Pequeñito aviso :P

He recibido de ustedes constantes inbox, por lo que siento la necesidad de dar una explicación del por qué no he actualizado, la simple verdad es que me he desanimado con el rumbo que ha tomado la serie;una serie que me fascinaba por la temática, por todas esas historias en las que podías dejar volar tu mente, y por supuesto Lana :D . Pero esta ultima temporada que a duras penas soporte ver, me hizo que dejar todo acerca de OUAT, siempre fui consciente de que el SQ era casi imposible, por lo tanto me conforme con los fanfics y demás...Lo que me ha llevado a este punto de no querer nada que ver con esta serie, es que han arruinado absolutamente la esencia de los personajes, se que tienen que sufrir una evolución pero lo que han hecho... ¿Que coño ha pasado con Regina Mills?. ¿Dondé demonios esta la Emma Swan que no seguía el juego de nadie?.

En fin, con lo referente a este fic, no queda mucho por acabarlo, así que lo continuare gracias a sus comentarios , no voy a dejarlos mal. Sin más disfruten de este capítulo :D


La vuelta a la realidad fue frenética. Nada más llegar a la redacción, y tras evitar las preguntas de una Rubí medio dormida la noche anterior, Emma se fue a la cama, agotada tanto física como emocionalmente.

A la mañana siguiente, se dio una larga ducha caliente, porque se sintió incapaz de soportar el agua fría como solía hacer, y se volvió a poner su ropa de trabajo.

También le costó volver a embutirse en ella, el apretado sujetador le molestaba más que nunca, encontraba la camisa más áspera de lo habitual y se dijo que el comportamiento de la mente era muy particular. Había bastado una firma en un papel que la convertía en su propia jefa, para que su habitual uniforme le molestara más de lo debido. Tendría que hacer le caso a Regina y empezar a vestirse de otra forma para ir al trabajo. Dudó si recogerse el cabello, pero al final lo hizo. Cambiaría cuando se mudaran a sus nuevas oficinas. Mientras, seguiría siendo la Emma de siempre, al menos en apariencia.

En el coche, Rubí la interrogó tal como esperaba.

—Bueno ¿me lo vas a contar o no?

—Sin muchos detalles, lo hablaremos más tranquilamente en oficina con Rose y Ashley.

Rubí soltó una risita.

—¡De modo que sí se han casado!

Emma desvió por un momento la vista del tráfico.

—¡No, joder ! ¡Qué manía!

—Pero están juntas.

—Sí, aunque no de la forma que crees. Regina y yo hemos comprado Mixtrum. Bueno, lo ha comprado ella y me ha ofrecido la mitad. He aceptado, ahora Regina y yo somos socias al cincuenta por ciento. Y tenemos que hablar con todas porque queremos que se vengan a trabajar con nosotras. Somos un equipo las cinco.

Rubí volvió a reír.

—Puedes contar conmigo, lo sabes. Y con las chicas creo que también.

—Cuando lleguemos, hablaremos con ellas y luego se lo comunicaremos a August.

—Así se te ve radiante. Tienes algo… distinto en la cara. Yo pensé…

—Sí, que había estado follando como una loca toda la noche, ¿no?

—Más o menos.

—Pues no hay nada de eso, aunque no ha sido por falta de ganas. A ti no puedo engañarte. Pero no voy a negarte que me siento… distinta… eufórica. Eso de ser tu propio jefe, de no tener que preocuparte por las decisiones de señores que solo buscan dinero, es genial. Regina y yo haremos de Mixtrum una gran revista.

—Estoy segura de ello. Y me gusta que pienses en ustedes como Regina y tú.

—En el terreno laboral, Rubí. No va a ir más allá.

—Por supuesto que no —dijo esta con tono fingidamente rotundo. Emma no quiso replicar, necesitaba todos sus argumentos para convencer a Ashley y Rose de que abandonaran sus seguros puestos de trabajo y se embarcaran con ellas en la aventura de Mixtrum.

