NOCHE DE LECTURA

Emitiendo un gemido amortiguado contra las mantas que intentaban darle calor en aquella sofocante tarde de Junio, Hermione se aferró a las mismas, sintiendo su cuerpo temblar en cortos e intermitentes espasmos de frío, ocasionados por la fuerte infección de garganta y oídos que estaba causando estragos en ella por no haber querido ir a la enfermería hacia tres días, cuando empezó a notar que algo iba mal con su salud, y la cual ahora la tenía postrada en cama, no sólo por órdenes de madame Pomfrey, sino su misma directora: la profesora McGonagall.

El por qué había enfermado justo ahora, a nada de la graduación, y con los exámenes finales encima, era algo que la había atormentado el día de ayer, cuando fingía frente a sus amigos que todo marchaba de maravilla, aun cuando le causaban escalofríos cada vez que los veía a cada uno de ellos en mangas cortas, o recostados junto al lago, cubriéndose del sol en la sombra bajo algún árbol y ella lo único que buscaba era que la incineraran para dejar de tener frío; o el terrible escozor a la hora de la comida, cuando se limitaba a un tibio té de canela con miel y limón, declarando que no tenía apetito cuando la verdad es que su garganta estaba tan irritada que el hablar quemaba sus cuerdas vocales. Pero aquella misma noche no pudo escaparse más, cuando en su prisa por correr a su torre a estudiar, Ginny tuvo que llamar de urgencia a madame Pomfrey cuando la encontró hirviendo en fiebre en su cama, cubierta hasta las orejas por montañas y montañas de cobijas.

Cierto que la enfermera le había ordenado reposo, aun cuando después Hermione había argumentado a sus amigos que sólo se trataba de un pequeño resfriado; pero honestamente, ¿alguno pensaba realmente que ella iba a obedecer a ésa altura de su educación?, ¡ja!

Bueno, ojalá lo hubiera hecho, razonó. Sintiendo sus dedos entumecerse cuando afianzó el agarre al libro que tenía frente a ella, a un palmo de su rostro, y dio vuelta a la página.

Leer era lo único que le quedaba hacer, la profesora McGonagall se lo había ordenado ésa misma mañana. "Reposo por dos días, sin ninguna preocupación, ¡ni deberes!, señorita Granger; si realmente quiere recuperarse y graduarse en una semana, necesita relajarse".

¿A dónde había ido a parar aquella mujer que hacía varios meses los alentaba a retomar la escuela y no dejarse de vagos ahora que no había peligro acechando sus vidas cada segundo?, se preguntó.

Definitivamente muy lejos de ahí.

Si ni siquiera chistó cuando Harry se ausentó de su clase para llevarla él mismo de regresó a su torre…

Y Hermione arrugó el entrecejo, deteniendo su lectura, exhalando un profundo suspiro de molestia. Como si no tuviera ya suficiente con su enfermedad, también tenía ése problema al que prefería referirse como: "El asunto".

Cada vez que Ron la atrapaba distraída, "el asunto" era la excusa. Cuando Ginny la atormentaba por su poco interés en aceptar las citas que repentinamente ahora caían hasta del cielo, "el asunto" frenaba todas ellas. La vez en San Valentín, que Luna supuestamente la atrapó rodeada de nargles, "el asunto" estaba agobiándola yendo de un lado para otro frente a ella.

Parecía que todos sus amigos sabían que ésa era su excusa; claro, excepto, "el asunto" en cuestión: Harry Potter.

Pero decidió concentrarse en su lectura nuevamente, porque regresar "al asunto", era volver a recordarse que no debió enamorarse de su mejor amigo en primer lugar, siendo que no eran para nada compatibles. Igual que los personajes principales en su novela de romance favorita, y la cual ahora contemplaba con un dejo de aburrimiento. "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen.

Mientras Elizabeth Bennet gozaba de su espíritu libre y salvaje; el señor Darcy disfrutaba de la paz y normas de la sociedad. Justo igual que ella y Harry, pero obviamente a la inversa. Porque ella estaba bien lejos de ser tan espontánea como su personaje favorito.

Aunque bien, Harry podía parecerse un poco al señor Darcy; obviamente ambos gustaban de las chicas lindas; y ella, bueno, de él. Y desde ahí ya era una mala combinación, pues ella no englobaba en los gustos del señor Darcy. De Harry, se corrigió.

— Hasta en eso tenías que parecerte con él, Harry; ambos sólo ven a las chicas "lindas" — murmuró inconscientemente.

Soltó un gruñido de molestia, y decidió que lo mejor era dejar de pensar en Harry. Pues pensar en Harry en términos románticos, era entrar en un tema que le costaría una vida de olvidar; y era algo a lo cual no podía permitirse, ya que aparte del evidente grupo de "atención" de su mejor amigo, Hermione temía profundamente que si un día él llegara a enterarse de cómo se sentía hacia él, terminarían inevitablemente separados.

