Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.
—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—
Los sucesos que ocurrieron, a veces, se me confunden en la mente; no sé qué pasó, en qué momento, con la mayor exactitud y cuando trato de recordarlo debo hacer un mapa que sigue nuestros movimientos. Pienso que las memorias son insulsas a lo que realmente es importante; más bien el ahora, más bien el sentimiento, nada de esas insignificancias acerca de cómo o en dónde. Al momento de las explicaciones lo único que te quedan son detalles que para otros habrían sido insignificantes (una sonrisa torcida, un rozamiento de manos, un chiste estúpido, un brillo en los ojos, intercambio de miradas cómplices, una pelusa en su pelo) o una sensación de desesperación al darte cuenta que te has olvidado de lo realmente importante; no recordar su cara, no saber cómo era su expresión, olvidar sí hacía mucho frío, si estábamos sentados tocando nuestros codos, las palabras que compartió, las risas que no dio, la manera en que sus ojos buscaban con desesperación algo a lo que aferrarse.
Aun así todo lo es.
Cuando se trata de personas importantes en nuestras vidas queremos controlar todo, hasta el más mínimo detalle, pero cierto es que la gente no nos pertenece, así que se nos escurre entre los dedos y al final lo único que tendremos es un mero reflejo, una proyección que nosotros hemos rescatado para guardar en nuestra cajita de recuerdos dentro de nuestras cabezas. Dejar que ahí se empolve hasta que un día te des cuenta que ya no existe y te sientas mal. Quizás el pecho duela porque aquella persona nunca podrá borrar los trazos que formó en ti mismo, o tal vez te des cuenta que ya no sientes nada porque lo has superado.
Yo me considero del primer grupo.
En ese momento estábamos en un café. Tooru se había despedido de sus anteojos y estaba muy orgulloso de ese hecho. Nos habíamos sentado en una pequeña mesa junto a la ventana que daba a la calle. Hacía burbujas en su taza de café con la pajilla, como un niño, inflando los cachetes, y yo ya había contado cinco chicas que le habían echado el ojo (intenté no asesinarlas con la mirada. De veras). Ese día, a pesar de hacer frío, se había despedido de su chullo azul así que su pelo se disparaba en ondulados mechones castaños y sus orejas pequeñas estaban a la vista. Teníamos las manos entrelazadas y jugábamos a apretarnos los dedos de manera intercalada; primero él, luego yo y así sucesivamente.
Él me dice:
—Kuroo-chan, ¿has leído "La tregua"?
—No —respondo con toda sinceridad. El título no me suena de nada, ni si quiera un cosquilleo en mi cabeza pero por alguna razón se me hace curioso. No es que yo sea de poco leer (por algo estudio lo que estudio. Cosa que es muy irónica, de hecho), sólo que siempre es un esfuerzo mayor que cualquier otro ser humano en el mundo. Tienes que acostumbrarte a leer las oraciones más de una vez y concentrarte para que los kanjis no vuelen sobre ti.
—Bueno, normal. No es un libro de acá –farfulla, encogiéndose de hombros para luego apoyar su mejilla en su mano libre, mientras tanto sonríe de manera distraída. Tiene los labios partidos. No puedo evitar evocar las veces que lo he besado y me da un cosquilleo en el estómago, además del pecho. Me remuevo en mi lugar. La luz artificial del techo (porque en invierno todo siempre es más oscuro) delinea su perfil y su cutis. Puedo notar las manchas en su piel por culpa de, seguramente, el sol, además de unas pequeñas pecas casi insignificantes. Una que otra marca también por el acné, pero eran casi imperceptibles. Me parecía bonito—. Es de un país al sur de América. Yo leí la traducción hace bastante tiempo. La pillé en una venta de libros usados. Trata de un hombre, que sólo piensa en jubilarse, quien perdió a su esposa y tiene una relación peliaguda con sus hijos. Su vida es monótona, e incluso aburrida, escribe un diario con sus anécdotas y en eso conoce a una chica —comienza a relatar y su sonrisa se ensancha. Mira por la ventana y me doy cuenta de la manera en que sus ojos siguen el gentío sin mover un solo milímetro de su cuerpo. Yo de sólo ver la manera en que se mueven sus labios siento que me pierdo, pero me gusta escucharlo—. Y se enamoran, y él es feliz…, ¿sabes por qué "La tregua"?
