Disclaimer: THG y todos sus personajes no me pertenecen, son parte de la maravillosa obra de Suzanne Collins.

Implosion


"... hear your voice in my sleep at night
Hard to resist temptation
'Cause something strange has come over me
And now I can't get over you
..."

— Maps, Maroon 5


— ¿La verdad? No me hagas reír. Tu menos que nadie sabe qué es verdad. Tu, que ni siquiera sabes quien eres, que alternas entre quién te dijeron en el Capitolio que eres, y quién te dijeron en el Trece que eres — sé que es ir muy lejos, y sé que voy a hacer doler, pero es por eso que no puedo parar, en este momento solo deseo hacerle daño — Me juzgas a mí, pero la única verdad es que tu eres otro chico perdido, igual que yo. ¡La única diferencia es que yo nunca fui un muto del Capitolio!

Y antes de que termine de salir la palabra 'muto' de mis labios se que he ido demasiado lejos, y la forma en que las pupilas de Peeta se dilatan, los espasmos que recorren su cuerpo, y como sus puños se aprietan solo me lo confirman.

Siempre fui una chica silenciosa, reservada, algo austera e incluso podría llegar a decirse que fría. Pero contrario a lo que se puede llegar a pensar, no me considero una persona fría, al contrario con el correr del tiempo descubrí y cada vez con mayor seguridad que lo de "la chica en llamas" no era un apodo erróneo, sino bastante apropiado para mí. La realidad es que soy de un temperamento fuerte, y muy inflamable; pero por las distintas circunstancias de mi vida aprendí a radiar a los demás, a concentrarme en mis objetivos y no desviarme de ellos. No es posible salvarlos a todos. Así que decidí hacer lo mejor que pudiese por los míos.

Tal es así que nunca me dí a la interacción social, no es una de mis capacidades. No sé que decir, o cómo decir lo que quiero expresar. Eso no viene naturalmente a mí como a Prim, Peeta o mi padre. Generalmente cuando abro mi boca sin un ensayo previo no salen cosas buenas.

Muto.

No estoy segura ahora de haber dicho algo peor antes; quizás a mi madre.

— Fuera.

La forma en que el sonido sale de su boca, un susurro entre dientes apretados, por un momento me asombra, es casi increíble que la tensión del cuerpo de Peeta permita que su mandíbula se mueva lo suficiente como para articular. Es inconexa la forma en que imagen y sonido se juntaron.

— Ahora.

Y esta palabra parece costarle muchísimo más que la anterior, si la forma en que sobresale el tendón de su cuello es alguna indicación. Pero yo estoy inmóvil, y me pregunto si es por lo que dije o por lo que Peeta hará en cualquier momento. Pero él no parece dispuesto a esperar a que me recupere de mi momentáneo shock, sino que se para completamente desnudo frente a mí y me mira de una manera que no llego a reconocer.

Una punzada aguda atraviesa mi pecho, mi boca entreabierta y mis manos tiemblan levemente, mientras Peeta se acerca un paso a mí, y luego otro, hasta quedar a meros centímetros. Yo levanto un poco más mi cabeza para poder verlo a los ojos, y me alivio al ver que sus pupilas no se encuentran completamente dilatadas, aunque sí un poco grandes. Muy lentamente Peeta eleva su mano derecha, sin dejar de verme a los ojos, y los dientes apretados. Siento su mano subir por mi cuello y me mejilla sin tocarme.

— Dije, fuera.

Y completamente opuesto a la calma con que sale esa palabra de sus labios, su mano toma mi cabello y tira mi cabeza hacía atrás con fuerza, arrancando un grito de mi garganta. Siento su respiración sobre mi cara, el calor de su cuerpo cerca del mío, la tensión en sus hombros, y en sus ojos veo un abismo. Y sé que mi chico del pan, el Peeta de antes de los juegos está en algún lugar entremedio.

