CAPITULO TRES – EL HOSPEDAJE

- Oye chileno, te digo que había uno atrás –Miguel se había quitado el cinturón de seguridad para inclinarse hacia el asiento del piloto y tocarle el hombro.

- Ya fui pa atrás y llegamos al reloj de flores, weon ¡No hay nada allá! –Exclamó Manuel en tono fuerte y con la rabia a punto de salir en palabras de su garganta. Se iban a gastar toda la bencina buscando un tonto hotelucho.

- Es que vas tan rápido que no alcanzamos a leer… -Susurró Miguel… al lado de su oído para molestarlo.

- Hijo de…

- ¡Les digo que nos quedemos allí, che! –Martín señalaba el mismo motel que llevaba tiempo sugiriendo cada vez que pasaban frente a él, que habían sido muchas veces porque, cómicamente, en todas sus idas y vueltas siempre terminaban usando esa calle y esa esquina.

- ¡Que no! –Gritaba el resto cada vez que pasaban.

- Si estos dos duermen juntos, no sé cómo se las van a arreglar, ¡Pero vamos a volver con guagua a Santiago!

Las risas del argentino estallaron mientras Miguel golpeaba el brazo del chileno y se escuchaba el ¡No se molesta al conductor, jetón! y ¡Me importa un carajo!

Los dos a la izquierda estaban ocupados en pelearse y el copiloto en reírse, por lo que fue Pancho quien vio ese rojo y bendito cartel de "se arrienda".

- ¡Gracias, pibe, nos salvaste! No te preocupes, dejaremos la casa tal cual nos la entregaste –Martín se despedía del arrendatario de verano en la puerta de la casa, usó todo su encanto transandino para conseguir que el hombre se presentara en menos de dos horas y obtener una maravillosa rebaja. Ya habían bajado las maletas del auto y estas estaban esparcidas por la sala, en el piso y sobre los sillones. Miguel estaba sentado en un pequeño espacio del sofá, con el rubio se miraron por unos treinta segundos cuando Francisco y Manuel volvieron.

- ¡Muy bien! ¿Quiénes dormirán en el cuarto matrimonial?

- ¡Nosotros! –Miguel se levantó de un salto con su mochila al hombro y sujetó a su novio del brazo tirándolo hacia el pasillo, al menos lo intentó, porque Manuel los detuvo antes que entraran.

-¡Párate ahí fresco de raja! ¡Ni cagando los dejo a ustedes dos juntos!

- ¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! –Ambos chicos se pusieron frente a frente desafiándose con la mirada.

- ¿Te digo por qué? No vas a dejar dormir a media cuadra estas tres semanas po weon, por eso.

- Si ese fuera tu problema solo ponte unos tontos audífonos –Ambos sonreían, pero no de forma amistosa- Lo que pasa es que estás celoso, porque no tienes con quién hacerlo pero tu amigo sí –Bajaron la voz y ahora solo hablaban entre ellos- ¿Verdad, Manuel?

- Si piensas eso entonces no cuentes dinero frente a los pobres, Miguel.

- Hazte a un lado.

- Quítame.

- ¡B-bien! ¡Bien! ¡Basta! –Martín se acercó y lenta y cautelosamente apoyó su mano en el pecho de cada uno alejándolos un poco. Cuando ambos dejaron el contacto visual el argentino miró al chileno- ¿Entonces qué propones, Manu, para dejarle algo de virtud a Francisco? –La sonrisa juguetona del chico logró calmar un poquito más al flaquito.

- Que tú duermas con Miguel allí, o yo con Francisco, así no tendremos problemas con el libertinaje –Lo último lo hizo mirando al peruano.

- Uhm… me parece bien –Dijo Martín consiguiendo una sonrisa de parte de Manuel, con eso el peruano estuvo a punto de gritarle "¡Vendido! ¡Y por unas patas flacas!".

Después de un cachipún, Manuel y Francisco fueron únicos dueños del cuarto grande.