Hola a todos y a todas, espero de verdad que hayan pasado una linda navidad mis hermosas, las he extrañado mucho! Quiero agradecerles por sus reviews en el chap anterior, les contaré que no he tenido mucho tiempo libre últimamente por andar avanzando con la tesis, pero me di un pequeño descanso y aquí me tienen, espero sea de su agrado. Como podrán leer, nuestro amigo Yamcha no es un hombre común y corriente ya lo descubrirán! :P

Disclaimer: Los personajes utilizados en ésta historia pertenecen a Akira Toriyama


EN LA OSCURIDAD

Cap. 7

El hombre en la casa de Bulma

Había actuado como una maldita ingrata y lo sabía. Durante un breve instante había podido ver la desesperación de Regal cuando dijo que tenía que marcharse. Él se había puesto rabioso, Bulma sabía que lo había herido y no lo culpaba por su forma de tratarla. Quería retenerla en su casa haciendo uso de la atracción sexual que ambos sentían, una atracción que ninguno podía controlar y que los volvía locos.

Se lo merecía por haberlo abandonado de esa forma, sin una explicación.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Debía que volver a casa, con Yamcha, para explicarle lo que acababa de pasar. Bulma se respetaba a sí misma como para admitir que el sexo con el señor Ouji había sido fabuloso. Más que fabuloso, esa única noche había sido suficiente para que ella lo deseara como no había deseado nunca a un hombre. Él tenía razón, con una noche, había puesto todo su mundo patas arriba.

Ahora tenía que arreglarlo.

Lo más cómodo sería cerrar los ojos y fingir que nada había pasado; pero no podía hacerlo. A pesar de todo, su esposo merecía una explicación, una disculpa y la verdad. No podía seguir mintiéndole, no podía seguir ocultándole algo que los implicaba a los dos. Aquella relación que tenían debía acabar, o arreglarse, o solucionarse. Lo que fuera. Pero no podía seguir con la espina clavada, no era tan valiente como para fugarse con Regal todas las noches y luego mentir a Yamcha. Él no era un mal hombre, no se merecía la humillación pública de descubrir que su mujer tenía un amante por la prensa.

Pulsó el botón de parada del ascensor y se frotó la cara. No quería decírselo. Yamcha había vivido con ella casi cinco años, desde que dejara la universidad hasta ahora. ¿Iba a echar por tierra cinco años de su vida por una sola noche de pasión? Por un lado, se sentía una sucia traidora, había sido infiel; por otro, estaba eufórica ya que, por una vez en su vida, había hecho lo que deseaba y había disfrutado cada segundo de placer y de dolor. Se preguntó si realmente había sido una infidelidad ya que, desde hacía bastante tiempo, Yamcha y ella mantenían una fría relación.

No es que ella deseara tener más sexo, pero quería algo más y sólo Regal parecía dispuesto a dárselo. Solo él se había enfurecido y había luchado por ella con una estrategia. ¿Habría hecho Yamcha lo mismo? Lo cierto es que su esposo se había encontrado las cosas hechas, no la había seducido, su relación había surgido por la admiración que ella había sentido hacia él cuando no era más que una joven estudiante.

Volvió a pulsar el botón del piso veinte. No quería decírselo, pero era lo que tenía que hacer. Tenía que mostrarse fuerte, valiente y decidida.

Iba a dejar a Yamcha. Y también dejaría a Regal. Se marcharía a otra ciudad, quién sabía si a otro país, con tal de no cruzarse con ninguno de los dos. No quería discutir con Yamcha y tampoco tenía fuerzas para luchar contra Regal. Sólo quería estar sola, que todo el mundo la dejara en paz, que alguien le permitiera, por una vez, decidir por ella misma.

Le temblaban las manos cuando abrió la puerta de su casa, un espléndido ático con vistas a la ciudad. Yamcha había insistido en mudarse al centro, decía que así, ella podría ir a dónde quisiera y estaría a un paso de todas las tiendas de ropa, ocio y actividades. Bulma pensó que era un detalle, solo antes de saber que el hospital privado en el que trabajaba su marido estaba a tan solo veinte minutos a pie. Quizá lo había hecho por ella de verdad, porque ella odiaba la vida en aquel barrio de las afueras, dónde no había más que frívolas mujeres que pasaban los días tramando venganzas contra sus vecinas y cocinando magdalenas cubiertas de hipocresía. Pero no podía saberlo, porque Yamcha nunca le decía nada y se había cansado de discutir por todo.