Pone su otra mano en mi hombro izquierdo y tirando de su agarre en mi cabello me empuja hacía la puerta, hasta dejarme bajo del umbral, donde me suelta y empuja con fuerza, propulsándome contra la pared del pasillo. Y por un segundo mis sorprendidos y algo aterrados ojos lo contemplan, parado bajo el marco de la puerta, totalmente desnudo pero completamente ajeno a ello, atravesándome con su mirada y sin verme.

Sin una palabra más, se da vuelta y entra nuevamente en la habitación, cerrando la puerta tras él. Escucho como la traba desde dentro, y luego más nada.

Mi respiración es agitada, mi pecho se levanta con cada exhalación, y de mis labios escapa un sonido que está entre un silbido y un aullido.

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Las horas, los minutos y los días vuelven a confundirse.

Poco a poco comienzo a involucionar, pese a haberme puesto el firme propósito de no dejarme caer de nuevo.

No he vuelto a mi cuarto, ahora ocupo el de mi madre. Sae ha venido un par de veces y junté la suficiente fuerza como para bajar y comer lo que prepara, aunque no llega a quedarse en mi estomago por mucho tiempo, pues desde que la comida entra en mi boca lucho con la nausea, hasta que ella sale por la puerta, momento en que corro al baño. Tampoco ha habido pan.

No se nada de Peeta, yo no pregunto y Sae no dice, pero supongo que él está bien, caso contrario ya lo sabría ¿no? De todas maneras, no he dejado de recrear cada palabra, cada gesto de la aquella última noche en mi mente. Y a pesar de saber que muchos límites fueron cruzados, aun no estoy del todo segura que fue lo que desencadenó el ataque.

Algún tiempo atrás, las cosas eran tan diferentes. Mis grandes problemas parecían opacados por las nimiedades diarias, por el día siguiente, había días en que incluso por concentrarme en la hora en que Peeta vendría, que haría de cenar, o que me gustaría cazar, podía casi llenar el hueco de mi alma, el dolor que me acompaña siempre se veía casi postergado hasta la noche. Y en su lugar, a mi venían detalles que me mantenían funcionando.

Sin embargo, las cosas cambiaron tanto que ya no sé donde estoy parada. Y uno pensaría que siendo quién soy ya estaría acostumbrada a atravesar situaciones que muevan el eje de mi vida. Es más, creo que mi vida puede resumirse en ellas. Primero la muerte de mi padre, una vez que logré estabilizar las cosas medianamente llegaron los juegos y en ellos una tras otra situación desestabilizante; luego los segundos juegos, y para cuando me había resignado a morir, la revolución y Peeta secuestrado. Para cuando encontré una nueva rutina, había ordenado mi mente y lograba ambientarme, Peeta volvió convertido en otra persona que me odiaba. Luego las misiones, y la situación una vez que tomamos el Capitolio. La muerte de Prim.

Esa fue la que más costó, pero cuando empezaba a lograrlo, gracias a Peeta, todo cambia.

¿Es que esto es la vida? Creo que mi historia es digna de ser convertida en una de esas series que el Capitolio producía, con todo tipo de personajes y situaciones. Aguarden, ya lo hicieron (aunque era una muy alterada versión de las cosas). Pero ya he ido por esta corriente de pensamiento, finalmente solo termino convencida de que a largo plazo nada vale la pena; el doctor Aurelius dice que no es conveniente, así que intento evitarlo.

Pero el tiempo pasa, y las horas se vuelven borrosas, al igual que mis pensamientos, todos ellos. Sae dice que debería salir a cazar, o al menos dar un paseo por el bosque, pero la verdad es que no tengo ganas, menos aún siendo que hay otros cazadores que pueden proveer la carne. Luego que lo repitió un par de veces, dejo de contestarle; luego de un par de respuestas mudas, ella deja de sugerir.

Sin embargo, en casa de Peeta las cosas parecen seguir su ritmo normal. La luz se prende temprano en la mañana, antes de que salga el sol y luego cuando éste cae. Con el tiempo dejo de ver por la ventana.

