Capítulo 30
Estrategias
Emma estuvo malhumorada todo el domingo. Después de lo ocurrido el sábado se sentía enfadada consigo misma y con Regina, por supuesto. Detestaba haber follado con ella sobre la lavadora después de rechazar su declaración, y se sentía sumamente irritada ante la prepotencia de ella de que estaría disponible en cuanto chascara los dedos. Aunque en su fuero interior sabía que había sido verdad, que había bastado que insinuara echar un polvo para que hubiera deseado hacerlo y no había puesto la más mínima resistencia, ni de palabra ni de obra, cuando la llevó hasta la lavadora. Y lo había disfrutado enormemente. Pero un rato después de que se marchara, y sin que tuviera muy claro el motivo, había empezado a enfadarse. Cuando se levantó el domingo estaba realmente cabreada, y se juró a sí misma que Regina no iba a llevarla a la cama —ni a ningún otro mueble de la casa o la oficina— nunca más.
El lunes se vistió sobriamente, aunque no tanto como antes, y se volvió a recoger el cabello en una apretada coleta. Se cubrió el moratón del cuello con un pañuelo estratégicamente colocado y se marchó a la editorial.
Regina y Rubí ya estaban allí. Miró el reloj y comprobó que ambas habían llegado antes de tiempo.
—Buenos días.
—Hola, Emma —saludó su amiga—. ¿Qué tal el fin de semana?
—Aburrido —murmuró.
Regina levantó una ceja y no dijo nada. Evidentemente no estaba de buen humor y no sería ella quien se cruzara en su camino aquel día. Además, había vuelto a recogerse el cabello, lo cual no era buena señal. No sabía si debido a que le había expresado sus sentimientos o lo ocurrido después, pero algo había cambiado entre ellas, y no para mejorar. Suspiró resignada. Emma la descolocaba continuamente, nunca sabía a qué atenerse con ella. Pero fuera lo que fuera, no iba a rendirse. Regina Mills nunca se rendía, y menos cuando algo le importaba. Y la preciosa señorita Swan, con su moño apretado y su expresión adusta pero cuyo hielo se fundía entre sus brazos en cuestión de segundos, le importaba mucho. No, no iba a rendirse. Quizás solo debía cambiar de estrategia. Ese cabello recogido de nuevo sobre su nuca, el sobrio pantalón azul y la holgada blusa del mismo color le estaban diciendo a gritos que se mantuviera alejada. Bien, lo haría; le daría lo que deseaba. A ver quién aguantaba más.
Durante un mes la relación entre ellas se limitó estrictamente a asuntos de trabajo. Mixtrum volvió a publicar algunos artículos científicos, la sección de los hoteles empezó a alcanzar tanto éxito que se convirtió en algo habitual recibir invitaciones de establecimientos que deseaban ser objeto de sus artículos. También «Regina responde» tuvo que ser ampliada, y aunque en algún momento ella se ofreció a eliminarla, consciente de que a Emma nunca le había gustado, ella misma tuvo que reconocer que si se suprimía, las ventas caerían bastante, porque eran muchas las cartas que se recibían cada semana. Admitió que la revista se llamaba Mixtrum porque en ella había cabida para todo tipo de artículos, y que el consultorio formaba una parte importante de la misma.
No obstante, seguían teniendo discrepancias casi todas las semanas sobre qué publicar, y las voces alteradas de ambas seguían escuchándose en la sala común donde seguían trabajando Rubí, Rose y Ashley, porque se reunieran la oficina de Regina o en el de Emma, la puerta nunca se cerraba.
Ella tenía buen cuidado de dejarla abierta, para confirmarle que sus intenciones eran estrictamente laborales. Por mucho que le costase, mantenía una estudiada indiferencia hacia Emma, aunque los días que ella llevaba falda le resultaba especialmente difícil hacerlo. Las ganas de levantársela y empotrarla contra el archivador que había junto a la ventana para hacerle el amor le nublaban la mente cada vez que la veía aparecer repiqueteando sobre sus tacones y con las preciosas piernas al descubierto. Aun así, se mantenía firme, no era una chiquilla de quince años rebosante de hormonas y sabía que si quería tener de Emma algo más que un buen polvo, debía controlarse hasta que ella comprendiese y aceptase que sentía lo mismo que ella. Algo de lo que cada día tenía menos dudas, dada la forma en que la estaba empezando a mirar: como un dulce que estás deseando comerte.
