Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.


—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—


Otra de las cosas de las cuales aprendí de Oikawa es que además de las sonrisas falsas en su rostro es que manejaba como un maldito ciego (y no quiero menospreciar a todas las personas vista de topo en este planeta). En serio. La verdad es que no tenía cara de saber conducir y cuando me subí a la camioneta en la cual había llegado a mi facultad (de lo cual me asombre unos cinco segundos, por supuesto, porque era espantosamente fea) seguí pensando lo mismo. Tenía la mala costumbre de no mirar todo el tiempo hacia delante, a veces se confundía de señales, se le paraba el motor en cada esquina, aceleraba demasiado en curvas, metía mal los cambios de vez en cuando, no mantenía ambas manos en el volante y a pesar de todo eso sonreía como sí realmente no le interesara. En casi la hora de viaje (bastante tiempo en que cambiamos emisora como veinte veces), había contado más bocinazos y conseguí nuevos insultos que incluso a mí me dejaron boquiabierto.

Así fue cómo llegamos fuera de Tokio, a un lugar desconocido para mí, alguna clase de mirador abandonado que daba mala espina pero Oikawa no tuvo problemas en estacionar cerca del borde; mirando la fea mancha que era la metrópolis a lo lejos. Realmente era como un insecto apuntado. El Leviatán de Hobbes con su poder absolutista devorando todo lo que estaba a su alrededor. Como nipones somos una gran potencia y aquí nos tienen, acumulados en una metrópolis.

Para ese momento ya estaba oscureciendo y el frío era todavía peor; incluso a mi se me helaba el cuerpo. Oikawa estacionó, apagó el motor pero dejó encendido de manera que pudimos mendigar calor con la calefacción de pacotilla. Funcionó un momento mientras Oikawa se reía en su lugar, calentándose las manos soplando contra ellas y me pareció adorable, con ganas de tomarlo entre las mías para luego besar cada uno de sus nudillos partidos y enrojecidos. Pero no lo hice. Me quedé sentado en mi lugar, observándolo en silencio y delineando su perfil con las luces lejanas de Tokio. Observé la manera en que el marco de sus gafas se resbalaba por su diminuta nariz y como no parecía importarle, aunque al mismo tiempo había momentos en que se las subía como si no se diera cuenta de lo que hacía.

Pude haber dicho muchas cosas, pero lo único que salió de mi boca fue un simple:

—No sabía que tenías licencia de conducir.

La expresión: "No tenía idea que sabías conducir", era más exacta, pero seguía pensando que Oikawa no tenía idea de autos. ¿Cómo sacó la licencia? Me parecía un misterio. Hasta a mi me tomó su buen tiempo, y eso que yo era un conductor remotamente responsable; cuando era designado en las fiestas nunca tomaba. Mi alcoholemia era igual a cero. Nada de rápidos y furiosos por las calles, dejaba a todos mis retoños en sus casas (en especial a Bokuto) y luego cuidaba el auto prestado para que al día siguiente el real dueño, que normalmente no se acordaba de nada, lo fuera a buscar a mi guarida.

Él se recostó en el asiento. Golpeaba el volante en algún ritmo inventado y yo pensé que seguía haciendo frío. Podía enfermarme en cualquier momento. El "tap, tap, tap" de sus dedos huesudos hacía eco en la cabina. Penetraba mi cabeza y taladraba mi cerebro. Oikawa se lamió el labio inferior como si no se diera cuenta que lo estaba haciendo y me dieron ganas de morderle el inferior. Así, tal cual.

—La saqué en Miyagi —comentó mientras se llevaba los dedos a los labios para comenzar a morderlos, en su claro tic nervioso que había aprendido a identificar. Ésta vez no pude evitarlo y fui más impulsivo; sujeté su mano derecha con mi izquierda mientras le hacía, en silencio, parar aquella acción. Me miró un momento, bajó la vista a nuestras manos y luego entrelazó nuestros dedos. Estaba tan helado que no pude evitar cierta preocupación. En comparación conmigo era un tempano de hielo—, hace tiempo. Iwa-chan me enseñó a conducir, él la sacó a los diecisiete y todo el asunto, así que en tramites de que yo aprendiera fue mi profesor particular —comenzó a relatar, sin soltar nuestras manos y al mismo tiempo se enderezó en su lugar mientras se reía, seguramente recordando el suceso—. Me enseñó, por supuesto, ese feo de Iwa-chan no sé cómo logró conseguir la paciencia pero al final llegó el día en que tenía que dar la prueba práctica.

