Disclaimer: THG y todos sus personajes no me pertenecen, son parte de la maravillosa obra de Suzanne Collins.
Cambios
"... it has been such a long long time
I've been asleep, trying to sleep away my life
Cause I'm terrified and I'm ruined by this mess
Cause I needed you more than I needed to be blessed ..."
— Terrified, Among Savages
— Usted seguramente entiende mejor que nadie, que no podemos dejar que su vida se pierda cuando aún no se han terminado de enterrar todas las bajas de la guerra — su tono es objetivo y certero, como si estuviese hablando de que en las minas hay carbón —. Por lo tanto, hasta que no tengamos indicaciones, voy a pedirle que espere calmada.
Siento mis músculos tiesos y mi respiración trabada, ¿volver? No soy tan ilusa ni estoy tan ida, si han decidido que vuelva allí, de una u otra manera, van a llevarme, las cosas no han cambiado.
— ¿Hay alguien a quien desee que llame?
Con mis ojos fijos y abiertos más de lo posible, asiento.
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Peeta no fue mi primera opción, y no porque no quisiera, sino porque muy en el fondo una parte de mí tenía sus serias dudas de que vendría y no creía poder soportar su rechazo. Tampoco es que tuviese muchas opciones, Saye no podía asumir tremenda responsabilidad considerando que a penas se las arreglaba para hacerme una comida diaria, ni hablar de que se comprometiera a prestaciones que ni yo sabía lo que conllevaban. Todo parecía dejar a Haymitch como único candidato, por poco recomendable que fuera.
Sin embargo, la suerte no estaba de mi lado y por la obvia reacción de mi doctora, ella conocía la historia de mi mentor. Casualidad o coincidencia, eran los días en que las reservas de alcohol de Haymitch estaban altas y él no podría pararse ni aunque su vida dependiese de ello. O eso dijo Annaliza.
La cuestión es que menos de una hora después de que ella salga de la habitación diciendo un "No te preocupes, lo arreglaremos, descansa", la puerta volvió a abrirse para revelar la sucia figura de Peeta Mellark.
Y digo sucia porque precisamente, parecía que se hubiese estado revolcando por la tierra.
Con mi respiración atorada en mis pulmones y mis ojos bebiendo de su imagen, sigo su figura por la habitación que sin mirarme directamente, muy cerca a como si yo no existiera, se ubica a los pies de mi cama. Un carraspeo me quita de mi trance y dirige mi atención a la Dra. Hook, quien parece ser que entró inmediatamente atrás.
— Srta. Everdeen, por disposiciones de las autoridades de competencia, se resolvió que en el período de 21 días inmediatos a su alta de este centro, quedará bajo el tutelaje del Sr. Mellark, quien se ocupará de todo lo atinente a su salud, como también se compromete a llevar informes y traerla a consulta una vez cada cinco días.
— ¿Autoridades de competencia? —repito entre susurros, mis ojos moviéndose frenéticamente entre Peeta, que seguía sin mirarme, y la doctora, que no apartaba los ojos de mí.
— Efectivamente —contesta ella, certeramente —. Además, se ha dispuesto que asista dos veces por semana a sesiones con un especialista para tratar sus asuntos mentales.
— ¿Asuntos mentales? — veo que Peeta se remueve un poco incomodo.
— Correcto — de nuevo la doctora netamente objetiva, responde.
Unos minutos de silencio, o quizás menos, donde veo como la boca de Hook se tuerce un poco, obviamente no es una mujer que disfrute de los silencios y parece bastante disconforme de que tanto Peeta como yo no digamos ni hagamos nada, pues es obvio que espera una respuesta, o al menos, más preguntas.
Cuando me decido a hablar, sé que no hay forma de que esto salga bien.
— ¿No hay otra opción? — pregunto y casi creo que no han llegado a oírme, pero veo como los puños de Peeta se aprietan, y su cabeza finalmente se levanta.
Siento su fiera mirada fija en mi rostro, y automáticamente soy consciente de que debo lucir horrible en esta cama de hospital, mi cabello sucio, mi piel pálida y ojerosa. Quizás incluso con un par de golpes. El rubor sube a mis mejillas, y me insto a pararlo, pero sé que fallo miserablemente.
— ¿Otra opción? — repite la doctora desconcertada, y por unos instantes siento ganas de sonreír por haber sido yo quien esta vez la ha descolocado. — Nunca creí que necesitáramos otra, visto que esta ya es la "otra" opción. Pero si usted lo prefiere, puedo llamar y solicitar su traslado ya a la capital, donde cuentan con muchos más y mejores recursos.
