Disclaimer: THG y todos sus personajes no me pertenecen, son parte de la maravillosa obra de Suzanne Collins.
Cargas
"Muchas cosas pueden convertirse en fardos,
en cargas, si nos aferramos a ellas ciega e inconscientemente."
— Mao Zedong
Poco a poco, las cosas toman su rumbo.
Realmente aun no sé cómo ocurrió. Simplemente el dormir juntos hizo que nuestra relación mejore. Que nos acerquemos. Tal vez fue la sensación reconfortante que sentíamos al no enfrentar la oscuridad y las pesadillas solos, o la tranquilidad de saber que había alguien cuidando nuestras espaldas. Supongo que es una consecuencia de una guerra civil, que mucha gente carga sobre su espalda. Pero habiendo participado en dos Juegos del Hambre, la paranoia y el miedo son mucho mayores, mucho más fuertes, y aun en contra de nuestra voluntad, estar alerta se volvió una característica de nuestra personalidad.
O quizás fue la complicidad en las mañanas, cuando los restos del sueño, dejaban nuestras barreras bajas, y permitían una especie de complicidad, pequeñas bromas, sonrisas y sin sentidos casi infantiles. Quizás solo fue el paso del tiempo. A decir verdad, no sé qué ni sé cómo, y no estoy segura de que importe.
Solo sé que hay una especie de equilibrio. Peeta y yo necesitamos del otro para seguir, y quizás hace unos meses, habría dicho que no importa, que no quería seguir. Hoy no lo sé, y mientras lo averiguo sé que sigo. Odio reflexionar, realmente lo aborrezco, hay pocas veces en que encuentro respuestas satisfactorias, suelo dejarle esta parte a Peeta, va mucho más con quién es él, o con quién era.
La verdad es que reflexiono porque me sobra el tiempo durante mis visitas al bosque. Ahora ya no soy la única que cazo, he visto a un par de personas dando vueltas, o poniendo trampas. Cuando se lo comenté a Peeta, dijo que era lógico, ahora que no estaba prohibido no hay razón para que no exploten lo que les provee el bosque, al menos aquellos que saben y pueden hacerlo. Además, venía siendo un poco injusto, agregó, que nosotros tuviéramos el monopolio de la carne en el distrito. Aunque la mayoría de lo que yo cazo lo regalo, o se lo doy a quien quiero. A decir verdad, no es un interés económico, es más bien el hecho de verme invadida en lo que yo consideraba mío casi en exclusivo, en mi santuario.
— No te preocupes, Katniss, el bosque es grande para todos. Y conociéndote, seguro encuentras algún lugar recóndito y privado antes de que ellos vean siquiera uno de tus cabellos —dijo con una sonrisa la misma mañana en que se lo comenté mientras se vestía —Es más, míralo como una oportunidad para explorar y encontrar cosas nuevas.
Sonreí tontamente al recordar esas palabras, y la calidez con las que fueron pronunciadas mientras cruzaba un pequeño brazo charco. Peeta tenía razón, como siempre, ese mismo día encontré un nuevo lugar para retozar, ya hace dos semanas. Se hallaba detrás de una pequeña colina, empinada, por lo que no muchos animales venían (y en consecuencia los cazadores tampoco), pero que tenía altos árboles, sin ramas prácticamente en los primeros metros, con el césped más verde que haya visto en mucho tiempo, eso sin contar, claro los artificiales de las arenas del Capitolio. El sol solía brillar entre las frondosas copas de los árboles, dando lugar a pequeñísimas secciones de dorado sobra la hierba. Era mi nuevo lugar, y aunque extrañaba el lago, la falta de recuerdos y memorias emotivas asociadas a este nuevo sitio lo hacían perfecto.
A veces deseo traer a Peeta aquí, pero no sé si su pierna lo permita. No sé tampoco, si puedo dejarlo conquistar mis bosques también.