Oikawa soltó una carcajada y yo no pude evitar sonreír ante aquello. Apretó mi mano mientras intentaba controlarse para terminar de contarme el suceso. Éramos los únicos ahí y aunque el ambiente era de lo más inocente mi cabeza llena de hormonas no podía evitar llevarme a escenas de películas acerca de sexo en miradores iguales a éste. Pedí a mis neuronas que se concentraran en lo importante y tuve que desviar la mirada de Oikawa para no tomar otros rumbos. Me fijé en la forma la cual los vidrios se empañaban un poco, conté luces y plantas secas afuera, a la intemperie.

—Iwa-chan me prestó su camioneta, ésta misma, y por mejor porque siempre he sido pésimo en ir marcha atrás lo estacionó en una cuesta. La idea era que prendiera el motor y pudiera salir al instante para dar la prueba. El punto es que el instructor se sentó al lado mío y yo comencé a andar, y la camioneta hizo; "BIIIIUM" —ante eso hizo un gesto con su mano libre, moviéndola hacia delante mientras todavía reía. Sus gafas se resbalaron otra vez pero a él no le importó—. El instructor se agarró al asiento con su vida mientras yo manejaba. Abajo había justo un árbol e íbamos directo hacia eso, y el tipo estaba como: "¡PARA! ¡PARA!", y yo lo único que hice fue una maniobra espectacular para poder girar. Y en el milisegundo que nos detuvimos miré por el espejo retrovisor a Iwa-chan, que se estaba golpeando la frente como si dijera: "¡Puta mierda!", para luego darse la vuelta quizás por vergüenza o lo que sea. El instructor estaba con ataque, por supuesto, pero yo pensé; "Si me detengo ahora me va a reprobar", así que seguí. El instructor me odió, obvio. Tuve que dar la prueba de nuevo.

Al final que entre sus caras y con la sonrisa que terminó mirándome no pude evitar reír también, pero con ganas. Me imaginaba todo el asunto y me hacía reír todavía más. Oikawa me apretó la mano y estuvimos largo rato simplemente así, escuchándonos perder la respiración mutuamente hasta que poco a poco, las carcajadas cesaron para quedar en un silencio que se llenaba al tiempo que tratábamos de recuperar la respiración.

Lo miré.

Él observaba la ciudad.

Pensé que una de las mejoras formas de perder el tiempo con la persona que te gusta es compartir una buena risa, una historia graciosa, un momento silencioso o simplemente una sonrisa cómplice que encoge los hombros y le hace enseñar los dientes. Son esos momentos de paz y calma que puedes imaginar realmente proyectándote con alguien, o pensar que es la clase de persona por la cual no te importaría dar tu última papa frita en comida rápida. Cosas así. Si uno puede reírse mientras se bromea, sin perder aquel ambiente de comodidad, pues todo parece ir viento en popa.

Ya estaba oscuro y Tokio brillaba, demasiado. Era un manchón en la Tierra y me pregunté cómo se vería desde un avión, porque nunca he viajado en uno. Estúpidamente también me terminé preguntando sí es que se lograría ver desde el espacio, pero pensar en ese vacío ahí afuera me aterra, así que terminé volviendo a la Tierra, donde pertenecía.

Tooru, en cambio, parecía ser un alien venido de otro universo.

—¿Oikawa?

Me soltó de la mano para luego abrir la puerta de su lado; en la cabina comenzó a sonar una alarma al mismo tiempo que se encendía una de las luces en el techo. Sólo miró sobre su hombro en mi dirección el tiempo suficiente para sonreír y al final abandonó la camioneta, cerrando la puerta tras de él. Le seguí porque no se me ocurrió nada mejor que hacer y cuando bajé a la intemperie creí que me congelaría ahí mismo. No sé si era porque nos encontrábamos tan descubiertos sin edificios, ni rascacielos pero el viento pelaba. Y yo me pregunté por qué no traje una chaqueta más abrigada, aunque claro, no tenía idea que Oikawa nos traería a esta parte de la ciudad.

