NOCHE DE GRADUACIÓN

— ¡Noche de graduación! — gritó Ron apenas saltó sobre el último escalón de la sala común, provocando un respingo en Harry y Hermione, quienes estaban apenas hacia un segundo en su "sesión de compensación"; como solía llamarlo su pelirrojo amigo cuando los encontraba en sus arrumacos en alguna parte del castillo; y ahora estaban a cada extremo del sillón, con el cabello alborotado y el rostro escarlata.

Ron, dándose cuenta del súbito cambio en el color de las mejillas de sus mejores amigos, rodó los ojos.

— ¿En serio?, ¿aquí?, ¿frente a los enanos inocentes de primero? — les cuestionó cruzándose de brazos.

— Y no sólo frente a ellos — exclamó la voz de Ginny, emergiendo del fondo de un ejemplar del Quisquilloso, sacándoles un respingo.

— Sí, bueno, una cosa es "inocentes", y otra "enanos", hermanita — se burló Ron.

— Como si tú no planearas hacer lo mismo con Luna apenas te dé la oportunidad — señaló Ginny con los ojos entrecerrados.

Las orejas de Ron se sonrojaron.

— Y a todo esto…

— ¿Desde cuando estás ahí?

— ¿Estuviste espiándonos todo el tiempo? — le inquirieron Harry y Hermione a la vez, entre el desconcierto y la indignación.

Ginny dejó caer la revista sobre la mesa a su lado, chasqueando la lengua.

— Honestamente chicos, ésta fase de "luna de miel" empieza a ser demasiado fastidiosa. Estaba justo aquí — remarcó, señalando a su alrededor con un movimiento de brazos — cuando empezaron con el "Te quiero", "No, yo te quiero más", "No es cierto, yo te quiero a ti más" — recitó con cursilería, para finalizar en una exagerada representación de besos.

Ron soltó una estridente carcajada, dejándose caer sobre el apoyabrazos del sillón que ésta ocupaba.

— Oh, y eso que no lo escuchas a éste suspirar toda la noche… — comentó, codeándole el hombro mientras señalaba a Harry con un movimiento de cabeza — Y hablando de eso. Por Merlín, Harry, Hermione ésta en la misma torre, a un par de metros. ¿En serio tienes que estar toda la noche: "Hermione te amo, eres tan hermosa"? — musitó Ron con voz ahogada.

Ginny enarcó las cejas, con la boca entreabierta, pasando la mirada del pelinegro a la castaña. Mientras los susodichos se sonrojaban hasta niveles estratosféricos, evadiendo su mirada.

— Nosotros no…

— Tampoco es como si yo…

— ¡Oh, cierren la boca! — farfullaron al unísono.

— Vaya, vaya, vaya, ésta SÍ que es información… caliente — sonrió Ginny con travesura, haciendo un movimiento ascendente y descendente con las cejas.

— ¿Caliente? — la miró Ron con el entrecejo fruncido.

— Recién salida del horno — le explicó, sin ocultar su sonrisa.

— ¡Ah!

— Sí, y la inocente soy yo — ironizó la pelirroja para sí.

— Ginny, ¿qué no tenías algo que hacer hoy?… No sé, ¿ir a ver que tanto han crecido las plantas del invernadero 3? — la acribilló Hermione con la mirada, masticando las palabras.

Ginny, lejos de mostrarse alterada por aquella pregunta, le sonrió socarronamente, poniéndose de pie.

— No, hoy no iré a ver mis amadas plantas… — suspiró melosamente — Sin embargo, un baile con el atractivo ayudante de la profesora Sprout se me ha prometido para ésta noche. Así que, nos vemos luego, iré a arreglarme.

— Pero si apenas son las 11. ¡Y te he dicho que no puedes salir con Neville! — señaló y regañó al mismo tiempo Ron, siguiéndola con la mirada.

— Y yo te he dicho que realmente eres inocente, querido hermano — y sacándole la lengua, se perdió en las escaleras.

Ron soltó un bufido, fulminando el lugar por el cual había desaparecido Ginny, antes de dejarse caer de forma patosa en el sillón, subiendo los pies a la mesa de centro.

— ¿Y a ti qué?, ¿te comió la lengua el ratón?… — le espetó a Harry — ¿O apoco el beso con Hermione estaba tan bueno que del susto que les causé, Hermione olvidó devolvértela? — añadió con mofa.

