Bueno, estoy sorprendida que estamos próximos al final, solo quedan 2 capítulos y tal vez un epílogo. Muchas Gracias a todos (a) por leer.
Regina estuvo fuera dieciocho interminables días. Desde el momento en que Zelena le dijo a Emma dónde estaba, cada hora, cada minuto de ausencia se le hicieron interminables. Sus noches se poblaron de pesadillas, imaginándola en brazos de Kathryn, unas veces haciéndole el amor con el mismo ímpetu y la misma pasión con que lo había hecho con ella; brindándole su consuelo y su ternura otras. Y no sabía cuál de las dos cosas le molestaba más.
Se despertaba cansada y enfadada consigo misma por sentirse así. Regina no era nada suyo porque ella no había querido que lo fuera, aunque a veces se preguntaba qué habría ocurrido si la tarde que estuvo en su casa y le confesó que se estaba enamorando de ella, le hubiera dicho que sentía lo mismo. Pero ella no estaba enamorándose de Regina… ¿O sí?. Después de la oleada de celos brutales que estaba sintiendo ya no estaba segura de nada. Solo de que deseaba verla entrar por la puerta de su oficina, despeinada y sonriente, y retomar su vida como antes, volver a verla todos los días, discutir los por menores de la publicación, lanzarle sus pullas verbales y recibir las de ella. Escucharla decir «Señorita Swan» con esa media sonrisa que le llenaba el estómago de mariposas. Y sin plantearse nada de lo que hubiera podido pasar en Londres.
Pero Regina seguía sin dar señales de vida, y la irritación de Emma aumentaba a cada día que pasaba. En dos ocasiones llamó a Zelena para preguntarle por su salud y ofrecerle su ayuda si la necesitaba, y también, ¿por qué negarlo?, con la esperanza de que le diera noticias de Regina sin tener que preguntarle, pero no obtuvo el resultado que esperaba. Hablaron de embarazos, de Roland y de Mixtrum, pero ni media palabra sobre Regina.
A tal punto había llegado su malhumor que Rose le mandó a esta un mensaje preguntándole cuando volvía, porque la jefa estaba insoportable y echando pestes por su tardanza. Regina lo leyó, sonrió y se limitó a responder que volvería cuando pudiera, y decidió alargar su ausencia unos días más.
Se presentó en la editorial una mañana sin previo aviso, sonriente y feliz. Su aspecto era impecable, con unos traje negro, cuya blusa la dejo abierta sobre el pecho.
Emma escuchó su voz y el revuelo que causó cuando entró en las oficinas.
—¡Buenos días, chicas!
—¡Reginaaaa! Dichosos los ojos.
Contuvo las ganas de salir a su encuentro y echarse en sus brazos. Hasta ese momento no había sido consciente de lo mucho que la había echado de menos. Pero su alegría se vio repentinamente apagada por la idea de que probablemente ella venía de hartarse de follar con Kathryn, así que se irguió en el sillón, se alisó el cabello con las manos y se mantuvo digna fingiendo que leía un artículo en el ordenador, pero con los cinco sentidos agudizados, esperando verla entrar.
A propósito, Regina se demoró un rato charlando con las chicas, hasta el punto que Emma empezó a dudar de que fuera a entrar a saludarla. Pero al fin, tras un discreto golpe en la puerta, esta se abrió y pasó a la oficina. Ella alzó por un momento los ojos del ordenador y dijo hosca:
—Ya era hora, Mills.
Ella sonrió a pesar de su evidente enfado y dijo:
—Las cosas se han complicado más de lo que esperaba.
—¿Los temas… legales?
—Todos. Pero las chicas me han dicho que aquí las cosas han ido perfectamente.
—Por supuesto; he trabajado como una burra para suplir tu ausencia.
—Lo sé, y no esperaba menos de ti. Eres una profesional como la copa de un pino.
—Menos zalamerías y más trabajo. No andamos sobrados de personal, ya lo sabes, y tu viajecito ha supuesto un sobreesfuerzo para todas.
—Lo sé, pero tenía un asunto importante que solucionar. Las invitaré a cenar para compensarlas.
