Holaaa hermosas mías! Perdonen la hora en la que actualizo pero, así es la vida…no podía dormir y aquí me tienen…les agradezco muchos sus comentarios en el chap anterior, gracias infinitas! Les dejo el siguiente capi y espero que sea de su agrado.

Disclaimer: Los personajes utilizados en ésta historia pertenecen a Akira Toriyama.


EN LA OSCURIDAD

Cap. 8

El lobo y la cordera

Se sintió mejor después de confesar. Más ligera, más tranquila. También se sintió confundida.

No era necesario humillar a Yamcha ni ponerse en evidencia. Él no era estúpido y Bulma no tenía por qué hacer que se sintiera así. Le había hecho una pregunta y ella consideró que tenía que ser honesta, porque si no empezaba a serlo en ese momento, volvería a verse envuelta en una discusión que no deseaba tener y le haría más daño a su marido y es que a pesar de todo, le tenía una gran estima.

Lo único que realmente le dolía era no sentirse totalmente preparada para afrontar aquella conversación. Quería haberlo meditado antes, pensar en las palabras adecuadas para expresar todo lo que sentía. Ahora no tenía más opciones que seguir hacia delante y ver a dónde les llevaba aquello.

Mientras Yamcha asimilaba su respuesta —se lo estaba tomando demasiado bien— ella permaneció callada, hasta que el silencio se hizo tan espeso que no pudo seguir resistiéndolo.

Lo siento, Yamcha. Fue algo inevitable…

Él se acercó, despacio.

Al contrario que Regal Ouji, que no era tan alto, pero si delgado, fibroso, Yamcha era de constitución amplia. La envergadura de sus hombros era el doble que la del señor Ouji; su torso, ancho y robusto. Recordó con cierta nostalgia el deseo que había sentido la primera vez que le vio desnudo, una noche en su habitación de estudiantes, tras una fiesta. La picazón de clavar las uñas sobre sus pectorales fue tan fuerte que no lo pudo resistir y le arañó al llegar al orgasmo, montada sobre él, pero todo aquello se veía tan lejano ahora, ¿En qué momento se arrastraron hasta aquí?.

Apartó la mirada, avergonzada. Debería sentirse culpable por haberle sido infiel. Debería sentirse avergonzada de desear que su matrimonio terminase antes de volverse loca y huir muy lejos de todo, cuando hacía apenas unas horas jadeaba y sudaba debajo de Regal, imbuida por un frenesí que no podía controlar.

¿Por qué era todo tan difícil?

¿Por qué su vida era tan complicada?

No lo sientas —dijo Yamcha en voz baja— Ha sido culpa mía. Si te hubiera prestado la atención que esperabas de mí, no habrías tenido que buscarla fuera.

No supo qué decir. Se quedó allí, mirándolo, incapaz de hablar.

No podía dejar que él asumiera toda la culpa.

Debí haber hablado contigo, antes de que esto sucediera.

Y yo debería haberme mantenido más alerta. Lo siento, Bulma.

Yo también lo siento. Pero… ¿Qué vamos a hacer ahora?

Siéntate, por favor.

Bulma obedeció, sentándose en el borde del sofá, sin dejar de mirar a Yamcha. Él se acercó a la cocina para servir unas copas de vino y se sentó a su lado, acercándose tanto que sus rodillas se tocaron. ¿Por qué no estaba furioso? ¿Por qué no estaba rompiendo cosas? ¿Por qué no estaba insultándola? ¿Por qué estaba ahí, a escasos centímetros, tan tranquilo, actuando de una manera tan distinta que la que siempre tuvo en los últimos dos años? Se estremeció, inquieta.

Yamcha le tendió una copa y ella la acunó con las dos manos, insegura sobre si beber o no. Él le dio vueltas al líquido antes de beberlo de un trago y dejar la copa encima de la mesita del salón. Luego la miró fijamente.

¿Qué hiciste con Ouji?

Bulma parpadeó dos veces.

¿Qué quieres decir?

Yamcha se acomodó en el sofá, girándose para quedar frente a ella. Estiró el brazo para colocarlo sobre el respaldo y sus dedos quedaron a escasos centímetros de su hombro. Bulma se mordió los labios mostrando confusión, sin entender muy bien lo que estaba pasando.

