Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.


—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—


Para estas alturas de mi vida ya estaba acostumbrado a la mayoría de los trayectos que son desde cualquier parte de Tokio hasta mi casa; antes desde el instituto a casa, el centro, la punta del cerro, el otro lado de la ciudad y ahora la universidad. Por esa razón a veces el camino se me hace más corto, otras más largo, depende de mi estado anímico. Por decir que si estuviera con ganas de dormir unas diez mil horas, ganas de ir al baño extrema o devorar todo el refrigerador el camino se me hace más largo que un viaje a Plutón. Ahora, exactamente, se me hacía eterno, así como si en vez de Plutón estuviera saliendo de la galaxia.

Ah, entre otras de mis actividades que habían nacido desde que conocí a Oikawa (además de estar volviéndome esclavo de la tecnología o los celulares, ser un paranoico excesivo y un investigador que te cagas) era estudiar el espacio, o mejor dicho leer datos random al respecto.

Pero meh.

Habíamos tomado el transporte en hora punta y para los suburbios la mayoría de la gente del centro se devolvía, así que con Oikawa tuvimos que apretujarnos en uno de los vagones rezando que todo acabara rápido y agradeciendo ser altos para no ahogarnos como otras personas (el nipón promedio, por ejemplo). Aun así a él no pareció importarle más de lo necesario, las quejas iniciales y luego de dos estaciones andar lloriqueando por el calor.

—Pues quítate el gorro y la bufanda —fue lo único que le dije.

—Ni que fuera tan fácil —respondió él tras un bufido que le hizo verse como un hámster y, qué mierda, me dieron ganas de morderle las mejillas. Contrólate, Tetsurou—. Aparte es la bufanda que Kuroo-chan me ha prestado.

Allá él. Yo mantuve mi sonrojo en secreto fingiendo que observaba con mucho interés el mapa de las estaciones de la línea.

Oikawa resaltaba entre la multitud; era como un personaje que no tenía por dónde estar ahí. La mayoría de la gente vestía con trajes de oficina, que variaban entre el negro y el gris, algunas colegialas con uniformes blancos con azul. Él, en cambio, usaba una sudadera morada, unos jeans medios claros y unos botines café claro. Resaltaba demasiado y pude notar que muchos le lanzaban miradas que iban de todo, en serio. Llegaba a ser enfermizo. Recién podía restaurar la teoría de que el tren, en hora punta, podía llenarse de pervertidos, así que lancé miradas de odio por aquí y por allá sin que Oikawa se diera cuenta. Todo bien-normal.

El camino se me hizo incómodo. Tenía la espalda pegada a la pared, medio aplastado, y Oikawa casi sobre mí. Pero él ni se inmutaba, parecía darle lo mismo mientras me narraba con mucha energía una anécdota de la escuela, cuando iba a Seijo. Algo acerca de que una vez se escaparon de clases por la simple razón de no tener ganas de asistir con ese profesor porque era una mierdecilla de esas que cuando pisas y tratas de quitarte del zapato no haces nada más que expandirla, y luego intentaron saltar la muralla hacia la libertad absoluta (Venga, así en toda actitud Los ángeles de Charlie), pero uno de sus compañeros fue atrapado y tuvieron que dejarlo por el bien del resto. Fue democracia.

—Hanamaki se enojó un montón con nosotros por abandonarlo pero, ¡hey! ¿Qué podíamos hacer? ¿Devolvernos y que nos mataran a todos? Digo, no. Hay que ser realistas en esta vida- Mierda —se quejó cuando el tren volvió a detenerse en una estación y chocó con mi pecho, golpeándose en la nariz de frente.

Fingí no ver, ni escuchar nada. Gente se baja y gente sube.

—Tenías cara del santo de la clase, no el que hace novillos porque sí.

—Los novillos son sanos de vez en cuando, ¿sabes? Tú tienes cara de delincuente juvenil y nadie te dice nada —bufa arrugando la nariz.

He notado que arruga mucho la nariz cuando se enoja.