— No, tan sólo prefiero utilizarla para algo que sea útil — le respondió seco.

— Besuquearte con Hermione, ya veo que de útil es eso… — ironizó — Por cierto, ¿si recuerdas que de los dos, yo fui el primero en besarla, cierto?; así que no veo que cosa impresionante encuentras en eso — se encogió de hombros.

Harry se tensó, crispando los puños y haciendo el ademán de levantarse, únicamente para sentir la mano de Hermione deteniéndolo.

— Y yo te recuerdo que el ÚNICO beso que hemos compartido, FUE en un momento de desesperación, al borde entre la vida y la muerte. Con Harry, SIEMPRE ES por un acto de AMOR — subrayó la castaña.

— Cursi — le dijo.

— Amargado — contraatacó Harry.

— Entrometido.

— Melodramático — le espetó Hermione.

— Tórtolos.

— ¡Sí! — asintieron Harry y Hermione a la vez, compartiendo una mirada de complicidad.

Ron gruñó, cruzándose de brazos y volteándoles el rostro.

— Presumidos.


Los días habían pasado entre una nube de alegría y felicidad para Harry y Hermione desde aquella noche en la habitación del pelinegro, cuando finalmente habían aceptado sus sentimientos frente al otro.

El tiempo en Hogwarts estaba llegando a su fin, ésa misma noche se celebraría el baile de graduación, y entonces serían otros tres días sin deberes ni exámenes que presentar, antes de marcharse a casa, y no volver jamás al que siempre fue su hogar.

Una parte de ellos veía ése punto con nostalgia, pero los recuerdos siempre los acompañarían. Aquel primer día de brujas en que sus vidas se entrelazaron, volviéndose amigos. Hasta el último segundo que pasarían juntos en el castillo y sus terrenos. Sin embargo, era momento de dejar ir atrás sus días de preparación y embarcarse en algo mucho más grande.

Una vida fuera de los muros de su protección. Emprender el vuelo y buscar su profesión.

Eso, y una vida juntos.

— Te juro que cuando Ron sacó lo del beso entre ustedes… — despotricaba Harry media hora después, cuando paseaba por los terrenos con Hermione colgada de su brazo.

— Le habrías partido la cara, lo sé.

— No, no sólo eso, también…

— Le habrías echado en cara que sólo estaba celoso porque él apenas y había podido invitar a Luna al baile — completó Hermione, alzando la mirada para sonreírle.

Harry sonrió a pesar de sí mismo, olvidando su molestia al instante.

— A veces me pregunto cómo es que siempre sabes lo que pienso antes de decirlo — le dijo.

Hermione se detuvo bruscamente sobre sus pasos, obligándolo a hacer lo mismo, mientras lo miraba sorprendida.

— ¿No te lo dije?, ¡usé un hechizo!

Harry arrugó el entrecejo.

— ¿No estás hablando en serio? — no pudo evitar que su voz saliera en forma de interrogante. Hermione rio.

— Se llama complicidad, Harry. Eso, y siete años de amistad, es lo que tenemos.

— Pensé que dirías amor — la miró acusadoramente.

— Bueno, eso fue como algo demasiado obvio para mencionarlo — sus mejillas adquirieron un leve tono rosado.

— De todas formas, el único hechizo que podrías causar en mí, sería algo así como la poción de Amortentia.

Hermione sonrió.

— ¿Así que te traigo loco de amor?, ¿o sólo loco de obsesión? — quiso saber.

— Loco de amor, definitivamente — sus ojos brillaron.

— Entonces me alegro de que sea algo mutuo — lo abrazó por el cuello.

Harry sonrió ampliamente, inclinándose hacia ella.

— Una cosa más… — lo frenó Hermione cuando estuvo a punto de besarla.

— ¿Qué es?

— El Muffliato… — empezó, sus mejillas sonrojándose.

— Crees que es una buena idea ahora ¿eh? — completó Harry, sus orejas rojas.

Hermione asintió, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.

— No quiero decir "te lo dije". Pero: te lo dije — le recordó Harry con un dejo de acusación y burla.

— Perdóname, pero recuerdo muy bien que el sueño de Ron, cuando viajamos en búsqueda de los Horrocruxes, era más pesado que una aplanadora — se mostró ofendida.

