgó. Y se encontró con las miradas cómplice de su hermana y divertida de su cuñado.

—¿La señorita insufrible te ha llamado?

—Sí. De seguro intentaba fastidiarme un polvo, pero yo me lo esperaba así que no he hecho ningún plan de ese tipo.

—¿Tú esperabas que te llamara?

—Sí, porque yo le hice ayer lo mismo a ella.

—De modo que las cosas han cambiado. Ahora no se fastidian en el trabajo, sino fuera de él.

—Sí, eso parece.

—Bueno, es un paso.

—¿Un paso para qué, Zelena?

—Tú sabrás, hermanita. Pero indudablemente es un paso. Regina se echó a reír.

—Sin comentarios.

—¿Puedo decirte una cosa, Regina?

—Claro. La vas a decir de todas formas…

—Emma me gusta… más que Elsa.

—¿Puedo decirte yo otra, Zel? A mí también.