Ojalá fuera igual de responsable con mis retos. En fin, casi acabamos.

¿Advertencias? Háganse de una caja de Kleenex. Sólo esta trama es mía.

Capítulo Daisuke!Centric.


Y así les va

Daisuke

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No conocíamos a nadie, además de a nuestros amigos. Eran amigos de Taichi, compañeros de facultad y gente metida en partidos políticos, uno que otro Niño Elegido de "afuera" y nosotros, todos desperdigados. Siempre acababa cerca de Miyako y Ken, como si fuera un hecho inevitable. Sumando el factor de que estábamos pasados de copas, Miyako estaba molesta, según ella, porque estaba en sus días, esas cosas… que no me dan muchas ganas de saber. Y Ken… bueno, es de los que no se acercan de buenas a primeras, pese a que su profesión se lo exige.

—¿Sabes lo que odio de las fiestas con mucha gente, sobre todo desconocidos? —Miyako sostenía una botella de vodka ice en la mano, no recuerdo cuántas llevaba ya— Que debo beber más de la cuenta para no sentirme estúpidamente cohibida.

—También te gusta ese tipo de vodka… pero el poco alcohol es engañoso —señaló Ken, dejando de lado otra lata de cerveza y se señaló—. No bebas, acabarás así.

Nos reímos de su comentario y él nos devolvió la sonrisa.

Siempre sentí algo en torno a ese par. Cuando salieron, entre la secundaria y la preparatoria, fortalecimos la amistad, en algún punto las cosas llegaron a mostrarse ambiguas, muchos se hicieron ideas de lo que no era… y ellos rompieron, sin dramas ni escándalo de por medio. Faltaba un algo allí, decían (años más tarde, admitieron que era más bien un "alguien" y que se trataba de mí). Luego, seguimos siendo amigos y los lazos entre los tres se fortalecieron más que nunca.

Esa noche fue la primera vez que besé a Ken, pero la segunda que besé a Miyako (el primero fue un mero capricho). Nunca se me pasó por la cabeza que un impulso de mi parte iba a marcar las cosas. O si llegaba a pasar, sería por un rato nada más.

Nunca, nunca, nunca pensé que sería algo de para toda la vida. Me alegra tanto que las cosas salieran bien, al final.

Esa noche fue que comenzamos a ser tres.

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Cuando se supo en mi casa, nadie dijo nada demasiado negativo, pero no fue como si los halagos y las felicitaciones me llegaran a manos llenas, mi familia dijo que el cariño siempre existiría, pero que si fui maduro para decidir que quería amar a dos personas, fuera igual de maduro para aceptar una posible derrota —derrota que ellos vieron más que inminente—. Cerré el asunto invitándolos a comer con nosotros.

Mamá decía adorar a Ken, bromeaba con que era el hijo que siempre le hubiera gustado tener. Jun no podía creer que tuviera un cuñado tan guapo y con Miyako se llevaban de maravilla. Papá fue un poco más reticente al comienzo, pero llegaron a reemplazar, un poco a los propios padres de Miyako.

—Bueno… es raro, pero es como si hubiese ganado dos pares de padres más, desde que los míos no me hablan más… —esa noche de invierno, mis padres se quedaron con nosotros. Mamá la abrazó un momento, estampándole un beso en la mejilla—. Gracias, señora.

—¡Pueden llamarme mamá! Es como si tuviera dos hijos más ahora… y, honestamente, prefiero a que viva así y con ustedes a que llevara una relación monógama de porquería.

Mamá hablaba de una exnovia en particular, una relación que me valió casi un año en terapia a causa de que fue muy tóxica y estuvo llena de maltratos emocionales, llegar de una situación mala a darme cuenta de que les quería a los dos por igual, fue como salir del Infierno directamente al Cielo. Y mamá tenía sabiduría de madre, por eso era feliz por mí.

—No a todo el mundo lo quieren así dos personas y así de tanto —con el tiempo, mamá realmente llegó a quererlos mucho. Papá también.

Hablar de los señores Inoue se volvió una suerte de tabú para los tres. A sus funerales, asistimos sólo por acompañar a Miyako, porque, pese a todo, fueron dos golpes sus muertes.

A ella nunca la perdonaron, a nosotros nos aceptaron y amaron, supongo que allí radicaba nuestra primera gran diferencia.

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—¿No duerme Miya con nosotros hoy? —Teníamos habitaciones propias, pero raramente las usábamos para dormir, ya que tendimos un futón enorme en la que se supone sería una oficina. Sólo cabía el futón y nada más. Acaso un calentador en invierno y un ventilador en verano. Ken me miró y alzó las cejas.

