La familia de Regina
El viernes a mediodía, Regina y Emma abandonaron la editorial para emprender su camino hacia la dichosa fiesta. Las nuevas oficinas, instaladas en un piso, tenían un cuarto de baño completo en el que se dieron una ducha rápida y se cambiaron de ropa. Cogieron la pequeña maleta que habían llevado ya aquella mañana y se despidieron de Ashley, Rose y Rubí hasta el lunes.
Desde el primer momento en que Emma se sentó al lado de Regina en su reluciente Mercedes para emprender el viaje, supo que aquello no era una buena idea. La sensación de intimidad que había experimentado el día que pasaron juntas recorriendo la campiña, se había multiplicado por mil. La idea de conocer a los padres de Regina, a esa madre que la había invitado a su fiesta sin ser miembro de la familia, le producía un extraño desasosiego. Por un momento pensó que si se dirigiese a aquella casa en calidad de novia de Regina no se sentiría más nerviosa. Se consideraba una mujer segura de sí misma desde hacía muchos años, pero en esos momentos se sentía como una cría que espera la aprobación de alguien.
Regina la observaba por el rabillo del ojo mientras conducía, sonriendo al recordar la breve conversación que había mantenido con su madre la noche anterior para convencerla de que no las pusiera en la misma habitación. Ella pensaba que ya había una relación entre ellas, aunque aparentaban lo contrario y tuvo que hablar mucho para disuadirla.
Nada le hubiera gustado más que tener a Emma para ella durante dos noches, pero debía ser cauta. Tenía que conquistarla poco a poco, aunque a decir verdad no sabía cómo iba a hacerlo. Estaba segura de que a la menor provocación por su parte acabarían de nuevo enredadas en un polvo apasionado, pero no se conformaría con eso. Quería algo más, mucho más en realidad y Emma aún no estaba preparada para ello. Había decidido que de momento se conformaría con el polvo, si surgía.
La sola idea la puso nerviosa y trató de calmarse. Pero en vez de bajar el calor que estaba empezando a sentir, se sorprendió deseando que ella se percatara de su estado, lo que no contribuyó a calmarla en absoluto. Pero Emma permanecía con la vista fija en la carretera, y las manos algo crispadas sobre el regazo.
Los leggins negros que llevaba puestos se adaptaban a sus piernas realzando cada línea de ellas, y la camiseta larga blanca y gris se le enrollaba a la altura de la ingle marcando la ligera curva de su sexo.
«Mierda, Regina, mira la carretera o van a acabar en la cuneta», se dijo.
—¿De qué color es tu vestido? —preguntó para distraer sus pensamientos.
—Verde. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tiene tu familia alguna fobia a determinados colores?
—No, solo simple curiosidad.
—Pues es verde oscuro, ni muy recatado ni muy provocativo. Rubí le ha dado el visto bueno, y ella entiende de lo que es apropiado para una velada familiar. No te preocupes, tu tío no tendrá motivos para fijarse en mi escote. Puedo usar perfectamente debajo el sujetador que me ponía con el traje negro.
Regina estuvo a punto de dar un frenazo.
—¡No serás capaz! Pensaba que lo había roto.
—Tengo más de uno.
—Creo que voy a tener una seria conversación con Rubí y la sobornaré para que los elimine todos.
Emma sonrió.
—¿Qué tienes en contra de mis sujetadores camiseta?
—¿Que qué tengo? Que son espantosos. Deberían estar prohibidos. Y si estas noches te pones uno de ellos, lo rasgaré delante de todo el mundo. Ya estás advertida.
Emma estalló en carcajadas.
—Si lo haces todos pensarán que soy algo más que tu socia.
—Mi tía abuela Eugenia lo pensará de todas formas, así que prepárate. Es una casamentera de narices y nunca he llevado a una mujer a una reunión familiar.
—Tampoco has tenido una socia antes, ¿o sí?
—No. Pero a mi tía le encanta casar a la gente de modo que no te sorprenda si te sale con alguna indirecta… o directa.
—Vale, tendré cuidado con tu tío Rumple, con tu tía abuela Eugenia… ¿Con alguien más?
—Con Roland.
—¿Tu sobrino?
—Ajá. Se ha enterado de que venías y me ha llamado esta mañana para preguntarme si íbamos a volver a jugar a los piratas… y me recordó que esta vez la prisionera tenías que ser tú y yo la torturadora.
—¿En serio? Oye, Regina, nada de tonterías en casa de tus padres, ¿eh? Lo de los piratas fue… un juego inocente…
—No tan inocente, señorita Swan.
—Déjame terminar. Un juego inocente que se nos escapó de las manos.
—Se te escapó a ti. Las mías estaban atadas.
