Holaaaa! A todos y a todas! Me tomé el tiempo debido para actualizar ésta historia, que ya va llegando a su final, quiero enviar un especial saludo a:
Johaaceve, RinPink Susaiyajin, Serena Ryuuzaki, Marialaurajs, negra dbz, sarapaolaturcios99, Naomigomiz y a soyvegetariana
Por sus comentarios y ánimos en estos últimos capítulos, sepan que les agradezco muchísimo por su tiempo y espero haber logrado una historia que les haya gustado :D
Muchísimas gracias y en recompensa les envío un enorme besooo y un abrazoo! Ya saben cuídense mucho y nos leemos pronto!
Disclaimer: Los personajes de ésta historia le pertenecen a Akira Toriyama
Advertencia: Lenguaje subido de tono y lemon! si eres menor de edad no leas no no u.u, todo queda bajo tu responsabilidad.
EN LA OSCURIDAD
Cap. 12
La oscura naturaleza
Estaba convencida de que había enloquecido por completo, cuando volvió a abrir los ojos; recordaba estar atada en la cama que compartía hasta hace unas horas con su marido, recordó verlo enloquecer, queriendo retenerla a su lado sin más justificación que su propio orgullo y voluntad, recordó también verlo salirse de control y empezar a divagar como un demente, y también recordó a aquel extraordinario ser oscuro, recordó la mirada penetrante y exquisita de ese enorme lobo, jamás pensó vivir para contarlo, ella; una simple mujer, había presenciado ante sus ojos la aparición de un ser fantástico, de un ser que ella sólo creía existían en sueños o historias, sí. Ella siempre había amado en secreto a esos lobos, pero eso nadie lo sabía.
Levantó la vista ruborizada ante sus pensamientos y allí lo encontró, al causante de sus delirios, a aquel hombre que había llegado a su vida arrasándolo todo como un huracán, allí estaba Regal frente a ella y parecía ser que la había llevado con él, ya no estaba en su departamento, tampoco estaba en el de él, ¿A dónde la habría llevado aprovechando que estaba inconsciente? Recordó en ese momento lo que Yamcha le había advertido. ¿Dónde estaría él? Estaba confundida y a la vez intrigada.
-Vegeta… – Susurró, el hombre le daba la espalda y parecía estar observando unos documentos.
Escuchar de los labios de Bulma el llamarlo por su verdadero nombre le revolvía las entrañas. Aquel estúpido de Shirota, ese entrometido había grabado su esencia bajo la piel de su mujer y él solo pensaba en que quería arrancar el veneno del cuerpo de Bulma, empezando por los recuerdos que ella desgranaba con la voz entrecortada, jamás volvería a recordar a ese infeliz.
No es que quisiera volver en el tiempo, sabía que no tenía caso, lo hacía por una estúpida necesidad, las palabras y recuerdos de Bulma era la única prueba que podía tener de que bajo él, en esa cama, era ella Bulma quién se estremecería de placer y no el espíritu de su maldición, ya Shirota se lo había contado todo, quería estar seguro de que era Bulma la que se entregaría a él en cuerpo y en alma.
Vegeta notaba el sudor bajándole por la espalda y el pecho, mientras contemplaba los efectos que su masculina presencia tenía sobre Bulma. Cuánta razón al afirmar que Bulma se sintiera infeliz e insatisfecha, pero él le haría olvidar esos malos momentos, casi desnuda y temblorosa sobre la cama, hermosa y exquisita, lo que Vegeta quería hacerle ahora que la tenía allí con él, la presión a la que ambos se estaban sometiendo los torturaba, ambos querían lanzarse sobre la boca del otro, ella le encantaba. Odiaba haberla visto sufrir de esa manera, en contra de su voluntad, pero le haría olvidar ese momento. Quería que comprendiera todo lo que se ahora tenía, que descubriera todo lo que era capaz de hacer por ella, por Bulma, porque es a ella a quien amaba y jamás se sometería ante los antojos de un espíritu, si tenía que batallar con Cordera, lo haría.
Se acercó casi instintivamente a su mujer y la asió por la cintura y la besó pasional y posesivamente, marcando firme su territorio, Bulma se quejó y protestó, pero movió las caderas pidiendo más. Vegeta sabía que de un momento a otro empezaría a desfallecer, no porque la Cordera esa tomara posesión de su cuerpo, sino porque su Bulma no podía resistirse al placer. Él lo sabía, sabía lo mucho que le gustaba hacer el amor, lo habían disfrutado con creces después del ballet, antes de que todo se fuera a la mierda.