— Lo estábamos matando de hambre, Hermione, obviamente no se iba a despertar por el sonido de nuestras voces.

Hermione ocultó el rostro en su pecho, sintiendo que no podía sonrojarse más profusamente.

— Merlín, no podemos hacer esto. ¿Tienes una idea de la cantidad de reglas que estamos rompiendo…?

— Tú fuiste la que en primer lugar no me quiso en su torre — la miró dolido.

— ¡Porque eso sería el colmo Harry!, — se apartó ligeramente para mirarlo de frente — burlarnos así de la confianza que depositó McGonagall en nosotros, únicamente para…

— Espero que el final de ésa frase tenga mucho significado, porque si no me sentiré muy ofendido — arrugó el entrecejo.

Hermione resopló.

— El Muffliato, Harry, el Muffliato. No nos desviemos del tema. Es eso, o esperar a que termine el año escolar y decirles a mis padres que…

— Definitivamente estoy pro Muffliato — zanjó rápidamente, pasando saliva.

— Eres consciente de que al final tendremos que decirles ¿verdad? — lo miró con un dejo de burla.

— Claro, porque nada haría más feliz a unos padres que enterarse que su única hija ha estado durmiendo en los brazos de quien ellos pensaban era su mejor amigo, y no sólo eso, con quien se fue por meses a una búsqueda de muerte, y ahora resulta ser su novio. Sí, lo van a aceptar muy bien — ironizó, su rostro pasando del escarlata al gris en cuestión de segundos.

— Me refería a mudarnos juntos — musitó Hermione en un hilito de voz.

Y Harry maldijo en silencio, su rostro en llamas.

— Eso también — balbuceó.

Hermione meneó la cabeza, rompiendo en risas cantarinas al verlo enrojecer. Y Harry no pudo evitar besarla, embriagado de amor al escucharla siendo feliz. Por él. Por ellos juntos.


La noche cayó en Hogwarts rápidamente, como si las horas se hubieran transformado en gotas de agua que intentabas inútilmente de detener entre los dedos. El Gran Comedor había sido sellado después de la comida, casi a las 2 de la tarde, para transformarlo en el lugar idílico para celebrar el baile de graduación de los alumnos de último año. Así mismo, las salas comunes se habían vaciado de dichos alumnos, quienes se encerraron en sus respectivas habitaciones, preparándose para la gran noche.

Una banda había sido contratada para la velada, quienes ensayaban sobre un llamativo escenario con luces parpadeantes y máquinas de humo. Un banquete estaba listo para servirse, gracias a la gran aptitud de Kreacher como jefe de elfos domésticos, en las cocinas de Hogwarts. Esculturas de hielo, representando las cuatro casas, habían sido colocadas a cada esquina de la gran pista de baile situada en el centro. Las cuatro mesas habían sido sustituidas por unas más pequeñas, de forma circular, colocadas estratégicamente a lo largo y alrededor del escenario y pista de baile. Listones que parecían cascadas de pequeños diamantes, caían desde el techo, desintegrándose antes de caer al suelo; cual si fueran cálidos copos de nieve.

Y dando los últimos toques a la decoración, Minerva McGonagall, en compañía de Filius Flitwick, Horace Slughorn, Pomona Sprout, y el demás profesorado, se encontraban repartidos a lo largo del salón.

Todo estaba listo…

— ¡Peeves, fantasma del demonio, atrévete a derretir la escultura de hielo una vez más, y por Dumbledore que llamaré al Barón Sanguinario y le diré que te lleve a donde perteneces de una vez por todas! — rugió Minerva McGonagall mientras reconstruía la escultura de águila y amenazaba al risueño poltergeist que revoloteaba por todo el salón.

— ¡Lo tengo!, ¡lo tengo!, ¡ésta vez no escapara! — apareció Filch desde la puerta adyacente a la mesa de profesores, armado con un trapeador, dando golpes hacia el techo, perseguido por la señora Norris.

— ¡Señor Filch!, ¡ARGUS! — gritó McGonagall cuando éste barrio con la mitad de la vajilla de la mesa.