Oikawa caminó hasta la parte trasera de la camioneta y se subió, sin mayor contra tiempo. Con un gesto de la mano me indicó que hiciera lo mismo y así lo hice. Al final que quedamos ambos sentados en la parte incómoda para cargar cosas al tiempo que nos congelábamos el trasero. Observando un cielo oscuro y las luces de Tokio. A esa distancia el ruido no nos alcanzaba, solamente era un murmullo lejano y agradecí la tranquilidad porque no me había dado cuenta que la necesitaba hasta que la tuve frente a mí. Él se mantuvo en silencio y yo hice lo mismo, pero sentado a su lado no pude evitar ver la manera con la cual sus ojos enfocaban el cielo y pensé que era una mirada triste, muy solitaria. Aun a través de los cristales de sus gafas notaba el modo en que parecía enfocar algo más allá, alguna cosa que yo no podía ver, quizás nadie más excepto él.

—¿Esta camioneta de quién es? —pregunté al final, para cambiar de aires. Quizás pregunta estúpida. No recordaba si ya me lo había dicho y si fuera así esperaba que no se diera cuenta que preguntaba nuevamente. No es que no le estuviera prestando atención, simplemente que mirándolo se me borraban los conocimientos.

Ya ni si quiera recordaba los sucesos que llevaron a la Primera y Segunda guerra mundial. Mi profesor de Historia contemporánea me odiaría, por supuesto.

—Iwa-chan.

—¿Y te la prestó así como así?

—No —contestó rápido y después de un momento, sin voltear a mirarme, agregó—: No sabe que la saque. No me deja usarla. Cree que soy un peligro público.

—Pues tenemos algo en común. Tu Iwa-chan me cae mejor que antes.

—¡Que cruel, Kuroo-chan!

Entre pucheros que me parecieron adorables apoyó la cabeza en mi hombro para luego golpearse repetidas veces, como si intentara botarme. Pero lo único que hice fue pasar mi brazo por sus hombros para acercarlo más a mí y, sorpresa mía, no se alejó. En cambio se acomodó mejor mientras se acurrucaba contra mi costado y seguía con la cabeza apoyada en mi hombro. Ahí, ambos sentados en la parte trasera de la camioneta basura de Iwaizumi. Me pregunté si es que él sabía dónde estaba Oikawa y la verdad es que para ese momento no me hubiera sorprendido más de lo usual si la respuesta hubiera sido un: "No".

Nos mantuvimos en silencio, observando la nada del cielo. De vez en cuando se podía ver una penosa estrella brillando, y un máximo de cuatro. Miré por el rabillo del ojo a Oikawa y la manera en que aquella mísera estrella (la más llamativa) se reflejaba en sus ojos, me pareció perfecto. Me pregunté, entonces, cómo se vería un cielo realmente estrellado, con la Vía Láctea incluida, reflejada en aquella mirada que parecía esconder tanto del mundo. Sin duda no me sorprendería saber que aquellos ojos suyos escondían todo el universo conocido y por conocer, tanto misterio, tanta lejanía. Oikawa era como una estrella en su magnitud más brillante, más lejana.

Aunque el pensamiento también era triste.

(Brillante y llamativa como ninguna estrella, pero de cerca muerta, completamente muerta como los astros que se observaba desde acá).

No pude evitar besarle la frente por puro cariño y capricho, dejando mis labios en la zona para que se calentaran mutuamente. Su frente y mis labios estaban fríos, pero el gesto le hizo reír y pude sentir su aliento tibio golpear mi cuello, haciéndome cosquillas, erizándome el vello y logrando que mi corazón se acelerara. Tenía una risa particular, la verdad es que eran varias, en ese momento sentía que reía conmigo como si fuera un secreto.

—Odio la contaminación lumínica —borboteó de pronto mientras yo repartía otro beso en su frente, para luego dejar otro en uno de sus párpados. Aproveché tenerlo tan cerca porque sentía que de dejar pasar la oportunidad se me escurriría como polvo de estrella y no sabría en cuándo más lo vería; quizás mañana, quizás la próxima semana o el próximo mes. Nunca se sabe. No quiero arriesgarme. Si tenía permitido quería poder aferrarme a esa sensación cercana a felicidad que me calentaba el pecho y me retorcía el corazón como si fuera a tener un paro cardíaco. Musité un; "¿Hm?", pasando mis labios por su piel y oliendo su aroma. Él continuó, sin inmutarse mucho—: Aquí no se puede ver el cielo, digo, las estrellas. En Miyagi siempre se podía, había veces en que incluso uno puede observar la Vía Láctea.

—Nunca la he visto.