Al llegar a la redacción, ya Regina se encontraba en ella. Reunieron a las chicas en la oficina de Emma y ambas se mostraron entusiasmadas ante la idea de participar en el proyecto. Le dijeron a Emma que irían con ella donde fuera, no dudaron en renunciar a un puesto de trabajo estable para seguir a su jefa en su nueva etapa. Emma, a su pesar, sintió la emoción instalarse en su garganta y parpadeó un par de veces para evitar que sus ojos se humedecieran. ¡Dios, se estaba volviendo una blanda! Ni a Regina ni a Rubí se les escapó la emoción de Emma ante la reacción de su equipo. Regina, de pie junto a ella, le apretó ligeramente el hombro en señal de comprensión.

—Bueno… —carraspeó—, creo que es el momento de ir a hablar con August. Rubí, empieza a buscar un local donde instalarnos. Algo pequeño para empezar.

—¿Tres oficinas? —preguntó la chica.

Regina miró a Emma, haciéndole la misma pregunta con la mirada.

—Creo que con dos nos podríamos apañar. Si no te asusta trabajar en la misma habitación que yo, Mills.

—Sobreviviré, Querida. Si lo he logrado hasta ahora…

—Dos habitaciones nos harán ahorrar dinero en el alquiler. Hay que pensar con la cabeza —explicó.

—Por supuesto.

—Ponte a ello, Rubí. Y ustedes vayan redactando los artículos para esta semana, salvo el del hotel. De ese nos ocuparemos Emma y yo en cuanto terminemos con August.

—De acuerdo.

August suspiró aliviado cuando supo que Emma estaba en el proyecto de Mixtrum y las felicitó sinceramente. Sabía cuánto suponía la revista para ella, lo duro que había trabajado para llegar hasta allí. Les deseó lo mejor y aceptó cobrar una cantidad de dinero razonable por seguir imprimiendo la revista hasta que ellas pudieran ampliar su editorial, cosa que no dudaba que sucedería más pronto que tarde. Ni Regina ni Emma temían al trabajo duro, y era consciente de que Regina poseía el capital necesario para la ampliación, y que encontraría el modo de que Emma aceptara la inversión sin sentirse menospreciada. Regina sabía hacer las cosas con estilo.


Rubí empezó su búsqueda, y el ritmo de trabajó adquirió una ilusión nueva. Un cosquilleo interno que Emma hacía mucho tiempo que no sentía, se apoderó de ella. Rubí observaba divertida el cambio que poco a poco se iba operando en su amiga, sin que ella misma fuera consciente de ello. Volvía a ser la que era antes de alejarse de su familia. Sus accesos de malhumor se limitaban a sus habituales encontronazos con Regina por la publicación de determinados artículos, pero ahora estaban teñidos de humor y no de rabia como antes.

Tenían un par de locales para visitar, y Emma propuso que lo hicieran el sábado por la mañana, pero Regina se excusó aduciendo un compromiso que la ocuparía todo el fin de semana. Ella suspiró pensando que la gente no cambiaba, y que Regina sería una mujeriega hasta el fin de sus días. Que Elsa ya había sido sustituida y que la señora Mills pensaba disfrutar a tope de su nueva amiguita, fuese quien fuese. Se alegró enormemente de no haber cedido a la tentación de acudir a su habitación en el hotel.


El sábado hizo un día desagradable y lluvioso, perfecto para pasarlo en la cama, en compañía. Como probablemente estaría Regina. Ella se sentía extrañamente deprimida, tristona, a pesar del subidón de adrenalina que había tenido durante toda la semana. Con el cambio de titularidad de Mixtrum sentía sus emociones como en una montaña rusa, y aquella tarde gris se sentía deprimida y sola. Rubí estaba en casa de Belle desde la noche anterior, y ella había hecho acopio de palomitas y de películas y se proponía pasar la tarde del sábado acurrucada en el sofá y comiendo como una lima todas las porquerías que tuviera en el refrigerador, desde palomitas a chocolate o helado. La tarde era larga.

Se sorprendió cuando sobre las cinco recibió en el móvil una llamada de Regina.

—Hola, Mills. ¿Te dieron plantón y estás libre para ver oficinas?

—No, nada de eso, pero estoy en un pequeño apuro y no sé a quién acudir.

