Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.

NA: Mientras escribía esto me dije; "Realmente quiero tardar más la interacción entre Oikawa y Kuroo", antes de darme cuenta estaba subiendo el capítulo.


—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—


—Y, ¡mierda! Veo para el lado y me doy cuenta que estaba el novio ahí, entonces como que la tipa se pone nerviosa. El sujeto se acerca y yo tipo; "¿Qué diablos pasa acá?", y de la nada siento cómo alguien me toma del brazo. Estaba medio borracho para ese momento entonces lo único que se me ocurre decirle es un; "¡Hey! ¿Qué onda?", o algo así. No sé cómo termine en una pelea…

Bokuto contaba. Yo fruncía el ceño intentando conectarme a la página de la universidad para revisar las notas que, por alguna razón, todavía no subían. Por ende mi nivel de mal humor era insuperable, aparte de eso se sumaba otros factores que podrían no tener importancia. Normalmente soy comprensivo con mi amigo y lo escucho en sus momentos, pero ahora no podía sino desear que un meteorito nos cayera encima.

Resople y me removí en la silla de la universidad.

—Termine botado en una calle, ¡ya ni me acuerdo bien! Con los pantalones medio abajo. Entonces no se me ocurre nada mejor y digo; "Tengo que volver a casa", pero los trenes ya habían salido todos así que mensajee a Akaashi. Por suerte me fue a recoger —terminaba de contar mientras se reía y se inclinaba en la silla del computador que había al lado.

Shh —siseó una chica que estaba cerca.

Miro sobre el hombro y me disculpo con la mirada, o quizás gruño, no puedo saberlo muy bien. Bokuto hace un gesto de disculpa pero no parece querer bajar la voz, o dejar de hablar.

El laboratorio de computación de la universidad, o mi facultad, es grande. Después de todo compartimos espacio tanto con ingenieros como los estudiantes de medicina, lo cual sí, era una porquería. Lo normal era tener una biblioteca para cada uno; o por lo menos dividir a los de humanidades con lo que fuera contrario, pero la sala de computación era global. En tiempo común los computadores alcanzaban regularmente bien pero en época de escases y tensión como ésta, el resto de nosotros nos peleábamos por conseguir un aparato. Éramos demasiado pobres para tener un computador propio. Yo he estado ahorrando desde mitad de año para comprar uno nuevo desde que mi anterior compañero pasó a mejor vida.

Como odio la tecnología.

—Eran como las cuatro de la mañana y me fue a buscar. Que buen tipo ese Akaashi —sigue narrando Bokuto.

Me pregunto cuánto tardara hasta que alguien se canse de él y le exija que se cambie. Había estado fingiendo que usaba el computador para que no lo corrieran, pero hasta ahora sólo había revisado el cari-libro y nada más.

Bokuto ni si quiera estudiaba en esa facultad.

Me lleve una mano a la frente y me apreté entre las cejas para aliviar la tensión. Tenía un pitido que parecía querer derretirme el cerebro.

—Deberías ser más considerado con Akaashi, él te ayuda siempre. Eres como su prioridad número uno —musite sin mirarlo, ni alejar los ojos de la pantalla. Ese "eres" no era nada más que una palabra de relleno. Estoy seguro, todos los estábamos, que Bokuto sí que era la prioridad número uno del antiguo capitán, había sido así desde hace cinco años.

—¡Es mi mejor amigo! Soy muy considerado.

—Hombre, no sé cómo no te das cuenta.

Siento los ojos de búho de Bokuto sobre mí.

—¿Dar cuenta de qué? —pregunta, removiéndose en su lugar como si estuviera en modo vibración, y es que cuando Bokuto tiene algo en mente que quiere saber nada lo detiene… de mirarte como si intentara leer tu mente.

—Nada, nada —resoplo otra vez. No es mi labor ser el tercero en discordia, o andar diciendo informaciones innecesarias. Si Akaashi no le quiere decir, pues allá él.

