Disclaimer: THG y todos sus personajes no me pertenecen, son parte de la obra de Suzanne Collins.
Interludio
"Tienes un cerebro en tu cabeza y pies en tus zapatos.
Puedes dirigirte en cualquier dirección que elijas.
Estás por tu cuenta, y sabes lo que sabes, y tú eres el que decide adonde ir."
— ¡Oh! Cuán lejos llegarás, Dr. Seuss
Cuando niña, cuando no había vivido el horror de los juegos, solía estar aterrada, aterrada de todos los males y pesares que nos rodeaban, el hambre, las enfermedades, los castigos, el Capitolio. Y aun peor aterrada de todo lo bueno, pues creía que un buen gesto se pagaba el doble, que cuando te pasan la mano para ayudarte a levantar, solo quiere decir que van a volver a tirarte con más fuerza. Que a la gente indefensa solo no se le ven las armas. Y que nada es gratis. Que van a empujarte hasta lo más hondo solo para estar un poco por encima de ti.
Y descubrí que tenía razón, una y otra, y otra vez, con duros golpes aprendí a desconfiar.
Hasta que conocí a Peeta, hasta que él salvó mi vida, solo porque podía.
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El resto del día fue ineventual. No pude comer más de un bollo de queso, las nauseas no me dejarían. Aceptarlo fue un poco más sencillo que hacer que Peeta lo entienda sin embargo; pero por primera vez estoy agradecida de su nueva política de silencio, dado que un par de frases secas al estilo de "Debes alimentarte y recuperar fuerzas; los doctores lo ordenan" y un ceño fruncido fue toda su insistencia. Creo que notó que honestamente no podía seguir comiendo cuando vio que mi cara empezaba a tomar un tono verdaceo.
Luego de eso me ayudó a subir a la que sería mi habitación, inmediatamente adyacente a la suya, del lado este de la casa, y curiosamente la misma en la disposición de la casa que ocupaba en la mía, ¿casualidad o causalidad? Honestamente no me importaba demasiado, ambas carecían de cualquier tipo de modificaciones, y eran casi exactamente iguales, solo que la mía se encontraba mucho más desordenada y tenía algunas pocas pertenencias en la mesa de luz.
Atravesamos un momento incomodo cuando Peeta me preguntó si deseaba ir al baño o ducharme, y aunque me hubiese gustado, preferí optar por acostarme un rato, a pesar de que no me sentía cansada.
A decir verdad, no sé cómo me siento. Ya van casi un par de horas desde que estoy en la cama, sin pensar y sin poder conciliar el sueño, mi mente no puede centrarse en nada, es como si tuviera mil cosas rondando en mi mente pero deliberadamente no me asiento en ninguna de ellas pues son todas conflictivas. La mayoría involucran a Peeta y la nueva situación en la que nos encontramos. Pero no quiero detenerme a analizarlo tanto. No me preocupa tanto mi condición física, veo todo este asunto algo exagerado, no me encuentro mal, solo algo débil. Me aterra que me lleven, me aterra volver al Capitolio, no por lo que puedan hacerme, sino por los recuerdos y las pesadillas que se desataran en mi mente; aunque me cueste reconocerlo sé que mi cordura es precaria.
Sin darme cuenta empiezo a entrar en una somnolencia, y con mis ojos cerrados, mis pensamientos empiezan lentamente a desvariar y tomar ese tinte colorido y extraño, con una lógica insensata y caótica, propia de los sueños.
Para mí pasaron unos segundos cuando oigo la puerta de la habitación abrirse y los pasos lentos y pesados de Peeta, abro mis ojos y veo su silueta recortada contra la luz del pasillo que se cuela por la puerta. Levanto un poco mi cabeza y él se acerca, sé que sabe que estoy despierta pues tiene la vista fija en mí y aunque la luz en la habitación es poca no está completamente oscuro. Sin embargo, solamente da un par de pasos hacia la cama y deposita un tazón en la mesilla, suspira y sale nuevamente, pero dejando la puerta entreabierta.