Las luces estaban apagadas. Las cortinas del salón, ligeramente descorridas, dejaban entrar la luz del amanecer con afilados rayos que se derramaban cuando tocaban los muebles de su hogar. Muebles que había elegido ella, pero que detestaba con toda su alma. Dejó las llaves sobre un mueble bajo, colgó el abrigo y el bolso en la percha y se quitó los tacones.

Estaba exhausta. La ropa le molestaba, rozaba partes de su cuerpo que avivaban dulces y escandalosos recuerdos, así que se quitó el vestido y lo dejó tirado junto a la isla de la cocina. Ni siquiera llevaba ropa interior, se las había roto. Y tampoco había encontrado el sujetador. Estaba completamente desnuda en su propio salón y se sintió extraña.

Sacó una botella de vino blanco que guardaba en la nevera, se sirvió en una copa hasta que casi se desbordó y se bebió la mitad de un trago. El alcohol hizo que se sintiera un poco mejor. Le dolía un poco la cabeza y sentía molestias entre las piernas. Aún podía sentir a Regal dentro de ella, su duro roce, la tirantez de los músculos, su olor grabado en su mente. Había intentado quitarse el aroma del hombre con una ducha, pero seguía muy presente para ella.

Se acercó a las ventanas y, tal y como estaba, abrió las cortinas, exponiéndose a cualquier que mirase hacia allí en ese momento. Notó un cosquilleo de excitación en el vientre y bebió otro poco de vino. Realmente lamentaba no haber permitido que Regal la tomase delante de sus ventanas. Al observar las cornisas de la fabulosa terraza que tenía, sintió deseos de salir, tumbarse en la hamaca desnuda y dejar que el sol le acariciara la piel desnuda.

Lo pensó mejor. No, ella no estaba loca todavía. Era una mujer normal con inquietudes normales. Lo que había hecho con Regal era un desahogo, una necesidad física. Pero no estaba loca por tener mucho más, claro que no.

Apuró el vino, depositó la copa sobre la mesa de vidrio y caminó hacia la habitación.

Mientras ella estaba con Regal, Yamcha estaba con el turno de noche en el hospital. A esas horas no había mucha actividad que él pudiera ejercer, salvo que llegaran casos de extrema urgencia en los que él, como cirujano, tuviera que intervenir.

Lo encontró en la cama. Tumbado. Dormido y exhausto.

Bulma se estremeció y miró la hora en el reloj de la mesilla. Era muy temprano, su turno había terminado hacía una hora. No había nada de extraño, sin embargo, se sintió muy inquieta. ¿Iba a despertarlo para decirle que tenían que hablar? ¿Con lo cansado que estaría después de una noche de trabajo agotador? Se sintió la peor persona del mundo, no podía hacerle eso. No tendría que haber hecho lo que había hecho.

Entró en la habitación, dispuesta a todo. Tenía que arrancarse del cuerpo aquella espantosa sensación de culpa de golpe. Le diría a Yamcha que lo dejaba, cogería sus cosas y se marcharía. No haría nada más así que cogió el camisón de seda que usaba para dormir y se cubrió el cuerpo desnudo.

Se acercó a la cama. Su marido estaba profundamente dormido en su lado del colchón, la sábana había terminado tirada en el suelo, arrugada a los pies, y Bulma pudo ver su enorme espalda desnuda. Yamcha siempre dormía con pijama, debía haber estado tan cansado que ni se había molestado en ponérselo.

La claridad de la mañana arrojaba luces y sombras por el enorme cuerpo de Yamcha. Era un hombre muy alto, de torso amplio y manos grandes. Tenía el cabello de un negro muy oscuro, que bañado por el único rayo de sol que entraba directo por la ventana, lo tintaba de un rojizo intenso. El efecto sobre su barba corta era el mismo. Bulma se colocó cerca de su lado y se inclinó para mirarle, para comprobar cómo de dormido estaba.

Respiraba de forma larga y profunda.

Deslizó la mirada por su espalda. Yamcha siempre se había mantenido en forma, decía que así podía soportar las largas horas de trabajo. Hacía años que Bulma no lo había visto tan desnudo, ni siquiera las pocas veces que habían hecho el amor. Se preguntó si alguna vez, cuando eran más jóvenes, habían estado tan desnudos como ahora.

Se dio cuenta de que no y se sintió sofocada por la culpa de lo sucedido la noche anterior, noche y madrugada.

« ¡Yamcha!».

El sofoco se desvaneció tan deprisa como había llegado. Confundida, volvió a mirar a su marido y contempló el lado vacío de la cama que le correspondía a ella. Se sintió tan cansada que no pudo reprimir el deseo de tumbarse allí.