Ya no contesto las llamadas del Dr. Aurelius. Pero no lo necesitó, se lo que está pasando, otra vez estoy cayendo.

Mis pesadillas se hacen mas largas, o quizás más lentas. Y no ayuda el hecho de que no duerma, o que duerma mucho, ya no sé lo que hago, pasó el tiempo en un perpetuo estado de duermevela. Mis sueños se confunden con mis temores, y pronto empiezo a desconocer la frontera entre el mis memorias, mis miedos y la realidad. Hola ironía.

Pero a pesar de ser consciente de ello, en algún lugar en lo profundo de mi mente sé lo que está pasando, sé lo que estoy haciendo. Me estoy dejando caer. O más bien, no estoy haciendo nada por evitarlo. Es como aquellas mañanas de en lo crudo del invierno en que simplemente me quedaba en la cama, sabiendo que debía levantarme, que tenía cosas por hacer, pero que no lo lograba, y ni siquiera lo intentaba ya que sabía que no lo haría.

Como extraño aquellos tiempos de necesidad, aquellos tiempos en que no podía darme el placer de quedarme quieta, en que si yo paraba el dolor de mi estomago ocasionado por el hambre se encargaba de que siguiese y no olvidase el precio a pagar si me dejaba llevar por mis emociones.

La necesidad es buena.

La necesidad es lo que impulsa a la gente a seguir, a buscar, a mejorarse. En cambio, hoy yo no soy más que una mantenida del gobierno, un deber que ellos cumplen, ya sea para apaciguar a las masas, ya sea porque lo creen su responsabilidad. Ellos proveen, y yo consumo. Ellos explotan, y yo consumo. Tan simple como eso. ¿Han cambiado en algo las cosas? En el peor de los casos, aunque mi estado me permitiese tener hambre o algo similar, lo único que debería hacer es juntar las fuerzas suficientes como para bajar las escaleras y abrir la despensa. Mi amplia y completamente abastecida despensa.

Pero más fuerte que el inconformismo, que las cuestiones de qué es o no es justo, está el vacío. Sí, las cosas no están bien, podría ser mejor, no es equitativo, estamos cayendo en lo mismo, y un largo etcétera, pero ¿y qué? ¿Quién soy yo para opinar? ¿Qué puedo hacer yo para arreglarlo? ¿Desatar otra guerra? Y la más trágica, aquella que me insensibiliza y deshumaniza, ¿para qué hacerlo?

Todo es hoy, un continuo para qué.

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Haytmitch se ha pasado esta mañana, dice que debería salir, que no pasara mucho antes de que manden a alguien a revisarme, que no nos podemos dar el lujo de que yo muera, que aunque no lo sepa sigo siendo un símbolo de esperanza, y que si yo mejoro entonces todos creerán que pueden mejorar también. Dice que ya casi pasó una semana desde el ataque de Peeta, y que ya recibió dos cartas oficiales con preguntas que obviamente no contestó, pero que no tardará mucho en llegar una visita personal si no doy señales de vida.

No me habla de Peeta y aunque las preguntas queman mi garganta me contengo. Logro que se vaya con la promesa de que me daré una vuelta por el pueblo. Se queda a ver una de las trasmisiones de las viejas novelas del Capitolio conmigo, y me fuerza a comer pequeños aperitivos que me saben a nada, pero que llenan mi estómago. Sé que de ser necesario Haytmitch me arrastrará por la casa hasta la cocina y forzará la comida por mi garganta de ser necesario, así que no pruebo sus límites y llegamos a un compromiso.

Un par de horas de entrada la noche, y sin siquiera ser consciente de que es lo que estamos viendo, suena el teléfono, pero ninguno de los dos se molesta en atender, él simplemente se gira y me mira expectante.

— Dado que esta es tu casa, estoy dispuesto a arriesgarme y decir que es para tí.

Pero no obtiene respuesta y no insiste más.

