Las dos primeras semanas fueron frenéticas. La adaptación al nuevo local se estaba haciendo en medio de mucho trabajo, y aunque adoptaron la misma rutina que tenían, no podían evitar ciertos pequeños cambios que se iban introduciendo poco a poco en su vida laboral.
Aquel martes por la mañana, Regina se encontraba haciendo la visita habitual al hotel que someterían a juicio esa semana y Emma se ocupaba de todo lo demás; aquella tarde, cuando Regina regresara tomaría el relevo y ella se marcharía. Ignoraba los comentarios de Rubí de que si iban juntas ahorrarían en gasolina y quizás en comidas, pero se negaba a hacerlo. Si volvía a compartir un viaje con Regina, si seguía viéndola como mujer en vez de como compañera de trabajo, el esfuerzo que estaba haciendo para mantener su relación en el ámbito laboral iba a irse al garete, estaba segura. Cada mañana, la imagen de ella al aparecer en las nuevas instalaciones se le antojaba más atractiva.
Inmediatamente desechaba esas especulaciones y se metía de lleno en el trabajo para no pensar. Para no aceptar que cada día se sentía más atraída por ella, aunque a sí misma se dijera que lo tenía controlado.
Rose entró con la correspondencia, y depositó sobre la mesa de Emma varias cartas. Esta seleccionó y apartó algunas de ellas para responderlas más tarde y dejó para el final una que le llamó poderosamente la atención. Tenía el logotipo de la cadena de hoteles de la familia de Regina, y aunque pensó que se trataría de alguna petición para que promocionasen un hotel concreto, le extrañó que estuviera dirigida a su nombre y no al de Regina ni al de la sociedad que ambas habían formado.
Abrió el sobre y encontró una cartulina escrita con letra cursiva y dorada, con una invitación a su nombre para una fiesta en los Hampotns.
Se quedó un rato mirando el rectángulo de papel sin comprender muy bien qué tenía delante. ¿El padre de Regina la invitaba a una fiesta? ¿Por qué?
Decidió llamarla antes de responder; no le gustaban las fiestas de sociedad, durante un tiempo de su vida había asistido a un montón de ellas y había acabado aborreciéndolas, pero tampoco quería defraudar al padre de Regina. A pesar de que había hecho lo indecible para sacarla de la publicación de Mixtrum, era el padre de Regina.
Si se daba prisa podía localizarla antes de que emprendiera el regreso a la oficina.
Ella respondió al instante.
—Hola, Querida; buenos días.
—Buenos días, Regina. ¿Te pillo en mal momento?
—Voy conduciendo, pero tengo puesto el manos libres. ¿Qué ocurre?
—He recibido una carta muy rara de tu padre. Una invitación, más bien.
—¿De mi padre?
—Sí, para una fiesta que se va a celebrar en algún lugar de los Hamptons. Ella empezó a reír con fuerza.
—Joder con mi suerte.
—¿Sabes de qué va esto?
—Lo intuyo, Querida. Y te juro que no he tenido nada que ver. Palabra de Mills.
—¿Qué pasa? ¿Me lo quieres explicar? Deja de hacerte la misteriosa conmigo.
—¿Es para el día ocho de junio?
—Sí, en efecto.
—Es el cumpleaños de mi madre. Y esa dirección es el domicilio de verano de mis padres; todos los años organizan una pequeña reunión familiar para celebrarlo. Y no es mi padre quien te ha invitado, sino mi madre. Ella manda las invitaciones y elige a las personas a las que va a enviárselas. Él se limita a asistir. Puedes considerarte afortunada, Cora Mills no es muy pródiga en sus invitaciones. Raramente las envía a personas que no sean miembros de la familia más íntima.
—¿Y por qué a mí, entonces?
Regina sonrió mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante de su Mercedes.
«Porque ha debido enterarse de que yo tengo intención de que pases a formar parte de ella», pensó. «Zelena ha debido irse de la lengua».
—Responde, Regina. ¿Por qué crees que me ha mandado esa invitación?
—Supongo que porque al ser mi socia has pasado a formar parte de lo que considera el círculo de amigos íntimos. Y tendrá ganas de conocerte, a ver si eres digna de él.