Hablaría con él por la mañana. Bueno, ya era mañana. Hablaría cuando él se despertara y los dos estuvieran descansados y más despejados para afrontar lo que tenían que afrontar. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

Despertó sintiendo de nuevo aquel sofoco que hacía arder toda su piel. Era como estar encerrada en un horno, con todo el calor concentrándose en su carne. Quiso gritar, pero lo único que salió de sus labios fue un jadeo ahogado justo antes de ser consciente de que no se estaba quemando viva. El calor que la abrasaba era el cuerpo de Yamcha pegado a su espalda. En algún momento de la mañana, él se había acercado a ella para rodearle la cintura con un enorme brazo y estrecharla contra su torso. Sus piernas estaban enredadas y sus cuerpos, encajados en aquella postura.

Gotas de sudor comenzaron a acumularse en su espalda, su cuello y bajo sus pechos. Yamcha desprendía mucho calor. Se removió para darse la vuelta y su marido se movió también, para tumbarse de espaldas y quedar tendido boca arriba junto a ella. No despertó. Bulma se quedó muy quieta, parpadeó varias veces, estudiando el rostro de Yamcha para comprobar si seguía o no dormido. Luego bajó la mirada por su enorme pecho, su duro y atractivo abdomen, siguiendo la línea de sus músculos, hasta encontrar, de golpe, aquello que dormitaba entre sus fuertes muslos.

Apretó los puños y los muslos cuando el deseo restalló en su interior. Inspiró hondo, notando que el pulso se le aceleraba hasta un nivel imposible, y apartó los ojos, sintiéndose avergonzada de estar mirando el cuerpo desnudo de su propio marido y se sintió inmensamente culpable, culpable y traidora, pero ¿A quién estaba traicionando?.

¿Qué diablos le estaba pasando?

Ella había ardido de fiebre durante las siguientes horas, quizás por la cansada noche o el maltrato de su cuerpo. Pero allí había estado su marido para cuidarla, ella no se había dado cuenta de que él la observaba con detenimiento, la miraba fijamente, se le notaba extraña pero tenía que tranquilizarse si no quería alarmarla.

Los dos tendrían, al menos, una semana de tranquilidad antes de que la maldición volviera a reclamar a su mujer.

Bulma dormía, adolorida y exhausta. La había dejado en la cama, la había cubierto un poco con el edredón antes de salir del apartamento.

No era imbécil, sabía que había pasado la noche fuera, podía oler el aroma de otro hombre grabado en su cuerpo. Las marcas que ella tenía sobre la piel solo eran otra prueba más de lo que había hecho. El roce de unas caricias aquí, una boca allá, unos dientes, unas palmas, unos dedos.

Olía a sexo desenfrenado y tenía todo el aspecto de haberlo hecho brutal y salvajemente. Probablemente, ese hombre la había mantenido despierta toda la noche, ahogándola en placeres nuevos y excitantes, empujándola hacia un orgasmo tras otro, hasta hacerla enloquecer.

Pero la bestia era caprichosa, la bestia sólo le deseaba a él y no al lobo, así que todo ese sexo que ella había disfrutado con Regal no había servido para aplacar la lujuria. De hecho, tenía la amarga sensación de que solo había empeorado la situación.

Cuánto más deseaba una, la otra deseaba el doble.

Se quitó la toalla de las caderas y la dejó caer al suelo mientras abría el armario. Todavía estaba mojado tras la ducha pero no importaba, se puso un pantalón deportivo, una sudadera, las zapatillas, y salió de su casa. Cuando llegó a la calle, hizo unos estiramientos y echó a correr en dirección al parque.

Tenía que hablar con Bulma sobre lo que estaba pasando o alguno de los dos acabaría volviéndose loco. Y sabía que el primero iba a ser él. No podía pasar diez horas diarias en quirófano, salvando gente y recomponiendo miembros, mantener un nivel de vida aceptable para que su esposa estuviera acomodada y segura, y además mantener la maldición bajo control.

Sí, los primeros años habían sido difíciles, pero se había acostumbrado al estrés y podía con todo. Era más joven, estaba en forma, sano como un roble. Llegó un momento en la vida de ambos en que la maldición parecía haberse esfumado, justo después de su segundo año de casados. Bulma estaba bien, estaba feliz, y él se permitió tomar un merecido descanso en sus labores de esposo. Había sido un error, la infelicidad de Bulma subió cómo la espuma y la bestia regresó. Y ahora le daba por aparecer en cualquier momento, cuando menos lo esperaban. Acababa tan agotado que, muy a su pesar, se veía en la tesitura de ignorar deliberadamente a su mujer.