—Deberías hacerlo un día, Kuroo-chan, es preciosa.

Bueno, Oikawa, es que yo quiero verla a tu lado y que me la enseñes tú, porque soy un ignorante. Quiero ver los astros reflejados en tus ojos y sentir tu risa mientras me enseñas constelaciones especiales. Deseo recostarme a tu lado, tomarte de la mano, besarte la cara y el cuello, reírme de tus hoyuelos.

Pero no te lo puedo decir.

—Algún día quizás.

—¡Podría enseñarte constelaciones! La verdad es que ahora no necesitas saberlas de memoria, simplemente una aplicación en el celular. Mira-

Así Oikawa se removió un poco de mi lado haciéndome sentir más frío, para luego buscar su móvil y tantear un poco en la pantalla. Yo me quedé como idiota mirándolo, y cuando me dije que nada peor podía pasar ahora mismo le jalé de la manga de su jersey para que volviera a apoyarse en mí para al mismo tiempo poder abrazarlo. Él no se quejó, simplemente sonrió y me dio un ligero beso en la mejilla que me hizo sentir un safari en el estomago. De pronto estiraba los brazos con la pantalla del celular prendida; se observaba un montón de estrellas y de vez en cuando se dibujaban constelaciones ahí donde Oikawa lo movía. Claro, desde aquí no veíamos nada pero se suponía que ahí estaban.

Me explicó que era Skywalk, una aplicación de celular, y nos entretuvimos casi una hora observando constelaciones por el aparato que no podíamos ver en vivo por culpa de la famosa contaminación lumínica que se encargó de maldecir unas cuantas muchas veces. Y ahí estábamos los dos, sentados sin nada mejor que hacer. A ratos sentía que estaba perdido junto a Oikawa o que él me permitió perderme a su lado. No estaba muy seguro. Pero aquel pensamiento me emocionó de una manera que no creía posible ya que pensaba que era porque realmente me tenía confianza. Por eso y por la mera razón de disfrutar su compañía le seguí el juego mientras trataba de recordar las constelaciones que me mencionaba y buscábamos luego algunas del zodíaco.

Me di cuenta que se emocionaba mucho con ese tema, y no me importó que fuera tarde en la noche o alguna de esas cosas. Por lo menos hoy, de nuevo, me encontraría solo en casa así que no es como si tuviera alguien que me estuviera esperando. Más me preocupaba Oikawa pero él se veía muy calmado, en comparación a ocasiones anteriores, y estaba más tranquilo sabiendo que se hallaba a mi lado. No tenía que comerme la cabeza imaginando su paradero o si estaría pensando en mí de la misma manera que pensaba en él.

Hablaba acerca de otros planetas (unos muy raros, capaces de ser fruto de una novela de ciencia ficción. El universo es maravilloso) cuando no pude evitar interrumpirlo:

—¿Por qué "Tooru"? —inquirí. De mis labios salió vaho que desapareció tan rápido como apareció.

—¿Ah? —Oikawa se veía confundido. Bajó los brazos mientras ladeaba la cabeza, observándome. Se me había entumido el cuerpo y me pregunté si a él le pasaba lo mismo. Me dolía también el hombro donde ha estado apoyado tanto pero prefiero mil veces eso a que se aleje.

—"Tooru", tu nombre —expliqué mientras me enderezaba un poco. Me dolía la espalda y ambos éramos altos, así que aunque el espacio era considerablemente bueno se hacía pequeño entre ambos, nuestras piernas se enredaban sin que pudieran hacer nada al respecto. Sonreí mientras le miraba a los ojos. Otra vez se le caían las gafas y me encargué de arreglarlo con mucho cuidado, haciendo que se estremeciera como un pequeño animal. Tenía las manos frías, extrañaba tener las suyas entre las mías—. ¿Qué significa? —sabía de kanjis pero nunca podía estar cien por ciento seguro de algo. La verdad es que, siendo sincero, no pude diferenciar muy bien los que conformaban su nombre. Mi condición de letras que se enredan me hacían la tarea de leerlos mucho más difícil, en especial los de nombres, que a veces se formaban con otros significados distintos a los que uno podía creer posibles.