—Vaya… ¿Necesitas mi ayuda?

—Es posible. ¿Qué tal se te dan los niños?

—Pues no sé… No tengo mucha experiencia con ellos, la verdad.

—Es que estoy ejerciendo de niñera desde anoche. Zelena y Robín se han ido a pasar un fin de semana romántico y me he quedado con Roland. Llevamos toda la tarde jugando al parchís y creo que está un poco aburrido ya. El tiempo está horrible, no puedo llevarlo al parque ni a ningún sitio. Si se resfría me cortarán la cabeza, seguro. No sé qué más hacer para entretenerlo… Y pensé que a lo mejor tú tenías alguna idea. Puedo llamar a mi madre, pero querrá que se lo lleve a su casa y yo quedaré como un desastre de niñera incompetente. Además, a Roland le apetecía quedarse con la tía Regina y no con la abuela.

—De modo que esos eran tus planes para el fin de semana —dijo sintiéndose eufórica de golpe.

—Pues sí. ¿Qué pensabas?

—No sé, hacer de niñera desde luego que no.

—Malpensada.

—Dice el refrán «piensa mal y acertarás».

—Bueno,¿ entonces…?

—Cuenta conmigo. Me acerco si quieres y te echo una mano. Seguro que entre las dos encontramos el modo de distraerlo.

—Gracias, Emma, te deberé una. Y puedes cobrarte de la forma que quieras. Cena, día… Incluso la portada de la revista. Lo que quieras.

—Me lo pensaré. Estaré ahí lo antes posible.

Se cambió el chándal que llevaba puesto por unos vaqueros ceñidos y un blusón cómodo y se fue a casa de Regina tratando de recordar qué le divertía a ella cuando era pequeña.


Regina vivía en un piso grande y luminoso a las afueras, en una urbanización con piscina e instalaciones deportivas. Pero aquello estaba descartado en aquella tarde desapacible; Regina tenía razón, era muy probable pillar un resfriado con aquellas condiciones atmosféricas.

Ella abrió la puerta vestida con un vaquero muy desgastado, una blusa holgada y sin zapatos.

«También le gusta estar descalza», tomó nota mentalmente.

—Hola, Emma —la saludó Roland.

—Hola, Roland. ¿Qué? ¿Algún problema con tu tía?

—No, hemos jugado al parchís y esta mañana hicimos tarta de chocolate. Como sabemos que te gusta, hemos pensado invitarte a merendar.

—Tarta de chocolate, ¿eh? —dijo mirando a Regina, que no le había dicho nada, limitándose a mirar la complacida—. ¿Es comestible?

—Por supuesto que es comestible. Está mucho más buena que la de Zelena.

—Tendrás que demostrarlo.

—Pasa y merendamos, es la hora justa, si te apetece.

—De acuerdo.

Se deshizo del paraguas y de la ligera chaqueta impermeable que llevaba y los siguió al interior.

La cocina estaba impecable, ni rastro de que nadie hubiera cocinado una tarta de chocolate en ella. En una esquina había una mesa de cristal rodeada de cuatro sillas que hacían juego con los armarios.

—¿Qué prefieres? ¿Café, té verde, infusión diurética, soda…? Tengo de todo.

—Yo soda, tita —dijo Roland volviéndose hacia Emma—. A ella no le gusta, prefiere el café.

—Yo también tomaré un café.

Regina se volvió hacia la encimera y empezó a preparar la merienda con la soltura de quien se desenvuelve bien entre fogones. Emma la observaba desde la mesa, de espaldas. Sus ojos vagaron desde ese maravilloso trasero hasta los senos redondos y recordó la sensación de sus manos deslizándose por ellos. Y se dijo que era buena cosa que Roland estuviera allí.

Regina colocó una bandeja con tazas y platos sobre la mesa. Y una enorme y esponjosa tarta de chocolate.

—¿Estás segura de que eso lo has hecho tú?

—Entre los dos —dijo Roland.

—¿Y la cocinera de tu madre no ha ayudado?

