La mañana siguiente Regina no estaba en la cama cuando Emma se despertó. Se permitió estirarse y sentir todos los músculos doloridos por la intensa noche de sexo. Regina la había hecho disfrutar a conciencia, hasta el punto de morderse los labios hasta hacerse sangre para evitar que pudieran oírla en el resto de la casa. Y no estaba segura de que no se hubieran escuchado los latidos de su corazón a mil por hora.
Decidida a no ser la última como el día anterior se levantó de la cama, se metió en la ducha después de llamar y bajó a la cocina. Había reunión de mujeres en ella. Cora, Kathryn y Zelena se sentaban en la mesa.
—Buenos días, Emma. Hay café recién hecho, sírvete.
—Y pan para tostar —añadió Kat—, salvo que prefieras un trozo de tarta de la que quedó ayer.
—Las tostadas están bien.
—Pues sírvete, estás en tu casa —añadió Cora—. Hoy me siento demasiado cansada para preparar nada.
Emma colocó una gruesa rebanada de pan en el tostador y se sirvió un café con leche. Zelena le hizo sitio a su lado en la mesa. A Emma no se le escapó el intenso escrutinio a que fue sometida por parte de todas las presentes, y esperó sinceramente que la ducha hubiera borrado de su rostro las huellas de la noche.
La conversación transcurrió sobre los planes del día. Robín y Zelena se iban a marchar pronto, pero Nelly y Kathryn iban a quedarse un par de días aún.
—¿Y ustedes, qué van a hacer ?
—No tengo ni idea —dijo—. Regina no me ha comentado sus planes.
—¿Todavía está durmiendo? —preguntó Nelly pícara.
—No tengo ni idea. Si no está por aquí, supongo que sí.
—Ya…
Emma no quiso darse por aludida con el comentario, y Cora desvió la conversación hacia el embarazo de su nuera. La ilusión por el nuevo nieto se notaba en cada palabra.
Después de desayunar decidieron dar un paseo en espera de que el resto de los invitados se levantara. Bajaron a la playa y Emma no pudo dejar de pensar en Regina y Kathryn haciendo el amor en ella. Notó la mirada de Zelena y trató de evitar esos pensamientos, por si la perspicaz mujer adivinaba algo. Se integró en la conversación general lo mejor que pudo, puesto que hablaban de recuerdos que ella no conocía.
Cuando regresaron, la cocina volvía a estar llena de gente. Regina estaba desayunando, recién duchada. Intercambiaron una intensa mirada que Emma cortó enseguida, consciente de que todo el mundo estaba pendiente de ellas.
Después, decidieron regresar a casa tranquilamente, para llegar antes de la noche.
La semana había pesado en Regina como una losa. Después de lo sucedido en casa de sus padres, de la noche que Emma había pasado con ella, volver a la frialdad del trabajo cotidiano la estaba volviendo loca.
Ninguna de las dos había mencionado lo ocurrido, solo habían hablado de trabajo, y aunque era cierto que los comienzos estaban siendo duros y requerían más horas de las que empleaban en la editorial, ver a Emma sola en la oficina se le hacía muy difícil. A cada momento tenía que contenerse para no abrazarla, para no acariciar ese cabello que había empezado a llevar suelto o como mucho recogido en una trenza floja que colgaba sobre el hombro, cayéndole en el pecho. Ese pecho que ella había acariciado hasta la saciedad solo el sábado anterior.
Y una semana después se encontraba sentada ante el televisor, con la mirada fija en la pantalla y pensando en ella, sin ver nada de lo que discurría ante ella. Y echándola de menos, deseando escuchar su voz, sentir su cuerpo contra el suyo, aunque solo fuera para ver una película.
De pronto se levantó, se dio una ducha rápida y se cambió de ropa. Se puso una blusa y un pantalón de loneta azul, y cogiendo las llaves del coche, decidió agarrar al toro por los cuernos. Lo peor que podía pasar era que no estuviera en casa. No, lo peor es que estuviera acompañada, pero iba a arriesgarse. Nunca había sido de las que se sentaban a esperar que ocurrieran las cosas, sin hacer nada.