Quiero que me cuentes todo lo que hiciste con él.

La vergüenza cubrió todo su cuerpo y le temblaron las manos con las que sostenía la copa. Yamcha permaneció en silencio, dejando que Bulma asimilara lo que acababa de decir y a ella le ardieron las mejillas.

¿P—porqué querrías saber una cosa así? —balbuceó.

Él se pasó una mano por el pelo, de un exótico color negro azabache que a Bulma le recordó al pelaje de una pantera, y luego colocó la mano bajo la copa de Bulma, acercándosela, instándola a beber.

Tengo mis razones para querer saberlo.

Pero... —Algo así sería doloroso para él. Lo último que quería era herir más su orgullo— Yamcha, lo que haya hecho con ese hombre, no volverá a repetirse... —« ¡Mentirosa!, pero era verdad, ni con él ni con nadie»— No es necesario que sepas todo lo que sucedió.

¿De qué te avergüenzas ahora? —preguntó él, apretando la mandíbula, el primer gesto de disgusto que le había visto en todo el tiempo que llevaban hablando. Bulma tragó saliva, no sabía qué prefería, si a un Yamcha comportándose de forma extraña o a un Yamcha enfadado siendo especialmente cruel con ella.

Ya veo —respondió Bulma, con cierta amargura— Quieres que te lo cuente todo, para que puedas echármelo en cara. ¿Te vas a sentir mejor así?

En los ojos de Yamcha prendió una llama de furia y lo vio tensar los músculos del cuello.

Bulma Brief, soy consciente de lo que hiciste y los motivos por los que te fuiste.

Ah, ¿disculpa? ¿Conoces los motivos? —preguntó con ironía.

Sí, a la perfección.

Ahora resulta que me conoces. ¿Cómo es que durante todo este tiempo no te he importado en absoluto y ahora sí?

Un músculo de la mandíbula le vibró.

Ahora te has acostado con otro que no soy yo. Es una diferencia importante.

Se puso en pie, buscando poner distancia con Yamcha, y acabó apurando la copa de vino con sorbos ansiosos. Se atragantó con el último y comenzó a toser, sintiéndose torpe y estúpida, culpable y deprimida. Notó que su aún marido le daba una palmadita en la espalda y se apartó de él.

No tenía ni idea de cómo afrontar la situación. Un dolor insoportable amenazaba con romperle el corazón. Ella jamás había hecho daño a otra persona a propósito y sabía que le había causado un profundo pesar a Yamcha. O quizá, no, pensó justo después. Quizá no le había causado ningún mal a su marido, quizá a él le daba igual que se hubiera fugado con Ouji y ahora la atacaba para hacer que se sintiera miserable.

No te voy a contar nada —aseguró ella, apretando los labios.

Él se rio, sin rastro de humor.

Es interesante como me juzgas, Bulma. Crees que quiero saberlo para usarlo en tu contra, cuando lo que quiero es conocer cada una de las cosas que más placer te provocan.

Ella retrocedió hasta golpearse contra la encimera de la cocina. Se llevó una mano al pecho, intentando que con el masaje se le pasara el dolor de corazón, al tiempo que trataba de entender la lógica que estaba siguiendo Yamcha.

Aturdida, dijo lo primero que le pasó por la cabeza.

Nos conocemos desde hace años. Sabes lo que me da placer y lo que no. Pero eso da igual, porque aunque lo sabes, ¡ni siquiera te molestas en mirarme! —Le recriminó de repente— ¿Cuánto hace que no me tocas? ¿Que no me prestas atención? Ni siquiera me tienes en cuenta para tu agenda, siempre estás con esas fiestas y trabajando y yo estoy aquí, sola, esperando y viendo pasar mi vida sin que ocurra nada emocionante...

Se dio cuenta de que estaba llorando y le dio la espalda. Se estaba exponiendo demasiado. Era la semana de exponerse demasiado, primero con Regal, ahora con Yamcha. Era demasiado perturbador sacar a la luz sus miedos y sus anhelos cuando más débil y sensible se encontraba.

¿Quieres cosas emocionantes? —Preguntó él con un susurro— Mírame.

