¡Aquí estoy otra vez! Como explico más detalladamente en mi perfil (que os pido encarecidamente que leáis), mis largas vacaciones han terminado, y ya estoy lista y descansada para poder retomar todas mis historias. He decidido empezar por Intemporal porque es la que más seguidores (impacientes y enfadados, supongo) tiene, y pronto seguiré con todas las demás.
Como recompensa y agradecimiento por vuestra inmensa paciencia, aquí os dejo un capitulo el doble de largo de lo que suelo hacer normalmente, en el que ahondo un poco en el pasado de ambos personajes. ¡Espero que os guste, y lo consideréis digno de la espera!
Todos los personajes que aparecen, así como la historia original pertenecen a Dreamworks.
Capítulo 9
Cuando volvieron a salir al aire libre, el brillante sol les cegó temporalmente, resultado de la penumbra de la sala de tesoros en particular, y de todo el museo en general. Astrid, parpadeando con fuerza, sacó el móvil y encendió la pantalla.
-¡Vaya, ya casi es mediodía! Hemos estado ahí dentro más tiempo del que pensaba. Será mejor que comamos, y que dejemos los barcos para la tarde. ¿Te parece bien?- dijo mirando a su acompañante. Este simplemente se limitó a encogerse de hombros.
Echó a andar, e Hipo la siguió al instante, manso como un corderito. Desde que habían salido de la sala del tesoro, el chico había estado anormalmente callado y taciturno, con una actitud muy distinta a la que tenía hace unas horas. Astrid lo miraba furtivamente, esperando que explotara en preguntas otra vez. Cuando, al cabo de diez minutos seguía sin pronunciar palabra, se hartó de apoyar ese silencio incomodo preguntó:
-Oye, ¿va todo bien?
-¿Eh?-pregunto el con aire despistado. Parecía como si acabara de despertarse de un sueño. Astrid le repitió pacientemente la pregunta, y el contesto, volviendo a encogerse de hombros.-Si, esta todo perfecto, claro.
-No me mientas. En las poco más de 12 horas que hace que te conozco, apenas has estado en silencio un par de minutos, y ahora parece que te ha comido la lengua el gato.
-No es nada, de verdad.-la chica levanto una ceja, obligando a Hipo a contarle lo que quería saber. Al final, con un suspiro, el chico se rindió.- Es solo que esperaba encontrar algo en ese lugar, aunque solo fuera una pista de lo que estoy buscando.
- Bueno hombre, no abandones tan pronto-dijo suavemente, dándole un empujón amistoso con el hombro.- Apenas has empezado a buscar, y ya quieres rendirte.
-Ya lo sé.-admitió el con una media sonrisa.-Es solo que quiero irme a casa.
-Y lo harás pronto. Te prometí que te ayudaría y lo haré.- le dijo poniéndole una mano en el hombro, que retiro rápidamente.- Además, mi madre siempre decía que de los momentos más duros salían las experiencias más valiosas.
-Tu madre era una mujer sabia.
-Sí que lo era.
Ambos continuaron su camino. El visiblemente más animado, y ella, pensativa. Le había prometido que le ayudaría a volver con los suyos lo antes posible pero… ¿de verdad quería que se fuera?
El museo de los barcos estaba prácticamente vacío, como era lo normal en un día de entresemana. Solo unos cuantos turistas vagaban por la zona ajardinada que rodeaba el pequeño museo. Como aún era pronto y acababan de comer (para Hipo las patatas fritas habían sido el mejor descubrimiento hasta el momento, decidieron tumbarse bajo un árbol a descansar y hablar de sus vidas.