— ¡Tú, escurridizo parásito, no te escaparás nuevamente! — saltó sobre una silla, brincando armado en el mismo momento en que Peeves se materializaba sobre él. Únicamente para atravesarlo cuando volvió a desaparecer, y terminar tendido en el suelo, armando un alboroto cuando aterrizó sobre la cola de la señora Norris, quien chilló de dolor.

Los hombros de McGonagall cayeron, lanzando un resoplido molesto.

— Mira cómo me dejas Albus — masculló en reprimenda. Casi escuchando la sonrisa divertida de su viejo amigo, riéndose de una travesura mientras jugaba con sus pulgares y se comía otro caramelo de limón.

— ¡Señora Norris! — se alzó la voz preocupada de Filch, apresurándose a liberarla, recibiendo como recompensa un rasguño en la mano.

— No sería una celebración si Peeves y Filch no hicieran una escena ¿no te parece? — le preguntó Flitwick.

McGonagall lo regresó a ver, notando su mirada divertida.

— Me temo que pasarán otros cincuenta años, y ellos seguirán persiguiéndose el uno al otro — comentó.

El profesor Flitwick rio brevemente.

— Ya espero por esos cincuenta.

— Entonces empecemos de una vez. El momento finalmente ha llegado — sonrió Minerva en un suspiro, haciendo un hondeo de varita para que se abrieran las puertas del Gran Comedor.


Cuando las grandes puertas de roble se abrieron a sus espaldas, Harry y Ron, vestidos en sus pulcras túnicas de gala, se giraron hacia éstas, sintiendo un nudo de expectativa recorriéndoles el estómago. Los alumnos encaminándose con paso tentativo hacia el interior, exclamando por lo bajo lo genial que se veía todo.

El dúo de amigos, sin embargo, lejos de seguirlos, se quedaron dónde estaban, desviando la mirada nuevamente hacia las escaleras, de donde sus acompañantes emergerían en cuestión de minutos. Cual si se trataran de unos impacientes novios en la espera de su novia y prometida.

— Alguien sí se bañó hoy… — canturreó una voz a sus espaldas, provocándoles un desagradable escalofrío al pensar en un rubio desabrido de la casa Slytherin, y del cual no habían sabido nada desde hacía un año.

Ron, dispuesto a arremeter sin dudarlo, se giró hacia un costado, su ceño haciéndose más notorio al ver a Neville acercándose a ellos con una sonrisa de camaradería.

— ¿Nerviosos por la gran noche? — se detuvo a un lado de Harry, palmeándole la espalda.

— Un poco… — asintió Harry, girándose a verlo; su ceño arrugándose al notar su túnica de gala — ¿Y tú? — enarcó las cejas.

Neville sonrió enigmáticamente.

— Bien, bien, aquí pasándola — metió las manos en los bolsillos, lanzando una disimulada mirada hacia las escaleras.

Harry meneó la cabeza para sus adentros, imaginando el resto de la noche para Ron.

— ¿Pasándola, de: ya me voy?, ¿o pasándola, de: se me hace tarde para ya largarme? — inquirió el pelirrojo con los ojos entrecerrados, corriéndolo con ambas preguntas.

— Podría decirse que un poco de ambas — se encogió de hombros, sin ofrecer nada.

— ¿Eres consciente de que no eres alumno, verdad Longbottom? — le espetó, lanzándole una mirada de desconfianza.

Neville rodó los ojos.

— Me preguntaba cuanto tiempo te tomaría darte cuenta… — ironizó; exhalando un suspiro de cansancio al ver su mirada penetrante — Sí — contestó mansamente.

— ¿Y qué eres ayudante de Sprout?

— Sí.

— ¿Y qué por tal motivo no debes socializar con los estudiantes?

— Sí.

— ¿Entonces qué haces aquí? — le cuestionó.

Neville intentó de relajar el músculo de su mandíbula.

— Soy la pareja de tu hermana — declaró, lanzándole una mirada desafiante.

Ron, haciéndose caso omiso de la diferencia de estatura, intentó lanzarle una mirada hacia abajo, aun cuando Neville le sacaba poco más de una cabeza.

— ¿Y quién te dio permiso para eso? — frunció los labios en una tensa línea.

— ¡Honestamente Ron, deja de ser posesivo con ella!… — exclamó ofuscado, sacando sus manos y agitándolas con exasperación — ¡Me ama!, ¡yo a ella!; ¡Déjanos-en-paz!