—¡No tengo aspecto de eso! —me quejo, airado. No puedo evitarlo. Ese tema toca una vena sensible mía.

—Es el pelo, de hecho.

Así siguió el trayecto, por suerte para cuando estábamos más cerca no teníamos que estar los unos contra los otros como sardinas. Oikawa suspiró, aliviada, al poder mover aunque fuera el brazo. Aun así no se quitó nada, se limitó a mirar por la ventana con una fascinación que nadie le creería, parecía un niño de paseo por Disney. La verdad es que a esas horas no había mucho que ver; las calles alumbradas y casas, nada interesante. Pero de todas formas me comentó, con más emoción de ser posible, que todo ese lugar le recordaba a su casa, Miyagi. Que se le hacía increíble pensar que un lugar tan "calmado" se encontrara también en Tokio y yo simplemente sonreí como pude ante eso. No capte ningún brillo de nostalgia en sus ojos cuando hablaba de su hogar, simplemente una tranquilidad pasiva.

Lo dejo mirar más tiempo por la ventana para no aguarle la diversión. Pienso que quizás es una persona muy simple que se sorprende por cosas como esas, pero al mismo tiempo es medio adorable. Como yo me sé todo de memoria termino observando hacia el frente, el resto de la gente y las muchas cabezas que hay. Leo los nombres de las estaciones y pienso qué haré una vez lleguemos a casa.

Pensándolo seriamente era como un poco bien tarde para invitar a alguien a quedarse, más pensando que no vivía cerca.

Pero, bueno, ya qué. Cosas pasan.

A Oikawa no parece importarle, lo cual es medio preocupante para la salud mental de uno que está haciendo casi de niñera. Me pregunto si es que no tendrá nadie a quién llamar para avisar que se fue a dar la vuelta al mundo y-

Y…, y… es ahí cuando me doy cuenta del detalle que este chico, fanático obsesivo de fotografiar todo lo que veía y revisar varias veces el móvil, no lo había sacado desde que lo encontré en la calle. Eso ya no era para nada normal. No llamaba a nadie y tampoco revisaba si alguien preguntaba por él. Cada vez todo era más raro.

Llegamos a la estación más rápido de lo que hubiera esperado y agradezco por ello. Le tengo que sacar casi arrastras, sujetándolo del brazo, para que me siga. Yo esa misma caminata la hice con Kenma todos los días cuando íbamos al instituto, y a pesar de que no era tan lejano se sentía como si hubieran pasado eones de tiempo de ello. No tengo más opción; lo guío por las calles en dirección a mi casa y de vez en cuando respondo las preguntas que me hace. Nada anormal.

Cuando estoy frente a mi guarida secreta, también dicha hogar, le indico que se quede cerca de mí y abro con la llave. Con medio cuerpo dentro comienzo a quitarme los zapatos mientras anuncio la llegada, esperando alguna respuesta, y según puedo notar mamá está en la cocina. Oikawa me copia pero no alcanzamos a entrar del todo hasta que mi madre aparece en la escena, me saluda y tarda medio minuto en notar la presencia detrás de mi. Es entonces que cuando yo estaba más que preparado para hacer una presentación rápida y amena que soy testigo de los poderes sociales que tiene Oikawa Tooru.

Digo, los PODERES sociales.

Me imagino que Oikawa, en sus años de colegio, era la clase de amigo del cual las madres de los demás hablan tanto. Esos que odias porque siempre terminan comparándote con él o todo el tiempo te preguntan por su existencia, además de por qué no ha venido a casa.

Cuando habla con mamá es todo sonrisas; hace una reverencia respetuosa, se disculpa por irrumpir sin avisar, la alaga (¡incluso llega a eso!), se presenta por su nombre y como un amigo mío. Agradece con voz suave, sin perder su sonrisa en ningún momento, la hospitalidad. Es entonces que ella termina cayendo en esos encantos suyos. Los dientes chuecos, seguro, junto con los hoyuelos cuando sonríe. Veo que ella se sonroja, y yo siento nauseas. Mamá me habla sobre el educado amiguito que había traído a casa (lo siento como una indirecta, ni que mis amigos fueran ladrones, narcotraficantes y cosas de esa índole) y lo invita directamente a que se siente con nosotros, porque la cena está servida.

