Las paredes metálicas resonaban por los impactos. O la puerta cedía con el peso de los caníbales que aporreaban continuamente la única salida, o era cuestión de tiempo que muriésemos allí de sed y de hambre.
Los había visto antes, nunca se cansaban. Los ruidos y gruñidos atraían cada vez más y más caminantes que provocaban el colapso de la calle, rodeando el cobertizo y pisoteando todo brillo de esperanza. Nunca se rendían.
Lexa y yo nos miramos y las dos supimos que había llegado nuestro fin. No había escapatoria.
Ambas teníamos la respiración acelerada. Me senté en el suelo y apoyé la espalda contra la pared. Ella hizo lo mismo situándose en frente de mí.
El cansancio se estaba apoderando de mi cuerpo; estaba cansada de huir, de luchar, de enamorarme de cada persona que formaba parte de mi vida y luego acabar perdiéndola de la manera más injusta.
Eso, eso era lo que más me destrozaba por dentro, amar y perder. Y me sentía aterrada porque a lo que más miedo tenía era a no poder recordar sus nombres, sus caras, el sonido de sus voces, no poder acordarme de cuáles eran sus colores favoritos, el olor de su ropa o las charlas triviales o filosóficas que mantuvimos. Tenía miedo de olvidar.
Volví a mirar a la chica que tenía en frente, recorriendo cada milímetro de su rostro. Quería deleitarme con sus facciones imperfectas llenas de cicatrices y heridas de guerra, su piel sucia recubierta de sangre de aquellos seres sin nombre, sus pequeñas arrugas formando vagas olas en la frente, sus labios escamados sedientos de saliva. Pero para mí era un rostro sorprendentemente precioso y, sobre todo, era el último que volvería a ver.
Yo seguía sosteniendo la pistola en la mano. La acariciaba con ternura.
Tenía miedo de olvidar porque, si lo hacía, estaría abandonando todo lo que fui en mi anterior vida, todo lo que tuve y a quien estuvo a mi lado. Dejaría de ser yo misma.
— ¿Clarke?
No sabía si me lo acababa de imaginar o es que ella había vuelto a pronunciar mi nombre. Su voz era tan reconfortante, me gustaba como sonaba en ella.
Después de recorrer con la mirada sus pulidos rasgos, me atreví a observar los ojos de Lexa. Quería perderme en sus infinitas profundidades. Quería que el color verde celeste de su iris me recordara al cielo más majestuoso que no tuve la oportunidad de contemplar jamás. Quería ver las estrellas en ellos. Quería grabar en mis retinas el último recuerdo que nunca más se reproduciría en mi memoria. Pero aquel recuerdo sería especial, pues no se vería tentado por la voracidad del tiempo porque jamás podría caer en el olvido.
Cerré los ojos para guardarlo en mi mente. Inspiré. Me puse la pistola en la sien.
Iba a apretar el gatillo, estaba preparada. Moriría siendo yo misma, Clarke, o lo poco que quedaba de ella.
— ¡Clarke!
Pero Lexa se abalanzó contra mí y me arrebató la pistola junto con mi única escapatoria.
Arrojó el arma al suelo, lejos de nosotras, y empezó a zarandearme bruscamente.
— ¿Pero qué estás haciendo? —me gritó. No la había visto nunca tan alterada, me miraba con rabia y le brillaban los ojos.
— ¡Déjame! ¡Todo se acabó! —vocee. Me cubrí la cara con las manos y me tomé unos segundos para calmarme—. No pienso convertirme en una de esas cosas. No soy un monstruo —Las lágrimas estaban a punto de desbordarse por mis mejillas.
Al escucharme, se paró y se arrodilló ante mí colocándose entre mis piernas. Yo seguía sentada en el suelo, intentando no llorar. Ella me acarició el mentón y lo alzó para obligarme a mirar sus cautivadoras pupilas.
Entonces conseguí ver su conmoción. Vislumbré como en aquel cielo verdoso que parecía en calma, estaba a punto de desatarse una imparable tempestad. Bajó la mirada y un segundo después se lanzó hacia mi boca.
Sentí cómo me devoraba mientras echaba su cuerpo sobre el mío. Con vehemencia, arañé sus caderas y tiré de ellas para juntarla más a mí. Quería tenerla en contacto con todo mi cuerpo. Yo también estaba hambrienta, necesitaba saborear cada rincón de su piel. Nuestras bocas se separaron y aproveché para degustar su yugular.
Mi lengua recorría su cuello desenfrenadamente haciendo que ella soltara un gemido ahogado. Enredó sus manos en mi melena y tiró gentilmente de ella para separarme de su garganta y fundirnos de nuevo en un beso apasionado.
Lexa aumentó el ritmo considerablemente, me cogió de las solapas de la chaqueta y me levantó. Después me embistió con fuerza contra la pared sin dejar de besarme.
Agarró mis muñecas y las inmovilizó contra la pared colocándolas por encima de mi cabeza. Empezó a lamerme el cuello y subió hasta el lóbulo de la oreja donde me mordió suavemente.