A menudo la sorprendía mirándole las manos, mientras jugueteaba con un bolígrafo en sus habituales reuniones para dar formato al nuevo número, o sus senos cuando se dejaba abierto un botón de más en la blusa. Cosa que hacía solo a veces y disfrutaba con la mirada de decepción de Emma cuando se ponía una blusa que llegaba hasta el cuello.
Se le estaba haciendo muy larga la espera, pero sabía que debía aguantar … que ahora le tocaba a ella mover ficha.
Emma, por su parte, había respondido con evasivas a las preguntas de Rubí sobre el cambio de actitud entre ellas, limitándose a decirle que habían decidido dejarse de tonterías y centrarse en el trabajo; aunque su amiga no era tonta y no pensaba que se lo hubiera tragado. Pero la conocía lo suficiente para saber cuándo debía mantener la boca cerrada.
A menudo se preguntaba cuánto de cierto había en lo que Regina le había confesado sobre sus sentimientos hacia ella. Probablemente no mucho, puesto que había dado marcha atrás con tanta rapidez y facilidad, volviendo a una relación estrictamente profesional. Por una parte eso la aliviaba, no tenía ganas de tener que estar rechazándola continuamente, pero por otra la irritaba el hecho de que hubiera olvidado tan fácilmente las veces que habían estado juntas. Seguramente estaría acostumbrada, había tenido muchas mujeres. A ella le estaba costando. Cada noche en la cama rememoraba uno u otro de los episodios que habían compartido, el placer, las caricias. La sensación tan especial que había sentido al dormir con ella, con la cabeza apoyada en su hombro, el tacto de su piel, la perfección de su cuerpo desnudo. Y la echaba de menos, sobre todo los fines de semana que pasaba sola. A veces estaba tentada de llamarla para escuchar su voz, incluso una tarde había estado con el teléfono en la mano, pero no había llegado a marcar. Por las noches pensaba si Regina estaría con una mujer y se sorprendía buscando marcas en su cuello al día siguiente. La sola idea de imaginarla con otra la hacía desvelarse y no poder dormir. Pero seguía firmemente convencida de que seguir acostándose con la morena era un error que pagaría caro, porque también ella podía empezar a sentir por Regina algo más que atracción. Y eso, con Regina Mills no era buena idea, porque pasaba de una mujer a otra con demasiada facilidad y no estaba dispuesta a sufrir por nadie. Y menos por una persona con la que trabajaba y a la que tenía que ver a diario.
Regina aparcó el coche en la puerta de su hermana. Al igual que había sucedido con Roland quería que el primer regalo que tuviera su nuevo sobrino fuera suyo. Zelena pensaba que hasta los tres meses de embarazo un nene tenía muchas posibilidades de no llegar a nacer y no quería comprar nada ni aceptar regalos, pero lo que Regina llevaba era algo simbólico: un chupete con que dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Había hecho lo mismo con el niño; por un simple chupete Zelena no se enfadaría.
Tampoco le vendría mal una velada en familia, aunque estaba segura de que su hermana intentaría sonsacarle cosas que quizás preferiría no decir, pero la actitud de Emma de las últimas semanas, tan fría y distante, la estaba minando la confianza. Nunca la había rechazado una mujer antes de ella, y no era precisamente su orgullo el que había sufrido. Al principio, sobre todo después de que hubieran hecho el amor en la cocina, había estado segura de que era solo cuestión de tiempo el que ella cambiara de opinión, de que aceptara que había algo entre ellas, o al menos pensaba que continuarían acostándose juntas, y ella tendría la oportunidad de intentar conquistarla. Había algo más que pasión entre ellas, de eso estaba segura. Si no fuera así Emma nunca le habría dado una segunda vez, ni habría aceptado pasar toda una noche juntas. Aquella noche en casa de sus padres las dos habían rebasado la línea del deseo, había tenido demasiado de eso en su vida para no notar la diferencia. Pero Emma no se había dado cuenta aún, o si lo había hecho quería cortar allí, antes de que fuera a más. Y ella no se lo iba a permitir, no sin luchar. Pero nunca se había tenido que enfrentar al rechazo de una mujer, y menos al de una que le importara. No sabía cómo actuar.
