—En la habitación de al lado duerme…
—Duermes tú.
Le tendió la mano.
—Ya que eres la culpable de esta situación podrías hacer algo para ayudar. Ven.
Emma se quedó sin respiración, incapaz de resistirse a la mirada de ella, a su mano tendida y a la mampara de la ducha que acababa de abrirse. Sabía que debía decirle algo cortante y salir de aquel baño inmediatamente, pero sus piernas tenían vida propia y paso a paso se encaminaron hacia ella. Cuando estuvo lo bastante cerca, Regina agarró la camisola de algodón de manga corta que vestía y tiró de ella hacia arriba sacándosela por encima de la cabeza. No tenía nada debajo. La contempló a sus anchas durante un segundo antes de atraerla contra su cuerpo mojado y ligeramente jabonoso. Piel con piel, cada centímetro de sus cuerpos tocándose como nunca antes lo habían hecho. La besó con pasión, con el deseo contenido durante las últimas semanas, y ella respondió. Por un segundo separó su boca de la de ella y susurró:
—La puerta… no hay cerrojo.
—Nadie va a entrar. Nadie más usa este baño.
—Pero…
La besó de nuevo para hacerla callar y a Emma ya no le importó quién pudiera entrar. Enredó los dedos en el pelo de su nuca, y comenzó a frotarse contra ella. Regina quería detenerse. Ir despacio, pero el cuerpo de Emma restregándose insinuante contra el suyo la hizo perder el control, y empujándola contra la pared de azulejos, se dispuso a follarla.
Emma colocó sus manos sobre Regina y amasó sus pechos, permitió sus manos desaparecer en aquel placer. Regina siguió amasando, rozando sus palmas sobre los pezones de Emma, viendo que se endurezca en pequeñas protuberancias, suavemente los apretó entre sus dedos. Emma se queja, poco a poco baja la cabeza hacia sus pechos y saca un pezón endurecido en su boca, rodando con su lengua.
La mano izquerda de Regina se arrastra hacia debajo de las costillas de Emma con círculos de frotación en su abdomen, ella desliza su mano por debajo de la cintura, hasta que sus dedos se encuentran con la humedad de Emma, y las caderas de esta dan un tirón para encontrarse con sus dedos.
— Oh, Emma, estas tan mojada.
Regina desliza sus dedos a través de los resbaladizos pliegues de Emma, frota su clítoris, la rubia jadea y empuja aun mas sus caderas..
—Regina…Por favor… te necesito dentro de mi…
Regina gime al escuchar las palabras dichas y sus propias caderas están empujando contra el muslo de Emma, ella desliza su dedo índice lentamente, y siente la esponjosidad del punto G de Emma
Emma exhala con fuerza. —Sí, justo ahí…por favor Regina...
Regina observa como Emma reaccciona a ella, por lo que clava sus dientes en el cuello de Emma, mientras sumerge sus dedos dentro y fuera en un ritmo enloquecedor
—Oh, dios, sí Regina. Estoy cerca. —Por favor … por favor, Regina…
Reigina añade mas dedos y frota el clitoris de Emma con el pulgar, la espalda de Emma se arquea mientras grita el nombre de Regina, la morena siente las paredes de Emma se aprietan alrededor de sus dedos. Por lo que aumenta sus embestidas hasta que siente los últimos temblores de Emma.
Emma se recupera y acaricia el rostro de Regina. —Gracias, eso fue increíble.
—Me debes… una… señorita Swan.
—¿De qué… hablas… Mills?
—Has dicho… por favor … y he cumplido.
—Vete al… infierno…
—Contigo…
Emma levantó los ojos hacia ella y supo que fuera lo que fuese lo que iba a pedirle le iba a gustar, aunque tuviera que fingir lo contrario.
— ¿Tu Turno?.
El corazón de Regina late mas rápido a medida que Emma comienza a depositar besos en su cuello. Emma desliza sus manos hacia sus pechos, Regina echa la cabeza hacia atrás contra la pared, con su boca abierta jadeando cuando la boca de Emma se cierne sobre su pezón. La rubia disfruta la sensación de su lengua en el pezón de Regina, esto causa vibraciones que corren a través de la boca de Emma, estimula un pecho, su mano esta amasando el otro y así alternativamente.