— ¿Acaso te lo ha dicho ella?, ¿o sólo estás asumiendo nuevamente? — lo miró impasible.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Neville, haciendo un casi inhumano esfuerzo por no perder el control ante el hermano de su novia; tragándose la lava que ascendía por su garganta con mil y un comentarios desdeñosos acerca de dónde podía meter su opinión.

— Más de una vez — se limitó a decir entre dientes.

Ron lo contempló en silencio, analizándolo, sin abandonar el gesto huraño de su rostro.

— Supongo que puedes permanecer aquí — dijo finalmente, con indiferencia; y se giró hacia las escaleras, cruzándose de brazos.

Las cejas de Harry volvieron a elevarse, sorprendido. Y Neville crispó sus manos en puños, ajeno al verdadero significado en aquella oración.

— Y dime tú una cosa Ron. ¿Eres consciente de que eres un idiota a veces… o es que sólo lo ignoras? — le espetó harto. Las orejas de Ron se sonrojaron.

— Ahí viene Ginny — anunció Harry cuando observó el cabello pelirrojo de su amiga dirigirse hacia ellos, abriéndose paso entre la masa de gente.

— Entonces no la hagamos esperar más, ¿no te parece? — le preguntó Neville a Ron.

El ceño del pelirrojo se frunció, rehusándose a mirarlo.

— No — gruñó a regañadientes.

Neville soltó un bufido molesto, dándose por vencido; y les dio la espalda, alejándose.

Harry lo siguió con la mirada, observando con agrado cuando lo vio detenerse frente a Ginny, su rostro iluminándose de inmediato, fundiéndola en un abrazo mientras le susurraba algo al oído y su amiga le sonreía alegremente.

— Es un buen tipo… — comentó Ron de pronto, mirando la misma escena. Harry asintió en acuerdo — Más le vale a la enana no romperle el corazón.

Harry lo regresó a ver con las cejas enarcadas.

— Empiezo a creer que no sólo Ginny está enamorada de Neville.

— Cierra la boca — lo empujó con el hombro, arrancando una risa por parte del pelinegro.

— Eso mismo digo yo, señor Weasley. Déjense de plática y entren al salón. Vamos, andando. ¡Todos los alumnos, adentro, AHORA! — alzó la voz la profesora McGonagall.

— ¡Pero nuestras parejas…! — se alzó una queja colectiva por el sector masculino.

— Ya las verán adentro — y empujándolos por la espalda, los fue metiendo uno por uno.

Harry y Ron lanzaron una desesperada mirada hacia las escaleras antes de que McGonagall los jalara del brazo, llevándoselos.


— ¿Qué tanto hablabas con mi troglodita hermano y Harry? — le preguntó Ginny cuando se sentaron en una solitaria mesa, viendo como todos empezaban a llegar lentamente, vagando por el Gran Comedor.

— Sólo les pedía tu mano en matrimonio — le sonrió con gracia.

— ¿Y Ron aun respira? — inquirió impresionada, haciéndolo reír.

— En realidad creo que me acaba de dar su bendición — musitó inseguro.

— O lo que en su primitivo dialecto sería algo así como un gruñido de constipación — se mofó Ginny, meneando la cabeza.

— Algo semejante, sí… — asintió Neville, ahogando una carcajada. Su novia sonrió, desviando la mirada hacia donde éste estaba parado junto a Harry, y meneó la cabeza — Él te ama, Ginny — comentó de pronto.

— Oh no, ¡te ha lavado el cerebro!… Dime, exijo saber que más te dijo — lo miró desesperada, tomándolo de los antebrazos.

— Vamos, hablo en serio — no pudo evitar mirarla divertido.

— Neville, — empezó con infinita paciencia, regresando las manos a donde las tenía apoyadas en la mesa — el único momento de absoluta seriedad en Ron, es cuando está dormido.

— No el único, según he escuchado. Con Luna es diferente — le recordó.

Ginny sonrió, sus ojos brillando con agrado ante una imagen proyectándose tras éstos.

— Bueno, es que Luna es algo así como su debilidad. Y no es seriedad, es hacer el tonto — corrigió.

— O amor — compuso Neville.

— Amor no es balbucear incomprensiblemente cuando ella está cerca — lo contradijo.

