La editorial


Emma esperaba y temía que Rubí regresara el domingo y le preguntase por sus actividades del fin de semana, pero esta pasaba cada vez más tiempo en casa de Belle. Estaba segura de que en poco tiempo iba a quedarse sin compañera de piso. Por una parte le apenaba, Rubí y ella llevaban compartiendo casa muchos años, desde que Emma se independizó de su familia, y se había acostumbrado a esas charlas al final del día en que ambas desnudaban su alma, en que sabían que podían engañarse a sí mismas, pero no a la otra. Iba a ser difícil quedarse sola en el piso, pero luego veía la felicidad en la cara de su amiga y se alegraba sinceramente por ella, y la envidiaba secretamente, tan secretamente que ni a ella misma se lo confesaba.

Rubí se presentó en su casa con el tiempo justo de ducharse y cambiarse para el trabajo, y la conversación que mantuvieron sobre sus respectivos fines de semana fue bastante superficial.

Durante el trayecto en coche, Rubí hablaba sin parar sobre las nuevas facetas de su relación, y no se dio cuenta del mutismo de Emma.

Cuando llegaron a la redacción, y tras unas breves instrucciones para mantener a Mixtrum en la calle, Regina y Emma salieron a ver dos locales que Rubí ya tenía seleccionados como posibles nuevas sedes de sus oficinas.

—¿En tu coche o en el mío, Querida? —preguntó Regina con naturalidad, como si la última vez que se habían visto hubiera sido el viernes anterior en el trabajo y no se hubiera corrido bajo sus muslos ni la hubiera estado besando como si fueran amantes durante mucho rato.

—El mío. Ya te dije que me gusta conducir. Subieron al coche de Emma.

—¿Estamos de acuerdo entonces en dos despachos? Uno de los locales que ha propuesto Rubí tiene tres.

—En lo que a mí respecta elegiremos el local más adecuado, no importa la cantidad de despachos que tenga.

—Si tú y yo trabajamos en la misma habitación infundirá confianza a las chicas.

Emma soltó una sonora carcajada.

—Las chicas confían en nosotras, en caso contrario no dejarían su trabajo para venirse un poco a la ventura. Pero una cosa quiero dejar clara, Regina. El hecho de que trabajemos en el mismo despacho no significa que vaya a estar de acuerdo contigo en todo. Voy a seguir defendiendo mi criterio y mi parcela en Mixtrum con uñas y dientes, vetaré todo lo que no me guste y seguiré exigiendo puntualidad absoluta. Y la puerta del despacho permanecerá abierta «siempre».

—No esperaba menos, señorita Swan.

—¿Vas a dejar de llamarme Señorita Swan alguna vez? Yo he empezado a llamarte Regina… a veces.

—Por supuesto que dejaré de llamarte señorita Swan… el día que te conviertas en «señora» Swan.

—Eso sucederá el día que las ranas críen pelo.

—Pues será ese día entonces.

—Debes saber que el hecho de que seamos amigas fuera del trabajo, no cambia que seamos competidoras dentro de él.

—¿Somos amigas fuera del trabajo, Emma?

—Eso creo.

—Me alegra saberlo.

—Yo no juego a los «piratas» con mis enemigas, Mills. Regina sonrió con picardía.

—¿Estaba planeado entonces?

—Sí… Bueno, no todo. Cuando me dijiste que tu sobrino estaba sumamente aburrido recordé que mi juego favorito de pequeña era el de los piratas, y se me ocurrió probar.

—¿Jugabas a los piratas de pequeña? ¿Igual que conmigo?

—¡No seas Imbécil, Mills! Jugaba con mis hermanos y tenía siete u ocho años. De lo del sábado pasado tuviste tú la culpa.

—¿Yo? Perdona, Querida, pero estaba atada y amordazada.

—Y mojada sin ningún motivo, no te olvides de eso.

—Debe ser fruto de los estimulantes sexuales que tomo habitualmente.

—¡Idiota!

Regina rió con fuerza.