—No todo se paga con dinero, Mills.
—No he hablado de dinero, sino de una cena.
—A mí no vas a sobornarme con una cena.
Regina inclinó la cabeza y sonrió divertida.
—¿Ni siquiera si la preparo con mis propias manos?
Emma sintió que empezaba a ablandarse. Sería genial ir a cenar con ella de nuevo, esa intimidad que estaba añorando, pero no quería compartirlo con el resto del personal.
—Ya veremos.
—Entonces quizás mi otra propuesta te guste más. Acabas de decir que estamos escasas de personal, y es cierto. Me gustaría contratar a alguien más.
—Ya hemos hablado de eso. No nos sobra el dinero, tenemos que ahorrar para tener nuestras propias instalaciones y no depender de nadie. ¡Y no vuelvas a decir que tú pones el dinero y luego te voy devolviendo mi parte poco a poco!
—No iba a decir eso, pero sí que yo correría con el sueldo de la persona contratada.
—¿Tú? ¿Y por qué ibas a hacerlo? Esto es una empresa de las dos y corremos con todos los gastos al cincuenta por ciento.
—Porque a quien quiero pedirte que contratemos es a mi prima Kathryn. Emma se sintió como si le hubieran echado un jarro de agua fría por encima.
—¿A…? ¡Kathryn no es tu prima!
—Quizás no de sangre, pero claro que es mi prima. Ha cortado con su novio después de nueve años viviendo juntos y está hecha polvo, muy perdida. No sabe qué va a hacer con su vida. He pensado que podríamos darle trabajo aquí, hasta que se recupere un poco, y decida qué quiere hacer. Por eso, yo pagaría su sueldo.
—No.
—¿No pagaría yo su sueldo o no quieres que la contratemos?
—No quiero contratar a nadie.
—En pocos minutos has dicho dos veces que estamos escasas de personal.
—Déjame terminar. No quiero contratar a nadie que no sea profesional. ¿Tu «prima» es periodista?
—No, es diseñadora gráfica, pero puede hacer cualquier tipo de trabajo que se le encomiende. Kathryn es muy competente.
—¿La maravillosa idea ha sido tuya o de ella?
—Mía. A ella no le he dicho nada hasta haber hablado contigo.
—¿Y tú crees que querrá dejar Londres para venirse a New York?
—Ya está en New York, en mi casa.
—¡¿Te la has traído a tu casa?!
—Sí… Te he dicho que está mal y necesita un cambio.
—Y un hombro sobre el que llorar, supongo —dijo agria.
—También. En momentos difíciles es bueno tener a la familia cerca.
—¿Y por qué no se ha ido con Nelly, que es su prima en realidad?
—Porque se ha venido conmigo. ¿Acaso te molesta?
—¡No, qué me va a molestar! Puedes meter a un regimiento en tu casa, si te place.
—Entonces… ¿La contratamos?
Emma respiró hondo. Si se negaba, Regina podía pensar que había alguna implicación personal en su negativa, cosa que era cierta, pero se moriría antes que admitirlo.
—Deja que le haga una entrevista antes de decidir. Aunque sea tu prima y tú pagues su sueldo, no voy a contratar a ninguna inútil.
—De acuerdo. Hablaré con ella.
—Y ahora ponte a trabajar de una vez, Mills. Ya has perdido demasiado tiempo. Todavía puedes ocuparte de «Regina responde» esta semana. Ashley no termina de pillarle el aire.
—Enseguida. Y… ¿Organizo la cena?
—En otra ocasión.
—Como prefieras, Querida, pero te la debo.
—Pendiente queda.
Aquella noche Emma, sentada en pijama en el sofá, cambiaba compulsivamente de canal de televisión sin apenas darle unos minutos a ninguno de ellos. Rubí contemplaba su irritación, hasta que cansada, le cogió el mando de las manos y apagó el aparato.
—Y ahora vas a decirme qué coño te pasa. Pensaba que tu malhumor creciente de estos días se debía a la ausencia de Regina, pero hoy ya ha regresado, y juraría que estás peor.
—Quiere que contratemos a alguien más.
—No nos vendría mal. ¿Dónde está el problema?