La mayoría de las veces pienso que las personas deberían enfrentar sus problemas, o por lo menos intentarlo, cuando algo te golpea en la cara no tienes nada más que hacer que tratar de quitártelo de encima. Pues bien, ese pensamiento he tenido en cuanto a la situación de Akaashi desde hace quizás…, allá por cuándo lo conocí, o quizás esa sería una exageración. Tengo ese pensamiento desde cuatro años atrás.

Aunque no sé quién soy yo para decirlo, después de todo no estoy mejor.

Bokuto se balancea en la silla y parece estar pensando en cuanto a lo que le dije, por lo cual tengo unos cinco minutos de tranquilidad para estresarme en silencio. Es cuando logro actualizar la página por décima tengo ganas de lanzarme por la ventana de cabeza y llevarme a unos cuantos profes conmigo. Está vez cierro todo en resignación al darme cuenta que los profesores parecen no querer subir las notas.

Malditos.

—No te hace nada bien estar pegado al computador de esta manera. Normalmente la gente se distrae después de las pruebas —me cuenta Bokuto.

—No cuando te puede costar el semestre, o el año, ya da igual. Es como lo mismo.

—¡Ya sé! Vamos a hacer algo, ¿qué te parece ir a comer? ¡Muero de hambre! Y como que has bajado de peso lo cual…, si, no está muy bien —sigue balbuceando en su lugar. Parece haberse decidido al instante. Le toma poco tiempo en cerrar todas las cuentas de sus redes sociales que había abierto y dejar el computador libre para alguien que sí lo utilice. Yo, en cambio, me tardo en reunir todos mis papeles y echarlos de manera desordenada en mi mochila. Además de revisar unas cuantas veces que mi cuenta de la u se halla cerrado bien porque… nunca he sido muy amigo de los hackers—¿Comemos oden? Hace mucho que quiero comer eso-

—Mientras sea económico.

Soy universitario, no el dueño de una super compañía. Mi ingreso capital se reduce constantemente mientras avanza el año, y punto aparte, las fotocopias son caras.

Mi compa se echa a reír y unos cuantos le lanzan una mirada fulminante que de haber podido lo tendrían enterrado cuatro metros bajo tierra.

Estoy a punto de levantarme cuando un toque en el hombro me distrae. Me sobresalto un poco sobre mi lugar y miro atrás mío, al extraño. Lo primero que reconozco, porque está en mi campo de visión, es la fea camisa a cuadrille que de cerca se nota más descuidada y debajo una playera bien gastada. Me encuentro con una expresión neutra de un rostro casi bronceado (apuesto que es la clase de persona que en verano no puede evitar que eso pase. Conozco unos cuantos que han llegado a llorar por cambiar el tono de su piel de esa forma), tenía los labios apretados y cargaba su mochila al hombro.

Lo reconozco de hace unos días, cuando lo vi en el pasillo.

Caminaba rápido, enojado y con el celular a la oreja. Hablaba con una persona que también se llamaba Oikawa, y yo me acordaba de mi supuesto Oikawa propio desaparecido, que no había visto ya en casi dos semanas, o sabido nada de él. Al notar a este tipo delante pienso que me gustaría preguntarle al respecto, y si fuera más impulsivo seguramente lo habría hecho.

Por suerte, él habla primero y me frena a tiempo.

—Disculpa, ¿vas a seguir ocupando? —pregunta con voz grave, muy neutra. No tiene su tono enojado y sus facciones se relajan.

Es un tipo bien normal que de vista me cae bien.

—Para nada, úsalo.

Me levanto rápido de mi lugar y noto la gran diferencia de estatura cuando estamos codo a codo. Él deja sus cosas en la silla que acabo de liberar mientras yo tomo las mías. Bokuto ya se había perdido y alrededor el mundo seguía moviéndose sin problemas, incluso me atrevo a decir que es más silencioso y feliz.

—Vale, gracias —termina diciendo mientras acomoda unos cuantos libros y según puedo ver si que estudia ingeniería. A mi dislexia y a mí nos da dolor de cabeza el sólo ver las tapas.