-En realidad mi infancia fue bastante buena- relató Astrid a un interesado Hipo, que no paraba de interrumpirla para preguntarle el significado de algunas palabras.- Al menos al principio. Mi padre, Einar, era bombero en Oslo, y mi madre, Alayne, trabajaba en el hospital como enfermera. Coincidían mucho en Urgencias, y al final se enamoraron. No tardaron mucho en casarse, y al ser mi abuelo miembro de la antigua aristocracia, pudieron comprarse una casa en la zona más exclusiva de la ciudad. Poco después llegue yo, y fuimos muy felices durante mucho tiempo. Pero cuando tenía doce años, todo se torció. Mi padre murió sepultado bajo un edificio antiguo que alguien decidió incendiar, y mi madre nunca pudo superarlo. Se sumió en una fuerte depresión de la que temí que no saldría. No salía de casa, no hablaba con otra gente… solo conmigo. Yo intentaba animarla como podía, pero era difícil. Hasta que al final, tres años después, conseguí convencerla para que se apuntara a un club de lectura. Le encantaba leer ¿sabes?, es de ella de quien herede la pasión por la lectura. Ya desde la primera reunión parecía más animada. Empezó a sonreír otra vez, y hablaba constantemente de la gente que había conocido. Sobre todo de un chico 10 años más joven, del que se había hecho muy amiga y que parecía entenderle mejor de lo que yo lo había hecho. Y así fue como Aidan entró en nuestras vidas. Al principio le acepté de buen grado, al ver el efecto positivo que estaba teniendo sobre mi madre, e incluso me alegre cuando un año y medio después me anunciaron que Aidan acaba de separarse de su anterior pareja, que le había dejado con una niña de menos de un año y otra recién nacida, y que habían decidido empezar otra relación entre ellos. Pero cuando él y sus hijas se mudaron a nuestra casa empecé a sospechar las verdaderas intenciones de aquel hombre. Manipulaba a mi madre y le sacaba el dinero a su antojo, y mi madre, ciega de amor, no quería verlo, por mucho que la advirtiese. Poco después, cuando yo tenía 17 años, mi madre sufrió un ictus del que no consiguió recuperarse, y Aidan vio cómo su perfecta vida empezaba a desmoronarse. Entonces, en un acto desesperado solicitó mi custodia, alegando un falso cariño (yo por aquellas ya le odiaba, y se lo demostraba a cada instante), y los jueces se la dieron sin ningún problema. Y desde entonces he estado viviendo con el hasta hoy, cuando por fin le he echado de casa.-terminó con una sonrisa. Todavía no se había parado a pensar en lo que había hecho, y ahora que lo había relatado se sentía maravillosamente libre.
-¿Y tu familia y amigos no te echaron una mano al morir tu madre?-preguntó Hipo sin maldad.
- La poca familia que me quedaba murió cuando yo era pequeña, y cuando mi padre murió me dedique por completo a mi madre, perdiendo a todos mis amigos. Así que no, no tenía a nadie entonces, y no lo tengo ahora. Pero no me importa, lo cierto es que soy bastante feliz así.
-Te entiendo perfectamente-dijo él.- Yo pasé solo buena parte de mi vida.
- ¿Y eso por qué?
- Bueno, primero tengo que empezar por decir que mi padre era el jefe de mi aldea, y que por lo tanto, había grandes expectativas sobre mí. El pueblo se esperaba que yo fuera grande, fuerte, un gran guerrero como lo había sido mi padre, y como lo eran el resto de habitantes de la isla. Y solo hay que verme para saber que les salió el tiro por la culata.- dijo señalándose entero, lo que provocó que ambos chicos se rieran.- La verdad es que fui pequeño y esmirriado, y me interesaba más saber cómo funcionaba el mundo que la guerra. Los otros niños (todos ellos perfectos proyectos de vikingos) me rechazaban y marginaban, y yo pasaba el tiempo inventado trastos que me ayudaran a encajar en mi mundo.-Astrid trató de imaginarse a un joven Hipo, solo, sentado en un escritorio de madera rodeado de papeles llenos de dibujos. Se parecía sospechosamente a su propia vida.
-¿Y qué fue lo que cambió, entonces?
-Pues resulta que, a los quince años, uno de mis inventos funcionó, y en un ataque de dragones, de los que llevábamos generaciones siendo enemigos, conseguí derribar a uno, un Furia Nocturna, el más fiero de todos. Ni que decir tiene que nadie me creyó cuando lo conté. Así que salí a buscarlo, dispuesto a traer su cabeza como prueba, pero el dragón había desaparecido. Y cuando incluso yo empecé a pensar que me lo había inventado, apareció derribado en el suelo, envuelto con mi red… y vivo. Tres veces intenté matarlo, y tres veces fui incapaz. Al final, corté las cuerdas y lo liberé, pero no contaba con que, al derribarlo, había perdido parte de su cola, impidiéndole volar.
-Espera un momento…-interrumpió Astrid tras llegar a la conclusión.- ¿Era Desdentao ese dragón? ¿Fuiste tú el que le hizo lo de cola?-se había fijado en la prótesis de tela roja que lucía el dragón, pero le costaba creer que Hipo fuera el responsable, viendo lo que se querían montura y jinete.