¿Es que ahora no hemos de hablar en lo más mínimo si quiera? ¿Nos comunicaremos con gestos y asentimientos? Ni siquiera pienso en comunicarnos con miradas, porque estás son escasas y austeras.
Pero he comprendido el mensaje, sé que he de ingerir lo que sea que haya en el tazón y así lo hago, es un caldo de vegetales y carne de ardilla, si no me equivoco. Delicioso por supuesto, pero debe demasiado. Tomo lo que puedo, lentamente en pequeños sorbos, hasta llegar a la mitad y sentir que el contenido de mi estómago empieza a pujar hacia mi garganta. Suprimo las náuseas.
Pensando que últimamente lo único que hago es pulsar las náuseas me recuesto, y casi sin notarlo, el sueño se apodera de mí.
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Cuando despierto nuevamente estoy cubierta en sudor, y mi respiración es agitada, como siempre mis sueños fueron pesadillas, esta vez del tipo en que es mi vida por la que temo y estoy huyendo de algún tipo de peligro inminente. Está vez eran soldados exageradamente grandes con cabezas de charlajos, con picos brillantes y afilados.
Ya no se cuela nada de luz por las ventanas y sé que han de ser entre las ocho y las nueve de la noche. Lentamente me muevo en la cama y enciendo la luz de la lámpara, veo que sobre el tocador hay una bandeja con un plato tapado con otro, y un vaso de agua cristalina. Lentamente me levanto y me acerco.
Una inspección más próxima revela tres pequeñas pastillas y una nota bajo ellas. Reconozco la caligrafía de Peeta inmediatamente, y la leo.
Katniss, estas son tus pastillas, debes tomarlas. La amarilla y la capsula son vitaminas, debes tomarlas con la comida o apenas termines. La blanca más grande es un analgésico, debes tomarla dos horas después de comer o una hora antes. Hay más pastillas.
Intenta comer todo, te tome el tiempo que te tome. Si se enfría y quieres que lo caliente solo grita.
Si necesitas ayuda para ir al baño o necesitas algo, grita.
Antes de las nueve voy a pasar a ver si acabaste.
Peeta.
Vaya. Siento un nudo en el pecho, pero no sé por qué. Es como tener hambre y no saber de qué.
Lentamente tomo la píldora blanca, y me la meto en la boca con un trago de agua. Me dirijo al baño y evito totalmente el espejo, hago mis necesidades y lentamente me desvisto.
Dejó que el agua caliente llene la tina mientras sumergo mis pies. El agua me quema y siento el reflejo de sacarlos, pero me obligo a dejarlos así hasta que la sensación se va aplacando y solo siento una especie de picazón. Cuando el agua llega a mis pantorrillas me siento dentro, y veo el agua correr hasta que estoy sumergida hasta la cintura.
Paso el jabón por mi cuerpo y mi cabello, y luego sacando mis piernas hundo mi cabeza unos segundos. Vuelvo a sentarme y dejo pasar el tiempo hasta que siento el agua enfriarse un poco y veo que mis dedos están como pasas.
La parte más complicada es salir y secarme, como no tengo un pijama a mano vuelvo a ponerme mi camiseta sudada y dejo mi cabello suelto sobre mis hombros. Al salir miro el reloj de pared y veo que son las ocho y veinte de la noche, mucho más temprano de lo que creí. Me siento frente al buró e ingiero lentamente los alimentos que Peeta me dejó, carne, patatas hervidas y un poco de pan. Siempre pan. Sorprendentemente, no me toma mucho esfuerzo terminar, ya que me tomo el tiempo a pesar de que los últimos bocados ya están helados. Casi olvido tomar las pastillas, pero lo recuerdo a último momento.
Yendo hacia la cama veo un juego de piyamas en el banco a los pies de esta, y sin prestar mucha atención me quito mi camiseta húmeda y sucia, y me lo coloco. Mi cabello mojado me molesta un poco, así que busco algo con que atarlo, y al no encontrarlo arranco un jirón de tela de la manga de mi camiseta y lo uso como listón en una coleta alta.