—No —vuelvo a responder mientras giro ligeramente la cabeza. Le sonrío quizás en disculpa o indiferencia, no estoy seguro.
Tooru me imita y ríe. Al hacerlo varia gente lo termina mirando y yo me siento una persona afortunada, como si pudiera pararme y decir: "¡Eh! ¡Sí! Este chico genial que ven acá está CONMIGO y se ríe estando a mi lado". Su risa es chillona, y cuando hace eso normalmente gira el rostro para que la gente no vea por completo la expresión que hace. Me gustaría que algún día no tenga que esconder la cara tan bonita que tiene cuando se carcajea de esa manera, al menos cuando está conmigo. Al calmarse vuelve a mirarme y aprieta más mis dedos. Se me había olvidado que teníamos las manos entrelazadas pero siento que, de soltarlo, me daría mucho frío.
—Porque eso es lo que siente el protagonista.
—Ah.
Podría haber dicho algo más inteligente, pero no se me ocurrió nada más. Lo cierto es que no entiendo completamente a qué se refiere pero no quiero preguntar.
Tooru me vuelve a sonreír y suelta mi mano. Como había pensado, al instante me da frío y me recorre un escalofrío de la columna para arriba.
Me doy cuenta que cuando mira no me está observando a mí, sino algo detrás o más allá. Nunca sabría decir qué era, pero sus ojos siempre se veían perdidos como si buscara algo con una desesperación silenciosa.
—Algún día deberías leerlo… —murmulla y toma otro sorbo de su café, pero esta vez hace una mueca. No tengo idea cuánto tiempo habremos estado sentados, pero siento que ha sido muy poco aunque quizás fueron horas. Jamás puedes estar muy seguro. El tiempo es relativo a tus emociones. Tooru se inclina en su lugar. Su jersey cuello de tortuga color beige le resalta su color de cabello y ojos, al tiempo su contextura delgada. Delinea su cintura. Es demasiado atractivo—Parece que va a llover. ¿Deberíamos ir andando? —me pregunta con ojos de cachorro. Se inclina en su lugar.
De manera indiferente hago lo mismo que él y miro el cielo, pero no puedo ver mucho. Aun así la gente, afuera, lleva paraguas en la mano y parece que la temperatura ha bajado. No puedo estar muy seguro sentado donde estoy porque en la cafetería hay calefacción. Hoy hemos estado todo el día juntos; caminando de la mano por parques, revisando tiendas abandonadas, riéndonos de idioteces que hacen los profesores en clase y nada más.
Si soy sincero no me gustaría tener que levantarme para dejar de ver a Tooru.
—¿Quieres irte? —pregunto de vuelta, enderezándome—Aunque sí parece que va a llover. No vi el pronostico de hoy así que no sé.
—¿Le temes a la lluvia, Kuroo-chan?
—Para nada —siseo para, nuevamente, pellizcar su nariz. Él se queja y se echa hacia atrás—. Pero parece que tú sí.
—Bah, ¿cómo crees? Creí que a los gatos no les gusta mojarse.
—Oh, vaya, ese chiste es nuevo.
Tooru vuelve a hacer burbujas en su café y yo tanteo la mesa para tomar otra vez su mano entre las mías. Él no dice nada, se deja hacer y comienza a relatar otra historia que no puedo pillar del todo bien.
El tatuaje de Tooru ya estaba a mitad de proceso de curación, con la costra incluida. Según él se veía mejor que antes, aunque necesita mucho autocontrol para no lastimarse. Nosotros nos encontrábamos en semanas libres y de tanto tiempo no estaba muy seguro de qué hacer; el primer día dormí como un oso, el segundo deambulé por la casa cual fantasma y el tercero llamé a Tooru, preocupado de que no diera señales de vida. Me dijo que estaba bien. Que podíamos vernos y aquí estamos. A pesar de sus palabras no puedo evitar pensar que las ojeras que lleva son preocupantes para alguien que ya no debería tener las preocupaciones de la universidad, junto con eso su piel se ve pálida.
Pero no puedo decírselo porque él se esfuerza por verse animado, así que simplemente le sonrío mientras charlo con él y disfruto de su compañía.