Entró en la casa detrás de su hermana que había acudido a abrir la puerta y, como siempre, Zelena le salió corriendo al encuentro.
—¡Titaaaa!
—Hola, precioso —dijo alzándole en el aire como solía. Zelena también se le acercó.
Ella le mostró la caja.
—El chupete de rigor —dijo sonriendo.
—A ver cuándo te podemos regalar nosotros uno a ti.
—Uf… Está difícil la cosa... —Yo creo que seré una madre-abuela si es que algún día lo soy.
—¿Emma no quiere hijos?
—Nunca hemos hablado del tema. Y últimamente no quiere ni sexo conmigo, así que…
—¿Qué has hecho? ¿No te habrás liado con otra?
—No, pero creo que he cometido un error. Hablé de sentimientos y creo que se acobardo. Debería haber esperado un poco más. Ahora nuestra relación es estrictamente profesional y fría como el hielo. He probado a fingir que me da igual, a distanciarme yo también para hacer la reaccionar, pero no parece que funcione. Tú que eres psicóloga, ¿hay algo que haga que la persona se de cuenta de que siente por otra algo más que atracción sexual? Por que de eso estoy segura.
—Sí que lo hay. Que piense que puede perderla.
—No voy a estrellarme con el coche contra un árbol para que Emma tema perderme.
—¡No seas imbécil, Regina! Estoy hablando de otra mujer.
—Otra mujer …
—Sí, pero una de verdad, no las muñequitas medio tontas con las que sales a veces.
—Hum… Veré qué se me ocurre. No pierdo nada por intentarlo, ¿verdad?
—Casi siempre funciona.
Robín y Roland volvían en aquel momento, ambos enfrascados en una conversación sobre la caricatura del chico.
—¿Puedo quedarme a cenar ?
—Si preparas la comida… —dijo su cuñado—. Zelena le ha cogido asco a la cocina y a mí no se me da demasiado bien.
—Encantada.
Tres días después, nada más llegar, Regina se presentó en la oficina de Emma. Como siempre le sucedía, y cada vez con más frecuencia, se tuvo que contener para no comérsela con los ojos… y con las manos… y con la boca.
—Buenos días, Emma —dijo la morena observando que había vuelto a dejarse el cabello suelto, y que llevaba falda. Una falda con vuelo que sería muy fácil subir. Se le secó la boca, y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la frialdad necesaria para tratar el tema que la había llevado hasta allí—. Tengo que hablar contigo.
—¿Algún problema con la editorial?
—No, es personal. Necesito tomarme de nuevo unos días libres.
Emma arrugó el ceño. No le apetecía en absoluto estar varios días sin verla, ya le costaba cuando hacían el reportaje del hotel en el que durante un par de días a la semana apenas se veían una hora para intercambiar impresiones. Por eso su voz sonó un poco áspera al preguntar.
—¿Otro viajecito familiar?
—Sí, en efecto —dijo Regina muy seria.
—¿Y no se las pueden apañar sin ti? Ya sabes que aquí andamos muy justos de personal.
—Podrían, pero no quiero que lo hagan. Sé que las chicas y tú son capaces de llevar esto adelante sin mí los días que sean necesarios.
—¿Muchos días?
—No lo sé. Una semana, dos… Espero que no más.
—¿Tanto?
—Hay algunos asuntos legales que aclarar, por eso no te puedo decir cuánto tiempo llevará.
—De acuerdo. Tendré que hacer yo las dos partes del reportaje del hotel.
Regina sonrió y Emma sintió que algo se le ablandaba por dentro.
—Lo harás perfectamente, solo tienes que sacar a relucir el lado positivo que sé que tienes escondido en alguna parte.
—Pero me niego a contestar en «Regina responde».
—Que lo haga Ashley. A ella se le da bien eso de los cotilleos.
—Bien. ¿Y cuándo te vas?
—Esta noche.
—Entonces mueve el culo y deja listo todo lo que sea necesario. No pierdas más el tiempo.
Regina salió de la oficina con una amplia sonrisa en la cara.