Le acarició las nalgas, ella sólo acaricia el rostro de su amado y trazaba finas caricias sobre sus pómulos, pero Vegeta no se fijaba en los detalles, sólo se aseguraba de que continuaba con él, de que absorbía las caricias que él le proporcionaba, de que jamás ella se volvería a alejar de él. Alargó la mano para coger la almohada y la colocó bajo el vientre femenino, dejando su trasero levantando a la altura que deseaba. Ella apenas podía controlar los temblores, su intimidad palpitaba, sus muslos ruborizados y brillantes.
Le dio una palmada en una de las nalgas, dejando la marca de su mano encima de la rojez que él mismo había dejado. Bulma gimió, moviéndose hacia él, y Vegeta sonrió con ternura, dándole una nueva palmada en el otro lado.
—No sabes cuánto te necesito, Bulma.
Con un profundo suspiro, se acercó a su cuerpo y la embistió, sintiendo en su propia piel la sensación de acariciar el cielo, de al fin volver a ser uno con la mujer que lo significaba todo. Y a eso se le sumaban las contracciones y los estremecimientos que la recorrían. ¡Diablos! Era tan bueno que se le erizó el vello de los brazos.
Porque era su Bulma la que se convulsionaba de placer.
—Vegeta... me vas a matar... —murmuró ella, como si se estuviera ahogando.
Él sí que sentía que se iba a morir. Si Bulma en algún momento decidía marcharse después de saber lo que había pasado con Shirota, se moriría de pena. Había sacrificado mucho por ella, su propia identidad, su propio orgullo, había asesinado a un alfa y eso le acarrearía muchos problemas con los metamorfos, además de los recuerdos de su juventud del amor apasionado que habían compartido aquel día en el reservado y del que ahora volvían a disfrutar. Sería una mierda difícil de tragar.
No estaba obrando bien y lo sabía. Mentirle, no decirle las cosas tal cual eran no era lo correcto, pero era el único recurso que se le había ocurrido en un momento de absoluta desesperación, ella aún no estaba preparada para entenderlo su oscura naturaleza.
Cogiéndola por las caderas, se retiró hasta casi salir por completo, y volvió a embestir, sumergiéndose en ella con una firme acometida. Bulma lanzó un gritito corto antes de volver a jadear. Vegeta repitió el movimiento, haciéndola gritar cada vez más fuerte a la vez que iba cada vez más lejos. Aceleró el ritmo, sumergiéndose cada vez más deprisa, poco a poco, acariciando a Bulma profundamente, hasta que se hundió por completo y ella gruñó, arañando las sábanas.
—Nunca me dejes mujer...nunca…nunca vuelvas a marcharte de mi lado.
—Vegeta... por Dios... nunca me iré... —Él cerró los ojos y comenzó a embestirla sin descanso— ¡Oh! ¡Dios!
— ¡Eres mía! —rugió, acelerando los movimientos hasta que encontró un ritmo agradable y apasionado que puso a Bulma en tensión.
La mujer chilló tratando de elaborar frases coherentes. Vegeta suavizó la potencia de sus acometidas para que ella pudiera hablar y retorció las caderas, provocando dulces roces en el cuerpo de Bulma.
— ¿Ya todo estará bien?
Él resopló. Tenía el cuerpo bañado de sudor. Aunque la tenía sujeta por las caderas su piel estaba tan resbaladiza que apenas podía agarrarla sin que se le escurriera.
—Sí... —murmuró ella— No volverá a hacerte daño...
Vegeta afianzó las rodillas sobre el colchón, empujando los muslos de Bulma para separarlos aún más, notando que se tensaba por sus caricias.
—Sigue...
Él se lo dio todo, la escuchaba hablar aunque apenas podía entender lo que decía, pues la rabia, la culpa y la frustración lo ensordecían. El corazón le retumbaba en la cabeza y sus entrañas ardían, la intimidad femenina estaba apretada, resbaladiza y la vibración de ambos cuerpos provocaba calambres en cada una de sus terminaciones nerviosas.
Vegeta permitió a su bestia tomar el control para entregarle a Bulma la mejor experiencia de su vida. Sí, en el fondo quería demostrarle que él podía tomarla y poseerla siempre, siempre con ella como en sus más oscuras fantasías. La tensión se apoderó de su cuerpo y sus movimientos se volvieron más enérgicos, más profundos y más salvajes. Bulma se retorció sin dejar de temblar, abandonándose al placer y sucumbió al orgasmo estremeciéndose sin control. Vegeta se recreó en sus contracciones sumadas a la felicidad, disfrutó del temblor de sus muslos y saboreó los agudos y prolongados gemidos que exhaló mientras duraba aquel eterno clímax.