—Joder … ¿No pensará mirarme con lupa?. Regina lanzó una carcajada.
«Ni te imaginas hasta qué punto.»
—Me temo que sí, Querida. Has pasado a formar parte del entorno laboral de su «niña». Y tiene que darte el visto bueno.
—¿Como si fuera una suegra?
—Bueno, quizás no tanto, pero casi.
—¡Lo que me faltaba! Y supongo que no puedo rehusar. ¿No estaría bien, verdad?
—No, no lo estaría. Además… a mí me gustaría que fueras.
—¿Cómo andamos de favores? ¿Te debo alguno?
—No recuerdo en este momento, mi agenda de favores la tengo guardada en el cajón de mi escritorio. Pero si no me debes ninguno, podemos apuntarlo para el futuro.
—Está bien. Aceptaré. ¿Debo volver a sacar del armario a la señorita White? ¿O mejor me pongo el traje negro que usaba antes para trabajar?
—¿Todavía no has quemado ese espantajo?
—No, aún lo conservo.
—Pues ni lo uno ni lo otro. La señorita White es demasiado sofisticada, y la señorita Swan demasiado estirada. Lleva a Emma. Ah, a mi tío Rumple le gustan demasiado los escotes… si no quieres que acabe metiéndote mano por cualquier rincón, no abuses de ellos.
—Y si lo hiciera ¿tú tendrías que salir en mi defensa?
—¿Necesitas que lo haga? ¿Tanto te has ablandado últimamente?
—¡Vete al carajo, Mills!
Ella volvió a reír.
—Puedo tumbar a tu tío de un derechazo, pero no quiero arruinar la imagen que tus padres puedan tener de mí, ahora que soy tu socia.
—A mi madre le encantaría verlo, odia a mi tío. Pero es el marido de su hermana, de modo que no tiene más remedio que invitarlo. Si le atizas, te la habrás ganado de por vida.
—Bueno, esperemos que no haga falta. Oye, Regina, una pregunta… ¿Tu madre ha invitado a su fiesta a alguna de tus amiguitas? ¿A Elsa quizás?
—No, jamás. No considera que las «amiguitas o amiguitos» de sus hijas formen parte del círculo familiar. A Robín lo invitó cuando ya llevaba más de un año como novio de mi hermana. Novio, novio, no «follamigo».
—Entonces es un privilegio que me hace. Intentaré estar a la altura.
—Lo estarás, no me cabe ninguna duda.
—Aparte de tu tío Rumple, ¿hay algo más que deba saber de tu familia?
—Nada relevante; solo que la invitación es para todo un fin de semana. Los invitados empiezan a llegar el viernes por la noche o el sábado por la mañana, y se suelen alojar en la casa, hasta el mediodía del domingo.
—O sea, que deberé soportar una inspección de aproximadamente cuarenta y ocho horas.
—Más o menos.
—¿Y si no la paso?
—A mi madre le gustarás, estoy segura. Y mi padre admira a la gente trabajadora, y eso nadie te lo puede cuestionar.
—¿Y si aun así…?
—Francamente, me importa un carajo. Tengo treinta y seis años, «trabajo» con quien quiero, y como quiero, y si a mi familia no le parece bien… pues que se jodan. Es mi vida.
Emma suspiró ruidosamente.
—¿Y tienen tus padres sitio para alojar a tanta gente? ¿No sería mejor que me quede en un hotel cercano? Al no ser familia…
—Mi madre se lo tomaría mal. Y si anda escasa de habitaciones, es posible que tengas que compartir habitación con alguien, ¿te importaría?
—¡No será contigo!
«Conociendo a mi madre, es muy posible.»
—No creo, Cora Mills es de las tradicionales —mintió—. Como mucho te alojará con una de mis primas, pero en ese caso procuraré que sea con alguna de tu estilo. Es posible que mi prima Ariel sea compatible contigo; pueden jugar a quién es más borde.
—Vete al diablo. Bueno, vamos a dejarlo. Tengo trabajo.
—Nos vemos en algo más de una hora.
