El último capítulo y termino un longshot. Cabros, se viene el fin del mundo.
Este, como era de esperarse, lo cuenta Ken.
El disclaimer lo tienen en el perfil. ¡Nos leemos!
Y así les va
Ken
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Los primeros recuerdos, tal como los últimos, son borrosos. Recuerdo detalles específicos, como los perfumes de cada uno, el color de sus ropas o sus gestos, pero de nuestra primera conversación, no demasiado; Miyako se quejaba de su falda —según ella, una mala elección, según nosotros, le sentaba bastante bien—, Daisuke se sentía cohibido por los colegas esnobs de Taichi. Y yo… bueno, no es como si fuera nuevo que padecía de timidez crónica o de que, tanta gente desconocida, me ponía de los nervios. Sé que la noche la comencé conversando con Takeru, Iori y Hikari, en algún punto, Takeru y Hikari fueron a ver un no sé qué con Meiko y sobre Iori… empezaron a hablar de política con Taichi y Jou.
—¿Para qué amargar la fiesta con esos temas? —Daisuke me tendió una lata de cerveza, Miyako bebía a sorbos cortos un cóctel ligero a base de vodka—. Ya bien dicen que no debería hablarse de religión, política ni fútbol en estos contextos.
—Habla con Iori y Jou —recuerdo haber señalado—, sólo será un debate amistoso.
Y lo fue. O eso creo.
Comenzamos a hablar de varias cosas, mientras el alcohol me iba haciendo efecto a un ritmo abrumadoramente rápido —siempre fui bastante poco resistente—, como pocas veces, me dejé llevar por ellos dos…
Es que, todo el mundo decía que a ratos nuestra amistad resultaba ambigua, más aún porque Miyako y yo salimos en la adolescencia, pero nunca nos sentimos completos. Éramos un puzle que necesitaba a su tercera pieza para estar completo. Y Daisuke era esa tercera pieza. Siempre le tuve cariño y un profundo agradecimiento, pero me daba miedo poner en claro mis sentimientos, siempre pensé que el amor era complicado y algo de lo que más me valía estar alejado.
Estaba tan equivocado.
Nadie, repito, nadie podría aceptarme y quererme tanto como ellos dos. Besarnos fue natural, algo que debió pasar desde hace mucho, mucho tiempo.
Nadie podría quererme tanto como ellos dos. Nadie podría comprenderme tanto como ellos dos.
No podría querer a nadie como los quiero aún a ellos dos.
Luego de aquello, se unieron nuestras vidas en un agitado para siempre.
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Sinceramente, cuando se lo conté a mi familia, ya me imaginaba que mi madre no armaría un escándalo ni nada similar… de mi padre, pues no estaba tan seguro. Pero ambos se miraron largamente y finalmente me abrazaron.
—¿Eres feliz? Somos felices por ti, hijo —¿he dicho ya lo mucho que amo a mi madre? Es la mujer más comprensiva que pudo haber estado en mi vida—. No importa el medio, si eres feliz, ellos son felices contigo y vas en serio, lo aceptamos y respetamos.
—Sólo queremos pedirte un favor, Ken —papá se puso más serio, tomándome de los hombros—. Es tan simple como el hecho de que, como hasta ahora, queremos seguir siendo parte de tu vida. De sus vidas.
Y así, acordamos el primer almuerzo familiar. Mamá se lo pasó en grande, cocinando junto a Daisuke. Miyako ayudó a papá con su ordenador personal y el resto de la tarde, la pasamos charlando y jugando cartas.
Tanta felicidad, era dolorosa. Y estaba el miedo y estaban las dudas… ¿será siempre así?
Ellos dos, me enseñaron el verdadero significado de la palabra "siempre".
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Claro que no todo fue idílica felicidad, existían un sinfín de problemas por nuestro elegido estilo de vida. Y uno de esos, era el tener que mantener el perfil bajo. Para alguien tan discreto como yo, no suponía un problema grave o algo que me resultara incómodo de llevar por debajo, pero sé que a ellos, tan efusivos, les dolía bastante tener que callarse, porque, netamente, de amor, nadie vive y debíamos saber ser prácticos, más aún cuando decidimos rentar una casa, hasta tener suficiente dinero para comprar nuestra morada definitiva.
Las relaciones entre dos eran complicadas, pero las relaciones entre tres, a ratos, son un completo infierno, aunque los claros de sol en medio de la tormenta y el amor inmensurable a ellos dos impidieron desde un principio que me fuera. Y de todos modos, con el tiempo, me di cuenta de que no hubiera querido irme. Ni tampoco me hubiera ido, aunque me echaran.