Se ve concentrado y me dan ganas de preguntarle por Oikawa. Veo que deja su celular a un lado y me pregunto si él le mandaría un mensaje que aparecerá en la pantalla antes de que me largue con el rabo entre las patas, pero por supuesto, no pasa, porque nunca nada pasa como quieres que ocurra. Ley universal. Tengo que morderme el labio, estoy a punto de hacer una locura.

El desconocido compañero de facultad, seguramente conocido o cercano del castaño, parece haberse olvidado de mi presencia y se adentra en el mundo de estrés del cual yo me he escapado arrastrándome con mis uñas. Me muevo antes de que alguien haga el comentario de que estoy mirando las musarañas, así que tomando con fuerza mis cosas arrastro los pies hasta la salida. No me había dado cuenta que estar tanto tiempo sentado en la misma postura me hizo mierda la columna y las piernas, casi se me duermen.

Dejo el lugar en silencio y cuando salgo me encuentro en el pasillo con el frio que entra por el campus abierto. Me acomodo la chaqueta que llevo y luego comienzo a sacar, haciendo equilibrio, la bufanda que tenía guardada para luego enrollarla en mi cuello de manera muy desordenada.

Me siento mejor por la calidez y miro hacia los lados, buscando a Bokuto.

Mágicamente, mientras pienso que se adelantó sin mí, aparece por el campus con el ceño fruncido y las manos apretadas. Parece ir chirriando los dientes y no sé por qué la visión me hace reír, hace mucho no me reía de Bokuto. Es que hay personas que nacen para cosas; Bokuto, en este caso, nació para ser el centro de risas de los grupos.

Se planta frente a mí con las manos en la cintura y refunfuñando como un animal. Tiene una mirada de reproche y la visión me hace reír más, exploto de la risa en el pasillo acaparando miradas de algunas personas que pasan por ahí. No puedo evitarlo. La sensación burbujea por mi pecho hasta escapar de mi boca sin que pueda evitarlo y lo único que hago es esconder la mitad del rostro con la bufanda.

—¡Kuroooooo! ¡Qué diablos! Te quedaste plantado en tu lugar sin avisarme, ¡yo creí que me seguías! Estuve hablando solo hasta que salí de la universidad y ahí me di cuenta que no estabas, ¡tuve que fingir que hablaba en altavoz por celular para no tener más miradas raras a mí alrededor! —hacía berrinche.

Pensé en la escena y fue peor, la risa seguía en mí. Me poseyó como a la niña del exorcista.

Me retorcí en mi lugar mientras reía más fuerte y me apreté el abdomen. Me dieron hasta ganas de llorar, lo juro. Me imaginaba a Bokuto hablando, y hablando solo por metros (porque él es la clase de personas a la que te arrepientes tras darle la palabra), mientras que todos los demás lo miraban como el loco que era.

—¡No te rías!

Más risa me dio.

—¡No es gracioso! —seguía quejándose.

Alguien salió de la biblioteca y la puerta me golpeó en el costado, haciendo que me desequilibrara en mi lugar y casi caiga al suelo. Ambos vivimos el momento en silencio y cuando todo se vio calmado nos reímos juntos por lo subnormal que podíamos ser.

Me enderece en mi lugar y le di una palmada en el hombro.

—Vamos, hombre, encontremos un lugar donde comer el bendito oden —canturrie mientras lo empujaba ligeramente para que me siguiera el paso—, ¿por qué oden, de todas las cosas?

—¡Porque es super bueno!

—Como sea.

Caminamos por los pasillos. Vi los anuncios en los paneles de la universidad pegados en las paredes y me reí en silencio al notar que comer en la cafetería seguía siendo tan caro como siempre. Bokuto me contaba una historia acerca de un viaje que hizo al sur hace un tiempo y yo asentía en los momentos cruciales.

Mi cerebro seguía divido en varias partes, pero mi estómago rugía de hambre. No tenía idea cuántas horas había estado sin comer, pero recordaba, al menos, haber desayunado como la gente decente. Mamá había sido tan amable para preparar mi desayuno y yo casi lloro de la felicidad por tal detalle. Pude haberlo hecho, en serio, pero hay que ser serio en la vida así que simplemente se lo agradecí con un beso en la mejilla y la promesa de lavar los platos cuando llegara a casa.