—En serio, Emma… ¿Te han atado alguna vez?

—No.

—A mí tampoco… hasta el sábado. Y me resultó muy excitante, me puse…

—Ya sé cómo te pusiste, no sigas.

—Pues te recomiendo que lo pruebes.

—Cállate, Mills. Estamos en horario de trabajo. Y si sigues hablando así, creo que va a ser mejor alquilar el local de los tres despachos —dijo ella imaginándose atada al sillón y a Regina jugueteando en ella—. Y hablando del sábado… ahora que vamos a ser socias…

—Ya lo somos, firmamos el documento.

—Pero todavía no te he pagado tu mitad.

—No hay prisa.

—Para mí sí. El banco ya tiene orden de ingresar el dinero del préstamo que he solicitado en la cuenta común de la empresa en cuanto esté terminado el papeleo. Entonces me consideraré tu socia; antes no. Pero volviendo al sábado… vamos a trabajar juntas y de mejor rollo que antes, pero lo que pasó tiene que acabar. Porque si seguimos con tonterías de ese tipo solo complicaríamos las cosas. Y perjudicaría a la sociedad.

—¿Estás segura? Yo diría que incluso el trabajo ha mejorado desde que nos lo montamos aquella noche en la oficina.

—Es posible, pero llegados a este punto, solo pueden empeorar.

—¿Por qué?

—Porque sí, Regina.— No voy a negar que follar contigo fue fantástico, que lo del sábado pasado me resultó también a mí muy excitante y me hizo descubrir una parte juguetona que no sabía que tenía, pero… vamos a dejarlo ahí, ¿de acuerdo?

—De acuerdo… aunque no te prometo nada si vuelves a atarme.

—¡No voy a volver a atarte! La próxima vez que tengas que cuidar de tu sobrino y me llames, si es que lo haces, jugaremos al parchís.

—Una vez jugué y cada vez que a alguien le comían una ficha se tenía que quitar una prenda de ropa.

—¡Vete al carajo, Mills! Acepta mis condiciones o no voy a compartir oficina contigo ni muerta.

—¿Tienes miedo de no poder resistirte, Querida?

—En absoluto. Follamos y fue alucinante. Punto.

—Que sí, mujer … que era broma. Estoy de acuerdo contigo.

«Y una mierda», pensó. «Voy a explotar esa faceta tuya juguetona que no sabías que tenías, y lo voy a hacer a conciencia, señorita Swan».


Después de ver varios locales, se decidieron por uno con dos habitaciones pequeñas, una bastante mayor, un baño y una cocina. Esta suponía todo un lujo, con un microondas, frigorífico, cafetera, tostador y un fuego eléctrico donde preparar alguna comida muy básica, pero que les permitiría almorzar en el trabajo y reducir gastos en transportes y restaurantes. Definitivamente, Emma y Regina no iban a compartir oficina.

Amueblaron la oficina con lo básico: mesas, sillas y sillones cómodos para trabajar, archivadores y ordenadores y decidieron que más adelante irían añadiendo lo que fueran necesitando.

Emma ingresó su parte de la compra de Mixtrum en la cuenta común. Decidieron que para ahorrar, cada una llevaría la comida un día de la semana para todos, con lo que constituyeron más una pequeña familia que un grupo de trabajo. Los viernes por la tarde, como sucedía en la editorial, Regina o Emma llevaría el material a August y él se encargaría de meterlo en las rotativas y distribuirlo en el mercado, hasta que la nueva editorial, que habían decidido llamar también Mixtrum, tuviera la suficiente infraestructura para hacerlo por sí misma.


El primer lunes, Regina se ofreció a llevar la comida de inauguración. La noche anterior llamó a Emma.

—Buenas noches, señora copropietaria.

—Bunas noches, Mills. Creo que señorita Swan o señorita insufrible me gustaba más. Sigo siendo «señorita», recuérdalo.

—Cierto. Bien, entonces lo dejaremos en Querida.