Emma desplaza su mano hacia abajo para deslizarse entre las piernas de Regina, el núcleo de Regina esta muy mojado, Emma comienza a frotar el clítoris de Regina, la morena gime suavemente y sus piernas se abren aún mas. Emma sonríe a la respuesta de Regina y desliza lentamente dos dedos en Regina. La rubia gime como las caderas de Regina se mueven al ritmo de sus embestidas, mas rápido, cada vez más fuerte, Regina se queja más fuerte, siente la acumulación de su orgasmo.
— Dios Emma.
Emma levanta la cabeza del pecho de Regina y la besa apasionadamente, moviéndose entre las piernas de Regina a empujar sus caderas contra su mano para crear mas presión mientras se sumerge en Regina. La rubia observa el rostro de Regina como el orgasmo la abruma. Ella es demasiado Erótica, Hermosa, Exquisita.
Sin separarse, se apoyaron contra la pared de la ducha para recobrar el aliento. Con desgana, Regina se separa de Emma y volvió a contemplarla desnuda. Las gotas de agua resbalaban por su cuerpo, el pelo le caía húmedo por la espalda. Los pechos subían y bajaban al ritmo de su respiración entrecortada. Los ojos brillantes y velados por la pasión, le sonreían.
—Eres preciosa. ¿Te lo había dicho alguna vez?
—Recuerdo haberte oído «palo de escoba», y cosas semejantes. Preciosa, me parece que no.
—Bien, pues siempre hay una primera vez para todo.
—Eso parece.
Salió de la mampara y cogiendo una toalla la envolvió en ella. Regina empezó a secarse vigorosamente con otra. Emma no dejaba de mirarla, aguantándose las ganas de arrancársela de las manos y frotarla ella misma.
Una vez secas, se quedaron mirándose la una a la otra en silencio.
—¿Y ahora qué? —preguntó Emma.
—Hay dos opciones: una, que cada una se vaya a dormir a su habitación y la otra…
—Esa no es una opción, Regina. No voy a dormir contigo en casa de tus padres.
—No iba a suceder nada que no haya sucedido ya, aquí. También este baño es la casa de mis padres.
—Pero esto ha sido… inesperado… y lo otro…
—Lo otro sería con premeditación y alevosía, ¿no?
—Sí, algo así.
—Está bien, Querida… Tú mandas.
Se inclinó y la besó suavemente en los labios.
—Hasta mañana.
—A eso me refería cuando pregunté que qué iba a pasar … mañana. Tenemos que fingir que esto no ha pasado.
—Ya hicimos eso una vez, ¿recuerdas? Después de lo de la oficina. No te preocupes, se nos da bien.
—Pero aquí todos piensan que estamos liadas. Esta noche en la cena nos miraban como si fuéramos pareja.
—Eso es porque nunca he venido acompañada de una mujer a esta casa. No te preocupes, se acostumbrarán a que tenga una socia.
—Eso espero. Buenas noches, Regina.
—Buenas noches, preciosa. Y era broma lo de antes, soy yo la que está en deuda contigo. Ya sabes… por ayudar. Gracias.
—De nada, Mills. Ha sido un placer.
Se quedó en la puerta del baño mientras ella entraba en el dormitorio. Luego entró en el suyo, conteniendo las ganas de volver a recorrer los pocos metros que las separaban, de abrir esa puerta divisoria que estaba cerrada por su lado. Pero por esa noche ya había sido suficiente.
Regina se levantó temprano. Después de su encuentro con Emma en el baño, se había quedado dormida como una niña. Como hacía mucho tiempo que no dormía.
El aire del mar cercano, siempre le producía un efecto relajante, aunque la noche anterior, la presencia de Emma al otro lado de la puerta de comunicación de las dos habitaciones, había anulado su efecto. Pero después, apenas apoyó la cabeza contra la almohada cayó en un sueño profundo y esa mañana presentaba un aspecto fresco y descansado.