—Oh, oh, oh, ¿crees que Akaashi nos quiera acompañar? —pregunta de pronto Bokuto cuando ya vamos a mitad de camino. Me detiene con tanta fuerza sujetándome del brazo que me duele y hago una mueca para que me suelte. Lo hace mientras me sonríe como un desquiciado—¡¿Lo llamo?!

—No lo molestes, debe estar haciendo algo importante.

—¡Pero está acá mismo! ¡AKAASHI! —grita de pronto juntando sus manos en su boca para hacer un megáfono bien casero.

Le doy una patada en las pantorrillas y un codazo para que se calle. Lo segundo le genera cosquillas y se retuerce en su lugar.

—¡Ten un poco de decencia y no grites así!

—¡Bien! Lo llamaré al móvil —contesta sacándome la lengua para luego extender su brazo en mi dirección. Miro su palma vacía y enarco una ceja, sin entender—Tu teléfono, préstamelo. El mío se quedó sin batería.

—Ja, ¿quieres un café aparte?

Por favor.

Ruedo los ojos pero busco el santo aparato entre los bolsillos de mi pantalón y luego se lo tiendo. Bokuto sonríe para luego teclear la clave que quizás todo el universo sabía y yo me quedo leyendo los anuncios que me sé de memoria sólo para perder el tiempo. Me estremezo en mi lugar por el frío y maldigo el calentamiento global; excesivo calor en verano, mucho frío en invierno. A veces comprendo a Kenma.

—Te llego un mensaje, Kuroo —me anuncia Bokuto.

Me encojo de hombros y hago un ademán con la mano para restarle importancia. Más mensajes, seguramente alguno de los chicos de la clase o algo de ese estilo, incluso puede ser un correo innecesario o puro spam. No me interesa mucho leer mis mensajes.

—Déjalo, después lo reviso.

Escucho como Bokuto habla con Akaashi en un tono muy fuerte y siento compasión por el menor. Lo tiene difícil, después de todo. Hasta Kenma se da cuenta de ello, bueno, seguramente él fue el primero en notar ese hecho. Me distraigo leyendo los anuncios del centro de estudiantes y acerca de lo genial que es nuestra facultad que ha salido hasta en periódicos, de tercera categoría en un artículo más pequeño que las esperanzas de vida de las estrellas (mierda, me acuerdo de Oikawa, otra vez) pero no importa, ahí está.

Es entonces cuando el enfoque de mi vista cambia y me encuentro mirando el mundo que hay a mi espalda por el reflejo del vidrio. Veo a Bokuto moviendo el brazo libre y echándose a reír, luego quejándose mucho. Hay otras personas yendo de aquí para allá, que no se reconocen muy bien pero puedo notar ciertos detalles; como la ropa que usan, y entre eso es algo lo que me hace tensarme en mi lugar y darme vuelta en mi lugar.

Cuando distingo aquel diseño de gorro que he visto sólo en una persona.

Lo veo caminando por el reflejo y pasa rápido. Yo me volteo y me doy cuenta que ya va bien lejos. Mis hombros caen en decepción al notar que no era Oikawa, o por lo menos no parece serlo porque de lejos no se parece, y ese ni si quiera es su chullo. Claro, no tenía lógica que fuera él.

La persona desaparece para luego adentrarse en el laboratorio de computación.

Bokuto sigue conversando y yo me río de mí mismo.


Son las ocho de la tarde, ya está oscuro, Tokio se mueve y la gente parece olvidarse de mi presencia al tiempo que me maldicen entre dientes por obstaculizar el paso en la vereda. No sé cómo logre, o Bokuto consiguió, que olvidara mi estrés por el resultado de los exámenes pero de todas maneras, de alguna forma, termine riéndome más de lo que esperaba paseando de aquí para allá e incluso bebimos unos tragos rápidos. Nada del otro mundo. Vi cómo Bokuto intentaba ligar con unas señoritas, pero terminar siendo ignorado y luego cómo Akaashi, (ese niño es un santo), terminó consolándolo.