A la hora de cazar voy a los lugares habituales, o me posiciono sobre los árboles. Eventualmente recolecto algunos frutos, y muy ocasionalmente flores. Mientras me inclino para cortar una pequeña anémona blanca, no puedo evitar pensar en que Peeta la encontrará mucho más interesante que cualquier ardilla que pueda conseguir.
— ¿Quién iba a decir que alguna vez vería a Katniss Everdeen, la chica en llamas, sonriendo como quinceañera por ver una flor?
Intento no crisparme al escuchar esas palabras, tanto por el mote que me pusieron en el tiempo de los juegos como por la obvia burla en ellas. Pretendo concentrarme, con mucho esfuerzo sin embargo, en lo familiar de esa voz y ese rostro que me sonríe.
— ¿Sabés muchacho? —Recalco con intención el epiteto— Yo a tu edad tampoco valoraba cosas tan simples como las flores.
Rory Hawthorne inclina la cabeza un poco y se inclina de hombros.
— Oh, olvidé que eres tan grande que recoger una flor es todo un logro, ¿verdad? 20 años, wow… yo ya habría empezado a hacer una tumba.
Sin decir más nada voy hacía él, y emprendemos el camino de vuelta. Rory tomó el relevo de su hermano, y ahora se dedica a cazar. No es la primera vez que nos encontramos, y aunque no somos compañeros, la familiaridad que se alcanza al conocer a alguien desde que usaba pañales hace que se esté cómodo siempre. Nuestro tiempo juntos transcurre entre pullas y bromas, y uno que otro truco a la hora de atrapar una presa.
En ocasiones es difícil no sentir que vuelvo en el tiempo, y revivir momentos en los que Gale y yo hacíamos esto. Pero todo es tan diferente. La situación, el hecho de que solo debemos mantenernos silenciosos para no ahuyentar a los animales, y no porque estemos haciendo algo prohibido, o que no debamos esconder las presas, incluso el mismo Rory es diametralmente opuesto a su hermano. Él está tan relajado, casi contento, y aunque puedo ver a veces una sombra del cansancio o de pesar en sus ojos, lo que más brilla en ellos es el deseo de seguir, de superar todo lo que vivió de más niño. Es optimista.
No mucho después llegamos a lo que era la Veta, hoy por hoy, no mucha gente habita esta parte, y decidió emprender la construcción de sus hogares en terrenos más agradables, cerca de lo que era el área comercial. Nadie se ha atrevido a usar una de las casas de la Aldea de los Vencedores, las mismas tres casas siguen ocupadas.
Unos minutos luego, nos encontramos frente a la panadería, o lo que se convertirá en la panadería. No veo a Peeta en ningún lugar de la inmediatez, aunque sí a un par de hombres moviendo bolsas y piedras. Supongo que son obreros o voluntarios. Debo recordar preguntárselo. Nos dirigimos a lo de Heath, un hombre robusto de unos cuarenta y tantos años que antes vivía en el distrito 4, que se encarga de limpiar y vender la carne.
Seleccionamos la que nos hemos de quedar para nosotros y entregamos lo otro. Bueno, yo lo entrego, Rory lo vende. Una vez concluido el negocio, el chico me sonríe, dice que espera verme de nuevo, y que no me sienta mal porque un joven de 16 años le patea el culo a una anciana de mi edad. Antes de que pueda responderle se aleja riendo.
Sonriendo, tomo el camino hacia mi caza, evaluando que hacer para cenar. Quizás Peeta llegue a horario hoy. Lo cierto es que no es probable.
Desde que duerme en mi casa, aunque nuestra relación a avanzado bastante, he notado cada vez con mayor temor, que hay una barrera entre nosotros. Una que no parece posible franquear. Y lo que me carcome es que no sé qué es.
Peeta y yo somos amigos. Quizás es lo más adecuado para decir, no lo sé. Tal vez sea mejor compañeros. La realidad es que no hablamos de ello. Nuestra relación es uno de los más grandes tabúes en nuestra relación. Una sonrisa irónica se extiende en mi rostro. Las palabras nunca fueron lo mío.
