Hola a todos y a todas…perdonen por favor la demora, pero como ya les había dicho…he tenido unas semanas sumamente ocupadas, pero espero me perdonen y que también les agrade este capítulo. Un abrazo enorme a la distancia. Nos leemos pronto y arigato! :D

Feliz por el aniversario de Dragon Ball! :D

Disclaimer: Los personajes de ésta historia le pertenecen a Akira Toriyama.


EN LA OSCURIDAD

Cap. 14

Una decisión

Claro que lo sabía. Y aun así… quería más de lo que Vegeta decía que podía ofrecerle. Cerró los ojos, luchando contra la amnesia. Estaba agotada, porque Yamcha, en su afán de recuperar el tiempo perdido, no le había dejado ni un momento de descanso y la había abordado, al menos eso era todo lo que recordaba. En cuanto él había salido por la puerta, Bulma se había desplomado sobre la cama y se había dormido, temblando, con la sensación del orgasmo todavía presente en todo su cuerpo.

Y ahora él. Vegeta Ouji. La había llevado a su casa, lo miraba fijamente, se le notaba irresistible con la camisa pegada a los músculos del pecho, los pantalones tensos, los puños apretados, desaliñados y elegantes. Pecado puro, tentación y aventura.

No podía permanecer indiferente a su presencia. Su propio cuerpo reaccionaba, ni siquiera el cansancio refrenaba los impulsos carnales que se apoderaban de ella. Pero sabía que si se rendía a él, volvería a sufrir. Ya estaba sufriendo una dolorosa tortura por haberse casado con Yamcha, satisfactoria en el plano social y económico, pero que le dejaba un vacío en el alma del que no podía evitar culparse.

¿Por qué sentía culpa, por qué aún se sentía atada a Yamcha, si no lo deseaba?

Se llevó una mano a la boca, para reprimir un sollozo. No quería ver a Vegeta en estas circunstancias, quería marcharse, porque su presencia dolía. Era un sueño inalcanzable, algo que nunca podría tener, algo que nunca debía desear. Algo que jamás tendría que haber probado. Por muchas palabras que él le ofreciera, por muchas promesas que le hiciera, no la amaba. ¿Por qué iba a hacerlo? Era una mujer débil que no merecía más de lo que la vida le había permitido tener.

Bulma… —gruñó él, dando un paso hacia ella, acercándose hasta quedar pegado al hueco de la puerta- Ven conmigo.

No. —Fue una respuesta automática, un mecanismo de defensa, puro instinto de supervivencia. Enseguida percibió que su negativa sacudía a Vegeta de pies a cabeza— Te dije que tenía que pensarlo.

¿Y cuánto tiempo necesitas? —insistió él.

El que sea necesario.

«No te lo crees ni tú, zorra». Aquellas palabras acudieron a su mente y las apartó cerrando los ojos.

Pero así se sentía; como una adicta al sexo luchando contra el deseo de saciar el hambre atroz que la devoraba. Yamcha no era suficiente para ella, por muy brutal que hubiera sido el sexo del último día, su marido no llegaba a satisfacerla del todo. Vegeta había rozado la perfección, pero tampoco había sido suficiente, y ahora que había podido comparar, sólo sentía ganas de huir. Ninguno la amaba por lo que era, sólo luchaban por demostrar lo bien que podían hacerla gozar. Se sentía atrapada en medio del fuego cruzado, entre dos bandos, entre dos hombres que sólo querían sexo; uno al que no se podía resistir, que deseaba en todas sus formas.

Era todo demasiado confuso. Siempre había soñado con amar y ser amada, con sentir pasión y recibir ternura. Ninguno le ofrecía eso de verdad, sólo lujuria. Vegeta era atento y caballeroso, pero se cansaría de ella. Yamcha era el único que podía ofrecerle estabilidad, física y mental pero jamás lo amaría ni se sentiría plena.

Bulma… —La voz del hombre bajó varios grados hasta volverse tan grave que se le erizó la piel de los brazos— Sé cómo te sientes. Sé que es culpa lo que te corroe. No te quiero obligar, no te quiero exigir, pero ahora mismo, necesito que abras la puerta, porque estoy a punto de echarla abajo y no quiero que los vecinos llamen a la policía…

Se aferró al marco cuando le temblaron las rodillas.

No. No puedo estar segura de lo que puede suceder si te dejo entrar —confesó— No quiero perder el control, no en tu casa. No quiero ser la mujer a la que su marido encontró en la cama con otro hombre…

Por favor —demandó Vegeta, sin perder la calma— Él no vendrá. Confía en mí.

Bulma vaciló, llena de inseguridad. No porque desconfiara de él, sino porque no estaba segura de ser capaz de controlar las ganas de abrazarle y suplicarle que se la llevara de allí. Estaba hecha un lío, porque en el fondo, no quería ser una persona miserable y engañar a Yamcha, no hasta estar legalmente separados. Ya había traicionado su confianza y no quería volver a hacerlo; su marido no se merecía eso, al menos por todos los años de convivencia.