Ese día papá, muerto del trabajo, se había acostado temprano. Pero es durante la cena, también toda sonrisas y charlas simpáticas, que mamá le pregunta, al notar que ya eran más allá de las diez y media de la noche, cómo es que pensaba devolverse. En mi lugar yo miraba todo como un espectador más, un comodín al cual no habían prestado más atención salvo para las preguntas que había que corroborar y pasar cosas que estaban muy lejos del alcance en la mesa. Oikawa, ante eso, se había encogido de hombros. El muy maldito. Simplemente responde que pues se devolverá hasta donde se está quedando, que no tiene problema y no quiere molestar más.

Aunque claro, a eso mamá la airea. No rotundo a la posibilidad de que quizás mi único amigo guapo y educado (quitando a Akaashi, que realmente sólo vino a mi casa una vez pero mamá lo adora) se pierda en las calles de Tokio, porque en lo que duró la cena Oikawa pudo hacer toda una autobiografía de su vida en Miyagi junto a su linda familia.

—¡No! Es muy tarde, te puede pasar algo. Quédate aquí, después de todo Tetsu guarda un futón de más en su cuarto y seguro caben los dos sin problema.

Y así.

Oikawa se negó los primeros cinco minutos, diciendo que era mucho pero mamá insiste tanto que no le da opción. Por mi lado yo no puedo quejarme ya que, después de todo, fui quien lo invitó desde el principio, y estaba bien que mi habitación fuera remotamente más grande que aquellas que existían en los departamentos en el centro de la ciudad pero no significaba que pudiera formar fiesta cuando quisiera. Aun así después de cenar, mostrarle el baño a Oikawa y prepararle la tina para que se diera un baño, me encontraba yo arreglando el susodicho futón extra junto a mi cama, en el suelo.

Me hubiera gustado correr donde Kenma y contarle todo el asunto para desahogarme con alguien, pero sabía que él me mandaría a volar diciendo que no le interesaba.

Le había prestado ropa que pudiera usar de pijama, pero dejó tanto su billetera como su celular detrás, en el escritorio donde normalmente estudiaba y lloraba mis penurias. Al ver el aparato, tan llamativo a la vista, me dieron las ganas de revisarlo pero me dije que no sería ético y me distraje cambiándome de ropa también, pensando qué sería de mí mañana junto con qué desayunaría. Todo eso y después volví a arreglar el futón para que Oikawa durmiera lo más cómodo posible. No podía evitarlo, era preocupado de naturaleza y más por mis visitas.

Entonces fue en el silencio de la habitación que un zumbido me hizo levantar la mirada de mis quehaceres. No era mi aparato.

En bóxer observo cómo el celular de Oikawa es el que parece querer saltar del escritorio a una vida mejor. Tiene una llamada entrante; "Iwa-chan". Me quedo petrificado, observo en silencio y me pregunto quién es ese tal Iwa-chan. Una parte de mí piensa en responderle pero como no es mi teléfono me digo que no es muy correcto, podrían pensar que se lo he robado o algo de ese estilo, además explicar toda la historia que nos llevó a esto sería muy latoso.

No pude evitar sentirme medio aliviado cuando el móvil se calla, pero en poco vuelve a sonar de nuevo, mismo nombre. Ocurre otra vez que al no recibir respuesta, se apaga y es entonces que me acerco para mirar la pantalla encendida.

Mis ojos no lo creían.

Veinticinco llamadas, perdidas.

Cuarenta mensajes.

Así tal cual.

Salte en mi lugar al notar que sonaba de nuevo. Iwa-chan llamaba con insistencia, estuve a punto de contestarlo hasta que la voz de Oikawa me detuvo.