Es de noche. Hace frío. Es un milagro que no esté lloviendo pero el asfalto de la calle sigue húmedo. Me tiemblan las manos mientras sujeto mi teléfono sin poder creerme lo idiota que soy o lo maldito que puede ser el mundo.

Podría culpar a alguien más, pero al final la culpa simplemente es mía por no revisar antes mis cosas.

La pantalla brilla mientras leo una y otra vez el único mensaje de hoy de esa persona, con una diferencia de casi dos semanas con el último que me había mandado.

Oikawa (14:14 pm): Yo-ho, Kuroo-chan, quieres que nos veamos ahora? Hace mucho no nos vemos.

Mierda.

Maldita mi suerte.

Aquel era el mensaje que seguramente Bokuto me aviso había llegado pero yo no preste atención porque estaba mirando un estúpido anuncio que ya conocía, allá cuando seguíamos en la universidad. Y no podía creer que no lo había mirado, o no le había respondido, cuando todos esos días me estuve comiendo la cabeza por su paradero.

Oikawa era un maldito misterio.

Me temblaron las manos mientras el arrepentimiento llenaba mi pecho, lo pude reconocer. El sabor era amargo y me daban ganas de vomitar. Si tan solo lo hubiera revisado a tiempo, ¡maldición! O si el torpe de Bokuto hubiera dicho de quién rayos era el mensaje, esto no habría pasado.

Podría haber almorzado con Oikawa en vez de salir a dar la lata por el centro de Tokio. Podríamos habernos reído o pude haber observado su cara bonita una vez más después de tanto tiempo. Le pude preguntar si es que conocía a aquel chico de ingeniería y qué relación tenía con él, por qué no me había mandado un mensaje, por qué desapareció de la nada. Pude haber hecho diez mil millones de cosas más importantes junto a Oikawa si hubiera tomado el móvil a tiempo.

Realmente, realmente odio la tecnología y la obligación que te ata hoy en día a tener que conectarte por ella. Esclavo de los avances. Terminaremos como en Matrix.

Tome aire y recapacite mis opciones. Alguien me choco el hombro y yo lo pensé como una señal divina.

Teclee con los dedos temblando, me equivoque en varias palabras y tuve que escribir el mensaje nuevamente casi tres veces. Al final, antes de arrepentirme, presione enviar.

Yo (20:42 pm): Lo siento, no vi el mensaje a tiempo. Pero podemos vernos mañana, si quieres.

Me sentí nervioso mientras miraba la pantalla. No podía pensar en otra cosa salvo en Oikawa haciendo algo con alguien más que no era yo, quizás odiándome por no haberle contestado, pero, al mismo tiempo, pensaba que yo también tenía más razones para estar molesto o ignorarlo, después de todo desapareció sin avisarme. Mejor dicho, lo único que nos "unía" era almorzar juntos, hace unas semanas y compartir comentarios bien profundos, por lo menos de su lado. Era un friki, un otaku encubierto bajo su rostro de Ken.

Estaba bien que quizás no fuéramos amigos de hace mucho tiempo, o si quiera nos tuviéramos confianza, pero… pero…

Aun así se sentía mal.

Antes de bloquear el aparato y pensar que ya lo había jodido todo el "escribiendo" de Oikawa hizo que me sobresaltara. Había visto mi mensaje. Las tripas se me movieron mientras esperaba como un idiota, sin saber qué hacer.

La respuesta llega rápido.

Oikawa (20:44 pm): Kuroo-chan! Ya decía yo que no lo habías visto, jajaja. Lo siento, seguro estabas ocupado.

Oikawa (20:45 pm): Nos podemos ver ahora, si quieres! Digo, tengo tiempo y todavía estoy por acá, así que…

De ahí no había escrito más.

Espere un poco hasta que me di cuenta que no mandaría ni otra cosa.

Yo (20:46 pm): Dónde estás?