—No durante esta semana, está en sus días. Y no, no es excusa, tuve que ir a buscarla al trabajo y pasar con ella a la farmacia —me apretó una mano y se fue a dejarle una tisana de manzanilla y canela a la habitación—. Se siente un poco mal, ¿puedes prepararle algo ligero?

—Claro.

Así lo llevábamos, nos cuidábamos entre los tres, lo nuestro era mucho más que una simple complicidad o ganas de follar, ya bien puestos. Compañerismo puro, una verdadera camaradería. Al final, sobre nosotros y nuestra salud, no teníamos ninguna clase de complejo. En el sentido más puro de la palabra, éramos capaces de lidiar con toda la mierda del otro y así.

—Sabes que te queremos mucho, pero eso de a la griega no nos va —le dije por molestarla o por que se riera. Sonrió, agarrándose el vientre—. Perdona… tú adolorida y yo hablándote de sexo.

—Es tu encanto —soltó una carcajada que le terminó arrancando más de un "ay"—. ¿Puedes traerme las píldoras rosas del baño?

—Cambiamos el botiquín del baño a mi dormitorio, por temas de humedad y conservación de las medicinas y eso —Ken apareció ante nosotros con un gran vaso con agua y las píldoras—. Vengo al rescate.

Esa noche nos quedamos hablando los dos hasta muy tarde, si a ninguno le fallaba la memoria, haríamos nuestro cuarto año, juntos. Ken sugirió salir a comer algo especial, yo pensé en que un maratón de películas y una cena preparada entre los tres sería más que suficiente.

Por sugerencia de Miyako, quedamos en que iríamos de picnic y volveríamos a casa a cocinar y ver películas en Netflix.

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La primera pelea en serio se originó porque cierta clienta del restaurante en el que trabajaba coincidía mucho conmigo en lugares aleatorios de la ciudad y me hacía la charla cuando sacaba a correr a Miso (nuestro perro Shiba). Admito que sí llegó a parecerme linda y esas cosas, pero nada más, ¡lo juro!

Ken fue el primero en notarlo y se lo dijo a Miyako, más como comentario, pero al final ella no lo tomó bien… y Ken tampoco se lo tomó bien tras pensarlo (¿o mal pensarlo?), así que terminé peleado con ellos y una semana entera en casa de mi hermana. Luego, de alguna forma, la clienta supo —a medias— lo que pasó y se deshizo en disculpas con Ken, alegando que sólo éramos buenos amigos y todo eso. Se solucionó, pero parte de la verdad salió a la luz en el trabajo (procuré llevar un bajo perfil allí) y el dueño hizo hasta lo imposible para incordiarme, terminando por ponerme de patitas en la calle por un error bastante tonto y mínimo. Ken, quien entendía de leyes laborales, me explicó todo y gracias a Iori terminé ganando una demanda que me ayudó a iniciar mi propio negocio.

Nuestro esposo va a alimentarnos menos ahora que alimentará a otros —se rió Miyako, mientras trabajaba en recuperar un disco duro.

—Terminaremos ordenando comida rápida todos los días… —se encogió de hombros Ken, dejando los palillos de lado—. Quería plantearles algo, sin enojos, por favor.

Se venía algo serio y Miyako y yo nos miramos antes de mirarle a él.

—Se casa un colega, un superior y me ha invitado a mí y a mi pareja. Dos personas, en total… y… ¡no quiero hacer sentir mal a ninguno! —Nos extendió la tarjeta de invitación—. Como ustedes, no he dado detalles de mi vida doméstica en el trabajo, saben que tengo pareja, pero hasta allí. Y ustedes saben mejor que nadie que no es vergüenza ni nada, pero…

Pero.

Siempre existían "peros" al hablar de nuestra vida, donde fuera. Esa era una de las mordidas amargas de nuestro pequeño infierno triple. Una de muchas: la falta de libertad, si bien las cosas buenas compensaban… siempre tuvimos, cada uno, la frustración de tener que callarnos.

—Yo… tengo que atender el negocio, ¿por qué no vas con Miya? A ver si, de paso, esas buenas señoras le enseñan algo —me reí sin ganas y Miyako negó con la cabeza.

Eso es lo que tiene estar juntos tantos años.

—No iremos —miró la tarjeta—. Ya sabré qué excusa poner —Ken volvió a guardar la invitación en su sobre—, porque no sería lo mismo ir sólo con uno. O somos los tres o no va ninguno.