Uf, Kuroo-chan, está bien que nos conozcamos y me dejes dormir acá pero no sé si será muy pronto para eso.—musitaba en broma mientras reía, su ropa estaba doblada y la dejó en un rincón cerca del futón. Tenía el pelo medio mojado, no sé si la memoria me fallaba pero sentía que era la primera vez que lo observaba sin su gorro. Se le había rizado un poco, era de esos castaños claros que parecen ir al tono rubio y aparte parecía suave. Lindo—Ah, muchas gracias por el baño, no me había dado cuenta que lo necesitaba hasta que estuve ahí. Me siento un hombre nuevo.

Otra cosa linda suya.

Vestía mi ropa y se le notaba un poco más grande, aparte de que le quedaba bien floja. Claramente su contextura delgada se notaba acá, por lo menos en comparación conmigo. Llevaba unos pantalones largos que encontré por ahí que eran cómodos para dormir, al menos, y una camiseta de Green Day antigua. De esas épocas de uno que no te gustan recordar por vergüenza ajena y respeto a todo aquel que te conoció.

No sé si no se dio cuenta del teléfono o decidió ignorarlo, aun así yo no me aguante apuntarle al respecto.

—Tu teléfono ha estado sonando. Iwa-chan, eso salía —fue todo lo que dije.

Oikawa me miró sobre el hombro, a medio camino de echarse en el futón y su mirada fue a parar al aparato. Pensé que me respondería algo, lo que fuera, pero al final lo único que hizo fue levantarse de su lugar sin perder la sonrisa mientras cogía el objeto en cuestión.

—Un compañero mío, es que tenemos que hacer un trabajo juntos y seguramente piensa que no lo he enviado mi parte —se río para luego salir de la habitación. Supongo que a contestar. Me senté en el bordillo de mi cama mientras le escuchaba discutir, o hablar, lo que fuera que estuviera haciendo. Su voz era suave, como siempre—. Que no, hombre, ya te lo envíe. ¿Revisaste tu correo? Pues revisa… ¡Ves que sí está! —en eso escucho su risa—Tranquilo, estás cosas pasan. Nos estamos jugando una nota. Sí. Sí. Ajá. Bueno, bye.

Luego de eso entró a la habitación para echarse en el futón, ronroneando como un gato mientras daba un suspiro de relajación. Me pareció un niño, otra vez.

—¡Que cómodo! ¿No roncas, cierto?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —enarque una ceja mientras lo seguía mirando, sin creerme la forma en la que era. Un despreocupado, totalmente. ¿Quién puede acomodarse tan calmadamente en la habitación de un tipo que, seamos sinceros, no conocía tanto? Todavía cabe la posibilidad de que pudiera ser un asesino en serie.

—No sé, una simple pregunta. En los viajes escolares nunca falta el compañero que ronca, yo solía pegarles una patada para que se callaran. Matssun roncaba un montón, era como un ogro, pero para hacer que se callara simplemente tenías que pegarle. Era divertido —seguramente vio mi cara de confusión porque terminó explicando, poniéndose de lado y apoyando la cabeza en la mano—: Un compañero de clase y de equipo, allá en Seijo. Un buen tipo, ese Matssun. Siempre se le ocurrían las cosas más raras. Nos hacía reír a todos. Una vez llenó de pegamento la silla de un compañero y, te juro, se le rompió toda la parte de atrás. Nunca lo pillaron.

Nos quedamos en silencio. Al final Oikawa se acuesta sobre su espalda y comienza a mirar el techo. El celular no vuelve a vibrar y lo único que escucho es el viento de afuera. Me pregunto si Kenma estará jugando alguno de sus videojuegos (lo más probable es que sí) o tal vez hablando con su querido Shoyo. También termino en la duda de que sí el tal Iwa-chan se habrá calmado con respecto a su trabajo en conjunto, aunque la sensación me da mal sabor de boca porque, pensándolo fríamente, ¿cómo Oikawa podía perder el tiempo fuera cuando, supuestamente, debía entregar un trabajo? Raro, raro, la duda surgía en mi mente. No es que no quisiera creerle pero esa parte mía que todo quiere saber no se encuentra muy convencida por sus antiguas palabras.