Si tan sólo él la amara tanto como el señor Darcy amaba a Elizabeth, lamentó.

Harry… señor Darcy… Harry…

Exhalando un pronunciado bostezo, parpadeó un par de ocasiones, intentando alejar aquellos insistentes pensamientos de su cabeza. Y sintiendo que el cansancio y el exceso de poción antibiótica finalmente habían acabado con las pocas fuerzas que le restaban, Hermione se fue quedando profundamente dormida.

Con la imagen de un Harry abordando a cuanta chica pasara frente a él en la fiesta del señor Bingley, excepto a ella.


Zapateando impacientemente contra el suelo, Harry le brindó una última sonrisa forzada a la dama gorda y su parlanchina amiga Como-sea-que-se-llamara, quienes se habían rehusado a dejarlo entrar a la sala común hasta escuchar la nueva travesura que habían preparado para Sir Cadogan en su retrato, y se lanzó por el retrato apenas éste se abrió, con el eco de sus risas histéricas tras su espalda.

Si hubiera sabido que estar en el Gran Comedor por hora y media más (que ellas usaron aparentemente en beber algo que dudaba fuera té de tila) le costaría tener que escuchar sus "interesantes anécdotas", Harry hubiera ido directamente a la cocina, tomado algo, y luego regresado a la sala común, para así haberse librado de ésas dos y poder estar de vuelta lo antes posible. Pero ya era demasiado tarde para lamentarlo, se dijo, aproximándose inmediatamente hacia Ron y Ginny cuando los divisó compartiendo una mesa en un rincón de la sala.

El pelirrojo; quien parecía más interesado en golpear la punta de su pluma contra el pergamino frente a él, que en dedicarse a empezar el ensayo que había pedido McGonagall; levantó de inmediato la mirada cuando lo sintió aproximarse hacia ellos.

— Pensé que te había abordado la loca de Romilda otra vez — le dijo.

— Ojalá — dejó escapar esperanzado.

— ¿Cómo que "ojalá"? — no tardó en recriminarle Ginny.

— Sal de la sala y velo por ti misma — replicó malhumorado.

— Ya decía yo que tu plan de hacer méritos con Hermione no te involucraba esperándola en el Gran Comedor por dos horas — se burló Ron, sin darse cuenta de la mirada asesina que le dirigió Harry.

Ginny ocultó una sonrisa, fingiendo no haberlo escuchado.

— Entonces… — carraspeó nervioso — ¿Bajó Hermione? — intentó sonar indiferente.

— Sé que estás un poco más que "atraído" por ella, Harry — le dijo Ginny, sin levantar la mirada de su tarea.

Las orejas del aludido se sonrojaron, desviando la mirada a algún punto en el espacio.

— No — le respondió Ron, emitiendo un profundo bostezo.

— Yo fui a verla hace media hora, estaba dormida — agregó Ginny, levantando la mirada hacia Harry.

— Pero no cenó — emitió preocupado.

— Ni almorzó; ¿recuerdas que McGonagall la tuvo que correr prácticamente de su clase cuando estuvo a punto de caer inconsciente sobre el escritorio? — le dijo Ron.

— Claro que lo recuerda Ron, ambos la ayudaron ¿recuerdas?; además Harry la acompañó hasta su torre… — le recordó Ginny con un dejo de exasperación — Tampoco comió, comprobé y no tocó nada de lo que dejé para ella — le informó al pelinegro.

Los hombros de Harry se tensaron, de sólo recordar la aparatosa caída que hubiera tenido Hermione sino hubiera sido porque él y Ron la alcanzaron a detener, seguramente el escenario sería otro; él tomando su mano en una camilla de la enfermería, velando por su bienestar. Sacudió la cabeza.

—… Pero sigue tomando las pociones que le dio madame Pomfrey, ¿no es así?; — preguntaba Ginny. Ron asintió en su dirección — ¿sin comer?, eso no es… ¿peligroso? — añadió con duda.

Ron se enderezó en su asiento, compartiendo una mirada con Harry.

— No lo había pensado… — comentó el pelirrojo — Harry.

Éste frunció el entrecejo con preocupación, bajando precipitadamente la bolsa que traía colgada del hombro y sacando de ella una servilleta de tela en la cual alcanzaban a sobresalir las esquinas de una rebanada de pan con jamón, queso y carne.

— Pensé en traerle algo, ya saben, por si acaso tenía hambre…

Ginny curvó sus labios en una tenue sonrisa, mirándolo con las cejas enarcadas.

— Bueno, es sólo que como vi que ella no bajó, después de quedarme a esperarla por casi dos horas… — sus réplicas sonaron débiles hasta para sus oídos, sintiendo un molesto escozor en las mejillas cuando los ojos de Ginny brillaron con algo que parecía ser pura diversión.

— Seguro que ella lo apreciara — le dijo con complicidad.

— ¿Y no trajiste de casualidad…? — el pelirrojo ya se extendía hacia él, recibiendo un manotazo por parte de su hermana cuando intentó hurgar en la mochila de su mejor amigo.

