¡La inspiración vino hacia a mí! Fue efímera y tenía que atraparla. Les juro que tenía que escribir la continuación ;u; antes de que se me fuera la idea de la descripción.
Anime: Osomatsu-san
Pareja: KaraIchi y otras a lo largo de sus entrañas
Advertencias: Creo que ninguna, quizá un rastro de O.C entre las personalidades de los Matsu.
-Tiene fantasía, juego mucho con la realidad y el universo alterno. Creo que es mi segundo intento de fantasía ya que el primero no salió tan bien, espero que éste si TuT 3
-Mención de mitología griega, sin embargo, sólo tomé prestado los nombres, el contexto de de éstos se tuercen y tienen otro significado aquí.
Como ya dije, ellos aquí no son hermanos, era necesario quitar ese lazo de hermandad para la coherencia de la historia ;u; Aun así, eres bienvenida a leer la historia cuándo gustes.
Disclaimer: Osomatsu-san no me pertenece, los derechos de propiedad intelectual pertenecen a sus respectivos creadores y animadores.
Sin más, disfruta la lectura
Capitulo
Heras y Moiras
—Hace mucho tiempo atrás, la diosa de la vida había creado de pedazos zurcidos de su ropa seres esplendorosos con la habilidad de avivar lo que perecía entre las manos de la muerte, perturbada, de que sus hijas cayeran en manos ajenas y con intenciones corrompidas por la avaricia, depositó su creación en el único ser que se le podía encomendar esta misión. Karamatsu, el padre más apuesto y amable de todos, desde luego, aceptó el favor que la diosa le dio, y acogió a esos pequeños infantes en su regazo, alimentándolos y criándolos como si fueran de él, pero era de esperarse que el dueño del tiempo, malicioso, y arbitral, jugará en su contra, y no era menesteres mencionar que esos retoños que el padre vio y crió como si fueran propios, culminarán creciendo más rápido de lo que él esperaba, aprendieron a convivir y mezclarse entre los humanos, logrando pasar inadvertidos por la soberanía de la iglesia. No obstante, no todo es color de rosa, esas hadas terminaron enamorados del pa... —una fuerza de coalición, segundos efímeros, y su rostro siendo estrellado con ímpetu con la portada malbaratada de ese grueso libro de sala. —¡Ichimatsu! ¡eso dolió! —se quejó, sobándose su enrojecida nariz.
— ¡Si vas a contar la historia, cuéntala bien Cacamatsu! —le gritó.
—De acuerdo ... — el padre pasó unas cuantas hojas mal cosidas, y en un carraspeo bajito, comenzó quedito — Llegan de improvisto, quedan estancadas entre la naturaleza y la felicidad. Son traviesas, y en el día, migran por los campos reviviendo el fruto que cosecha el hombre, les gusta ver la vida florecer, un mundo de abigarrados capullos. Ellas revoletean alegres y cándidas, vibran estrepitosas sus chillantes alas con libertad, vistiendo en costuras de telas que demuestran la esplendorosa belleza de su ser, corren apresuradas por los senderos, su blanca vestimenta se remueve con gacela al mover su cuerpo por el aire, pomposas, le gustan ser idolatradas por todos. Se mantienen saltando por los opulentos retoños, juguetean con la hierba, rien con las flores, sus caricias, furtivas y pequeñas te regalan trozos de vida. Pedacitos zurcidos que se avivan al pasar del día, y aminoran el dolor de tu alma, ellas florecen imperiosas sobre una noche oscura. Ellas son...-
—¡Nosotros!
—Déjalo terminar, Jyushimatsu.
—Ellas son las «Moiras»
—Tenemos un nombre tan horrible como el tuyo, Karamatsu —Se burló Ichimatsu.
—Pero ...Querido viajero, presta atención —Continuó Karamatsu al someterlos en un ámbito tranquilo —, no todos son colores sobre el aire, inclusive las flores también mueren de envidia —recitó —, después de todo, existen seres leoninos corrompidos por la maldad. Asquerosos y ruines.
Ichimatsu metió su cabeza entre la brecha de espacio que había sobre sus rodillas curveadas y su peto. Escuchando abstraído los relatos gentiles del padre Karamatsu. Jyuuchimatsu se sentó mejor sobre la madera añosa y Choromatsu, calmado, no quiso decir algún comentario coherente o ególatra de su cosmovisión.