Se vistió con unos vaqueros muy usados y una blusa y bajó a la cocina. Esta estaba oscura y silenciosa, pero apenas empezó a preparar una cafetera, su madre apareció en ella, sigilosa.
—Buenos días, mamá. ¿Café? —preguntó consciente de a quién debía su adicción a la cafeína.
—Sí, por favor.
—Lamento si te he despertado.
—No lo has hecho. Llevaba ya un buen rato dando vueltas en la cama, esperando escuchar algún ruido.
—¿Tostadas?
—Tan temprano, no.
Ambas se sentaron a tomar una taza de café, solo, sin leche ni azúcar.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Regina? Esta sonrió. Conocía a su madre.
—¿Sobre Emma?
—Sí.
—Bueno, no sé si podré responderla, pero pregunta.
—¿Es realmente solo tu socia?
Regina se lo pensó un momento antes de contestar.
—No tenemos una relación, si es lo que estás preguntando.
—Pero puede haberla en el futuro.
—Por mi parte, sí. Estoy enamorada, muy enamorada. De lo que siente ella no estoy segura.
—Yo no tengo dudas de que siente algo por ti. La forma en que te mira y cómo habla de ti… Algo hay.
—Sí, es posible que haya algo, pero no sé qué es. No voy a mentirte, hemos tenido algunos… escarceos, pero rápidamente se echa atrás. Podría decirse que somos «socias con derecho a roce» de vez en cuando. Muy de vez en cuando.
Cora sonrió.
—Bueno, estoy segura de que tú sabrás cómo solucionar eso.
—Estoy en ello, mamá.
—Me gusta, por si te interesa saberlo. Y a tu padre también.
—Lo sé; en caso contrario no la hubiera traído, a pesar de tu invitación. Unos pasos sonando en la escalera las hicieron cambiar de tema.
—Pronto empezarán a llegar el resto de invitados.
—Y esta casa se llenará de gente una vez más.
—Espero que hayas contratado suficiente personal.
—No te preocupes por eso; tu padre se ha encargado de todo, de modo que habrá un ejército de camareros, pinches de cocina para servir el catering y después, una cuadrilla de limpieza para dejarlo todo como estaba. Lo único que no ha conseguido es que deje de preparar las tartas, de modo que en cuanto terminéis con los desayunos, me pondré a ello.
Zelena apareció en la cocina, acompañada de Roland.
—Buenos días.
—Qué madrugadores.
—Este señorito ha estado muy nervioso y excitado toda la noche con el tema de la fiesta. He preferido levantarlo y que deje dormir a su padre.
—¿No los ha dejado dormir ? Se te ve cansada, Zel.
—Mamá está mala. Ha vomitado.
Regina y Cora miraron a Zelena. En efecto, tenía mal aspecto. Esta sonrió.
—No estoy enferma, solo embarazada. Robín y yo pensábamos anunciarlo luego, pero prefiero decirles aquí, en la intimidad.
—¿Qué es embarazada, mami?
—Que vas a tener un hermano, cariño.
—O hermana —puntualizó Regina.
—Qué bien, como tú y la tita. Y podré jugar con él.
—Sí, igual. Pero primero tiene que crecer en la barriga de mamá y luego, cuando nazca, también tendrás que esperar para poder jugar con él. Al principio será muy pequeño y tendremos que cuidarle hasta que crezca. Menos mal que te tenemos a ti, Roland, para que nos ayudes porque los bebés dan mucho trabajo.
—La tita Regina también puede ayudar. Y Emma.
—¿Y yo qué? —preguntó Cora divertida.
—Tú también, abuela, pero vives muy lejos.
—Eso es verdad, aunque puedo mudarme cerca para echar una mano, como hice cuando tú eras un bebé.
—Estupendo.
El sonido de un coche deteniéndose en la puerta las hizo mirarse.
—Ya empiezan a llegar.