Sabíamos que mentía; nadie puede quedar mal ante un superior.

Finalmente, lo acompañó Miyako y luego se quejaron de todo, desde el salón de la ceremonia hasta el menú.

Cosas como ésta, hacían un "suma y sigue" de heridas y dolores, se acumulaban y acumulaban y buscaban ocasión de estallar.

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—¿Quién es el padre? —Preguntó una enfermera de mediana edad, mirando que ninguno deseaba dejar la habitación.

Nosotros —coreamos Ken y yo a la vez, la mujer nos miró estupefacta y luego negó con la cabeza.

—Bien, como sea, me importa un comino… es el fin de mi turno, no metan ruido y déjenla dormir si tiene sueño —sacudió las manos en el aire y se fue, cerrando la puerta.

¿Alguna vez dije que un momento de alegría anula cien de tristeza? Pues así mismo fue en ese momento. Afuera, la nieve caía copiosamente y estaba oscuro pese a ser apenas las cuatro de la tarde. Como dijimos antes a la enfermera, daba igual quién fuera el padre. Era nuestro. Miyako nos miraba desde la cama, ojerosa y despeinada, pero feliz. Creo que ese fue uno de los días más felices para los tres. Ken tomó un cepillo para pelo y una goma para pelo y se fue a peinarla, con una sonrisa.

—Somos al fin una familia —comenté, poniéndole otro par de calcetas a Miyako, como había pedido, me agradeció con un gesto—. Y es nuestro, al diablo con lo que digan todos.

Miyako estiró una mano y me acerqué, acarició una de mis mejillas; estaba muy agotada como para hablarnos, pero siempre sabía agradecer con gestos.

—Este pequeño será feliz como ningún otro —se le cerraban los ojos de lo cansada que estaba, así que la besamos y la dejamos dormir, cuidando entre los dos al pequeño… aunque no sabíamos bien cómo hacerlo.

Como muchas otras, esas cosas se aprenden sobre la marcha, imagino.

Ese momento de felicidad mandó al carajo al menos unos cien de tristezas y penurias, ¿cubriría una cuota de por vida? No, pero era suficiente para sobrellevar lo demás.

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Quizá, sólo quizá, la inmensa felicidad que nos dieron nuestros hijos se vio manchada por los prejuicios de la sociedad, prejuicios que le pusieron la cabeza en su sitio a un despreocupado como yo, no como las preocupaciones cotidianas o las dudas por el futuro, no es lo mismo cuando te preocupas por ti a cuando lo haces por otros. Muchas cosas fueron muy difíciles, desde buscar escuelas, explicarles sobre las otras familias, hasta lidiar con sus propias inseguridades.

—Los hijos son el reflejo de sus padres, pero hasta cierta edad —comentó una noche Ken, volviendo la mirada a su investigación—, pero, los niños no discriminan porque sí, eso se les ha inculcado.

Miyako despegó la vista del disco duro que reparaba y asintió; ella fue la que se desvió del camino de sus padres.

—Como sea, chicos —Miyako dejó las herramientas en la mesa ratona de la sala, apoyando las manos en sus muslos—, hallamos una escuela que los admitió pese a nuestro estilo de vida…

—Sí, pero…

Siempre existía ese pero. Pero no pueden hablar de sus padres, pero no podemos presentarnos los tres en público, pero hay que guardar el decoro, pero, pero ¡y pero! Unas pocas veces da igual, pero cuando es algo de todos los días… las heridas se van acumulando y acumulando y duelen y sangran un poco cada día.

Sin embargo, cada día, cuando tres niños me llamaban papá, negaba y me decía a mí mismo "vamos, que no todo es tan malo".

Porque, efectivamente, no todo era tan malo.

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—¿Todo bien? —Apenas salió de la consulta, ambos nos lanzamos (bueno, no así) a preguntar, los dos con el corazón en un puño.

Ken se encogió de hombros y nos acarició los brazos, negando al fin. Atiné a abrazarlo y Miyako se apartó a llorar. Sabíamos lo que significaba todo eso. Sabíamos que, a partir de aquel momento, sería todo una cuenta regresiva.

—Que sea lo que tenga que ser —nos confortó a los dos, tomándonos de cada brazo para caminar al estacionamiento del hospital—. Más vale que nos acostumbremos a nuestro futuro ambiente, ¿no creen?

Una humorada. Nos miramos los tres y sonreímos.