—Vale, lo admito. Pero prométeme que no va a haber nada de índole sexual en este fin de semana. Ni una broma, ni una insinuación… nada. Por Dios, por lo que me estás dando a entender nos van a mirar con lupa y a poco que nos descuidemos vamos a terminar casadas.
—Eso quisiera la mitad de mi familia, casarme a toda costa. Pero no lo van a conseguir, Querida—dijo mirándola y guiñándole un ojo con malicia—. No soy carne de altar.
—Bueno, por lo menos las dos estamos de acuerdo en eso. ¿Sabes? Creo que me pegaré a tu hermana Zelena y no me separaré de ella en todo el fin de semana. Así estaré segura.
Regina lanzó una risotada.
—Sí, estarás muy segura con Zel.
—¡Joder, Mills! ¿Qué pasa con ella? ¿Dónde carajo me estás metiendo?
—En mi familia. Pero no te preocupes, tú puedes con todos ellos.
—Eso espero. De todas formas, recuerda tu promesa de llevarme a algún sitio desde donde regresar a mi casa si te lo pido.
—La mantengo.
Emma recostó la cabeza contra el respaldo de piel. Le divertía ese tira y afloja dialéctico con Regina, que poco a poco había ido cambiando y se había convertido de laboral en ligeramente sexual. Y tenía que reconocer que la culpable era ella, porque eso había comenzado el día que la invitó a su casa para que la viera en ropa sexy y se excitara. Pero por mucho que le gustara debía parar, o lo mismo que el juego de los piratas, se le escaparía de las manos.
El camino era largo. A mitad de él Emma se ofreció para conducir un rato y Regina aceptó. Intercambiaron los asientos. Cuando ya se iban acercando a la zona donde debían dejar la autopista, volvió a tomar el volante para tomar la carretera que las llevaría,hasta la casa idílica que su padre había comprado para pasar los veranos, cerca del mar y lejos de todo lo demás.
Ya anochecía cuando llegaron. Emma solo pudo vislumbrar una silueta de la casa en la penumbra, apenas iluminada por unas luces en el porche. Regina tocó el claxon un par de veces e inmediatamente la puerta se abrió y Roland salió corriendo hacia ellas.
—¡Tiiiitaaaa!
—¡Hola, peque! —dijo esta alzándolo en brazos como al niño le gustaba, por encima de su cabeza.
—¡Jajajaja! Hola, Emma.
—Hola, Roland.
Cuando Regina lo depositó en el suelo, el niño se acercó a ella y le abrazó las piernas. Emma se agachó y le besó en la cabeza.
—Qué bien que hayas venido. El año pasado fue muy aburrido, todo lleno de gente mayor.
—Yo también soy mayor.
—Pero tú eres divertida.
—Este es el cumpleaños de la abuela, Roland. No vamos a jugar a los piratas, ya te lo dije esta mañana —dijo Regina con fingido acento serio.
—¿No?
—No, pero ya encontraremos alguna otra cosa.
—Vale.
Entraron en la casa. Zelena les salió al encuentro seguido de una mujer menuda que indudablemente era un familiar muy cercano, por el parecido.
Regina se inclinó y la besó, y se preparó a hacer las presentaciones.
—Mamá, esta es Emma, mi socia.
—Bienvenida a la familia. Eres tal como me han dicho. Emma miró a Regina.
—¿Le has hablado de mí?
La mujer soltó una risa muy parecida a la de su hija.
—Ella no; Roland. No para de hablar de ti y de unos piratas, y de que obligaste a Regina a beber Té.
—Ay, madre… —susurró Emma pillada por sorpresa; y aunque hacía muchos años que no le pasaba, desde la adolescencia casi, se sonrojó—. Sí, jugamos un día que ella se quedó cuidándolo.
—Sí, fue muy entretenido —añadió Regina, ocultando una sonrisa. Emma contuvo las ganas de darle un codazo en las costillas.
—Regina, enséñale la habitación.
—Mamá, ¿dónde la has instalado? —preguntó seria.
—En la habitación que usaba Zelena de pequeña. La que está contigua a la tuya.
«Menos mal», pensó.
—Creía que esa es ahora la habitación de Roland.
—Como somos muchos, el compartirá habitación con sus padres.
—Puedo dormir con la tita Regina —insinuó el pequeño.
—No, cariño —dijo su abuela tajante—. La tita Regina… ronca. Emma se volvió a ella divertida.
—¿Roncas?
—Jamás me lo habían dicho antes. Pero todo podría ser. Vas a dormir en la habitación de al lado; si ronco, te enterarás.
La condujo hasta la habitación. Esta era espaciosa y tenía un gran ventanal por el que debía entrar el sol a raudales durante el día. Estaba decorada con muebles claros, aunque no infantiles, ni llenos de signos típicos para una niña. Regina se percató de su observación.