—Se la está follando.
Rubí asintió con la cabeza.
—Ese es un problema, sí.
—No es nada personal, pero no me agrada contratar a alguien que tendría trato de favor.
—¡Vamos, Emma, que estás hablando conmigo! Claro que es personal. Con el trato de favor puedes lidiar, con el hecho de que Regina se esté acostando con otra y que además te la ponga delante de las narices, no. Yo tampoco lo haría. Dile que no vas a contratar a su amiguita de turno.
—No puedo hacerlo. Pensaría que estoy celosa.
—¿Pensaría? Lo estás. Los celos son un sentimiento lógico en el amor.
—Yo no estoy enamorada de Regina Mills.
—Sí que lo estás. Completamente enamorada.
—No es verdad.
—Que no lo quieras reconocer es otra cosa. No sé qué ha pasado entre ustedes que de un tiempo a esta parte están muy raras, pero a mí no me convences de que no estás loca por Regina.
—Folla de puta madre, eso es todo.
Rubí la contempló expectante con esa mirada que le indicaba siempre a Emma que no se iba a conformar con esa respuesta.
—Un sábado se presentó aquí de improviso, me dijo que se estaba enamorando y yo corté en seco… después de echar un polvo increíble encima de la lavadora —admitió.
—Y ahora te estás arrepintiendo.
—No.
—¿No? Por Dios, si no hay quien te aguante. No quisiera estar en la piel de esa chica si viene a trabajar con nosotras.
—Kathryn no se amilanará por mí, te lo aseguro.
—¿La conoces?
—La conocí en casa de sus padres, es medio prima de Regina. Al parecer fue su primer amor de juventud y siguieron echando «polvos de recuerdo» durante años. Ahora ha cortado con su pareja después de nueve años y Regina ha acudido al rescate y se la ha traído a su casa para «consolarla».
—Pues no la dejes.
—¿Cómo que no la deje? Podría decirle que no la contratamos, pero vive con ella. No puedo impedir que se la tire, Rubí.
—Sí que puedes. Dile lo que sientes por ella y tíratela tú.
—Ufff… ¿Qué es lo que quieres que le diga?
—Pues algo así como: «Mira, morena… tu primita estaría bien para tu adolescencia, pero ahora necesitas una mujer, y esa soy yo.»
—Ayyy, Rubí, una relación entre Regina y yo no funcionaría.
—¿Por qué no?
—Pues… porque somos muy diferentes.
—Y prefieres que se la lleve otra.
—No.
—Pues tendrás que decidirte, porque Regina no va a estar libre mucho tiempo. Es demasiado atractiva y buena gente, y solo es cuestión de tiempo que siente la cabeza. Así que, ya sabes.
—Cambiemos de tema.
—Tú mandas —dijo Rubí encendiendo la televisión de nuevo.
Kathryn se presentó en la redacción al día siguiente. Llegó con Regina, y nada más entrar la acompañó a la oficina de Emma. Esta se había vestido en aquella ocasión con un traje pantalón rojo de corte masculino, pero se había quitado la chaqueta, que había colgado en un perchero, y se había quedado con una blusa negra con un escote más bajo que los que solía usar para trabajar.
Cuando Regina entró en la oficina acompañando a su prima, su mirada se posó inmediatamente sobre el nacimiento de los pechos, que quedaba al descubierto. Suspiró de frustración por no poder arrancarle aquella blusa y hacerle todo lo que se le ocurriera.
Tras la mesa de oficina, Emma lucía su más pura expresión de ejecutiva agresiva, esa que la ponía cachonda nada más verla.
—Buenos días, Emma.
—Buenos días. Siéntense.
—No, yo me voy —se disculpó Regina—. Tengo trabajo. Ella levantó la cara y la miró.
—¿No te quedas a la entrevista?
Negó con la cabeza.
—No; eres tú quien quiere hacerla. Yo conozco perfectamente las capacidades de Kathryn. Es toda tuya —añadió señalando a la chica que sonreía levemente.