Oikawa me volvió a sonreír; mostrando sus hoyuelos y achicando sus ojos. Observó durante un momento el cielo y luego buscó encontrarse con mis ojos, sin perder esa expresión suya tan bonita me respondió:

"Para viajar a lo largo de", ese es el signifcado —explicó con voz tenue al tiempo que se ponía de pie en el lugar. Observandolo desde mi ángulo se me hizo más perfecto que nunca, como si realmente no perteneciera a esta Tierra. Me sonrió desde su altura, la camioneta se meció mientras él daba pequeños pasos tratando de no pisarme y guardaba las manos en los bolsillos de sus pantalones—. Soy un niño prematuro. Nací en medio de un viaje a Hokaido; íbamos en camino cuando mamá comenzó a tener contracciones. No hubo más opción que desviarse para buscar algún hospital cercano. Tuvieron que viajar casi dos horas más para eso —comentó entre risas. No pude evitar imaginar la historia y me imaginaba a una mujer muy parecida a Tooru en algo así. Pero la preocupación me inundó, los bebés prematuros solían ser débiles—. Nací en carretera, al final, parto natural como esos de película. Viajaron igual a Hokaido y después tuvimos que volver a Miyagi. Yo no era nada más que un bebé. Me habían revisado y al parecer estaba sano lo cual en palabras del doctor: "Era un milagro", que no me haya muerto en el parto y tampoco en los viajes. Mamá decidió que era un buen nombre para mí —se encogió de hombros mientras estiraba los brazos hacia el cielo, como si tratara de aferrar algo inalcanzable y yo tragué saliva, deseando agarrarlo a él—. Siempre me ha dicho que soy más como un viajero y que de ahí viene mi nombre. Que siempre he sido un niño que parece estar buscando algo eternamente, ¿sabes? Sin quedarme en ninguna parte, siempre en movimiento, siempre observando… Que llegué a este mundo después de un largo viaje así que, seguramente, seguiré viajando el resto de mi vida hasta que encuentre aquello que he venido a hallar…

Y otra vez sus ojos parecieron cambiar a algo que no podía entender, pero simplemente no me gustó porque lo sentí lejano, entristecido. Así que le tomé de la mano con delicadeza para luego besar sus nudillos, uno por uno. Una acción muy íntima que le hizo bajar la mirada a una rapidez increíble, pero a pesar de todo no se alejó. Acaricié el dorso con la punta de mi nariz, para notar que estaba muy seca.

"Viajero", no había palabra que le describiera mejor.

Era un viajero de la vida, de lo inalcanzable, de lo desconocido y de lo olvidado. Un viajero que entraba a tu vida sin que le invitaras o pensaras que podría llegar. Que desaparecía como quería y se movía a su aire. Uno con mapas en su cabeza que no comparte contigo y rutas secretas de recuerdos preciados. Un viajero de la existencia humana.

—Es un nombre precioso —murmuré contra su piel. De cerca sus dedos se veían más feos de lo que podría haber imaginado; mordidos, arañados, con heridas que se notaba de vez en cuando se abrían. Era extraño pensar que un sujeto como él, tan guapo, un deleite para la vista, podía tener manos tan feas pero ese detalle me hizo sentirle más real y me agradó conocerlo—. ¿Puedo llamarte así? ¿Tooru?

Oikawa nuevamente terminó riendo y le tironeé para que se quedara a mi altura, así pudiendo juntar nuestros labios como había querido desde que le vi parado fuera de mi facultad como un desconocido. Fue un beso lento, en el cual me esmeré en hacerle saber que lo que sentía por él estaba creciendo demasiado. Al principio no fue nada más que curiosidad por su extraño comportamiento, quizás después una cierta obsesión pero ahora sabía que le quería, porque la preocupación viene de la mano con la fuente del cariño hacia alguien. Y ahí estaba yo, preocupado por ese extraño chico que conocí de casualidad en un momento inapropiado de mi vida. Me preguntaba qué hubiera pasado si él no me hubiera hablado y al mismo tiempo si yo no le hubiera respondido. Si no le hubiera dado tanta importancia como lo hice.

Masajeé su lengua con la mía mientras ladeaba el rostro, tratando de profundizar el contacto. Lo sostuve del cuello, acaricié su cabello. Sus gafas estorbaban pero en esta ocasión no recordé a Kei, simplemente en Oikawa Tooru. Mordí su labio como había querido, le besé de nuevo, acaricié sus congeladas orejas mientras me aguantaba las ganas de morderlas con suavidad. Le escuché jadear por el aire y al final nos separamos para observarnos a los ojos. Era gracioso. El marco oscuro de sus lentes resaltaba aquella mirada y su piel pálida.

