Hola a todos y a todas, como sabrán ésta historia comenzó como un one shot y ya vamos 6 capítulos :) me hacen muy feliz con sus comentarios linduras.
También decirles que este es el capítulo más largo que he escrito desde que inicié en FF xD no se vayan a ruborizar con el contenido porque es muy directo y bastante agitado, las voy preparando :P espero sea de su agrado. Les contaré que mientras lo escribía mi mente estaba siendo estimulada con Héroes del Silencio, me fascinan. Un abrazo enorme y nos leemos pronto! Ahh también decirles que no creo que ésta historia sea tan larga, así que aquí vamos.
Disclaimer: Los personajes utilizados en ésta historia pertenecen a Akira Toriyama.
Advertencia: Lenguaje explícito, subido de tono y lemon.
EN LA OSCURIDAD
Cap. 6
Entrega y separación
Dentro de su mente sus pensamientos intentaban darse forma, no quería ser juzgada y señalada por lo que acababa de pasar, «Pero, ¿y qué más da eso?», pensó al llegar al vestíbulo. Se detuvo junto a una columna, con la respiración agitada y las mejillas ruborizadas. Se envolvió con el abrigo y se abrazó el cuerpo al sentir unas corrientes de placer aflorando en su piel. El fuego que sentía en las entrañas no se había extinguido, ni mucho menos; se había avivado con más fuerza. La atracción por Regal no había menguado, ni siquiera el sentimiento de culpabilidad podía vencer aquel deseo enfermo por el hombre que había puesto su mundo del revés. Tenía que marcharse. Tenía que escapar de su influencia, todavía podía notar en sus pechos las caricias que él le había proporcionado y en su nariz aún perduraba el aroma de la tierra y de la hierba.
Cuando dio un paso hacia la puerta, él la cogió por el brazo.
—No te vayas, Bulma —susurró él— Me prometiste una noche. No faltes a tu palabra porque yo no voy a faltar a la mía.
Se giró por completo para enfrentarle. Le ardía la garganta, los pechos, la piel, su cuerpo entero palpitaba por él.
Al mirarle a la cara se preguntó si siempre había sido así de atractivo. El cabello negro como una noche sin luna, los mechones envolviendo un rostro de facciones cuadradas y perfectas, los ojos como inmensos hoyos de agua oscura, la piel dura y curtida, los dientes blancos y grandes. Una sombra de barba cubría sus mejillas, sus cejas eran dos pobladas líneas sobre el arco de sus ojos envueltos en gruesas pestañas. Y el traje que vestía era elegante, abrazando un cuerpo tan perfecto que incluso se intuía su musculatura. Bulma soltó un trémulo suspiro al imaginarse apretada contra aquellos músculos, sus carnes blandas y tiernas bajo la solidez de un cuerpo tan imponente como una montaña.
Yamcha, su esposo, era incluso más alto que Regal. Siempre le había parecido un hombre inmenso. No sabía por qué pensaba ahora en Yamcha cuando lo que en realidad deseaba era estar desnuda debajo de Regal. Desnuda, húmeda y temblando de placer.
—Señor Ouji, por favor necesito salir de aquí… —empezó a decir— no soy capaz de mantenerme en pie —dijo al final.
Con la elegancia de un caballero, Regal rodeó su cintura y cogiéndola por el brazo, la ayudó a salir del teatro.
—No deberías haber salido corriendo, Bulma.
—No debería haber venido con usted —contestó ella con la voz estrangulada.
Por toda respuesta, Regal gruñó por lo bajo como una bestia molesta.
Se alejaron del grupo con discreción, el coche del señor Ouji estaba aparcado al final de la calle y el chófer los esperaba con la puerta trasera abierta. Bulma intentó resistirse cuando se dio cuenta hacia dónde la llevaba él, pero no sirvió de nada, sus piernas no quisieron responder. Se vio arrojada al interior del vehículo y recostada de una forma poco elegante sobre el asiento.
—Conduce hasta que te diga —oyó que murmuraba al conductor.
Bulma reptó por el asiento hasta el otro lado, intentó abrir la puerta, pero como no podía ser de otro modo, estaba bloqueada. Regal entró en el vehículo inundando el pequeño espacio con su presencia, enseguida notó que se acababa el oxígeno y que le costaba respirar. La cogió por las rodillas y la atrajo hacia él. Cuando el chófer puso en marcha el coche, el panel que separaba la parte trasera de la delantera se elevó, aislando a la pareja en el interior. Bulma aguantó la respiración, abrumada por la situación.
—No vuelvas a huir de mí —gruñó él en voz muy baja.
El tono con el que lo dijo fue tan áspero que Bulma sintió unas cosquillas entre los muslos y se le contrajo el vientre. No fue lo que dijo, sino la manera en que lo dijo, lo que la dejó tiritando, con la piel de los brazos completamente erizada. Cerró los ojos. Tumbada boca abajo sobre el asiento se sentía muy vulnerable. Regal la atrajo hacia él hasta apretarla contra su cuerpo, luego se tumbó sobre ella, cubriéndole la espalda con su impresionante torso, hasta aplastarla con su peso.
—Señor Ouji… —murmuró ella, sin aire.
El calor que la inundaba era agobiante, los asientos de cuero estaban climatizados, el cuerpo de Regal era como un horno y, para mayor incomodidad, llevaba puesto el grueso abrigo. Apoyó la mejilla en la superficie de cuero caliente y trató de respirar con normalidad, buscando tranquilizarse. Pero no podía, sentía el calor del hombre a través del abrigo y su excitación no le resultaba indiferente. La dureza que se insinuaba tan cerca de su intimidad inflamó su deseo y se mordió el labio para evitar lanzar un trémulo suspiro, no quería provocar más a Regal, estaba aterrorizada por las sensaciones que él despertaba en ella.
Era apabullante. La sexualidad que desprendía se le pegaba a la piel húmeda de sudor, la respiración caliente del hombre le calentaba la oreja y la otra mejilla, y las vibraciones que emanaban de su cuerpo la estaban contagiando. Estaba a punto de perder el control y no quería. Todo su cuerpo gritaba, la lujuria encerrada en su interior clamaba por salir, un deseo crudo y sin medida formaba un nudo en su vientre.
El coche continuaba su camino por la ciudad. Bulma no oía el ruido de fuera, tampoco notaba las irregularidades de la carretera, solo un suave y silencioso ronroneo debajo de ella por la vibración de los asientos. ¿O lo que vibraba era su cuerpo impaciente? Bulma inspiró hondo, el lobo inspiró con ella expandiendo el pecho y exhalaron juntos. Él, gruñido; ella, un suspiro.
—Basta de intentar escapar. Es inevitable, Bulma.
Acompañó sus palabras con una ardiente caricia por sus muslos, subiendo desde la rodilla hacia la cadera, arrastrando toda la tela a su paso. Ella se aferró al asiento con ambas manos, clavando las uñas en la tapicería. Apretó la mejilla contra el cuero, el sudor le bajaba por la frente, el pelo se le pegó a la piel de las mejillas. El lobo alzó la falda del vestido por encima de las caderas, exponiendo sus nalgas. Bulma sintió frío en ellas. Gimió cuando Regal puso la palma sobre una, quemaba como si sus dedos fuesen de hierro. Ella se estremeció con un suspiro, que más parecía un quejido, y él volvió a gruñir por lo bajo, un sonido tan grave como el vibrar de una cuerda de contrabajo.
Cuando el hombre colocó la base de la mano en la parte baja de su espalda, el cuerpo de Bulma sufrió una convulsión y ahogó un jadeo. Todo su cuerpo se puso tenso, latidos de dolor palpitaron en todas las zonas sensibles de su cuerpo y parpadeó, aturdida, cuando una cálida energía brotó del hombre hacia todas direcciones. Sus terminaciones nerviosas se avivaron, toda su piel se puso de punta, detrás de los ojos apareció una luz cegadora y el hambre y la sed se apoderaron de ella.
—Señor Ouji —volvió a gemir, mitad súplica, mitad llamada.