La ausencia de Regina se hizo notar. Emma sentía que faltaba algo vital en la redacción, con mucha más intensidad que la última vez que se había ido. Pegaba un respingo cada vez que sonaba el teléfono y se mostraba malhumorada durante un rato cuando comprobaba que no era ella quien llamaba. Pero no telefoneó ni una vez.
Rubí la observaba divertida, sin decir nada. Le encantaba ver a su amiga tan enamorada y sin querer admitirlo. Desde la facultad no la había visto tan loca por alguien como lo estaba por Regina Mills, y esperaba que hiciera algo al respecto antes de que fuera demasiado tarde.
Los días pasaban demasiado lentos para Emma, sin saber cuándo regresaría, sin saber siquiera dónde estaba. Un par de veces intentó inventarse un problema en la edición para llamarla, pero al final desistió puesto que no quería que ella pensara que era una inútil si la llamaba por una tontería semejante. Y no podía decirle que necesitaba desesperadamente escuchar su voz. Ni siquiera se lo quería decir a sí misma, pero era cierto. Cuando volviera tendría que hacer gala de un gran autodominio para no saltarle al cuello y abrazarla y besarla hasta calmar ese gran vacío que se había instalado en su interior en el mismo momento en que ella se había ido.
La única noticia que tuvo fue a través de Zelena.
—Emma —dijo Rose desde la línea interior —, la hermana de Regina está al teléfono y quiere hablar contigo.
Sintió un vuelco en el estómago. ¿Le habría ocurrido algo? Con las manos temblando de angustia cogió el auricular.
—¿Sí?
La voz jovial de Zelena la tranquilizó.
—Hola, Emma, espero no molestar.
—En absoluto. ¿Ocurre algo?
—No, solo quería pedirte un favor. No sé a quién acudir.
—Claro —dijo respirando de nuevo—. Dime qué puedo hacer por ti.
—Tengo que hacerme unas pruebas y Robín no quiere que vaya sola porque hace varios días que me encuentro bastante mal. La niñera de Roland está enferma y no sé a quién acudir; normalmente es Regina quien se queda con él, pero como está en Londres… ¿Te podrías quedar con mi hijo un par de horas? Te lo llevaríamos a la redacción y bastará con que le dejes un sitio en una mesa donde colorear. Es un niño muy bueno, no les impedirá trabajar. Él se siente muy a gusto contigo.
—Por supuesto que puedes traerlo. ¿Y dices que Regina está en Londres?. Zelena sonrió al otro lado del teléfono. Sabía que la mente de Emma había registrado la información.
—Sí. ¿No lo sabías?
—No, me dijo que necesitaba unos días libres para solucionar un asunto familiar.
—Sí, es cierto. Kathryn ha roto definitivamente con Frederick y está fatal. Regina y Nelly han acudido para animarla y ayudarla a mudarse.
—Y a ofrecerle un hombro sobre el que llorar —dijo con rabia mal contenida.
—Regina se toma los asuntos de familia muy en serio.
—Kathryn no es su familia.
—Claro que lo es —dijo Zelena ahondando en la herida que sabía acababa de provocar —. Todas ellas se criaron juntas, durante años pasaron todos sus veranos juntos. Kathryn es tan prima de Regina como Nelly o Jane.
—No, exactamente —dijo hosca—. Que yo sepa, nunca se folló a Nelly ni a Jane. O a lo mejor sí… Al parecer Regina Mills se ha tirado a todas las mujeres que ha habido a su alrededor.
—A mí no, te lo aseguro —dijo con una risita—. Y aquello fue cosa de niñas. Hace mucho tiempo que terminó.
—No tanto tiempo… Solo desde que ella conoció a Fred. Según me ha confesado Regina, echaban «polvos de recuerdo» cada vez que se encontraban durante años. Y seguramente estarán haciendo lo mismo ahora «para consolarla».
—¿Quién sabe? A lo mejor Cora tiene razón y al final Regina y Kathryn acaban juntas.
Emma apretó los dientes. La imagen de niños morenos y regordetes acudiendo al encuentro de Regina al llegar a casa, la golpeó de nuevo con fuerza y le estrujó las entrañas. Respiró hondo y trató de suavizar la rabia que sentía cambiando bruscamente de conversación.
—Bueno, puedes traerme a Roland cuando quieras. Lo cuidare bien.
—Lo sé. Gracias.
—De nada.