Restregó la punta de su nariz con la mía, ambas congeladas.

—¿Y yo puedo llamarte "Tetsu-chan"? —se mofó dando una sonrisa burlona con sus labios brillando por culpa de la saliva intercambiada.

—No pruebes tu suerte —respondí para darle otro beso, esta vez más desesperado, con el sólo pensamiento de quererlo a mi lado aquí y para siempre.

Otra vez el pensamiento llegó a mi cabeza; no podía evitar confirmar una y otra vez que Tooru era un viajero de la vida, y por un momento me asusté ante la realidad del pensamiento que siempre los viajeros acaban yéndose, tarde o temprano, y la mayoría de las veces ni si quiera te avisan de ello. Son Seres libres que van a su propio movimiento y flujo. El problema es que no quiero que se vaya, sino que se quede a mi lado.

Quería aferrar esa estrella entre mis manos.


Una cosa llevó a la otra y en el momento que Oikawa había aparcado la camioneta frente a mi casa, porque había prometido traerme de vuelta al haberme "secuestrado" por tanto tiempo, terminé invitándolo a que estuviera un rato. Acabamos en mi habitación; yo sentado en la orilla de mi cama y él sobre mis piernas. Acariciaba su cuerpo sobre la ropa para luego poco a poco ir quitándole cada prenda de encima, sin importarme que la habitación estuviera fría todavía. Le quito el jersey, sus dos camisetas (porque, vaya que era friolento) para luego acariciar y besar su piel expuesta. Él jadea ante mi toque y pude ver la manera en la cual reaccionaba ante la sensación de mis dedos contra su piel más cálida.

Beso su pecho, su abdomen y su ombligo. Paso las manos por su espalda y sus costillas. Oikawa acaricia mi cabeza, tomando mechones de pelo entre sus dedos y besa mi frente varias veces, luego las mejillas. Muerde mis orejas como yo había querido hacer con él. Me quita también toda mi ropa de la cintura para arriba y me di cuenta que las temperaturas bajas no me afectaban tanto en esta situación. En mi cuarto podría haber estado nevando pero yo me encontraba en llamas. Nunca había agradecido tanto que mis padres, desde que entré a la universidad, se hubieran volcado en ser espíritus libres que no me invitaban a sus salidas.

Desabrocho su cinturón, sus vaqueros también y estaba a punto de bajárselos para tenerlo semi expuesto frente a mí cuando sus manos me detuvieron apretándome por las muñecas. Con la tenue luz que venía del pasillo, la cual se colaba por la puerta medio abierta, pude ver una expresión de angustia en su rostro. Ya no llevaba las gafas, sino que reposaban en mi escritorio y logro apreciar mejor sus cejas fruncidas de una manera que me hizo conmoverme. Se mordió el labio mientras apretaba más fuerte, deteniendo completamente mis movimientos. Así que me detuve mientras le observaba. Alzo una ceja, mirándole interrogante y vuelvo a besar su abdomen para tranquilizarlo. Su piel era tan blanca que se sentía como un lienzo, mientras yo tenía el pincel y las pinturas en la mano. Recorrí las zonas que pude acaparar mientras sentía el clarísimo vello que tenía en todo el cuerpo. Podía ser que tuviera vergüenza…

—Tengo una cicatriz —susurra con angustia mezclado con claro nerviosismo. Su voz realmente salió tan entristecida y asustada que mi corazón dio un vuelco. Todavía apretaba mis muñecas y yo terminé pensando en aquella vez que me contó de su lesión. Beso nuevamente su cuerpo para tranquilizarlo y voy bajando hasta que alcanzo la tela áspera de sus pantalones. No es que fuera muy bueno en esto, pero quería, realmente deseaba, que Oikawa se sintiera querido por mi, porque lo merecía. A mi ojos él era arte; a pesar de sus manos feas, sus dientes chuecos (lindos), su nariz enana, los hoyuelos en sus mejillas, las imperfecciones en su piel, sus ojos llorosos. A pesar de que seguramente ya no era "tan atractivo" como solía serlo en la escuela.

—Déjame verla —pido en voz suave mientras mordisqueo la piel de su abdomen para hacerle reír, y funciona un poco. Pero él se veía tan preocupado que no me duró tanto la técnica—, por favor.