Él no dijo nada. Sin dejar de presionar con la mano en la base de su columna, inmovilizándola sin apenas esfuerzo, cogió una de sus muñecas, obligándola a soltar el asiento. Le dobló el brazo detrás de la espalda y luego hizo lo mismo con el otro. Bulma no se atrevió a moverse, no podía. El lobo cogió el abrigo y tiró de él hacia abajo hasta desnudarle los hombros y media espalda. Después le apartó el cabello de la nuca, se inclinó sobre ella y hundió los dientes con suavidad en su cuello.
Bulma volvió a sacudirse, excitada hasta límites que nunca había conocido. Avergonzada, sintió como la humedad resbalaba entre sus muslos, una caricia íntima que elevó aún más la temperatura de su cuerpo. La humillación fue completa cuando el lobo deslizó una rodilla entre sus piernas y la apretó contra su intimidad anegada. Al instante, empapó la tela de su pantalón. Se sacudió, nerviosa. Abrió y cerró los puños, con el abrigo por los codos tenía los brazos inmovilizados. Regal clavó los dientes con más fuerza y Bulma se pegó al asiento, respirando de forma entrecortada. Un cable de acero tensaba la línea de su espalda, desde la nuca hasta más allá de la pelvis. Se le escapó una lágrima, que rodó por la mejilla hasta el asiento, y luego sollozó.
Regal se dio cuenta, aflojó los dientes y besó su pómulo húmedo y salado. Ella estaba sumida en un estado de ansiedad mezclada con anhelo, y era incapaz de hablar, incluso para explicarle que esa lágrima no era de tristeza, sino a causa del agudo placer que le rugía en el vientre. Escondió la cara en el asiento, intentando alejarse de él, y notó cómo el lobo se alzaba por encima de ella. Después escuchó un sonido metálico, el roce de unas telas, el sonido de un cierre bajando muy despacio. Cuando asimiló lo que significaba aquello, Regal ya la estaba embistiendo muy despacio. Gritó por la sorpresa, pero sobretodo gritó por el estallido que sufrió su interior. Algo se rompió dentro de Bulma y a medida que él avanzaba, estirando sus músculos internos, el dolor se volvía insoportable.
—No… —gimió con la voz quebrada.
Sujetándola por las caderas, Regal la atrajo hacia él con brusquedad. Bulma volvió a gritar, se revolvió, luchó contra el dolor que le provocaba el grosor de su miembro y luego, sin darse cuenta, tuvo un orgasmo.
—Eso es, eres hermosa… —susurró él, triunfante.
Bulma se estremeció de pies a cabeza, palpitando en torno a Regal, incapaz de seguir respirando. Sintió cada centímetro de piel dura y caliente, cada pliegue que lo surcaba. Apreció el miembro de aquel hombre que tenía tan dentro que le quemaba hasta en el vientre. Las contracciones duraron una eternidad y al final, se derrumbó, sintiendo una satisfacción que no había sentido nunca.
—Oh, dios… —repitió varias veces, entre jadeos, cuando Regal comenzó a salir de ella.
Cuando ya casi estaba fuera, cuando ella ya pensaba en lo que supondría sentirse liberada, él volvió a arremeter. Y ya no se detuvo. Bulma empezó a gritar sin control, sus gemidos iban al compás de las embestidas del lobo, su cuerpo se sacudía con la misma violencia con la que él golpeaba una zona dentro de su cuerpo que la hacía ver las estrellas. El roce era demencial, tocaba cada fibra de su ser y cada vena de su cuerpo entraba en combustión.
—Señor Ouji —suplicó ella, al borde del desmayo. Las lágrimas le surcaban el rostro cuando se giró para mirarle.
Él la cogió por la cara y la besó. Su lengua, su sabor, la vibración de sus gruñidos, todo le abrasó la garganta y el pecho. Sus senos se inflamaron y el roce de sus pezones contra el encaje de la ropa interior se volvió dolorosamente dulce. El placer, agudo y punzante, retorcía sus entrañas y cuando ya comenzaba a ver el final, Regal disminuyó la fuerza de sus acometidas hasta detenerse por completo, y con él, el vehículo.
—Hemos llegado —murmuró, con la voz ronca, saliendo de ella.
Bulma se sintió desfallecer al sentirse vacía y pensó que tenía razón, había llegado la hora de dejar de huir.
Ouji observó el cuerpo de Bulma tendido sobre los asientos traseros. Temblaba con los rescoldos de un intenso placer. Percibió que se relajaba, todo lo que podía relajarse después de haber quedado a las puertas del orgasmo y cuando su respiración se volvió más tranquila, deslizó la falda por sus muslos para cubrir sus preciosas nalgas sonrosadas. Cerró los ojos un momento, para no venirse abajo.
— ¿Dónde estamos? —oyó que preguntaba ella.
Regal contuvo un suspiro. Sosteniéndola entre sus brazos, la enderezó y besó sus labios hasta dejárselos hinchados y sensibles. Tenían un sabor dulce, estaban tan calientes como lo había estado su interior.
—Te he traído a mi casa.
— ¿Al mismo lugar a dónde llevas tus conquistas?
Tenía la voz un poco grave, aquel tono fue placentero para él, no pudo resistirse a volver a besarla en lugar de responder.
—Yo no conquisto, Bulma —murmuró sobre su boca caliente. Le acaricio los pómulos, tenía la piel cubierta por la sal cristalizada de sus lágrimas, y no se resistió a probarlas, deslizando la lengua por sus mejillas— Yo cazo, someto y me apareo.
— ¿Me has cazado?
—Dímelo tú.
— ¿Me vas a someter?
—Sí.
Las pupilas femeninas adquirieron una fascinante tonalidad oscura y el lobo percibió un brillo de interés. Se le inflamaron las entrañas, la recostó contra el asiento y devoró sus labios con hambre, mientras deslizaba una mano por el interior de sus muslos para acariciarla detenidamente. Ella se encogió, tenía la piel sudorosa y caliente, Regal estaba encantado con sus reacciones y se moría por hundirse de nuevo en ella.
—Por favor… —suplicó con los ojos entornados.
Regal suavizó la caricia. Un poco. El cuerpo femenino temblaba de una forma que no había visto nunca.
— ¿Alguna vez te han lamido? —le preguntó.
—No.
—Yo lo haré.
Ella se estremeció, revolviéndose para apartarse de sus caricias. Lo agarró del brazo con ambas manos y clavó sus ojos azules grisáceos en él, dos orbes redondas en cuyo centro se formaba una vorágine oscura. Regal se puso tenso y ahogó el deseo de aullar hacia aquellos iris, igual que cuando lanzaba sus lamentos al cielo.
—Señor Ouji…
—Me encanta como gimes mi nombre… vas a gritarlo durante toda la noche.
Esparció la cremosidad de su intimidad por la cara interna de sus muslos, hasta las rodillas, y con un último beso, salió del coche y le tendió la mano para ayudarla a salir. Bulma tardó un poco en levantarse, tenía el rostro sonrojado y la mirada perdida. Él la cogió por el brazo y con suavidad, la condujo al interior del edificio, notando que ella no era capaz de sostenerse en pie.
—No vamos a la casa dónde recibo las visitas, sino a mi apartamento privado —explicó mientras cruzaban un silencioso vestíbulo de mármol. El portero del edificio, un hombre ataviado con un uniforme negro, llamó al ascensor en cuanto le vio llegar y el lobo le hizo un gesto con la cabeza para que desapareciera de su vista— Las paredes de mi habitación son de cristal —dijo cuando entraron en la cabina— Puedo ver la ciudad desde cualquier ángulo y cuando me tumbo en la cama, puedo ver la luna. Su ciclo completo, noche tras noche, desde que nace hasta que vuelve a desaparecer. Esta noche está en cuarto menguante.