— ¡Basta Ron!, con todo lo que tragas hasta temo que un día te caigas al piso y explotes — le espetó.

— Es injusto, yo sí tengo hambre; Hermione hubiera bajado si quisiera comer; además, tanto trabajo hace gastar energía ¿sabías? — miró ceñudo a su hermana.

— Hermione está enferma, tú, tonto troglodita insensible. ¿Y exactamente a cuál "trabajo" te refieres?, ¿frotarte la barriga acaso? — ironizó.

Ron frunció los labios, cruzándose de brazos.

— Mira Ginny, esto es asunto de séptimo año, algo que no entenderías porque tú estás en…

— Séptimo también, memoria de guisante, recuerda que perdieron un año por irse en su búsqueda — resonó.

—… Así que no sabes la clase de estrés que sufro, por lo cual, quemo más calorías que una persona normal en cierto período de tiempo; eso, sumándole el Quidditch, los exámenes, y…

— Merlín, Ron, de no ser porque una vez te vi en la ducha; de lo cual aún tengo secuelas; pensaría que eres una chica. Tienes absolutamente el síndrome mens…

Y Harry creyó que era oportuno salir de ahí antes de que sacaran temas a colación que para nada le agradaría escuchar. Así que viendo de reojo el rostro de su mejor amigo teñirse de escarlata; e ignorando la clara pelea que acababa de desatarse, recogió su mochila, afianzó la servilleta en su mano (procurando de no dañar la integridad de los sándwiches que le había preparado a Hermione), y se lanzó hacia las escaleras de los chicos para recoger su escoba y poder volar hasta la habitación de la castaña; agradeciendo en silencio porque alcanzó a perderse en las escaleras en el mismo instante en que Ginny terminó la oración.


Sorprendiéndose porque el eco de los gritos de Ron y Ginny llegaba hasta sus oídos, desde afuera de la habitación de Hermione, y ésta siguiera durmiendo sin percatarse del escándalo; Harry tuvo que maniobrar para no soltar la cena de su mejor amiga, aferrar el mango de su escoba con sus rodillas, y la varita en su mano derecha para poder abrir la ventana, finalmente pudiendo deslizarse dentro de la habitación de Premio Anual que ocupaba su mejor amiga.

El suave subir y bajar del bulto de mantas que yacían en la cama, junto a la ligera respiración que se escuchaba salir desde éstas, hicieron sonreír a Harry tenuemente, dándose cuenta con gusto que a pesar de lo mal que se encontraba Hermione durante el mediodía, su malestar había menguado un poco para permitirle descansar.

Cuan hermosa y pacifica se veía ahí: mejillas sonrojadas, cabello ondulado a ambos lados de su rostro, manos aferradas a la sábana. Libre de deberes y montañas de libros para estudiar. Libre de preocupaciones.

— Si supieras lo mucho que me preocupo por ti — susurró, apoyándose en un poste de su cama resguardada por doseles color crema.

Que agonía había experimentado esos últimos meses con respecto a ella. Su bienestar, su seguridad, su compañía, su amistad, todo había sido un remolino de escenarios en los que cada día se veía más y más cerca de ella, dándose cuenta de detalles que antes había pasado por alto.

Ella estaba en cada momento importante en su vida. Siempre lo había sabido. Lo que había sido desconcertante, es el pensamiento que atravesó su corazón aquel lejano día en que estuvo a solas con ella en el bosque de Dean, luego de estar a punto de morir, en el que lo único que pensó, es que ojalá pudiera compartir cada momento importante de su vida también.

Ella era su oxígeno, su mejor amiga, su apoyo; estaba vivo por ella, y vivía para ella. Porque nunca fue sólo cariño de hermanos, era amor.

— Hermione…

Decidiendo que no podía permitir que siguiera durmiendo, aunque estaba disfrutando enormemente de observarla a sus anchas ahora que no estaba aterrado ante la posibilidad de que pudiera atraparlo haciéndolo, Harry extendió su mano hasta su hombro, zarandeándola débilmente hasta que la sintió removerse fuera de su alcance, emitiendo un gruñido, entreabriendo los ojos.

— Hey, te traje algo de cenar — le sonrió.

Hermione se restregó los ojos, tratando de comprender lo que le había dicho Harry; mas, de sus labios apenas y salió un: "Mmmff", en señal de que al menos había notado que le había hablado.

— Vamos, ¿te puedes levantar un poco?

— No tengo hambre… — gruñó adormilada — Quiero dormir — se dio media vuelta.

Harry la miró con diversión.

— Anda, Hermione, no puedes estar tanto tiempo sin comer, despierta por favor — la volvió a mecer.

Hermione volvió a quejarse, abriendo los ojos finalmente, clavándolos en su mesita de noche.

— Me toca otra dosis de la poción — bostezó.