Emma apretó los labios dando por sentado el tipo de capacidades a que Regina se refería. Esta salió de la oficina cerrando a su espalda y ambas mujeres quedaron frente a frente, estudiándose mutuamente, como no lo habían hecho en la fiesta de Cora.
—Siéntate —dijo tratando de que su voz sonara amable, aunque sin conseguirlo del todo.
Kathryn obedeció y cruzó las piernas, unas piernas largas y espectaculares.
—¿Traes currículum?
Sorprendida por la pregunta, Kathryn frunció el ceño.
—No, Regina no me dijo que hiciera falta, pero lo tengo en casa. Si me das tu correo electrónico, te lo mandaré cuando llegue. Puedo resumírtelo, si quieres.
—Adelante —fue la escueta respuesta.
—Soy diseñadora gráfica y tengo un master en publicidad. Soy bilingüe y además poseo conocimientos de francés y alemán a nivel medio y he trabajado en diversas empresas de la city durante doce años.
—¿Y vas a tirar una carrera semejante por la borda porque has roto con un hombre?
Kathryn se encogió de hombros.
—En este momento necesito un cambio.
—Entiendo. Pero aquí no necesitamos una diseñadora gráfica.
—En una revista eso nunca viene mal.
—Mixtrium ya tiene su propio diseño, y funciona.
—Todo se puede mejorar.
—Entiende una cosa, Kathryn. Si vas a trabajar aquí no vas a hacerlo como diseñadora; serás solo una mano más para ayudar donde haga falta.
—Lo sé; traeré los cafés, lavaré los platos y limpiaré el baño si está sucio. Ya Regina me lo advirtió.
—No creo que Regina te dijera que vas a limpiar el baño, tenemos una mujer que viene a hacerlo cada mañana.
—Eso no, pero me advirtió que no me lo ibas a poner fácil.
—¿Eso te dijo?
—Más o menos. Pero no importa; no puedes ser peor que algunos de los jefes que ya he tenido. Al menos tú no intentarás follar conmigo. ¿O sí?
—Yo no follo en el trabajo —dijo muy seria. Demasiado.
—Eso es ser profesional. Bueno, ¿puedo considerarme apta para el puesto o no?
—De acuerdo, te daré una oportunidad. Pero el que seas la prima de Regina no quiere decir que vayas a tener un trato de favor o que no vayas a la calle al menor desliz.
—Entendido. ¿Dónde me instalo?
—Dile a Regina que te busque un sitio en la sala de las chicas. De momento, puedes compartir mesa con Ashley.
—Bien. Y no te preocupes, seré puntual. Regina me ha dicho que eres una maniática de la puntualidad.
—Tu prima te ha dicho demasiadas cosas.
—Si quiero trabajar aquí debo saberlas, ¿no crees?
—Bueno, ponte a trabajar. Dile a Rubí que te busque algo que hacer. Regina y yo tenemos que revisar el contenido de la revista de la próxima semana. Si está por ahí fuera, dile que entre.
Kathryn salió de la oficina. Como esperaba, Regina la estaba aguardando en la suya, con la puerta abierta.
—¿Cómo ha ido?
—Estoy contratada, aunque con reservas… Si soy una chica mala, me despedirán.
—¿Ha sido muy terrible contigo?
—Lo ha intentado, pero bueno, estaba preparada. Me temo que ahora te toca a ti.
—Allá voy.
Cargada con su portátil y el trabajo de la nueva revista organizado, entró en la oficina de Emma.
—Voy a darle una oportunidad —dijo ella inmediatamente.
—Gracias.
—Pero su sueldo lo pagará la editorial, no tú. Y tendrá que ganárselo.
—No te quepa duda de que lo hará.
—Y no quiero tratos de favor.
—No los habrá. Me arrancarías los senos, y les tengo mucho aprecio —dijo bromeando.
Al oír esa frase, Emma estalló:
—¿Qué coño le has dicho sobre mí? ¿Que soy el dragón de las siete cabezas?
—No.
—Dice que le advertiste que no se lo iba a poner fácil.
—Le dije que eras una jefa estricta, que te gusta la puntualidad y el trabajo bien hecho.
—¡Piensa que voy a por ella, que le voy a hacer limpiar los baños!