—No, ella no. Y te voy a confesar una cosa, ¿te acuerdas de las recetas que te llevé a la oficina para la primera revista? También las hice yo, así que puedes comerte la tarta sin miedo a ser intoxicada. La cocina se me da bien; de hecho me encanta.

—Vaya, entonces tendremos que probarla. La tarta estaba tan buena como parecía.

—Eres toda una caja de sorpresa, Mills. Dame otro trozo, porfavor.

—A mí también —pidió el niño.

Terminaron de merendar y Emma y Roland ayudaron a Regina a meter los platos y tazas en el lavavajillas.

—Este niño es un encanto —dijo Emma.

—Sí, lo es. Zelena lo educa muy bien. Es de las que piensan que por mucho dinero que tengas y puedas pagar por las cosas, siempre debes saber hacerlas por ti mismo. Roland quita la mesa en su casa, se hace su cama «con ayuda» porque es pequeño, pero tiene sus obligaciones.

—Me cae muy bien tu hermana.

—Y tú a ella también.

—¿Hablan de mí?

—A veces.

—Vaya… Supongo que no puedo preguntar sobre qué.

—No, no puedes.

—En ese caso, será mejor que inventemos algo para distraer a este señorito. Por que supongo que no quieres seguir jugando al parchís con tu tía…

Roland negó con la cabeza.

—¿Y qué te parece jugar a los piratas?

Los ojos de Roland se agrandaron por la sorpresa. Regina frunció el ceño, asombrada también.

—¿Piratas? —preguntó.

—¿Alguna objeción, Mills?

—No, ninguna si a Roland le parece bien. Aunque nada de espadas de verdad, ¿eh? Ni cuchillos.

—No hace falta nada de eso para divertirnos.

—Nunca he jugado, pero suena bien—dijo el niño.

—Bien, te explico. Yo jugaba mucho con mis hermanos cuando era pequeña. Tú y yo vamos a ser los piratas, y tenemos que hacer prisionera a tu tía…

—¡Síííí!

—Y una vez que me hayan apresado ¿qué piensan hacer conmigo?

—Bueno, Roland es el capitán y el decidirá, aunque lo habitual es hacerte confesar dónde escondes el tesoro.

—¿Cómo?

—Ya se nos ocurrirá algo —dijo Emma sintiéndose un poco perversa. La idea de tener a Regina a su merced, aunque fuera en un juego infantil, le gustaba. Le gustaba mucho.

Se agachó y cuchicheó con el niño:

—Tú rodéale por ese lado del sofá, yo por este, nos tiramos encima y la tumbamos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Ambos se precipitaron sobre ella, cada uno por un lado y acabaron los tres rodando por el suelo. Las caras de Regina y Emma muy cerca, ella tumbada sobre Regina.

Se levantó rápidamente y agarro Regina por un brazo mientras Roland lo hacía por el otro. Regina se dejó apresar sin resistencia y la sentaron en una silla.

—¿Qué hacemos con ella, capitán?

—A los prisioneros se les desnuda para que no puedan escapar.

—Le quitaremos la blusa y nos hacemos a la idea de que se lo hemos quitado todo. No queremos que se resfríe, ¿verdad?

—Vale.

—Tú, prisionera, estás desnuda y no puedes escapar.

—De acuerdo —admitió ella, agradecida.

—Vamos a atarla a una silla para torturarla —propuso el niño.

—Bien, capitán. Yo lo sujeto y tú ve a buscar una cuerda.

—En el cajón de debajo de la cocina hay una.

—La prisionera esta colaborando. Eso está bien.

Roland desapareció mientras Emma colocaba una silla para que Regina se sentara en ella.

—¿Te gusta jugar a los piratas, Querida? ¿Y atar a las prisioneras? — susurró ella muy cerca de su oído. La respiración de Emma se aceleró.

—Estamos entreteniendo a tu sobrino. Nada más.

—Bien…

El niño regresó con una cuerda, sentaron a Regina en la silla y la ataron las manos a la espalda.

—Y ahora ¿qué se hace? —preguntó.

—Tenemos que preguntarle por el tesoro.

—¿Dónde guardas el tesoro, prisionero?

