Emma y Regina se encontraron en el comedor para saborear el magnífico desayuno bufé que ofrecía el hotel.

Ambas habían dormido poco, sumidas en sus pensamientos. Regina había luchado consigo misma durante horas, para no levantarse y llamar a la puerta de Emma, a veces pensando en suplicarle que la dejara pasar la noche con ella, a veces diciéndose que lo mejor era abalanzarse sobre ella apenas abriera la puerta y besarla hasta que no pudiera resistirse.

Sabía que Emma la deseaba tanto como ella lo había leído en sus ojos cuando se dieron las buenas noches; pero luego volvía a pensar con la cabeza y decidía quedarse donde estaba. Ella había entendido perfectamente sus insinuaciones y las había rechazado, y no era en absoluto buena idea forzar la situación ahora que iban a dar un paso tan importante como compartir la propiedad de la revista. Se iban a atar la una a la otra y no quería asustarla, mezclando sentimientos con trabajo. Porque ella tenía sentimientos respecto a Emma, no era solo sexo o atracción lo que la inspiraba.

Tenía treinta y seis años, y estaba cansada de amigas con derecho a roce. Cada vez le apetecía más disfrutar de lo que tenían su hermana y Robín, y cuando pensaba en ello era a Emma Swan a quien veía a su lado. Con su melena rubia suelta sobre los hombros, sus pies descalzos y su lengua mordaz que la excitaba con solo pronunciar una frase… cualquier frase. Esperaría. Debía esperar si quería tenerla.

Emma, por su parte, tendida en la cama miraba al techo tratando de analizar sus sentimientos. Estaba muy confusa. Cuando leyó los documentos de la compra conjunta de Mixtrum y supo que Regina estaba allí, al alcance de su mano y no en su casa, sintió el impulso de buscarla y abrazarla para darle las gracias, pero no por darle la oportunidad de compartir la propiedad, no por ponerle Mixtrum en las manos, sino por no haberla defraudado, ni traicionado como había pensado en el primer momento. Por seguir siendo la mujer que ella había empezado a apreciar, además de desear.

Y eso era algo con lo que tenía que lidiar a diario, su deseo por Regina Mills. Había estado a punto de ceder cuando ella insistió en firmar el documento de compra ante la puerta de su habitación. No estaban hablando del documento y ambas lo sabían. Hubiera sido fantástico pasar la noche con Regina, hacía mucho que no dormía con una mujer, años; por alguna razón las mujeres les parecía más complicada que los hombres. Sí, deseaba hacer el amor con ella hasta el agotamiento y luego dormirse rodeada de los brazos, aroma y todo aquello que representaba Regina. Y despertar cuando el cuerpo hubiera decidido que había descansado lo suficiente, con esa languidez que proporciona una buena noche de sexo y que no había disfrutado desde hacía mucho. Y premiarse con un buen y generoso desayuno para reponer fuerzas.

Pero no era buena idea hacer eso con Regina Mills, porque probablemente la llevaría a desear más cosas. Cosas que una mujer como ella no podía darle. Era cierto que Regina no era como había pensado cuando la conoció, que era una mujer inteligente y trabajadora, íntegra y de fiar … Pero una cosa seguía siendo cierta: era un mujeriega que iba de cama en cama, de mujer en mujer, y aunque hubiera cortado con Elsa, eso no significaba que no tuviera a otra u otras en su vida. Sexo, aunque sexo genial, era lo único que Regina Mills podía ofrecerle, y aunque de momento era lo único que deseaba de ella, no estaba segura de que en el futuro siguiera siendo así. Si era sincera consigo misma, Regina la atraía demasiado para controlar la situación si seguía acostándose con ella. Era mejor mantenerla en otra habitación aquella noche… y todas las noches de su vida. Aunque llevara horas dando vueltas en la cama pensando en ella, y luchando consigo misma por no cruzar los pocos metros que las separaban.


Se reunieron en el comedor, tampoco ella había pasado una buena noche, se le notaban las ojeras que la ducha matutina no había conseguido eliminar del todo.