La cuenta regresiva ya había sido iniciada, sólo quedaba acumular recuerdos felices como locos y acumular… y recordar.

O tratar de hacerlo.

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La que acabó llorando esa vez fue Natsumi, nuestra pequeña. Oh Dios, papá, oh Dios, lloraba mientras me ayudaba a sentarme en el asiento del copiloto de su carro. Lloraba y llamaba a sus hermanos y a los chicos… y yo no entendía nada.

—Vale, vamos a casa, tranquilo, ¿sí? —Me miró y sonrió, toda congestionada y con los ojos hinchados como si dos abejas la hubieran picado.

"¿Tranquilo yo? ¡Tú deberías calmarte…! ¿Eh? ¿Cuál es tu nombre…? ¡Ah, Natsumi-chan! Te recordaba más pequeña…"

Volvió a apoyar la frente contra el volante, llorando ruidosamente mientras esperábamos la luz verde del semáforo. Y yo, no entendía nada… hasta que la realidad me golpeó de pronto.

Olvidarse de todo, todos y de uno mismo, es incluso más cruel que la misma muerte. Fue la primera vez que sentí miedo, pero un miedo peor que el que pude enfrentar en cualquier momento de mi vida.

¿Lo digo? ¿No lo digo? ¿Cuándo? ¿Cuándo… va a pasar?

—¿Puedes buscarme una cita con el doctor, Natsumi, por favor? Te estaría agradecido —esas simples palabras bastaron para volvernos a casa con ella vuelta una Magdalena.

Yo también tenía una cuenta regresiva, cuyo límite desconocía.

Natsumi no era la única que lloraba mucho.

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Lo que antes aparecía como una conversación post sexo, se volvió un tema recurrente. Sabíamos que el tiempo se iba como agua entre los dedos; el diagnóstico con Ken había sido tajante, Miyako se enfermaba hasta de la cosa más pequeña y yo… tenía la cabeza en cualquier sitio menos donde correspondía. Buscamos muchas vías de canalizarlo.

Y no salía. Sencillamente no. Nadie quería decir adiós primero, nadie quería verlos a todos partiendo… nadie quería pensar en la muerte.

Podría ser cualquiera de nosotros, hasta podría tocarnos llevar a un hijo nuestro bajo tierra antes que nosotros…

—¿A su salud, muchachos? —Ken se arrellanó en su manta, alzando una copa de sake.

—A nuestra salud, cariño —respondimos a la vez.

Fue nuestra última noche juntos.

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Por varios momentos, no pude reconocerla. La he amado toda la vida —bien, casi toda— y no pude recordarla. Percibió mi angustia y tras toser, me tocó las mejillas con sus manos huesudas.

—Está bien, todo está bien, Dai, de verdad —trataba de convencerme, ¿convencerse?

No lo está. Quería que dejara de llorar, joder, joder… no quería verla llorar, quería verla sonreír, aunque fuera la última vez.

Olvidé cómo hablar, en el último tiempo. Fue cosa de que él se fuera y todo se precipitó. Ella lloraba todos los días, a veces de su propio dolor, otras de mirarme. Y su salud cada día más frágil.

Sé que cuando le tocó, murió de tristeza. Quizá, pienso yo, también empeoré por culpa de la tristeza.

Otro asunto sin resolver que se iría a la tumba con nosotros.

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—¿Qué haremos?

—Esperarla.

Sólo un poquito más, un poco más, queríamos que viera, al menos, al primer bisnieto o que alcanzara a vivir hasta ver la cura al cáncer o algo.

—Tarda, por favor.

—Pero ven luego.

Qué gran mentira. La queríamos nuevamente con nosotros. Extrañar desde aquí, es peor que extrañar como los vivos.

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Abrazarnos, por primera vez en mucho tiempo, no fue doloroso. El llanto no era de tristeza.

Estábamos felices, agradecidos, plenos.

Y así nos fue. Yo, de verdad, no pude pedir mejores compañeros para el largo viaje que fue mi vida, para el aún más largo viaje que será nuestra eternidad.

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A la griega: vulgarmente, colocar una toalla sobre el colchón y las sábanas, para poder tener sexo durante "esos días".

Wops, este capítulo se escribió todavía más solo. Estaba tentadísima a abrir la laptop en la sala de clases, mandar al cuerno Historia y ponerme a escribir. Sólo perdí horas de sueño.

¡Gracias por leer! Y como intuyen, sólo falta el capítulo de Ken, que ya está medio estructurado. En fin, ¡gracias!

Carrie.