Cuando aparcó frente a la puerta de Emma no sabía muy bien qué iba a decirle, pero decidió improvisar.
Esta se encontraba en la cocina, preparando comida para varios días, cuando sonó el timbre de la puerta. Por un momento temió que fuese Rubí, que volviera a tener problemas con Belle, pero luego recordó que ella tenía llave.
Cuando miró por la mirilla, se encontró con la cara de Regina al otro lado. Se miró por encima, comprobando que no tenía manchas de comida en la ropa y se alisó el pelo, recogido en una cola de caballo. Abrió.
—Hola —saludó Regina.
—Hola. ¿Ocurre algo?
—No… Pasaba cerca y me apetecía un café. Se me ocurrió invitarte a uno… o que tú me invitaras a mí. Si no es mucha molestia.
—Pasa, te invitaré yo. Estoy cocinando y no puedo salir en este momento.
—Gracias —dijo entrando—. Puedo ayudarte a cocinar, si quieres.
—Primero el café. También a mí me vendrá bien una taza, y una excusa para descansar un rato.
Bajó al mínimo el fuego de algo que se cocía en una cazuela y comenzó a preparar una cafetera.
—¿Te molesta que haya venido? Quizás he debido llamar antes.
—Has debido hacerlo, sí. Pero ya estás aquí.
—¿Prefieres que me vaya? —preguntó temiendo la respuesta.
—No seas tonta. No es eso. Solo que no me gustan las sorpresas. Regina sonrió.
—Prefieres tener lo todo controlado a tu alrededor, pero solo se trata de un café.
Emma sonrió a su vez.
—Por eso te quedas. Siéntate, considérate en tu casa.
Ella obedeció y tomó asiento en la mesa que había en un rincón. La cocina de Emma le gustaba, resultaba tan acogedora como la de su madre.
Como últimamente Emma se unía a los desayunos en el trabajo, no tuvo que preguntarle cómo le gustaba el café. Con poca leche y sin azúcar.
Colocó el servicio con la cafetera y una jarra de leche sobre la mesa y se sentó frente a ella. Ante la insistente mirada de Regina se pasó la mano por la cara, pensando que la tenía manchada.
—¿Tengo algo en la cara?
—No.
—Es que no dejas de mirarme.
—Por que estás preciosa.
—Regina… ¿A qué has venido exactamente?
—A tomar café.
—No es verdad.
Ella tomó un sorbo y admitió.
—No, no lo es.
La miró fijamente a los ojos.
—Te echaba de menos.
Emma tuvo que reconocer que también había estado pensando en ella durante la mañana y había decidido ponerse a cocinar para evadirse.
—¿Has venido para echar un polvo?
—No. Al menos no he salido de casa con esa intención. Solo quería verte.
—Me ves todos los días en la editorial.
—Allí no podemos charlar, solo tratamos temas de trabajo.
—¿Y qué tema quieres tratar?
—Ninguno en concreto, solo…
—¿Solo qué?
—Está bien, allá va. Estoy empezando a sentir algo por ti.
—¿Atracción física?
—No, algo más que eso. Esta tarde quería simplemente verte, tomar un café, salir a dar una vuelta contigo. Ir más allá de la cama. Creo que me estoy enamorando.
Las manos de Emma empezaron a temblar y soltó la taza sobre la mesa. La miró a los ojos y la pregunta muda que leyó en ellos la asustó. Le tembló un poco la voz al responder.
—Yo… no siento lo mismo. Lo lamento, Regina, yo noto una atracción física muy fuerte hacia ti. Hace mucho que no siento algo así por una persona, desde la universidad… pero no va más allá. Reconozco que me equivoqué contigo, que eres una gran persona y que me gusta que hayamos enterrado el hacha de guerra y que podamos trabajar juntas. Y las veces que nos hemos acostado… han sido asombrosas. Pero no va más allá del sexo. No para mí. Lo lamento.
—Bueno, es lo que hay. Prefiero saber a qué atenerme.
—¿No estás enfadada?