—Entonces, en una oscuridad aterradora, cuando las Moiras duermen después de jugar enérgicas en el bosque. Ellas se deslizan por el césped oscuro, ¡Ten cuidado! Ellas te envuelven con su gélida mirada de plata, vestidas de harapos añejos y sucios que apenas y cubren la demacrada piel traslucida, recorren sosegadamente en busca de tu muerte; Sus pies descalzos caminan con jactancia por los campos putrefactos de frio. Cuando nos hundimos en oscuridades apretadas de luz, ellas se vuelven inalcanzables, se vuelven inmateriales y tacitas.
Entonces, sus enjutos labios rozagantes, te besan, te hurtan maliciosamente el último suspiro de vida y tu aliento perece en una inasible mariposa que lleva dentro de ella: Los pedacitos de tu arrebatada alma destruida.
— ¡Oh por madre! —exclamó Choromatsu, realizando una pequeña mueca de disgusto en su cara sorprendida al culminar de escuchar el relato —, realmente se escuchan horribles —masculló, asintiendo en voz baja —, ¿en serio pudren todo lo que creamos?
—Malditas —bramó Ichimatsu.
—Todo. Todo lo que ustedes avivan, perecerá ante su roce. Después de todo, es deber de la muerte destruir lo que vida crea.
—¿Y por qué hacen eso?
—Son seres ominosos que sólo quieren ver el mundo en cenizas, quieren verlo tan triste cómo ellas lo están.
—P-Pero, ¿cómo le haremos?
Los tres chicos parecían carecer de poder crear alguna articulación inteligente, y sòlo se sumergieron en un pútrido silencio. La idea de enfrentarse a seres oscuros, en el fondo, aterraba a las entidades de luz.
—Eso... —Los tres se acercaron al padre de lentes de sol. Pacientes, querían escuchar alguna sapiencia o consejo que pudiera otorgarles —, es un solitario sendero que ustedes tendrán que descubrir, mis bellas flores.
Afonía.
—Sabía que mis consejos servirán de ayuda, después de todo, es mi destino y lo acepto.
Karamatsu pudo haber seguido fanfarroneándose sin medida, de no ser por una imperita voz que resonaba en el recinto con un cortante;
—Cacamatsu
—Idiota
—iYa quiero destruirlas!
— ¿¡Cómo que destruirlas?! —se alteró Choromatsu, levantándose de la cama para mirar a los otros dos de la habitación. —, ¡¿sabes quiénes son?! ni siquiera sabes su apariencia —les regañó, impaciente y atónito.
—Son feas —respondió con la alegría que se escurría entre palabras imperativas.
— Jyushimatsu tiene razón —secundó Ichimatsu con una lánguida curva en su boca.
—¿¡Y cómo planean destruirlas?!
—Ni idea, pensé que Choromatsu lo sabía —contestó con el mismo tono, puesto que éste no disminuía a pesar de las riñas del mayor.
— ¡Deja de hacer ese tipo de conclusiones, Jyushimatsu! —estalló sin paciencia el mayor, todo siendo observando bajo la tutela de un Karamatsu quién ahora se reflejaba en un pequeño espejo de bolsillo.
—¡Hey! ¡padre Karamatsu! —chilló estrepitosamente Jyushimatsu agitando sus manos cubiertas por la larga manga oscura. Haciendo girar al mencionando, regalándole toda su atención —, ¿quiénes son ellas?
—¡Excelente pregunta! .-Karamatsu sonrió, jactándose de un conocimiento que ellos no tenían. Pero cuándo su boca se movió, las hijas de la vida decidieron ignorarlo.
—Lo único que quiero saber ... —Empezó Ichimatsu mientras esbozaba una tétrica sonrisa en las puntas de sus labios —, ¿cuándo nos desharemos de ellas?
—Primero, tenemos que tranquilizarnos y saber, ¿quiénes son ellas?
—«Heras» —bajito, lento y sin prisa, Ichimatsu decidió otorgarle la respuesta a Choromatsu.
—Exacto. Ellas son las Heras, las hijas de la muerte.
Continuará
¡Okay! No sabía la mejor manera de darle introducción a los personajes, pero me pareció que fue la manera más correcta de hacerlo, en fin ;u; Si has leído hasta aquí, primero quiero agradecerte por la oportunidad que me has dado.
Y otra pequeña nota que olvidé mencionar, este fic merece créditos de aportación a CremadeChocolate. Sin ella, nunca podría haber hecho esta historia, gracias por la idea 3
¡En fin! Espero lo hayan disfrutado
¡Nos vemos, dulces deseos homosexuales para todos!