Sus manos flaquearon un segundo, como si se lo pensara, y fue tiempo suficiente para que lograra quitarle los pantalones. Él termina de alejarlos, sacando una pierna y luego la otra con una lentitud que hacía más pesado el ambiente. Al final que quedó frente a mí, semidesnudo, cubierto sólo por la ropa interior que llevaba. Con mis manos hice un recorrido desde sus caderas por sus piernas, como si fuera un ciego tratando de leer en clave morse. Tanteo su piel y acaricio cada zona. Beso nuevamente su barriga y él termina riendo como un niño, pero se notaba nervioso mientras acaricia mi cabeza con manos temblorosas. Seguí bajando por sus piernas, hasta que una de mis manos logró alcanzar una parte rugosa de su piel, en la rodilla, y con la punta de mis dedos la recorrí como si fuera un camino. Era larga, cruzaba toda la zona en vertical y parecía un sendero. No era atractiva a la vista, eso era cierto. Era una imperfección demasiado vistosa en una criatura tan bella como él. Seguramente le restaba puntos a vista de personas normales.

Bueno, era muy vistosa y no había manera de hacer que desapareciera aunque fuera un poco, sin duda si estuviera usando shorts sería lo primero que vería la gente en él. Entendí la inseguridad de Oikawa, pero a mis ojos seguía estando tan bien como siempre porque, además de eso, comprendí todo lo que conllevaba y qué debía sentir; la sensación en invierno, el dolor, el perder lo que le hacía sentir completo, quizás no poder hacer sus actividades como antes y darte cuenta que realmente tu tiempo se había acabado, que en lo que te habías reflejado te es arrebatado de las manos de una manera tan cruel como esa.

Él no baja la mirada, respira con ansiedad aunque quería que se viera normal, tenía la vista pegada en el techo y yo agacho la cabeza lo suficiente para besar aquella cicatriz sin importarme que no fuera correcto.

—Eres hermoso —fue lo único que logré decir, que deseaba decir.

Nuevamente le escucho reír y se agacha para besarme. Yo le acerco por la espalda mientras lentamente me acuesto en mi cama con él sobre mi, acomoda sus piernas a cada lado de mi cuerpo para no aplastarme y yo acaricio todo como si fuera la primera vez que soy plenamente consciente de mi sentido del tacto. Acaricié su cuerpo y delineé varias veces aquella cicatriz suya que le hacía ser él. Me pregunté cuánto le dolería en estos momentos, si le estaba haciendo daño y es por eso que fui cuidadoso en mis movimientos, también la razón por la cual lo di vuelta para que quedara abajo mío. Lo acaricio con tanto cuidado que hasta a mí me parece increíble (porque a pesar de todo siempre me he considerado bruto para muchas cosas, con manos grandes y ásperas. Capaces de golpear fuertemente balones y hacer bloqueos imposibles. Manos callosas, gastadas por el tiempo), y es que sentía, sabía, que tenía algo preciado entre mis manos, que podía romperse.

Tooru nunca me había parecido tan frágil como en el momento que lo tuve debajo de mi cuerpo, completamente desnudo. No lo decía por la manera en la cual sus clavículas y los huesos de su cadera se marcaban, tampoco por cada vez que se estiraba las costillas resaltaban un poco. Tampoco era por pensar que el músculo que antes había acumulado parecía poco a poco ir desaparecieron para hacerle ver más pequeño, a mi parecer.

No.

Sentía que entre mis manos tenía una luz, pequeña y refulgente luz que parpadeaba. Tenía la sensación de que si quería apretar muy fuerte haría que se extinguiera para siempre sofocándola entre mis manos pero al mismo tiempo si aflojaba un poco el agarre, lo suficiente, se escabulliría para perder y dispersarse en el infinito. Dejaría que otra cosa la atrapara y la apagara. Era estar en la cuerda floja a cada instante. Por eso mismo me encargué de querer esa luz y tratar de mantenerla viva entre mis manos, como podía. Acaricié sus cicatrices, moretones, piel sensible, los abdominales marcados que seguramente tuvo hace no mucho tiempo. Besé sus manos, pecho, estómago. Borré sus lágrimas con mis pulgares para luego besar su rostro mientras repetía palabras melosas que le hicieron sollozar más al tiempo que reía y me abrazaba por el cuello, acercándome a él, fusionándome en su calidez.

Lo amé, como pude.

Le quise, de la manera que creí entendería mis sentimientos.

Lo acaricié, como si creyera que desaparecería. Como que sabía desaparecería.