—Oh, Ichijouji-san, así que ya sales con alguien… —la compañera que se me había declarado esa vez se encogió de hombros y trató de no mostrarse demasiado afectada—. ¿Eres feliz junto a esa persona?
¿Feliz? Es poco decir feliz. Tengo en casa a dos personas que me hacen muy feliz, a pesar de todo lo que pueda surgir en el día a día. Claro, no pude hablar de ellos, por lo que apelé al lenguaje vago.
—Lo soy, mucho, bastante, ¡es una vida complicada pero el amor compensa todo!
Mi sonrisa optimista parece haber enterrado un poco más la espina en su corazón. Sin embargo, me palmeó un hombro y sonrió, volviendo a entrar a la oficina.
No me gustaba mantener secretos con ninguno y lo hice saber después de la cena. Miyako asintió en silencio, mientras servía el té para los tres y Daisuke alzó las cejas.
—Le gustas a medio mundo, pero sólo nosotros te tenemos —reflexionó ella, en voz alta.
—¡Punto para nosotros! —Clamó Daisuke y chocaron las manos.
Esas conductas eran las que traían las sonrisas espontáneas, sin motivos aparentes.
Naturalmente, esa colega no me invitó a su boda, años más tarde.
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—El perro puede quedarse, ¡pero con una condición! —Dejé la caja de cartón con el cachorro Shiba en el piso de la sala y Daisuke se acercó de inmediato a tomarlo entre las manos—. El señor Yokoi dijo que cuidáramos de que no molestara a los vecinos ni hiciera destrozos. Por demás, no hay problema.
Miyako no parecía tan entusiasta con tener un perro, sobre todo tras la charla que gatilló tener al perro, en primera instancia. Lamentablemente —para ella—, esa vez, yo estaba del lado de Daisuke… bueno, en realidad, estaba dividido entre las opiniones de los dos.
Sí, quería.
Lo sabía, no era un asunto tan sencillo como decir ¡chicos, tengamos un hijo! Pero, nunca nada se me cruzó en la cabeza como esa idea. Desgraciadamente, este era uno de esos asuntos que era del tipo o los tres, o ninguno. Y sé bien que ninguno quería una aventura extramatrimonial —como si fuéramos un matrimonio, pensaba con cierta ironía— ni romper nuestro triángulo equilátero para formar una familia monógama llena de hijos y sin tener que ocultarlo al mundo.
Lo hablé con Miyako mientras Daisuke trabajaba, la estaba peinando mientras ella se pintaba las uñas de los pies.
—Sí, sabes que quiero… pero siento que no aún. Por eso le dije a Daisuke que esperáramos. A tener una casa propia, a tener, él y yo, trabajos bien estables. Tú tienes el cuello asegurado, Daisuke apenas inicia y yo… sigo haciéndome sitio en un ambiente tremendamente machista.
Comprendí sus razones y me comí mis prisas. Y hablé serenamente con Daisuke para que él hiciera lo mismo.
Después de todo, pocos lo sabían, Daisuke era paciente cuando se trataba de cosas serias.
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La siguiente primavera, el dueño de nuestra primera vivienda murió de un infarto al miocardio y los hijos deseaban vender la casa para repartir sus herencias. A nosotros nos faltaba dinero para cumplir la cuota y decidimos buscar otra renta en lo que buscábamos la casa definitiva.
—Si permitíamos que esos tres siguieran viviendo así en la casa, iba a ser todo Sodoma y Gomorra —escuché, por encima, mencionar a la hija.
—¡¿Pero en qué rayos pensaba papá al rentar la casa a gente así?! —Mencionó él.
Sentí un alivio vacío y desprovisto de alegría con el hecho de haber sido el único en escuchar.
Yo estaba acostumbrado a ser juzgado con ojo crítico, es algo con lo que podía convivir y que no era realmente una molestia. Pero ellos… siento que ellos dos no hicieron nada mal para que alguien, que no los conoce de nada, viniera a hablar así de ellos dos. Ellos son intocables.
—Desocuparemos a fin de mes, haciendo uso de nuestro mes de garantía que estaba en el contrato. Me conozco la ley —le comenté a ambos—. Y si tienen quejas, me agradaría que las hicieran llegar directamente a nosotros. Y por escrito, de ser posible.
No dijeron más y en poco, llegamos a nuestra casa definitiva, más pequeña. Tuvimos patio y jardín, por lo que en algo se parecía al primer cielo que compartimos.
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Fuyuki llegó un mediodía de pleno invierno, a finales de enero. Nevaba copiosamente desde la noche anterior y todo había estado cargado de nerviosismo. No habíamos pensado en ningún nombre en particular, pese a tener una lista larga que elaboramos con ayuda de Hikari y Takeru.