—Mujer —murmuró Vegeta, haciendo que ella temblara. Sus ojos oscuros refulgían, sus pupilas estaban tan dilatadas que eran casi negras— No pienses que estás haciendo algo incorrecto. Es tu vida la que tienes que vivir, no la de los demás. Te prometí que te liberaría de esas ataduras que tú misma te habías creado y te he fallado. No debí permitir que abandonaras mi casa ese día, allí estabas a salvo…

Sintió su mano sobre la cintura cuando Vegeta metió la mano por el hueco de la puerta. Le fallaron las fuerzas y estuvo a punto de caerse, pero él la sostuvo.

Abre la puerta, Bulma.

¡No! No quería hacerlo. Era demasiado peligroso para su cordura. Vegeta sólo quería su cuerpo, al que había dominado en una sola noche; no le interesaba su mente ni su corazón. A nadie le importaba la felicidad de Bulma y ella no tenía la voluntad necesaria para salir a buscarla. Estaba cansada y se sentía derrotada.

Me iré de aquí—murmuró.

No.

Voy a cerrar la puerta, me cambiaré y me iré —gimió.

La vas a abrir —gruñó él en voz baja, apretando el agarre a su cintura— Quita el pestillo, déjame entrar. Te prometo que no avanzaré más de dos metros. Por mucho que te desee ahora mismo, por mucho que quiera arrancarte la ropa y besarte, no lo voy a hacer, porque no es lo que necesitas ahora. Confía en mí y abre la puerta, Bulma.

«Hazlo, estúpida. Deja que entre y disfruta de su cuerpo, de lo duro que está por ti».

Sacudió la cabeza ante aquel pensamiento tan perturbador y se tambaleó hacia atrás. Vegeta le movió la mano tras la puerta para quitar el pestillo, abriéndose paso al interior de su propia casa. Bulma retrocedió perdiendo el equilibrio y abrió la boca para gritar. Ouji la envolvió con sus fuertes brazos para enderezarla, se inclinó sobre su boca y la besó.

La tensión explotó. Bulma enloqueció de anhelo y se aferró a su espalda, experimentando una angustiosa sensación, como si cayera al vacío. Sintió la vibración de los duros músculos de Vegeta en las palmas, la humedad de su camisa empapada de sudor, el temblor desesperado que recorría el cuerpo del hombre. Aturdida por las sensaciones, apenas fue capaz de devolverle el beso mientras él se introducía en el interior de su boca para acariciarle la lengua… muy despacio.

No fue voraz, ni fue impetuoso; fue dulce y lento, casi tierno, un adjetivo que no entraba en el vocabulario de alguien como él. Su cuerpo, por el contrario, temblaba como si fuera a escapar de su control. Bulma percibió su lucha, la agresividad con la que se refrenaba por complacerla. Rígido y con los músculos endurecidos, Vegeta se limitó a besarla y a abrazarla sin hacer ni un sólo avance, y ella se dio cuenta de que deseaba entregarse a él sin condiciones, anhelando otra vez ese sexo salvaje y crudo que le permitiera descansar la mente después de tanto sufrimiento.

Introdujo los dedos entre sus mechones y se rindió al beso, disfrutando de la poderosa lengua masculina. Era vehemente, como todo él. Por mucho que se esforzara en contenerse, la pasión con la que movía los labios sobre los de ella delataban su lujuria. Ella se curvó debajo de él, notando su dura erección en el vientre, y se balanceó para frotarse contra ella. Él gruñó, mordiéndole los labios, y le clavó los dedos en la espalda como si quisiera desgarrar el camisón.

Tras un interminable intercambio de jadeos entrecortados y húmedos suspiros, Vegeta dio por finalizado el beso y la apretó contra su pecho, pasándole las manos por la espalda para reconfortarla. Su cuerpo poderoso la envolvió y comenzó a tranquilizarse, notando que la ansiedad remitía.

¡Dios! Había echado de menos su olor. Su calor. Su tacto. Todo. Y eso hacía que se sintiera todavía más culpable que antes, porque no había sentido lo mismo con nadie, jamás. Yamcha la había reconfortado en un par de ocasiones, pero no había sido tan efectivo como un abrazo de Vegeta.

Bulma... —murmuró él— No te sientas culpable por tener que elegir. Ni siquiera debes sentirte en deuda con nadie, porque es tu vida la que has de vivir. Si me rechazas, respetaré tu decisión. Si abandonas a tu marido, te prometo que no te arrepentirás. Pase lo que pase, quiero que sepas que siempre estaré de tu parte.

La abrazó tan fuerte que le costó respirar, pero no le importó, estar con él era lo que más deseaba en ese momento. Permanecieron así durante un buen rato, hasta que fue él quien soltó el abrazo, para angustia de Bulma, que no quería separarse de él. Con mucha delicadeza, él cogió sus manos y las besó. Ella deseó que besara otras partes de su cuerpo, deseó estar desnuda frente a él, recostada contra el vidrio de una ventana, mientras él recorría cada centímetro de su cuerpo con la lengua.

— ¿Por qué me trajiste aquí? —le preguntó.