Ella no dijo nada. Regal la observó de reojo, tenía la mirada agachada y respiraba con un poco de agitación, mordiéndose el labio inferior. Al verla sumida en sus propios pensamientos, deseó conocer lo que pasaba por su cabeza en ese momento. Sabía que ya no tenía escapatoria, una vez cruzara las puertas de su apartamento ya no podría echarse atrás. La cogió por la barbilla y la obligó a mirarle.
—Dime una palabra —le pidió.
— ¿Para qué?
—Piensa en una palabra que no usarías jamás en mitad de un acto sexual.
Ella contuvo el aliento y se quedó mirándolo a los ojos durante un buen rato. Pero al final, contestó:
—Oscuridad.
—Recuérdala. Es importante que lo hagas. No la arrojes como un arma contra mí, utilízala solo si has llegado al límite.
—No entiendo…
—Lo entenderás.
Cuando las puertas se abrieron, accedieron a un pasillo blanco cubierto de moqueta negra. De las paredes colgaban tapices con escenas de bosques, de caza, y mujeres ataviadas con finas túnicas que portaban ánforas llenas de agua. Predominaba el color del otoño, paisajes repletos de árboles y florestas en las que lobos, osos y zorros, se mezclaban en una armonía de colores rojizos y amarillos. Accedieron entonces al apartamento, un enorme espacio sin paredes interiores del mismo estilo que el pasillo. Los muros que bordeaban el salón tenían un color verde oscuro, como el de los pinos, y los muebles eran de madera vieja.
Regal situó a la mujer en mitad del salón y le quitó el abrigo, dejándolo caer sobre el sofá. Tenía el cabello alborotado, en silencio le quitó las horquillas y peinó sus mechones con los dedos, deleitándose con el tacto. Aspiró su aroma. Usaba jabón natural para lavarse el cabello, ansioso, hundió la cara en su cuello para deleitarse con olor de su piel. Estaba caliente, olía a hembra y a sexo, a azúcar, a nubes. A agua fresca de arroyo. La imaginó tumbada sobre una cama de hierba y flores, cubierta con la dulce savia de los bosques, desnuda, exultante, bañada por el sol y por la luna.
Lanzó un gruñido seco. La ciudad era para gente civilizada, él necesitaba poseerla al aire libre como el salvaje que era. Quería empaparla de la naturaleza de los bosques, hacerle el amor a cielo abierto, observar el orgasmo de Bulma con el cuerpo femenino encima del suyo, recortada contra el manto de las estrellas en una noche calurosa de verano.
No podía hacerlo todavía, antes tenía que someterla a él. No quería revelarle su naturaleza hasta estar seguro de que la mujer sería capaz de soportar la verdad. Le puso la mano en la parte baja de la espalda y la empujó. Notó como la energía brotaba de ella, entumeciéndole la muñeca, y la obligó a caminar hacia las escaleras de caracol, de madera natural, hacia el piso superior.
Su habitación era de paredes transparentes. Bulma observó fascinada como la ciudad los rodeaba. Al mirar hacia arriba, observó el cielo.
—Podemos ver de dentro hacia fuera —le explicó, temblando de anticipación. No tenía ningún sentido tranquilizarla, quería presionarla, avergonzarla y satisfacerla, pero le dio toda la explicación, quizá impulsado por la necesidad de agradarle— Nadie puede ver el interior, a menos que apriete ese botón de ahí. Los cristales dejarán de ser opacos y cualquiera que mire hacia aquí, podrá vernos con claridad.
Los señaló. Bulma siguió la dirección de su mano con interés.
— ¿Ahora están activados?
— ¿Quieres que los desactive?
Ella vaciló. Regal supo al instante que luchaba contra el deseo de decir que sí. Bulma negó con la cabeza y él se sintió ligeramente decepcionado.
—Respetaré tu decisión —susurró— Por ahora.
La empujó un poco más hacia el interior de la habitación. La cama era una estructura de roca y madera sin tratar, áspera y nudosa. Tenía forma de nido, era redonda y las sábanas eran de color negro. El lobo envolvió la cintura femenina con las manos y la acercó hacia un enorme mueble con cajones que estaba pegado a la única pared que no era de cristal, en el cual había un espejo ovalado con un marco tallado para darle la forma de un entramado de hojas y ramas.
El lobo colocó a Bulma ante el espejo y bajó el cierre de su vestido. Ella contuvo el aliento.
—No cierres los ojos. Vas a mirarte en este espejo mientras te excito. ¿Alguna vez te has masturbado delante de un espejo?
Por la forma en que se sonrojó, supo que no.
—Regal… yo…
—Señor Ouji para ti, Bulma. Me gusta cómo te diriges a mí de esa forma, educada y correcta. ¿Qué ibas a decir?
—Nada, señor Ouji.
Sonrió con arrogancia y deslizó los tirantes por sus hombros. Con mucha lentitud, deslizó el vestido por sus curvas, dejándolo tendido a sus pies como espuma de mar. Le acarició los brazos con los dedos, notando la electricidad que surgía con el contacto y con un movimiento preciso, liberó el sujetador. Bulma exhaló un jadeo, Regal retiró la prenda con mucha lentitud y después la lanzó hacia un rincón. Observó el cuerpo de la mujer a través del espejo y sus ojos se detuvieron en sus pechos. Ella se encogió ligeramente al sentirse observada, sus pezones se elevaron hacia arriba y su piel se sonrojó aún más.
Le cubrió un seno con la mano. Necesitaba tocarla. Se moría de ganas por tocarla en cualquier parte. Ahora tenía todo el derecho a hacerlo, Bulma estaba en su guarida, era suya ahora. Empezó a acariciar el pecho caliente con delectación, embriagándose con la suavidad de su piel. Con la palma, frotó su pezón duro hasta que ella entornó los ojos por el placer y entonces le cubrió el otro seno con la otra mano. La atrajo hacia él agarrándola de los pechos y comenzó a darle pequeños pellizcos y tirones a sus erizadas crestas. En el espejo podía observar sus reacciones, la forma en que Bulma fruncía el ceño cuando algún pellizco era demasiado fuerte. Apretó hasta que ella se enderezó con un chillido.
—Señor Ouji…
—Di tu palabra, Bulma. Cuando no puedas soportarlo, di tu palabra. Mientras tanto, nada de lo que digas me detendrá. ¿Lo has entendido?
—Sí, pero…
Apretó a un más fuerte, enloqueciéndola.
— ¿Vas a decir tu palabra? Si la usas para intentar escapar, te castigaré. Acepta lo que hay, mujer. Deja de escapar. No puedes.
—No… no puedo —protestó, con lágrimas deslizándose silenciosas por sus mejillas.
Liberó sus pechos, ella respiró de forma entrecortada y se los acarició, buscando aliviar el dolor mezclado con el placer. El lobo le acarició la nuca con las dos manos, la sujetó por el pelo y la inclinó hacia delante, hasta ponerle la cara sobre la superficie de la cajonera.
—Separa las piernas —exigió.
Ella obedeció. Regal cerró los ojos, estaba tan acalorado como lo estaba ella y su control pendía de un hilo. Quería ser duro con ella, devolverle una parte de su frustración, mostrarle los placeres y deleites que él bien conocía. Su parte animal quería aparearse con Bulma, su parte racional quería hacerle el amor por todas partes, por turnos, de todas las maneras posibles. ¿Qué parte de él, entonces, era la más salvaje? ¿La que buscaba procrear, o la que buscaba satisfacción? No estaba seguro.
Se quitó el cinturón con una mano. Con la otra, apretó la cabeza de Bulma contra el mueble para que no se moviera. Dejó el cinturón sobre la cajonera, para que ella lo viera bien. Luego le dio una suave patada en el tobillo.
—Separa más las piernas. Quiero que estés lista para mí.
Bulma obedeció. El lobo observó de reojo la tensión de sus muslos, lo único que cubría a la señorita Brief eran las medias y los tacones. Nunca había sido un fetichista de la lencería femenina. Ahora sí.
—Más —exigió, impaciente.