Me acuesto de costado de espalda a la puerta, y en unos minutos más oigo entrar a Peeta, se detiene unos segundos, seguramente analizando la bandeja y si cumplí con lo esperado, y luego se retira llevándosela.
No apaga la luz. No dice nada.
Yo tampoco apago la luz ni digo nada. Paso las siguientes horas mirando la pared.
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La mañana siguiente cuando Peeta entra en mi habitación yo ya me encuentro despierta.
— El desayuno está listo, ¿necesitas que te ayude a bajar?
No pregunta si deseo levantarme, o si tuve pesadillas, y de cierta forma es un alivio, la imposición de tener que hacerlo y no tener un conflicto interno para decidir si tengo las fuerzas para hacerlo.
— No. Yo lo haré, necesito ir al baño antes.
Mi voz se oye ronca pero si él lo notó no lo comenta, simplemente sale de la habitación.
Cuando lo alcanzo en la cocina, aún en los pijamas, él está sentado en la mesa, sorbiendo de una taza.
— ¿Qué quieres tomar Katniss? —dice levantando la mirada.
— Lo que sea que tú estés tomando —digo sentándome en la silla frente a él, la que tiene un plato puesto.
— Mmm, yo estoy tomando chocolate caliente, pero no sé si eso te caerá bien —murmura con el ceño fruncido— Se supone que debes empezar consumiendo alimentos que tu cuerpo no rechace, ¿qué tal un té de hierbas? Podemos agregarle leche y algo de miel.
— Claro, lo que sea Peeta — aunque siento ganas de decirle que yo puedo hacerlo, su cocina es más íntima que su dormitorio, y no me atrevería jamás a irrumpir en ella.
Cuando deposita una humeante taza frente a mí noto que el día está algo gris, seguramente va a llover en cualquier momento.
Al lado de la taza pone un plato con huevos revueltos y guisantes, un pastel individual de manzana que fácilmente alimentaria a tres personas y un tazón con frutas diversas pulcramente cortadas en pequeños trozos.
Inmediatamente sé que no podré acabarlo y que habrá conflicto. Opto por empezar por los huevos.
A medida que Peeta ve que aunque voy algo despacio, mantengo un ritmo constante y que ya ingerí más de la mitad del plato, se revuelve en su asiento y me mira.
— Katniss, debemos hablar de cómo haremos que esto funcione —dice revolviendo su taza.
Yo levanto la cabeza y asiento.
Suspira.
— A decir verdad, el programa que tienen preparado para ti es bastante riguroso. Es un plan completo de acompañamiento, y abarca diversos aspectos — su voz suena desapegada y objetiva, como si estuviera repitiendo algo que le han dicho muchas veces— Verás, hay objetivos a largo plazo, y metas a corto y mediano plazo. Cada vez que cumples con ellas, vas avanzando, y obtienes más libertades.
— ¿Qué metas?
— Es complejo Katniss, es bastante exhaustivo y va a requerir que pongas todo de ti misma. A veces pienso que no quieren que lo logres.
No sé si eso se le escapó o no, pero luce conflictuado.
— Explicamelo Peeta —digo despacio.
Vuelve a suspirar.
— En principio, tienes las píldoras. No puedes saltarte ninguna, ni una sola vez, es un régimen de administración preciso y ellos sabrán si no cumpliste. Tienes vitaminas, analgésicos, y pastillas reguladoras. Los analgésicos solo son provisorios, por los golpes. Las vitaminas que tomas son tres, las dos de anoche y una que debes tomar en unos momentos. Si recuperas tu peso, y te alimentas bien, seguramente puedas dejar de tomarlas también.
Pasa una de sus manos por su cara. Mi mirada sigue fija en él.