— Sí, pero necesitas tener algo en el estómago primero. Anda, levántate, te preparé un sándwich — se sentó a su lado.

— No quiero comer, Harry. Sólo quiero la mugrosa poción y volver a dormir — renegó malhumorada.

Harry chasqueó la lengua, mitad divertido por su actitud caprichosa. Y aprovechando el momento que usó Hermione para incorporarse, tomar la poción de encima de su mesita de noche y abrir la boca para beberla; él fue más rápido desenvolviendo el emparedado y metiéndole una buena parte dentro de la boca, quien no pudo más que morder un cuantioso pedazo para abrirse paso y respirar; fusilándolo con la mirada, con las mejillas infladas de comida.

— Y no me mires así, yo intenté disuadirte amablemente — se justificó, una sonrisa burlona brillando en sus ojos verdes.

— Si no fueras tan condenadamente adorable, te echaría fuera de mi habitación ahora mismo… — le espetó apenas tragó.

Harry sonrió ante lo dicho.

—… por desgracia, eres…

— Tu mejor amigo, quien no te dejara por tu cuenta cuando estás enferma — zanjó divertido, dándole de comer nuevamente, y haciendo caso omiso cuando Hermione le quitó el sándwich para comerlo por sí misma.

— Ni alardes, Harry, que no lo hago por gusto… — intentó mantenerse impasible, fallando limpiamente cuando dejó escapar un gemido apreciativo, relamiéndose los labios — Merlín, no sé si es el sándwich, o el hambre que no sabía que tenía, pero ¡esto sabe a gloria! — alabó.

— Supongo que, si vamos de nuevo en alguna búsqueda, podré mantenernos con sándwiches en lugar de hongos incomibles — bromeó.

Hermione cubrió su boca cuando se atragantó en el momento de querer reír y comer a la vez, ocasionando una carcajada por parte de Harry.

— Entonces eso significa que no intentarías dejarme atrás de nuevo… — razonó — Sí, Ron me lo dijo. Una sola mirada y cantó como palomita — asintió ante su muda pregunta.

Harry sonrió.

— Siempre supe que te temía, pero no hasta ese punto.

— ¿Por qué cambiaste de opinión Harry? — quiso saber.

El pelinegro bajó la mirada tenuemente, contemplando sus manos.

— ¿Qué puedo decir?, — sonrió nervioso — necesito a alguien que al menos sepa lo que hace mientras nos llevó alrededor del mundo sin tener idea de a dónde dirigirnos. Además, me volvería loco sin ti — confesó. Hermione lo miró con calidez. Pero prefirió seguir comiendo que decir algo al respecto, notando su estómago revolotear de gusto por dos motivos completamente diferentes.

— ¿Te gustó? — la llamó.

— Está bien, — se encogió de hombros, indiferente — pero… ¿te mencioné alguna vez que soy vegetariana?

El entrecejo de Harry se frunció, viéndose consternado; y Hermione rio, recogiendo su poción antibiótica, dándole un buen trago aprovechando que estaba momentáneamente distraído, estremeciéndose ante el amargo sabor.

— ¿Cuánto tardará en actuar? — le preguntó Harry.

— Diez, quince minutos. Así que evita hacerme preguntas — se recostó contra las almohadas, sacudiendo las migajas de pan y dejando los pocos restos encima de su mesita de noche.

Harry arrugó el entrecejo, confuso.

— ¿A qué te refieres?

— Ya lo verás… — comentó enigmática — ¿Quisieras quedarte… mientras tanto? — aventuró insegura.

En algún punto durante los siguientes minutos, Harry olvidó cómo se hallaba en ésa situación: Hermione y él, acostados lado a lado en la pequeña cama de la castaña, mientras él le leía el libro que ella anteriormente había estado releyendo.

— Eres un buen amigo Harry… — había murmurado Hermione en algún punto, cuando la poción empezaba a afectar su lenguaje. Por nombrar de alguna manera a su "lengua floja" — Pero no del tipo que te envían una tarjeta cuando te sientes mal, sino de los que están ahí para ti, sin importarles lo fea que te ves en pijama. Así eres tú… — había suspirado — Leal.

Tal vez lo era, pensó Harry, lanzándole una breve mirada de reojo, de espaldas a él. Pero no con su corazón. Quien prefería callar antes de dañar lo que tenían.

— Sólo intento devolverte un poco de lo mucho que has hecho por mí — había respondido. Y ella había sonreído, lo sabía.

Si Hermione supiera que el verdadero motivo es porque estaba "loco por ella". Pero claro que jamás lo sabría, porque para que lo hiciera, entonces él tendría que hablar de la manera en que adoraba cada uno de sus gestos, o como encontraba extremadamente atrayente su inteligencia y gracia; y englobar todas y cada una de las cualidades que le gustaban de ella, era hablar de sus sentimientos mismos. Del amor para nada fraternal que sentía por ella.

— ¿Sabías que tu voz se vuelve más ronca, y suave a la vez, cuando susurras? — lo interrumpió Hermione de nuevo, trayéndolo de sus pensamientos.