No contesto, no puedo, la sola posibilidad me aterra. Sin embargo, una parte de mí se pregunta si eso no sería lo mejor, una habitación sola en un lugar donde nadie me molestará, pero que vigilaran cada movimiento, y donde no molestaré a nadie. No es para nada atrayente, pero sé que Peeta me odiaría aún más si me impongo. El Capitolio, como siempre me aterra, pero quizás esta vez absorba tanto de mí que ya no quede nada.
Mi respiración empieza a tornarse pesada, y abro la boca, sin saber que voy a decir, pero una voz grave, que no escuchaba hace un tiempo, me detiene.
— Creo que tomaremos la primera opción— dice y mis ojos se prenden de los suyos unos instantes, en los que ninguno pestañea, hasta que el mueve su cabeza y observa a la doctora Hook.
Ella me mira, esperando mi confirmación, y yo asiento levemente con la cabeza.
— Bien, en ese caso, creo que deberíamos hablar antes de su alta Srta. Everdeen, para que sepan que se espera de este período.
La doctora Hook, va hacia la pared más alejada y abre una de las pequeñas puertas de un armario empotrado, que a decir verdad aún no había notado. Luego saca dos pequeñas sillas desplegables, que no ocupan casi espacio y se ven sumamente frágiles.
Peeta, sin pensarlo casi, se acerca a ella y suavemente toma las sillas de sus manos y las trae hacia mi cama, donde las abre lentamente y las mira con desconfianza. La doctora lo mira unos segundos, y casi podría jurar que un leve color sube a sus mejillas.
— Gracias —dice, sin embargo, con el mismo tono de siempre.
Una vez que ambos están sentados, Annaliza saca su libreta de uno de los bolsillos de su bata y pasa unas cuantas hojas, hasta llegar a la que parece estar buscando.
— Bien, supongo que primero deberían saber que mañana por la mañana obtendrá su alta Srta. Everdeen; así que Sr. Mellark, le diría que vaya preparando la habitación que ella ocupará, así como adquiriendo la lista de medicamentos que voy a darle.
Peeta asiente, y yo los miro a ambos.
— Mi habitación ya está preparada, y de lo contrario puedo prepararla yo.
Peeta se revuelve en su silla y la doctora me mira descolocada por unos segundos, hasta que levanta levemente las cejas y su expresión cambia. Se humedece los labios, y siento que lo que va a decirme no va a gustarme para nada.
— Srta. Everdeen, ¿le molesta si la tuteo? — me extraña un poco viniendo de una mujer como ella, pero niego con la cabeza — Katniss, entonces — dice —el progama que se ha impuesto es un régimen de acompañamiento, dado que se determinó que usted misma es un gran riesgo para su salud.
— ¿Y quién lo ha determinado? ¿Un funcionario detrás de un escritorio que nunca me ha visto en su vida? ¿Las autoridades competentes? — en mi voz se escucha un tono rebelde que me recuerda a Gale, e inmediatamente sé que no es lo más adecuado.
La doctora levanta las cejas, y mira a Peeta, como queriendo que le explique, pero él solo la mira y niega levemente.
¿Qué es eso? ¿Ahora son amigos y se comunican solo con miradas?
— La resolución se tomó en una junta médica reunida al solo efecto de evaluar su caso, Katniss. Y, sí, hubo algunas figuras políticas que se hallaron presentes. — deja que absorba la información y espera por algún otro exabrupto — Se decidieron por un programa de acompañamiento 24/7, y determinaron que si bien el Sr. Mellark no es la persona más idónea, es quién se encuentra en mejores condiciones, si decide quedarse. De lo contrario, debería empezar a prepararse para su viaje.
Entiendo a que se refiere, es una u otra opción, no hay puntos intermedios.
— Asumiendo que decide quedarse, hay ciertas obligaciones que ha de comprometerse a cumplir. Como ser presentarse a las sesiones, cumplir con las indicaciones, llevar registros y facilitar el trabajo de Peeta.
¿Peeta? Estoy segura de que eso fue un acto fallido, y ninguno de ellos parece ser consciente del cambio del formal "Sr. Mellark", parece como si llamarlo Peeta fuera lo habitual.
— Ahora, Katniss, un programa 24/7 implica convivencia, ¿lo entiendes?
Eso si que me cayó como un baldazo de agua fría. ¿Convivir con Peeta?
— Es estrictamente necesario, y si crees que va a ser un problema, este es el momento para que lo digas. — su voz suena dura, casi ruda.
