La verdad es que esta historia rompe el molde de mis trabajos habituales por muchas cosas.
a) Los capítulos no tienen título.
b) Puede interpretarse de muchas maneras.
c) Cada vez hablo menos como Carrie.
Este capítulo indaga en Miyako y no todo sigue un orden cronológico. ¡Disfruten!
Y así les va
Miyako
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Habíamos bebido de más.
Ninguno de los tres aguantaba muy bien el alcohol.
No conocíamos a todos los amigos de Taichi y los nuestros —en común— estaban metidos en sus propios mundos.
Daisuke y yo no sentíamos cohibidos como nunca, Ken… Ken estaba siendo Ken.
Me senté en un sillón, me molestaba el maquillaje, me picaban las orejas por los aretes y odiaba especialmente lo mucho que mi maldita falda ceñida insistía en subirse por mis muslos. Daisuke y Ken se sentaron frente a mí, ambos mirándome, Daisuke mencionó algo de que podría amarrar mi cabello más a menudo, Ken sugirió que las gargantillas me vendrían perfectas.
—Bah, sólo porque tiene el cuello largo como una jirafa —Daisuke es un imbécil insensible, pero así lo queremos y ya estamos todos acostumbrados.
Habíamos bebido de más…
—Nunca he besado a un chico —soltó como si nada Ken, traía las mejillas rojas y el equilibrio errático, le ofrecí mi lugar pero negó—. Se te subiría la falda. Bonitas bragas, de cualquier forma.
Me llevé las manos a las sienes, Daisuke se movió y lo besó. Yo me quedé helada.
—Ven —me tomó la mano para que bajara mi cabeza—. No te voy a morder… bueno, si no quieres.
Me reí, estuve incómoda toda la noche. Ken se miraba los pies, envueltos en sus calcetas grises.
—Me dan ganas de ponerte calcetas con florecitas, las más chillonas que encuentre —me reí hasta que los labios tibios de Daisuke tocaron los míos.
—Quería hacerlo —ladeó la cabeza primero, luego apoyó la frente en mis rodillas—. Voy a darte de comer hasta que estas rodillas no sean un dolor de cabeza.
—… idiota —suspiramos Ken y yo, luego entrelazamos nuestros dedos.
Nadie nos miraba. Esta vez, nosotros lo besamos a él, luego nuestros labios se encontraron luego de un buen par de años.
Y así, comenzó todo, porque Daisuke es un idiota, Ken no puede dejar de vigilarlo para que no haga idioteces y yo… yo no quiero perderme de nada.
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—Toma —pasó por mi izquierda (por alguna razón, me sobresalta que lo hagan por la derecha) y dejó una taza de té con canela al lado de mi laptop—. No has dormido.
Tomó una silla y se sentó a mi lado, su cabello lacio me hacía cosquillas en las mejillas. Bostecé y tomó la mano con la que me cubrí la boca, mordiendo las puntas de mis dedos.
—¿Y Daisuke? —Pregunté, mirándole. Recién noté lo cansada que estaba.
—Duerme como un maldito condenado, fui a despertarlo pero ni se movió —ahora, besaba la palma de mi mano—. Y tú, deberías dejar de trasnochar por estar programando.
—Koushirou-san me pidió esas coordenadas, es puro trabajo —lo besé, aún olía a frío y a nieve.
—Lo de Koushirou-san puede esperar, ¿quieres ayuda? —Daba igual si Daisuke se despertaba, ya sabríamos mimarlo.
—Vienes de trabajar y estás helado, ¿vas a la cama? —Tomé la taza de té y la puse entre mis manos. Yo estaba tiritando de frío porque olvidé poner la calefacción de la sala.
—Contigo, sí. Ya lograremos correr a Daisuke hacia alguna orilla. O al medio. Como sea —puso sus manos alrededor de las mías.
Nos volvimos a besar. Sus besos con olor a nieve y su nariz roja y helada me gustaban casi tanto o más que sus caricias íntimas. En invierno, casi siempre estaba con la nariz, las manos y los pies fríos, pero en esos meses era cuando podíamos verlo más apasionado. No le molestaba que ni Daisuke ni yo quisiéramos quitarnos toda la ropa por culpa del frío ("oye, que el sexo con los calcetines puestos tiene su encanto", trata de confortarnos).
Bebimos el té a medias y nos fuimos a la cama, nos acomodamos cada uno al lado de Daisuke y, a propósito, nos apoyamos medio sobre él para besarnos y acariciarnos las espaldas. Eso lo despertó.