Todas las mañanas, Peeta se va. Y no sólo se va a trabajar, despierta casi con el sol, dado que vuelve a su casa. Nunca toma duchas en mi casa, ni tiene ropa en mi habitación. No hay ni uno solo de sus cuadernos o sus medicamentos en mi mesa de noche; y más allá del cepillo de dientes en mi baño, que trajo solo porque su sentido de la higiene no le permitía dormir sin cumplir con esa pauta de salud, no hay rastros de que duerma cada noche conmigo.
Solo una vez le pregunté por qué no traía al menos una muda de ropa, para aquellas raras, rarísimas, y maravillosas mañanas en que toma un baño aquí, él dijo que no era necesario. No obvie como su cuerpo se tensó, ni qué segundos luego agregó:
— Vivo a veinte metros, Kat. No es nada ir a ducharme a casa antes de venir.
Tanto lo forzado de su sonrisa, cómo el hecho de que llame casa a un lugar que usa casi exclusivamente como depósito y la confirmación de que prefiere ir todas las noches, a pesar del cansancio, dolieron más de lo que esperaba. Y reafirmaron mi resolución de no tocar nunca más el tema.
¿Sabia decisión? No lo creo, cada vez son más las cosas que no decimos, que no se pueden decir.
Llego a mi casa, y empiezo a acomodar las cosas en la cocina. Una vez acabado todo, decido que un estofado de conejo estaría bien. Y cómo todas las noches, me pregunto para cuántos he de cocinar. Suspirando, comienzo con mi labor.
Peeta no llega a tiempo, intento decirme que no importa. Intento no golpear las cosas mientras pongo lo que sobró en un plato. Intento no apretar los dientes. Intento que al salir de mi casa, con la comida en las manos, no me moleste ver la luz de su casa encendida. Intento actuar normal cuando dejo la comida en la mesa de Haymitch. Intento decirme que no me duele.
Y sigo intentándolo mientras me baño, mientras me cambio y me acuesto. No es sino una hora después que oigo la puerta de la entrada abrirse, y sé que tomar un baño no demanda tanto tiempo. Intento no pensar en ello, como todas las noches.
Cuando Peeta abre la puerta, silenciosamente, y asoma la cabeza, no me muevo, tampoco cierro los ojos. No son las noches precisamente lo que hacen que nuestra relación mejore. Ambos lo sabemos. Veo su silueta sacarse la ropa y prepararse para dormir, vislumbro sus hombros cansados y caídos, y calculo cuántas horas duerme, y cuánto tiempo se ahorraría si no viviese en dos lugares. Pero no lo digo, ni lo pregunto.
Oigo sus suspiros silenciosos mientras intenta no apoyar su peso en la pierna ortopédica, sé que en los malos días los nervios están tensos y se le hace incómodo. No puedo imaginar como sería mi vida si hubiese sido yo la que perdió algún miembro; no pudiendo ir de caza, acostumbrándome a ver diario algo hecho en el Capitolio adherido a mí.
De repente, ya no estoy enojada, simplemente angustiada. Como todas las noches, aun inconscientemente Peeta hace que el fuego se apague. Y no sé qué tan bueno sea ello.
Siento el colchón hundirse debajo de su peso, y el tirón de las mantas cuando él se cubre con ellas. No pasan más de unos segundos para que yo me envuelva en él. Su pecho, como siempre, el mejor lugar en el que podría estar. Su brazo me rodea, y siento como deposita un breve beso en mi cabello.
— ¿Qué tal todo hoy, Katniss? — su voz es baja, casi un susurro.
— Bien. — sé que espera algo más, aunque no dice nada, así que me largo a hacerle un relato detallado de cada cosa que pasó en el día.