Horas más tarde volteo mi cabeza para descubrir que se haya dormido, así que aprovecho y me arrastro a y vuelvo a mi nuevo cuarto. El sueño, como siempre, tarda en llegar y cuando lo hace es entrecortado y repleto de pesadillas. El calor de la noche, y lo cansado de mi mente, me hacen claudicar.

Me levanto hasta el baño y tomo una pastilla de las miles que me manda semanalmente el Doctor. Creo que es para dormir, he visto a Peeta tomar de éstas antes. Por lo visto no me he equivocado, pues meros segundos después mi cuerpo se vuelve pesado y apenas llego a la cama me pierdo en sueños.

Pero esta vez son diferentes. Repletos de Peeta, y repletos de cosas extrañas, sin sentido, pero no está presente esa ansiedad y el temor de siempre, sino que me envuelve el sopor y todo se siente lento y liviano. Por una vez es un buen cambio.

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Mi cuerpo arde, arde y no de una manera especialmente mala. Es como un desasosiego, un ansia, algo que necesito y no tengo, me siento intranquila. Sé que estoy en algún punto entre mi inconsciente y la consciencia, pero las sensaciones se mezclan y las cosas se confunden. Siguen en mi cabeza segmentos de mis sueños, Peeta por doquier; detrás de mi mientras sus manos se posan en mi cintura, frente a mi con su sonrisa torcida y sus ojos brillando, debajo de mí con una fina capa de sudor, a mi lado y nuestros brazos rozándose.

Peeta en todos lados. Y es Peeta quien el causante de que me sienta así, ansiosa y vacía a la vez. No se que es lo que me falta, pero no es la primera vez que me invade esta sensación, estoy segura. Lo he sentido antes, solo que nunca tan fuerte. Hay algo que puja en mi mente, una memoria que no puedo recordar. Peeta por doquier.

Un golpe seco proveniente de la sala hace que me siente en la cama, y un mareo se apodera de mí. Mi cabeza da vueltas. Escucho la voz de Haytmitch soltar un crisol de maldiciones.

Dejo los segundos pasar, mientras mi cabeza se despeja. Sin lugar a dudas el hambre finalmente está haciendo mella en mí. Mi cuerpo sigue caliente y estoy una capa de transpiración cubre mi piel. La sensación inquietante sigue ahí; probablemente estoy por enfermarme.

Me dirijo a la ducha, y luego de bañarme (no sé hace cuantos días no lo hacía) bajo hacia la sala, donde Haytmitch ahora duerme en el piso. Sin ser consciente de lo lento de mis movimientos, avanzo hasta la cocina donde tomo una pieza de fruta de la cesta que reposa en la mesada, y luego de enjuagarla tomo un mordisco.

El jugo dulce que desprende causa una leve nausea en mi estomago, pero me obligo a seguir comiendo aunque cada bocado que atraviesa mi garganta parece desproporcionadamente grande y espeso, inclinando a mi cuerpo a rechazarlo. Luego de haber comido quizás la mitad, dejo lo que queda en la nevera, a pesar de no ser mucho no puedo llevarme a tirarlo, siempre puedo necesitarlo luego.

Al salir de la casa los suaves rayos del sol de la mañana golpean mi cara, y sé que no tardará mucho más en hacerse notarse el calor, pero a pesar de ello sigo mi camino hacia el bosque. No traigo mi arco, por alguna razón no cruzó mi mente al salir de caza y me encuentro con ganas de pasear simplemente. Pronto los pocos edificios del distrito forman hileras a mi lado, para ir luego volviéndose más espaciadas, y el verde empieza a primar, hasta que ya me encuentro en uno de los senderos que entran al bosque.

Es curioso como mis pies parecen llevarme sola, y como no me preocupa que haya llegado a una parte tan frondosa que no me deje ver. En realidad, no es curioso, no es la primera vez que vengo por estos lares. Pero sí es la primera vez que un ciervo pasa casi rozándome a una velocidad sorprendente.