Poco a poco la casa tomó vida. Emma escuchó voces y, superando una pereza que normalmente no sentía, se obligó a salir de la cama. Sería agradable quedarse allí tumbada, escuchando el lejano rumor del mar y abandonarse al relax que sentía en aquel momento. Y sería mucho más agradable que Regina cruzase la puerta divisoria con una bandeja de desayuno para compartirla con ella.
En ese punto, saltó de la cama antes de que su cabeza siguiera pensando en lo que realmente le apetecía. Se vistió con un vaquero negro ajustado y una camiseta turquesa y sandalias y bajó a desayunar.
La cocina, que al parecer era el centro principal de reunión de la familia Mills, estaba llena.
—Buenos días —saludó
—Hola, Emma, buenos días.
—¿Soy la última? —preguntó espantada.
—Eso me temo, señorita Swan—murmuró Regina sonriente—. Tu exasperante puntualidad hoy te ha fallado.
—Lo siento. Cora sonrió.
—Nada de disculpas. En mi casa, y de vacaciones, cada uno se levanta cuando le apetece.
—Yo suelo ser madrugadora. Regina lo sabe.
—Lo corroboro; siempre es la primera que llega al trabajo. Pero como bien dices, mamá, aquí estamos de vacaciones. —Se volvió hacia Emma
—No temas, jamás nadie se enterará de que te has levantado a las diez de la mañana. Probablemente sea culpa del aire marino, o quizás no duermes lo suficiente y tu cuerpo quiere recuperar horas de sueño. Venga, relájate. Y mientras mi madre te prepara el desayuno te presentaré al resto de la familia.
—¿Qué te apetece? —preguntó Cora con amabilidad.
—Suele tomar té verde y algo integral, mamá; pero hoy se va a comer unas buenas tostadas con jamón, ¿verdad?
Emma sonrió. Estaba hambrienta. Hacer el amor siempre le producía hambre, y más cuando lo hacía de la forma salvaje y desenfrenada que Regina la inspiraba.
—Sí, me las tomaré. La verdad es que estoy hambrienta. Debe de ser el aire del mar.
Regina sonrió con picardía.
—Eso será. El aire del mar te sienta estupendamente. Deberías frecuentarlo más a menudo.
—Bueno, en vista de que nadie me presenta, soy Milah, la hermana de Cora, y este es mi marido Rumple.
«El del escote», pensó.
Todos se besaron cortésmente en la cara.
—Yo soy Nelly, su hija —dijo una chica menuda y simpática.
—Yo soy Emma, la socia de Regina en la editorial.
—¿Socia? —preguntó Rumple.
Regina le echó un brazo sobre los hombros.
—Algo más que socia, tío —dijo.
—Bienvenida a la familia, entonces.
Ante la leve mirada lasciva del hombre, Emma se cuidó mucho de desmentir su observación. Regina había marcado ligeramente el territorio, e inmediatamente la mirada de su tío cambió. Todos respiraron aliviados.
Cora colocó delante de Emma un plato con dos enormes rebanadas de pan cubiertas de aceite y jamón, un vaso de zumo de naranja y un tazón de café.
—Lo siento, no tengo té verde. Es café. Emma sonrió.
—También tomo café. Gracias, Cora.
Después de desayunar, Regina propuso dar un paseo hasta la playa para enseñarle a Emma los alrededores. Nelly se unió a ellas.
—El mar está cerca, ¿verdad?
—Sí, no se ve desde aquí, pero solo se tarda unos diez minutos en llegar andando. ¿Quieres ir ?
—Me gustaría.
Mientras caminaban, Emma preguntó:
—¿Ya han llegado todos los invitados, o habrá más gente?
—Falta mi prima Jane y su hermana Angela con su marido. Llegarán a lo largo de la mañana.
—¿Hermanas tuyas? —le preguntó a Nelly.
—No —intervino Regina—. Ellas son primas por parte de padre. Mis tíos murieron en un accidente de coche hace unos años. Las dos trabajan también en el negocio familiar.
—¿No tienes primos varones?