— Lo es pedirle a cierta alumna de séptimo quedarse unos minutos más después de clase, con la excusa de necesitar su ayuda cuando en realidad lo único que quieres es pasar, aunque sea un segundo más a su lado — la miró significativamente, extendiendo su mano, entrelazando sus dedos.

— Sí, pero lo tuyo era tierno — le sonrió con cariño.

— El amor es de mil formas — replicó con sabiduría.

La pelirroja suspiró, inclinándose hacia él.

— De verdad que adoro a éste Neville de cuarto año mezclado con el Neville post guerra — alzó la mano, jugando con el botón superior de su túnica.

— Y yo amo a mi pelirroja indomable — depositó un beso en la comisura de sus labios. Las mejillas de Ginny sonrojándose tenuemente, su corazón agitándose de una manera en que nunca antes lo había hecho.


Ron, todavía dirigiéndole miradas de reproche a la profesora McGonagall cuando aparecía en su campo de visión, lanzaba añoradas vistas de expectación hacia la entrada, contando mentalmente para sí, en búsqueda de tranquilizar el nudo de nervios que tenía atorado en la boca del estómago.

Según sus cuentas, ya habían pasado otros largos e interminables tres minutos, y Luna no aparecía. Los escenarios que desfilaban por su cabeza, tampoco eran alentadores.

Luna siendo detenida en algún pasillo por un latoso mocoso de su generación. Luna todavía arreglándose en su habitación, ignorante del reloj de arena que él sentía en su interior. Luna afuera del Gran Comedor, pensando que la había dejado plantada.

Luna dejándolo plantado.

Pasó saliva con dificultad. Citas. ¿Por qué Merlín ideó algo tan descabellado y cruel?, se preguntó, pasándose la mano por el botón superior de su túnica, sintiendo que se ahogaba.

Harry, a su lado, y al parecer con el mismo debate interno que Ron tenía, sacó el reloj de bolsillo que le habían regalado los señores Weasley; humedeciéndose los labios cuando verificó por quinta vez, que aún faltaban 25 minutos para que el baile iniciara.

Pero ¿cuántos minutos tendrían que pasar para que Hermione apareciera?

La frustración, impaciencia, hasta la culpa, viajaron por su pecho; recordando que, si no hubiera sido por él y su brillante idea de no dejarla ir hasta conseguir su trigésimo beso, ella ya estaría en estos momentos junto a él, no terminando de arreglarse por habérsele hecho tarde por su causa.

Aunque recordar como ambos habían estado renuentes a dejar ir al otro, era algo que le sacó una sonrisa bobalicona, su cuerpo llenándose de calidez.

— ¿Qué hora es? — lo llamó Ron, trayéndolo de Hermionelandia, como él se había referido una vez.

— Ehh… — carraspeó, dificultándose la traducción de las manecillas del reloj — Todavía falta — se limitó a decir, guardándolo en su bolsillo.

Ron suspiró, apoyándose en una columna y desviando la mirada hacia el salón, buscando distraerse por al menos un minuto.

— Así que, Luna eh — comentó Harry de improvisto, girándose hacia su mejor amigo.

Una sonrisa se formó en el rostro de Ron.

— Sí — exhaló soñadoramente.

— ¿Cuándo pasó esto?

— No tengo idea, pero espero que pronto inicie y nunca termine — deseó Ron.

— Ron Weasley enamorado. Si Lavender te viera ahora, se preguntaría dónde quedó su Won-won — se burló.

— Y a ti Cho te diría: "¡No qué no!" — se carcajeó Ron, borrando la sonrisa del rostro de Harry.

— Pues yo le daría la razón, sumando que fui un completo ciego por no darme cuenta de que quien es mi mejor amiga también es la única mujer con la que espero pasar el resto de mis días — manifestó solemne.

— ¡Vaya!… — silbó, regresando a verlo sorprendido por sus palabras. Pues si había alguien, aparte de él, que rara vez expresaba abiertamente lo que sentía, ése era Harry. No pudo evitar alegrarse aún más porque sus mejores amigos se hayan encontrado el uno al otro a lo largo del camino — Tan sólo recuerden tener el número de hijos justos para poder mantener. Es agradable estar en una numerosa familia, pero es un calvario cuando todos están estudiando y no hay suficiente dinero — desvió la mirada, sus orejas rojas.