Harry, tomando por sorpresa pues la creía dormida desde hacía varios minutos, detuvo su lectura apenas un par de segundos, inseguro de que responder.

— No es como la de Ron, que es más parecida a un graznido que un susurro.

Aquel comentario arrancó una carcajada por parte de Harry, siendo tomado por sorpresa ante la confesión de Hermione.

— Mierda… — arrastró la palabra — te dije que no me hicieras hablar cuando actuara la poción — le riñó.

— Pero si ni siquiera te he sacado conversación — le recordó riendo, regodeándose de sus malas palabras, como ella las llamaría en su estado de lucidez.

Hermione lo ignoró, acomodándose mejor.

— Sigue leyéndome Harry, siempre me ha gustado el sonido de tu voz — le pidió. Y Harry no pudo más que obedecerla con gusto.

Pero luego de un capítulo completo, Hermione volvió a removerse en la cama, volviéndose hacia él, apoyada en la almohada, con las manos entrelazadas bajo su mejilla.

— Te digo una cosa — le dijo.

Harry despegó la vista del libro para regresar a verla intrigado. Bien, no podían culparlo, pero el hecho de tener a una Hermione libre de todas aquellas palabras rimbombantes, acostada a su lado, y bajo el efecto de algo que él esperaba fuera, aunque sea una pequeña dosis de Veritaserum, hacía que un revoloteo de intriga se desatara en su pecho, acelerando las pulsaciones de su corazón.

— Aja — se limitó a decir, remojándose los labios con la lengua en un gesto de pura expectación.

Hermione lo contempló por lo que parecieron largas horas, cuando el reloj en su mesita de noche apenas y había movido su manecilla larga de un número a otro.

— No, mejor no, es algo tonto — arrugó levemente el entrecejo.

— ¡No!, ¡no lo es!, vamos, dime — la ansiedad colándose en la voz de Harry, quien al menos tuvo la decencia de morderse la punta de la lengua luego de sus palabras apresuradas. Una pequeña mota de recriminación atravesando su pecho, antes de que la incertidumbre la barriera cual si se tratara de un simple diente de león frente a vientos huracanados.

Y no ayudó el que Hermione volviera a contemplarlo por un largo rato en el que Harry tuvo el repentino temor de que ella pudiera ver en sus ojos aquellos sentimientos que juraba por Merlín no compartir nunca con nadie. Pero entonces el suspiro de Hermione impactándose en su barbilla lo hizo tragar saliva con nerviosismo.

— Jane Austen es mi autora favorita, muy por encima de Bathilda Bagshot — musitó finalmente.

Y Harry bien pudo haberse ido a luchar con el sauce boxeador ante la frustración que lo recorrió, sintiendo sus hombros hundirse con pesadumbre.

— Ya me lo habías dicho — le recordó, regresando la vista al libro.

— Sí… — concordó la castaña con el amago de una sonrisa en su voz — pero nunca te dije que la considero una maldita torturadora de corazones.

Harry levantó la mirada, contemplando algún punto invisible en los doseles de su cama.

— ¿Cómo dices?

— Pues eso. Austen era, por decirlo decentemente, un cadillo en el trasero.

No fue el insulto hacia su supuesta autora favorita lo que atrajo la atención de Harry, sino la forma brusca en que Hermione se incorporó sobre las almohadas, llevándose de inmediato la mano a la cabeza y otra tras su espalda, apoyándola contra la cama para usarla como soporte cuando un repentino mareo la desequilibró.

— Estúpidas… pociones… antibióticas — blasfemó por lo bajo.

— ¿Estás bien? — Harry la miró preocupado, medio incorporándose, apoyándose contra el cabecero.

— ¿En qué quedamos?, nada de preguntas — le recordó.

Harry hizo un mohín, frunciendo los labios con un dejo de desaprobación y gracia, porque aun cuando era evidente que ella no se hallaba bien físicamente, al parecer tenía aun la fuerza necesaria para reñirle.

— En fin, volviendo con "cadillo-trasero"; — bautizó Hermione, haciendo caso omiso de la risa amortiguada de Harry — La visión de Austen sobre el amor era la biblia misma, y mira que no soy religiosa, — añadió impasible — pero admitámoslo, tenía una morbosa, masoquista, pequeña, retorcida y malvada mente que te prometía el mundo a tus pies con una simple línea y ¡PUM!, — gritó de improvisto, sacándole un respingo a Harry, quien brincó sobre sí mismo, con el corazón agitado — justo cuando pensabas llegar al clímax de la historia, ¡la finaliza!, ¿puedes creerlo?… — chillo indignada, meneando la cabeza — Dime qué clase de persona le hace eso a alguien — medio lloriqueó.

— O sea que todo esto es por el libro — murmuró Harry para sí.

La cabeza de Hermione se giró lentamente hacia él, con una gélida mirada brillando en sus ojos mieles.