—Solo dos, pero hace tiempo que no están en el país.
—Y estaban rifados cuando nos reuníamos todos los veranos aquí — dijo Nelly—. Todas estábamos locas por Sean. Bueno, todas menos Kathryn… A ella le gustaba Regina.
Esta soltó una risita.
—¿Kathryn es otra prima?
—No de forma directa. Prima de Jane y Angela por parte de madre. Pero sí, todos pasábamos aquí los veranos de nuestra infancia y adolescencia. Eran unas vacaciones magníficas.
—¿Y a ti te gustaba alguna de tus primas? —preguntó Emma, sintiendo envidia de aquellas vacaciones familiares que nunca había disfrutado en su casa.
—Kat. Y no era prima mía.
—Entonces, ¿sí es cierto que tuviste algo con ella? Hubo un verano que estaba muy misteriosa con insinuaciones y frases dichas a medias, pero todas creíamos que solo estaba haciéndose la interesante.
—Hubo más que algo… Ella y yo perdimos juntas la virginidad en esta playa con quince años.
Emma sintió un aguijonazo de celos recorrerla de arriba abajo. Como no los había sentido de Elsa.
—¿Y duró mucho? —preguntó.
—Aquel verano. Y luego, durante un tiempo cuando nos veíamos echábamos algún polvo de recuerdo. Hasta que conoció a Frederick.
—Frederick es su novio —dijo Nelly—. Viven juntos en Londres.
«Bueno, es agua pasada», pensó. Aunque ella sabía que el primer amor nunca se olvida. O al menos, no fácilmente.
Llegaron a la playa y, subiéndose los pantalones hasta las rodillas, chapotearon en el agua todavía fresca de la primavera.
—¿Alguna vez lo hiciste en el agua? —no pudo evitar preguntar Emma. Su mente no dejaba de rondar alrededor de aquel amor adolescente de Regina.
—¡Que va! Éramos muy niñas y muy poco imaginativas. Lo hacíamos en la arena, todo muy romántico… Nada de polvos salvajes en sitios poco usuales —dijo mirándola fijamente, y ella supo que hablaba de la ducha de la noche anterior.
A la hora de almorzar, volvieron. Había un coche más aparcado en la explanada delante de la casa.
—Ya han llegado los que faltaban —dijo Nelly.
—Sí, es el coche de Jane.
Emma se preparó para más presentaciones. En el salón se encontraban las tres mujeres.
—¡Vaya, hablando del rey de Roma! —dijo Nelly—. Kat ha venido también.
Emma miró fijamente al grupo reunido en torno a una bandeja con bebidas y supo inmediatamente quién era Kathryn. Una belleza rubia por supuesto; y espectacular, que sonrió de oreja a oreja al verlas entrar.
Las tres se acercaron y abrazaron a Regina por turnos. Emma contuvo las ganas de golpear a una de ellas, y forzó una sonrisa cuando las presentaron.
—De modo que tú eres la socia de mi prima de la que habla todo el mundo. Menuda expectación hay en torno a ti —dijo una chica alta y de cabellera negra.
—La misma. Y tú eres Jane.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Regina dijo que te parecías a mí, y es justo eso lo que yo hubiera dicho.
Ambas mujeres estallaron en carcajadas a la vez.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Nelly a Kat.
—Frederick y yo hemos tenido algunos problemas. He venido a pasar una temporada con Jane para ver si estando separados un tiempo nos aclaramos.
—Qué bien, estamos todas juntas otra vez. Como en los viejos tiempos.
—Ahora somos más —dijo Zelena—. Están Robín y Emma, además de Roland, y pronto tendremos otro hijo.
La noticia acaparó la conversación durante un rato.
Luego, se sentaron a almorzar en un enorme comedor, evidentemente pensado para reunir a mucha familia. La comida transcurrió entre risas y bromas y después todos se sentaron en el porche a seguir charlando.
Emma se sentía a gusto; en su familia no era habitual ese tipo de reuniones. Como mucho sus padres, sus dos hermanos y ella. El resto de la familia solo se veía en bodas y entierros.