—Kuroo-chan, si tú pudieras viajar al espacio, ¿lo harías? —me pregunta de pronto. Ni si quiera sé de dónde sale el tópico.
—Hmp, no lo sé. Parece aburrido.
—¿QUÉ? ¿Cómo crees? Seguro que es genial.
—Mira como no me cabe la menor duda de que tú si que lo harías.
—Pero por supuesto, ¡imagina todas las cosas que se podría ver!
Comienza a narrarme datos del espacio que hacen que sus ojos brillen como los de un niño pequeño y yo no tengo el corazón para hacerle callar diciéndole que no me interesa saber de cosas que no están en el planeta, así que simplemente me quedo ahí, escuchando con tranquilidad y disfrutando de su pequeña felicidad. Me doy cuenta que igual hay cosas muy interesantes. Pero pienso que, Tooru, ahora mismo, brilla más que cualquiera de las estrellas que podrían haber en el firmamento y me gustaría que eso se quedara así para siempre. Es la primera vez que tengo una sensación como ésta; de querer a todo costo que una persona realmente sea feliz o que pueda ayudarla a serlo. Deseo cuidarlo y arroparlo. Pienso que, más a futuro, podríamos vivir juntos en alguna parte; un pequeño departamento (cuando consiga trabajo y me independice completamente). Me imagino que podríamos ver películas sosas sentados uno contra el otro con él apoyando su cabeza en mi pecho, charlar hasta tarde, despertar temprano para besarle en la frente y ayudarle a levantarse, prepararle el desayuno, abrazarlo por el cuello, escuchar música, sacarle fotos tontas, bañarnos juntos. Nos imagino adoptando un estúpido gato (quizás el que Kenma tanto alimenta) y disfrutando de nuestro pequeño universo juntos sin intervención de terceros.
De alguna manera haríamos que todos mis libros y los suyos (que yo supongo tienen que ser biblias científicas), quepan en el lugar. Al mismo tiempo que la ropa. A mi me da igual, porque normalmente uso la misma una y otra vez pero, desde que conozco a Oikawa, nunca lo he visto usar una prenda más de dos veces. Yo aprendería, además, a dormir como la gente decente para no tener que ocupar más espacio del necesario y lo abrazaría con fuerza para sentirme tranquilo, pudiendo quedarme dormido. Besaría su tatuaje y su abdomen, junto con sus lunares, para hacerlo reír.
Son esos pensamientos los que me hacen sonreír más aun.
No sé cuándo, ni cómo pero en algún momento (quizás desde la primera vez que cruzamos miradas, ¡quién sabe!) Oikawa Tooru caló más fuerte de lo que habría esperado dentro mío. Como si hubiera estado predestinado. Y aquí estamos, a la mitad de la deriva conmigo haciendo planes idiotas y él contándome sus saberes. Me daría vergüenza comentarle todos estos pensamientos ahora mismo, peor a futuro podría hacerlo. Aun así todavía hay cosas por arreglar entre nosotros y él tiene que mejorar, porque me doy cuenta que hay días en que está apagado y yo quiero hacer algo al respecto. No puedo olvidar la vez que lloró entre mis brazos cuando follamos, a pesar que de eso ha pasado cierto tiempo.
Y es que su imagen de fragilidad se ha grabado en mi mente.
—Tooru —llamo, de la nada.
Él se calla y me mira, expectante.
—¿Quieres que pasemos la navidad juntos? —es una pregunta seria, y espero que mi rostro no denote todo el nerviosismo que tengo en este mismo instante en mi interior.
No sé si es mi idea pero por un momento su sonrisa flaquea, pero rápidamente se recompone y antes de que lo piense bien parece estar brillando más que cualquier árbol de navidad capitalista. Me sujeta de la mano más fuerte mientras asiente, repetidas veces.
—¡Claro, Kuroo-chan!
Navidad llegó rápido.
Nos juntamos en una estación conveniente y paseamos por las calles. Ese día fue Tooru él que me sujetó la mano mientras miraba las vitrinas de los objetos. No le importó que el resto de la gente nos echara ojeadas raras, y a mí menos, porque la única cosa que más me interesaba en todo ese mar de desconocidos era la sonrisa que me iluminaba y la mano que me guiaba (o yo lo guiaba a él, ya qué). Ese día Tooru sí andaba con su gorro. Paseamos por las calles, por los escaparates, probamos comida extraña y me besó los labios tan rápido para que nadie nos viera que dudé, incluso, de que hubiera pasado.