Después de todo, el sexo invernal y de madrugada sí va bien para entrar en calor. Como siempre, acabé entre los dos, piel con piel. Así no se puede estar preocupada ni mucho menos sentir frío, ni siquiera con la nieve cubriéndolo todo.
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Lloré largamente sobre las rodillas de Daisuke, Ken me acariciaba la espalda mientras Daisuke me peinaba con los dedos. Estaba tan… dolida y decepcionada. No pensé que mis propios padres se lo fueran a tomar tan mal.
«Para estas mierdas, mejor ni vuelvas a esta casa», me gritó mi padre, ya temía que fuera a golpearme de un momento a otro. Mis hermanos quedaron de visitarnos al día siguiente, pero supuse, con el corazoncito en un puño, que la relación con mis progenitores se fue al garete de manera permanente.
Lo conté por mejor, porque estaba feliz con mi vida, porque estaba al lado de dos chicos únicos que me querían con todo y defectos, dos hombres que me amaban por igual, tanto como yo los amaba a ellos. Pero mi madre no escuchó todo y su mano abierta fue a parar a mi mejilla. Mi padre me gritó cosas terribles, si no fuera por Chizuru y Mantarou… Mis hermanos me sacaron de la casa como pudieron y me dejaron en la puerta de mi hogar, los abrazos y besos fueron más cálidos que nunca.
—Tu familia ahora, somos nosotros y tus hermanos, Miya, fin del asunto —cuando quería, Daisuke podía ser bastante dulce—. Con todo respeto, tus padres pueden irse a la mierda.
—Desahógate, llora lo que quieras y necesites, Miyako, pero… no llegues a pensar en que hacemos mal. Te amamos, nos amas, ¿qué tiene de malo?
Esa tarde, me quedé contenta con ese razonamiento y, pese a que la temperatura pasaba de los treinta grados, dormimos los tres muy abrazados al caer la noche.
Desperté de madrugada, todavía acosada por las palabras de mi padre, porque tenía calor —los dos, en ningún momento, me soltaron— y porque necesitaba despejar mi cabeza.
Esa fue la primera vez que me cuestioné. Los cuestioné. Nos cuestioné. ¿Estábamos tan mal?
Le toqué un brazo a Ken y despertó casi de inmediato, entre los dos despertamos a Daisuke. Conversamos hasta muy entrada la mañana, ambos me hicieron prometerles, entre besos y caricias, que nunca más pondría en tela de juicio lo nuestro por culpa de alguien más, que al final, sólo importaba lo que sentíamos y lo que nosotros mismos opináramos de todo esto. Entre besos y caricias, les prometí que nunca más iba a dudar por culpa de otros.
Y no volví a dudar, hice oídos sordos, pero sigue indignándome a veces que se hable a partir de tanta ignorancia. Entonces, Ken me sostiene una mano, la aprieta y me dice que me calme, luego Daisuke ufana en casa, diciendo a quién le hubiera partido la cara y cómo lo hubiera hecho. Sé que lo hace por ponerme de buen humor. ¡Y le funciona!
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—Oye, ¿qué haremos el día en que queramos… ya sabes, tener hijos? —Ken estaba trabajando de noche, así que con Daisuke aprovechamos de ordenar la casa.
—No sé —me sinceré, la maternidad era algo que sólo ocasionalmente se asomaba por mi cabeza—, podría tener uno y uno, si sabes qué quiero decir…
Lo dije por decir, la verdad es que ni siquiera lo había pensado a fondo porque era lo suficientemente egoísta para querer seguir siendo tres, no cuatro, no cinco. Y porque las palabras de mi padre volvían a mi cabeza como puñales.
—Podría ser, seguirían siendo nuestros —le sonreí al escucharlo y terminé de mover los sillones pese a que tenemos pocas visitas durante el año—. Uno mío, uno suyo, nuestros al fin de cuentas.
Nuestros. La idea me parecía buena, pero en la práctica, me espantaba un poco. No, me espantaba bastante. Qué iría a saber yo. Parece que lo habían hablado mientras yo estaba en la oficina y estaban de acuerdo en que, si llegaba a darse, sería así. Yo pensaba que nos salía mejor adoptar, pero claro, estaría el problema de la crianza y los prejuicios.
—Dai, sabes… creo que estamos bien así. Sin niños. Al menos de aquí a un tiempo más.