Un grito grave rompe la quietud del bosque y por instinto me giro hacia el ruido, siento el ruido del aire al ser cortado y distingo la silueta de un hombre. No es mucho más lo que veo u oigo, pues el calor, la falta de agua y mi empobrecida nutrición hacen conjunto y mi vista se pone negra, unas manchas de colores delante de mis ojos y mis extremidades pesadas.

Sé que voy a desmayarme, pero no puedo evitarlo, solo espero que la caída no sea muy dura.

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La caída ha sido efectivamente muy dura. Soy consciente de ellos mientras mis ojos se enfocan en la nada natural luz blanca del techo. El zumbido eléctrico inunda mis oídos. Este lugar me recuerda parcialmente al Capitolio, y aunque un leve escalofrío sube por mi espalda, hay características que delatan que sigo en el 12. Los olores, la forma del edificio, la sencillez de las paredes, lo gastado del piso y la humedad en el techo.

Noto un pequeño cable de plástico insertado en mi brazo, que conduce a una bolsa del mismo material, llena con lo que parece ser agua. Quizás hace unas semanas tener cualquier tipo de agujas en mi cuerpo me hubiese aterrado, ahora, solo siento una pasiva resignación.

Con un suspiro, vuelvo a cerrar los ojos, instándome a volver a dormir, pero la única puerta de la sala se abre y entra una mujer de cabello largo y caoba, ojos color whiskey y piel dorada, no tendrá mucho más de 30 años.

— Srta. Everdeen, me alegro de que se haya despertado. Yo soy la doctora Annaliza Hook. Si no le importa, voy a chequearla.

Yo solo atino a mirarla y a asentir con la cabeza. Luego de que acaba de realizar distintas cosas, que apenas comprendo, anota unas líneas en una libreta que luego devuelve a su bolsillo.

— Bien. Me comuniqué con su médico responsable, el Dr. Aurelius, que me puso al corriente de su situación, y el tratamiento en que se encuentra de momento.

Espera unos segundos a que conteste, pero al no obtener respuesta, prosigue.

— Su salud se encuentra muy deteriorada, no está poniendo el más mínimo cuidado, se halla deshidratada y muy malnutrida, con un peso por debajo de lo saludable y sus huesos empiezan a presentar signos de deterioro irreversible.

De nuevo espera algún comentario, y suspira casi con exasperación.

— Eso sin hablar de su tratamiento psicológico. Sinceramente no puedo diagnosticarla sin llevar adelante algunos test de antemano, pero puedo adelantarle que si lo que me han contado de los últimos días es cierto, eso tampoco anda bien.

Esta vez me mira fija, decidida a que rompa el silencio.

— Bien — es mi simple respuesta.

— Como su salud es un asunto nacional, por llamarle de alguna manera, he de enviar un informe con todos los detalles. Y debo decirle, que es muy probable que pidan que vuelva a la capital.

Shock. ¿Volver?

— Usted seguramente entiende mejor que nadie, que no podemos dejar que su vida se pierda cuando aún no se han terminado de enterrar todas las bajas de la guerra — su tono es objetivo y certero, como si estuviese hablando de que en las minas hay carbón —. Por lo tanto, hasta que no tengamos indicaciones, voy a pedirle que espere calmada.

Siento mis músculos tiesos y mi respiración trabada, ¿volver? No soy tan ilusa ni estoy tan ida, si han decidido que vuelva allí, de una u otra manera, van a llevarme, las cosas no han cambiado.

— ¿Hay alguien a quien desee que llame?

Con mis ojos fijos y abiertos más de lo posible, asiento.


Hola a todos.

Esta vez la demora tiene justificación, mi papá murió; ya hace 8 meses, y no son muchas las ganas que a uno le quedan para nada, además de que la expresión "todo cambió" es completamente literal. No sé con que periodicidad voy a continuar escribiendo, o si simplemente acortaré el fic. Supongo que se los haré saber en cuanto lo sepa.

Lamento que el capítulo diverja tanto, lo escribí en varios meses, pero al menos ya sé cómo quiero que siga la historia.

Gracias por el apoyo que le dan a la historia.

¡Muchas gracias por leer!

19/11/2014