Porque estábamos en público me quedé con las ganas de tomarlo del rostro y besarlo también.
Caminamos hasta un parque, donde nos sentamos. Había caído una nevada para esa fecha y a Tooru le gustaba patearla con el pie, haciendo pequeños montones. Recordé la foto que todavía tenía de fondo de pantalla y le adoré con la mirada mientras observaba la manera en que sus mejillas y nariz se coloraban de rojo por culpa de las bajas temperaturas. Le abracé para mantenerle tibio y él ocultó su rostro en mi cuello. Me dio un escalofrío. A pesar de que el parque no estaba tan solitario como nos gustaría la necesidad de tenerlo cerca fue más fuerte que cualquiera pensamiento lógico.
Teniéndolo cerca sentía que nada podía salir mal.
—¿Te acuerdas las constelaciones que te enseñé? —pregunta, al tiempo que alza la mirada lo suficiente para que nuestros ojos se encuentren, y yo le bese la nariz.
—Un poco —la memoria es frágil. Recuerdo otras cosas de esa noche.
—Bueno, sería genial que te las aprendieras un día.
—¿Para así poder verlas juntos la próxima vez?
Tooru, extrañamente, ríe pero de manera apagada y nuevamente oculta su rostro en mi cuello. Me abraza con fuerza y yo hago lo mismo.
Nos despedimos cuando es cerca de medianoche y porque soy buena persona me preocupé de dejarlo en casa. Nos besamos largamente; sabía a café y dulce (lo que habíamos comido en un lugar donde pudimos sentarnos), estaban fríos y tibios al mismo tiempo. Él delineó mi rostro con sus dedos largos, hizo lo mismo con mi cuello mientras repartía besos por mi rostro de la manera que había aprendido hace; se pone de puntillas para besar mi frente, luego cada uno de mis párpados, mis mejillas, mi mentón y al final mis labios. Luego frotó la punta de nuestras narices.
—Te tengo un regalo, Kuroo-chan —susurra contra mis labios.
—¿Ah, sí? No debiste-
—No, es que quería hacerlo. Hm, pero…, te lo daré a su tiempo, ¿vale? —cuando me mira sus ojos se cristalizan un momento, por efecto de la luz. Me sostiene el rostro y vuelve a besarme, así que le sujeto de la cintura tratando de no asustarme al darme cuenta que mis brazos lo rodean con tanta facilidad. No sé si soy yo pero estoy seguro de que esto no pasaba, me costaba un poquito más lo mío.
Se separa antes de lo que yo quisiera, y da un paso dentro de su casa compartida con Iwaizumi, pero está oscuro y me pregunto dónde se encontrará su mejor amigo. Él me mira un momento y forma la señal de la paz con sus dedos. Yo guardo mis manos en los bolsillos y estoy a punto de irme, en el momento que Tooru está a poco y nada de cerrar la puerta cuando hay algo en mi cabeza que se activa. Lo busco con la mirada tan rápido que me mareo. Mi corazón está acelerado y mi pecho se aprieta. Durante un milisegundo pienso que podría morir, y de ser así lo más trágico sería el desaparecer con las palabras en la garganta.
—¡Tooru!
Él se detiene a medio cerrar, vuelve a abrir y me mira, expectante.
—¿Ah?
Mis labios forman las palabras, una y otra vez, pero sin dejar salir ni un solo sonido. Aprieto mis manos a cada lado de mi cuerpo y me enderezo. Lo veo ahí; tan perfecto, tan lejano que el miedo me inunda más que nada como un peso sobre mi cuerpo y creo que me desplomaré. Siento que, aunque lo tengo quizás a un brazo de distancia, aunque tratara de agarrarlo no lograría nada más que atravesarlo, una y otra vez, porque no puedo tocarlo.
—V-Veámonos pronto —es todo lo que puedo decir, sonriendo como si nada. Como si no fuera un idiota.
Imbécil.
A Tooru se le caen los hombros pero ríe, muy bajo. Asiente quedamente.
—Claro, Kuroo-chan.