—Está todo tal como lo dejó mi hermana cuando se independizó. Mi madre no ha querido cambiar nada. Le ha ofrecido a Roland otra habitación y que la decore a su gusto, pero el prefiere esta, por que era la de su madre.
—Es acogedora. ¿Y la tuya? ¿También está tal como la dejaste?
—Ajá.
—¿Me la enseñarás?
—En el momento que quieras, solo tienes que cruzar esa puerta —dijo señalando una puerta disimulada en la decoración y junto al armario.
—¿Comunica con la tuya?
—Sí, pero tiene cerrojo, no te preocupes.
—Yo me refería a verla ahora. Solo tengo curiosidad por conocer la niña que fuiste, Mills.
—La niña que fui es la base de la mujer que soy, Emma. Pero satisfaré tu curiosidad —dijo empujando la puerta, y encontrándola cerrada. Salió al pasillo, y abrió la puerta contigua.
Emma entró en una habitación pintada de blanco, con muebles grandes y de color claro. Muchas estanterías con libros, clasificados por materias. Libros de derecho, de economía, de literatura, cursos de idiomas. Fotografías de Regina en un semental negro junto un grupo de jovenes, entre ellos Daniel, le llamó la atención.
—Durante el verano hacía equitación, era mi afición favorita. Pertenecía a un equipo y quedamos terceros.
—Y libros por todos lados… Creía que esta era la residencia de verano, para las vacaciones.
—Y lo era. Tengo esos libros triplicados. Hay ejemplares en la casa principal de mis padres y en la mía. Era, y soy, una lectora empedernida. Como ves, señorita Swan, en mi vida he hecho algo más que pasear del brazo de mujeres hermosas.
—Ya me disculpé por decir eso, Mills.
—Solo quería explicar tu desconcierto. Anda, vamos; te presentaré al resto de la familia que está aquí esta noche.
—¿No están todos?
—No, solo mi padre y mi tía abuela Eugenia. El resto llegará por la mañana, y luego sí estará la casa a tope.
Regina la precedió hasta un salón grande, con una enorme chimenea apagada, sobre cuya repisa se observaban fotografías de escenas familiares, muchas de ellas protagonizadas por Regina y Zelena en diversas fases de su infancia y adolescencia.
Se levantó al verla entrar y le tendió una mano.
—Emma, ¿verdad?
Ella asintió estrechando la mano fuerte que el hombre le tendía.
—Encantada, señor Mills.
—Henry. —Supongo que puedo llamarte Emma. Ya formas parte de nuestra familia comercial.
—Por supuesto, Henry.
—Y espero que me disculpes si en algún momento las decisiones de la junta de accionistas te ha causado problemas, pero no era yo el único a decidir.
—Lo supongo, pero tenía el cincuenta y uno por ciento de las acciones. Hubiera podido imponerse de haberlo querido.
El hombre sonrió.
—Sí, hubiera podido hacerlo, pero creía defender los intereses de mi hija.
A Emma le agradó su franqueza y que no intentara seguir exculpándose.
—Su hija es mayorcita para defenderse sola.
—Touché. Veo que tú también sabes defenderte sola. Venir aquí a mi casa, como invitada, y atreverte a criticarme no es algo que la gente haga a menudo.
—Lamento si mi franqueza le molesta, Henry. Si considera mi conducta inapropiada, me marcharé inmediatamente.
—Pero no te retractarás…
—No creo haber hecho o dicho nada de lo que deba retractarme; solo la verdad. —Miró a Regina, que asistía al enfrentamiento verbal con sonrisa divertida y en absoluto enfadada—. Lo siento, Regina, creo que no ha sido buena idea traerme aquí.
—Al contrario, niña. Mi mujer ha tenido una estupendísima idea al invitarte, y Regina al traerte. Si hay algo que aprecio en una persona es la sinceridad y que sepa trabajar duro para conseguir sus fines. —Sonrió ampliamente, con una sonrisa pícara que conocía perfectamente—. Solo estaba provocándote un poco para averiguar si eres tan terrible como dicen.
—¿Qué le has dicho de mí?
—Ni media palabra, lo juro.
—Regina tiene razón. Lo que sé es de dominio público en la editorial.
—Entonces, mejor no me lo diga. Circulan muchos rumores por allí que no son verdad.
El hombre le tendió la mano de nuevo.
—Bienvenida a mi casa, Emma.
—Un placer, Henry—respondió estrechándosela. Y entre ellos se selló una especie de pacto.
—Y ahora permíteme presentarte a mi tía Eugenia—dijo el hombre volviéndose a una mujer que a Emma le había pasado desapercibida y que estaba sentada en un sillón observando toda la escena en silencio.
—Encantada, señora.
—Eres muy guapa, niña. Regina ha sabido escoger.
—Soy su socia.
—Los nombres cambian según las épocas.
—Tía, es compañera de trabajo, no es mi novia.