El tono de su voz sonó grave y peligroso, como el ronroneo de un depredador al acecho de su presa. Bulma se giró hacia él sintiendo que se le erizaba el vello de la nuca ante el miedo que le causaba su mirada, ¿Desde cuándo Yamcha emanaba éstas sensaciones?

La luz del amanecer entraba a raudales por la ventana, impactando sobre el poderoso torso de su marido. Se había desprendido de la sudadera, dejando a la vista su amplio pecho y sus fuertes y atractivos brazos. Bulma se quedó impactada ante aquella imagen y un intenso rubor le cubrió la cara, ¿Qué pensaba hacer?

¿Qué quieres que mire? —preguntó ella, molesta por el masculino aroma que comenzaba a cargar el ambiente.

Lo habría pasado por alto, en otras circunstancias no habría percibido la excitación de Yamcha. Pero el olor y el calor que llegó hasta sus sentidos se parecía demasiado al potente aroma que había respirado en la habitación de Regal durante toda la noche, mientras sucumbían juntos a una instintiva lujuria, ¡¿Qué diablos estaba pasando?!

A mí, Bulma. Quieres cosas emocionantes, me parece justo. Yo quiero a mi mujer, a la hembra a la que llevo ligado durante media década.

¿Hembra? —murmuró ella poniéndose a la defensiva, luchando contra la sensación de amenaza que la envolvía.

¿Conoces la historia de La Cordera? —preguntó él, dando un paso hacia ella.

¿De qué hablas? —dijo ella, retrocediendo.

De la Cordera. La Cazadora Sombría, el espíritu de la muerte. Y el Lobo.

Ella vaciló cuando la referencia al lobo despertó un fogoso recuerdo con Regal Ouji.

No lo he oído en mi vida.

El Lobo y la Cordera son dos espíritus que toda persona contempla cuando está a punto de morir. Si primero la ves a ella, a la Cordera, es que tu muerte será pacífica y justa, y partirás con la conciencia tranquila; si el Lobo te encuentra primero, tu muerte será violenta y aterradora.

Bulma tragó saliva, aquella tétrica historia le puso los pelos de punta. Pensar en la muerte en un momento como aquel provocó que se le revolviera el estómago y respiró de forma entrecortada.

Cordera sabía mucho sobre el mundo, pero no tenía emociones; Lobo en cambio lo sentía todo y tenía una grave falta de conocimiento. Cada uno era la mitad de un todo, sus almas se complementaban.

¿Por qué me estás diciendo todo esto, Yamcha?

Notó que le temblaban demasiado las piernas y cayó sentada sobre una silla. Yamcha se abalanzó sobre ella, cayendo de rodillas a sus pies. La cogió por la cintura para inmovilizarla y ella se removió, recelando del contacto directo de sus manos, no lo toleraba. Quemaban como si fueran tenazas de hierro al rojo vivo y no quería eso, quería huir.

El conocimiento de Cordera era inmenso y muchos fueron los insensatos que la buscaron. Ella era esquiva, etérea, danzando entre las brumas de la realidad, jamás la encontrarían. Lobo era su guardián, la parte más física de ambos, pues las emociones lo eran todo para él. Así que para atrapar a Cordera, dieron caza al Lobo. ¿Qué crees que sucede cuando el encargado de segar las vidas de los difuntos no se presenta a la hora señalada?

¿Que no mueren...? —aventuró Bulma, temblando de pies a cabeza. Yamcha asintió, despacio.

Robaron los conocimientos de Cordera y la asesinaron para evitar que cumpliera con su cometido.

¿Cómo asesinaron a un espíritu?

Bulma, querida, solo es una leyenda —se burló él.

Sin poder evitarlo, le dio una sonora bofetada a Yamcha. El contacto la devolvió a la realidad y trató de levantarse de la silla.

¡Suéltame! No sé qué estás haciendo ni porque me cuentas esas cosas, me estás asustando, ¡Quiero irme de aquí!

Él la sujetó por los brazos y la miró a los ojos, que llameaban de rabia y tormento.

-El Lobo murió de pena, consumido por sus propias emociones, ante la pérdida de su otra mitad. Aulló a la luna llena, clamando venganza contra los que le habían arrebatado a su compañera. Muertos los Cazadores, pensaron que vivirían eternamente. Pero no se puede romper el equilibrio de la vida y la muerte. Cuando algo muere, otra cosa nace.