Se sirvieron un generoso desayuno y charlaron sobre Mixtrum. Decidieron hablar con las chicas cuando llegaran y proponerles que dejaran la redacción y trabajasen para ellas. Regina estaba segura de que aceptarían; Emma sabía que contaba con Rubí, pero tenía sus dudas sobre Rose y Ashley. También tenían que encontrar un local donde instalarse, y negociar con August la impresión de la revista mientras no tuvieran rotativa propia. Porque Regina no pensaba quedarse ahí, Mixtrum sería solo el principio. Habló con entusiasmo durante el desayuno sobre la futura ampliación de la sociedad, animando a Emma a exponer sus opiniones, sus proyectos. Cuando se dieron cuenta, eran las únicas que quedaban en el comedor y los camareros recogían los servicios de desayuno y preparaban las mesas para el almuerzo, pero ambas intentaban retrasar el momento de marcharse, alargando aquel rato de camaradería todo lo posible.

—Creo que deberíamos marcharnos —dijo Emma—, antes de que nos echen.

—Sí, sera mejor.

Se levantaron y, mirando el reloj, Regina propuso:

—¿Firmamos ahora los documentos? Antes de que te arrepientas.

—No me arrepentiré, Mills. No tendrás esa suerte. Pero sí, creo que es momento de sellar nuestra relación laboral.

Subieron hasta la habitación de Emma. Regina lanzó una mirada a la cama, revuelta y desordenada y contuvo las ganas de desordenarla aún más.

Emma sacó el documento de la sociedad y lo firmó. Luego se lo pasó a Regina, que hizo lo mismo.

—Bueno, ahora somos socias. Mixtrum ya es nuestra, tuya y mía. Somos nuestras propias jefas.

—Sí, soy consciente de ello, y no sabes cuánto me alegro. Pero voy a seguir teniéndote a raya, Mills.

—No tengo la menor duda. Aunque tienes que reconocer que me debes una.

Emma la miró fijamente a los ojos.

—¿Qué pretendes?

Regina sonrió con picardía.

—Cobrarme el favor, por supuesto.

Emma sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza, y un cosquilleo se instaló en su estómago y su vientre.

—¿Nunca haces nada gratis?

—No, Querida. Tendrás que aprender a vivir con eso; no soy una mujer desinteresada.

—Bien, ¿qué pides? ¿La portada durante un mes? ¿Otra cena?

—No, esta vez el favor es mucho mayor. Quiero todo un día.

Imágenes de ellas dos juntas en la cama por la mañana, desayunando, haciendo el amor más tarde, durmiendo la siesta, se colaron sin permiso en la mente de Emma.

—¿Todo un día? —preguntó con voz ligeramente ronca.

—Sí. De hecho, el día de hoy. Ya somos nuestras propias jefas, podemos decidir en qué momento redactamos los artículos, siempre que lo hagamos antes del viernes. Hoy es miércoles, y yo propongo que no regresemos aún, que pasemos el día haciendo turismo por la zona. Que volvamos esta tarde a última hora.

Emma sintió una extraña mezcla de alivio y decepción.

—¿En serio quieres hacer turismo conmigo?

—Sí. Pienso que ahora que vamos a trabajar más estrechamente, deberíamos conocernos mejor, también fuera del ámbito de trabajo. ¿Qué dices, señorita Swan?

—De acuerdo. Pero durante el día de hoy, Emma. Ni señorita Swan, ni Querida.

—Y tú…

—Yo prometo llamarte Regina todo el tiempo.

—Perfecto. ¿Llamas tú a la redacción para decirles a las chicas que se ocupen de todo, o lo hago yo?

—Creo que será mejor que lo haga yo. En caso contrario no se lo van a c eer —dijo cogiendo el móvil y marcando el número de Rubí.

—Hola, Emma. ¿Cómo va todo?

—Bueno, raro… pero ya te contaré. Me gustaría pedirte que te ocupes hoy de Mixtrum, no regresaré hasta la noche. Diles a Rose y Ashley que tú estás hoy al mando.

—¿Ocurre algo? ¿Has tenido algún problema?

—No, es que voy a hacer turismo.

—¿Turismo? ¿En día de trabajo?

—Es largo de contar … Mejor lo hablamos luego.

—Si Regina quiere ocuparse de todo ¿qué le digo?

—Ella tampoco va a ir a trabajar hoy… Está aquí y va a hacer turismo conmigo.

—¿Qué Regina…? Oye… ¿Qué carajo está pasando ahí? ¿Se han fugado para casarse?

Emma soltó una sonora carcajada. Qué ideas se le ocurrían a Rubí.

—Te advierto que si has hecho algo así sin mí, no te lo perdonaré jamás.