—Lexa… —susurré casi sin fuerzas, me temblaba todo el cuerpo.
Lexa paró un momento al escuchar su nombre, pero al cabo de unos segundos continuó más ardiente que antes. Presionaba sus caderas contra las mías y eso me excitaba aún más, quería sentirla dentro de mí.
Estaba ocurriendo todo tan deprisa que me costaba procesarlo. Sentía la respiración acelerada de Lexa en los labios y eso me enloquecía.
Me desató el botón del pantalón con una sola mano y la introdujo en su interior. Comenzó a acariciarme el clítoris con delicadeza. Inmediatamente se me cortó la respiración, pero después salió de mi boca un gemido de placer.
Lexa observó mi reacción y seguidamente masajeó el clítoris de nuevo, incrementando la rapidez de sus movimientos. Yo movía mis caderas para conseguir más fricción con sus dedos.
Ella se detuvo. Sacó su mano de mi entrepierna y, clavándome los ojos, se llevó dos dedos a su boca y los chupó. Después volvió a meter su mano en el pantalón y, pasando por mi clítoris, se fue abriendo paso por los pliegues húmedos de mi sexo y me penetró. Ahogó mis gemidos con un beso en el cual nuestras lenguas se buscaban ansiosamente la una a la otra. Incrementó sus embestidas mientras que con su dedo pulgar estimulaba mi clítoris erecto.
No tardé mucho en correrme y al terminar, acabé exhausta y sujetándome al cuello de Lexa como podía. Casi no podía tenerme en pie por la intensidad que había acabado de sentir. Nunca había experimentado nada igual.
Posé mi cabeza en su clavícula mientras ella me acariciaba la cintura. Me descolgué de su cuello y bajé las manos para desabrochar el cierre de su pantalón.
Pero, de repente, Lexa sujetó mis manos impidiéndome que continuara.
—Eh, princesa —murmulló de la forma más dulce posible. Después llevó una mano a mi rostro y lo levantó para examinarlo.
Ella retiró la mano que seguía dentro de mí lentamente.
Me miró con ternura. Las lágrimas caían por mis pómulos y no podía evitar parar. Intenté de nuevo desabrocharle el pantalón, quería devolverle a Lexa lo que me había hecho sentir, pero ella apartó mis brazos de su entrepierna con delicadeza.
Después juntó su frente con la mía y me intentó limpiar las lágrimas con sus dedos.
Era tan… tan gentil.
Me rodeó con sus brazos y me atrajo a su hombro. Yo me escondí entre su cuello. El olor de su cabello me calmó un poco.
Acabamos sentadas en el suelo. Mi cabeza descansaba en su regazo; ella tocaba los mechones de mi pelo, como si estuviera amansando a una fiera, aunque en realidad yo no era más que un cachorro asustado.
Ambas mirábamos en la misma dirección donde justo se encontraba el cañón de la pistola que nos apuntaba amenazante sobre el suelo.
Me desperté sobresaltada por un continuo pitido. Inexplicablemente me había dormido sobre las piernas de Lexa, quien también se había alarmado con aquel sonido.
— ¿Qué está pasando?
—Parece el claxon de un coche —dijo Lexa, pero de pronto, le empezaron a brillar los ojos—. Clarke, podría ser nuestra oportunidad de escapar.
Dios mío, tenía razón. Si la bocina del coche seguía sonando, los caminantes se apartarían de la puerta y se dirigirían hacia el vehículo dejándonos vía libre.
No tenía ni idea de cómo empezó a sonar eso, pero descartaba que fuera alguien quien lo estaba haciendo sonar ya que la ciudad estaba desierta de gente.
Pero daba igual, lo importante es que seguía aquel sonido y teníamos que aprovecharlo antes de que parara.
Los golpes de la puerta empezaron a cesar y oíamos cómo se alejaban los gemidos de los caminantes. Estaba funcionando.
Cogí la pistola del suelo y me situé al lado de Lexa.
— ¿Preparada? —dijo disponiéndose a desbloquear la puerta. Yo asentí.
Lexa abrió la salida con cuidado para asegurarse de que no había ningún caminante por los alrededores.
—Se están yendo hacia el coche —susurró mientras sonreía.
Salimos despacio, sin hacer ningún ruido para que aquellas bestias no se dieran cuenta de nuestra presencia.
La oleada de caminantes se dirigían hacia una furgoneta blanca de donde se suponía que estaba sonando el claxon. Pero, de repente, divisé a alguien dentro de ella, y parecía estar vivo.
Era Wells.
Creo que me miró y sonrió tristemente, o a lo mejor me lo había imaginado y él simplemente mantenía una mirada perdida hacia el infinito.
Lexa se dio cuenta de lo que estaba presenciando.
—Clarke, tenemos que irnos, no hay nada que hacer —me cogió del brazo y tiró de mí.
Eché un último vistazo a esa dirección y vi cómo se zarandeaba la furgoneta por los continuos golpeteos de los caminantes, había casi un centenar, o incluso más.
Me separé de Lexa y saqué la pistola. Apunté a Wells a la cabeza. Estaba bastante lejos y seguramente necesitaría más de un disparo para acertar.