—¿Por qué estabas sentado frente a la estación, Oikawa? —pregunto con seriedad, poniéndome en mi faceta de; "Quiero respuestas ahora".

Así me enfrento a su expresión media sorprendida.

—Ya te dije, Kuroo-

—No, en serio, no creas que me tragaré eso. Estamos en invierno, Oikawa, hace un frío que pela, era tarde y tú estabas con toda la actitud de gato perdido o niño con berrinche que no quiere volver a casa tras una pelea con sus padres —termino diciendo, quizás no era necesario ser tan directo pero las palabras salen antes de que pueda evitarlo. Él hace una mueca—, ¿de qué te estás escondiendo? Creo que, dadas las circunstancias, es lo mínimo que puedo saber… no es como si te fuera a correr de mi casa. No soy mala persona.

¿A quién tratas de convencer, Tetsurou, a ti o a él?

—Simplemente quería verte, Kuroo, nada más —dice después de un tiempo y con una voz tan seria, tan débil que no sé qué decir, así que cierro la boca y lo miro. Él baja la cabeza un poco y cuando sonríe no finge que está feliz. Es una pequeña sonrisa triste que me dan ganas de abrazarlo—. Todo este tiempo. Recordaba que me hacías reír y pensaba; "Quiero ver a Kuroo-chan". Al mismo tiempo quería estar solo, es una sensación rara, ¿la has tenido? Bueno, no importa, esa sensación que te da a a veces pero en eso me doy cuenta que la única persona que quería ver era a ti.

Parpadeo varias veces. Mi corazón va rápido y sé que podría hacer cualquier cosa a continuación; podría sonreír o simplemente contestarle con alguna de mis respuestas raras, pero nada sale. No estoy seguro si Oikawa estará hablando con la verdad o me engaña con otra faceta, como lo hizo con mamá, pero sus palabras son suficientes para hacerme dudar y darme esa sensación de calidez que no puedo apartar.

Los dos en silencio.

—¿Muy raro?

—Eh, no, sólo que… —carraspeo en mi lugar. Me siento avergonzado, maldición—No me lo esperaba-

—Entonces bien.

Sonríe otra vez. Cierra los ojos, mirando el techo, y lo pienso en una indirecta para que cierre la boca. Así que nada. Me levanto para apagar la luz y vuelvo a tientas a mi cama, tratando con todo mi ser de no pisarlo. Luego me recuesto, me tapo y quedo mirando hacia la pared. Escucho su respiración tranquila y me hace sentir a mí mismo intranquilo sabiendo que está tan cerca de mí pero de la misma forma tan lejos. El silencio me absorbe, así como el cansancio y poco a poco mis ojos se cierran sin que pueda evitarlo.

—Buenas noches —le escucho decir.

Mi cuerpo ya está entrando al sueño, así que no puedo responderle.

No estoy muy seguro de qué soñé. Algo acerca de exámenes, estrellas, gorros coloridos y sonrisas chuecas. Sí sé que es un sueño que me causa toda clase de sensaciones; al principio cierta felicidad pero para el final tristeza. Es raro. Despierto varias veces en la noche, sin saber qué hora es, sólo viendo por la ventana y pensando que todavía tengo un poco de tiempo para volver a dormir. Cada vez que despierto miro hacia el lado, Oikawa duerme dándome la espalda pero está tranquilo y viendo eso, caigo muerto.

En un momento despierto por un ligero ruido, pero me doy cuenta que mis ojos están muy pesados. Debe ser cerca de la mañana porque escucho los pájaros cantar. La habitación sigue muy oscura, hace frío y maldigo no haber cerrado las cortinas. El ruido sigue. Trato de ver qué es pero cuando miro hacia el lado sólo puedo observar una figura borrosa que se mueve con pasos demasiado inexistentes. Es Oikawa, claro está. El futón se encuentra doblado en el suelo. Me dan ganas de preguntarle qué diablos está haciendo tan temprano en la mañana pero mi voz no sale y mis ojos amenazan con cerrarse, a pesar de que lucho por despertar.