—La has traído a casa. Algo será.
—Sí, soy su socia en la editorial. Editamos juntas una revista.
—¡Bah! Tonterías.
—Déjala, no la vas a convencer. Se ha empeñado en casarme y ahora estás tú aquí. Eres la candidata perfecta.
En aquel momento, Zelena apareció en el salón.
—Hay reunión de mujeres en la cocina, Emma. ¿Te apuntas?
—Por supuesto —dijo aliviada de escapar de la mirada escrutadora y penetrante de aquella anciana.
En la cocina, Cora revolvía algo en una gran cacerola.
—Le he dicho a Zel que te rescatara, pero si prefieres volver al salón, eres libre de hacerlo. Porque en mi cocina, nadie permanece ocioso.
—Perfecto. ¿Qué puedo hacer?
—¿Picar fruta para el postre?
—Estupendo.
Cora le entregó un delantal y las tres mujeres continuaron con sus quehaceres en la cocina, como si se conocieran de toda la vida.
Media hora después se sirvió la cena. Emma había esperado encontrar servicio doméstico, pero al parecer la madre de Regina se ocupaba de la cocina habitualmente, aunque sí habían contratado un servicio de catering y camareros para el día siguiente.
Comieron en un ambiente íntimo y agradable, e inmediatamente después Robín se llevó a su hijo a la cama y también la anciana se retiró a su habitación.
Entre todos retiraron los servicios de la mesa y los dejaron en la cocina, en espera de la mujer que llegaría al día siguiente para ocuparse de todo.
Tras una media hora de conversación general, Zel dijo que estaba cansada y Robín se fue con ella.
—Creo que nosotras también deberíamos retirarnos —dijo Regina—. Ha sido un día largo.
—Sí, estoy un poco cansada yo también.
—Buenas noches, entonces —dijo Cora—. Y siéntete en tu casa. Si tienes hambre o sed durante la noche, ya sabes dónde está la cocina.
—Gracias. Y buenas noches también para ustedes.
Regina la precedió por la escalera y la condujo hasta su habitación. Era una zona de la casa poco concurrida, solo había otro dormitorio cerca, el de Robín y Zelena, que antaño ocuparon sus padres. Ahora ellos tenían uno en la planta baja, cerca del de la tía Eugenia.
En la puerta de la habitación de Emma, Regina se detuvo.
—Esta puerta de aquí enfrente es nuestro baño.
—Y el de tu hermana, ¿no?
—El dormitorio grande tiene baño propio. Este siempre fue el de las niñas. Puedes usarlo tú primero. Avísame cuando termines.
—Bien. Buenas noches, Regina.
—Que descanses.
Emma se despertó de madrugada con ganas de ir al baño. Solía beber varios vasos de agua después de la cena y a media noche se despertaba por costumbre. Medio dormida, como siempre, localizó la puerta que había junto a la habitación que le habían asignado. La luz encendida la cegó de momento, pero inmediatamente se dio cuenta de que no estaba sola. Tras la mampara de cristales de la ducha, desnuda, estaba Regina bajo la cascada de agua que caía de la placa situada en el techo. Se paró en seco, mirándole boquiabierta. Nunca la había visto así, sin una sola prenda de ropa encima, con el pelo mojado cayéndole sobre la cara… Atractiva, sexy a más no poder … impresionante.
—Lo… lo siento… —balbuceó al darse cuenta de que ella la miraba a su vez—. No tenía ni idea de que… la puerta no estaba cerrada por dentro…
—Mi madre quitó el pestillo cuando le dio la habitación a Roland, para evitar que se pudiese quedar encerrado.
—Sí… lógico. Debí haber llamado, pero… no pensé que a esta hora…—continuó balbuceando sin dejar de mirarla—. Debe ser muy tarde.
Regina sonrió, y continuó enjabonándose lentamente, provocándola.
—Alrededor de las cinco de la mañana, creo —respondió con calma, a pesar del hervidero que sentía por dentro al verla allí, mirándola con aquella expresión de deseo en su rostro.
—¿Y se puede saber qué haces en la ducha a estas horas?
—¿Tu madre no te habló de lo de las abejas y las flores, Querida?
—Si te refieres al acto sexual, sí, me habló… pero no veo qué tiene que ver con esto.
—Que también debió decirte que cuando no podemos dormir por determinadas causas… una ducha fría ayuda.
Emma se terminó de despertar de golpe.
—¿Te estás dando una ducha fría, Mills? ¿Algún sueño erótico, quizás?
—No, simplemente una mujer preciosa que duerme en la habitación de al lado… y esta noche me ha robado el sueño.
—En la habitación de al lado duerme…
—Duermes tú.
Le tendió la mano.
—Ya que eres la culpable de esta situación podrías hacer algo para ayudar. Ven...