—Nunca lo confesaré —dijo ella mirando desafiante a Emma.

«En sus pantalones», pensó ella. Luego se recordó a sí misma que estaban jugando con un niño.

—Responde al capitán.

—Nunca lo diré. Tendrán que torturarme —dijo levantando una ceja y una sonrisa pícara asomó a sus labios.

—No dudes que lo haremos.

—Emma, yo no quiero pegarle con el látigo, es mi tía y no quiero hacerle daño.

—No le vamos a pegar, hay otras muchas formas de tortura sin hacerle daño, no te preocupes.

«No lo dudes», pensó Regina. «Tenerte a medio metro y no poder tocarte es una de ellas».

—Tú la conoces mejor, capitán. ¿Hay algo que no le guste?

—El té.

—Bien, le daremos té hasta que confiese.

—¡No, no, por favor ! ¡té no! —dijo Regina en un fingido acento lastimero.

—Pues dinos dónde está el tesoro.

—No diré nada.

—Entonces vamos a la cocina a preparar una jarra bien grande. Roland palmoteó encantado.

Volvieron poco después con una gran jarra y un vaso.

—Para que sea más tortura hemos decidido vendarte los ojos.

Emma se acercó por detrás y cubrió la parte superior del rostro de Regina con un paño que había encontrado en la cocina. Desde el momento en que dejó de ver, el resto de los sentidos de Regina se agudizaron y fue consciente de la respiración entrecortada de Emma, de su olor, de la suave respiración contra su cuello y agradeció tener las manos atadas porque de no ser así las habría alargado hasta tocarla a pesar de la presencia de su sobrino.

—Ya está, capitán. Puedes darle el Té.

Roland se encaramó sobre las piernas de su tía y acercó a su boca un vaso medio lleno. Ella empezó a tragar, moviendo la cabeza, fingiendo resistencia. El líquido empezó a resbalar por su barbilla y a deslizarse por su pecho. Emma contuvo las ganas de acercarse y lamer los regueros de líquido marrón que caían cada vez más abajo. Nunca había sido mujer de juegos eróticos, pero en aquel momento habría dado cualquier cosa por sentarse sobre Regina y tomar Té directamente de su pecho.

—¿Lo estoy haciendo bien, Emma?

—Muy bien —dijo con voz entrecortada. Regina sonrió y no tuvo ninguna duda de que a pesar de tener los ojos tapados sabía perfectamente lo que le estaba ocurriendo.

Un inocente juego infantil de piratas se estaba convirtiendo en algo muy erótico para ambas.

La ropa del niño también empezaba a estar sucia con lo que Emma temía fueran manchas imposibles de quitar. Esperaba que su madre no se enfadara, pero en aquel momento se sintió incapaz de parar.

Sintió un cosquilleo en el estómago y las ganas de jugar pudieron más que el sentido común de que siempre hacía gala.

—Deja que lo intente yo, capitán —dijo traviesa.

Regina dejó de tragar por un momento y el líquido salió a borbotones de su boca. Emma levantó a Roland y ocupó su lugar sobre las piernas de su tía. Tomó el vaso y lo acercó a la boca de la «prisionera».

—Ahora confesaré aún menos. Estoy empezando a disfrutar la tortura —susurró entre sorbo y sorbo

Se acomodó mejor y loa obligó a beber. El líquido seguía goteando, manchándola también a ella, pero pocas veces había vivido algo más erótico que ver el pecho de Regina goteando Té sentada sobre su regazo. Volvió a moverse ligeramente sobre ella.

—Señorita Swan, para o vas a conseguir que… confiese...tú sabes...

—Sí… lo se...Confiesa, prisionera... —dijo moviéndose ligeramente sobre ella. Regina apartó la boca del vaso y se dejó ir en un orgasmo que trató de disimular lo mejor que pudo. Después, agachó la cabeza tratando de recuperarse y dijo:

—Me rindo… confesaré… El tesoro está enterrado en el jardín… al lado de la piscina.

—¡Bien! ¡Hemos conseguido que confiese! —dijo Roland palmoteando.

—Desatame, por favor, tengo que darme una ducha. Esto que han hecho conmigo es inhumano.