Bulma protestó cuando los músculos empezaron a tirarle, pero aún llegó a separar los muslos unos centímetros más. Regal pensó entonces que, si la quería tan lista, podía atar sus tobillos a las patas del mueble. La idea lo fascinó. Pero no lo haría ahora, ahora necesitaba hacer otra cosa y con ansiedad, acarició su intimidad, comprobando que seguía muy mojada y muy excitada. Se lamió los dedos llenos de esencia femenina. Volvió a empaparse los dedos y, en esta ocasión, la embistió, notando enseguida la resistencia de su cuerpo y la ansiedad con la que palpitaba. Gimió, complacido, antes de inclinarse hacia ella.
—Voy a lamerte, Bulma —anunció.
Ella estaba hundida hasta el cuello en un espeso océano de lujuria. Era como nadar en una piscina de miel; pegajosa, densa, caliente. Clavó las uñas en la superficie del mueble y ahogó un jadeo cuando todos sus sentidos se avivaron de golpe. La lengua de él rozó sus zonas más sensible y Bulma sintió una contracción en el vientre al percibir cada matiz que recordaba de ella. Rugosa. Húmeda. Abrasadora. Dura. Ningún hombre había estimulado sus partes femeninas con la lengua. No de esa manera, como si besara su boca, como si su intimidad pudiera devolverle los movimientos. ¿Podía? Se golpeó mentalmente para frenar los derroteros de su mente, estaba delirando y lo sabía.
El lobo la tocó con la punta de la lengua, leves contactos que electrificaron su cuerpo y la obligaron a ser cada vez más consciente de su cuerpo y su propia sensibilidad. Bulma se sintió como un melocotón demasiado maduro, con la carne blanda y jugosa, cuando sus propias mieles resbalaron por los labios ardientes del hombre. Se estremeció. Él la saboreó de esa manera, como una fruta demasiado tierna, mordisqueando y jugueteando. Ella apretó los puños, la estimulación se arremolinaba en torno a su corazón, que empezaba a latir repleto de anhelo, necesitado de atenciones más urgentes que sólo contacto físico.
Regal se alejó de aquel punto para acariciar los tensos labios de la mujer y regresó a su labor. Ella se derritió y se tumbó sobre el mueble, notando como su propio sudor empapaba la madera hasta el punto de resbalar por ella, todo en él la desarmaba. Se aferró con las uñas a la superficie y empezó a jadear más fuerte, más deprisa, con el corazón golpeándole en las sienes.
El lobo emitió otro de aquellos rugidos que surgían desde el fondo de su garganta, provocándole estremecimientos en todas partes.
—Grita. No es momento de contenerse. Quiero que grites —exigió dándole otro demandante beso.
Bulma soltó de golpe una bocanada de aire que no sabía que contenía y gimió demasiado fuerte. Humillada, cerró los ojos. Se puso a temblar. Otra vez. ¿Qué clase de hombre era Regal Ouji? ¿Qué clase de sexo era este? Bulma había tenido unos pocos amantes con los que se había divertido antes de casarse pero esto…
—Grita —masculló Regal, azotándola. Dejó caer la palma sobre su nalga, haciendo vibrar toda su carne.
Bulma apretó los labios. No quería gritar. Gritar sería demostrar que estaba complacida. Lo estaba, pero le daba miedo reconocerlo. El lobo emitió un suspiro y con el pulgar comenzó a acariciar sus rincones más prohibidos de piel anhelante. Ella se puso tensa al sentirse más vulnerable que antes.
—Vas a gritar —murmuró con su aliento rozándola.
Se acercó a su rostro para cubrir su boca con los labios y empezó a succionarlo con tanta fuerza que Bulma se dejó hacer. Se retiró en cuanto ella se puso tensa, dando suaves lametazos al vulnerable rostro, sin que la intensidad del placer bajara ni un grado.
¿Cómo podía una mujer pensar en mitad del rugiente deseo que la consumía? ¿Por qué querría una mujer pensar mientras un hombre la empujaba hacia el éxtasis? Porque no era lícito. No era lo correcto. Se estaba dejando llevar con un hombre que no era su marido, ¿en qué situación la ponía eso?
Regal cortó su línea de pensamiento invadiéndola con dos dedos, aumentando de forma exponencial la velocidad de las caricias. El placer comenzó a acumularse en su vientre hasta niveles insoportables y dejó escapar otro grito de angustia. Bulma sacudió la cabeza, aterrorizada. No era desenfreno lo que sentía, ni siquiera se parecía a la pasión desatada; era hambre, sed, anhelo. Era algo a lo que no le podía poner nombre. Dolía. Y a la vez, era placentero. Apoyó las manos sobre el mueble y despegó el torso de la superficie para poder respirar, su propio peso la asfixiaba, necesitaba aire para mantenerse bajo control. Al levantar la cabeza vio su reflejo en el espejo con los ojos empañados por la lubricidad del momento.
Brillaba, rebosando lujuria. El sudor le empapaba la cara, el cuello y los pechos, que vibraban con los temblores de su cuerpo. Empezó a ser consciente de cuanto la rodeaba, la ciudad que los envolvía mientras ellos eran invisibles, la cálida temperatura de la habitación, el aroma del bosque y de la madera. El sonido de Regal cuando gruñía y succionaba, el rítmico estruendo de su corazón en la cabeza. La sangre caliente bullía bajo su piel. Bulma alzó la cabeza para mirar al techo, notando como la energía acumulada entre sus piernas subía por su vientre, formaba una bola en su pecho hasta endurecerle los pezones y ascendía por su garganta hasta obligarla a dejar salir todo lo que reprimía.
Se estremeció con un largo gemido y se liberó. Sintió cómo la energía de Regal subía entre sus piernas y dominaba todo su cuerpo hasta enraizarse en su cerebro. Todos sus músculos se tensaron hasta marcarse contra su piel, con un gruñido primitivo liberó toda su frustración y sus miedos y apretó los dientes, furiosa consigo misma cuando un sentimiento de melancolía la inundó.
No había necesidad de poner freno a sus instintos. Estaba perdiendo el tiempo intentando mantener en calma sus emociones. Regal Ouji tenía razón, no tenía ningún sentido acallar los gritos ni reprimir sus impulsos. Ella siempre había anhelado ser amada con pasión.
Quizá no estaba siendo amada, pero el hombre que había entre sus piernas la estaba volviendo loca. ¿Se entregaría cómo se lo imaginaba, sin ataduras ni contención? ¿La atacaría durante horas hasta que se le entumecieran los músculos? ¿Sentiría dolor cada vez que intentara alejarse de ella?
Estaba deseando comprobarlo.
Con un gruñido, el lobo apartó la boca de dónde la tenía, cogió a Bulma por la cintura y la separó del mueble para hacerla girar. Ella, aturdida y temblando sin control, miró hacia abajó, dónde Regal, arrodillado y desnudo, la miraba como un lobo hambriento. Sus ojos negros se tornaron de un color rojizo oscuro refulgían en mitad de la habitación como dos brasas en una profunda oscuridad y sintió que la vergüenza se derramaba entre sus muslos hasta desaparecer por completo.
—Libera tu naturaleza —dijo él sacando la lengua para lamer su vientre sin dejar de mirarla a la cara— Déjame escucharla.
Hundió la cabeza entre sus muslos como si se hubiera zambullido en el mar. Bulma se recostó contra el mueble y separó las piernas para que él llegara dónde ningún hombre había llegado. Él la sujetó por las caderas para atraerla hacia su boca y comenzó a devorarla con una lujuria que no era de este mundo. Bulma empezó a gritar con la cordura hecha pedazos, sintiendo que todo su cuerpo se ponía enfermo, la fiebre subía, el sudor bañaba su frente y su cuello y su mirada daba vueltas por toda la habitación. Mirase dónde mirase solo veía edificios con sus miles de luces, pequeños puntos que se mezclaban en su cerebro formando un caleidoscopio en blanco y negro.