Oikawa se acerca a mí, otra vez viste su gorro (es quizás lo único que noto bien), luego se agacha y no estoy muy seguro de qué pasa pero siento una presión en mi frente.

—Gracias —susurra.

Después nada.

Cuando vuelvo a despertar son las seis quince de la mañana, la alarma de mi móvil suena y me siento en la cama casi rompiéndome el cuello. Me toco la frente, pensando si eso habrá sido un sueño o era real, pero cuando veo al lado me doy cuenta que el futón sí que está ordenado, la ropa había desaparecido así como Oikawa Tooru.

Y es extraño, pero a pesar de que pasamos toda la noche juntos, en mi propia habitación, ahora que no está se siente como si nunca hubiera puesto un pie ahí. Su presencia se borró tan rápido como si nunca hubiera existido.

Me pregunto si estaré soñando de nuevo.


Salí de casa, pase a saludar rápidamente a Kenma, me encontré con la sorpresa que él iría a visitar a Shoyo al centro de la ciudad, tomamos el transporte juntos y nos quejamos de la insuficiencia que existía hoy en día con la comunidades humanas. En varias ocasiones tuve la oportunidad de contarle al respecto de mi dilema, después de todo él era listo y se le daba bien leer personas, pero no lo hice. Todavía no estoy seguro de por qué, pero lo único que pregunte fue respecto a sus juegos y su relación con el (ex) enano de Karasuno.

Seguía siendo enano, pero ya no tan Karasuno. Entraría a la universidad, después de todo.

—Está bien. Tiene que entrenar y dice que está aprendiendo a cocinar, le faltará mucho para ser titular del equipo, algún día, pero tanto él como su armador dicen que lo darán todo. Su energía da miedo —fue todo en cuanto dijo.

Mi lado maligno no pudo aguantarse.

—Eres una especie en peligro de extinción, Kenma.

—¿Por?

—¿No te dan celos? Digo, Shoyo —arrugó la nariz y me fulmina con la mirada ante la manera en que menciono su nombre, modulando cada silaba casi de manera burlona, pero es que Kenma lo dice de una manera tan especial y única que es difícil no hacer bromas de ello—pasa más tiempo con su armador, Kageyama, que contigo. Vamos, hasta vivirán o viven, lo que sea, en la misma residencia. Quizás cuantas cosas pasan que no te cuenta.

Si antes Kenma me fulminaba ahora parecía que directamente deseaba mi muerte, me echaba mal de ojo. Era como un gato arisco a punto de sacar las garras y sabes que estás jodido.

Sonreí más.

Molestar y provocar gente no era un hobby muy sano, seguramente debería buscar otro pero…, pero a estás alturas me gusta mucho como para deshacerme de eso.

—No todos somos unos obsesivos como tú, Kuro. Algunos confiamos en las personas —me suelta así, directo y al hueso.

Uh, golpe bajo.

—¡Eh! Yo no soy un obsesivo-

—Eres irritante y normalmente tienes segundas intenciones en todo. Te gusta provocar a la gente hasta el punto en que no generas nada más que te odien y tú tengas que disculparte. Así que no sé, dime tú. Yo confío en Shoyo.

Bien, ante aquella argumentación no hay nada que pueda hacer. Lo pienso un momento y no puedo negarlo. Todo es cierto. Lo cual sí, me traerá problemas o quizás ya lo hace, para qué estamos con cosas.

Me encojo de hombros y le doy la razón.

Nos separamos cuando yo me bajo para ir a la universidad y el resto del camino me quedo pensando en sus palabras, al tiempo que pienso en Oikawa. Una y otra vez. Debo admitir que el hecho de que se haya mandado a cambiar tan temprano, mientras yo dormía, me afectó bastante. No podía olvidar la manera en que lo hube encontrado la noche anterior o las muchas llamadas perdidas en su teléfono.