Él lanzó un profundo suspiro y en sus rasgos apareció dibujado el tormento por el que estaba pasando. ¿Cómo podía alguien como Vegeta sufrir por ella? No, no sufría por eso, sufría por no poder follar con ella. No era una ingenua, los hombres no la deseaban por otra cosa, sólo era una mujer que servía para el placer de los hombres.

Porque debo marcharme y quiero que vengas conmigo, hay cosas que debes saber. Pero es evidente que no estás preparada para que te lleve conmigo ni tampoco para saber toda la verdad.

Bulma apretó los labios, notando que se le rompía el corazón. Tuvo ganas reírse, ¿de qué se lamentaba? Siempre había sabido que Vegeta sólo deseaba una noche con ella para saciar sus instintos y ella se lo había pasado bien. No había amor entre ellos, nunca lo habría, porque estaba casada y él no era un hombre que se comprometía.

Tienes una decisión que tomar, pero no te puedo obligar. Y tampoco quiero hacerlo. Necesitaba tocarte, saber que estabas bien.

No estaba bien. Con su visita, solo había logrado que se sintiera peor.

La compasión no va contigo, Vegeta…

Ouji la atravesó con una ardiente mirada que puso su mundo del revés. Contempló la lucha que mantenía en su interior, la rigidez de sus facciones, la belleza salvaje y peligrosa de su rostro. Antes de que sus emociones se desbordaran, dio un paso atrás para alejarse instintivamente, poniendo distancia entre ellos para que las sensaciones que manaban de él no la atraparan de nuevo en aquella precisa red.

No es compasión —gruñó él en voz baja— ¿Crees que alguna vez en mi vida me he comprometido con alguien como lo he hecho contigo? ¿Crees que he sufrido por alguien? ¿Qué me he entregado en cuerpo y alma a alguien?

El tono de su voz fue subiendo de forma gradual, sus últimas palabras estaban repletas de rabia y de dolor.

Estaba preocupado por ti, Bulma. ¡Maldita sea! Me miras como si quisieras pedirme algo y no dices nada. Estás guardándotelo todo otra vez. ¿En qué diablos estás pensando? —estalló.

Aquello era nuevo. Vegeta estaba furioso. Enfadado de verdad. No entendía nada.

Creo que es hora de que me marche, señor Ouji…

Bulma palideció. Miró por encima del hombro de Vegeta, en dirección a la puerta de su vivienda, que continuaba abierta. Bajo el marco, llenándolo con toda la anchura de sus hombros, estaba Yamcha.

El corazón se le detuvo durante dos latidos y luego, comenzó a palpitar de forma furiosa, ensordeciéndola. Sintió la presión en el aire, la forma en que los dos hombres se pusieron rígidos cuando establecieron contacto visual; una sensación de peligro flotó en el ambiente. Respiró hondo, intentando calmarse, pero estaba a punto de perder los nervios. Al ver a los dos hombres frente a frente, un miedo irracional la invadió y sólo pudo pensar en correr lo más lejos posible de ellos. Pero estaba paralizada.

Durante unos eternos segundos, el silencio se instaló en el vestíbulo. Un silencio denso, incómodo, amenazador. Los ojos de Vegeta se habían agrandado desmesuradamente ante la sorpresa, ¿Qué demonios hacia el metamorfo aquí? Si él...si él mismo le había dado muerte...algo extraño sucedía y creía saber de qué se trataba...la maldición, su figura parecía haber crecido y la camisa se pegaba a cada uno de sus músculos. Bulma escuchó un suave crujido, el de los puños de Vegeta cuando los apretó a ambos lados de su cuerpo. Yamcha inclinó la cabeza.

Ya ha hecho bastante daño, ¿no le parece? —Comentó su marido atravesando la puerta— La ha retenido aquí contra su voluntad, la ha arrancado de mi lado. Déjela marcharse y deje a mi esposa en paz de una buena vez.

Bulma pegó la espalda a la pared. No podía moverse, apenas podía respirar, estaba aterrorizada. Ni siquiera podía hablar para decirles que no pelearan. Los dos hombres parecían a punto de abalanzarse el uno sobre el otro, el desafío estaba en el ambiente, podía aspirarlo. No deseaba ser la razón por la que Yamcha y Vegeta se enzarzaran en una violenta pelea. No podría vivir con ello, la idea era enfermiza. Pero era lo que estaba a punto de suceder y cerró los ojos para no verlo.

Al cabo de dos minutos, Vegeta se movió. Bulma no lo miró, no se atrevía. Se produjo un largo silencio, el aire estaba cargado y escuchaba el corazón retumbándole en los oídos.

Bulma… tienes que elegir de una vez, esto se está saliendo de control —Era la voz de Ouji. Sintió sus cálidas manos en los brazos— Te prometí que te protegería y lo haré. Puedes estar tranquila pero necesito que seas sincera...he peleado por ti, he hecho lo que sea por demostrarte que en verdad te necesito pero eso parece no ser suficiente para ti...si te vas con él, te aseguro que no me volverás a ver jamás…finalmente he comprendido que, hay una gran posibilidad de que eso suceda.

¿No volverlo a ver jamás? Sintió deseos de llorar.