Mis ojos buscan los de Peeta, él lo siente y los fija en mí. Levemente, asiente con la cabeza, y yo, como imitándolo, también lo hago.
Annaliza suspira, y empieza a detallar muy elaboradamente, lo que se espera lograr y los requisitos que he de cumplir.
El monótono tono de su voz no alcanza a ser completamente registrado por mis oídos, ya que toda mi atención sigue fija en Peeta, que aún no despega sus ojos de mí, evaluándome con su cara limpia de cualquier emoción, pero con mucha intensidad.
¿Por qué mi vida se empeña en no permitirme estabilizar? No llego a acostumbrarme a las circunstancias, y éstas cambian completamente.
Cuando parece ser que la doctora acabó de dar las indicaciones, le pide a Peeta unos minutos, a los cuales él accede, y ambos salen de la habitación, sin siquiera una última mirada en mi dirección.
Luego de unos minutos empiezo a preguntarme que tanto tendrán que hablar que los está reteniendo tanto; y mucho más tarde, empiezo a dudar de que vayan a volver. Cuando Annaliza entra nuevamente, sola, y comienza a chequerame, otra vez, entiendo que Peeta no va a volver hoy.
Y aunque lo intento, no puedo obviar los sentimientos de decepción y rechazo que revuelven mi pecho.
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Al día siguiente una mujer de edad, con ropas similares a la de los sanadores, me ayuda a levantarme y vestirme con las ropas que traía antes de desmayarme, que ahora se encuentran recién lavadas.
Cuando salgo de la habitación a lo que parece ser otra pequeña sala, que tiene un par de escritorios, y un espacio cubierto por unas cortinas verde agua de una tela gruesa y en apariencia pesada, me encuentro con Peeta sentado esperando en unos bancos muy simples y muy bajos. Imagino que no ha de ser nada cómodo considerando su pierna, pero él no da signos de incomodidad, es más, no da signos de nada, solo me mira y asiente su cabeza levemente en señal de reconocimiento.
Sin embargo, se para a penas la Dra. Hook entra por otra puerta y una pequeña sonrisa acompaña su asentimiento esta vez.
— Bueno, Katniss, todas las indicaciones de ayer te las he anotado aquí por las dudas —me pasa un sobre bastante pesado, no son pocas cosas o ella es muy meticulosa— Y recuerda que en tres días debes venir a revisión, y armaremos tu agenda de éstas tres semanas. También conocerás al especialista que hará el acompañamiento.
— Muy bien —respondo simplemente.
— Bien, pues, dicho eso… —se balancea un poco sobre sus pies.
Peeta salva el día diciendo que entonces nos vamos yendo, y que cualquier cosa ya han intercambiado números telefónicos. Toma una pequeña bolsa que se encuentra sobre uno de los escritorios, abre otra puerta y me mira esperando.
— Eh, pues, adiós. —digo y me dirijo a la salida.
— ¡Katniss! No olvides contestar el teféfono. Eso podría generar problemas si no lo haces.
Asintiendo con mi cabeza, vuelvo a girarme y salgo a un pasillo bastante estrecho, para volver a cruzar una puerta.
Por un momento el brillante sol de la mañana de verano me ciega y marea un poco, pero siento una mano fuerte tomar mi antebrazo y firmemente estabilizarme. Cuando logro enfocar la vista, veo los brillantes ojos de Peeta mirarme con una leve preocupación reflejada en su rostro, y si bien ya sabía que era él quien me sostuvo, es agradable tenerlo cerca.
— Vamos Katniss, no es un recorrido corto —dice suavemente.
A lo largo de todo el recorrido hasta la Aldea de los Vencedores, aunque me obliga a hacer más paradas de lo necesario, y en ningún momento me habla excepto que sea fundamental, su brazo permanece en contacto conmigo permanentemente, ya sea en mi espalda o tomándome de la mano. Y este simple hecho me reconforta mucho más que cualquier otra cosa.
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La casa de Peeta es una réplica exacta de la mía, y aún así luce completamente diferente. Ni hablar si la comparamos con la de Haymitch.
Mientras que en la pequeña mansión que me fue asignada aun se puede ver el toque del Capitolio en cada uno de los muebles, los acabados de las paredes, los diseños de los ventanales, los diferentes jarrones y cada pieza de decorado, en la casa del chico del pan, a pesar de contar con los mismas cosas, también puede verse a su dueño. La casa ya no le pertenece al diseñador opulento del Capitolio (aunque debo decir que en las casas de la Aldea lo extravagante se mantuvo al mínimo, optando más bien por un sobrio y elegante impersonalismo) sino que Peeta se encargó de conquistar todos y cada uno de sus espacios.