Aquello no sería una puta mierda si Bulma recordara las cosas.

Cuando despertara, ella sólo recordaría la noche que había pasado con el lobo. No recordaría el deseo que los había sobrecogido a los dos hacía apenas media hora, mientras hacían el amor, mientras él aliviaba su fiebre y ella le arañaba la espalda atrapada en una abrasiva espiral de placer.

Sería genial si ella pudiera recordar todas las veces que Yamcha había aplacado a su bestia. Todo sería maravilloso porque ella no estaría triste, sino bien atendida por su marido, como correspondía. Y él no tendría que sentirse dolido porque hubiera buscado en brazos de otro lo que él no le daba cuando estaba consciente.

Se detuvo a recuperar aliento.

Quizá era el momento de poner las cartas sobre la mesa. Ahora que Bulma había hecho algo que no pensó que sería capaz de hacer, quizá podía revelarle todo lo que sucedía. O tomarla de una vez por todas como él quería y no como la bestia le exigía. Quizá tenía que echarle las mismas ganas que Regal le había echado al asunto. El muy bastardo ni siquiera se había tomado la molestia de esperar, la había invitado a cenar y se la había tirado después.

Se sentía como un imbécil. Era su destino, ser imbécil. Debería sentirse furioso, pero no podía, porque, después de todo, Bulma seguía siendo su esposa y había vuelto a casa. Eso tenía que significar algo.

Podía sentir el ambiente cargado de ozono. Emprendió la carrera por el parque, bajando un poco el ritmo. Ya había descargado buena parte de la tensión en el primer sprint, ahora quería tomárselo con calma, disfrutar de la adrenalina corriendo por sus venas. A los pocos minutos, comenzó a llover y dejó que el agua le empapara la cara y corriera bajo la camiseta. Abandonó el parque, corrió por la avenida y se detuvo bajo un toldo a esperar a que la tormenta se calmara. Observó los escaparates de la zona, algunos de los vendedores se habían asomado a las puertas de sus establecimientos para disfrutar de la tormenta. Una tienda le llamó la atención.

Bulma se había arrojado a los brazos de un amante porque se sentía insatisfecha. No podía dejar pasar aquella infidelidad. Probablemente, conociéndola como la conocía, la culpa la estaría matando. Tenía que liberarla de ese pesar y para eso, tenían que hablar.

Se limpió las zapatillas en el felpudo y entró en el local. Olía a fresas, estaba iluminado en color naranja y todos los artículos que allí se vendían estaban minuciosamente colocados en sus estanterías. Por colores. Aquello lo hizo sonreír. Se agitó el cabello mojado con la mano y se secó las gotas con la sudadera, mientras se adentraba en la coqueta tienda.

La dependienta, una joven con aspecto pulcro e igual de discreto que la tienda, se aproximó a él con una sonrisa educada dispuesta a darle la bienvenida. Los labios femeninos empezaron a temblar cuando sintió el poder salvaje que manaba de él y sus pupilas comenzaron a dilatarse. Para cuando llegó a su altura, se había quedado sin voz para hablar.

No se preocupe —respondió él a su pregunta no formulada— Solo estoy mirando.

Ella asintió sin dejar de mirarle con los ojos muy abiertos y la mandíbula descolgada. La imaginó en otro contexto y sonrió. Ella se ruborizó y huyó al almacén. Avanzó por los pasillos en busca de algo más exótico que las elegantes piezas colocadas cerca de la entrada. Cogió un cesto de mimbre que había junto a una columna y comenzó a colocar dentro las cosas que quería comprar. Eligió los objetos en función del material con el que estaban fabricados y de la misma marca. El color era irrelevante, aunque escogió uno en rosa porque tenía un acabado muy entrañable. Cuando dejó sobre el mostrador todo lo que quería comprar, era evidente que la dependienta quería esconderse debajo de la mesa. Las manos le temblaban mientras los pasaba por el lector, tanto que incluso un par de veces tuvo que meter los dígitos con el teclado de la caja registradora porque la máquina no lo podía leer. Él sonrió para sus adentros, orgulloso.

Solía provocar ese efecto en Bulma, aunque con el tiempo, ella se había vuelto inmune por culpa de la bestia.

Era el momento de darle caza. Bulma había actuado movida por el anhelo, tenía que aprovechar ese impulso ahora que estaba demasiado sensible para pelear. Ya había permanecido demasiado tiempo sin hacer nada, resignándose al destino. Ella había luchado, ahora le tocaba a él.