—Te hemos torturado, tita. El juego de los piratas es así.

—Todos necesitamos una ducha, creo —dijo quitándole la venda de los ojos y desatándole las manos. Por un momento sus ojos se encontrar n, cómplices. Luego se miró, el pecho pegajoso, los pantalones mojados . Tampoco Roland y Emma presentaban mejor aspecto.

—Tu madre nos va a matar cuando vea la ropa.

—La culpa ha sido tuya, tita, que no te tragabas el Té.

—El niño tiene razón —dijo Emma para calmar un poco la tensión sexual que todavía flotaba en la habitación—. La culpa es tuya.

—Esta me las pagarás, señorita Swan… La próxima vez que juguemos a los piratas, tú seras la prisionera.

—Sí, tita, sí. ¿Mañana?

—No, mañana vienen tus padres. En otra ocasión. —Miró a Emma—. Voy a duchar a Roland y luego lo haré yo. Tengo Té hasta en… las uñas de los pies.

—Si tienes dos baños, yo me ocuparé de el. A ti te hace más falta.

—De acuerdo. Te traeré ropa limpia para el. Y algo para ti, también tienes Té en la blusa.

—Gracias.

Se repartieron en los baños. Emma no había bañado a un niño jamás, pero se encontró haciéndolo con una naturalidad que la sorprendió. Enjabonó el pelo de Roland y lo enjuagó, mientras su mente jugueteaba con la idea de Regina desnuda bajo el caño de la otra ducha, con la idea de enjabonarla, de ver todo su cuerpo mojado.

Aquella tarde, que prometía ser triste y aburrida, se había convertido en algo excitante y especial, pero le había dejado ver un poco más de Regina Mills, la mujer, y un mucho más de la amante juguetona y divertida que podría ser si se lo permitiera. Y también había descubierto una faceta de ella misma completamente desconocida.

—Emma, el pelo ya me lo has enjabonado.

Se dio cuenta de que estaba a punto de volver a lavarle la cabeza.

—Perdona, me había distraído.

Terminó de ducharlo, lo envolvió en la toalla grande y esponjosa y lo sacó de la bañera. Un golpe en la puerta y la voz de Regina la hicieron volver a la realidad.

—¿Puedo?

—Sí, pasa.

—Yo termino con Roland, pasa tú al baño de mi dormitorio y date una ducha también —dijo alargándole una de sus blusas—. Creo que te cubrirá lo suficiente. Luego pondré una lavadora con todo esto y en un rato podrás volver a ponerte tu ropa. Salvo que tengas prisa.

Emma se regocijo pensando en que todavía pasaría allí un buen rato.

—Ninguna prisa.

—Bien. Entonces, ve. Y si no te queda bien —dijo señalando la Blusa —, rebusca en mi armario hasta que encuentres algo que te vaya.

—¿Me estás diciendo que puedo hurgar en tu armario?

—No tengo nada que ocultar, Querida. Tú misma. Sobre la cama tienes toallas.

Emma entró en el dormitorio. Pulcramente doblada sobre la enorme cama había un juego de toallas blancas. Entró en el baño, decorado en blanco y negro, en el que compartían espacio una ducha funcional con chorros de masaje y una enorme bañera negra.

Entró en la ducha, conteniendo las ganas de darse un largo baño. Usó el gel que le recordó el olor de Regina, cuidando de no mojarse el pelo. Quería pasar el menor tiempo posible en sus dominios personales, prefe ía regresar a las zonas comunes de la cocina y el salón. Aunque le iba a echar un vistazo al armario antes de irse, ya que tenía el permiso explicito para hacerlo.

Se envolvió en la toalla y salió al dormitorio, hurgando entre las blusas. Encontró dos sin dos botones. La que le había arrancado la noche que follaron en la oficina y la que había destrozado a medias cuando solo lo fingieron. Pensaba que las habría tirado o mandado arreglar. Bastaba con ponerle botones nuevos, no entendía por qué seguían allí, medio escondidas en un rincón.

La mayor parte de la ropa la conocía, y la que no había visto nunca se parecía al resto. No encontró nada especial en el armario.