Antes, odiaba hacerlo, me veía casi obligada. Y aunque jamás le cuento qué siento o como me afectan las cosas, sé que él lo sabe. Sé que sabe que no es para Haymicht la porción extra que hago cada noche. Pero él nunca lo menciona, y a veces, lo odio por ello. No obstante, cuando lo noté un día, descubrí que me gustaba tenerlo al pendiente de todo aquello que pasara, y que guardara cada pequeño dato con celosía. Además, descubrí que tenía un efecto catárquico.
Cuando acabo, simplemente le pregunto:
— ¿Cómo estuvo el tuyo?
Y a pesar de que suene meramente diplomático, aun hoy me sorprendo de cuánto me interesa su respuesta, y de cómo detesto lo lacónico que es en ocasiones.
Cuando acaba, básicamente solo me ha contado como avanza la construcción, suspira y sé que está a punto de dormir. Así que me hundo más en su pecho.
Es oyendo el latir rítmico de su corazón y respirando su aroma que poco a poco caigo dormida.
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Por supuesto que las pesadillas vienen de todas maneras, y como la mayoría de las noches me despierto gritando, llorando, entre los brazos de Peeta. El tiempo que demora en calmarme y en que tardo en parar de llorar, es aquel en que la pesadilla se repite en mi mente, es Cato esta vez el protagonista, y fueron sus últimos momentos, entre mutos, lo que no paraba de sonar en mis oídos.
— ¿Peeta? —mi voz es un murmullo ahogado en su cuello.
— ¿Humm? —ignoro completamente el hecho de que el cansancio sea palpable en su voz.
— Cuando Cato murió… ¿cómo te sentiste?
Inmediatamente su cuerpo se tensa, y su mano se aleja de mi cabello. Cuando creo que ya no ha de contestar, escucho su voz.
— ¿Importa, Katniss? Ya pasó.
La frialdad y la forma lenta y deliberada de modular las palabras es sobrecogedora.
— Supongo que nó… yo no… no importa, Peeta.
Es una pequeña risa rota lo que escapa de su garganta, la rigidez no abandona su cuerpo, y escucho el crujir de sus dientes. Supongo que no debí tocar el tema, supongo que son recuerdos desagradables para él también. Lo peor de mi pesadilla, o del momento en que desperté y procesé la pesadilla, fue la culpa que sentí por haber experimentado alivio y un poco de satisfacción cuando Cato cayó. Es decir, no me gustó para nada cómo murió, pero el hecho de que muera significó en ese momento para mí la completa liberación, el último obstáculo entre mí y mi vuelta a casa. Que ilusa.
Pero cuando minutos después, Peeta no vuelve a acariciar mi cabello, ni a rodearme con su brazo y noto su respiración profunda pero forzada, me pregunto qué le ocurre.
— ¿Peeta…?
— No es nada, Kat. Duerme.
Su tono autoritario y condescendiente a la vez me irrita completamente, y me despego de su pecho y giro en la cama, dándole la espalda. ¿Es que no entiende que necesito a…?
No acabo el pensamiento cuando siento su peso desaparecer detrás de mí, y como en silencio se viste, cuando me giro, lo veo tomar sus zapatos en la mano, y dirigirse a la puerta.
— ¿Peeta? —mi voz sale temblorosa, casi aterrada.
Él solo sale por la puerta, y unos instantes luego, oigo la puerta de calle abrise y cerrarse suavemente.
Mi respiración se descontrola, mi pecho sube y baja demasiado rápido, mis manos tiemblan, y mis ojos recorren la habitación enloquecidos. Siento mis ojos humedecerse, y el cuarto empequeñecer. No es posible que me haya dejado. No es posible que se haya ido. Con ilusión, miro el reloj y gimoteo, no son más de las dos de la madrugada, aun no debe ir a trabajar, mi última esperanza rota. Me ha dejado, como todos, me ha abandonado en el peor momento.
Lo odio, lo odio, lo odio.