Cuando el placer se desvaneció, Vegeta no se detuvo y continuó, haciendo hervir la sangre de Bulma. Al principio ella solo podía limitarse a recibir las acometidas de Ouji, pero pronto se unió a la fiesta alanzo las caderas para seguir su desenfrenado galope.
—Ah, mi amor... me vuelves loco —ronroneó él. Alargó la mano para cogerla por el cabello y la obligó a girar la cabeza para mirarla a esos hermosos ojos y perderse en ellos.
Se sintió aliviado al comprobar que aquel matiz grisáceo de sus ojos no había aparecido, eso quería, que ella olvide todo lo pasado, que junto a él empiece una nueva etapa de su vida.
—Vegeta... no pares, por favor... —suplicó ella.
— ¿Quieres más? —preguntó, respirando una bocanada de aire ardiente.
— ¡Sí!
— ¿Qué más quieres?
—A ti... Más fuerte... más rápido... Oh, Dios, Vegeta...
Entre jadeos y resoplidos, Bulma aulló de placer. Vegeta notó que el clímax amenazaba con absorber toda su energía, pero siguió embistiendo a Bulma, golpeando su interior con apasionadas acometidas, sintiendo que el orgasmo subía como la espuma. Se hundió tan dentro de ella que comenzó a golpear el punto más profundo de su cuerpo y notó que se estremecía con más violencia que antes.
—Quédate conmigo —murmuró—Quédate conmigo, Bulma.
—Vegeta —exhaló ella.
Sus ojos se velaron cuando el orgasmo arrasó con ella. Sus contracciones lo apretaron como un puño. Vegeta tembló sintiendo como un escalofrío le bajaba por la columna, se concentró y recorrió toda su erección hasta explotar en un potente clímax. Con un rugido primitivo, Vegeta terminó por completo en el interior del cuerpo de su mujer, con ardientes chorros que se desbordaron entre las piernas de Bulma y resbalaron por la suave piel de sus muslos. Ella gritó echando la cabeza hacia atrás, exclamando lo eufórica que se sentía, mientras él la besaba, no queriendo dejarla ir nunca, alargando el orgasmo de ambos de un modo brutal.
Mareado, Vegeta se dejó caer sobre la espalda de Bulma, apoyando las manos en el colchón para no aplastarla, mientras observaba como ella se sacudía. Su cuerpo era el de una diosa, acalorado y hermoso, pálido y con olor a fresas. Detuvo la infernal diatriba de pensamientos y los ahuyentó de su mente y fundió el torso al cuerpo de su mujer, notando su aterciopelada piel sudorosa y su intimidad ceñida en torno a él.
Era ella, siempre había sido ella. Había hecho el amor con Bulma, con aquella joven hermosa, divertida y cautivante que a sus diecinueve años pudo poseer, él fue el primer hombre en su vida, él se había imprimado de ella sin saberlo, aunque meses después aullaba a la luna por su ausencia, por no tenerla entre sus brazos, pero era ella…la misma muchacha que se había robado sus pensamientos y sus sueños más íntimos aquel día. ¡Por la Diosa! No recordaba la última vez que había estado así con ella, con su cuerpo sudoroso y satisfecho debajo del suyo, sin que la distancia y las demás personas se interpusieran entre ellos. Había sido demencial, tenía el corazón tan acelerado que amenazaba con salirse de su pecho, pero estaba eufórico.
El picante aroma de la lujuria y el deseo flotaba en el aire. Vegeta permaneció dentro de Bulma durante todo el tiempo posible, no deseaba abandonar su calor. Le besó los hombros, el cuello y le apartó los húmedos mechones de cabello para besar sus mejillas. Ella suspiró y ladeó la cabeza para beber de sus labios. Vegeta se sumergió en su exquisita boca y acarició su traviesa lengua, cegado por la lujuria y el amor que sentía por ella.
Liberó las caderas de Bulma. Sin dejar de besarla, le acarició los brazos, los costados y metió las manos entre el colchón y el cuerpo de su mujer para cubrirle los pechos. Ella se retorció, gimiendo, cuando pellizcó sus sensibles pezones, duros como piedras.
—Bulma —jadeó él en su oído. Necesitaba llamarla para estar seguro de que era ella.
—Vegeta —respondió su mujer.