En la mía, si bien muchas de las hiervas y elementos curativos de mi madre y mi hermana llegaron a dominar gran parte de las estanterías de la cocina, y una que otra superficie, el aire de toda la casa, salvo un par de fotografías y mementos, se veía austero. Casi como si hubiésemos temido corromper su esencia, con completa diligencia, todas nos encargamos de que la casa continuara impoluta y en un perfecto orden.
No quiero con esto decir que la casa de Peeta se halle sucia o desordenada. Ni siquiera lo creo capaz. Sino que él, con pequeños toques en algunos lugares, o con grandes cuadros en otros, se encargó volver cada espacio un reflejo de sí mismo. Cuadros, de hermosos y sencillos paisajes, reales o imaginados, quizás copiados, llenan las paredes por sobre la guarda de madera, que un principio fuese blanca, y que se nota el se encargó de retornar a su oscuro color madera original. Las lamparás de las luces, antes refulgentes por su blanco, parecen pintadas con algún barniz, o semejante, que les da un tono más amarillo-naranja, mucho más cálido. A la gran mayoría de las superficies les quitó los manteles y la pintura blanca, hay estanterías por doquier, con unos cuantos libros y cuadernos, pero no llego a ver ninguno de los arreglos insípidos del Capitolio. No hay floreros a la vista, sino una gran cantidad de pequeñas macetas con diversas plantas cerca de las ventanas.
Con un par de cambios, moviendo muebles de distintas habitaciones, logró una especie de conjunto desordenado, pero perfectamente armónico de muebles. Algunos de ellos sospecho los modificó un poco con ayuda de alguna cierra y unos clavos, pero solo levemente en sus terminaciones.
Es sorprendente como solo entrando a una casa que parece idéntica a la mía la sensación que me invade sea completamente diferente. Mientras que mi casa es solo una casa, un refugio del clima y un lugar de estadía, la de Peeta es un hogar, que te invita a quedarte y impulsa a querer pasar tiempo allí, más por placer que por necesidad.
Con un nudo en mi garganta, un pensamiento perturbador cruza por mi mente: no me importaría pasar el resto de mi vida en esta casa, es más, creo que me gustaría.
Sin darme cuenta, mecánicamente, mi cabeza empieza a pensar en pequeños detalles que harían de esta sala algo aún más perfecto, como una manta suave y cálida a los pies de ese sillón de tres cuerpos, que pondría más cerca del fuego.
— Katniss — la voz de Peeta me saca de mi trance, y veo que tiene sus ojos fijos en mí. Cuando nota que tiene mi atención, desvía levemente la mirada — ¿Quieres algo de comer? ¿O prefieres ir a tu habitación, acomodarte y tomar un baño o dormir?
— Me gusta tu casa Peeta.
Él me mira sorprendido, y luego una sombra oscura cruza sus ojos.
— Claro, aquella vez no tuviste tiempo de fijarte en la decoración, ¿verdad? —su tono es frío, e inmediatamente sé que tendría que haberme quedado callada.
Pero a decir verdad, no, esa vez no tuve tiempo ni me preocupó tampoco en lo absoluto de que color eran sus paredes.
Hace solo un par de semanas, yo odiaba su casa. Terriblemente. Cuando Peeta y yo habíamos entrado en esa rutina de dependencia, en la que yo no podía tener ni la posibilidad de un buen día si él no pasaba por mi casa, si él no se quedaba a dormir. Yo realmente la odiaba en aquel entonces, ya que no podía entender que había en esta casa, que impedía que Peeta pasase todo su tiempo en la mía. No entendía, en ese momento, porque no cenaba en mi casa, porque no se duchaba en mi casa, porque no pintaba en mi casa, porque no traía sus cosas a mi casa. ¿Pero cómo iba a saber que una parte de sí mismo la había volcado en este edificio? ¿Cómo iba a imaginar que nunca iba a sentir mi casa como su hogar? ¿Cómo, siendo que el ya había convertido su propia casa en uno?
Porque si de algo estoy segura es de que mi casa no califica como hogar.
Me limito a negar con la cabeza, no hay nada que se me ocurra que pueda decir para mejorar los ánimos.
Peeta suspira.
— Vamos, te daré algo de comer.
