Capítulo 32
Kathryn se instaló en la redacción y se integró en ella rápidamente, haciéndose un hueco sin el menor esfuerzo. Era trabajadora, agradable con todo el mundo y siempre estaba dispuesta a hacer cualquier tarea que le encomendaran. Emma no podía ponerle ninguna pega como empleada, por mucho que deseara que cometiera un desliz para despedirla. Llegaba siempre con Regina y se marchaba con ella. Se unía al grupo de los desayunos, al cual dejó de asistir Emma, aunque antes había participado de forma esporádica.
A nadie se le escapaba la forma en que su jefa miraba a la recién llegada y que su actitud se volvía más hosca cuando ella estaba presente. Volvía a vestirse con sobriedad recogerse el cabello en una coleta, como hacía en el pasado. Regina no sabía qué hacer, a veces pensaba que no había sido buena idea llevar a Kathryn a la redacción. Era posible que Zelena estuviera equivocada, que la mayoría de las mujeres reaccionaran a los celos, pero Emma no era como la mayoría de las mujeres. Por eso estaba enamorada de ella como nunca pensó que lo estaría de ninguna mujer. Pero lo cierto era que la actitud de Emma hacia ella se había enfriado varios grados desde la llegada de su prima.
Las semanas iban transcurriendo, y la frialdad persistía. Había rechazado sistemáticamente su invitación a comer, se había replegado de nuevo hacia sí misma, manteniendo con ella diálogos puramente laborales aunque sus ojos siguieran devorándola cada vez que entraba en la oficina. Cuando sorprendía esa mirada en sus ojos estaba tentada agarrarla y besarla hasta volverla loca y hacerle el amor de nuevo, para que reconociera lo que sentía por ella. Pero era consciente de que si lo hacía, solo conseguiría acostarse con ella una vez más, y eso ya no le bastaba.
Aquel lunes, Regina se fue para realizar el artículo de los hoteles como todas las semanas. Ni siquiera se despidió de ella antes de marcharse, no podía decirle cuánto la echaba de menos cuando estaba fuera, cuánto le gustaría que ese viaje lo hicieran juntas. Ya no sabía qué decirle. Por primera vez en su vida no sabía qué decirle a una mujer.
Emma continuó trabajando, y a media tarde, un golpe discreto en la puerta de su oficina le hizo levantar la cabeza. Kathryn asomó la suya por la puerta.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
—Estoy ocupada.
—Es importante.
—Si es sobre trabajo, te dedicaré unos minutos. Kathryn entró y cerró la puerta a sus espaldas.
—Es sobre Regina.
—Entonces vete. Tú y yo no tenemos nada que hablar sobre ella.
—Yo creo que sí.
—Si vienes a preguntarme qué hubo entre nosotras te diré que nada. Unos cuantos polvos y punto, nada que no haya tenido con muchas otras mujeres.
—Te equivocas si piensas que lo tuyo con Regina es lo mismo que ha tenido con otras mujeres. Está enamorada de ti.
—¿Y tú como lo sabes? ¿Acaso te lo ha dicho?
—Sí, pero además no hacía falta que lo hiciera; la conozco lo suficiente para saberlo.
—¿Y te ha mandado para que me lo digas en su nombre?
—He venido por propia iniciativa, para hablar contigo a tumba abierta… de mujer a mujer.
—¿Y a decirme qué?
—A preguntarte qué sientes por ella y cuáles son tus intenciones.
—No es asunto tuyo.
—Sí que lo es. Si tú le correspondes y piensas decírselo en algún momento, haré las maletas y me marcharé. Pero si no, voy a ir a por ella y no precisamente para follar. Haré que se olvide de ti y me convertiré en la mujer de su vida, y en la madre de sus hijos. Así que decide.
—¿Quién coño te crees que eres para venir aquí a decirme eso? ¿Pretendes que entre la dos decidamos el futuro de Regina sin que ella pueda decir ni una palabra? ¿Acaso su opinión no cuenta? ¿Tan segura estás de que conseguirás que haga lo que deseas?
—Las mujeres como Regina no aceptan ser rechazadas una y otra vez. Llega el momento en que se vuelven hacia quien está a su lado.
—¿Y te conformas con eso? ¿Con ser la segunda opción?
—Una vez que sea mía, no seré la segunda opción. Y tú la habrás perdido, y tendrás que verla cada día ser la madre de los hijos de otra. ¿Es lo que quieres?
—¿Y por qué demonios vienes a decírmelo?
—Porque en este momento ella te quiere a ti, y creo que tienes derecho a mover ficha tú primero… si quieres. Piénsatelo, pero no tardes demasiado no vaya a ser que ya no haya vuelta atrás.
Kathryn dio media vuelta y salió de la oficina.
—Pedazo de hija de puta…. —masculló. Intentó concentrarse en vano el resto de la tarde, y al final, apagó el ordenador incapaz de controlar las imágenes que la asaltaban de Regina cargando un niño regordete y moreno. A ratos, porque en otras ocasiones el niño era rubio y delgado.
Odió a Kathryn por poner la decisión en sus manos. Ella no quería una familia, ni hijos… pero la sola idea de que Regina la tuviera con otra mujer la ponía enferma. Más enferma de lo que jamás admitiría.
—Maldito sea el día en que apareciste en mi vida, Regina Mills, para volverla del revés.