Lucho contra las ganas de llorar, la desolación apropiándose de mi persona. Cada pensamiento negativo flotando en mi mente, cada vez que se levantó por la mañana, cada vez que no vino a cenar, cada vez que evadió mis preguntas, cada vez que no me hizo preguntas, cada vez que miró a otro lado… todo se ha mezclado en mi mente, y me siento sola, terriblemente sola, a la deriva. Por un momento creo que voy a caer en la depresión nuevamente, pensando en cada perdida que tuve en mi vida; sin embargo es pura rabia, alimentada por el dolor lo que termina por dominarme. Y sin siquiera pensar, me levanto de la cama y recorro el camino trazado por Peeta y me dirijo a su casa.
Casa, su casa. Otro pensamiento que me hace arder en furia. Esta vez no hay forma de que Peeta apague el fuego en mi interior. Como un torpeto y con más fuerza de la debida tomo el picaporte de su puerta y empujo con el peso de todo mi cuerpo. Pero la puerta no se abre, ni siquiera se mueve, y solo se oye el golpe sordo de mi cuerpo contra ella.
Llave, ha echado llave. Un sonido a medio camino entre un grito y un rugido sale de mi garganta, y rodeo la casa para entrar por la puerta de atrás, pero también está trabada.
— ¡Peeta! ¡Peeta, abre la puerta ahora mismo! — mi puño azota la madera inclemente, y aunque estoy segura de que es imposible que no lo oiga, el chico del pan no se presenta a abrirme. — ¡Peeta! ¡Abre!
¿Es que soy un perro? ¿Al que pueden dejar afuera, al que pueden ignorar? Mi odio al Capitolio embravece al notar la resistencia de sus puertas, idiotas.
Largos minutos después mi furia no baja, y aunque mis manos duelen de tanto golpear la pieza de madera, y mi voz ya comienza a salir ronca, no dejo de gritar ni de golpear hasta que un ruido en el interior llama mi atención. Segundos me toma decidir probar suerte con una ventana, quizás pueda conseguir una roca lo suficientemente grande para romper el cristal y pasar por el hueco.
Pero cuando mis ojos se asoman lo único que veo es a Peeta tirado en la mitad de la sala, apoyado en sus rodillas y manos, que están apretadas en sendos puños, con la espalda tensa y la cabeza caída entre los hombros, su cabello rubio cubriéndole el rostro. Todo parece normal por lo demás, excepto por sus nudillos cubiertos de sangre y lo raro de la pose.
Prestando atención noto el temblor en su cuerpo, y la madera del piso hundida y resquebrajada levemente. Lagrimas acuden nuevamente a mis ojos, y aunque mi cabeza dice que corra, y me aleje completamente de este ser, de este monstruo, cuyo mayor deseo es eliminarme, no puedo dejar de ver a mi Peeta encerrado en el mismo cuerpo.
Revelándome contra todos mis instintos primarios, vuelvo a gritar su nombre con todas mis fuerzas, pero esta vez es angustia, preocupación y desesperación lo que oigo en mi voz. Mi puño golpea el cristal un par de veces. Peeta levanta la cabeza, y por un breve instante su rostro es el del chico del pan, dulce y con una expresión que muestra preocupación, pero al mismo tiempo desaparece y veo ira, desmedida, crepitar en sus ojos, ahora casi completamente negros. Una de sus manos se levanta y su cuerpo se propulsa hacia la ventana, pero parece que algo lo detiene y cae boca abajo, el temblor de su cuerpo aumentando, haciéndolo saltar prácticamente del suelo, convulsionando casi.
— ¡Peeta!