Yamcha acercó el rostro hacia los labios de Bulma. Ella luchó por separarse, por evitar que la besara, pero él era demasiado fuerte para ella. Era su marido, pero se sentía un demasiado sucia, se sentía frustrada, el hombre que tenía en frente ya no era al que una vez había amado, y aunque sus palabras, su cuento, sonaban perturbadoramente familiar para ella, no era él quién le transmitía ese calor y ese fuego ante el contacto de ambas pieles.

Así nació una niña —susurró él sobre su boca, pero sin llegar a besarla— Estaba lejos del Lobo, el poseedor de las emociones. Cuando Cordera se dio cuenta de que estaba sola, buscó lo que le faltaba: emociones. Buscó y buscó, hasta que el ciclo de su vida llegó a término y su espíritu nació en otro cuerpo. Durante décadas, durante siglos. Buscando al lobo. Buscando sentir.

¿Y qué fue del lobo? —preguntó Bulma, con temor.

Su espíritu se consumió por el paso del tiempo y solo quedaron sus huesos. Un hombre se los llevó de la tumba y durante una luna llena, el Lobo resurgió para buscar a la Cordera, consumido por la sed de venganza, tomando prestado el cuerpo de aquel que había robado sus restos.

¿Cuál es la finalidad de la historia, Yamcha? —susurró ella, con lágrimas en los ojos.

Quieres emociones, Bulma. Quieres ser como la Cordera y buscaste a un Lobo. Yo deseaba ser ese lobo para ti.

Cuando Yamcha se apartó, la sensación de comodidad fue abrumadora.

No entiendo lo que quieres decirme. Yamcha, no te entiendo —murmuró, nerviosa.

Sólo es una leyenda —suspiró él— Muchos son los que buscan a Cordera para acabar con ella y robar sus conocimientos. Pero hay otros que también la buscan para protegerla, para ayudarla a encontrarse con el lobo.

¿Y qué eres tú?

Ni siquiera supo por qué preguntó aquella estupidez, pero lo hizo.

Yo soy un idiota —respondio él, apoyando la cabeza sobre los muslos de Bulma— Soy un idiota que ama a la Cordera, pero ella notiene sentimientos y jamás me corresponderá. Yo no soy un Lobo.

Bulma sintió las lágrimas de su esposo escurrir por sus muslos, en ese mismo momento sintió una pena inmensa albergándose en su pecho, le dolía ver así de devastado a Yamcha.

Yo solo aplaco su fuego cuando ella lo desea —dijo él, pero Bulma apenas entendió lo que decía. Los párpados le pesaban, sus brazos y sus piernas no respondían a sus órdenes— Solo soy un humilde siervo de la Cordera, la que busca emociones.

Yamcha...

Calla, no digas nada —murmuró él cubriéndole la boca con los dedos— Déjate llevar, Bulma. Estoy aquí, siempre lo estaré. Pase lo que pase.

¿Qué es lo que te pasa? —le contestó furiosa al ver hacia dónde se torcían las cosas— No vuelvas a tocarme Yamcha, ¿Lo has entendido bien?

Sabía que se estaba comportando como un cabrón sin escrúpulos, pero no quería perder esta batalla sin luchar por su mujer. Ella se había sentido muy sola y no podía culparla por buscar el amor en brazos otro hombre. Dolía, pero bien pensado, Yamcha no había luchado por ella con la energía necesaria. Ahora estaba dispuesto a hacer todo lo posible por retenerla.

Incluso ponerle un afrodisíaco en la copa de vino. Era jugar sucio, pero Ouji tampoco había jugado limpio. La situación era la que era. Bulma estaba tocada por la Maldición de la Cordera, un espíritu que solo buscaba satisfacción personal porque estaba ávido de emociones. El destino había querido que ella naciera marcada, cada vez que el alma de la Cordera se agitaba, el alma Bulma se desplazaba hacia una especie de limbo en el cual permanecía durante todo el tiempo que la Cordera tomaba el control de su cuerpo. Cuando regresaba, no recordaba nada de lo sucedido, solo sentía la suave y placentera satisfacción de las sensaciones que la Cordera había exigido. Hasta la maldición no quedaba plenamente saciada no permitía a Bulma regresar.