Se quitó la toalla y se puso la blusa sobre la ropa interior que ya llevaba. Se sacudió el pelo y salió a reunirse con Roland y Regina, llevando la ropa manchada en la mano.

Este la recogió y la metió en la lavadora junto con la de ellos, y la puso en marcha.

—Eres toda una ama de casa.

—Vivo sola, no tengo más remedio. Una mujer viene a hacer limpieza a fondo un día a la semana, pero el resto lo hago yo. Los fiesteras tenemos esas manías, qué le vamos a hacer

—¿Qué es una fiestera, tita? ¿Una mujer que hace la comida y pone la lavadora? ¿Tú eres una?

—Emma dice que sí.

—Entonces lo eres, porque Emma no se equivoca nunca. Dijo que confesarías donde estaba el tesoro y lo has hecho.

—Emma es muy persuasiva torturando a la gente. Bueno, señorito, es hora de cenar y luego irte a la cama —dijo mirando el reloj.

—No tengo hambre, ni sueño.

—Pero hay que hacerlo o tus padres no volverán a dejarte conmigo cuando se vayan de viaje y tendrás que quedarte con la abuela.

—Bueno, cenaré. Pero no me pongas mucho, he tomado dos trozos de tarta de chocolate.

—¿Un poco de sopa?

—Vale.

—¿Tú también quieres sopa o prepa o algo más consistente?

—¿Vas a invitarme a cenar?

—Claro. Tienes que esperar a que termine la lavadora y la secadora. Todavía llevará un rato. He tenido que poner un programa largo, había manchas difíciles.

Emma soltó una carcajada.

—Pareces un anuncio, Mills. De acuerdo, un poco de sopa estará bien. Si me queda hambre puedo volver a tomar tarta de chocolate.

Se sentaron a comer. Roland hablaba sin parar, pero ellas se habían quedado extrañamente silenciosas. Se limitaban a mirarse y seguir la conversación del niño.

A Emma se le antojó una escena tan íntima, tan hogareña, que de golpe fue consciente de sus treinta y tres años y de que su reloj biológico ya iba cuesta abajo. Nunca se había planteado la idea de tener pareja estable ni hijos pero aquella noche, sentada a la mesa de Regina Mills, tomando sopa con un niño sentado entre ellas, se dijo que tener una familia no debía ser tan malo como siempre había pensado. Encontrar a alguien al llegar a casa, recostar su cabeza en un hombro mientras veía la tele y preparar sopa y encontrar juguetes esparcidos por el suelo de la casa.

Levantó la vista y se encontró los ojos escrutadores de Regina mirándola.

—¿En qué pensabas, señorita Swan?

—En muchas tonterías, Mills. Muchas.

—¿Más sopa?

—No, gracias.

—¿Tarta?

—Tampoco.

—Pues si no te importa, ponte cómoda mientras acuesto a Roland. Emma se levantó, recogió la mesa, colocó los platos en el lavavajillas y se sentó en el amplio sofá, recostándose contra el respaldo y cerrando los ojos.

—Un penique por tus pensamientos. Emma abrió los ojos perezosamente.

—No valen tanto.

—Yo creo que sí. ¿Lo hacemos?

—¿Qué hacemos?

—Yo te doy un penique y tú me dices lo que pensabas. La verdad.

—Te repito que no lo valen, pero prefiero guardármelos.

—Lo suponía. ¿Una copa?

—De acuerdo, pero no muy cargada. Tengo que conducir.

—Si te pasas coges un taxi o te quedas a dormir. La habitación de Roland tiene dos camas.

—Prefiero irme a casa.

Regina puso sobre la mesa un par de botellas y vasos.

—Sírvete tú.

—Tu sobrino te quiere mucho.

—Y yo a él. Disfruto mucho con Roland.

—Te gustan los niños —dijo ella y no era una pregunta sino una afirmación.

—Sí, me gustan.

—Pero has llegado a los treinta y seis años sin hijos. O quizás te gustan los de los demás y no los propios.