-Así es- asintió Hipo- pero contra todo pronóstico nos hicimos amigos, desafiando todo lo que habíamos dado por hecho a lo largo de nuestras vidas. Juntos plantamos cara al Muerte Roja, el enorme dragón que controlaba a los demás dragones y les obligaba a atacarnos.
-Algo así como una abeja reina en una colmena ¿no?-interrumpió Astrid.
-Algo así, sí. Y al final conseguimos vencerle, instaurar la paz entre vikingos y dragones, y ganarnos la admiración de toda la aldea… aunque yo lo pagué caro.- dijo levantando la pierna de la prótesis. Osea, que había sido así como había perdido el pie. Un sentimiento de admiración (mezclado con otra cosa) recorrió sus venas y le puso los pelos de punta. Con dificultad, respiró hondo varias veces, tragó saliva y consiguió articular:
-¿Y cómo te convertiste en jefe?
- Bueno, eso pasó hace poco más de un año. Mi padre llevaba tiempo queriendo cederme el puesto, pero yo apreciaba demasiado mi libertad como para atarme de esa forma. Por fin había logrado lo que siempre había soñado, la admiración de mis vecinos, pero me di cuenta de que, en realidad, la única compañía que quería era Desdentao, y el cielo visto desde su lomo. ¿Cómo podía dirigirlos, si ni siquiera era capaz de integrarme con ellos? Al final, no me quedó más remedio que hacerlo, cuando nos enteramos de que Drago pretendía atacarnos. Yo propuse hablar con él e intentar disuadirle, y a pesar de que todos me avisaron de que ese hombre estaba loco y era imposible hacerle entrar en razón, fui a buscarle de todas formas. Por el camino, me encontré a mi madre, a la que creía muerta desde que era un bebe, y que también me advirtió de que no lo hiciera. Pero cuando Drago nos encontró, lo olvidé todo y fui a su encuentro, y me di cuenta tarde de mi error. Demasiado tarde. Utilizando otro dragón alpha (otro dragón reina, como el muerte roja) obligó a Desdentao a matarme, pero en el último momento mi padre se interpuso, muriendo por mí.
-¡Desdentao mató a tu padre!- exclamo medio sorprendida, medio horrorizada, no solo por la historia en sí, sino por la naturalidad con que el muchacho lo estaba contando, como si le hubiera pasado a otra persona, aunque Astrid pudo distinguir un brillo de dolor en sus ojos.
-Tras el funeral de mi padre, -prosiguió Hipo ignorando la interrupción de Astrid, como si fuera incapaz de continuar si paraba.- volvimos a la aldea, que ya estaba destrozada, y conseguimos ahuyentarle gracias a que Desdentao desafió al alpha y le ganó, ganando así el dominio de los dragones. Poco después, sucedí a mi padre en el trono de Isla Mema.
-Y ahora Drago ha vuelto.-completó Astrid, cerrando la historia por él.
-Y ahora ha vuelto.- repitió Hipo.
Ambos quedaron en silencio un buen rato, Hipo tratando de recomponer la compostura y Astrid meditando sobre lo que acababa de oír. Definitivamente, no iba a volver a mirar a aquel chico curioso y sarcástico de la misma manera. Al final, no lo soportó más y rompió el tenso silencio.
-Bueno, -comentó, sacando al chico de la especie de ensoñación en la que había entrado.- tu vida es bastante más interesante que la mía, -un amago de media sonrisa cruzo la cara del chico.- pero a pesar de todo tenemos bastantes cosas en común.
-¿Ah, sí?- contestó él, juguetón a pesar de que aún no estaba del todo recompuesto.- ¿Cómo qué?
- Pues nuestros padres murieron como héroes, ambos hemos pasado por más dificultades de las que una persona de nuestra edad debería pasar y… ambos estamos solos, por elección propia.
- Puede ser, -dijo el, mirándola con decisión en los ojos.- pero algo me dice que, después de esta aventura, ninguno de los dos volveremos a estar solos otra vez.
¡Pues hasta aquí el capítulo, señores! Espero que os haya gustado, estaré atenta a todas vuestras reviews, en las que os permito reñirme apasionadamente por dejaros abandonados. ¡Nos vemos en el próximo capítulo, corazones!