—No, Querida. En los sentimientos no se manda. Si lo que sientes hacia mí es solo atracción, seguiremos como estábamos, acostándonos de vez en cuando y nada más.
—No, no vamos a hacerlo. Eso solo te haría daño. Y estropearía el trabajo de nuevo.
—Ya —dijo Regina con los labios apretados—. El trabajo es lo primero. Emma colocó una mano sobre la de ella y la miró muy seria.
—No, Regina. Tú eres lo primero. Seguir con esto te va a hacer daño. Y no quiero hacértelo.
—Deja que sea yo quien decida eso, ¿vale? Puedo controlarlo, no soy un chiquilla de quince años. Puedo hacer que este sentimiento que está apenas empezando vuelva atrás y sea solo atracción; lo he hecho otras veces.
—¿Estás segura?
—Claro que lo estoy, señorita Swan. Y digas lo que digas, no pienso renunciar a acostarme contigo.
—Eso será si yo también quiero, Mills.
—Por supuesto; pero claro que quieres, Querida. No me digas que no te gustaría que quitara de encima de esta mesa el servicio de café y te follara sobre ella hasta que se te quiten las ganas de cocinar.
Emma ahogó un suspiro. La cabrona tenía razón. Desde que la había visto en la puerta en lo único que había pensado era en echar un polvo descomunal, fuese donde fuese. Intentó negarlo, pero las palabras no le salían.
Regina se puso de pie y acercándose a ella la levantó en vilo y empezó a besarla de forma salvaje. La arrastró hasta la lavadora y la sentó encima, mientras le bajaba de un tirón los vaqueros viejos que llevaba. Enganchó la tanga y lo rompió de un tirón, y sin más preámbulos hundió dos dedos
en su interior. Estaba muy húmeda, como había esperado. Mientras movía los dedos dejó de besarla y aplicó la boca a su cuello. Era algo que nunca había hecho antes, marcarle el cuello, pero esa tarde iba a hacer lo a conciencia. Emma estaba muy equivocada si pensaba que iba a rendirse sin luchar. Conseguiría que se enamorase de ella fuese como fuese. Regina Mills era muy testaruda.
Emma apoyó las manos sobre la encimera para permitirle mejor acceso. Cuándo la sintió próxima al orgasmo, sacó los dedos
—Despacio no…
—Despacio sí, Querida. Hoy mando yo… Me lo debes.
Dejó el cuello y volvió a su boca. Emma no podía abrazarla, ni tocarla, sin caerse hacia atrás, por que Regina había tirado de ella hasta casi sacarle el trasero de la encimera para llegar más hondo, y se moría por tocarla. Pero ella no se lo permitió. Colocó las manos sobre las de ella para inmovilizarla, y siguió marcando el ritmo. Cuando ya estaba de nuevo próxima al orgasmo, levantó una de ellas y pulsó el botón del centrifugado. El orgasmo estalló de forma brutal para ambas. Emma gritó hasta quedarse ronca mientras Regina no dejaba de moverse dentro de ella. Al final, exhausta, salió y se apoyó contra la encimera a su lado. Ninguna de las dos habló hasta que recobraron el aliento.
Regina se recolocó la ropa y dejándola todavía sentada sobre la lavadora, muriéndose por abrazarla, se dispuso a marcharse.
—¿Te vas?
—Solo sexo, Querida. Te dejo para que termines de cocinar.
—La próxima vez llama antes de venir.
—Lo haré.
—Y esta ha sido la última vez.
Regina se volvió a medias desde la puerta de la cocina.
—Ya veremos. Tú tampoco puedes controlarte.
—Las duchas frías funcionan también para mí.
—Pues procura que apaguen el brillo del deseo en tus ojos, Querida… porque no te garantizo nada si vuelvo a verlo en ellos.
Salió de la cocina y poco después Emma escuchó el sonido de la puerta al cerrarse. Se tocó el cuello dolorido, consciente de la marca que había debido dejar allí, aunque ella había disfrutado enormemente mientras se la hacía.
—Cabrona… —susurró. Aquello tenía que terminar, por el bien de ella. Y estaba firmemente decidida a que no volviese a repetirse.