Era como una alarma en mi cabeza.

Kenma podía tener razón con sus palabras pero yo no sentía que tuviera segundas intenciones con Oikawa. Me preocupaba, no podía negarlo, y de cierta manera me gustaba. Era complicado. Es como algo que te gusta y atrae sólo porque quieres tenerlo, o conocerlo más.

Me engancho muy rápido, ese es el maldito problema.

El resto del día me lo pasé entre eso; asistí a clases, anoté todo lo que pude, intenté revisar mis exámenes, lo logré y casi me desmaye al darme cuenta que pase todos, aunque fuera rasguñando pero aprobé, celebré en mi fuero interior y fue como si un peso de encima se liberara. Luego pensé en Oikawa, otra vez, que me gustaría decirle pero me sentí estúpido con el celular en la mano porque no tenía ningún mensaje suyo. Ni uno sólo. Lo último en nuestra conversación era mi; "Voy para allá", y sería. Que dolor de cabeza.

Pensé en pros y contras.

Al final me dije al demonio con todo. Comencé a escribirle un mensaje pero a la mitad me armé de valor y pensé que a mí, en lo personal, me gustan más las llamadas porque las encuentro más íntimas y que son cierta forma de expresar interés en la otra persona (además de que para mi dislexia y yo nos hacía las cosas más fáciles). Nada se compara a la sensación de hablar con alguien más. Fue por eso que me obligue a marcar su número, llevarme el aparato a la oreja y escuchar el tono sin echarme para atrás, dándome porras diciendo que yo era la clase de persona que no sería cobarde ante cosas como esas.

Espero, espero y espero más. Cuando pensé que no contestaría al final escucho su voz:

—¡Kuroo-chan!

Extraño y feliz tono de voz para alguien que se va de casas que lo acogen sin decir una palabra. Parecía que nunca hubiera ido.

—Aprobé todos mis exámenes —dije, al grano. Sentía que era perdida de tiempo dar vueltas en el asunto. Pero cuando lo solté comienzo a pensar en lo estúpido que era decirle a él, al fin y al cabo quizás (lo más probable) ni le importa.

Por eso me quedé a cuadros cuando escuche un chillido tal que parecía Oikawa hubiera ganado la lotería.

—¡FELICIADADES, KUROO-CHAN! —musitaba todavía dando sus porras. En un tiempo récord soltó varios; "Felicidades" o "Es genial"—Ya sabía yo que eras bien listo, ¡realmente te felicito! Y en Derecho, que he escuchado que es bien corta-cabezas para esas cosas. Eres genial, Kuroo-chan, estoy feliz por ti.

Lo peor de todo es que sinceramente se escuchaba feliz por mí.

Le escuchaba hablar, felicitarme, decir mis cualidades y el gran abogado que sería, aparte de que ahora podría descansar (supuestamente). Me acuclille en el suelo, pasillo central, mientras escuchaba el eco de su voz suave en mi oreja directamente y me recorrió un escalofrío. Era como si realmente lo tuviera a un lado mío hablándome y felicitándome. Parecía que entonces todos mis esfuerzos no fueron en vano para nada, porque si pudiera escuchar otra vez aquellas palabras suyas nuevamente no me importaría estar en vela noches enteras estudiando.

Me gustaría preguntarle si es que me odiaría si le dijera todo eso, que me vuelve extrañamente feliz el sólo saber que puede felicitarme de esa forma, ser, en cierto modo, una parte de su vida que desconozco. Desearía poder hablar con él más tiempo, dormir hasta tarde nuevamente o que fuera otra vez a casa. Mientras habla me imagino un montón de escenarios y me doy cuenta que, a pesar de todo, me gusta conversar con él.

Sonrío como idiota.

Pero tarde o temprano su monólogo de felicitaciones se detuvo y yo tenía que preguntar de vuelta, tanto por educación como preocupación:

—¿Y tú? ¿Cómo lo has hecho?

De su lado hubo un momento de silencio.

—Pues bien, bien, claro —luego se echo a reír como si lo que dijo fuera realmente así de divertido.

