CAPITULO DOS – EN RUTA AL PUERTO

Ya estaban atravesando Curacavi cuando Francisco sintió que debía ir al baño, pero tan solo al levantar un poco la vista se arrepintió de decir algo. La cara de Manuel se veía tranquila, pero un pequeño detalle en los ojos de su amigo le señalaba que si hablaba, la probable respuesta que obtendría sería "Baja la ventana y hazlo", por tanto se abstuvo de cualquier comentario. En cambio trató de concentrarse en otra cosa, como en la mano de Miguel que se entrelazaba con la suya hace unos kilómetros, sonrió y le acarició el dorso mientras buscaba su mirada. El chico miraba por la ventana pero al sentirlo se volteó hacia él sonriendo luego de una forma coqueta. Miguel de pronto se soltó del agarre y su mano fue descendiendo por la pierna de Francisco, llegando a la rodilla y luego devolviéndose cerca de la pelvis. Francisco inmediatamente se sonrojó y sintió con mayor urgencia las ganas de una parada.

- Oye, ¿Por qué no vamos a Reñaca, pibe? ¡Eso estaría mejor! ¿No? –Decía el rubio sin ser tomado en cuenta por el piloto, en vez de eso.

- ¿Qué le estás haciendo a Pancho allá atrás? –Preguntó Manuel al ver por el espejo las mejillas del chico.

- ¡Ay, chileno! ¡Vigila el camino quieres! De tu amigo me encargo yo –Comentó Miguel mientras reía juguetón.

- ¡Oye, Miguel! ¿No tenes algo de comer allá atrás? –Preguntó Martín mirando por el retrovisor.

- Hace poco tomaste desayuno ¿Y ya tienes hambre? –Cuestionó el peruano aún masajeando la pierna de su novio.

- No fue hace poco mierda, más lo que nos demoramos cargando sus cuestiones al auto, así que no seai amarrete weon, pásate un plátano o los huevos duros que están allá atrás

- ¿Los míos o los de Francisco? –Dijo pícaro.

- ¡¿Miguel?! –El sonrojo de Panchito gracias a esto fue mucho más evidente.

- ¡We-weon! –Chilló el conductor con las mejillas ardiendo al tiempo que su copiloto solo reía recibiendo los huevos cocidos y la sal.

- Che, ¡Abrí la boquita, Manu! –El rubio habló meloso y acercó su mano a la cara del moreno enfurruñado.

- ¡No soy na guagua pa que me estés dando vo, weon! –Se quejó moviendo la cara a un lado cuando esa mano blanca estaba frente a su boca.

- No seas pelotudo y abrí la boca, pibe –Después de una corta lucha el chileno obedeció y se dejó alimentar mientras fruncía el ceño con fuerza. Atrás Francisco se negaba a aceptar cualquier comestible, mucho menos algún líquido, solo quería ver pronto Casa Blanca para estar un poco más tranquilo.

"Dos horas cuando mucho, Francisco, son solo dos horas" Repetía en su cabeza empezando a morder sus labios. Estaba tratando de olvidar su incomodidad y la picazón que subía por su pie cuando Manuel le habló.

- En todo caso, Pancho, ¿Dónde era que estaba el hotel? –El mencionado dio un respingo y miró nuevamente al espejo.

- Cerca de la plaza Soto Mayor, creo…

- ¿E hiciste la reservación? –El silencio que se formó después hizo al chileno mirar por el retrovisor y buscar a su amigo- Fran… ¿Llamaste al tipo, cierto?

En la cara del chico se podía leer la respuesta, más evidente aún su nerviosismo gracias al problemilla que acarreaba hace miles de metros.

-Ah, creo que… -No sabía cómo decirle que lo había olvidado, así que solo sonrió y Manuel comprendió todo.

- ¡Weon de mierda conche tu madre! ¡¿Dónde querí que nos quedemos entonces, jetón?!

- ¡Oye, no le hables así a mi…!

- ¡Le hablo como quiero, mierda! ¡Lo conozco desde hace más del triple de tiempo que tu llevai saliendo con él, weon!

- Bu-bueno, Manuel, cuando lleguemos allá veremos… -Francisco trató de calmarlo, claro que no le salió bien.

- ¡¿Ver qué?! ¡Cuando lleguemos no va a quedar ni una bodega desocupada hasta Con-Con! –Y así fue que obligó a su amigo a buscar el número del contacto que tenían, quien les dijo que ya todo estaba lleno.

Ante esto Miguel también cayó en cuenta de la "gravedad" del asunto, le dio un golpe en el brazo a su novio, sorprendiéndolo- ¡¿Cómo se te pudo olvidar, carajo?!

-¡¿Tú también, Migue?! –Su voz se escuchó algo baja al morder su labio, estaba contrariado tratando de soportar el estrés que la discusión le provocaba y la presión que volvía a sentir en la entrepierna. De pronto el auto se llenó de los gritos de Manu y Migue que juntos atacaban al pobre Francisco que estaba más concentrado en otra cosa que en responder.

- ¡Ya cállense, par de viejas locas! ¿Qué más da? ¡Veremos algún hostal o un hotelucho por ahí, por último pagamos un motel! –Terminó gritando Martín- ¡Vaya!...

Después de eso en el auto se mantuvo el silencio hasta un poco más allá. Cuando por la ventana Martín comenzó a ver un montón de locales que ofrecían comida y se le hizo agua la boca, miró a Manuel suplicante e insistentemente hasta que este se dio cuenta.

- ¿Qué querí?

- ¡Paremos a comer! ¡Muero de hambre! –Exclamó de forma teatral colocando la mejor cara de dolor que sabía y oprimiéndose el estómago. El chileno lo habría mandado a la mierda si no fuera porque desde que probó el huevo duro la saliva se amontonaba en su boca. Pararon un poco más allá, el auto no había terminado de detenerse y Francisco levantó el seguro para salir corriendo al interior del local, sin percatarse que había tirado y arrastrado algunos chalecos por el suelo en su carrera.