Colgó, comprobó la hora y marcó el número de su hermana.
—¡Hola!
—¿Se puede saber qué le has dicho a nuestra querida madre?
—¿Por?
—Porque ha invitado a Emma a su fiesta de cumpleaños.
—Pues le he dicho la verdad: que estás atraída por ella, que esta sí merece la pena y que le va a gustar. Y no lo niegues, conmigo no te sirve.
—Ni se me ocurre negarlo. Además, creo que necesitaré toda la ayuda que pueda conseguir. Está un poco difícil la cosa, sobre todo ahora que somos socias. Quiere mantener las distancias.
—Y tú quieres acortarlas.
—Por supuesto. La atracción existe también por su parte, está ahí, puedo notarlo hasta en su forma de mirarme.
—Se nota hasta en su forma de «no mirarte», hermana. Bueno, yo te he brindado la oportunidad haciendo que madre la invite, el resto es cosa tuya.
—No desaprovecharé el fin de semana, te lo aseguro.
—Eso espero. Va a ser muy divertido.
—Zelena…
—No te preocupes, me comportaré.
Regina llegó dos horas más tarde. Venía despeinada, sonriente y guapísima, con un vestido hasta la rodilla de lino bastante arrugado por haber estado conduciendo.
—¿Qué tal el hotel? —le preguntó Emma.
—Nada del otro mundo esta vez. Tendré que esforzarme para encontrar algo lo bastante atractivo para mostrar.
—Seguro que lo encontrarás.
—Seguro que sí. ¿Y por aquí, qué tal?
—Bien. Sin novedad, salvo por esto —dijo Emma señalando la invitación—. He estado dándole vueltas a qué ponerme, no tengo ni idea del tipo de fiesta a la que estoy invitada.
—Hasta en un saco de basura te verías bien, excepto por el espantajo ese.
—Si por mí fuera, ya te lo he dicho, llevaría el traje negro de trabajo, pero tú consideras que no es apropiado —dijo alzando un poco el tono de voz. —. También me has dicho que no puedo llevar escote porque el salido de tu tío me meterá mano.
Regina sonrió con picardía.
—Yo no he dicho eso, Querida. Yo he dicho que no abuses de los escotes, no que no te los pongas. Algo insinuante… que muestre un poco, que deje adivinar sin enseñar demasiado.
Emma frunció el ceño y la miró fijamente.
—¿Por qué tengo la impresión de que estás hablando del tipo de ropa que te gusta a ti?
—Porque es así; has acertado de pleno.
Emma cogió una caja de clips que había sobre la mesa y se la arrojó, dándole de lleno en el hombro.
—¡Ay!
—También ahora he acertado de pleno. Ten cuidado conmigo, Mills; tengo buena puntería.
—¿Cómo lo vamos a hacer ? ¿Vamos juntas o cada una por su lado? La casa está algo escondida y el camino es intrincado. Para localizarla, si vamos cada una en su coche, tendrás que venir detrás de mí, y es un desperdicio de gasolina, ¿no te parece? ¿Vamos juntos en mi coche? — preguntó esperanzada.
—De acuerdo. Pero si algo no me gusta durante el fin de semana, tendrás que llevarme hasta un sitio donde pueda coger un medio de transporte para volver. No pienso quedarme allí atrapada.
—Prometido. Pero te gustará. Mi madre es una gran anfitriona, y sus fiestas siempre son un éxito. Te sentirás a gusto en casa, ya verás.
—A pesar de tu tío.
—A mi tío te lo meriendas tú con dos miradas de esas «especiales». Emma se echó a reír.
—De acuerdo. Y ahora ponte a trabajar de una vez, si quieres que todo esté listo para poder ir de fiesta el fin de semana.
—A la orden, jefa.
—No soy tu jefa, soy tu socia.
—Ahora tienes puesta la cara de «jefa».
—Lárgate o… —dijo mirando la superficie de la mesa.
—No… el portafixo no, que es de hierro —dijo levantándose y marchándose a su despacho.
Emma enterró la cara entre las manos, excitada y contenta por los planes para el fin de semana. «¿Dónde me estoy metiendo?», pensó.