— ¡No! Escucharían el disparo —explicó Lexa intentado que entrara en razón.
Ya lo había abandonado una vez, ya lo había visto morir devorado una vez. ¿Se suponía que tendría que volver a hacerlo?
Me temblaba el pulso. Tragué saliva mientras bajaba la pistola.
Echamos a correr para volver a casa, pero en el fondo sentía cómo gran parte de mi hogar se desvanecía en aquella furgoneta.
Conseguimos llegar después de una larga caminata sorteando a los muertos vivientes.
Seguía habiendo caminantes alrededor de la fábrica, pero había menos cantidad. Tampoco existía la valla. En cambio habían tabicado los ventanales que correspondían a esa zona.
Para colarnos en el edificio, Lexa me condujo hasta un lugar donde no había una gran cantidad de caníbales. Con su arma rompió el cráneo de unos pocos. Después silbó para llamar la atención de uno de los hombres que estaba vigilando en la azotea. Esperamos un rato allí, hasta que un grupo de gente con armas de fuego salió del edificio en nuestra busca y nos llevaron al interior.
Había bastante gente recibiéndonos. Octavia me abrazó, el que estaba en el fondo no sabía si era Bellamy… La cabeza me daba muchas vueltas y me estaba mareando.
"¿Dónde está Wells?" oí decir a lo lejos. Comencé a ver borroso, perdí el equilibrio. Intenté buscar algo en lo que apoyarme pero antes de hacerlo me desmayé.
Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una cama. Estaba sola en la habitación, pero lo agradecía ya que no quería hablar con nadie. Necesitaba tener un momento conmigo misma.
Me dolía la cabeza, así que me llevé la mano a la frente y palpé una brecha. Me lo habría hecho al perder el conocimiento.
Me levanté y reconocí el lugar donde me encontraba. Era la habitación de Lexa.
Salí de allí evitando encontrarme con alguien por el camino puesto que no me apetecía mantener ninguna conversación.
Las tripas me rugían, quizás fue por eso el motivo de mi desmayo. Hacía alrededor de un día que no me llevaba algo a la boca. Excepto los labios de Lexa.
Decidí ir a la azotea, necesitaba estar sola.
Cuando subí allí, vi a Lincoln sentado en el suelo con las piernas estiradas y apoyando el peso de su espalda sobre ambos brazos. A su lado se encontraba una escopeta, así que supuse que le tocaba el turno de noche para vigilar los alrededores.
Estaba contemplando embelesado la oscuridad del cielo. Dudé en si debía acercarme a él o dejarlo tranquilo, pero no tenía fuerzas para bajar de nuevo al interior del edificio y tener que enfrentarme a mis amigos… Necesitaba urgentemente tomar el aire, necesitaba estar fuera y dejar la mente en blanco.
— ¿Puedo sentarme? —le pregunté por si quería rechazar mi presencia.
—Pues claro —me dijo sin apartar la vista del cielo. Me coloqué a su lado.
Y no cruzamos ni una palabra más, algo que agradecí profundamente. No recuerdo cuanto tiempo pasamos allí observando los infinitos puntos centelleantes que se disponían desordenadamente entre las tinieblas.
Él estaba tan concentrado que parecía que había conseguido traspasar los confines del universo con la mirada. Y en sus pupilas vi cómo quería captar todos los detalles de aquella noche.
Quién sabe, quizás podría ser la última vez que disfrutáramos del resplandor de la luna.
¡Buenas! Iba a hacer un capítulo más largo de lo normal (es decir, juntando éste capítulo con el anterior) pero al final me he decantado por dividirlo en dos por si se hacía muy pesado. He hecho ésto porque posiblemente no pueda subir en unos cuantos días ya que tengo trabajos y exámenes que hacer.
Por otro lado, muchísimas gracias a los que seguir la historia y los que os molestáis en comentar! Cualquier cosa, ya sabéis, me lo podéis decir sin tapujos como ya dije en el primer capítulo.
NOTA: SPOILER DEL EPISODIO 3X09 DE THE 100(saltaos el párrafo si no lo habéis visto, luego no digáis que no avisé): Ya tenía escrito la parte en la que Clarke desea ver por última vez el cielo y como no puede, para imaginárselo se fija en los ojos de Lexa, pero al ver el último episodio que habían echado de The 100 (3x09), no me pude resistir y tuve que meter a Lincoln al final del capítulo observando el cielo, al igual que había hecho al morir en la serie, y así podría unir ambas ideas. Dicha escena me ha impactado bastante, y creo que es una de las mejores de la serie, cada detalle está muy bien cuidado y me ha trasmitido una oleada de sentimientos, así que he querido hacer una especie de "homenaje" a su personaje.
Canciones que me han ayudado a escribir partes de éste capítulo, por si a alguno os interesa:
- This Will Destroy You - They Move On Tracks Of Never-Ending Light
- Elias - Cloud (Esta es la que suena al final del capítulo 3x09)
May we meet again. Mebi oso na hit choda op nodotaim.