No me molesté cuando murmuró: "Tetsu-chan", porque pensé que sólo me gustaba oírlo de sus labios. Nadie más. Era la única persona en el mundo que podría usar ese mote cariñoso sin hacerme sentir nada más que querer saltar en un pie mientras lo abrazaba y lo protejo contra mi cuerpo.

Para cuando todo acabó, sin que yo supiera qué hacer conmigo mismo pero sólo tratando de calmar todas las emociones y sensaciones en mi organismo, Oikawa se acomodó a mi lado y a mí me pesaban los ojos. Me quedé dormido quizás una hora y media, pero me desperté nuevamente por esas cosas de la vida y cuando lo hice me di cuenta de otra cosa: Tooru no dormía. Tenía los ojos abiertos igual que antes que yo cayera rendido. Todavía se abrazaba a mí, pero simplemente observaba al techo o más allá de, nunca estaba completamente seguro qué estaría observando.

Luché contra el cansancio, me lo sacudí como pude, para acariciar su cuello con la punta de mis dedos. Sentí su pulso ahí donde pasaban las venas y él me miró con tranquilidad. Un rostro sereno y en paz.

—Sabes que puedes contarme lo que te molesta, ¿cierto? —farfullé de la nada, logrando hacer que me mirara e intentando que mis palabras se entendieran entre la somnolencia y las ganas de bostezar. Tenía los ojos llorosos, de nuevo, pero sonreía cuando me mira. Su rostro se ve demasiado más calmado que antes y me llama la atención, preguntándome razones detrás de ello—, sé que es raro pero-

—No, está bien, Kuroo-chan. Gracias —musita mientras me besa la barbilla y acomoda su cabeza en mi hombro. Su pelo me hace cosquillas pero me aguanto. Lo abrazo contra mi y espero que nuestros latidos se acomoden al del otro. No he apagado la luz del pasillo del segundo piso pero sinceramente a estas alturas me da igual.

Esperé a que tuviera los ojos cerrados un largo rato para yo hacer lo mismo. Pero no sin antes besar nuevamente su cabeza mientras acaricio su brazo con mi mano.

He pensado, Tooru, que realmente en tus ojos se concentran todos los astros del universo, pero no todo el mundo puede verlos. Están escondidos de una manera tal que la gente los ignora y no se dan cuenta que es algo hermoso. Aun así están ahí y me gustaría poder contarlos hasta aburrirme, desearía poder mirarlos eternamente para luego escucharte reír de esa manera especial tuya y quitar copos de nieve de la punta de tu nariz en invierno. Deseo contar la Vía Láctea. Quiero que el mundo se de cuenta que eres tan maravilloso como piensas que solías ser, porque, no me engañas, te he visto desnudo y no lo digo por lo de hace poco, simplemente porque en tus ojos además de tus risas y más allá de la muralla que tratas de poner veo tus temores, tus inseguridades, tus angustias y las ganas que tienes de darle la espalda a todo para salir corriendo hacia donde nadie te encuentre.

Quiero estar contigo y sujetarte de la mano si eso llega a pasar, Tooru, porque sin intentarlo me has enganchado y sin desearlo he sido cazado por ti; tu misticismo, tu rareza, la belleza que escondes en cada imperfección tuya. Porque antes de que me diera cuenta me encontraba tan abajo, prisionero tuyo, que ya no tengo más opción que seguir para mantener un paso a tu lado aunque ni siquiera tú sepas hacia dónde te diriges.

Me quedo dormido pensando en ello.

Para la mañana siguiente despierto temiendo que estuviera solo, como la otra vez, y no puedo evitar sonreír con ganas, realmente como si fuera la primera vez que el estar vivo me parece maravilloso, al darme cuenta que Tooru dormitaba a mi lado, abrazando una de mis almohadas y babeando un poco por su boca. Es adorable. Le limpio con cuidado de no despertarlo y me encargo de taparlo bien para que no se resfríe, todavía observándolo. Se ve en paz.

Los recuerdos de la noche me alcanzaron y sentí la necesidad de sonreír como idiota al mismo tiempo que una opresión que me dificulta respirar se forma en mi pecho.


NA: Esta semana es mero KuroOi. ¡Buen fin de semana para todos! Muchas gracias por leer.

NA2: Agradecer a Japiera por señalarme los horrores orcográficos que hice. Si ven otro, no duden en decirme (por favor).