Intenso. Mi cuerpo se sentía ardiendo y mi pecho iba rápido. Mire a mí alrededor preguntándome si no me estaría viendo desde alguna parte. Era escalofriante pero podría ser, con las muchas casualidades que me habían ocurrido últimamente no me espantaría más allá de lo necesario.

Oikawa (20:48 pm): En la estación cerca de tu facultad, sentado en la vereda.

Yo (20:48 pm): Voy para allá.

Ni yo sé cómo logre escribir tan rápido, pero lo hice. Guardé mi celular y comencé a caminar a pasos rápido, esquivando gente y empujando a otros, en dirección a la estación. Tenía quizás unas diez cuadras por delante y el trayecto nunca se me habría hecho tan eterno. Simplemente mi cuerpo se movía solo mientras pensaba en las posibilidades que significaban acerca de que él estuviera sentado en una vereda, en la estación de trenes, cerca de mi facultad.

Me consideraba bueno leyendo personas pero a él no podía leerlo y no encontraba razones para sus acciones.

Mientras me lo imaginaba encogido por el frío, mandando estúpidas fotos a contactos suyos o contando los autos pasando, mis piernas se movieron con más rapidez y súbitamente me hallaba a mí mismo corriendo por el centro de Tokio. Miraba a los lados lo necesario para atravesar las avenidas y me sentía estúpido.

Podía pensar que era preocupación, nada más. Era una buena persona de corazón, creo. Siempre me preocupaba cuando Kenma se perdía en lugares y sentía que tenía cierta habilidad para encontrar personas perdidas, al igual que recorrer calles a una velocidad increíble por mis piernas largas.

Así fue como me encontré frente a la estación en tiempo récord. A pesar de no practicar deporte tan seguido, como solía hacer antaño, no tenía del todo perdida la costumbre. Llegue jadeando pero no tan cansado como esperaba. Me detuve a tiempo para tener distancia a calmarme aunque sea un poco y me puse a buscar con cuidado, pero no fue difícil distinguirlo entre la multitud porque era la única persona sentada en el suelo.

Pude distinguir su gorro y la manera en la cual se sentaba, pero no jugaba con su celular, simplemente miraba a la nada.

Camine hasta él y le toque el hombro, sin saber realmente qué otra cosa hacer. Fue entonces que se volteó y al reconocerme simplemente me sonrió de esa manera suya; marcando los hoyuelos en sus mejillas.

Pero había algo raro.

Las luces de la calle y de los autos a veces le alumbraban la cara, entonces pude darme cuenta de que tenía los ojos hinchados además de cristalizados. Me dio un vuelco al estómago que dio nauseas al verlo así. Tenía, junto con lo anterior, la nariz roja, al igual que parte de sus pómulos. El frío, seguro.

—¡Kuroo-chan! —clama con su sonrisa mientras se pone de pie apoyándose en mí.

Lo miro en silencio y pienso que ahora sería el momento perfecto para encararle, exigirle respuestas. Incluso inculparlo diciendo que no tenía ganas de que una persona anduviera como celestina por mi vida. Podría hacer muchas cosas, pero simplemente viéndole la cara sentí que era imposible hacerlo porque en ese momento había tanta vulnerabilidad mal disfrazada que las únicas ganas que sentía era de ponerle una mano en el hombro y decirle; "Todo estará bien".

Me daba la sensación de que estaba perdido y que yo no podía abandonarlo en ese estado. Quizás era sexto sentido, u otra cosa, pero simplemente supuse que estaba mal, por alguna razón que desconocía y él, seguramente, no iba a decirme.

Así que lo único que hice fue desenrollar la bufanda de mi cuello y ponerla en el suyo.

Él me miró extrañado, pero no se mueve. El contacto contra la piel de su mejilla me genera escalofríos y me siento torpe. Puedo darme cuenta del frío que hace en el lugar y me estremezco, pero trato de que no se me note en la cara. Oikawa, claramente, está peor que yo y según pude ver hace poco es de las personas que se resfrían fáciles.