Le dio su tarjeta a la muchacha y aprovechó para rozarle la muñeca con un dedo. Admiró su entereza, se estremeció con tanta violencia que pensó que acabaría tendida en el suelo convertida en una masa temblorosa. Pero se mantuvo en pie, realizó el cobro y le tendió la bolsa con todos los objetos. Le dio las gracias y salió, pero lo pensó mejor y regresó dentro.

La joven retrocedió hasta chocar contra una de las estanterías cuando se cernió sobre ella. Clavó la mirada en su cuello, una vena palpitaba allí. Recorrió la línea con la punta del dedo dejando un rastro abrasador en la piel de la muchacha y escuchó cómo gemía.

Quítate la ropa interior.

Las mejillas femeninas adquirieron un intenso color rubí. Luchó contra su orden, pudo ver cómo los plomos de su cerebro se fundían por el esfuerzo para, al final, obedecer. Metió las manos bajo su falda, se soltó las pinzas de las medias y deslizó la ropa interior por sus muslos.

En aquel silencio solo se escuchó la tela deslizándose por las piernas de la muchacha hasta que cayeron a sus pies con un suave golpe. Él se agachó a recogerlas sin dejar de mirarla a la cara, observando cómo se ruborizaba más y más. Cuando se levantó, ella hiperventilaba. Dejó la prenda sobre el mostrador, sacó otra vez la cartera y extrajo una tarjeta de cartón. Metió la mano bajo su falda y arañó su muslo con la esquina de la tarjeta de cartón, hasta dejarla alojada en su ingle.

Es una invitación —explicó, caminando hacia atrás— Deberías ir. Muchos hombres estarían encantados de usar todo eso sobre tu cuerpo.

¿Usted no? —preguntó con un jadeo. Era la primera cosa que decía, tenía una voz bonita y femenina.

Quizá. ¿Te gustaría?

Ella se lamió los labios.

No... No lo sé —vaciló.

Una respuesta sensata. Quizá volvamos a vernos.

Colgó la prenda, una prenda de encaje negro, en lo alto de una estantería, fuera del alcance de la muchacha. Para recuperarlas tendría que subirse a una escalera y su trasero quedaría a la vista de todo el que pasara por delante del escaparate. Ella gimió horrorizada y él le lanzó un guiño antes de salir de la tienda.

Regresó a casa silbando, animado. Compró un par de cosas más por el camino y cuando abrió la puerta, todo rastro de humor desapareció y la tensión se apoderó de todos sus músculos cuando percibió el aroma de Bulma, especiado, picante, espumoso, aderezado con el jabón de olor a melocotón que usaba para el baño.

Ella se levantó del sofá cuando entró en el salón. Se había colocado una camiseta vieja y unos pantalones cortos. Pensó que si se hubiera puesto un camisón de encaje y seda, el impacto sobre su deseo habría sido mucho menor. Bulma era elegancia y sofisticación, con aquella prenda tan sencilla, tan mundana, estaba más atractiva que nunca. Contempló sus muslos voluptuosos, la gula y la lujuria se mezclaron en su estómago y se esforzó por apartar la mirada de sus piernas para clavarla en su cara. Pero por el camino encontró sus pechos insinuados bajo la tela y un agujero en la tela a la altura de la cintura. Quiso meter el dedo por allí.

Yamcha... —saludó ella, cruzándose de brazos. Sus pechos se elevaron, presionando contra la tela. Se le hizo la boca agua— Hola.

Buenos días, cielo —respondió él, con un tono monocorde.

¿Has salido a correr? —preguntó.

Sí. He comprado pan. Y te he traído un cruasán. Todavía está caliente.

Depositó la bolsita de papel sobre la encimera de la cocina. La otra bolsa, la de la tienda, la dejó junto a la mesa del comedor. La mirada de Bulma recayó en esta última.

¿Llegaste muy tarde anoche?

Sobre las cinco, cuando estaba amaneciendo. ¿Y tú?

¿Yo?

Su voz sonó aguda.

Sí, tú. ¿A qué hora volviste de tu cena con el señor Ouji?

Vio cómo empezaba a descomponerse. Primero fue el color de su cara, que se volvió pálido. Luego pasó al rojo de la vergüenza. La vio agitar la cabeza y mover la mano, como para quitarle importancia.

Pronto.

No estabas aquí cuando regresé.

Fui al teatro. A ver un ballet.

¿Y después? —preguntó dando un paso hacia ella.

Después...

¿Te acostaste con él? —Sus pupilas brillaron de horror al saberse descubierta— ¿Te acostaste con Ouji?

Yo... sí. Sí lo hice.