Yamcha había intentado retener a la Cordera para negociar. Había hablado con ella en multitud de ocasiones, le había exigido, gritado y suplicado, pero sólo vivía por y para sus caprichos. Jamás cedería a las exigencias de nadie.

Cuando Bulma y él se conocieron, estaban en la universidad. Ella pertenecía a una familia de élite que pasaba por malos momentos, era preciosa, divertida y tenía un gran corazón. Se enamoró como un imbécil y durante un tiempo pensó que ella no le correspondería. Además, dada la naturaleza de Yamcha, temía acercarse a ella. Pero en cuanto conoció a los padres de la muchacha, éstos estuvieron encantados de que saliera con él. Los animaron a seguir adelante y cuando se dio cuenta, se había casado con Bulma, la mujer de su vida.

Pero había cometido un error de novato y es que no había leído la letra pequeña del contrato. Bulma estaba maldita y sus padres conocían perfectamente la situación de su hija. Y la de Yamcha también. Él había deseado ser su marido, pero se convirtió también en su guardián.

Su labor consistía en aplacar a la Cordera y complacerla en todo lo que deseara. Lo hizo llevado por la compasión, amaba a Bulma y no quería abandonarla a su suerte para que cayera en manos de algún cazador u otro hombre sin escrúpulos que le hiciera daño. Tampoco quería que ella sufriera con la verdad acerca de su naturaleza y nunca se lo reveló y así habían pasado los años hasta llegar a esto.

Bulma buscaba satisfacción en Ouji. La Cordera buscaba satisfacción en él.

Vaya mierda.

El cuerpo de su esposa estaba relajado sobre la silla. Ella estaba consciente, pero la droga no le permitía hacer ningún movimiento. Yamcha besó sus rodillas grabándose la sensación de su suave piel en los labios, temiendo necesitarlo en el futuro. Si ella lo abandonaba se vería obligado a vivir de los recuerdos y no quería. No se había sacrificado de esa manera por ella para que ahora llegara un lobo y se llevara el mérito.

Yamcha —susurró ella, con la voz pastosa.

Con un suspiro de pesar, cogió en brazos a su mujer y la llevó a la habitación. Abría y cerraba los ojos, luchando contra el narcótico. Cuando estaba drogada, la Cordera no podía tomar posesión de Bulma, por lo que Yamcha sabía que en ese momento, la mujer que tenía en sus brazos era Bulma y no otra.

La depositó sobre la cama y le quitó la camiseta, le colocó la ropa de dormir y se dispuso a dejarla allí, para que así su cuerpo se calmase o al menos olvide a ese maldito lobo de una vez.

El deseo inundó su sangre con fuerza. Observó el cuerpo de Bulma, tendido sobre las sábanas, como si fuera la primera vez que la contemplaba desnuda. Había hecho el amor con la Cordera unas horas atrás, pero no con su mujer, y quería perderse entre sus calientes muslos y escuchar cómo gemía su nombre.

Notó que se le retorcía el estómago al contemplar la posibilidad de que en lugar de susurrar su nombre, mencionara a Ouji.

«Mierda»

Volvió la cabeza para mirarle, luchando por enfocarle con la vista y él aprovechó para besarla. Dios, su sabor. Su boca exuberante y cálida. Profundizó el beso sumergiéndose en ella, notando como su lengua se movía despacio al principio pero con más energía a medida que el placer recorría su sangre, sin pensarlo dos veces la ató a la cama y allí la dejaría al menos por unas horas.

Bulma, te amo —le dijo.

Era un imbécil. Sabía que si continuaba tocándola, ella acabaría odiándole porque se estaba aprovechando de su indefensión. Contuvo un gruñido y devoró los labios de su esposa, transmitiéndole toda su necesidad y deseo, rogando a cualquiera de los dioses que estuvieran observándolos en ese momento que todo volviera a ser cómo antes de que Ouji entrara en la vida de su mujer.

Pero de no ser por el lobo, Yamcha jamás habría reaccionado. La aparición de Ouji había hecho saltar por los aires la rutina a la que se habían entregado los dos. La ironía de la situación es que tenía que darle las putas gracias por haberle abierto los ojos.