—Hace frío —es todo lo que digo por explicación.

—Pero que amable —sonríe mientras toma la bufanda entre sus manos y sus dedos largos, chuecos, aparte de mordidos. La olisquea de manera casi disimulada, haciendo que lo observe con una expresión solemne al tiempo que un calor burbujea todo mi cuerpo hasta calentar mis mejillas porque, vamos, una cosa así siempre te pone de los nervios. Te hace sentir consciente de ti mismo. Arruga la nariz pero me mira de manera juguetona—, aunque apesta a sudor. Realmente no debiste hacer tanto por mí —musita a juego.

—Te resfriaras, no seas terco. Además no pienses en nimiedades —respondo mientras chasqueo la lengua y sonrío un poco. Bien, viejo Tetsurou que siempre tiene todo bajo control vuelve a la vida en el momento ideal.

—En serio no deberías hacer tanto por mi… —murmura bajando la mirada a nuestros pies.

Hay un silencio entre nosotros roto por los autos y la gente. Me remuevo por el frío y lo veo a él, todavía observando las musarañas en el piso. Se ve bien con mi bufanda, pensamiento raro. Me recuerda a la primera vez que lo vi.

—¿Qué haces acá solo, Oikawa? —pregunto al final. Quizás el tono de mi voz se escucha más hostil de lo que debería, y por eso relajo mis facciones lo más que puedo para que no se haga ideas equivocadas.

Cuando me mira está sonriendo.

—¡No lo sé! Sólo tenía ganas de estar por acá-

—¿En una noche de invierno, en serio?

—Y, bueno, me acordaba que hace mucho no hablábamos… por si nos podíamos ver, y eso. Será raro, pero había extrañado a Kuroo-chan y sus sonrisas escalofriantes—siguió hablando como si yo no lo hubiera interrumpido, mientras se encogía de hombros restándole importancia.

Lo observe, pasmado. Oikawa era un despreocupado, o se veía como uno. No, mejor dicho era la clase de persona que finge que nada le preocupa y siempre anda feliz por la vida. Esa expresión me daba, y aumentaba mientras lo miraba hablándome de una manera tan normal después de que perdimos contacto por tiempo considerable. Parecía que para él, el tiempo entre nosotros, no había sido nada. Era como si la última vez que hablamos fuera ayer y no hace casi dos semanas cumplidas, en una situación que no podía considerar muy sana.

Me hubiera gustado preguntarle qué estuvo haciendo, dónde, por qué no me habló, pero todas esas preguntas se quedan en mi cabeza.

Al final suspiro, con resignación. Pensando que parecía estar haciendo sólo locuras sin pensar en nada realmente.

—¿Quieres ir a mi casa, Oikawa? —es una pregunta sin malicia. Sale por sí sola. Ciertamente es una imagen rara tenerlo a él en el que considero mi hogar desde siempre; conviviendo con mis padres y entrando a mi habitación, incluso quizás sentándose a la mesa con nosotros. Se siente raro, pero correcto.

Ninguna persona con sentido común estaría sentada en una vereda, frente a una estación de trenes, en una noche de invierno fría muriendo exactamente de eso sin tener una razón para no volver a su propia casa.

Recuerdo que Oikawa no es de acá y seguramente se está quedando en alguna parte, que todavía no conozco y parece que no conoceré en un buen tiempo. Sólo puedo pensar que no tiene ganas de volver a esa parte.

—¿Qué dices? —insisto al notar que no tengo respuesta y antes de que me arrepienta. Odio cuando mi boca se mueva por sí sola sin que mi cerebro procese todo, es como; "¡Hey! ¡Reacciona que estás haciendo estupideces, otra vez!". Algo así.

Propuestas locas mías. Kenma siempre dice que soy un impulsivo o muy amable, que algún día me arrepentiré y me pasara una gran factura que no podré sobrellevar.

Viendo la sonrisa de Oikawa no pienso en eso.

Siendo en el futuro no podría dejar de repetirme que Kenma era un vidente, y que tenía demasiada maldita razón.

—¡Claro!