Harry se removió incómodo, como siempre que el tema del dinero surgía.

— A mí me hubiera encantado permanecer a tu familia. A pesar de todo — replicó a su favor.

— Tú eres parte de nuestra familia Harry — le palmeó el hombro.

Harry le sonrió, agradecido.

— Lo tendré en cuenta cuando Hermione y yo tengamos nuestra primera pelea y éste desecho entre el miedo a perderla para siempre, y el dolor a no encontrar una forma de reconciliarnos; aun cuando la pelea fue por algo tan insignificante como escoger entre un programa de deportes y uno de documentales — sonrió, labrando la escena para sí.

— Ya muero por ver eso. Hermione y tú peleados, eso sólo pasa una vez en la vida — rio con humor.

— ¿Qué pasa sólo una vez en la vida? — les cuestionó una soñadora voz a sus espaldas.

— El… — la sonrisa murió en los labios de Ron, viendo incapaz de hablar cuando se giró, topándose con unos brillantes ojos azules contemplándolo con atención, y la garganta se le cerró, su corazón perdiendo un par de latidos, regresando con efusividad, haciendo bailar su pecho. Porque ver a Luna Lovegood en su túnica de gala, sin duda era para cortarle el aliento a cualquiera.

— Una pelea entre… — empezó Harry, enmudeciendo cuando la vio — ¡Wow!, Luna, te ves… ¡te ves genial! — alabó.

— Gracias Harry… — le sonrió, sin despegar su mirada de Ron — Ésta túnica era de mi madre, papá me la mandó por vía lechuza ayer, pensé que nunca llegaría, que probablemente la lechuza se había perdido o algo, pero entonces me di cuenta que estuvo en mi habitación todo el tiempo, que mis compañeras la habían colgado en el armario por mí, para que no se maltratara. ¿No fue muy amable de su parte? — le contó con expresión soñadora.

— Sí, sin duda — coincidió Harry. Preguntándose vagamente si ésas amables chicas fueron las mismas que perdieron todas sus pertenencias varios años atrás.

Ron, con la mandíbula desencajada y los ojos vidriosos, tragó saliva con dificultad cuando su cerebro empezó a reiniciarse con lentitud.

— Es… bonita — gimió sin aliento.

Luna entonces le sonrió sólo a él, poniéndolo más nervioso de lo que estaba. Y dando un paso en su dirección, tomó su sudorosa y fría mano entre las suyas. La garganta de Ron hizo un extraño movimiento cuando volvió a pasar saliva.

— No hay porque estar nervioso, Ronald — le dijo Luna.

Ron exhaló un suspiro, sintiéndose más ligero luego de ése gesto.

— Luces hermosa — clamó apreciativamente.

Y Harry ocultó una sonrisa al ver la chispa entre ambos. Palmeándole la espalda con disimulo, acercándolo a Luna.

— ¿Va-vamos? — tartamudeó, ofreciéndole torpemente su brazo.

— Vamos — asintió la rubia. Su brillo contagiando a los ojos de Ron, haciéndolos resplandecer.


El hormigueo en el estómago no había sino incrementarse conforme se detenía a punto de dar vuelta en el pasillo y bajar las últimas escaleras.

Con su túnica de gala, una fina capa de maquillaje sobre su rostro, y un fino juego de joyería perteneciente a su madre, adornándola, Hermione tomó una profunda respiración, mirando sus manos entrelazadas a la altura de su vientre. Una pequeña, apenas perceptible sonrisa en sus labios, imaginando quien estaba al final del camino.

Tanto tiempo había pasado desde su último baile, que ahora parecía haber ocurrido en otra vida; al menos, en una época no tan grata como ésta.

Claro que con 15 o 17 años, nadie consideraba demasiado verídico el bailar en brazos de otro que no fuera aquel que verdaderamente deseaba su corazón.

Ésta noche, sin embargo, finalmente todas las piezas estaban en su lugar. Después de tantas adversidades y aventuras, Harry y ella estaban juntos. Se amaban y eran felices de poder decirlo sin miedo alguno.

Y Hermione no pudo evitar sonreír más ampliamente, su aliento deteniéndose en sus pulmones cuando retomó su camino, y sus ojos se toparon con los verdes esmeraldas de Harry contemplándola sin aliento desde el final de la escalera.

