COLAOS DE MIERDA – FERIA

Como las finanzas no daban para pagar un restaurante ni una picada todos los días, no hubo de otra que salir a comprar para llenar el refrigerador y poder cocinar aunque fuera un pollo con papas.

-Martín, estamos adentro del super po weon, sácate esas cagas de lentes.

-No, todavía están marcados los del otro día.

-Ash… -Manuel rodó los ojos y siguió con el carrito hasta donde podía ver que estaba el azúcar y la sal- No serías el primer aweonao que queda como mapache luego de un día en la playa –La verdad es que Manuel tenía que aguantarse una carcajada cada vez que miraba a Martín con el borde de sus ojos más blancos que el resto de su cara, sus piernas de Tuyo* o cada vez que se quitaba otro pedacito de piel descascarada como si fuera una serpiente. Era ridículo, y un poquito adorable, de cierta manera.

-Bueno déjatelos, y anda a buscarte unos fideos y el arroz, voy a sacar unas vienesas… ¡Y trata de no asustar a nadie en el camino! No quiero que vengan a buscarte los pacos por presunta sospecha –Bromeó y escuchó a Martín murmurando mientras se iba al otro pasillo en busca del encargo.

-"Presunta sospecha", cada vez hablan peor estos boludos…

En cuanto Martín desapareció detrás del estante, Manuel se permitió soltar unas risitas detrás de la bolsa de azúcar.

El pie lo estaba matando, y si Miguel decidía que necesitaba darse una vuelta más por la feria en Av. Argentina estaba seguro que iba a ponerse a llorar. Pero lo resistía como un hombre… aunque no le haría mal que su novio se apresurara en elegir las verduras que iba a querer para poder volver al auto de una vez.

-¿Estás bien mono? Te ves un poco pálido –Preguntó Miguel mirando de reojo a Francisco mientras elegía los zapallos que iba a llevar. Trató de convencerlo de quedarse con Manuel en el supermercado ya que no los escuchó cuando le propusieron quedarse en la casa descansando, pero insistió en acompañarlo. Ahora lo veía cojeando detrás de él cargando las bolsas y no sabía si hacerlo a un lado y mimarlo un poco, o darle un golpe y hacerlo caminar un poco más por huevón.

Para cuando regresaron al auto los cuatro, Manuel tenía un dolor intenso en el estómago por reírse tanto de Martín y de los comentarios que un pendejo le había hecho a su mamá al verlo merodeando el super, algo como "la mafia sí existe mamí, te lo dije", y Francisco mostraba las mejillas húmedas por las pequeñas lagrimitas que se le escaparon.