Sigo sus pasos hacia donde sé estará la cocina, y otra vez los cambios me maravillan, a pesar de no ser exactamente lo que esperaba. El chico del pan convirtió esta pequeña habitación en una mini cocina industrial. Hay un par de hornos especiales, y las puertas de los estantes fueron retiradas, exponiendo sus contenidos, la mesa del centro fue reemplazada por una gran isla de cerámica, y en el alfeizar de la ventana hay pequeñas masetas con distintas plantas y hierbas. No hubo cambios en los colores ni nada, pero sacó todos y cada uno de los adornos. A pesar de ser una habitación funcional e impecable hay cierta calidez intrínseca.
Me siento en unas pequeñas banquetas del lado izquierdo de la isla, y veo mientras Peeta da vueltas, buscando diversa cantidad de cosas.
Pronto me encuentro con un helado vaso de jugo de naranjas frente a mí, unos bollos de queso y Peeta bate algo en un bol. Tomo la mitad del bebible en menos de dos segundos, y le doy un bocado al rollo de queso, la nausea se apodera de mí, y sé que con suerte acabaré este bocado, mucho menos lo que sea que tenga el dueño de casa ofrecerme.
— Mmm, ¿Peeta? Yo creo que con esto estoy bien.
Él se da vuelta levemente y sus ojos azules se clavan en mí.
— La doctora dio órdenes precisas Katniss. Debes alimentarte y ganar peso, es uno de los requisitos fundamentales para que esto funcione.
La presión de sus ojos en mí me lleva a darle otro mordisco al bollo, a pesar de que quiero decirle que no me importa lo que la doctora o el capitolio quieran, a pesar de que tengo ganas de tirárselo por la cara.
Mis labios se aprietan en torno al suave bollo, y lentamente mis dientes perforan la masa. Es delicioso como siempre. Y mientras mastico y Peeta vuelve a lo suyo, por mi cabeza cruza la idea de que a veces, cediendo un poco, se gana mucho más. El solo pensar en la gran discusión y lo que hubiera aumentado la tensión entre nosotros me consuelan.
Pero no quitan las ganas de aventarle algo por la cabeza.
Conforme los segundos pasan, mi cuerpo comienza a relajarse y mis pensamientos comienzan a desvariar.
Muy dentro de mí, a pesar de esta terrible situación en la que nos encontramos, sé que Peeta y yo volveremos a unirnos, volveremos a ser aliados. Aun hoy, sé que él no dudaría un segundo en poner su vida en riesgo por la mía, y que yo haría exactamente lo mismo por él. A fin de cuentas somos prácticamente lo único que tiene el otro respectivamente.
Es como un tirón dentro de mí, algo que me dice que esto, nosotros, hubiera pasado de todas formas, en un mundo con o sin juegos, con o sin resistencia, Peeta y yo hubiéramos encontrado nuestro camino hacia el otro. No sé de qué manera, ni sé de qué forma, pero lo sé. No sé tampoco desde hace cuánto que tengo esta certeza.
Solo sé que Peeta es vital para mí, sea de la forma que sea.
A pesar de que yo esté arruinada, y de que él no sea el mismo de antes; a pesar de lo que nos hicieron y a pesar de lo que nos hicimos. A pesar de que fuimos dos niños en un juego de adultos, a pesar de lo que vimos y de lo que vivimos, a pesar de todo ello.
Cuando niña, cuando no había vivido el horror de los juegos, solía estar aterrada, aterrada de todos los males y pesares que nos rodeaban, el hambre, las enfermedades, los castigos, el Capitolio. Y aun peor aterrada de todo lo bueno, pues creía que un buen gesto se pagaba el doble, que cuando te pasan la mano para ayudarte a levantar, solo quiere decir que van a volver a tirarte con más fuerza. Que a la gente indefensa solo no se le ven las armas. Y que nada es gratis. Que van a empujarte hasta lo más hondo solo para estar un poco por encima de ti.
Y descubrí que tenía razón, una y otra, y otra vez, con duros golpes aprendí a desconfiar.
Hasta que conocí a Peeta, hasta que él salvó mi vida, solo porque podía.
Hola a todos.
¡Feliz Año! No saben cuanto me alegré de que acabara el 2014.
Lamento que la historia vaya lento, pero estoy intentando ponerme al día con la facultad. En el próximo capítulo viene la acción, además de que empieza la convivencia.
Muchas gracias por los reviews y los PM de apoyo. Como siempre, me encanta saber su opinión y qué les parece el avance de la historia.
¡Muchas gracias por leer!
23/01/2015
Pd: la canción del comienzo, probablemente la vean en más de un capítulo. Si esto fuera una película, sería una de las principales del soundtrack.