Fuyuki no figuraba en ninguna lista.
Fuyuki fue una ocurrencia de Miyako, tras escuchar el reporte del clima de la radio, en la sala de partos.
—Fuyuki, por haber nacido en el día más frío de este invierno. Y en el día más nevado de lo que va del año —simplificó. A Daisuke y a mí la idea nos agradó de inmediato.
Entramos los dos con ella y los dos lo sostuvimos antes de que lo llevaran a pesar y a medir sus signos vitales. Todo en orden, un niño sano y rollizo. Sentía que me iba a desbordar, pero la mano firme de Daisuke en mi espalda me guio a dejar al pequeño en brazos de las enfermeras. Nos pidieron salir un momento.
Nadie entendía nada pero tampoco opusieron demasiada resistencia a que ambos estuviéramos allí con nuestra chica y nuestro niño.
Cada día que nevara así, recordaríamos su caótico nacimiento.
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Cuarta escuela que nos decía que no.
No podíamos apelar porque podrían quitarnos la custodia. Fuyuki y Akito jugaban con Natsumi, mientras nosotros nos devanábamos los sesos buscando una escuela primaria para Fuyuki. Mientras estuvieran en preescolar, los enviábamos con Hikari, pero ni siquiera con su ayuda pudimos hallar una escuela que lo aceptara.
Takeru me llamó al trabajo para comentarme de una escuela, pero que estaba a casi dos horas de nuestro hogar. Lo comenté en casa y tras casi discutir, decidimos que era la única opción. Y aun así, siempre nos tuvieron bajo observación.
Al ver que nuestros niños eran mentalmente sanos, estaban en buenas condiciones de salud física y eran felices, la cosa comenzó a pintar mejor. Ya no más llamadas periódicas al terapeuta escolar, ya no más sugerencias veladas de reproches…
Y entonces, nuestros hijos crecieron. Y con ellos, los prejuicios externos y los problemas.
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Los padres van de a pares. No de tres.
Los matrimonios se constituyen de dos. Hombre y mujer. No de tres, no hombre, mujer y hombre.
Dos. No tres.
Se metían mucho con Fuyuki, pero él algo de carácter Motomiya tenía —pese a ser visualmente un Ichijouji— y los mandaba a callar, aplicando fuerza física de ser necesario.
A Akito la secundaria se la hicieron imposible. Estás mal, Akito, ¿cómo va a ser que tengas dos padres? El día que alguien insinuó que su madre era una zorra, ese alguien se comió los puños de Akito. En casa era feliz, afuera no.
De los tres, Natsumi lo pasó peor. Miyako nos dijo que las mujeres son diez mil veces peores en destrozarse las unas a las otras. Y equivocada no estaba. Acabamos por cambiarla de escuela y Natsumi nunca trajo amigos a casa.
Un día, por separado, los tres se comieron la rabia que la situación les generaba y encararon al mundo.
Es nuestra familia. Si les parece, muy bien. Y si no, ¡es lamentable! Pero amamos a nuestros padres y estamos orgullosos de los tres.
Miyako lloró, Daisuke los apretó en un abrazo y yo me sentí más muerto que vivo por una alegría demasiado grande, casi me desmayé.
Los chicos comenzaron a hacer amigos pese a que muchos padres preferían alejar a sus hijos de los nuestros, no vaya a ser que les peguen esas ideas tan raras.
—Raro es pasarse de divorcio en divorcio o estar con alguien que no quieres ni te quiere. O peor aún, metido con alguien que te lastima y/o a quien lastimas —Fuyuki se lo dijo a su primera novia y desde entonces, la chica se la pasaba cada semana con nosotros, porque le gustaba el ambiente de nuestro hogar.
Mal no lo habíamos hecho.
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La primera vez que noté que algo no iba bien conmigo, fue inmediato a la ceremonia de jubilación. Me lo hizo notar una colega tras salir de nuestra ceremonia privada, sin familiares ni parejas.
—¿No llevas ya mucho tiempo con tos? Y juraría que estás pálido, Ichijouji-san.
Cuando llegué a casa, se lo pregunté a los dos, si notaban algo fuera de lugar. Daisuke tomó mi paquete de tabaco, lo rompió, lo metió en una tinaja llena de agua y lo tiró a la basura, y Miyako me soltó una bofetada.
—Te lo habíamos dicho de tantas maneras y nunca le diste importancia… —Daisuke negó con la cabeza y Miyako se mordió los labios, llena de rabia.