— "¿El libro?", — inquirió — eso no es SÓLO un libro, Potter.

— Pero dijiste… — Harry pasó saliva con nerviosismo. Cohibiéndose ante los drásticos cambios de humor de su mejor amiga.

— ¿Yo dije qué? — inquirió, sus labios volviéndose una delgada línea de enfado.

Y Harry tuvo que tragar saliva nuevamente, preguntándose como sus glándulas salivales podían producir tanta cantidad de líquido, o porque sus manos no dejaban de humedecerse a pesar de haberlas limpiado ya dos veces contra las sábanas.

— Entonces, — carraspeó — ésta "cadillo tr-tr-asero" … — tartamudeó.

Hermione dejó de contemplarlo para regresar la mirada al frente, emitiendo un leve pero muy perceptible gruñido de exasperación.

— Best-sellers, nombramientos como una de las mejores escritoras de romance. Y con una mísera compasión por sus fieles lectores. Eso es lo que es — resumió con amargura.

Harry volvió a verla cuando creyó oportuno que las ansias de Hermione por volarle la cabeza de una no tan sutil "caricia", parecieron menguar.

— Quizás lo hizo para… — su voz se hizo más débil conforme habló, hasta dejar de escucharse.

Intentar debatir algo con Hermione, era como intentar pedirle a Slughorn que cerrara su famoso club Slug. Algo inútil.

Pero Hermione pareció no escucharlo, pues llevándose las manos al rostro, murmurando algo contra sus palmas, exhaló un profundo suspiro.

— Pero ¿sabes que es lo más frustrante de todo esto, Harry? — le cuestionó, girándose para verlo de frente.

— ¿Qué aún sigue siendo tu autora favorita? — aventuró inseguro.

Por segunda vez desde que lo vio ahí, ella rio.

— No… — contradijo, y su ceño volvió a fruncirse con molestia — ¡Que el estúpido señor Darcy jamás se atrevió a besar a Elizabeth!

Las cejas de Harry se elevaron, pero se encontró sin tener algo que decir al respecto.

— Y me pregunto si su amor realmente era verdadero, porque de ser así, al menos hubiera tenido la decencia de caer en sus impulsos por una vez y estrecharla en sus brazos, abrasando sus labios en el beso más tórrido jamás escrito — musitó apasionadamente, sus ojos brillantes.

Harry abrió la boca, sintiéndola seca cual desierto.

— Bueno, quizás él… — pero ya no pudo continuar, porque en un parpadeo Hermione ya tenía las manos sobre su rostro y lo alaba hacia ella, sellando sus labios con un firme beso que hizo que su pecho se sacudiera de emoción, cerrando los ojos casi sin darse cuenta.

¡Merlín bendito!, fue el único pensamiento que hizo eco en la cabeza del pelinegro, sintiendo los labios de Hermione moviéndose sobre los suyos con firmeza, sus manos colándose de sus mejillas a su nuca. Y entonces sus parpados cayeron, y que lo matara Jane Austen y su frígido señor Darcy, pero ¡no sabían absolutamente nada de lo que se estaban perdiendo!

Incapaz de coordinar su cuerpo a reaccionar, dejó que sus brazos permanecieran laxos a sus costados, y sus labios se movieran contra los de ella, como siempre quiso besarla y hasta ahorita lo descubría, era muchísimo mejor que volar encima de un hipogrifo con sus manos aferradas a su cintura, o caer al vacío con sus manos entrelazadas; no, no era mejor, era…

Te amo, te amo, te amo, te amo, ¡Merlín, te amo Hermione!, clamó para sus adentros. Porque era la única palabra que podía describir lo que sentía.

Y entonces, la unión se rompió, dejándolo en un estado de frustración y regocijo.

— Así debió haber sido el final… — exhaló Hermione con la voz entrecortada, sus labios rozándose por la cercanía — Estúpida Jane Austen, y sus jodidas y mojigatas relaciones de manita sudada — blasfemó de pronto, apartándose lentamente.

Harry abrió y cerró la boca sin poder encontrar su voz, sus ojos brillaban detrás de sus gafas ladeadas.

— Mmmff — masculló.

— Sólo hazme un favor Harry. Cuando tú te enamores no lo vayas a estropear tratando de contener tus sentimientos… ¿sí, Harry?… — y diciendo aquello, se dejó caer sobre las almohadas nuevamente, emitiendo un pronunciado bostezo. Harry contempló las cortinas frente a él, incapaz de recuperar el aliento — Sólo te consumes a ti mismo — exhaló en un suspiro, quedándose dormida inmediatamente.


Varias horas de sueño después, Hermione emitía un leve gemido de pereza, restregándose los párpados con el puño izquierdo, rehusándose a abrirlos y tomar la dosis que seguramente ya debía beber de la poción antibiótica.

Mas cual fue su estupor cuando elevó su mano derecha hacia el otro lado de la cama, a su mesita de noche, profiriendo un brusco respingo cuando ésta colisionó contra una masa cálida de ropa y… Oh Merlín, ¡se movía!