La puerta se cierra y yo me quedo parado, so idiota.
Lo que quería decir era: "Te quiero".
Vuelvo a casa arrastrando los pies, haciendo el camino largo y teniendo que tomar un taxi porque me quedé sin trenes. Aunque sé que mamá podría darme el regaño de la vida no lo pienso mucho y me dirigo a la casa vecina. Toco el timbre varias veces hasta que mamá Kenma me abre, en pijama. Se ve sorprendida, pero no tanto de que yo esté ahí y lo único que señala, además de desearme una feliz navidad, es que su hijo está escaleras arriba. Subo, también arrastrando los pies y cuando entro en su habitación no me sorprende que no se encuentre solo, sino con el Pequeño-chan colorín que me saluda con una sonrisa de oreja a oreja que podría quemar al propio sol.
Kenma ni se inmuta.
Juegan videojuegos, para variar. A veces siento que las relaciones perfectas existen, y yo estoy ante una de ellas.
Sin preguntar entro, cierro la puerta y me siento en su cama. A pesar de que hasta hace nada la noche había sido perfecta me siento abatido, agotado.
—¿Cómo te fue? —es lo único que pregunta mi mejor amigo, con su voz suave y baja. Me lanza una sola mirada y seguramente algo en mi rostro no le gusta porque hace una ligera mueca.
—Bien.
A pesar de que es verdad tengo ganas de echarme a llorar.
No pude comunicarme con Tooru, a pesar de que le había mandado varios mensajes para que pasáramos el año nuevo juntos (y que por fin, por fin pudiera decirle las palabras que hace tiempo quería expresar). No me contestó. Pensé que estaba ocupado porque, tal vez, se fue a Miyagi con Iwaizumi para visitar a su familia, así que no le di importancia pero comencé a preocuparme cuando pasó el año nuevo y seguía sin saber nada de él. Al final que tuve que salir con Bokuto y Akaashi, igual que todos los años, y aunque normalmente era divertido en esta ocasión no pude concentrarme del todo, ni si quiera cuando pedí un deseo en el templo, después de depositar la ofrenda y dar las aplausos.
Ya ni recuerdo qué pedí.
Me sentía angustiado.
Akaashi me dijo con mucha calma que, si no podía comunicarme con Oikawa, pues que hablara con su mejor amigo. Él debería tener las respuestas a mis problemas. Cuando lo dijo el rostro de Akaashi se veía tan calmado como si hubiera hecho la proposición más obvia del siglo. Yo, por alguna razón, me medio moleste al sentirme, de cierta manera, tan idiota.
—No tengo su número —farfullé a lo obvio, pateando piedras como un crío.
—¿Te lo doy?
—¿Lo tienes? —pregunté, claramente sorprendido.
—Pues sí, Iwaizumi-san fue mi tutor de algunos ramos de ingeniería así que intercambiamos números hace tiempo —fue todo en cuanto dijo. Se encogió de hombros para luego mirar hacia al frente. Bokuto correteaba como un crío, hablando acerca de lo genial que sería el año.
Agradecí eternamente que existiera gente como Akaashi; que te ayudaba sin hacerte preguntas incómodas.
Anoté el número y esa misma tarde, en casa, le mandé un mensaje a Iwaizumi. Pero luego me dije que mejor era llamarlo así que me armé de valor, y ganas, para luego ponerme el móvil a la oreja y esperar a que contestara. Lo hizo, claro, cuando creí que me mandaría al buzón de voz. Le saludé y no tuve que formular ni la pregunta cuando me respondió algo que me dejó helado en mi lugar. Pensando que, de no estar sentado, me caería ahí mismo, pero el móvil sí se me escapó de las manos y fue a parar al suelo mientras mis manos se quedaban estáticas, al tiempo que un pitido se escuchaba en mi cabeza. Algo, que seguramente era bilis, me subió por la garganta mientras el mundo daba vueltas y una mano oprimía mi pecho con tanta fuerza que creí moriría.
Era como la nada.
…
…
Era…
…
Era como la nada-
…
…
La nada…
Otra cosa se me cayó de las manos, jamás sabré qué era.
Iwaizumi…
MIERDAMIERDAMIERDAMIERDAMIERAMIERDAMIERDAMIERDAMIERDAMIERDA.