Furioso, dejó de mirarla. Tenía que hacer algo, pero ¿qué?

Tras mucho pensar —y no es que pudiera pensar demasiado bien con toda ésta situación— tomo una decisión. Colocándose en el ángulo correcto, levantó el teléfono móvil e hizo unas fotografías que captaran toda la belleza del momento.

Luego se vistió. Fue una tarea muy complicada, cada centímetro de tela con la que se cubría le rozaba la piel y escuchar como su esposa sufría el ardor del deseo sin recibir ni una pizca de alivio lo trastornaba. Al final consiguió atarse los zapatos y enderezarse la corbata sin perder la cabeza.

Bulma, mi amor, voy a salir —Se inclinó para depositar un beso sobre su frente sudorosa. El olor que desprendía lo hizo gruñir y salió raudo de su departamento.

Todavía escuchaba sus suspiros cuando salió de la casa.

El atardecer era más oscuro por la tormenta. Levantó la mano para llamar a un taxi y pagó el viaje por adelantado con un billete. Cuando llegó a su destino se sentía un poco más calmado y ya no se le notaba tanto la excitación que lo recorría. Evitó pensar en el cuerpo de Bulma sufriendo el tormento de la tortura sexual y entró en el edificio con decisión.

El hall estaba reluciente y saltaba a la vista que hasta la papelera era de diseño. Lanzó un bufido, había esperado un poco de clasicismo y no todas estas líneas urbanas y modernas en una empresa tan importante. Los cuadros que colgaban de las paredes eran pinturas abstractas que algún artista había pintado mientras estaba colocado con éxtasis; Yamcha estaba seguro de que con una sola de esas piezas podría escolarizar diez aldeas infantiles.

Se acercó al panel de bronce dónde se encontraba la lista de las oficinas. Su objetivo estaba en el piso cuarenta y cinco. Cogió el ascensor y trató de aparentar normalidad mientras subía, pero le temblaban demasiado las manos y tuvo que cogérselas detrás de la espalda.

En el piso veinte subió una muchacha con una elegante falda de tubo y una blusa, con varias carpetas en la mano. Sus ojos eran de un azul muy frío, su piel pálida y su cabello rubio severamente recogido en la nuca. En cuanto vio a Yamcha, su rostro se descompuso y toda esa disciplina que se esforzaba por mostrar cada día en su lugar de trabajo se esfumó, siendo sustituida por una expresión de deseo mal contenido.

Todas las mujeres lo miraban así, estaba más que acostumbrado. Ella tardó un poco en reaccionar, parecía a punto de arrodillarse frente a él para ofrecerle su boca y una vista de sus generosos pechos, pero logró dominarse y pulsó el botón del piso al que quería ir. Luego le dio la espalda, buscando aislarse de él.

Eh, preciosa... —la llamó Yamcha. Ella se volvió evitando ponerse a jadear de ansiedad. Él le tendió una tarjeta— Pregunta por Shirota.

La mujer cogió la tarjeta y se llevó una mano al pecho. En ese momento, el ascensor llegó a su destino y Yamcha se bajó. Antes de que las puertas se cerraran se giró para mirar a la mujer y le guiñó un ojo. Lo último que vio de ella fue cómo se pasaba la lengua por los labios.

No podía evitar causar aquel efecto en las hembras. No sólo por su naturaleza sino porque tenía pegada a la piel una parte la maldición de Bulma a causa de todas las veces que la había saciado. Al principio se sentía molesto de que las mujeres lo vieran como un espécimen glorioso con el que darse un festín, pero acabó acostumbrándose y se lo tomaba con humor.

Pero hoy no estaba allí para seducir empleadas, estaba allí para hablar con Regal Ouji. Se acercó a la secretaria.

¿Está dentro? —preguntó desplegando toda la magnitud de su encanto mientras fingía ser un cliente habitual.

La mujer estuvo a punto de caerse de la silla.

Sí —respondió, impelida por el deseo de complacerle.

Buena chica —respondió él.

¡Un momento! —exclamó la mujer, levantándose para detenerle— No puede entrar ahí, está en una reunión...

Pero Yamcha ya había abierto la puerta del despacho de Ouji.