— Luego viene la parte que no te gustará, que son las reguladoras. Son un par de pastillas, más que nada antipsicóticos y antidepresivos. Una de ellas es blanca, una azul y la otra rosada, pequeñas y redondas. Las debes tomar a las tres juntas por las mañanas apenas acabes de desayunar. Y debes, óyeme, debes, hacerlo. Ellos sabras si no lo haces.
De más está decir, no me gusta para nada, odio los medicamentos para locos. Me hacen sentir atrapada y sin vida. Abro mi boca para replicar, pero Peeta levanta su mano.
— Esta es la otra parte médicamente, cada 5 días, como ya te dijo la doctora, debes hacer un análisis, irás al centro y ellos harán sus pruebas— un nudo se atora en mi garganta, peor que las pastillas son los test y los exámenes médicos, empiezo a sentir mi respiración agitarse y mis pupilas se dilatan; Peeta debe sentir el miedo pues se apresa a continuar— No te preocupes, son quince minutos, según dijo la doctora, son solo muestras de orina y algunas preguntas.
Ahora estoy mortificada. ¿Era necesario que hablaran con Peeta de mi orina?
— Más detalles no tengo, deberás hablar con la doctora Hook, pero creo que es más que nada para ver si tomas las pastillas.
Asiento levemente, y revuelvo con mi tenedor el boll de frutas, pinchó un pedazo de pera y lo llevo a mi boca.
— Después de eso tienes una o dos veces por semana, de acuerdo a lo que decidan, cita con un médico psicólogo, dijeron que debíamos ir juntos la primera vez, mañana. Luego tienes tu plan de alimentación y de ejercicios —ante mi cara de incredulidad él asiente — Nada excesivo, pero quieren que aumentar tu resistencia.
Dejo el tenedor en la mesa, sabiendo que no podré comer nada más, así que Peeta se levanta y me trae las píldoras que acaba de mencionar, son cuatro.
Una a una con mucha reluctancia las tomo. Cuando termino lo miro a los ojos como esperando alguna crítica.
— No sé bien cuál es el objeto de vivir juntos— dice, y noto cierta amargura en su tono de voz—, pero supongo que la parte del "acompañamiento" la explicaran mañana, por lo pronto debes apegarte a lo listado. ¿De acuerdo?
— De acuerdo— digo y apresuradamente agrego— Peeta, yo no quería esto, no…
— No importa— tajantemente me corta— Es en la situación en la que estamos y creo que ellos también querían asegurarse de controlarme a mí. No eres la única en uno de estos programas Katniss.
Claro. Tonta, y mil veces tonta. Él también tuvo un episodio hace poco, seguramente también lo intervinieron y lo están controlando, esta es la forma del Capitolio de tenernos en una correa a ambos, haciéndonos cargar con él otro, porque si yo fallo Peeta también lo hará, y viceversa, y tendrán excusas para llevarnos a ambos. Manteniéndonos como un equipo logran facilitar su trabajo. Para bien o para mal.
Y por supuesto que Peeta ya lo notó. Tengo la certeza de que si él hubiera nacido en el Capitolio toda esa creatividad se hubiera usado en el sucio juego de la política, como una figura carismática que maneje las masas. Peeta entiende esto a una escala mucho mayor que yo.
— Está bien. ¿Qué haremos con mis cosas y con Buttercup?
— Pensé que deberíamos trabajar en ello hoy; ver qué quieres traer, qué necesitas adquirir y cómo vamos a organizar nuestros tiempos.
— ¿A qué te refieres Peeta?
Otro suspiro pesado.
— Mira Katniss, la cuestión es que al menos tenemos cuatro meses de convivencia —mis ojos se agrandan y mi ceño se frunce.
— ¿Y para qué tanto tiempo? En un par de semanas ya voy a estar totalmente recuperada y tengo mi propia casa y mis cosas, puedo encargarme de tomar las píldoras, no es como si pudiera evitarlo —mi voz sale en un siseo, molesta.