—Claro que no, Rubí. ¿Casarnos Regina y yo? ¡Por Dios, cómo se te ocurre pensar algo así!

—¿Que por qué lo pienso? ¿Y tú lo preguntas? Pues porque…

—Calla, anda, no digas nada más. No, simplemente vamos a tomarnos el día libre y ver la comarca, que es muy bonita.

—Una sola pregunta más, ¿han pasado la noche juntas?

—No.

—¿Seguro?

—Pues claro que seguro. Anda, ya te cuento luego, ahora ocúpate de Mixtrum, ¿vale?

—Vale. Y disfruta de tu día libre.

—Pienso hacerlo.

Apagó el móvil. Regina la miraba divertida.

—¿Rubí cree que nos hemos casado?

—Eso ha preguntado. No sé cómo se le ha ocurrido semejante cosa.

—Tampoco es normal que nos vayamos a hacer turismo juntas.

—No, pero, ¿casarnos? ¿Tú y yo?

—¿Tienes algo contra el matrimonio?

—Como institución no, pero…

—Pero tú no te casarías.

—No he dicho eso; tendría que encontrar a la persona muy especial. ¿Y tú?

—Opino lo mismo. Lo haría si encontrase a la mujer adecuada. Y ahora… es el momento de salir. ¿Tu coche o el mío?

—El mío. Me gusta conducir.

—Di mejor que te gusta tener las cosas controladas.

—Podría ser. De todas formas, prefiero ir en mi coche.

—Sin problema. Dejaré el mío aquí y lo recogemos por la tarde. Pidieron un plano de la zona en el hotel y después de guardar en el maletero las bolsas de viaje, subieron al coche de Emma.


El sol de la mañana primaveral daba un aspecto apacible a la carretera secundaria que tomaron. Emma puso música suave en un tono bajo que permitía la conversación. Siguieron hablando sobre Mixtrum, sobre los planes de futuro de su nueva editorial. Regina expuso los cálculos económicos que había estado haciendo, barajó cifras y porcentajes de ganancia y mientras hablaba, miraba el perfil de Emma que conducía atenta a las curvas cerradas de la carretera. Se sentía feliz y eufórica como una niña de excursión, como si le hubieran dado un regalo inesperado, y pensaba disfrutarlo.

Llegaron a un lugar pintoresco y bajaron del coche. Recorrieron las calles empinadas, tomaron fotos, entraron en la iglesia, cruzaron un pequeño parque. Charlaron, rieron, bromearon, y sin que se dieran cuenta se fue creando un lazo de camaradería que antes nunca había existido entre ellas. Algo que iba más allá de un polvo salvaje, o de una cena compartida.

Volvieron al coche, continuaron el camino hasta encontrar otro sitio que les gustó y volvieron a bajar. Se detuvieron a comer en un pequeño restaurante, degustaron los productos típicos de la zona. Compraron dulces para compartir en el desayuno del día siguiente, y siguieron la ruta en círculo para volver al hotel donde habían pasado la noche y recoger el coche de Regina.

Después de almorzar Regina había cogido el volante para que Emma descansara un rato y luego, y a su pesar, regresaron al hotel. Al bajarse en la puerta, Regina se volvió hacia Emma.

—¿Sabes que eres una compañera de viaje fantástica?

—Lo mismo digo. Me encanta hacer esto; Rubí y yo a veces nos escapamos los domingos y pasamos el día por ahí.

—¿Podría unirme a ustedes alguna vez?

—No creo que a Rubí le importe.

—¿Y a ti?

—No, no me importa. Me lo he pasado genial hoy.

—Yo también; ha sido un día… mágico.

—Sí.

—Bueno, supongo que es hora de regresar. Mañana nos espera un duro día de trabajo.

—Cierto.

Regina se acerco y la besó en la mejilla.

—Conduce con cuidado.

—Tú también.

Condujeron de regreso con calma. Durante todo el trayecto, Emma veía las luces del coche de Regina detrás del suyo, como si ambos vehículos estuvieran unidos por un hilo invisible. Se sentía extraña después de la experiencia de día. Siempre le había gustado viajar, pero en la mayoría de ocasiones lo había hecho con Rubí. Era la primera vez que otra persona se amoldaba tan bien y de forma tan natural a su idea de una excursión. Regina Mills estaba resultando ser una caja de sorpresas. De sorpresas agradables.