—Me gustaría tener los míos, pero me encantaría vivir esa experiencia con alguien, solo que no aparecido la adecuada.

—Quizás no has buscado en el sitio idóneo.

—Eso dice mi hermana. Y me recomendó que buscara en el gimnasio.

—¿En el gimnasio? —dijo soltando una carcajada—. ¿Buscas una atleta?

—No. A mí también me hizo gracia. Pero donde seguro que no la encontraré es en las pasarelas ni en las fiestas de sociedad. Al menos el tipo de mujer que yo quiero.

—¿Y qué tipo de mujer es ese que tan difícil es de encontrar ?

«Una capaz de jugar a los piratas con los niños», pensó, pero solo dijo, encogiéndose de hombros:

—Cuando la encuentre lo sabré. Y serás la primera en saberlo. Bueno, no, la segunda. Seguro que mi cuñado Robin lo adivina antes incluso de que yo me dé cuenta. Es un poco metiche.

Emma se inclinó a coger el vaso y la camisa se abrió mostrando un pecho, cubierto por un sujetador de encaje azul oscuro. Regina ya no pudo más, y cuando dejó el vaso sobre la mesa, alargó el brazo para rodearle la nuca y la acercó hacia ella para besarla. Sus ojos se encontraron y solo vio invitación en los de Emma.

La besó con suavidad, tratando de contener la pasión, consciente de que su sobrino dormía en la habitación de al lado y de que no iban a llegar muy lejos. Pero llevaba días muriéndose por besarla, y la visión de aquel trozo de encaje fue superior a sus fuerzas. Después de lo que ella le había hecho por la tarde ya no tuvo miedo de estropear su relación laboral. También Emma quería jugar, se sentía atraída por ella, sin lugar a dudas, y esa noche iba a besarla hasta hartarse, aunque solo fuera eso.

Se recostaron contra el respaldo y se besaron durante mucho rato como dos adolescentes en una plaza cualquiera, sabedoras de que no podrían hacer nada más atrevido. Disfrutaron de la boca de la otra, con sabor a whisky, a deseo y a pasión contenida. Regina aventuró la mano hasta el pecho y lo acarició con suavidad por encima de la camisa. Emma gimió sobre su boca y deslizó su mano bajo la blusa. Y justo en ese momento unos pasitos leves sonaron porel corredor.

—Tita, no puedo dormir.

Se separaron y se recompusieron un poco.

—Es por esto que Zelena y Robín están de viaje —susurró Regina. Emma sonrió, y se abrochó un botón más.

—¿Puedo sentarme con ustedes un ratito hasta que me entre sueño?

—Claro.

Se hizo hueco entre las dos y se recostó contra el pecho de Regina.

—¿Eres la novia de mi tita?

—No, no lo soy.

—Qué lástima. Tú eres más divertida que la otra.

—La otra tampoco es mi novia.

—¿No? Qué bien.

Regina le revolvió el pelo.

—No tengo novia, pequeño, pero el día que la tenga será alguien que te guste a ti. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Emma apuró su copa. Ver a Regina recostada en el sofá con el niño acurrucado en sus brazos le hizo desear cosas que no debía plantearse con alguien como ella. Cosas que ni siquiera estaba segura de que tuvieran sitio en su vida. Y comprendió que era hora de marcharse a casa.

—¿Crees que la lavadora ha terminado ya?

—Sí, hace rato.

—Voy a cambiarme entonces. Es hora de irme.

Regina la miró conteniendo las ganas de pedirle que se quedase, aunque fuera a dormir en la habitación de Roland, pero vio la determinación en los ojos de Emma y se mordió los labios.

—De acuerdo.

Se dirigió a la cocina a coger su ropa. Entró de nuevo en el dormitorio de Regina y con cierto pesar se cambió y salió de nuevo al salón. Roland seguía acurrucado en el regazo de su tía, medio dormido, y Emma se inclinó y los besó a ambos en la mejilla.

—Buenas noches. No te muevas, conozco el camino.

—Nos vemos el lunes.

—Hasta entonces, Regina.

Desde el sofá la vio salir del salón y escuchó la puerta del piso abrirse y cerrarse tras ella.