—… le pediré a Natsumi que me busque una cita con el doctor —dije. Por sus miradas, supuse que yo no mismo no estaba bien, pero como trabajaba tanto, nunca me daba cuenta de nada, hasta la que la tos me quitó el aliento.
Fui y vine con pruebas varias, para que finalmente me dieran el diagnóstico final. El mundo se me vino abajo, pero no fue por mí. Lo juro, no fue por mí mismo. Me angustié por ellos. ¿Qué vendría a partir de ese momento?
Miyako se echó a llorar y Daisuke me abrazó firmemente.
El tiempo se iba más rápido de lo que pensé y ese pensamiento que me persiguió, siendo joven, me acosó otra vez; esta dicha era temporal.
Seamos felices mientras dure, me dije mentalmente, tomé a Miyako de un brazo y los abracé a los dos, con todas mis fuerzas.
Mientras esperamos.
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Daisuke se despistaba cada día más y Miyako dejaba caer todo de sus manos. La escuchaba llorar bajito porque ya no era capaz de reparar circuitos ni tomar las cosas con firmeza, le dolía todo el tiempo y lloraba sólo de frustración. Los cuidados eran sólo paliativos, porque no iban a echar atrás la cuenta que se había iniciado y consumía todo como el Napalm sobre tierras vietnamitas durante la guerra.
Nosotros también nos consumíamos.
A veces dolía más que otros días, a veces me quedaba aturdido durante horas, esperando un alivio que no iba a llegar, pensando a veces que era mejor morirse ya y pensando en que no quería irme aún y quería despedirme de ellos y desvivirme por ellos hasta mi último aliento —no es como si no tuviera unos pulmones de mierda, de todos modos—, quería, quería tantas cosas…
Pero esa era nuestra realidad, la que nos daba de lleno en las caras.
Un día de esos, cuando el dolor era tolerable, me puse de pie y fui hasta el aparador de la sala, sacando una botella de sake y tres pequeños vasos.
—Brindemos por esta vida llena de dicha —Daisuke demoró unos segundos en notarlo y asintió con una sonrisa lánguida, Miyako intentó no llorar cuando alzamos nuestros vasos y bebimos.
Al día siguiente, por la tarde, entraría al quirófano a intentar prolongar la despedida, aunque algo me decía, no, me gritaba que nuestro último adiós había sucedido ya, al chocar nuestros vasos llenos de sake y brindar por todos los años que compartimos los tres.
Los tres… luego de esa tarde fueron dos los que volvieron a casa. Daisuke cuando no divagaba, lloraba. Miyako lloraba por otra clase de dolor, nada que ver con sus manos cada vez más deformes y entumecidas.
Esperar de ese lado era complicado, pero desde aquí, la espera se vuelve peor, ya que el tiempo y el espacio se suceden de manera completamente diferente.
Una parte de mí deseaba verlos ya, que estuvieran otra vez conmigo… la otra… esperaba verlos vivir más tiempo.
Hay otras clases de agonías, peores que perder la vida.
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Ella lloraba mucho y su salud se deterioraba… él, cuando estaba consciente, le preguntaba cosas que pasaron hace veinte, treinta, cincuenta años atrás. A veces la desconocía y desconocía a los chicos.
Un día no pudo levantarse más. Olvidó cómo hacerlo. Miyako casi ya no tenía lágrimas por derramar.
Yo esperaba, nervioso, ansioso… preocupado. Miyako era sensible, ¿por qué de los tres, ella debía quedar al final?
Daisuke asentía con tristeza y esperábamos.
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Allí era verano. Empezaba la estación de lluvias y para ella, fue como bajar un telón después de una obra de teatro, sin aplausos y sin público. Nos dio pena, pero sonreímos.
La veríamos de nuevo.
—Estoy en casa —susurró, acunándonos en sus brazos y soltando un llanto que ya echábamos de menos en ella: el de felicidad.
Acabamos juntos en un plano terrenal, ya que nuestros hijos pusieron juntas nuestras sepulturas, esperaron a que Miyako viniera y juntaron nuestras cenizas y las lanzaron a un jardín en el Digital World.
Y nosotros, estaríamos juntos esta y otras eternidades.
Y así nos ha ido en nuestra vida, en este eterno frenesí, en este hermoso caos.
Y así nos ha ido, en esta, otras, miles de vidas más.
{ 4 }
Sean honestos, ¿qué tan terrible fue?
Este fue mi primer trío, la primera en años que una historia me fluyó tan natural y pese a todo, estoy orgullosa de este trabajo.
¡MIL MILLONES DE GRACIAS! A ti, que seguiste esta historia hasta el final, a ti, que le dio un fav o un follow, a ti, que comentaste. ¡Gracias, gracias!
Nos leemos.
Carrie.