Trató de averiguar si entre Regina y Kathryn había aún algo del lazo que las había unido, pero ella la trataba como a una más de sus primas.
A última hora de la tarde, se retiraron a sus habitaciones para arreglarse para la fiesta.
Antes de entrar en la ducha, llamó a la puerta, y luego la atrancó ligeramente con una banqueta. Se duchó, se puso su vestido verde y dejó la melena suelta, como a Regina le gustaba, después de probar varios peinados diferentes sin decidirse por ninguno. Se maquilló discretamente y al final se contempló en el espejo. Era consciente de que se había arreglado para la morena, para desbancar a aquella otra belleza rubia que había sido su primer amor.
En esta ocasión no fue la última en aparecer en el enorme salón. La mesa había sido arrinconada contra una pared y estaba cubierta de platos de diferentes tipos, todos tan apetitosos y tan bien presentados que daba pena comer de ellos.
Zelena, Robín y Roland estaban ya allí, así como los padres de Regina.
—En hora buena por tu embarazo. Porque imagino que ha sido deseado, ¿no?
—Deseado y buscado. Llevábamos intentándolo ya unos meses.
—¿Y a ti, te gustan los niños? —le preguntó Cora.
—Nunca me lo he planteado. No hay niños a mi alrededor, no tengo sobrinos ni he tenido mucho trato con mis primos más pequeños.
—A Regina le encantan.
—Pues no se ha dado mucha prisa en tenerlos.
—Regina es una romántica de primera así como la ves, sueña con tener su propia familia amorosa . Por lo que está esperando a conocer a la mujer adecuada —dijo Zelena.
—Yo siempre pensé que al final Kat y ella acabarían juntas —comentó Cora mirando fijamente a Emma para ver su reacción—, pero ella conoció a Frederick. Porque con las demás que ha salido, jamás habría sentado la cabeza ni formado una familia.
—Bueno —dijo Robín con sonrisa malévola—, ¿quién sabe, Cora? Al parecer Kat y su novio tienen problemas. Quizás todavía te salgas con la tuya.
Emma sintió como si le hubieran descerrajado un tiro en pleno estómago. ¿Regina teniendo hijos con aquella mujer preciosa? ¿Niños morenos o rubios y regordetes corriendo a su encuentro al volver a casa?
—No me imagino a Regina como madre —dijo con cierta brusquedad.
—Tampoco yo me imaginaba a Zelena hasta que llegó el momento — dijo su madre.
En aquel instante, el aludido entró en el salón. Venía flanqueado por Jane y Kat y Emma se sintió molesta. Regina la había llevado hasta allí. ¿Pensaba acaso dejarla a su aire y dedicarse a sus primas?
Pero no fue así. Al entrar al salón se dirigió directamente hacia ellos, mientras las chicas se acercaban a coger unas copas.
—Estás guapísima. Bueno, todas lo están, pero con Emma es más evidente… suele vestir de forma más bien… sobria en el trabajo.
—Ya no —dijo ella.
—He conseguido que cambie un poco, pero de todas formas, hoy estás mucho mejor.
—Con tus halagos no vas a conseguir la portada de esta semana, te lo advierto.
—¿No me va a funcionar el truco?
—No, de eso nada.
— Entonces tendré que seguir esmerándome. ¿Una copa?
—Tampoco lo vas a conseguir emborrachándome. Pero acepto la copa.
—¿Y algo de comer?
—También.
Regina se dirigió al bufé. Emma la seguía con la mirada, deseaba que todos los presentes desaparecieran de la habitación y se quedaran solas. Pero sobre todo, que desapareciera Kathryn, que se había unido a Regina junto a la mesa de la comida y llenaba su plato a su lado.
Cora se acercó a Emma y dijo:
—Hacen buena pareja, ¿verdad?
—No sé —dijo algo brusca—. Yo de parejas no entiendo mucho. La mujer sonrió.
—Pero yo sí. —Y se alejó para atender a su hermana y cuñado que acababan de aparecer en la puerta del salón.