Escuchó los gruñidos de Regal, vibraban entre sus piernas y la piel interior de sus muslos escocía por la barba áspera que cubría las mejillas masculinas. El momento no podía ser más perfecto ni más decadente, llevó las manos al cabello del hombre y metió los dedos entre sus mechones. Llevaba deseando hacer eso mucho tiempo, tanto que Bulma pensó que habían sido años los que había anhelado sujetar a un hombre entre sus piernas para que este le diera placer. El tacto le subió por los brazos erizándole toda la piel hasta desembocar en una punzada de deseo en su vientre.
Pero el tacto de Regal era más necesario que todo eso. Tocar sus gruesos mechones, tirar de su fuerte cabellera, sentir el sudor que empapaba su pelo era un asunto de vida o muerte.
Lo atrajo hacia ella. Él metió el cuerpo entre sus piernas, empujando con los hombros para separar los muslos un poco más y lamió, mordió y besó su esencia sin soltarle las caderas. La fricción de su lengua y su barba la enervó pero no era suficiente, quería más, mucho más. Ansiosa, deslizó las manos por su cuello notando lo duro que estaban sus músculos y apreció el sudor que también bañaba la piel masculina, ¿Por qué tenía que ser tan perfecto?
Ella siempre se había considerado una persona sensata sin embargo en ese momento no podía encontrar ninguna razón para detener lo que estaba haciendo. Quería seguir sintiendo, descubrir hacia dónde la conduciría la siguiente caricia de ese hombre, comprobar si sería capaz de seguir su ritmo y sucumbir a la indecencia.
Siseó de gusto cuando se empapó los dedos con su transpiración, era tal la urgencia que tenía por seguir sintiendo que le arañó la piel dejando ocho surcos en su cuello. Regal emitió un gruñido tan ronco como el de una fiera, agarró las manos de Bulma y entrelazó sus dedos con los de ella. Privada del apoyo, se encontró flotando sobre el cuerpo del hombre y un aluvión de sensación la atrapó. Lo de antes solo habían sido leves caricias, ahora tiraba con tanta fuerza que sentía unas corrientes concentrarse en aquel sensible lugar.
Sin apoyo y totalmente entregada al momento, explotó en un orgasmo que sacudió su cuerpo de pies a cabeza y puso su mundo del revés. El lobo bebió de ella sin medida, los muslos de Bulma empezaron a temblar y se le doblaron las rodillas. El hombre la sostuvo con las manos sin dejar de gruñir y morder, y se apartó al final, con la boca húmeda y una arrogante sonrisa en la cara.
Se puso en pie muy despacio. Bulma luchó por respirar. A medida que la poderosa figura se alzaba ante ella, la habitación se fue haciendo más pequeña y la presencia masculina la envolvió hasta robarle el poco aire que le quedaba.
—Exquisita —dijo limpiándose, deliberadamente, la boca con el dorso de la mano.
Antes de que ella pudiera tomar conciencia de lo que acababa de ocurrir, él la subió al mueble y levantó sus piernas hasta colocárselas sobre los hombros. La sujetó por la nuca con una mano mientras con la otra trazaba una lujuriosa caricia por sus pliegues. El roce la dejó ciega y gritó cuando él empezó a tocarla de un modo demencial.
Apenas se había recuperado de lo que acababa de pasar cuando él volvió a empujarla contra un nuevo precipicio.
— ¡Mira! No pierdas detalle —la instó, obligándola a mirar hacia abajo, hacia el lugar que él estimulaba.
Bulma lo hizo, clavó los ojos en la abertura que formaban sus muslos, allí donde estaba su intimidad. La mano de él se movía frenética y podía sentir el resultado en su propia piel, las réplicas en su propio vientre. Demencial.
— ¿Alguna vez habías hecho algo así? —preguntó acercándose hasta posar la frente sobre la de ella.
—Nunca.
—Observa bien, Bulma...
El tono con el que pronunciaba su nombre le provocó una sacudida en las entrañas. Regal se mostró en todo su esplendor. Ella contuvo el aliento y empezó a temblar, impresionada por la masculinidad que desprendía. Todo en él era lujuria y virilidad mezclada para dibujar el tapiz perfecto. Se lamió los labios, hambrienta. No, ella nunca había deseado hacer una cosa así, le parecía sucio, incómodo. En cambio ahora le resultaba erótico y la curiosidad borró cualquier rastro de vergüenza. El lobo se acercó a ella y dirigió aquella erección hacia el ángulo que formaban sus piernas. En cuanto pudo sentirlo vio estrellas detrás de los ojos. Se agarró a sus brazos temiendo caer y él acarició todo su interior.
—Oh, Dios... —gimió al final.
—Libérate, Bulma. Y mira. No dejes de mirar. Tienes que verlo todo.
Sujetándola por el pelo le inclinó la cabeza hacia abajo para que mirase hacia dónde sus ambos se encontraban. Lo vio situarse en perpendicular y Bulma contuvo el aliento al observar cómo aquello desaparecía dentro de ella. Abrió los ojos, al mismo tiempo que dejaba de verlo, sentía cómo se deslizaba dentro de ella. Empezó a temblar, con la cabeza dando vueltas y soltó un gemido grave.
El lobo se introdujo en ella de una sola vez. Soltándola, apoyó las manos en el espejo, detrás de la cabeza de Bulma, y empezó a embestir contra ella, contra el mueble, tan fuerte que acabó levantándola en el aire. Ella movió las manos buscando algún tipo de apoyo, primero probó sosteniéndose encima del mueble pero pronto se dio cuenta de que no era suficiente, de que Regal estaba demasiado lejos de su cuerpo y el roce no era suficiente. Así que, doblada en dos como estaba, le rodeó el cuello con los brazos y se arqueó contra él.
Nunca se había sentido tan flexible como ahora. La forma en que su cuerpo se retorcía le recordaban a las duras sesiones de baile, cuando sus músculos empezaban a tensarse hasta el punto de la fatiga muscular. Empezó a moverse con él, buscando el roce perfecto, apretando las manos, y los tobillos, en torno a su cuerpo. Él se inclinó aún más hacia delante con la boca abierta y ella lo acogió en su boca para besarlo con desesperación. Mientras él embestía como una fiera, Bulma lo atrajo hacia ella agarrándose a sus hombros, clavándole las uñas en la piel, notando lo duros músculos de todo su cuerpo cuando chocaba contra ella. Los movimientos del hombre aceleraron hasta un ritmo demente, el estruendoso sonido de sus cuerpos estrellándose al final del movimiento la volvió loca. Gritó fuera de control y él respondió con gruñidos primarios, brutales, imbuido por el frenesí de aquel acto carnal y desmedido.
Bulma llegó a un éxtasis que le paralizó todo el cuerpo, no estaba preparada para algo así. Abrió los ojos nublados, movió la boca buscando aire, Regal se abalanzó sobre ella subiendo encima de la cajonera, en una postura aún mucho más inmoral que la anterior, para embestirla con mayor intensidad. Bulma lo encontró delicioso, decadente, hermoso a la par que humillante. Aquel era el desenfreno que ansiaba y quería saciarse de él de todas las formas posibles. Aún con la cabeza dando vueltas, miró a Regal a la cara y éste le devolvió la mirada con los ojos rojizos brillando como sangre caliente. No era una mirada humana, era puro instinto, había algo animal en las facciones del hombre. Una bestia desatada que no se detenía ante nada y pudo percibirlo.
Sus cuerpos brillantes y resbaladizos se agitaron durante una eternidad hasta un punto en el que Bulma llegó a perder sensibilidad.
—Regal... -sollozó, sin poder refrenarse un poco. Él detuvo sus movimientos embistiéndola con un golpe de sus caderas que la hizo chillar.
—Señor Ouji para ti —masculló.
—Señor Ouji... —repitió ella con un gemido.
Él soltó una carcajada de éxtasis y se dio la vuelta para caminar por la habitación, ella acompaño su risa con gemidos y jadeos que no reconocía como suyos, perdida en aquel paroxismo de lujuria. No quería parar. Regal dio varios pasos con dificultad, Bulma descubrió a la mujer traviesa que había en su interior y lo provocó con sugerentes movimientos de sus caderas. Él esbozó una siniestra sonrisa y se dejó caer sobre la cama, cayendo sobre Bulma. Ella aterrizó desmadejada y durante un instante sus cuerpos se separaron.