—¿Qué quieres a estas horas? —dijo ignorando la sensación de euforia que había sentido al leer su nombre en el móvil—. Espero que ahora que somos socias no se convierta en una costumbre que me llames fuera del horario de trabajo.

—No seas borde. Solo quería consultarte el menú de mañana.

—Ahora la insufrible eres tú. Lleva lo que quieras ¿Desde cuándo necesitas mi aprobación? Y menos a las once de la noche.

—¿Lasaña?. Emma suspiró.

—Lasaña, vale.

—Y cava para brindar.

—Genial. Emborrachando al personal en horas de trabajo —dijo en un tono que pretendía ser severo, sin conseguirlo.

—Solo mañana, lo prometo.

—Más te vale.

—Y otra cosa…

—¿Qué?

—Es un favor personal que te pido, ¿eh? No te lo tomes como una orden ni nada parecido.

—Suéltalo ya y déjame leer.

—¿Lees por las noches?

—¡Mills! Desembucha.

—Que dejes guardadito el uniforme de señorita Rottenmeier y vengas a trabajar vestida de persona.

Emma, que ya tenía pensado hacerlo así decidió aprovecharse de la situación.

—Hummm… lo pensaré. ¿Qué ofreces a cambio?

Por la mente de Regina pasaron muchas cosas, pero no dijo ninguna de ellas.

—Retirar el anexo y volver a incluir artículos científicos dentro de la revista.

—Eso ya estaba hablado.

—¿Ah, sí? No lo recuerdo. Entonces, dime tú qué pides. Negociemos.

—Bueno, seré generosa. Puesto que se trata de apariencia, yo pediré lo mismo. podrías dejar de ponerte esa espantosa blusa de rayas rojas y grises.

Regina no pudo evitar reír a grandes carcajadas.

—¿Qué deje de…? ¿Por algún motivo en concreto? .—¿Y si en vez de eso te doy permiso para que la ropa que no te guste me la rompas a tirones en el momento que te apetezca?

—¡Vete al carajo! Decidimos que íbamos a trabajar y olvidarnos de «ciertos temas».

—Por Dios, que no aceptas una broma. —Siguió riendo a carcajadas.

—No. Ya deberías saberlo, me conoces lo suficiente.

—De acuerdo. No te molesto más, sigue con tu libro. Buenas noches, Querida.

—Buenas noches, Mills.

Apagó el móvil y se enfrentó a la mirada inquisitiva de Rubí.

—¿Qué miras?

—Que no me puedo creer la conversación que acaban de tener. No he escuchado la otra parte, pero… pero tú has prohibido una blusa de rayas. ¿Sabes a qué suena eso?

—¡No! Simplemente he respondido a su petición de que deje el traje negro en casa. No iba a ceder sin pedir nada a cambio. Me importa una mierda cómo se vista.

—Ya…

—Cambiemos de tema.

—Tienes razón, la blusa le sienta fatal.

—Sigue chateando con Belle.


Al día siguiente Emma se presentó a trabajar con una falda negra y una chaqueta roja de corte moderno. El cabello suelto que caía sobre la espalda. Regina contuvo la respiración al ver cómo se le marcaban la cintura y los pechos. Quizás no había sido tan buena idea pedirle que cambiase de forma de vestir.

Regina, por su parte, llevaba un traje compuesto por un pantalón negro y una chaqueta blaze negra.

Empezaron a trabajar con ahínco, con la ilusión de empezar una nueva etapa. Las puertas de los despachos de Regina y Emma permanecieron abiertas todo el tiempo, y el ambiente de trabajo se hizo distendido.

A la hora del desayuno se reunieron todas en la cocina, aunque Emma siguió fiel a su té verde y su tostada integral en vez de apuntarse a la enorme caja de donuts que Regina puso sobre la mesa.

En cambio, disfrutó del almuerzo. Regina era una gran cocinera, todas deberían esforzarse si querían estar a la altura el día de la semana que les tocase cocinar a ellas. Brindó con el cava por el éxito de la nueva etapa que empezaba, y sintió que al fin su sueño profesional empezaba a realizarse.