Ninguna palabra más al respecto.

Terminamos hablando de cualquier otra cosa; las musarañas, la cara de los compañeros que pasaban alrededor suyo (a Oikawa le fascinaba observar las expresiones ajenas), las estrellas, películas antañas y malas. Cosas así. En ningún momento hablamos de lo que había pasado el día anterior o esa misma mañana, a pesar de que yo me moría por preguntar.

Me tuve que morder la lengua varias veces.

—Tu facultad es la más fría, ¿no?

—¿Cómo lo sabes? —apoyo la cabeza en un pilar mientras sonrío. De una u otra forma terminamos hablando del clima. Oikawa dice ser muy sensible al frío y por como lo he visto, no creo que sea mentira.

—Mi mejor amigo estudia ahí —responde.

—¿En qué?

—Ingeniería, y ahora mismo sigue tirándose mechones de pelo además de adelgazando unos cuantos kilos.

¿Ingeniería? Uh, bien-

Me enderezo rápidamente en mi lugar y pienso que la persona que he visto hablando con un susodicho Oikawa era justamente alumno de ingeniería. El que me había pedido el computador cuando yo me estaba yendo del laboratorio y tenía aspecto destartalado. Aunque no tenía idea de su nombre, pero no me cabía duda de que el supuesto mejor amigo de Oikawa, con quien tanto hablaba (tenía lógica) y la persona con la cual se comunicaba cuando desaparecía del mundo, eran el mismo sujeto.

—Oye-

Mi pregunta nunca fue formulada. Oikawa comenzó a hablar, de nuevo:

—Bueno, Kuroo-chan, deberíamos ir a celebrar un días de estos, ¿no? Que saliste de tus exámenes como un ganador. Aunque ahora me tengo que ir así que te dejo, ¡nos vemos!

No me dio la oportunidad de despedirme también. De pronto había colgado y me encontraba escuchando la nada. Cuando mire la pantalla ésta rezaba que nuestra conversación no alcanzó a ser ni diez minutos. El tono de voz suyo todavía hacía eco en mi cerebro, una y otra vez. Al momento el arrepentimiento de no hacer mis preguntas me alcanzó y me dije que la próxima vez que lo viera, cuando "celebráramos" o almorzáramos juntos, como fuera, le preguntaría.

Por supuesto las cosas no suceden como uno quiere.

Oikawa nuevamente desapareció, por una semana más.

La siguiente vez que lo vi fue cuando acompañaba a Bokuto y Akaashi por el centro de Tokio. Los dos conversaban, muy normal todo. Pero mi mirada fue a parar en su aspecto de siempre; el gorro que llevaba, una chaqueta oscura y su altura característica. Junto a él iba una chica bien guapa (había que ser honestos en la vida, no importaba en qué equipo batearas) que parecía estarle regañando algo. Lo único que él hacía era asentir sin muchas ganas. Estaban afuera de una consulta médica que una que otra vez tuve que visitar por diferentes razones.

Una duda me asalto de pronto: ¿Sería esa su novia?

Si era así, ¿qué hacían afuera de una clínica mientras que ella parecía muy molesta con él?

Me hubiera gustado saludar, decir algo, hacer un gesto o lo que fuera pero sentía que no podía porque Oikawa estaba en otro mundo en esa situación. Un lugar donde yo no pertenecía. Y aunque me quede parado un buen rato mirándolos desde el otro lado de la acera, con gesto serio y expectante, él no se volteó en mi dirección y jamás me notó.

—¡Kuroo! ¡Apura, apura! —urgía la lechuza.

Que me mirara, no lo niego, hubiera sido genial.

Pero la vida puede ser muy puta. Yo creo que es mi karma. Eso de siempre terminar enganchado con gente que parece nunca mirará en mi dirección.

Aunque claro, esa era una de las otras cosas en las cuales me equivocaría, y el que fue uno de los gatilladores importantes para que mi relación con Oikawa cambiara fue justamente su mejor amigo.