—Más —pidió con la voz ronca—Dios, no pares…
— ¿Así? ¿Lo quieres así?
Ella asintió sin ser consciente de hacerlo. Solo quería ese roce, aquel que dibujaba estrellas detrás de sus párpados, el lugar exacto que él golpeaba en su interior y provocaba que su vientre rugiera de éxtasis. Su cuerpo reclamó otro nuevo orgasmo y se arqueó para aullar, echando la cabeza hacia atrás, descubriendo que después de aquello, ya no sería la misma mujer de antes.
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Una corriente de energía fluyó por el cuerpo de la mujer de cabello azulado y mirada perdida. La bestia de Regal se rebulló en su interior, acicateando sus instintos primarios, anunciándole como un trueno en mitad de la noche que algo en las defensas de la mujer se había resquebrajado por completo. La euforia y la necesidad formaron una bola de fuego en su vientre, ella acababa de darse cuenta de que no había marcha atrás, que después de aquella noche de desenfreno y pasión, nada volvería a ser igual. El lobo se movió con la mente puesta en la siguiente embestida, en las sensaciones que lo invadían cada vez que golpeaba el interior de la mujer y ella se retorcía con los ojos brillantes y la boca entre abierta, emitiendo una sutil pero embriagadora mezcla de gemidos, jadeos y lamentos.
Estaba hermosa, el cuerpo rebosando placer, hinchado, las mejillas rojas y la piel brillando de sudor. Regal había fantaseado con lo increíble que podía llegar a ser cuando el placer regara sus sentidos, pero nunca la belleza de una mujer lo había maravillado hasta el límite de su propia cordura, porque nunca había visto a una mujer como Bulma.
Estaba perdiendo el control de su parte humana. A duras penas mantenía las riendas de su bestia, ansiosa por devorar cada gramo de decencia que todavía quedara en el cuerpo de la señorita Brief. El lobo apretó los dientes sintiendo sus contracciones estrujándolo dolorosamente, sin dejar de mover las caderas, embistiéndola de forma posesiva. Estaba a punto de alcanzar su propio clímax, apenas faltaba el último empujón, y no lo deseaba. Su orgasmo pondría fin a aquella danza y anhelaba un poco más de tiempo.
— ¡Bulma! —bramó.
Ella volvió en sí y le miró con los ojos echando chispas, dispuesta a seguirle hasta el fin del mundo en aquella locura.
—Me duele… Yo… no sé… —decía— No pares te lo ruego… no...
Regal la ignoró y aceleró, observando como el asombro volvía a superponerse al gozo. Separó sus muslos aún más, rodeando sus tobillos con unas manos que casi parecían garras.
—Alíviate. Acaríciate —apremió.
Ella asintió, jadeando, y soltó las sábanas para apretarse las manos contra el cuello y el pecho. Regal clavó la vista en su cuerpo mientras ella se tocaba los pechos, su parte racional registró los temblores cuando Blulma sintió el escozor de su tacto sobre sus pezones oscuros y tirantes, alentado por la lujuria, se apartó de ella, abandonando su interior de golpe. Ella se encogió, como si en lugar de haber salido de ella, le hubiera arrancado un puñal. Quizá así fuera, por el dolor que le recorrió las entrañas al ver cómo se estremecía con una deliciosa convulsión, apretándose los muslos el uno contra el otro.
—Date la vuelta —rugió.
Ni siquiera esperó a que obedeciera, él mismo la hizo girar sobre el colchón, le levantó las caderas y embistió como un salvaje. Ella lanzó un grito, mitad furia mitad placer, curvando la espalda. Regal comenzó a mover las caderas más rápido, hundiéndose en ella con pasión y desenfreno, dispuesto a romper aún más sus barreras. Bulma emitió unos deliciosos jadeos y el lobo observó cómo se tensaba mientras el orgasmo crecía dentro de ella, hasta explotar.
Ahí estaba, la última resistencia. La violencia de su placer lo sacudió hasta los cimientos, la energía acumulada en su centro descendió como una avalancha por su columna y no pudo detenerla, la fuerza de un potente orgasmo lo arrolló y el corazón le retumbó en la cabeza dejándolo aturdido. Tembló por entero, sintiendo que sus músculos se rompían como una cuerda demasiado tensa. Sacudido por un millón de calambres emitió un furioso rugido mientras el placer lo sacudía como un barco en mitad de una tormenta en alta mar. Se derramó sin control, a borbotones, se sintió palpitando como si fuera a estallar y ella absorbió toda esa energía hasta dejarlo completamente sin defensas.
Se derrumbó sobre el cuerpo de la mujer, moviéndose de forma incontrolada con los espasmos del placer recorriendo sus músculos, cubriéndola con su cuerpo. Bulma se aferró a la cama como si se fuera a caer de ella y hundió la cara entre las sábanas, respirando profundas bocanadas de aire, exhausta, con la piel ardiendo. Regal tardó un buen rato en recordar cómo era eso de respirar y abrió los ojos, sintiendo las nerviosas palpitaciones de Bulma en la piel. Estaba aplastando su frágil y tierno cuerpo con su peso; ella gemía y se retorcía, frotándose sobre su piel empapada de sudor, moviendo las caderas para sentirlo. Se removió con un gruñido, deslizando la boca por su cuello salado, acalorado y palpitante, y buscó su boca para introducirse en ella con un beso que provocó una nueva oleada de intensos latidos en ella. Viendo que aquello le gustaba inundó su boca con besos profundos y provocativos, moviendo la lengua hasta escucharla jadear de asombro. Succionó sus labios, llenándolos de sangre y los mordisqueó con fuerza, notando que ella empezaba a temblar.
—Señor Ouji… —susurró.
—Silencio —gruñó él.
Abandonó su interior y se apartó de ella con brusquedad. Bulma se dio la vuelta pero se cubrió con los brazos con la sombra de la duda en sus ojos. Él sonrió de medio lado mientras se levantaba de la cama, con las rodillas temblando por el esfuerzo. Casi se tropezó con sus propios pies cuando caminó hacia el mueble sobre el que habían estado antes de pasar a la cama a jugar. Bulma lo había agotado de un modo que no era capaz de concebir, ninguna hembra con la que se había apareado en el pasado lo había dejado tan exhausto.
Sintió la mirada femenina recorrerle el cuerpo de arriba abajo y un escalofrío bajó por su espina dorsal, concentrándose de nuevo entre sus piernas. Se volvió hacia ella, de frente, y Bulma apartó rápidamente la mirada, buscando ponerla en algún sitio seguro. Sin embargo, no pudo resistirlo durante mucho tiempo, y contempló al hombre con asombro, fascinación e incredulidad. Orgulloso, él giró todo el cuerpo y alzó la barbilla con arrogancia, permitiendo a la mujer contemplar su cuerpo esculpido por la naturaleza. A Bulma le tembló el labio inferior y se pasó la lengua por la boca, devorándolo con la mirada.
—Ven aquí.
Le tendió la mano. Ella sacudió la cabeza, como si acabara de despertar de una fantasía, y miró su mano. Con cautela, se movió sobre las sábanas y aceptó la mano de Regal. El contacto envió una nueva oleada de calor a su cuerpo, tuvo que hacer un gran esfuerzo por calmar sus emociones y tiró de ella hasta bajarla de la cama. Se le doblaron las rodillas. Él la enlazó por la cintura y la apretó contra su cuerpo, Bulma se frotó la cara y emitió una risita nerviosa que puso al lobo enfermo de necesidad. Se aproximó a una de las paredes transparentes y la mujer lo siguió, aunque enseguida notó su vacilación cuando dudó a la hora de acercarse al grueso vidrio de las ventanas. Él colocó la mano libre en el hueco de la espalda femenina y la empujó con suavidad hacia los cristales.
—No te pueden ver. A menos, ya sabes, que yo lo haga posible.