Puso un rostro bastante serio, pero luego me soltó una sonrisa amplia que me dolió un poco, dijo que mejor lo olvidáramos y que yo tenía razón, que así estábamos bien.
Esa fue la primera de muchas desavenencias ahogadas. Nunca dije que lo nuestro sería miel sobre hojuelas y, si las relaciones de a dos ya son un tremendo lío, entre tres, los problemas también se triplican.
Ken lo llamó impulsivo, pero dijo que yo tampoco fui demasiado directa y que, para evitar la discusión que terminamos teniendo, pude haber sido derecha y decir de una sola vez "no". Si no fuera por Ken, creo que esto no tendría un punto de balance. No sé cómo lo hace, pero logra lidiar con dos idiotas de sangre caliente como lo somos Daisuke y yo.
Y desde luego, tener hijos nunca volvió a ser tema. Tras hablar con el dueño de la casa, Ken nos trajo un perro y compensamos, en parte, la sed paternal de Dai.
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Éramos nosotros tres y Miso, nuestro Shiba Inu. Le gustaba jugar con el chorro de la manguera, perseguir moscas por todo el jardín y ladrarle a las mariposas. El jardín lo cuidábamos entre los tres, aunque el más entusiasmado era Daisuke por tener especias y una pequeña huerta. Ken tiene estrictamente prohibido acercarse a la cocina si no hará postres y yo suelo sacarlos de apuros con comidas que bien podrían ser el menú de un hospital o de una cárcel.
—Bueno… la comida insípida y pasada de cocción siempre será mejor que algo que está demasiado crudo, Miya… —Daisuke se ríe y Ken le suelta un codazo en las costillas que lo deja quejándose un buen rato.
—Qué iba a saber yo cómo se cocinaba el pato, ¡es tu culpa por traer pato!
Las peleas bobas de Ken me sacan sonrisas, porque raramente las inicia. Pero bueno, Daisuke se lo ganó por abrir demasiado la boca. Al final convenimos así, para que no existan discusiones sobre la comida.
De todas formas, por la tarde, Ken le pidió disculpas con un tiramisú que le tomó varias horas preparar.
Así nos va, por cada discusión, nos apuramos a pedir perdón y a compensarlo… sólo que yo desconocía cuánto puede mellar este hábito, a largo plazo.
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Miso, al final, se hizo más al lado de Daisuke que de nosotros, no sabemos porque, pero Dai es el más contento por esto. Miso va con él al combini, al mercado al aire libre, al parque y lo acompaña a trotar. A mí me calienta los pies en invierno cuando estoy procesando datos. A Ken le ayuda a cuidar la casa y a alertar de la gente rara que ronda por aquí.
Nosotros tres y un perro. Supongo que no podemos pedir más. Sé que en nuestra ecuación los hijos y los certificados de matrimonio no entran.
—De todas las religiones, ¿a cuántas nos vamos al infierno? —Luego de que todos se fueron, en el cumpleaños de Daisuke, Ken preguntó más ebrio que sobrio.
—No sé, hay un chorrero de religiones y en todas nos vamos al infierno o a algo peor —Daisuke respondió, con la cabeza en mis piernas y las piernas sobre las de Ken.
—Si me voy con ustedes, no le veo realmente el problema —ambos sonríen y estiran sus manos para acariciarme las mejillas.
Nuestra convivencia en sí es como una suerte de infierno diario con trozos de paraíso. O al revés.
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Cuando comenzamos a vivir juntos, nadie, ni siquiera nuestros amigos más queridos de aquel entonces, nos daban más de un año. Algunos subieron la apuesta a dos, pero nadie daba más de tres años a lo nuestro.
Traje al mundo a tres hijos en total, dos de Ken y uno de Daisuke. Suerte que llegaron a una época mucho más tolerante y ninguno distingue un padre del otro. Dos papás tenemos. Y hay una mamá, dicen. Buscar escuelas fue un calvario, pero lo logramos, de alguna manera.
La edad volvió a Daisuke un completo cascarrabias, pero Ken y yo adoramos meternos con él. Bueno, yo tampoco estoy hecha una maravilla, traigo unos cristales realmente gruesos ahora y el cabello se me ha puesto completamente blanco. Ken jubiló hace un buen par de años y nuestros hijos dejaron el hogar hace mucho. Cuando el dueño de nuestra primera casa murió, debimos cambiarnos, ya que los hijos deseaban vender la casa y aún nos faltaban ahorros para tener derecho a comprarla. Ahora vivimos en Kawasaki, como un buen… matrimonio —de tres— viejo y jubilado, aunque para efectos civiles, seguimos figurando como solteros.