Con los ojos abiertos de par en par, y creyendo que un Petrificus Totalus la había golpeado, tuvo que apartarse el cabello a manotazos del rostro únicamente para descubrir que aquella masa era nada menos que…

— ¡¿Harry?!… — cual, si saliera de un sueño, Hermione se separó con brusquedad, casi yéndose contra el suelo sino fuera porque alcanzó a afianzarse del colchón, y sin dejar de contemplar con los ojos como platos al pelinegro, sintiendo el rostro en llamas — ¡¿QUÉ DEMONIOS…?! — su voz salió en un agudo chillido de nervios, enredándose en las sábanas, las manos temblándole incontrolablemente.

Tal fue el alboroto que el susodicho despertó sobresaltado, teniendo la misma reacción alarmante de Hermione cuando vio la mirada miel teñida de pánico.

— Estabas… ¡te sentías mal!… — repuso atropelladamente con el rostro más rojo de lo que alguna vez lo había visto, incorporándose bruscamente de la cama, cayendo al suelo con las piernas enredadas en la sábana, sacudiéndoselas de encima y levantándose en un tiempo record, con las gafas colgando precariamente de su nariz; el libro "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen, yaciendo en su lado vacío de la cama — Te traje la cena, te ayudé a tomar la poción, y me pediste que me quedara contigo. Estabas contándome de tu novela favorita, ¿te acuerdas?, ¡¿te acuerdas?! — repitió en un balbuceo ansioso.

Libre de los efectos de poción antibiótica, y más lucida por las horas del sueño, Hermione hizo lo que cualquier persona en su sano juicio haría al enterarse que su mejor amigo tan sólo había permanecido a su lado, cuidándola en medio de su enfermedad, preocupándose por ella, incluso poniéndose en riesgo de tener problemas si lo llegaban a descubrir: haló las sábanas bruscamente hacia sí, cubriéndose hasta la barbilla, retrocediendo hasta topar con la cabecera de la cama, con los ojos bien abiertos y el rostro escarlata.

Bueno, ése no era sólo su mejor amigo, repuso para sus adentros.

— ¡Te juro que no…!

— ¡Te creo! — lo cortó de inmediato.

El sólo idear un montón de escenarios ya era suficiente para su traicionero corazón, pero escucharlo a él haciendo las mismas hipótesis… Merlín, ¡debió irse a consultar con madame Pomfrey hacia tres días, la primera vez que estornudo sin parar al despertar!

Harry pasó saliva, restregándose las manos en la tela arrugada de su pantalón, desviando la mirada a cualquier lugar que no fuera su rostro sonrojado porque si no estaba seguro que él también… ¿A quién quería engañar?, él estaba incluso más rojo que un tomate maduro. ¿Y si ella actuaba así por el… beso?; un nudo de nervios se formó en la boca de su estómago ante la simple posibilidad de que su reacción fuera por vergüenza, nervios… o peor, ¡arrepentimiento!; y si era la última, ¿cómo sería capaz de volver a verlo?, ¿cómo sería él capaz de volver a interpretar el papel del mejor amigo?, ¡¿cómo ambos podrían compartir un beso en la mejilla si la sensación cálida en sus labios aún se mantenía intacta?!

Bien, no era momento para entrar en pánico, se recordó.

— Gr-gracias… — rompió la castaña con el silencio, bajando lentamente la sábana, pero sin dejar de aferrarla en sus manos cual si se tratara de un chaleco antibalas — por cuidarme — especificó.

— No es nada — replicó Harry con la voz ronca.

Hermione se atrevió a verlo de reojo, viéndolo removerse incómodo, devolviéndole la mirada disimuladamente mientras su atención parecía detallar los patrones en el tapizado junto a la ventana.

— Espero no haberte dado muchos problemas, estaba tan mal con la poción que no recuerdo nada de lo que pasó desde ayer por la tarde — se mordió el labio inferior.

Harry la regresó a ver con un destello de dolor en sus ojos, antes de parpadear y volver a desviar la mirada.

— Lo mismo hubieras hecho por mi… — mordió la punta de su lengua — Lo mismo has hecho por mí — rectificó.

— Gracias Harry, de verdad — se atrevió a sonreírle cálidamente.

Él asintió con gesto distraído.

— Tal vez debería… — dio un paso a un lado, alejándose más de la cama.

— Sí, claro. Ve. Gracias de nuevo… — hizo el amago de levantarse y acompañarlo a la puerta, cuando en su intento por dejar las sábanas a un lado, sus dedos tantearon la esquina de un libro — ¿Y esto cómo llegó a aquí? — se preguntó.

Una sombra rosada apareció en las mejillas de Harry.

— Lo estuviste leyendo, pero te quedaste dormida. Y cuando vine, me pediste que continuara por ti… ¿Recuerdas? — añadió con una nota de esperanza.