Mi grito se camufla contra la mano que ahora tapa mis labios, y un brazo me rodea, elevándome del suelo, alejándome de la casa. Me revuelvo, desesperada, ahogada, como un animal, totalmente descontrolada, solo quiero ir con Peeta. Pero no me dejan, me están llevando, separándonos otra vez, como en los juegos, lo van a dejar. Me revuelvo más fuertemente, grito con toda mi garganta, mis piernas golpeando cualquier cosa que alcancen. No. No. No otra vez, lo van a dejar, me lo van a quitar nuevamente. Es cuando empiezo a ahogarme que noto que estoy llorando, que ya no grito porque no puedo respirar, aunque eso no me detiene. Peeta. Recuerdo como no hace más de una semana deseé cargar con él, y con sus propias cargas. Recuerdo el sueño, y me pregunto si no fue un presentimiento. Desearía haberlo hecho, desearía haber conservado mi propósito más de un día. Desearía que la pesadilla del día siguiente no me hubiera hecho olvidar el infierno que sería perder a Peeta.
Ya no tengo fuerzas para moverme, las lágrimas caen solas y nublan mi visión, el dolor de mi pecho solo parece extenderse. Peeta. Mi cabeza cae hacia atrás, mientras me cargan, y a través de la capa de agua que cubre mis ojos veo el cielo nocturno, casi negro, y recuerdo el color que tenía en mi sueño, siento otro tipo de oscuridad cubrirme, y pienso en lo diferente que era el rostro de Peeta en mi sueño del que vi hace unos segundos en el piso de la sala. El de mi sueño, el de mi pesadilla, estaba libre de cargas, el que vi hace un momento, las tenía todas encima. A la par del caer de mis parpados, sé que era el peso de mis cargas, el que llevaba en sus hombros, junto con el de las suyas. Antes de que la oscuridad de la inconsciencia me cubra por completo, solo tengo la seguridad de que las mías le pesaban más.
¡Hola! ¿Cómo están todos?
Espero que les haya gustado el capítulo, lo dramático de este se explica bastante en los próximos, y voy a intentar que tengan más dialogo jaja. Quizás notaron que muchas veces mis capítulos no terminan como empiezan, o que dan saltos emocionales fuertes... pero es que cuando empiezo a escribir nunca sé como van a terminar, y no hay mucha reflexión detrás, solo tengo ideas generales y desarrollar una puede llevar un párrafo o tres capítulos. Espero sepan perdonar mi desproporcionalidad.
Muchas, muchas gracias, por sus maravillosos reviews, de verdad. Hoy los leí todos, porque desde que subí el 2, no me daba una vuelta entre las fiestas y el verano; hoy los leí todos, ¡y fue como una inyección de adrenalina! Juro que pretendía empezar hoy y acabar mañana, pero tantas opiniones, tan agradables, supongo que me puso hiperactiva. Atendiendo a lo que han puesto, sí, releí la historia, y noté que hay una discontinuidad entre el 1 y el 2, pero era intencional, explicativa digamos. El 2 no salió muy bien y no supe expresarme quizás. Pero en realidad, no es que sea un flashback, sino que es el 1 donde comienza, y el 2 una reflexión de Katniss de cómo llegaron a donde están ahora. Cronológicamente, sería 2,1 y 3.
¡Ah! Verán que a veces me pongo densa con cómo están las cosas, y la situación, o con otros personajes, pero si me limitara a escribir solo sobre Kat y Peet (que es lo que más me gusta) me parece que estamos dejando de lado algo muy importante, puesto que en los libros, por más que me pese, la trama central era otra, y gracias a esta florecía nuestra pareja... Claro, voy a adorar leer que piensan al respecto, como también de la historia y de los personajes (siento que mi Katniss se está convirtiendo en OOC, y que a Peeta le falta desarrollo), lo que sea que cruce por sus mentes, tanto críticas, dudas, todo. Realmente ayudan para saber qué necesita explicarse o si hay algo que se sobrentiende y esas cosas.
¡Lamento la n/a tan larga! Pero acá está lo importante: Gracias, por leer, por el apoyo, y por sus opiniones. Creo que voy a subir antes del 10, pero no sé cuándo exactamente. Y, ¡feliz año nuevo! Que se cumplan cada uno de sus deseos y tengan un prospero 2014.
30/12/2013