Varias veces estuvimos a punto de romper y tuvimos periodos en los que vivimos separados por algún tiempo, sin embargo, el amor fue más fuerte y ahora estamos aquí, en una casa más grande, los tres viejos y arrugados. Uno de nosotros va a morir en cosa de meses a causa de una enfermedad típica de la vejez, otro se olvida de muchas cosas y hasta olvida los nombres de los chicos y los nuestros, el otro, vive más en el hospital que en casa porque su sistema inmunitario va fallando cada día más.
—¿Qué haremos el día en que dejemos de ser tres? —Ken me masajea las manos, la artritis es cada vez más insoportable.
—Esperar —Daisuke aprovecha las horas de lucidez y bebe una taza de té con nosotros.
—Oh, chicos, ha sido sólo una gripe —me río, pero se me caen las lágrimas.
—Neumonía. Neumonía, Miyako. No es cosa de reírse —me regaña Dai.
—Que pase lo que deba de pasar —Ken asiente con serenidad y nos volvemos a sumir en silencio.
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El primero en morir fue él, no resistió la cirugía que, supuestamente, iba a salvarle la vida y a darle un poco más de tiempo para despedirse de nosotros. Ya había asistido a muchos funerales previos a este, pero… este fue especialmente doloroso. Ni siquiera cuando murieron mis padres lloré tanto. Los niños —ya no tan niños— no sabían cómo consolarnos. Éramos tres, ahora somos dos. Temo por quien sea que quede al final, porque la carga será mayor.
—Quiero ser la última —le susurré a Daisuke y él pareció perdido durante unos minutos—. ¿Qué harás así si la siguiente soy yo?
—Se irá quien deba irse primero —dijo, tomándome la mano para ir al taxi y llegar a casa—. De todos modos, ya nos volveremos a ver.
Fue una de las últimas ocasiones en que me consoló y me sonrió para tranquilizarme.
Y al tiempo, se fue él en espíritu primero, pero me quedé. Me quedé hasta el final y sostuve su mano aunque las mías dolían como nunca hasta que de tres quedé sólo yo. Es duro ser la última en irse de la función, es dolorosísimo saber que al llegar a casa, estarás sola.
Sé que acabaré mis días en casa de Natsumi, nuestra hija menor. Sé que es muy probable que no pueda con el sentimiento de tristeza y sé que me ganará mi impaciencia por volverlos a ver.
Sé que nos volveremos a ver, porque creo en ellos, porque los amo a ellos como si fuera aún el primer día.
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Fue un camino muy largo, lleno de cosas tristes y cosas felices, de momentos en que nos entendimos como si fuéramos uno solo y de momentos en donde nos agarrábamos la cabeza tratando de comprendernos siquiera un poquito. Fueron muchos años en los que logramos conocernos hasta el último rincón, física y espiritualmente hablando, formamos un hogar inusual, pero feliz pese a todo. Tuvimos tres hijos geniales, logramos un sinfín de cosas y las alegrías del otro fueron las nuestras.
Sólo me entristeció un poquito no poder llevar sus apellidos o que nunca tuviéramos una ceremonia de bodas como casi todo el mundo, pero sus pieles contra la mía fueron mejor que un millón de vestidos blancos.
Como consuelo, nuestras tumbas están una al lado de la otra. Y en cada una, nuestros niños pusieron:
Juntos empezaron, juntos se fueron.
Honestamente, creo que fue la mejor de todas las frases que pudieron dedicarnos, porque ellos sí sabían.
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La luz me dejó ciega un buen rato, la hierba acariciaba mis pies desnudos y un suave sol le hacía cosquillas a toda mi piel, el aire y su aroma flores, la brisa, la sensación de paz y plenitud.
Y ellos adelante, uno de pie y el otro sentado, ambos con el aroma de la primavera eterna. Han cumplido su promesa y me esperaron.
«¡Buen trabajo!»
«Bienvenida a casa…»
—Estoy de vuelta.
Porque una vida, para querernos, era simplemente muy poco.
Y así nos iba… tanto, tanto amor… dudo mucho que otros hubieran llegado a quererse como nos queríamos nosotros tres.
{ 2 }
A medida que escribía este capítulo (y los otros, que tendrán similitudes), más segura me iba sintiendo del rumbo. Quería algo largo pero realista. Salió esto.
¡Gracias por leer!
Carrie.