Hermione arrugó el entrecejo, tratando de concentrarse; fallando estrepitosamente.

— Lo siento… — negó — Pero gracias por leerme mi libro favorito. Debió ser algo incómodo para ti, sobre todo tratándose de un libro de, bueno, romance.

— Está bien. Fue… — ahogó sus palabras en una fingida tos.

— Espero no haberte contagiado — Hermione lo miró preocupada.

Si supieras cómo pudiste haberlo hecho, pensó Harry, pasándose la lengua sobre los labios en un gesto inconsciente.

— ¿Harry?

— No, no. Todo está bien. Es sólo, fue un reflejo — y sin esperar más, rodeó la cama, recogiendo su escoba de donde la había dejado apoyada, y abrió la ventana.

La pregunta: "¿Volaste hasta aquí?", murió en los labios de Hermione cuando se dio cuenta a tiempo de lo redundante que aquello sonaría considerando que no había otra opción del porque Harry ahora abría completamente la ventana y se asomaba hacia los terrenos, vigilando que aún no hubiera alguien afuera que lo pudiera descubrir saliendo a hurtadillas de la torre de la Premio Anual.

— Nos vemos en el comedor más tarde — lo despidió cuando lo vio cruzar una pierna sobre el mango de la escoba, dispuesto a irse sin más.

Harry se detuvo a punto de despegar del suelo. ¿De verdad ella no recordaba nada?, se preguntó nuevamente, no pudiendo aguantar el nudo de incertidumbre que tenía atorado en el estómago.

— Éste señor Darcy… ¿amaba mucho a Elizabeth? — le preguntó de pronto.

Hermione arrugó el entrecejo, confundida por tener ése tipo de conversación; pero entonces decidió que probablemente lo había atormentado tanto durante la noche, que probablemente ahora Harry se sabía todos los personajes de Jane Austen, incluyendo aquellos que no figuraban en "Orgullo y Prejuicio".

— Con todas sus fuerzas — respondió sin dudar.

— ¿Y Elizabeth? — continuó, rehusándose a verla.

— Más que a su espíritu independiente — no pudo evitar el ligero toque de humor en su voz.

— Y el final que escribió Jane Austen, omitiendo el hecho de que ellos jamás se besaron o actuaron impulsivamente como pudo hacerlo todo el mundo; ¿sigue siendo insuficiente a pesar de lo que ya habían dicho y expresado?

El entrecejo de Hermione se suavizó ante su pregunta, repitiéndola para sí un par de veces más. Recordando aquellas largas conversaciones entre Elizabeth Bennet y el señor Darcy, los silencios que compartían, los cortejos no demostrados de él hacia ella, la manera en que se preocupaban e interesaban en el otro; y finalmente, luego de años de maldecir su libro favorito, Hermione no pudo evitar que una sonrisa se colara de sus labios, notando que sí había una persona que pudiera hacerla cambiar de parecer.

— ¿Hermione?… — insistió Harry — ¿Ellos se aman?

— Apasionadamente.

Fue su única respuesta.

"He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente". El eco lejano de una voz leyéndole al oído la hizo estremecerse.

Pero antes de divagar más en el asunto, Harry detuvo su ida momentáneamente, girándose hacia ella.

— Y Hermione… — dejando atrás los nervios, tomó un respiro, mirando aquellos ojos mieles brillar intrigados; y se atrevió a un poco más — yo no tengo una novela favorita, pero la tuya te aseguro que se ha convertido en la mía también — y con una sonrisa de complicidad, dejó a la castaña en una nube de posibilidades.


Merlín bendito, ¿acaso él…?

No, era imposible.

¿O no lo era?

Su mirada se desvió al libro sobre la cama y soltó un bufido de molestia. Maldiciendo nuevamente a la autora como siempre lo hacía. Todo el tiempo en suspenso por ver que sucedería con Elizabeth Bennet y el señor Darcy, únicamente para que la estúpida de Jane Austen se le ocurriera no escribir un beso entre ellos.

Y la molestia se transformó en frustración cuando contempló hacia la ventana, sabiendo que, al igual que Elizabeth, ella estaba destinada a sufrir de amor por el atolondrado del señor Potter que no se daba cuenta que llevaba babeando por él desde el baile de navidad que imaginó compartían el año pasado mientras estaban a punto de morir.

Sacudió la cabeza.

Darcy, Darcy, se corrigió.

— Señor Darcy… — suspiró, dejándose caer en la cama.

Pero meneó la cabeza, mirando con rencor el libro, y lo colocó de vuelta en su mesita de noche con un amargo sabor de boca.

— Menudo topo cegatón — blasfemó por lo bajo, y se acurrucó en las mantas, notando aquel olor a hierba recién cortada, pergamino nuevo, y el cabello de Harry, que permanecía entre ellas. Y volvió a suspirar. Lo que ocasionaba una infección de garganta y oídos. O, mejor dicho, una noche de lectura.