El alivio hizo crecer de nuevo su excitación, ahora era su mujer y siempre lo había sido. Hundió las rodillas en la cama y la atrajo hacia él mientras se alzaba, arrodillando a Bulma frente a él. Deslizó las manos por su vientre y le cubrió aquella delicada intimidad con la palma para acariciarla más profundamente. Bulma dejó caer la cabeza sobre su hombro y agitó las caderas.
—¿Te gusta? —preguntó él mordisqueándole la oreja.
—Sí...
Sin dejar de masturbarla, comenzó a embestirla con fuertes acometidas hasta que el orgasmo los reclamó a los dos. Ella ardía, sudaba y se retorcía, sumida en aquel paroxismo de lujuria. Vegeta acarició y besó sus pies, la tumbó sobre la cama y le dio la vuelta para tenerla de frente. Quería mirarla a la cara para observar su expresión desfigurada por el placer.
Sin dejar de mirarla a los ojos, deslizó uno de sus dedos hacia afuera y lo sumergió de nuevo hasta el fondo. Ella siseó, aceptando con agrado aquel juego, y alargó las manos para cogerle de la cara y besarle. Vegeta la hizo suya sin descanso, con mucha dulzura, enloqueciéndola hasta provocarle un nuevo orgasmo.
—Dios, Vegeta... —sollozó ella.
Perdido en un mar de sensaciones, Vegeta comenzó a moverse estimulando a Bulma sin descanso hasta que tuvo otro orgasmo. Sintiéndose insatisfecho, provocó otro y otro más sin dejar de atormentarla con profundos envites, inundándola con su semilla por todas partes hasta dejarla bañada con su esencia.
Había perdido la cabeza. Por ella. Por Bulma. Su naturaleza primitiva era la que azotaba sus músculos, quizá el instinto de procreación o el de domino. Cada movimiento que ejercía para satisfacer a su Bulma era una proeza, todos sus miembros temblaban recorridos por mil calambres. Pero para su futura esposa nada de eso sería suficiente, pues Vegeta no dejaba de pensar que quería recuperar el tiempo perdido, aquellos malditos años en que estuvieron alejados.
Y estaba dispuesto a seguir las horas que hicieran falta para que Bulma tuviera claro que él seguía amándola como aquel día, a pesar de haberse alejado y ambos haber seguido con su vida sin recordar lo sucedido, él seguía deseándola y añorándola como el primer día en que la vio.
Él también había sido infiel a Bulma durante esos años de su alejamiento. Con otras mujeres, mientras ella estaba atada a un ser detestable, cargando además con ese espíritu maligno que había robado la felicidad de su mujer.
Detuvo las embestidas cuando el cuerpo de Bulma se quedó laxo debajo del suyo. Le apartó el cabello de la frente empapada y besó sus ojos, su nariz y sus labios. Ella le correspondió con una tímida caricia de la lengua, antes de deslizar las manos por sus brazos y hundir los dedos en su piel. Vegeta se estremeció cuando la bestia latió en su interior y miró a Bulma a los ojos.
—¿Te quedarás conmigo? —preguntó con la voz áspera.
Ella le enfocó con la mirada, con las pupilas oscurecidas por el placer y los ojos cargados de picantes lágrimas.
—Sí... estoy aquí... ¿qué estás haciéndome? —susurró con una nota de pánico en la voz.
—Te estoy amando como mereces, Bulma…como siempre debió ser —respondió.
Abandonó su interior, observando como ella se encogía sobre las sábanas, temblando al borde del desmayo.
Pero Vegeta no estaba dispuesto a detenerse, ella era todo lo que necesitaba para al fin sentirse completo, fue un tonto por haber olvidado aquellos hermosos ojos azules, su alma estaba predestinada a unirse a la de ella, el lobo necesitaba a su hermosa luna plateada y majestuosa para sobrevivir, sin ella se sentía vacío. Además la deseaba tanto que dolía, pero ella le había asegurado que se quedaría allí con él, aún tenía miedo ante sus reacciones pero tenía que ir más despacio.
Permaneció quieto durante cinco minutos, Bulma parecía haberse quedado dormida, agotada. Debía llevar horas sin dormir, sin descansar. Quiso tumbarse junto a ella para volver a hacerle el amor. Una vez más, la última vez por este día.
Pero no lo hizo. A pesar del agotamiento y la rigidez muscular que sentía, cubrió a Bulma con la sábana y salió de su habitación, se encontraban en su casa. Echó un último vistazo a su figura antes de dirigirse a la cocina. Igual que el instinto reclamaba el cuerpo de su mujer, reclamaba alimento. En cuanto los dos se recuperaran, Vegeta volvería a su lado. Pero esta vez no la iba a soltar.