La llegada de Rubí para recordarle que era hora de irse, la sorprendió guardando las cosas en el bolso.
—Vaya, parece que hay ganas de macharse hoy.
—Estoy cansada.
—Yo también. Vamos.
Subieron al coche y la mirada perspicaz de su amiga la taladró nada más pisar el acelerador a fondo.
—¿Estás bien?
—Cansada, ya te lo he dicho.
—Vaaale.
Emma no pudo dormir. Las pesadillas de una Regina hogareña con Kathryn sentada a su lado y niños tirados en la alfombra la atormentaban en cuanto cerraba los ojos. Salió a la cocina, incapaz de permanecer un momento más en la cama. Eran apenas las cuatro de la mañana y sentía el peso de horas de insomnio a sus espaldas. Abrió la alacena y sacando la botella de ron del armario, se sirvió un trago con hielo.
—Muy mal tienen que ir las cosas para que hagas eso. No te lo había visto hacer desde que tu padre te robó la tesis —dijo la voz de Rubí a sus espaldas.
—¿Quieres uno?
—Si va a servir para crear el ambiente propicio para que me cuentes lo que pasa, de acuerdo.
Emma cogió otro vaso y le echó hielo. Sirvió una cantidad similar a la suya y se lo largó a Rubí.
—Kathryn me ha amenazado con llevarse a Regina si no hago algo al respecto.
—¿Llevársela a dónde? ¿A Londres?
—No, a Londres no… En sentido figurado.
—Entiendo.
—Y llevo toda la puta noche soñando con Regina y Kathryn y sus hipotéticos hijos.
—¿Y qué piensas hacer?
—¿Tú también?
—Vamos, Emma, sabes que tienes que tomar una decisión. Acepta de una vez que estás enamorada de ella «hasta las trancas» como decía mi abuela. ¿O acaso no has pensado en «tus hipotéticos» hijos con ella?
Esta bebió un largo trago.
—Sí, lo he pensado.
—¿Y?
—Me aterra.
—Lo sé. Crees que no funcionará.
—No sé si funcionará, simplemente estoy atemorizada. Nunca me planteé tener una familia, ni hijos. No sé si serviré como madre, ni siquiera como pareja estable de alguien.
—El ron no te ayudará a decidir, solo te dará resaca mañana, y tienes que ir al hotel cuando Regina regrese.
—No sé qué hacer. ¿Y si sale mal? Si no encajamos, si…
—Vuelve a la cama y consulta con la almohada si prefieres arrepentirte de algo que hiciste y salió mal o de algo que nunca llegaste a hacer y podría haber funcionado. Yo lo tendría muy claro.
Emma apuró de un trago su vaso y asintió.
—De acuerdo, lo consultaré con la almohada.
Se metió de nuevo en la cama y esta vez, en lugar de la familia de Regina y Kathryn se dedicó a fantasear con la de ellas dos. Con un niño rubio jugando a piratas con su primo Roland y el nuevo bebé de Zelena. Y cada vez sentía más pánico al ver lo mucho que le apetecía que se convirtiera en realidad.
Al día siguiente se levantó, se dio una larga ducha para borrar de su aspecto la mala noche y decidió volver a ponerse ropa alegre. Se dejó el cabello suelto y preparó un pequeño maletín con lo necesario para pasar la noche fuera.
Cuando Regina llegó a la redacción a mediodía y entró en su oficina para darle la información necesaria sobre el hotel al que ella debía ir por la tarde, la recibió una Emma más sonriente de lo que solía estar. Se sintió gratamente sorprendida por su aspecto, y lamentó en su fuero interno que ella tuviera que marcharse en unas horas.
—Hola, Mills—dijo sonriente.
—Vaya, señorita Swan… Veo que ha vuelto la luz al mundo de las tinieblas. ¿Puedo saber a qué se debe el cambio?
—¿No te gusta?
—Me encanta. Y me gustaría mucho más si llevaras esa falda de vuelo que te pones a veces. Te favorece mucho.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
—¿No vas a decirme el motivo? Ella frunció levemente el ceño.
—En otro momento.
—Vale.
—¿Traes la documentación del hotel?
—Sí; aquí está —dijo mostrándole una carpeta que arrojó sobre la mesa.
—Bien, la estudiaré. Y saldré temprano esta tarde. Ponte al día con tu trabajo mientras estoy fuera.
Regina se echó a reír.
—Es un placer obedecerte cuando vas vestida de persona.
—Dile a Kathryn que entre.
—De acuerdo.
Regina salió con una sonrisa de oreja a oreja. Pocos minutos después, entró Kathryn.
—¿Querías verme?
—Ve haciendo las maletas.
—¿Has dado ya el paso? ¿Se lo has dicho?
—Aún no.
—Entonces esperaré a hacer las maletas.
—No voy a dar marcha atrás.
—Me parece bien; pero esperaré. De todas formas, iré echándole un vistazo a los vuelos.
—¿Te vuelves a Londres?
—¿Acaso prefieres tenerme por aquí cerca?
—Me da igual. Cuando Regina sea mía, te aseguro que no te dará un segundo vistazo a ti, por muy cerca que te tenga.
—Aunque no te lo creas, me alegra oír eso.
—Bueno, asunto terminado. Tengo trabajo.
Kathryn salió de la oficina y Emma se puso a escribir en el ordenador con mucho afán. Había algo que quería dejar terminado antes de irse.