Sus pies hicieron su trayecto hacia él casi sin notarlo, reviviendo cada uno de los momentos que había vivido desde que llegó a ése mundo mágico que no sólo le había dado la respuesta a quien era en verdad, sino entrelazando su destino con el de sus mejores amigos. Amigos que siempre estarían en su corazón, y dentro de su vida fuera de esos muros.

Si bien con el transcurso del tiempo los sentimientos de ella y Harry se vieron nublados por diversos cambios en sí mismos, creyéndose tan sólo preocupados o interesados en el otro por mero cariño de amigos; fue la misma neblina quien los dejó vagar a ciegas, tropezando a lo largo de la oscuridad, brindándoles un pequeño y casi invisible punto de luz para guiarlos.

Y el amor había topado tan fuerte contra sus pechos que los dejó mareados durante meses, aturdiéndolos al encontrarse sin escudos y armas con las cuales defenderse de aquello que jamás habían sentido y no sabían cómo manejar. Pero como siempre sucedía con ellos, la encontraron.

La sonrisa en sus rostros brilló cuando finalmente Hermione llegó al final de las escaleras, deteniéndose en el último escalón y sus ojos chocaron con los de Harry, quien, con una pequeña inclinación, tomó su mano entre la suya, depositando un casto beso en sus nudillos.

— Una vez quise hacer esto, pero no encontré la razón de por qué… — habló, enderezándose hasta quedar a su nivel, con Hermione todavía sobre el último escalón — Ahora sé que es porque no puedo visualizar a alguien más como mi pareja que no seas tú… Te amo Hermione. Y te ves adorable — finalizó con la voz ronca.

El corazón de Hermione se aceleró.

— Y tú eres ésa luz que siempre estuvo frente a mis ojos y me guiaba a través de las adversidades aun sin poder verlo. Mi guía, mi compañero, mi mejor amigo… — le sonrió — Mi pareja. A quien amo más que a nada en el mundo — y echándole los brazos al cuello, lo besó con paciencia. Los brazos de Harry sosteniéndola con cuidado y fuerza.

Ahora no les quedaba más que seguir aprendiendo juntos, luchando, defendiendo y dejándose guiar por el amor que encontraron en medio de toda la travesía de sus vidas.

Mientras tanto, aún tenían ésa última noche para ellos. Su noche de graduación.


— ¡Luna, te amo!… — exclamó de pronto el pelirrojo, abriendo los ojos — Luna, eres mi todo. Cásate conmigo, Luna — le pidió con la voz tomada.

— Ron — lo llamó Ginny, ahogando una sonrisa mientras Harry, Hermione, Neville y Luna lo veían con los ojos desorbitados, todos a cada lado de la camilla que ocupaba en la enfermería.

— Luna, no me dejes… ¡Sé la madre de mis hijos! — chilló.

— ¡¿Eh?! — respingaron.

— Ron — insistió Ginny.

— Te amo, siempre lo he hecho… Tus ojos son como el cielo que veo cuando juego Quidditch… Tu cabello del color de los galeones que espero ganar para darte todo lo que necesites… — rezó.

— No sabía que Ron supiera de poesía — murmuró Harry por lo bajo.

— ¿Eso es poesía? — cuestionó Neville con incredulidad.

— ¡Shh! — les chistó Hermione, lanzando miradas de Ron a Luna.

— Eh, ¿Ron? — repitió Ginny, recogiendo algo que estaba sobre la mesita de noche.

— Vivamos juntos, formemos una familia… Conviértete en mi esposa — suplicó.

— Yo… verás… — balbuceó la aturdida rubia.

— ¡Ron!, — alzó la voz Ginny — ¿si recuerdas que, para actuar bajo el efecto de una poción, tienes que ingerirla al menos? — lo cortó con la voz risueña, balanceando un pequeño y lleno frasco frente a sus desorientados ojos.

— Luna, t… — la declaración de Ron murió en sus labios cuando sus ojos se enfocaron en lo que bailaba frente a ellos, su boca seca — ¡Oh, mierda!

Y las risas de Ginny, Harry y Neville rompieron con el silencio, mientras Hermione intentaba mantenerse impasible, y Luna lo miraba soñadoramente.

— Está bien — terminó exhalando. Y Ron se desplomó en la cama, perdiendo el conocimiento.

Fin.