— No es como si ese fuera tu mayor problema —Peeta me responde molesto— Supongo que recuperar tu salud física ha de ser una de las metas más importantes, pero es a mediano plazo, a largo plazo pretenden lograr que estés saludable y estable —recalca 'estable'— en todos los aspectos.
— Bonita forma de llamarme loca, Peeta —digo y mis puños se cierran sobre la mesa.
Su mandíbula se tensa y sé que esta apretando los dientes, se endereza más en la silla.
— Si quieres ponerte en esa posición, y empeñarte en que todos estamos contra ti, bien por ti. Solo te harás las cosas más difíciles a ti misma. No voy a intentar convencerte de nada más Katniss, eso se terminó para mí, tu egocentrismo es cosa tuya.
Respira pesadamente por la nariz, y veo sus fosas nasales abrirse antes de que continúe. Su voz sale más baja y controlada esta vez.
— Acepté esto para ayudarte y porque quiero que estés bien, sé por lo que pasaste, pero voy a recordarte que yo pasé por las mismas cosas, tal vez peores, o tal vez no. Pero no puedo seguir posponiéndome por ti, Katniss. Voy a ayudarte y acompañarte solo hasta el punto en que quieras mi ayuda y mi compañía.
— ¿Y si no la quiero para nada? —pregunto y odio el tono prepotente de mi voz.
— Entonces tienes hasta mañana para decidirlo y decírselo al médico —el tono de voz cortante y decisivo con que lo dice me hace pensar que no hay más chances.
Peeta se levanta y comienza a juntar la mesa, poniendo las sobras en pequeñas fuentes, guardando algunas en la heladera y otras sobre la mesa en un pequeño bolso (seguramente que llevara a alguien en el pueblo). Luego de eso, lava los platos y las tazas, pasa un trapo por la mesada y finalmente por la isla, donde yo sigo sentada, mirando al frente.
Se queda parado al lado, a una distancia prudente pero a la que podría alcanzarme si lo quisiera, con la rejilla en la mano y una expresión cansada.
— No puedo luchar contra ti en esto Katniss. Si quieres intentarlo, lo haremos juntos, como un equipo, como siempre. Si no quieres…—su voz se pierde unos segundos— Si no quieres, debes decidirlo y al menos sacarme de en medio. No puedo ayudarte más allá de mis posibilidades, no quiero hacerlo tampoco. Si decides que quieres hacerlo, que vale la pena hacerlo, yo estaré contigo en el camino.
Al levantar mis ojos, veo sinceridad y agotamiento, veo solo un poco de esperanza, y veo miedo e incertidumbre. Nuestros ojos se conectan y no sé qué decir, pero sé que Peeta ya no tiene más que decir.
— Voy a la pastelería, piénsalo y hablamos luego Katniss. Vuelvo en un par de horas.
Con ello se da vuelta, enjuaga el trapo y toma el bolso con las sobras y otras cosas que no ví, se lo carga al hombro y sale de la cocina.
Segundos más tarde oigo la puerta de entrada abrirse y volver a cerrarse.
¡Hola!
Cuanto tiempo a pasado desde la última vez que subí un capítulo no sé, y en todo este tiempo las veces que recordaba Ff pensaba en si debería simplemente borrar las historias y mi cuenta, u oficialmente notificar que no las continuaría, viendo que no iba a ningún lado con ellas; por una cosa u otra ayer abrí mi cuenta y me encontré con sus reviews y PM, y como honestamente no recordaba en que quedó la historia, me puse a leerla. Fue como leer un fic ajeno, realmente me sorprendió de una manera grata, aunque el desarrollo es un poco tedioso y lento, al leerlo todo junto era más o menos aceptable.
No sé si porque el día está lluvioso y o porque no tenía ganas de estudiar ni de pensar en los problemas de mi vida, me encontré con un documento en blanco que en un par de horas terminó así.
Así que bueno, aquí está, solo me queda decirles que lamento que la historia haya quedado tanto tiempo en hiatus. Como siempre saben que adoro leer sus comentarios y opiniones, ¡muchas gracias por leer!