Ella lo miró un segundo antes de acercarse a la pared y contemplar la ciudad que se extendía ante ellos. Regal no perdió el tiempo, se colocó detrás de ella y apoyó las manos en la ventana, encerrando el cuerpo de la mujer entre sus brazos. Ella colocó las manos junto a las del hombre y le miró por encima del hombro.
— ¿Quieres que te haga mía otra vez? —preguntó él con brusquedad.
Ella movió la cabeza, afirmando, y le dio un rápido beso, tentándolo.
—Quiero —suplicó.
El lobo emitió un gruñido, la cogió por las caderas con fuerza y le separó los muslos metiendo la rodilla entre las de ella. Cuando entro en ella, su hermosa luna. Ella se tensó de un modo fascinante, levantando los talones del suelo hasta quedar de puntillas. El fuego consumió a Regal en cuestión de segundos, la hoguera que rugía en el interior de la mujer lo sedujo con el embrujo de sus llamas y su parte racional se marchó lejos de allí, a algún lugar recóndito de su mente, mientras su bestia tomaba la iniciativa para tomarla con insaciable voracidad. Ella se entregó por completo, gimiendo, gritando y jadeando, empañando el vidrio con su aliento y con el calor que manaba de su cuerpo.
Ya imaginaba que tener sexo con ella sería increíble, pero no estaba preparado para que lo fuera tanto. Intenso, brutal, agotador. Un éxtasis violento, crudo y enloquecedor. Bulma resbalaba por el vidrio con el cuerpo cubierto de sudor, arañaba el cristal y gemía con tanta pasión que escucharla lo ponía enfermo y le llenaba la sangre de energía, convirtiendo su cuerpo en una máquina fuera de control. Las dos veces que ella sucumbió al orgasmo, estremeciéndose y convulsionándose, estuvo a punto de hacer que se desmayara. Ella absorbía su placer con una voracidad sin límites y él apenas era capaz de seguir su ritmo, aunque fuese él, el que estuviera moviéndose sin control, golpeándola con sus caderas y entrando hasta las profundidades de su alma.
Llegó al clímax con otro aullido, alcanzó el placer con tanta fuerza que se desbordó y sintió cómo su semilla resbalaba por los muslos de la mujer. Ella emitió un chillido y se derrumbó sobre el vidrio. Ciego, el hombre lobo apoyó la cabeza en la espalda de Bulma luchando por respirar y las piernas de ambos fallaron, haciendo que sus cuerpos resbalaran por la superficie de la ventana con un chirriante sonido.
Una vez allí, Bulma no perdió un segundo, se dio la vuelta y montó sobre su cuerpo, deslizándose sobre él. Regal estaba tan aturdido que no fue capaz de detenerla, ella lo absorbió por completo, cuando fue consciente de lo que sucedía la mujer lo ahogó con un sugestivo movimiento de caderas que lo volvió loco. Absorto en la contemplación de aquella salvaje entrega, se ahogó en el fuego que desprendía su amante y su propio mundo se puso del revés.
Bulma presentó batalla y él acabó reducido a una masa temblorosa de dulce agonía. El placer lo estranguló hasta cortarle la respiración, el corazón casi le estalló en el pecho y los orgasmos que sacudían el cuerpo de Bulma provocaban que el roce de sus cuerpos fuese todavía más doloroso. Apenas podía contenerse, apenas era capaz de controlar sus instintos, pero se perdió en el cuerpo de la mujer, en la pasión que manaba de ella y lo empapaba como lluvia densa. La empujó para ganar la posición superior, Regal clavó los dedos en las tensas carnes de su luna, en sus voluptuosos y vibrantes muslos que se estremecían cuando el placer la recorría, y la tomó como un poseso; ella le arañó el pecho, deliciosos zarpazos que le escocieron y le levantaron la piel. Su espíritu depredador pugnaba por salir y a duras penas podía amarrarlo. Pronto entendió que ella no era fuego sino una tempestad, un huracán, una galerna, y que lo iba a arrasar todo a su paso. Ya se sentía con los pulmones llenos de agua, ¿qué sería lo siguiente?
Notó que ella empezaba a perder fuerza y, exhausta, se desmayaba sobre la alfombra como si un rayo la hubiera fulminado tras el orgasmo. El lobo jadeó y se derrumbó junto a ella, con la cabeza dando vueltas y el cuerpo agarrotado, recorrido por mil calambres, sin dejar de preguntarse de cuanta energía le había absorbido para usarla contra él. Cerró los ojos para calmar las emociones que le bullían bajo la piel y, sin darse cuenta, se quedó dormido junto al cuerpo caliente de su amante.
Despertó poco tiempo después, cuando sintió que su miembro rugía y se tensaba. Al abrir los ojos descubrió a Bulma entre sus piernas dándose un festín. En cuanto sus labios se posaron sobre él, la habitación empezó a dar vueltas. Conmocionado, observó y sintió cómo ella lo introducía en su boca con sumo cuidado. Preguntándose aún si estaba metido en alguna fantasía húmeda, colocó las manos sobre la cabeza femenina y ella, como si tuviera la mente en otra parte, comenzó a lamer y a succionar como si él fuese un simple helado de chocolate. Se puso tan tenso que su bestia rugió en su interior y sus colmillos comenzaron a afilarse, igual que sus manos comenzaron a deformarse y crecer. Bulma estaba tan concentrada en su labor que no se percató de lo que su boca estaba provocando a Regal, pero él no iba a permitir que ni ella ni su bestia llevaran la iniciativa.
La agarró por el cabello y la apartó.
—No te he dado permiso para hacer eso… —gruñó.
Un fulgor rabioso cruzó las facciones de Bulma, que lo agarró de los brazos para clavarle las uñas en los bíceps. Él siseó.
—Quería tocarte —se justificó ella.
—No me has pedido permiso,mujer.
La lanzó de bruces sobre el colchón y cubrió su cuerpo colocándose a horcajadas sobre sus piernas. Bulma se revolvió, Regal agarró sus muñecas y las inmovilizó en la base de su espalda.
— ¿Qué haces? —murmuró ella, percibiendo lo indefensa que se encontraba en aquella postura.
—Tomar el control. Has estado a punto de ganarme en mi propio juego, Bulma. No puedo permitirlo.
Alargó la mano para arrancar un pedazo de sábana. El sonido de la tela rasgándose le erizó los nervios y en ella también provocó un estremecimiento. Envolvió sus muñecas con un lazo y giró otra vez su cuerpo para ponerla boca arriba, recreándose en la expresión que cruzaba su cara, una mezcla de lujuria y precaución.
—Confía en mí, Bulma. Lo de antes sólo era un calentamiento. Relájate.
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Se preguntó dónde había estado escondida esa parte de ella que había temblado de deseo por un hombre al que no conocía de nada. Esa parte que, durante un momento de la larga noche, había acariciado el cuerpo de Regal Ouji, apreciando cada vena marcada sobre la exquisita piel que lo cubría. La Bulma que había apretado los labios en torno a esa piel ajena era otra persona, una desconocida lujuriosa que disfrutaba lamiendo de la piel de un hombre desconocido pero delicioso, debía reconocerlo.
Porque Regal era delicioso en todos los aspectos. Cada centímetro de piel contenía matices salados y almizclados que habían intoxicado sus sentidos, enturbiando su mente cada vez que recogía una gota de sudor con la lengua. Sus secretos eran todavía más deliciosos que el resto de su cuerpo y lo sabía, la manera en que él la había empujado para que aceptara su unión, le había agitado sus entrañas y removido todo su mundo.
Bulma suspiró. Ni siquiera el agua fresca de la ducha, que le corría por el cuerpo con tórridas caricias, aplacaba el doliente deseo de regresar junto al cuerpo del hombre y fundirse a sus músculos nerviosos y sublimes. Se pasó las manos por el cuerpo, enjabonándose. Regal no había dejado ni un solo centímetro de ella sin lamer, morder o acariciar, y cada vez que se rozaba los pechos hinchados, temblaba. Reprimió un gemido y se centró en olvidar lo sucedido, pero era imposible, porque cuando tragó saliva, recordó.