La velada transcurrió entre charlas, en grupos que se iban formando y separándose continuamente. Un rato después, Zelena se llevó a su hijo a la cama y regresó de nuevo.
Para cuando Cora y su marido se retiraron, Emma ya se había hecho una idea acerca de la familia de Regina, del carácter de cada uno y del tipo de relación que tenían entre sí. A la única que no acababa de ver clara era a Kathryn. A veces parecía coquetear con Regina, en otros momentos hablaba con verdadero afecto de su novio.
Al final, la reunión se disolvió retirándose cada uno a su habitación. Emma se preguntó si Regina echaría con su prima otro polvo de recuerdo aquella noche y la sola idea de sentirles en la habitación de al lado la enfureció.
Se dieron las buenas noches cortésmente ante las puertas de sus respectivos cuartos y se acostó, temerosa de escuchar ruidos en la habitación contigua.
Se estaba adormilando cuando el leve sonido de una puerta al abrirse con cuidado la hizo abrir los ojos bruscamente. Tardó unos minutos en comprender que la puerta que se había abierto no era la de la habitación de Regina que daba al pasillo, sino la que comunicaba con la suya. Contuvo la respiración, sintiendo que el corazón le saltaba de alegría y su voz no sonó en absoluto enfadada cuando preguntó en un tono que pretendía ser hosco:
—¿Qué coño haces aquí, Mills?
—Todavía nada… —dijo ella metiéndose en la cama, a su lado—, pero tengo la intención de hacer contigo todo lo que se pueda hacer en una cama, para variar. Esta noche nada de sitios raros. Y nada de prisas; quiero tomarme mi tiempo, señorita Swan.
—Pero tus padres… la cama…
Regina la beso acaloradamente —Estoy muy caliente, he tomado una de tus recomendaciones...
La morena abrió la mano y mostró el frasco de estimulante sexual.
—Oh por dios!, no puedo creer que hayas conseguido eso... eres una hija de...
—Ya es tarde lo he tomado y déjame decirte, esta mierda te pone como un volcán.
Regina volvió a besarla de una manera salvaje por lo que a Emma no le quedo más que guardar silencio, feliz de que ella hubiera acudido a su habitación y no a la de Kathryn.
Se separaron brevemente con la respiración entre cortada.
—Sigo sin creer que te hayas atrevido a esto, cuando creo que conozco tus limites , impones uno nuevo.
—Siempre es bueno superarse una misma. No es que me haga falta, solo quería saber que resultado habría entre lo normal y añadiendo esto... creo que va a ser una jodida explosión
—Eres una maldita fanfarrona, Mills —dijo sintiendo ya la humedad entre sus piernas.
—Permite que me quede, y si no cumplo, siempre podrás echármelo en cara durante el resto de tu vida.
—De acuerdo… quédate.
Apenas hubo terminado de decir esas palabras, la boca de Regina cubrió la suya y todo desapareció a su alrededor.
Regina cumplió. Cumplió sobradamente lo que había prometido. Cuando ya amanecía, se dejó caer a su lado, exhausta y susurró:
—La próxima vez que se te ocurra meter un frasco de estimulante en mi escritorio, recuerda esta noche.
Emma se incorporó sobre un codo, y la miró.
—¿Lo has hecho para vengarte?
—No, Querida, lo he hecho porque te deseo muchísimo. Igual que tú a mí, no lo niegues.
—No lo niego. Después de lo que acaba de pasar, sería imbécil no admitirlo.
—Bien. Durmamos un poco entonces. En un rato la casa se llenará de gente y tendremos que levantarnos.
—¿Vas a irte a tu habitación?
—Eso depende de ti. Yo preferiría quedarme.
—¿Y si entra alguien?
—Mi habitación está cerrada por dentro, y esta también. Si alguien llamase a una de las dos puertas, puedo irme en un segundo.
—De acuerdo, quédate si quieres —dijo buscando el hueco de su hombro y, apoyando la mano sobre el pecho de ella, se quedó inmediatamente dormida.