—Yo no le he dicho nada de eso, Emma. Pero Kathryn es una persona muy sensible, y si piensa que vas a por ella es porque habrá notado algún tipo de animadversión.
—¿Y qué animadversión iba yo a tener contra ella? Apenas la conozco.
—No lo sé; dímelo tú.
—Ninguna, Regina.
—Bien, entonces, vamos al trabajo.
—Antes, una cosa más. No quiero tonterías en las oficinas. Si te la follas o no, es asunto tuyo, pero hazlo en tu casa. Aquí se viene a trabajar.
—¿Celosa?
—No; en absoluto.
—¿Ni un poquito?
—Que haya follado contigo no quiere decir que esté loca por tus huesos, Mills. Reconozco que eres muy buena en la cama… y en la mesa…y en la lavadora, y que hacía tiempo que no echaba polvos tan buenos, pero para tener celos hay que sentir algo más que atracción física.
—Y tú no lo sientes.
—Ya te dije que no.
—Y la atracción física, ¿la sigues sintiendo?
Emma no supo qué contestar a eso. Una parte de ella quería decirle que sí, pero otra era consciente de que hacía casi dos meses ya que habían tenido su encuentro en la lavadora y de su actitud fría hacia ella.
Regina ahondó en sus ojos en busca de una respuesta, que se limitó a un ligero encogimiento de hombros.
—Porque… —continuó ella—, yo me estoy muriendo por arrancarte esa blusa y empotrarte contra el archivador y follarte hasta que las piernas no te sostengan. No nos sostengan a ninguna de las dos.
Emma respiró hondo, deseando en su fuero interno que lo hiciera. Pero era consciente de Kathryn al otro lado del pasillo.
—¿Cómo puedes decirme eso, cuando te estás tirando a «tu primita»? Regina contuvo a duras penas una sonrisa al detectar los celos de Emma.
Suspiró y dijo muy seria:
—A ver cómo te lo explico, Querida… Mi corazón es como una habitación, una habitación en la que estás tú. Y si quieres puedes echarle la llave y cerrar la puerta, y dentro solo estarás tú. Te seré fiel porque es a ti a quien deseo por encima de todas las mujeres. Pero si no cierras esa llave, la habitación estará abierta y en un momento dado puedo guardarte en el armario y seguir usando la habitación cuando haga falta. Tú sigues dentro, pero en el armario. ¿Lo entiendes?
La mirada furiosa de Emma la traspasó como una lanza.
—Claro que lo entiendo, Mills. Dices que estás enamorada de mí, pero mientras tanto te tiras todo lo que se mueve.
—Básicamente. Pero está en tu mano cambiarlo, señorita Swan. Un simple sí, y seré solo tuya.
—¿Y Kathryn?
—Se irá a casa de Nelly o a cualquier otro sitio, si te molesta que esté en mi casa. Pero si dices sí, aunque viva conmigo, no le tocaré un cabello.
—Y yo me lo creo…
—Mientras estuvo con Fred, fuimos como hermanas. Pero ahora mismo somos libres las dos.
—Pues en lo que a mí respecta, vas a seguir siendo libre, Regina.
—Como quieras —dijo, y señaló unos folios que dejó sobre la mesa—. Échale un vistazo a ese artículo y dime qué te parece. Vuelvo al trabajo, tengo «Regina responde» muy atrasado.
—Mills—llamó cuando ya se marchaba—. «Regina responde» es solo tuyo; no quiero que Kathryn te ayude con eso.
—No lo hará. Te prometí que leería y respondería yo misma todas las cartas que reciba, y lo estoy haciendo, con la única excepción de las que contestó Ashley esta semana. Las que no se publican las respondo en privado.
—Bien. Entonces, sigue con tu trabajo. Yo también tengo el mío algo atrasado.
—Hasta luego, Querida. Y respecto a la atracción… si te apetece, usaremos la habitación aunque guarde mis sentimientos en el armario. Eso funciona también para ti.
Ella clavó los ojos en los de ella con furia.
—¡Vete al carajo, Mills!
Regina se dio media vuelta y se marchó con una sonrisa entre los labios.