Él le había robado los orgasmos más obscenos de su vida, ¿qué sería capaz de hacer con ella atada y sometida? Intentó echarse hacia atrás, cuando recordó que Regal la tenía sujeta por la cabeza y no se lo permitió. En cuanto notó su resistencia, la aferró con más fuerza. Bulma se puso tensa al sentir cómo se ahogaba, se estremeció al recordar lo asustada que había estado en ese momento; y también lo emocionada e impaciente que se había sentido. Él había presionado con firmeza y confiando en lo que hacía y eso había provocado que su sangre hirviera de pasión. Ansiosa por descubrir qué sucedería a continuación, qué sentiría, qué reacción extraña e involuntaria sufriría su cuerpo, había cedido a las demandas de Regal. Su parte física se había quedado fuera de su control y los anhelos que había sentido eran difíciles de definir.
Se dio la vuelta en la ducha y alzó la cabeza para que el agua le empapara el cabello. Había deseado mostrarse ante él con toda sinceridad, que contemplase su desnudez y sus impulsos femeninos, hacerle partícipe de su regocijo y de su gozo. Se había entregado a él sin protegerse.
Recordaba haber deseado más. Había gozado como nunca en su vida y quería más. Nada era suficiente, ni el cuerpo de Regal, ni las caricias de Regal, ni el tacto de Regal. Quería algo más. Quería sacar de dentro de ella la mujer que había encerrada, la que todavía estaba presa en un lugar de su interior y aunque él se esforzaba por obligarla a salir, Bulma sentía que no era suficiente.
—Perfecto… —había murmurado él, moviendo las caderas para introducirse en ella— Preciosa, Bulma. Increíble… demonios…
Recordaba que él había gemido y jadeado, prisionero de sus emociones, pues sin ella, sin Bulma, él no podría haber disfrutado de aquello.
Después de aquello, Bulma apenas recordaba nada. Su último pensamiento se encontraba en un instante detenido en el tiempo, con ella atada a cuatro extremos de la cama redonda. Había estado boca abajo sobre el colchón, con el rostro hundido entre las sábanas y los puños cerrados, y él sobre ella, con golpes profundos que hacían crujir las ramas que formaban el nido de la cama.
Después se había despertado con el corazón acelerado y, asustada, se había encerrado en el baño, bajo la ducha para no escuchar los gritos que resonaban en su cabeza. ¿Qué había hecho? No, no era el qué. Era el por qué. ¿De verdad le había entregado a él todo lo que tenía? ¿Todo lo que ella era? Se pasó las manos por la cara, tenía que salir cuanto antes de allí.
La mampara de cristal de la ducha se abrió de golpe y Regal apareció recostado en el umbral, envuelto en la niebla y el vapor del agua del baño. Bulma se pegó a la pared del fondo, temblando, sin poder apartar los ojos del cuerpo que había tirado por el suelo toda su decencia y buena educación. De piel morena y brillante, músculos cincelados y huesos prominentes, con el torso amplio, las caderas estrechas y dos piernas firmes como troncos. El entramado de tendones que formaba el cuerpo de Regal era una representación terrenal de lo divino y lo prohibido.
—Estabas aquí, Bulma —saludó él, sonriendo de medio lado, con los ojos oscuros brillando con inclemencia.
—Señor Ouji… —gimió, apretándose el vientre con las dos manos.
Entró en la bañera, aplastándola con su presencia contra el muro de azulejos que tenía detrás. Se acercó hasta que Bulma sintió el calor abrasador que desprendía su piel y apretó las caderas contra su cuerpo. Se convulsionó, notando un fuerte tirón entre las piernas.
—Señor Ouji—susurró ella, intentando convencerse a sí misma de que lo que iba a decir era lo más sensato para todos— Ya ha amanecido. Es hora de que me vaya.
Bulma había borrado todo rastro de su olor de la piel. Ya no estaba marcada por su aroma y eso lo había molestado mucho. Que usara jabón para limpiar su cuerpo, borrando los recuerdos que él había grabado a conciencia durante la noche, lo enfurecía. Los arañazos, mordiscos y enrojecimientos continuaban visibles, pero el sudor, los fluidos y el aroma se habían perdido por el desagüe.
Gruñó, irritado. Ella se pegó a la pared de azulejos, como si quisiera fundirse a ella.
— ¿A dónde piensas ir, Bulma? —susurró, inclinando la cabeza para rozar sus labios.
—Una noche fue lo prometido, señor Regal Ouji. Ahora debo volver a casa. Con mi marido.
Se vio invadido por unos celos irracionales. Bulma no podía estar hablando en serio, después de lo que habían compartido, ella no podía marcharse con su esposo como si nada hubiera sucedido. Como si no se hubiera entregado con tanta fuerza que sus gritos habían estado a punto de romper el cristal de las ventanas.
Intentó tranquilizarse, pensar al modo de los humanos. Si por él fuera, sometería a aquella mujer hasta hacerla suya. Se presentaría en casa de ese marido torpe y combatiría con él a muerte por la atención de la hembra. La ley de la naturaleza, él era un alfa, nadie lo había derrotado jamás.
Colocó las manos sobre la pared, encerrado el cuerpo de Bulma entre sus brazos y se apretó a ella hasta que sus cuerpos se fundieron.
— ¿Por qué quieres volver, Bulma? ¿No estás bien conmigo? —preguntó sobrevolando sus labios.
Ella respiró con fuerza.
—Porque es lo que prometí, señor Ouji. Una noche —insistió.
Sí, aquella había sido la promesa. Una noche para enamorar a Bulma, para convertirla en una mujer ardiente que anhelara sus caricias, que se derritiera bajo su contacto, que no deseara otra cosa que complacerle. Tragó saliva. ¿Acaso no lo había conseguido? ¿Acaso él, Vegeta Ouji, el líder más poderoso entre los suyos, no había cautivado a la señorita Brief?
Salió de la bañera y la dejó allí. Se dirigió a la cocina, dejando un rastro de agua por el suelo, y se sirvió una copa de la bebida más fuerte que tenía. No era muy aficionado al alcohol, pero necesitaba entumecerse lo suficiente para afrontar como un hombre lo que iba a pasar a continuación. Ella se iba a marchar. ¡Mierda! Aquella idea lo ponía enfermo, le daba ganas de vomitar. ¿Por qué?
Despegó las uñas de la mesa. Su cuerpo había cambiado ligeramente, su piel se había cubierto de grueso vello y sus rasgos se habían afilado. Sus manos eran ahora garras. Forzó a su bestia a regresar a su forma humana en el momento justo que ella aparecía por la puerta de la habitación, vestida.
—Adiós, señor Ouji, es una pena que no me dijera su verdadero nombre—dijo mirándole.
Empezó a caminar en dirección a la puerta.
No. No lo podía soportar. Un hombre civilizado no se enfurecería de aquella manera, un humano con inteligencia la dejaría marchar. No se comportaría como un crío al que no le dejan salir a jugar porque no se ha portado bien. Era un hombre responsable de sus actos, maduro; no un adolescente celoso. Pero estaba herido, y no era por culpa de Bulma. La culpa era suya por haberse precipitado, por haberla poseído como un animal en lugar de haberle hecho el amor despacio y con calma, dejándola al borde del orgasmo el tiempo suficiente para escucharla implorar.
—Espera.
La cogió por el brazo justo cuando pasaba por su lado. Ella ni siquiera levantó la cabeza, pero Regal la cogió por la barbilla para obligarla a mirarle a la cara y la besó. Al principio se resistió, pero luego separó los labios y enredó su lengua con la de él. ¿Y si ella también deseaba quedarse, pero no podía? Para él era muy fácil hacer lo que deseaba, pero ella tenía responsabilidades, una posición social; muchas, demasiadas explicaciones que dar.
—Volveré a por ti, Bulma.
—Lo sé —respondió ella, saliendo de su apartamento.
